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El Pueblo del Musgo: los espíritus del bosque


El Pueblo del Musgo: los espíritus del bosque.




El Pueblo del Musgo —o Gente del Musgo— (Moosleute, en alemán) forma parte de una categoría sumamente peculiar dentro de la mitología nórdica. No son elfos, enanos, trolls, ni hadas, sino más bien un pueblo extremadamente discreto, con poco trato con los humanos, que vive en una íntima relación con los árboles y el bosque.

Físicamente, el Pueblo del Musgo puede ser confundido con los Enanos. Después de todo, son bajos, macizos, hirsutos, pero de aspecto más grisáceo, como la corteza de los árboles, y su piel generalmente está recubierta por una gruesa capa de musgo.

Los hermanos Grimm sostienen que, en épocas remotas, el Pueblo del Musgo y los seres humanos mantenían una relación cordial, aunque tensa, que se rompió definitivamente durante la Edad Media, cuando las poblaciones comenzaron a extenderse más y más sobre los terrenos de los grandes bosques. Esto despertó el rencor del Pueblo del Musgo, cuya ocupación es el pastoreo de árboles.

En efecto, la única ocupación entre el Pueblo del Musgo es la de pastor de árboles —J.R.R. Tolkien, quizás, pudo inspirarse en este oficio como característica principal de los Ents—, pero no de cualquier árbol, sino de los árboles más viejos, los más memoriosos, aquellos que aun recuerdan el pasado de la tierra, antes de que los seres mágicos abandonaran nuestro plano de existencia.

Desde aquella ruptura entre los humanos y el Pueblo del Musgo las cosas se tornaron cada vez más inquietantes. Como muestra de ese recelo, Jacob Grimm deduce que la palabra gótica Skōhsl, empleada para traducir «demonio», en la Biblia Gótica, está relacionada con el nórdico Skōgr, y con Sceaga, en Inglés Antiguo. Todas estas palabras significan «bosque», pero en términos de los bosques del Pueblo del Musgo, es decir, de aquellos árboles que forman parte del rebaño de estos seres.

El Pueblo del Musgo también posee algunos registros históricos interesantes. Por ejemplo, una de las primeras descripciones de esta raza fue hecha por el historiador romano Jordanes, en el siglo VI, quien menciona un pueblo de los bosques cuya piel está recubierta de musgo. Incluso en épocas más tardías, como el siglo XI, el obispo Burchard de Worms reconoció la presencia de estos seres, y recomendó a los humanos mantenerse lejos de sus territorios.

Los hermanos Grimm aventuran la posibilidad de que el Pueblo del Musgo haya entrado en un estado de deterioro a mediados del siglo X. En ésta época comenzaron a circular leyendas que hablan del Pueblo del Musgo acercándose a las poblaciones humanas para pedir leche materna para alimentar a sus crías.

Al igual que los Ents de Tolkien, el Pueblo del Musgo parece haber sufrido el abandono de sus hembras —las Holzfräulein, «damas de madera»; o Moosfräulein, «damas de musgo»—, o su muerte. No obstante, al contrario de los Ents de la Tierra Media, que básicamente se lamentaban de la desaparición de sus mujeres sin hacer demasiado al respecto, el Pueblo del Musgo, comenzó tramitar una nueva camada de crías con mujeres humanas, algo que en la mitología se conoce como Changelings.

El decaimiento del Pueblo del Musgo se debe, según los hermanos Grimm, al hecho de que estos seres estaban unidos al destino de ciertos árboles. La desaparición de éstos redujo el número del Pueblo del Musgo considerablemente, a tal punto que solo sobrevivió apenas un puñado de ellos, ya viejos, maltrechos, y sumamente hostiles con los humanos.

Estos últimos miembros del Pueblo del Musgo habitan en lo profundo de los bosques del norte, en árboles añosos, retorcidos, que extienden sus brazos raquíticos como viejos esqueletos de madera. Allí, se dice, aguardan el regreso de las hembras, las Moosfräulein, capaces de revitalizar esa savia reseca, de endurecer las ramas flácidas, y darle a este pueblo sufrido una nueva oportunidad.




Mitología. I Seres fantásticos de la mitología.


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Leanan Sidhe: la musa que se alimenta de los poetas


Leanan Sidhe: la musa que se alimenta de los poetas.




Desde tiempos inmemoriales el poeta le atribuye su inspiración, o la absoluta falta de ella, a las Musas; aquellas divinidades mitológicas encargadas de inflamar la creatividad del ser humano en todas las ramas del arte.

Por regla general, las Musas no acuden al llamado de cualquiera; no importa cuán enérgicas o patéticas sean sus invocaciones. De hecho, es justo pensar que muchos autores, a la luz de su producción literaria, jamás tuvieron noticias de ellas.

Son las Musas, precisamente, las que eligen al poeta, al músico, al pintor, al artista; y de todas ellas la más terrible es Leanan Sidhe.

Lejos de comportarse como las Musas de los mitos griegos, que por cierto eran bastante inestables en términos emocionales, Leanan Sidhe posee características inigualables.

Ella proviene de los mitos celtas, y su nombre, Leanan Sidhe, puede traducirse como «hada amante»; aunque de hecho no procede directamente de ninguna raza o especie de hada, sino de unas extrañas criaturas conocidas como Aos Si: «el pueblo de los túmulos».

Leanan Sidhe no solo es capaz de inspirar a los poetas (tanto hombres como mujeres), sino que de vez en cuando puede llegar a tomarlos como amantes. La vida de estos escritores es breve, pero sus obras son intensas, producto de una profunda obsesión.

Algunas leyendas sostienen que Leanan Sidhe, generalmente descrita como una mujer sumamente hermosa, ofrece inspiración a cambio de la total devoción del poeta. Si este acepta, ella le enseñará el lenguaje de las hadas, es decir, la imaginación en estado puro, sin dudas o distracciones.

Al principio, este canje es provechoso para ambas partes, pero muy pronto las cosas se tornan peligrosas para el poeta, como casi siempre ocurre cuando un hada se enamora de un mortal.

Tras aceptar el pacto, la imaginación del poeta se torna extremadamente fértil. Sus ideas se aclaran. Sus pensamientos se despejan de toda incertidumbre. Es capaz de concebir obras que, hasta entonces, ni siquiera se hubiese atrevido a soñar. No obstante, su salud física se deteriora rápidamente: se vuelve taciturno, retraído; su piel empalidece, sus ojos pierden brillo.

En muy poco tiempo el poeta finalmente pierde la cordura, y luego la vida.

Por eso se dice que los poetas inspirados por el abrazo fatal de Leanan Sidhe escriben mucho, con excelencia, de forma casi compulsiva, pero mueren prematuramente. Y no solo eso: rara vez obtienen reconocimiento durante su corta vida, aunque sus obras, con el tiempo, son rescatadas por otros poetas, igualmente desdichados e incomprendidos, y se revelan como lo que siempre fueron: frutos majestuosos de una fatal mezcla de pasión y obsesión.

Uno de los autores que se encargó de estudiar a Leanan Sidhe fue, además, uno de los poetas más notables de todos los tiempos: W.B. Yeats, quien sostuvo lo siguiente en el libro: El crepúsculo celta: hadas y folklore (The Celtic Twilight: Faerie and Folklore), a propósito de esta inquietante Musa:


«Leanan Sidhe (o Leanhaun Shee) ansía el amor de los mortales. Si el poeta acepta, debe convertirse en su esclavo. Si se rehúsa, ella será su esclava. La única forma de escapar es encontrar a otro que tome su lugar. El hada se alimenta de la vida del poeta, así como él se alimenta de su inspiración. La muerte no garantiza una salida; y por eso los grandes poetas gaélicos morían muy jóvenes, pues ella es insaciable».


Para W.B. Yeats, Leanan Sidhe es algo así como una vampiresa, un súcubo, que se alimenta de la energía vital del poeta y lo consume, reduciéndolo a su mínima expresión física pero permitiéndole florecer intelectualmente por encima de sus capacidades naturales.

Más allá de estas discrepancias, se cree que Leanan Sidhe es una de las pocas criaturas míticas relacionadas a la gente pequeña que no dejó la tierra cuando las hadas abandonaron nuestro plano de existencia.

Esto nos induce a pensar que, si bien es cierto que el poeta necesita de la inspiración, bajo cualquiera de sus formas, aún la que se disimula en el trabajo duro, en la perseverancia, en el esfuerzo, también ella necesita de los poetas para justificar su existencia.




Mitología comparada. I Hadas.


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Sven Andersson: condenado a muerte por enamorarse de una montaña


Sven Andersson: condenado a muerte por enamorarse de una montaña.




Sven Andersson (1668-1691) fue un granjero sueco de la región de Västergötland, Suecia, quien fue condenado a muerte por enamorarse de una montaña.

Por cierto, no fue el viejo Sven el primero en ser perseguido por semejante ofensa a las leyes naturales. Los mitos nórdicos, así también como la tradición vikinga, están repletos de este tipo de episodios desagradables.

Lo que ocurrió en el otoño de 1691 fue lo siguiente:

El párroco Västergötland, llamado Petrus Magni Kellander, notó que el viejo Sven estaba más pálido y exhausto que de costumbre. Algunos vecinos maliciosos afirmaron que el granjero se introducía por las noches en la montaña y desaparecía durante días enteros. De esas excursiones regresaba, literalmente, hecho mierda.

Cuando el párroco finalmente lo confrontó con esas incuestionables evidencias, el viejo Sven lo confesó todo.

Durante el juicio, el granjero alegó haberse quedado dormido en el bosque, dentro de un viejo roble hueco, agotado tras la persecución de una cabra que se había separado del rebaño. Durante la noche despertó, y descubrió que, junto al árbol, había una mujer muy hermosa, vestida completamente de blanco, quien le dio comida, bebida, y luego se acostó con él.

Después de aquel refriegue inicial, que el viejo Sven calificó de áspero, la mujer de blanco le aseguró que conocía el paradero de la cabra perdida, y lo invitó a seguirla al interior de la montaña.

El granjero la siguió por un largo sendero, que luego se convirtió en un túnel negro y profundo. Después de muchas horas de caminar en la oscuridad llegaron a un gran salón iluminado con antorchas. Un grupo de mujeres, no tan hermosas como la mujer de blanco pero ciertamente bonitas, lo recibieron con cálidas muestras de afecto.

Luego se lo condujo al centro del salón, donde la mujer de blanco lo esperaba, ya desnuda, sobre un lecho de piedra.

El viejo Sven se acostó nuevamente con ella, y prometió regresar, todas las semanas, para satisfacerla.

El granjero no tuvo que explicar mucho más, ya que todos en la región habían escuchado hablar sobre esa mujer, así como sus ancestros lo habían hecho desde tiempos inmemoriales. La mujer de blanco era la montaña, o mejor dicho, una representación de la montaña; una bergsrå.

Bergsrå es una criatura mitológica de los mitos nórdicos, esencialmente la forma que toman las montañas para caminar entre los hombres. Cuentan con una corte de seguidores llamados Bergatrollet, o Trolls de Montaña, y responden a un único rey —el rey de todas las montañas—, llamado Bergakungen.

Habitualmente, las Bergrå raptan a los hombres sin preocuparse demasiado por sus deseos. Esto es conocido como bergtagen, literalmente, «tomado por la montaña». Pero el caso de Sven Andersson fue distinto: él fue seducido por la montaña, y conducido amablemente a su interior, en todo sentido.

La corte ordenó un examen minucioso del granjero. Sobre su cuerpo se hallaron heridas, cortes y hematomas que coincidían con el pernicioso hábito de acostarse con las montañas.

Si bien el viejo Sven confesó haber cometido el crimen de mantener relaciones con una montaña, no se arrepintió. Por el contrario, manifestó haberse enamorado de ella.

Sven Andersson fue sentenciado a muerte por la corte local. Posteriormente, la condena fue ratificada por el tribunal superior.

El reporte oficial concluye aquí. Hay evidencias de la condena pero ninguna de que la ejecución realmente haya tenido lugar. Lo que sí existe es una leyenda.

Se dice que el viejo Sven logró escapar de prisión gracias a un terremoto, lo suficientemente fuerte para derribar los muros que lo tenían encerrado. Testigos de dudosa veracidad afirman haberlo visto corriendo en pelotas por las calles de la aldea, y luego introduciéndose en una húmeda grieta en la falda de la montaña.




Mitología comparada. I El lado oscuro del amor.


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La mujer que los mitos no se atrevieron a mencionar


La mujer que los mitos no se atrevieron a mencionar.




Hay personas que para amortiguar sus desdichas buscan consuelo en la fatalidad ajena. Pero Eleonora estaba lejos de hospedar ese sentimiento que los teutones llaman sagazmente schadenfreude, o alegría por la desgracia ajena; porque los infortunios que la consolaban no eran los de sus amigas.

Peleas de pareja, discusiones familiares, inestabilidad laboral, incertidumbre vocacional, eran parte de la amplia variedad de disgustos que sus amigas le confiaban, sin lograr que Eleonora se sintiera mejor acerca de sus propios problemas.

Y el problema de Eleonora era grave: jodido, en una palabra; y tal es así que para encontrar a alguien que sufriera algo parecido debía recurrir a la mitología.

Es verdad que la mujer ocupa su lugarcito en mitos griegos —pensaba Eleonora, mientras hojeaba un libro de Robert Graves—, pero casi nunca realizando hazañas, sino más bien precipitando al héroe para que las realice. Salvo las diosas, que también tienen sus lindos quilombos, las mujeres en los mitos griegos no la pasan nada bien.

La mayoría, de hecho, están condenadas a llevar un destino ingrato sobre los hombros.

Como el mío —pensó Eleonora.

Por ahí anda Andrómeda, fijate, que de tan linda enfureció a Poseidón. El dios envió al Kraken para destruir al reino, pero Perseo —un hombre, cuando no— la rescató. O Antígona, la hija de Edipo, que fue condenada a ser enterrada viva por apiadarse del cadáver de su hermano.

Los ejemplos de mujeres condenadas abundan —pensó Eleonora—, pero ninguna condena se parece a la mía.

Se permitía pensar en voz alta porque sus amigas no estaban presentes. Para ellas, la condena de Eleonora era vista como una bendición. La idolatraban. Después de todo, ¿a quién no le gustaría ser deseada por todos los hombres como lo era ella?

Pero una condena, o una maldición divina, no se define por sus reglas generales, sino por una única e irreversible excepción. En otras palabras: toda condena es una bendición a la cual se le arranca una parte.

Siguió hojeando a Graves:

Ariadna, por ejemplo, fue rescatada por Teseo. Incluso lo ayudó a derrotar al Minotauro, pero después fue abandonada por el héroe en una playa de cuarta. Para colmo, Teseo se enamoró de la hermana de Ariadna: Fedra, y ésta a su vez se encaprichó con el hijo del héroe: Hipólito.

Condena fea la de Ariadna, es cierto, pero no tanto como la mía.

Eleonora entonces leyó la historia de Níobe, princesa de Tebas, que por tener seis hijos despertó la ira de la diosa Leto, que tenía solo dos.

Esto no le trajo demasiado consuelo.

Entonces reparó en Casandra, princesa de Troya, a quien Apolo le dio el don de pronosticar el futuro con absoluta precisión, y la condena de que nadie creyera en sus predicciones.

Otra vez la misma dinámica: bendición (predecir el futuro con total certeza), y maldición (que nadie crea tus predicciones). Eso es estar condenado.

Si habrá protestado Casandra. Se la imaginaba gritando a los cuatro vientos que el caballo de madera tenía la panza llena de aqueos. Ningún troyano la escuchó.

Eleonora cerró el libro.

Basta de mitologías.

Basta de comparaciones.

Su vida ya era una condena suficiente como para andar sintiendo lástima por los demás. Después de todo, quizás ella misma había sido olvidada por los mitos. Quizás esa era la parte que había sido arrancada.

Porque Eleonora estaba segura que los dioses la habían condenado a enamorar a todos los hombres, excepto al que ella amaba.




Mitología. I Egosofía.


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Cuando las Hadas abandonaron nuestro plano de existencia


Cuando las Hadas abandonaron nuestro plano de existencia.




Para el año 1846, en plena era victoriana, el investigador William John Thomas sostuvo que la creencia en las Hadas no estaba extinguida en Inglaterra. Otros, como Thomas Keightley —autor de La mitología de las hadas (The Fairy Mythology)— lo acompañaron en esa audaz afirmación.

Lo cierto es que durante este período, y solo en este, se realizó una auténtica búsqueda por encontrar evidencias que prueben la existencia de las Hadas.

No hablamos de personas que realmente creían en las Hadas sin necesidad de cuestionar esa creencia, sino de historiadores, científicos, teólogos, artistas, escritores, anticuarios, medievalistas; todos ellos participaron en esta búsqueda de las Hadas.

Para el año 1880, los más importantes estudiosos del folklore y la mitología, como Sabine Baring-Gould, Andrew Lang —El libro azul de los cuentos de hadas (The Blue Fairy Book)—, Joseph Jacobs, y John Rhys, examinaron testimonios orales, cuentos, leyendas, e incluso restos arqueológicos relacionados con la «gente pequeña».

El resultado de estas investigaciones, incierto en términos científicos, logró que un gran porcentaje de la población creyera que las hadas realmente existían, o que existieron en alguna época.

Ya en el siglo XX, verdaderas eminencias de la literatura, como Arthur Conan Doyle y Arthur Machen publicitaron sus hallazgos con respecto a las Hadas. W.B. YeatsEl crepúsculo celta: hadas y folklore (The Celtic Twilight: Faerie and Folklore) —publicó interminables reportes de sus interacciones con las Sidhe, haciendo que la creencia en las hadas se convirtiera en una necesidad cultural y política en Irlanda.

George Russell y William Sharp, por su parte, encabezaron verdaderas cacerías de hadas, realizando minuciosos mapas sobre las zonas de avistamiento más calientes. Incluso algunos eruditos que no estaban totalmente convencidos del tema, como Douglas Hyde, afirmaban que las Hadas estaban vivas en Irlanda.

Por otra parte, folkloristas como Patrick Kennedy, Lady Wilde, y Lady Gregory, anunciaron que comenzaba a observarse un comportamiento extraño en las Hadas; como si estas se estuviesen preparando para un gran acontecimiento, que luego sería conocido como el Éxodo de las Hadas.

En definitiva, las Hadas estaban a punto de abandonar para siempre nuestro plano de existencia.

El Éxodo de las Hadas comenzó a finales del siglo XVIII; y la literatura se encargó de divulgar ese acontecimiento: Charlotte Bronte, en su novela: Shirley (Shirley), sostuvo que el creciente avance de la tecnología y la industrialización habían obligado a las Hadas a abandonar las Islas Británicas.

El Irlanda, sin embargo, las Hadas eran parte del patrimonio nacional de la isla, uno que Inglaterra no podría expropiar mediante temerarias afirmaciones, de modo tal que siguieron apareciendo allí durante algún tiempo.

La idea de que las Hadas estaban abandonando nuestro plano de existencia, es decir, el plano material, o físico, se tomó con cierta alarma, y precipitó una enorme cantidad de hipótesis acerca de la procedencia de estas criaturas.

Para trazar un paralelo con nuestro tiempo, podemos imaginar el impacto que produciría en la opinión pública si, repentinamente, los reportes de personas que afirman haber visto un OVNI comenzaran a reducirse dramáticamente.

No obstante, antes de desaparecer para la mayoría de las personas que habitualmente veían a las hadas, o que creían verlas, en general, en un ámbito rural, la «gente pequeña» siguió manteniendo contacto con destacadas personalidades del arte y la cultura:

El escritor Lafcadio Hearn detalló sus reuniones con ellas, incluso en Japón. Martín Lutero se encontraba frecuentemente con los Changelings. Richard Dadd, el pintor, entabló una entrañable amistad con las Hadas. W. Graham Robertson, guionista teatral, dejó testimonio de sus intercambios artísticos con la «gente pequeña». Maurice Hewlett, en El saber de Proserpina (The Lore of Proserpine), desarrolló sus experiencias personales con las Hadas. Y Walter ScottSobre las hadas de la superstición popular (On the Fairies of Popular Superstition)— se manifestó abiertamente como un creyente en las Hadas; por mencionar los casos más resonantes.

Cuestión aparte es la de Robert Louis Stevenson, hombre extremadamente racional, quien creía que las Hadas solo eran visibles para los niños, y que en la edad adulta se presentan únicamente en sueños. En su obra: Un capítulo sobre los sueños (A Chapter on Dreams), asegura que todos los detalles de El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde) le fueron dictados en sueños por las Hadas, y más precisamente por una raza conocida como Brownies.

Es importante señalar que, en la era victoriana, las Hadas no eran vistas simplemente como seres mágicos; sino más bien como criaturas espirituales, originadas fuera del mundo material pero estrechamente vinculadas a él.

Algunos estudios arrojan la sospecha de que las Hadas son, en definitiva, ángeles de muy baja jerarquía que no se comprometieron con las Guerras Celestiales, o Guerras de los Ángeles, y que su estadía en el plano terrenal responde a una especie de castigo divino por esa falta de compromiso.

Otros, en cambio, consideraban que las Hadas eran los espíritus de aquellas personas que no fueron lo suficientemente buenas como para ascender al cielo, ni lo suficientemente malas para ser condenadas al infierno; lista en la que se incluye a los paganos, personas que fallecieron sin ser bautizadas, personas asesinadas, muertas antes de tiempo, y un largo etcétera.

Más allá de estas conjeturas, lo cierto es que si las Hadas estaban abandonando nuestro plano de existencia, entonces era lógico suponer que eran libres de hacerlo, es decir, que poseían libre albedrío.

En este contexto, resurgieron las ideologías de los neoplatónicos, como Paracelso, que además crear a un homúnculo dedujo que las Hadas eran elementales: ni ángeles ni demonios ni espíritus humanos, sino criaturas con agenda propia.

A partir de entonces, las Hadas ocuparon un lugar especial, único y distante de los problemas políticos entre el cielo y el infierno. Si bien las categorías siguieron existiendo, es decir, las razas y especies de hadas, como djinns, duendes, sátiros, gnomos, ogros, sirenas, faunos, elfos, enanos, trolls, etc; en general todos los espíritus de la naturaleza cayeron bajo la denominación de Hadas.

Las Hadas de este período no eran completamente etéreas, sino que estaban hechas de carne, hueso y sangre. Se reproducían sexualmente y no eran inmortales, aunque su vida era extremadamente larga para los estándares humanos. En ciertos casos incluso podían enamorarse de nosotros, pero cuando un hada se enamora de un hombre mortal, afirman aquellos que han tenido la mala fortuna de entablar este tipo de relación amorosa, las cosas generalmente terminan en tragedia.

Se cree que las Hadas incluso podían asumir una posición sumisa frente a ciertas personas, como Bridget Cleary: la mujer que se convirtió en reina de las hadas. También eran capaces de producir ciertas ilusiones ópticas, como volverse invisibles o levitar; y poseian una fuerza y una rapidez sobrehumanas.

Los últimos en pronunciar una teoría sobre las hadas fueron los miembros más ilustres de la naciente teosofía:

H.P. BlavatskyIsis sin velo (Isis Unveiled)— sostiene que las Hadas son en realidad criaturas no humanas del plano astral; opinión a la cual suscribe Charles W. Leadbeater en su libro: El plano astral (The Astral Plane).

En cualquier caso, las Hadas estaban estrechamente relacionadas con la naturaleza, y el impacto que produjo sobre ellas la industrialización parece haber sido el factor determinante para que abandonaran nuestro plano.

Anna Kingsford: médica, vegetariana, anti-vivisección y enemiga psíquica de Pasteur, fechó el año en que las Hadas iniciaron su Éxodo: 1799; el cual se prolongó hasta 1912.

Desde entonces, solo quedan algunas pocas Hadas rezagadas en el mundo, casi todas hurañas, hostiles, demasiado aferradas a la tierra como para partir definitivamente hacia otros planos de existencia.

Sin embargo, la mayoría de ellas se han ido marchitando con el tiempo, desvaneciéndose lentamente hasta volverse indistinguibles de un simple grano de arena, de una ráfaga de viento, de un breve pero intenso estremecimiento en la médula cuando pensamos en ellas.




Mitología. I Bestiario de seres mágicos.


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La tragedia de Edipo: versión del Marqués de Sade


La tragedia de Edipo: versión del Marqués de Sade.




En los instantes que suceden al éxtasis, en la cima del agotamiento físico y emocional, el hombre tanteó la oscuridad. Encontró piel.

A su lado, un cuerpo cálido giró sobre las sábanas. Ese movimiento esparció fragancias residuales en el aire viciado de la habitación. Había algo familiar, un olor, tal vez, que vibraba justo por debajo del aroma que los cuerpos emiten al fundirse en uno solo; un olor que le recordaba el sabor de la leche cuajada, las faldas de su madre cuando él, apenas un niño, corría a refugiar su rostro en esa textura embebida en transpiración, el ardor frenético de su piel que se fermentaba al sol mientras ella hilaba, indiferente, distante de sus preocupaciones infantiles, dolorosamente ausente.

Había cometido algunas fechorías en el pasado, desde luego. ¿Qué rey sobre el trono de Tebas estaba libre de actos detestables? Sin embargo, Edipo era un hombre justo, que no evadía el castigo ni justificaba la comisión de sus actos bajo el pretexto de la pasión.

Por eso, antes de volver a besarla en ese cuarto miserable, al amparo de miradas indiscretas pero bajo la mirada intransigente de Zeus, Edipo desenvainó su daga.

Por un momento, el brillo del acero iluminó el rostro de la mujer a su lado.

—Entonces, dulce Yocasta, mi querida madre, ¿lo hacemos una vez más antes que me arranque los ojos?




Egosofía: relatos filosóficos. I Mitos griegos.


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Lo que nadie entendió sobre la Caja de Pandora


Lo que nadie entendió sobre la Caja de Pandora.




Ovidio, holgazán para las cronologías, explica que Pandora fue la primera mujer que existió. La creó Hefestos, por orden de Zeus; y, al igual que Eva, fue creada para ser la consorte de un hombre: Epimeteo.

Como regalo de bodas, Jehová prohíbe a Adán y Eva comer del árbol del conocimiento, obsequio que algunos comentaristas juzgan pretencioso. Zeus, por su parte, le regaló a Pandora y Epimeteo un pithos, especie de vasija ovalada, con instrucciones específicas de no abrirla jamás.

Ambos dioses —Zeus y Jehová— tomaron la precaución de dotar a la mujer con una gran curiosidad, los cual nos permite deducir que el pecado original fue fríamente calculado. Y así como Eva probó la manzana, es decir, transgredió una prohibición expresa de Dios, Pandora abrió la caja.

En la noche de bodas, inexplicablemente aburrida, Pandora abrió el obsequio que Zeus le había dado y todos los males concebidos antes del tiempo escaparon y se esparcieron por el mundo: hambre, enfermedad, muerte, odio, dolor. El resto de la historia es tan conocida como falsa.

Cuando Pandora reaccionó, y finalmente logró cerrar la caja, lo último que alcanzó a salir fue Elpis, la esperanza. De este mito procede la expresión: «lo último que se pierde es la esperanza»; aunque su interpretación suele ser errónea.

Aquella idea de que la esperanza era lo último que había en la caja de Pandora es una invención trasnochada de Ovidio. Ni Homero ni Hesíodo suscriben esa opinión. De hecho, las versiones más antiguas del mito sostienen que la esperanza fue lo último en salir de la Caja de Pandora; ninguno que fuese lo último que había en su interior.

Este detalle, en apariencia, insignificante, transforma por completo el sentido del mito:

Si la esperanza fue lo último en salir antes de que la muchacha cerrara abruptamente la vasija, no lo último que había en la Caja de Pandora, entonces es justo razonar que la esperanza también fue forjada como un tormento.




Mitología. I Seres fantásticos de la mitología.


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Perseo en Tinder.


Perseo en Tinder.




La foto de perfil no presagiaba demasiado. La mujer usaba unas gafas enormes. A Perseo no le importó, y eso que le daba mucha importancia a los ojos de una mujer.

—Dale, estamos cerca —leyó Perseo en su celular—, ¿por qué no venís a casa?

—¿Te parece? —escribió.

—¿Por qué no? Estoy sola. Mis hermanas salieron.

Después de un breve intercambio de datos geográficos, Perseo llegó hasta la casa.

Tocó el timbre.

Nada. Sin respuesta.

Golpeó.

La puerta estaba abierta.

Perseo entró.

Pronunció su nombre.

Desde el dormitorio le llegó la voz de una mujer.

—Dale, vení.

—¿Enciendo la luz? —preguntó Perseo.

—No. Así es mejor.

Perseo atravesó el comedor a oscuras. Dobló por un pasillo, siguiendo la voz. Entró en el dormitorio.

No había espejos.

Detrás del vestidor ella volvió a hablar.

—Tapate los ojos.

—¿Para qué? Si no se ve nada.

—Dale, no seas malo.

Perseo se cubrió el rostro con la palma de la mano.

—No —dijo ella, con un tono más enérgico— Ahí, sobre la cómoda, hay un pañuelo.

Perseo se cubrió los ojos con el pañuelo.

Ella se acercó.

Se besaron.

Se desnudaron.

Una mano lo condujo hasta la cama.

Perseo se acostó.

Ella se acostó sobre él.

Perseo acarició su espalda arqueada y la atrajo hacia él.

Ella se dejó llevar, mientras sus caderas se acomodaban para recibirlo.

Las serpientes de su cabello silbaron extraños encantamientos en la oscuridad.




Egosofía. I Mitos griegos.


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El amor imposible de la luna


El amor imposible de la luna.




El filósofo subió a lo alto de la colina.

Era noche cerrada. Las nubes se amontonaban en el horizonte como un rebaño entumecido que espera los dedos rosados del alba.

En esa hora incierta elevó su voz al cielo.

—La tenacidad es un rasgo deseable en muchas actividades pero no en el amor —dijo el filósofo—. El insistidor rara vez seduce, a lo sumo desgasta. Su virtud no es la conquista elegante sino la voluntad de perpetuar un asedio tan prolongado que, por hambre, sed o aburrimiento, la plaza finalmente se rinde ante él.

El filósofo aguardó que sus palabras atravesaran la negrura, pero la luna, con un brillo fatigoso, casi indiferente, se asomó entre las nubes.

Desde entonces fueron muchos los sabios que ascendieron a la colina para persuadir a la luna; pero esta continuó saliendo, noche tras noche, con la íntima convicción de que algún día el girasol la miraría.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


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Los 6 varones en la vida de Afrodita


Los 6 varones en la vida de Afrodita.




Los dioses de la mitología griega sufren por amor como cualquier mortal. Incluso Afrodita, la diosa del amor, conoció tanto el éxtasis de romances fulminantes como las hondas depresiones que suceden tras el desengaño.

Lo interesante de este panteón es que, al igual que los mortales, los dioses aman, sufren y luego se rehacen para seguir adelante; a veces con heridas, desde luego.

Afrodita es la diosa del amor, pero en un sentido que nada tiene que ver con el amor romántico, subproducto sublimado del amor cristiano; sino más bien del amor ligado al deseo, a la belleza, a lo sensorial. En otras palabras: Afrodita es la diosa de ese perfil del amor que se disfruta con el cuerpo sin excluir al alma.

Tal vez por eso las sacerdotizas de Afrodita, conocidas como Hieródulas, practicaban un culto donde el sexo era una parte esencial para alcanzar la comunión con la diosa. Los besos, las caricias, el acto de comer y beber del otro conformaban la hostia de la eucaristía del amor.

Ahora bien, los cargos y los títulos aristocráticos están muy bien, como por ejemplo reinar sobre el amor; sin embargo, nadie podría atribuirse el gobierno absoluto sobre este sentimiento sin haber sufrido alguna vez por amor.

Y vaya que Afrodita sufrió.

Y vaya que hizo sufrir.

A lo largo de su extraordinaria historia, Afrodita se entregó en cuerpo y alma a seis varones; cuatro dioses y dos mortales. Repasemos brevemente aquellas aventuras.


4 dioses que tomaron a Afrodita:


Hefesto:

Si bien los dioses del Olimpo a menudo se entregaban con voluntarismo a las relaciones ocasionales, las buenas costumbres exigían que todos estuviesen formalmente casados. Hefesto era, además de un artesano colosal, el marido oficial de Afrodita.

Esto le daba ciertos derechos sobre ella, pero sobre todo obligaciones. Legalmente ningún otro varón podía tomar a Afrodita, regla que probó su ineficacia muy rápido; y en parte debido a un tremendo error estratégico del propio Hefesto.

Afrodita poseía dones innatos y era casi imposible que un hombre no se sintiera atraído por ella. No obstante, Hefesto decidió que podía elevar aún más su grado de perfección, y construyó para su esposa una magnífica joyería, entre ella, un cinturón que resaltaba hasta lo inconcebible sus atributos.

Con el tiempo, el cinturón de Afrodita se transformó en un emblema de seducción, probablemente porque su uso hacía que hasta los dioses más aplomados o dedicados a otros menesteres pusieran el ojo sobre ella.


Ares:

Se dice que fue Helios, el dios sol, quien espió al dios de la guerra, Ares, acostándose con Afrodita en la habitación que compartía con su esposo, Hefesto.

Helios le reveló este engaño a Hefesto, que si bien era un tipo confiado, también era astuto cuando su confianza era traicionada.

En secreto, Hefesto dispuso una trampa metálica sobre el lecho nupcial, capaz de inmovilizar incluso a los dioses. De este modo atrapó a Ares y Afrodita en pleno desenfreno. Acto seguido convocó a los dioses más importantes del Olimpo para que fuesen testigos de semejante adulterio. A las diosas, comenta Ovidio, se las excluyó de este rol de testigos para proteger su pudor.

No obstante, los dioses no reaccionaron del modo que Hefesto había imaginado. La belleza de Afrodita era tal que muchos aseguraron que cambiarían de lugar con Ares sin ningún problema. Poseidón, sin embargo, fue obligado por Zeus a devolver a Hefesto la dote que había pagado por su infiel esposa.

Ares huyó entonces a Tracia, su hogar. Para muchos, los encuentros clandestinos con Afrodita no cesaron, e incluso habrían sido la causa para que el dios de la guerra, que había prometido lealtad a Hera, luchase en favor de los troyanos durante el sitio.


Dioniso:

El caso de Dioniso es extraño y muy poco comentado, quizás porque se trataba del bisnieto de Afrodita, lo cual convertía sus encuentros amorosos en una clase particularmente abominable de incesto.

Poco y nada se sabe sobre aquella relación. Dioniso no cultivaba el perfil de varón que tanto excitaba a Afrodita; todo lo contrario, era más femenino en sus formas y en su trato que muchas diosas del Olimpo.


Hermes:

Hermes, mensajero de los dioses, patrono de los ladrones y los pata de lana, obtuvo el ansiado acceso a la lubricidad de Afrodita más por astucia que por méritos físicos.

Aquel amor dio sus frutos: Hermafrodito, que literalmente significa «Hermes-Afrodita», transformado luego en una fusión perfecta de varón y hembra cuando los dioses le concedieron a la ninfa Salmacis su insensato deseo de no separarse jamás de él.


2 mortales que tomaron a Afrodita:


Anquises:

Anquises aparece en los mitos como un pobre pastor con linaje real. Se dice que Afrodita lo vio en el monte Ida mientras el muchacho apacentaba sus rebaños. Quedó tan impresionada por su belleza que descendió sobre la tierra y se unió a él con tanto deseo y pasión que incluso llegarían a concebir a un personaje central de los mitos griegos: Eneas.


Adonis:

Probablemente el gran amor de Afrodita, aunque su nacimiento se dio por casualidad.

Cierto día, cuenta la leyenda, Afrodita jugaba con su hijo, Cupido, cuando accidentalmente se hirió con una de sus flechas.

La herida aún no había sanado por completo cuando las Moiras, las diosas del destino, decidieron que ése era el momento indicado para que Afrodita se encontrara con Adonis, un joven y apuesto cazador de vida más bien peregrina.

Afrodita se enamoró inmediatamente de él.

Repentinamente dejó de vagar por sus lugares favoritos: Pafos, Cnido y Amathos; incluso se ausentó durante un tiempo del Olimpo y sus opíparos banquetes de ambrosía.

Afrodita llegó a preferir la compañía de Adonis sobre cualquier otra actividad. En secreto seguía el rastro de su amante y adoraba su sombra como si fuesen jirones oscuros del alma inconmensurable de Zeus.

Ella, que sólo deseaba acostarse bajo los árboles sin otra preocupación que cuidar de sus encantos, vagaba ahora por los bosques vestida como Artemisa, la cazadora, llamando a sus perros, matando liebres y venados, aunque manteniéndose prudentemente alejada de lobos, osos, y otras fieras enemigas de los rebaños.

Pero el orgulloso Adonis jamás tembló ante la presencia de los terribles animales que habitaban por entonces en Grecia.

Adonis era demasiado altivo para escuchar consejos de Afrodita. Cierto día, sus perros lograron sacar a un jabalí de su guarida, el joven arrojó el venablo e hirió al animal en las costillas. Pero la feroz bestia consiguió arrancarse el arma con los dientes y se lanzó en persecución del joven cazador.

Adonis corrió veloz como los vientos del Parnaso, sin embargo, su destino estaba escrito: el jabalí le dio alcance, hundió sus colmillos en el estómago del joven y lo dejó moribundo sobre los pastos.

Afrodita, montada en su carro celestial tirado por cisnes, iba camino a Chipre cuando oyó los lamentos de Adonis viajando en alas del viento, y a toda velocidad torció su rumbo hacia el oeste.

Desde la altura divisó el cuerpo sin vida de Adonis, quebrado y bañado en sangre. Descendió, desesperada, y se inclinó junto a él.

El espíritu de Adonis había abandonado su templo.

Afrodita acarició la piel fría y ausente, y lloró como ninguna diosa había llorado.

Finalmente, Afrodita se puso de pie, y con la terrible melodía de su voz le reprochó a las Moiras:

—Vuestra victoria no será completa. El recuerdo de mi dolor perdurará, y mis lamentos se escucharán hasta el fin del mundo. Tu efímera sangre mortal será eterna, Adonis, delicada, renaciendo perpetuamente, como una flor.

Y diciendo esto besó las heridas de Adonis, que ondularon como las aguas de un estanque cuando las acaricia el rocío.

De allí nació una flor, púrpura como la aurora, pero de corta vida. Se dice que Afrodita aún clama por Adonis desde los cielos, y que su voz se alza una vez al año, viajando con el viento y acariciando los pétalos de su amante, invitándolo a despertar.

Por eso a esta flor se la llama anémona, que en griego significa «flor del viento».




Mitos griegos: mitología griega. I Historias de amor de la mitología.


Más literatura gótica:
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Íncubos y Súcubos: ¿qué ocurre durante un encuentro paranormal?


Íncubos y Súcubos: ¿qué ocurre durante un encuentro paranormal?




Mucho se habla de los íncubos y súcubos, es decir, entidades masculinas y femeninas del plano astral que buscan satisfacer impulsos muy carnales con personas reconocidamente vivas [ver: El Caso de Doris Bither]

Lejos de tratarse de escenas románticas, este tipo de encuentros suelen ser notablemente perturbadores.

Los Íncubos, Súcubos y otros seres del plano astral suelen obtener lo que quieren cuando se manifiestan. Rara vez fracasan, y siempre, invariablemente, comienzan sus visitas como indiscretas bolsas de aire frío que se mueven debajo de las sábanas.

Sería fácil caer en el razonamiento de que este tipo de encuentros con fantasmas solo ocurren en las leyendas medievales. Nada más lejos de la verdad. De hecho, los reportes de encuentros carnales con fantasmas mantienen aún hoy las mismas características de antaño.

Para la víctima, desde luego, la experiencia no tiene nada de fantasmagórica.

La sensación es real, e incluye todas las posibilidades del amor convencional entre personas vivas: besos, caricias, juegos y finalmente penetración.

En este contexto, los seres del plano astral lo suficientemente fuertes como para reunir la energía necesaria para manifestarse a nivel físico suelen ser amantes expertos.

Cada caricia, cada dedo frío que acecha bajo las sábanas, se produce aprovechando las fantasías de la víctima. Es ella quien le provee las herramientas necesarias para que el ataque sea devastador.

Este tipo de ataques ocurren tanto cuando la persona se encuentra sola como acompañada, incluso en la cama. No obstante, la mayor tasa de asaltos se da fuera del hogar, por ejemplo, en un hotel o incluso en un cementerio.

Sin ir más lejos, desde la Edad Media se apilan reportes de personas que experimentan horrorosos asaltos en los cementerios; no ya de audaces manos que acarician sin anunciarse, sino de explícitas sensaciones de estar siendo masturbado, por ejemplo.

Los hombres, al menos, suelen ser los que menos recuerdan estos episodios.

Rápidamente se los clasifica como sueños eróticos, si el contexto lo justifica, o simples instantes de excitación que aparecen y se diluyen sin dejar rastros de su origen.

Las mujeres, en cambio, los recuerdan con lujo de detalles.

Existen algunas diferencias entre los Íncubos y Súcubos tradicionales y otras criaturas del bajo astral.

Estos últimos, por ejemplo, se caracterizan por efectuar ataques directos y emplear un lenguaje más bien obsceno.

Los Íncubos y Súcubos, por el contrario, llegan a establecer una especie de relación con sus víctimas, a quienes visitan durante años.

La sensación que éstos últimos producen es de extremo placer. No es extraño que la víctima incluso sienta nostalgia por la ausencia de su fantasmal amante.

Otra característica típica de este extraño fenómeno paranormal consiste en el desplazamiento del deseo por parte de la aparición. Es decir, cuando la víctima empieza a considerar fantasías que nunca tuvo, y que en realidad tampoco tiene.

Es el espíritu quien induce este tipo de deseos, logrando con ello obtener una satisfacción secundaria.

El final de estos encuentros es casi siempre el mismo: saturación física y emocional.

La persona que ha recibido la visita de un íncubo o un súcubo se siente extremadamente agotada, con los sentidos embotados e incluso una alarmante disminución del sentido del olfato.

Durante la Edad Media se escribieron libros enteros a propósito de estas diabólicas criaturas sobrenaturales, sobre todo para entrenar a los monjes novicios sobre las sutiles artes del maligno.

El principal enemigo, advierten, es un habitual desorden hepático conocido como melancolía: el octavo pecado capital.




Fenómenos paranormales. I Diccionario demonológico.


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La leyenda de Fear Liath Mor


La leyenda de Fear Liath Mor.




Fear Liath Mor —también conocido como: El Gran hombre Gris de Ben Macdhui (The Big Grey Man of Ben MacDhui), o más sencillamente: El Hombre Gris (The Greyman)— integra una de las razas de vampiros de las tierras escocesas, cuya reputación ha sobrevivido casi intacta a pesar de su antigüedad.

Fear Liath Mor acecha en los pasos de Ben Macdui, el pico más alto de Cairngorms, el segundo en altura de todas las islas británicas. Montañistas provenientes de todo el mundo han dado cuenta de sus apariciones, lo cual suscribe la opinión de sus primeros testigos: aquellos monjes irlandeses de la Edad Media que se establecieron en las alturas inhóspitas y hablaban de una temible estirpe de salvajes conocidos como Wudevas, los «hombres los bosques».

Fear Liath Mor es descrito como un ser de proporciones descomunales: de cuatro metros de altura, rostro cadavérico (aunque benévolo, suavizan los monjes) y voz cavernosa, profunda como las grutas que se abren en los pasos de las tierras altas. Criptozoólogos contemporáneos han intentado vincular a Fear Liath Mor con el Abominable Hombre de las Nieves, incluso con el Yeti, con el inconveniente de que estos últimos se resisten a realizar cualquier clase de entrevista que confirme y desestime esta filiación.

Pero la leyenda de Fear Liath Mor precede a la ciencia moderna. La Edad Media conoció sus apariciones y las documentó en baladas y canciones rústicas. En ellas se menciona a un desdichado Tuatha de Dannan —especie de raza sobrenatural, perfecta, similar a los Elfos de la mitología de J.R.R. Tolkien—, quien abandonó a sus hermanos por el amor de una mujer mortal.

Según este mito celta, Fear Liath Mor se enamoró de Oriana, una hermosa mujer mortal que le retribuyó su ardor con una promesa. La encontró vagando por los valles, delicada como las hadas, y se acercó a ella con andar sigiloso, lo cual es una verdadera dificultad para una criatura de dimensiones tan prodigiosas.

Temiendo ser rechazado por sus grotescas proporciones, Fear Liath Mor le habló escondido detrás de una roca. Al ser interrogado sobre su nombre, él contestó:
—Yo soy el Gran Hombre Gris.

Al parecer, Oriana no necesitaba mucho para enamorarse. Acordaron encontrarse a la medianoche en la cumbre de Ben Macdui y luego huir juntos hacia las tierra bajas y desde allí tomar el Camino del Cisne hacia la Isla de los Bienaventurados, donde ambos serían eternamente jóvenes.

Oriana partió en secreto pero fue interceptada involuntariamente por la flecha de un cazador, que se retiró de la escena del crimen sin ofrecerle ayuda. Cuentan las baladas que Oriana se desangró durante toda la noche, llamando en vano a su amado que la esperaba en la cima del monte, ensordecido por los vientos.

Apesadumbrado, Fear Liath Mor descendió al valle con las primeras luces del amanecer, convencido de que Oriana se había arrepentido de la promesa. La encontró agonizando, aunque con el aliento suficiente como para narrarle el episodio dramático de la noche anterior.

Oriana murió, y Fear Liath Mor se convirtió en un exiliado de su raza. Desde entonces acecha a los hombres en los pasos montañosos alimentándose de sangre, tomando la precaución de no vaciarlos por completo para así observar como la vida abandona lentamente de sus cuerpos, tal vez buscando en la macabra agonía algún gesto que le recuerde el rostro de Oriana, desfigurado y atravesado por la muerte.

La presencia de Fear Liath Mor se reconoce en el viento como una voz fría, inhumana, cuyas vibraciones oprimen el corazón de los caminantes. Las leyendas narran también que existe una sola forma de evitar el ataque de Fear Liath Mor: escuchar su triste historia de amor.

Se dice que si alguien observa su forma gigantesca en los pasos helados y le solicita amablemente que le narre el recuento de sus desdichas, Fear Liath Mor se sentará junto al fuego y repetirá, incansable, la terrible historia de su amor por Oriana. Quien olvide escuchar atentamente su tragedia sentirá una presencia que paraliza a las aves y enmudece a las aguas; luego una voz profunda, antigua como las cumbres inmemoriales. El gigante sin tiempo se revelará entonces a la vera del camino, acercándose al viajero con los ojos inyectados de una negrura que lo impermeabiliza ante el dolor de otros.

Solo pronunciará una frase, que también es un nombre, acaso lo último que todavía le pertenece:


Am Fear Liath Mor...

(Yo soy el Gran Hombre Gris)


Uno de los pocos hombres que sobrevivió un encuentro con Fear Liath Mor fue el alpinista J. Norman Collie, quien en 1925 describió cómo este inmemorial ser de los bosques lo acechó durante varios días en la oscura ruina de Ben MacDhui.




Leyendas de vampiros. I Razas y clanes de vampiros.


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Confirmado: leer "50 sombras de Grey" trastorna a las mujeres


Confirmado: leer "50 sombras de Grey" vuelve locas a las mujeres.


La novela erótica de E.L. James ha provocado dos cosas: un fenomenal éxito con más de cien millones de copias vendidas alrededor del mundo, y la sospecha de que detrás del libro se oculta un enigma de proporciones microscópicas.

A causa del comportamiento exacerbado de muchas lectoras de E.L. James, la Universidad de Michigan realizó un ocioso estudio acerca de los efectos nocivos de leer "50 sombras de Grey".

El estudio, de carácter fríamente estadístico, fue publicado en la revista Journal of Women's Health; y especula acerca de la posibilidad de que leer "50 sombras de Grey" provoque en ciertas mujeres un comportamiento temerario, induciéndolas a trastabillar en relaciones abusivas y conductas poco saludables.

Tal vez lo más interesante y verosímil de este estudio es el análisis psicológico de Anastasia Steele, —nombre que, curiosamente, proviene del griego y significa: "resurrección"— protagonista de "50 sombras de Grey", donde se explica por qué esta muchacha aparentemente inocente se embarca en una relación desigual, abusiva, que representa de forma velada la violencia de género y que perpetúa, mediante una chirla exégesis, la naturalización de los riesgos y hábitos de este tipo de conductas en el ámbito de la pareja.

Para examinar la influencia de "50 sombras de Grey", la investigadora Amy Bonomi, conductora de aquel estudio, analizó estadísticamente el comportamiento de 655 mujeres entre los 18 y 24 años de edad.

Del total de sujetos investigados solo 122 mujeres habían leído toda la trilogía de E.L. James —que continúa con: Cincuenta sombras más oscuras (Fifty Shades Darker) y Cincuenta sombras liberadas (Fifty Shades Freed)—; 97 sólo habían leído "50 sombras de Grey"; y las 436 restantes no registraban ni la más puta idea de qué novelas se estaba hablando.

De la comparación entre los tres grupos se dedujo que las mujeres que solo habían leído "50 sombras de Grey" eran un 25% más propensas a involucrarse en relaciones verbalmente violentas; 35% más de probabilidades de tener una pareja físicamente violenta, y un 75% más inclinadas a tomar pastillas para bajar de peso.

A propósito de las mujeres que habían leído toda la trilogía de E.L. James el estudio sostiene que el 65% de ellas son más propensas a emborracharse y, dato escandaloso, a tener cinco o más parejas sexuales en el trascurso de su soltería.

Como corolario de estas investigaciones, Amy Bonomi sostiene que la lectura de "50 sombras de Grey" acentúa el comportamiento autodestructivo de mujeres con tendencias a los trastornos de alimentación.

Desde luego, el estudio no aclara que el rango de edad de los sujetos investigados —mujeres entre 18 y 24 años— es justamente aquél que agrupa a mujeres más inclinadas a experimentar su intimidad de forma más amplia y, según psicólogos de corte neoliberal, asquerosamente populista.

En cambio, nada dice el estudio sobre la raíz etimológica de la palabra Grey, que en Inglés Antiguo significaba "puta"; lo cual le da a las "50 sombras de Grey", y sobre todo a su protagonista masculino, un significado completamente inverso. 

Salvando las distancias estéticas, y sobre todo los méritos literarios, esta clase de acusaciones tiene antecedentes notables en la literatura.

Por ejemplo, Las desventuras del joven Werther (Die Leiden des jungen Werthers), de Goethe, fue acusado de inducir al suicidio en adolescentes melancólicos; mientras que El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray), de Oscar Wilde, fue señalado como la causa principal del desvío de muchos jóvenes victorianos, diagnosticados directamente de trolos.





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«El amor y Occidente»: Denis de Rougemont.


«El amor y Occidente»: Denis de Rougemont.




El amor y Occidente (L'Amour et l'Occident) —a veces traducido al español como: El amor en el mundo occidental y Pasión y sociedad— es un libro de psicología del escritor suizo Denis de Rougemont (1906-1985) —autor de: Los mitos del amor (Les Mythes de l'Amour)—, publicado en 1936.

Tomando como punto de partida el mito celta de Tristán e Isolda, luego reciclado por el ciclo artúrico, El amor y Occidente de Denis de Rougemont analiza los orígenes del concepto de amor a través de la religión, el misticismo y la literatura.

Casi como una crónica del auge y caída del amor, Denis de Rougemont realiza un minucioso estudio psicológico del amor, partiendo desde la mitología y finalizando en el cine.

El Occidente al que se refiere el título marca una región de influencia que se caracteriza por una discusión que aún persiste casi inalterable: la oposición entre matrimonio y pasión, entre el amor como concepto libertario y el deseo limitado a una normativa. El amor matrimonial, base fundamental de la religión y las instituciones sociales, se construye sobre la idea de responsabilidad, mientras que la pasión, esencialmente libre, tiende a la anarquía, es decir, al caos social que no necesariamente está ligado al desorden sino más bien a los desarreglos que tanto disgustan a las autoridades.

Este último tipo de amor es el que caracteriza las encendidas baladas medievales, cuya filosofía, por llamarla de algún modo, funciona como una especie de teología de Eros, desde luego, blasfema y herética para las instituciones religiosas.

En la segunda parte de El amor y Occidente de Denis de Rougemont se analiza el nacimiento y evolución del romance a partir de la literatura y su posterior desarrollo como hábito social establecido, es decir, el romanticismo como género que llegaría a instalarse dentro de la dinámica social como el protocolo establecido para el amor.




El amor y Occidente.
L'Amour et l'Occident, Denis de Rougemont.

Material relacionado:




El lado oscuro del amor. I Libros de psicología.


El análisis y resumen del libro de Denis de Rougemont: El amor y Occidente (L'Amour et l'Occident) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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