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Baco: el dios de los excesos y príncipe de los sátiros


Baco: el príncipe de los sátiros.




Hay un Baco legendario, relacionado con el mito griego de Dionisos, patrono de aquel frenesí conocido como bakcheia, una especie de liberación a través del éxtasis y los excesos, mediante la cual el Yo prescinde de su estructura cotidiana.

Pero hay otro Baco, homónimo del dios latino y, al igual que él, príncipe de los silenos y de sus hijos, los sátiros.

Se dice que este Baco es lo que quedó del dios tras ser derribado del Olimpo durante los procesos que condenaron las bacanales en la Roma del siglo II a.C.

En estas tertulias desaforadas se producía un hecho que precede a la misa cristiana, mediante la cual sus oficiantes, las Bacantes, eran inducidas al éxtasis religioso a través de los placeres de la carne.

Para ello, las adoradoras de Baco eran poseídas por el dios. Aquel acto se conocía como Entusiasmo, que literalmente significa "tener a dios adentro", oscuridad lingüística que resulta ilustrativa para los que, aún hoy, adoran a Baco sin saberlo.

Cada ebrio empedernido, cada trasnochado que pone por delante su goce y aplaza sus resposabilidades cotidianas es, de hecho, un fervoroso adorador de Baco.

En este contexto, Baco es un heredero directo del inagotable y complejo simbolismo dionisíaco, emparentado también con el Siva de la Trimurti Hindú. Su trayectoria secreta en diversas culturas de Oriente y Occidente merecería un artículo aparte.

Como demonio, sin embargo, Baco es poco mencionado por los grimorios y libros prohibidos de la Edad Media, salvo por su carácter alegre y estimulante en las variadas manifestaciones de los encuentros orgiásticos.

La iconografía de Baco excedió los límites de los diccionarios demonológicos y los libros malditos, y se convirtió, en parte, en una figura reconocible dentro del arte.

Dos detalles físicos lo delatan: una pierna ligeramente más corta que la otra, y un miembro viril cuyas dimensiones se equiparan con el incómodo atributo de Príapo.




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