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El libro de las caricias.


El libro de las caricias.




La conferencia del profesor Lugano en los sótanos del Teufel fue interrumpida abruptamente. Un joven atravesó las dependencias subterráneas con un enorme libro debajo del brazo. El auditorio estaba perplejo, menos por esa interrupción, por cierto, muy desafortunada, que por el tamaño diabólico del libro. Una o dos señoras se retiraron visiblemente ofuscadas, acaso creyendo que el joven portaba una edición del Codex Gigas.

—Estimado profesor —dijo el muchacho—, le pido disculpas, a usted y a su auditorio, por irrumpir de esta manera; pero me siento en la obligación de entregarle un obsequio.

—Cómo no. Adelante —dijo el profesor.

El muchacho se adelantó y dejó caer el libro sobre la mesa del profesor. El estruendo fue ensordecedor.

—Aquí lo tiene —dijo el muchacho con cierta arrogancia—: 2653 páginas sobre el arte de acariciar. Es la obra más completa y, así lo espero, definitiva, acerca del tema.

—Impresionante. Su poder de síntesis es notable.

—No existe otro libro que agrupe en sus páginas la finita pero intimidatoria cifra de caricias que uno puede aplicar sobre el cuerpo de la mujer. No quise dejar de examinar ninguna posibilidad.

—Se nota.

—Quería entregarle una copia antes de que se ponga en venta; ya sabe, una mera cortesía entre intelectuales. En definitiva, sus observaciones acerca de las caricias despertaron en mí un deseo profundo de llevarle la contra.

—Se lo agradezco, querido amigo; y sinceramente espero que su obra justifique la deforestación que habrá sido necesaria para su impresión.

—No creerá usted que un tema tan trascendental como las caricias puede ser abordado de forma superficial.

—En absoluto —dijo el profesor—, ¿pero quién le ha dicho a usted que para profundizar sobre un tema se necesitan más de diez o doce páginas?

—Ah, querido profesor, es usted un espíritu romántico, pero la ciencia requiere datos, hechos, medidas, cantidades, precisiones.

—Y por lo visto usted no ha escatimado ninguna.

—En absoluto —dijo el muchacho—. He estudiado más de mil estilos de caricias; desde el tanteo dactilar macedonio a los manoseos bruscos que los pueblos originarios de Papúa realizan con los codos; estableciendo a lo largo del proceso un mapa epidérmico de la mujer. Esto me permitió deducir cuáles son sus puntos sensibles y de qué manera acariciarlos con la mayor eficacia.

—Extraordinario, realmente. ¿Y eso le tomó 2700 páginas?

—2653, para ser precisos. Al menos para mí, las caricias se asemejan al arte de escribir. El autor debe concentrarse en su objetivo, pensar claramente hacia dónde quiere llegar, y luego transitar lentamente el camino más adecuado hacia él; independientemente si eso le toma diez páginas o 2653. En última instancia, ambos oficios, el de escritor y el de acariciador, se resumen a saber mover los dedos.

El profesor Lugano se incorporó, solicitó la ayuda de dos acólitos, y con gran esfuerzo arrojaron el libro a la basura.

—No esperaba otra reacción de un charlatán como usted, profesor —dijo el muchacho—. No solo aborrece el pensamiento científico, sino que está dispuesto censurarlo, a quemarlo, si las circunstancias edilicias se lo permitieran; y sin siquiera estudiarlo.

—Eso es completamente irrelevante para el caso. No necesito leer su prosa, que presumo frondosa, simplemente porque sé que está equivocado.

—¿Pero cómo puede sacar una conclusión semejante sin haber leído una mísera página?

—Sus razonamientos, expuestos hace unos instantes con gran elocuencia: 2653 páginas por un hombre que piensa que escribir equivale a mover los dedos me hacen concluir, querido amigo, que usted no sabe acariciar a una mujer.




Filosofía del profesor Lugano. I Egosofía: filosofía del Yo.


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