La tragedia de Edipo: versión del Marqués de Sade


La tragedia de Edipo: versión del Marqués de Sade.




En los instantes que suceden al éxtasis, en la cima del agotamiento físico y emocional, el hombre tanteó la oscuridad. Encontró piel.

A su lado, un cuerpo cálido giró sobre las sábanas. Ese movimiento esparció fragancias residuales en el aire viciado de la habitación. Había algo familiar, un olor, tal vez, que vibraba justo por debajo del aroma que los cuerpos emiten al fundirse en uno solo; un olor que le recordaba el sabor de la leche cuajada, las faldas de su madre cuando él, apenas un niño, corría a refugiar su rostro en esa textura embebida en transpiración, el ardor frenético de su piel que se fermentaba al sol mientras ella hilaba, indiferente, distante de sus preocupaciones infantiles, dolorosamente ausente.

Había cometido algunas fechorías en el pasado, desde luego. ¿Qué rey sobre el trono de Tebas estaba libre de actos detestables? Sin embargo, Edipo era un hombre justo, que no evadía el castigo ni justificaba la comisión de sus actos bajo el pretexto de la pasión.

Por eso, antes de volver a besarla en ese cuarto miserable, al amparo de miradas indiscretas pero bajo la mirada intransigente de Zeus, Edipo desenvainó su daga.

Por un momento, el brillo del acero iluminó el rostro de la mujer a su lado.

—Entonces, dulce Yocasta, mi querida madre, ¿lo hacemos una vez más antes que me arranque los ojos?




Egosofía: relatos filosóficos. I Mitos griegos.


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