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La extraña historia de la calavera del marqués de Sade


La extraña historia de la calavera del marqués de Sade.




Mucho se ha escrito sobre Donatien Alphonse François, más conocido como Marqués de Sade (1740-1814), aristócrata, revolucionario, filósofo, escritor y posiblemente uno de los libertinos más notables de la historia.

En 1801, Napoleon Bonaparte emitió la orden de su detención. El marqués de Sade fue arrestado en las oficinas de su editor y encarcelado sin posibilidad de juicio en la prisión de Sainte-Pélagie. No obstante, las denuncias continuaron acumulándose, esta vez de parte de otros presos, quienes alegaron comportamientos demasiado escandalosos aún para la vida en reclusión. Debido a esto el marqués de Sade fue trasladado a la impenetrable fortaleza de Bicêtre.

Dos años después fue declarado oficialmente lunático. El marqués de Sade fue transferido al manicomio de Charenton, donde se le permitió seguir escribiendo pequeñas obras teatrales que serían interpretadas por otros reclusos. Sin embargo, debido a sus constantes actos de rebeldía, estos privilegios pronto le fueron retirados.

Naturalmente, el marqués de Sade continuó haciendo las dos cosas que mejor sabía hacer: escribir y entregarse a las fantasías más extrañas.

Comenzó una relación con Madeleine LeClerc, hija de un empleado de Charenton, que se prolongaría durante cuatro años. También escribió, y mucho, aunque gran parte de esas páginas se han perdido para siempre.

El 2 de diciembre de 1814, tras una breve pero devastadora enfermedad que afectó su aparato digestivo, el marques de Sade murió mientras dormía. Tenía 74 años de edad.

Ahora bien, el marqués de Sade sabía con absoluta certeza que la ciencia aguardaba su deceso para examinar en detalle su cuerpo, buscando causas físicas para sus escandalosas desviaciones; de tal forma que seis años antes de su muerte estableció por escrito su deseo no ser desenterrado bajo ningún pretexto.

Citamos parte de aquellas exigencias:


Prohibo categóticamente la disección de mi cuerpo. Exijo, además, que mi cadáver sea mantenido durante cuarenta y ocho horas en la habitación en la que muera. Durante este tiempo se harán los arreglos para ser trasladado a los bosques de mi propiedad en Malmaison. Allí seré enterrado sin ningún tipo de ceremonia religiosa o laica. Prohibo además la colocación de cualquier clase de lápida o escultura que identifique mi lugar de descanso. Que los rastros de mi tumba se desvanezcan para siempre, así como mi nombre será borrado eventualmente de la memoria de los hombres.


El cadáver del marqués de Sade no fue diseccionado, pero el resto de sus demandas fueron completamente ignoradas.

No fue enterrado en los bosques de Malmaison, ya que la propiedad había sido vendida unos años antes sin su consentimiento. En cambio, fue inhumado en un pobre cementerio cristiano de Charenton. Su tumba fue marcada con una cruz a pesar de su vasta militancia en el ateísmo.

Algunos años después, el cuerpo del marqués de Sade fue exhumado por un grupo profanadores; para muchos, enviados por el doctor Ramon, director del manicomio de Charenton. Todo parece indicar que pagó una alta suma de dinero por obtener la calavera de su paciente más famoso.

Ramon era devoto de la frenología, y más especialmente de la craneometría; pseudociencias desarrolladas por los alemanes Franz Joseph Gall y Johann Spurzheim, cuyas bases formulan la idea falsa de que la forma del cráneo es moldeada por las características morales del sujeto.

En otras palabras, los frenólogos sostenían que la actividad mental puede cambiar la forma y el tamaño del cerebro, dependiendo del grado de depravación del individuo.

Esto, desde luego, no tiene ningún asidero científico; sin embargo, la frenología fue una tendencia con gran aceptación en su época; en parte porque separaba de forma brutal a los humanos propiamente dichos de otras razas supuestamente menores, y en consecuencia más proclives a un comportamiento salvaje.

Al parecer, Ramon conservó la calavera del marqués de Sade por muy poco tiempo, pero lo suficiente como para elaborar una profunda investigación.

Los resultados de estos exámenes fueron, cuanto menos, desconcertantes. El cráneo del marqués de Sade no ofrecía indicio alguno que justifique sus apetitos libertinos. Ramon incluso llegó a señalar que esa calavera no se diferenciaba en nada de la de otros hombres reconocidamente probos.

Tras la publicación de estas conclusiones, Ramon recibió la visita del eminente Johann Spurzheim. El teutón logró obtener prestada la calavera del marqués de Sade, que desde luego jamás devolvió; y con ella se embarcó en una impresionante gira mundial donde dio innumerables conferencias que agruparon a verdaderas multitudes de curiosos.

Johann Spurzheim se volvió un hombre rico y afamado gracias al cráneo del marqués de Sade, que pronto se convertiría en un objeto de culto para los amantes de lo grotesco.

El alemán falleció en 1832, en la ciudad de Boston, debido a la fiebre tifoidea. Se cree que el cráneo estaba en su posesión al momento de morir, y que luego pasaría a engrosar la colección de uno de sus mejores amigos, el capitán Johan Didrik Holm, un acaudalado navegante sueco.

Holm albergaba una gran añoranza por los tiempos de los piratas. De hecho, era un renombrado coleccionista de cráneos famosos. Algunos creen que incluso llegó a organizar profanaciones a lo largo de toda Europa, siendo la calavera del místico Emanuel Swedenborg uno de sus tesoros más preciados.

Existen pocos indicios sobre el destino final de la calavera del marqués de Sade. Algunos la ubican en Norteamérica, ya sin identidad, donde fue utilizada para definir las líneas estéticas del cráneo típico de los hombres con una gran pulsión religiosa.

Todo lo absurdo de la frenología puede resumirse en esta última anécdota.

De acuerdo a Maurice Lever, uno de los biógrafos más confiables, Thibault de Sade —descendiente del marqués— eventualmente encontró un molde del cráneo de su ancestro en el laboratorio de antropología del Musee de l’Homme, ubicado en Francia.

Sobre cráneo se habían inscrito las siguientes palabras:

«Marquis de Sade. Coll. Dumoutier (nombre de un asistente de Spurzheim) no. 259». (ver imagen a la izquierda)


La literatura gótica y el cine se encargarían de recuperar aquella última voluntad del marqués de Sade.

Robert Bloch, miembro del Círculo de Lovecraft, escribió un notable relato llamado: La calavera del marqués de Sade (The Skull of the Marquis de Sade); que luego sería llevado al cine en 1965 con el título: La calavera (The Skull), de la mano de una dupla notable de actores: Peter Cushing y Christopher Lee.



La calavera (1965), trailer:





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