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El infierno celestial de Emanuel Swedenborg


El infierno celestial de Emanuel Swedenborg.




En los laberintos del mito existen algunos Cielos que son mucho más perturbadores que el Infierno.

En general las religiones occidentales tienden a explicar el Cielo como un lugar donde el hombre justo encuentra la completa satisfacción de sus deseos. Son muchos los autores y visionarios que han descrito la vida en el más allá, pero ninguno de manera tan cruda como Emanuel Swedenborg.

El poeta inglés William Blake sostuvo que en un cielo perfecto, es decir, en un sitio de felicidad absoluta, solo una cosa debe estar ausente: la estupidez.

William BlakeEl matrimonio del Cielo y el Infierno (The Marriage of Heaven and Hell)— consideró que incluso los malvados podían tener acceso al goce que supone la contemplación de Dios, pero que este placer estaba vedado a la estulticia. Según el poeta, que compartía las mismas ideas que Emanuel Swedenborg, un hombre inteligente nunca podría encontrar la felicidad completa en compañía de imbéciles, por lo tanto, estos debían encontrarse en algún otro sitio, conocido vulgarmente como Infierno.

Ahora bien, Emanuel Swedenborg fue aún más lejos.

No solo estimó las cualidades del Cielo y el Infierno, sino que realmente los visitó en un peregrinaje que luego publicaría bajo el título: De Caelo et Ejus Mirabilibus et de inferno, ex Auditis et Visis, es decir, Sobre el cielo y sus maravillas, y sobre el infierno según lo escuchado y visto.

Allí relata la historia de un hombre, que si bien no es un imbécil, es incapaz de acceder a los placeres del más allá aún cuando es un justo merecedor de ellos.

En años olvidados, un hombre hastiado de la vida mundana se retiró a una eremita, dispuesto a pasar el resto de su vida en una sublime contemplación de la Nada acompañado por los vientos y la arena del desierto.

Los años pasaron, muchos, incontables, hasta que el hombre fue perdiendo todo rastro de orgullo y amor propio; lo único que albergaba en su corazón es la visión anticipada del Paraíso.

La muerte lo encontró arrodillado en la eremita, solo, agradeciendo a Dios por su bondad sin límites, por su amor imperecedero.

Naturalmente, el hombre fue recibido inmediatamente en el cielo.

Pero pronto el asceta notó algo singular, mejor dicho, una serie interminable de singularidades:

Los hombres se comunican allí de una manera plena, absoluta. No existen diálogos con palabras, sino un intercambio de pensamientos enormemente elaborados. Se podría decir que las agudezas de la retórica parecían los balbuceos de un infante al lado de aquellos intrincados tratados filosóficos que, insisto, eran transmitidos mediante el pensamiento.

¡Qué distinto era aquello de la soledad del desierto!

En el cielo no había inmovilidad. Bastaba desear estar en un lugar para aparecer allí en el instante. Los hombres y los ángeles brillaban con una luz directamente proporcional a la penetración su inteligencia.

Todo vibraba en una perpetua metamorfosis. Los hombres creaban aquello que en la Tierra les estaba vedado: los amantes de la pintura encontraban el pleno desarrollo de sus virtudes de una manera magistral. Los colores, cuyas tonalidades son inconcebibles para los mortales, danzaban ante la vista de los curiosos creando formas y paisajes más reales que la realidad misma, ya que no había un lienzo que limitase la imaginación del artista.

Por cierto, esta virtud divina no se limitaba sólo a las artes pictóricas, sino también a la literatura, a la música y a todas las pálidas expresiones que los mortales llamamos arte.

Allí todo encontraba su cauce natural: las melodías eran absolutas. Encantaban a los oyentes pero no sólo por los acordes virtuosos, sino porque los oyentes también eran capaces de modificar la música a medida que la percibían.

Los poetas encontraban aquello que todo escritor anhela: la eficacia y la belleza.

En este cielo abrumador se paseaba absorto nuestro asceta, aturdido por todas las cosas que no podía percibir.

Se acercó a los ángeles pero éstos no comprendían la lengua de los mortales; entonces intentó comunicarles su pensamiento, pero también fracasó.

Sabía que Dios se agitaba tanto en la arena del desierto como en la flor que resplandece bajo el rocío, lo sabía, lo sentía, pero no podía expresarlo, por lo tanto, incluso en el cielo estaba solo.

Dios observó el dolor de su hijo. Supo que el asceta, resignado y piadoso, no era ni sería nunca feliz en el Cielo. Enviarlo al infierno no era justo, ya que el hombre había vivido en la más incorruptible virtud. Por lo tanto, le otorgó un don, acaso el más terrible que pueda imaginarse.

El Altísimo se acercó al asceta, tomando la precaución de adoptar una forma cálida, y le dijo:

—Las formas del Cielo son horribles para quien no las comprende. Tu vida en la Tierra ha sido recta, por lo que puedes elegir ahora tu morada eterna.

Entonces, todo (la música, las risas, los besos, el Cielo mismo) desapareció.

Un vacío infinito se cerró en torno suyo. No había oscuridad, ni sombras, sino una estancia inabarcable para la vista, blanca como la nieve más pura de nuestros polos.

El asceta cruzó las piernas, adoptando aquella posición que tanto conocía, la misma que tomaba en el desierto cuando la aurora era sólo una promesa incumplida.

Cerró los ojos y meditó.

Dios le había otorgado el don invaluable de crear su propia morada eterna.

Se concentró con todo el fervor del que era capaz.

Entonces abrió los ojos.

Ante su vista se asomó un desierto, una eremita, y nada más.




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El artículo: El infierno celestial de Emanuel Swedenborg fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

7 comentarios:

daniel dijo...

Simple y sencillamente,
buena refleccion ^^

Noxoctis. dijo...

muchas gracias por la informaciòn, como siempre, adios.

Noxoctis.

Arturo G. dijo...

Hola. Estoy estudiando letras y tu reflexión es brillante.

Muchas felicidades por entender la complejidad del sueño de Swedenborg. Sigue imaginando y comtemplando a Dios en todas sus reflejos. Suerte en todo lo que te propongas!!!

Arturo G.

Anónimo dijo...

tanto el cielo como el infierno estan aki en el mundo humano, cada kien crea el suyo y vive en el q kiere vivir

krypta3rb dijo...

soy un amante y fiel seguidor de lo oscuro lo melancolico y mas e encontrado en ello la paz que supongo como plena y tranquila y estoy agradecido con ustedes por esta antesala tan comoda antes del fururo interminable

juliokira dijo...

gracias por sus correos muy buenos

Uranodania dijo...

Todo mistico es asceta, pero no todo asceta llega a ser místico, aún no leo la reflección, pero en cuanto la lea dejaré mi comentario.

Saludos