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¡Pan no ha muerto!


¡Pan no ha muerto!




Pan era el dios de los bosques, de los rebaños y los pastores. Habitaba en hondas grutas, deambulaba alégremente por valles y montañas, y se divertía cazando y bailando con sus adoradas ninfas.

Por su propia naturaleza ambigua, Pan era un espíritu tan sensible como disoluto. Su profundo amor por la música lo llevó a crear la flauta del pastor, la cual ejecutaba con majestuoso virtuosismo.

Al igual que muchas otras deidades de la naturaleza, Pan era reverenciado y temido por aquellos cuyas ocupaciones los obligaban a atravesar los bosques de noche. El viajero, temeroso ante la majestad nocturna, sintiéndose pequeño y vulnerable bajo el sombrío ulular del viento entre las hojas, caminaba intentando dominar la inquietud que le devoraba las entrañas.

A veces, el sonido de una rama quebrada provocaba en el caminante un terror negro e informe, que los griegos llamaron Pánico.

El nombre de Pan significa, literalmente, "todo" , y tal vez por eso llegó a ser considerado como un símbolo del universo y la esencia misma de la naturaleza. Más tarde, durante la Edad Media, se lo recordó como una representación de todos los dioses y acaso del paganismo en su conjunto.

John Milton, en su bellísima descripción de la Creación, alude así a Pan como personificación de la naturaleza:

El Universal Pan
danzando con las Gracias y las Horas
conduce la Eterna Primavera.




Y hablando de la morada de Eva, añade:


...en una Sombría cúpula
más sagrada o retirada, pensada pero fingida,
Pan nunca duerme, ni ninfas ni faunos merodean.




Pan fue uno de los dioses griegos más asociados a la música. Adoraba particularmente las melodías rústicas y campestres, en las cuales se destacaba por su gran simpleza y a la vez por su penetrante sensibilidad.

Veamos ahora porqué se le atribuye a Pan la creación de la Flauta del Pastor, mejor conocida como Siringa.

Existía una ninfa llamada Siringa, muy adorada por los sátiros y otros espíritus del bosque; pero ella, cómo fiel devota de Artemis, se mantenía casta y alejada de las pasiones.

Cierto día, cuando regresaba de cazar, Siringa se encontró inesperadamente con Pan. Apenas el dios posó su mirada en sus bellas formas, la ninfa huyó sin detenerse ante ruegos ni galantes palabras. Pan la persiguió hasta alcanzarla en la orilla de un río. Ella clamó por la ayuda de sus amigas, las ninfas acuáticas, quienes oyeron el clamor y acudieron.

Cuando Pan, encendido por el deseo, rodeó con los brazos la cintura de Siringa, descubrió que en realidad se aferraba a un manojo de cañas que crecen en el litoral.

Pan emitió entonces un largo y hondo suspiro. El aire fluyó a través de las cañas como una sombría melodía. Triste y derrotado, unió con infinito cariño los delicados brotes, y llamó a su creación Siringa, en honor a su inasible amada.

Así nos relata John Keats el terrible dolor de Pan:

Pobre Ninfa (pobre Pan); como lloró él
al no encontrar nada más que un
encantador suspiro de viento
que susurraba a media voz
a lo largo del río
lleno de dulce desolación, balsámico dolor.



Una de las cualidades más hermosas de los mitos en general, y de los mitos griegos en particular, es el hecho de vislumbrar detrás de las operaciones de la naturaleza la acción sutil de una deidad.

La exuberante imaginación de los griegos pobló todas las regiones de la Tierra y el mar con divinidades fabulosas, seres fantásticos que participaban activamente en el devenir humano. En ocasiones, la sutileza de éstos dioses era ensombrecida por la grandeza de los mitos Olímpicos, sin embargo, los diminutos Señores de la Naturaleza estaban siempre presentes en los corazones de la gente de campo; cómo las Hamadríades, aquellas dulces y efímeras criaturas que perecían con los árboles que habían sido su morada, y en los cuales habían nacido, convirtiendo en un acto de impiedad destruir un árbol sin plantar otro.

A veces, cuando cierta melancolía nos induce a sentirnos poetas, nos arrepentimos del cambio de radical que ha sufrido nuestra mentalidad respecto a la naturaleza.

Ver a un dios operando en cada flor, imaginar que detrás de cada roca, de cada grano de arena, habita un pequeño inmortal, austero y oficioso, es ciertamente más conmovedor que hablar de leyes y procesos naturales.

Cuando éstas ideas nos invaden sentimos que el corazón ha pagado el precio por todo todo lo que la razón ha ganado.

El poeta William Wordsworth expresa magníficamente este sentimiento de pérdida:

Gran Dios, preferiría ser un pagano,
educado el el credo desechado.
Así me sentiría menos triste,
en éste sombrío y delicioso prado.



Existe una antigua tradición cristiana que cuenta que cuando el ángel anunció a los pastores de Belén el nacimiento de Cristo, un profundo lamento se oyó por todas las islas de Grecia. Se dice que en ese instante se produjo la muerte de Pan, que toda la realeza del Olimpo fue desterrada, y las diversas deidades y criaturas fantásticas fueron sentenciadas a vagar por la fría oscuridad del olvido.

La poetisa Elizabeth Barret Browning confirma esa secreta certidumbre:

Por tu Belleza que confiesa
que alguna belleza principal te ha Conquistado,
por nuestras grandes y Heróicas ideas,
por tu falsedad ante la Verdad,
no lloraremos, y la tierra Nombrará
un heredero para las aureolas de los Dioses,
Y Pan ha Muerto.

La Tierra ha olvidado las míticas fantasías
que Cantaba en su juventud,
y aquellos Hermosos cuentos
pierden su Belleza al lado de la verdad.
¡El carro de Apolo ya no correrá más!
¡Contemplad, poetas, al sol!
Y Pan ha Muerto.



Pero acaso no todo esté perdido para los antiguos dioses.

Ciertamente perdieron sus antiguos cultos. Ya nadie les otorga ofrendas. Los altares yacen en ruinas. Todo lo que una vez fue grande y hermoso hoy está sepultado. Sin embargo, algunos sutiles pensadores han vislumbrado una posibilidad diferente.

Los viejos y cansados dioses paganos han abandonado los templos, pero no han muerto.

Ya no recorren los etéreos palacios con la nobleza de antaño. la sangre y las promesas de devoción los horrorizan. Ahora vagan libres de toda responsabilidad. Las plegarias no los convocan, los ruegos son ignorados. Pero su ausencia es solo aparente, jamás podrían abandonar a sus amados mortales. Se ocultan ante las multitudes pero acompañan en secreto a los espíritus tristes y melancólicos. Los arropan mientras éstos se hunden en las páginas de algún libro olvidado. Los cobijan ante el desamparo de la existencia moderna. Aborrecen la Ambrosía. Ahora se alimentan de sueños. Entregaron las llaves de la fe al cristianismo para ascender al único Olimpo verdaderamente indestructible: la poesía.

¿Quién es Peter Pan, y sobre todo sus niños perdidos, sino el viejo dios Pan que pastorea con su corte por tierras donde nunca jamás podrán ser alcanzados por las flechas de la razón?

Sobre las solitarias Montañas y las sonoras Costas,
se escuchaba un Lastimero llanto.
Es el Genio que entre Suspiros
abandona sus Valles de álamos Blancos,
y las Ninfas,
envueltas en guirnaldas de Flores,
entre los arbustos lloran.


John Milton (1608-1674)




1 comentarios:

alejandro barahona dijo...

siempre me entro la duda de porque nunca aparecio ningun poeta o escritor de prosa que retratara el conflicto entre paganismo y cristianismo, y a veces me pregunto si algun dia los dioses paganos estaran preparandose para retomar lo que el cristianismo les quito, como sostienen algunos, a veces me pregunto si todas las adaptaciones de los mitos griegos que vemos en el cine, comic, manga y videojuegos no tendran parte en ellos.