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La teoría «Satanás NO fue un hermoso ángel llamado Lucifer».


La teoría «Satanás NO fue un hermoso ángel llamado Lucifer».




«El diablo está en los detalles.»



La creencia más popular sobre la caída de Satanás se basa en Isaías:


«¡Cómo has caído del cielo, oh Lucifer, hijo de la mañana! Derribado fuiste a tierra, tú que sometías a las naciones».


El pasaje continúa diciendo que Lucifer intentó elevar su trono por encima de las estrellas y ser como Dios, pero este lo arrojó a lo profundo del «abismo». La segunda fuente es Ezequiel, que compara al rey de Tiro con un poderoso ángel que se corrompió y fue arrojado a la tierra. En resumen: la teoría popular sostiene que Satanás fue un ángel llamado Lucifer, y que este «cayó» en algún momento al principio de la creación. Sin embargo, no hay nada en las Escrituras que justifique esta opinión.

El comentario de Ezequiel trata de denunciar a un hombre [el rey de Tiro] que actúa con excesivo orgullo, pero lateralmente apela a la idea de un ángel que se volvió malo y cayó de la gracia divina. Sin embargo, incluso si admitimos la posibilidad de que este pasaje hable de la caída de un ángel, en ninguna parte del Antiguo Testamento se dice que Satanás fue alguna vez un ángel llamado Lucifer.

Cada vez que nos encontramos con la palabra Lucifer en la Biblia [introducida por los Padres de la Iglesia a partir del siglo I d.C.] estamos ante la traducción latina de la palabra hebrea hêlêl, que significa «brillante», y, poéticamente, «estrella de la mañana».

El célebre pasaje de Isaías es una crítica al rey de Babilonia Nabucodonosor II, conquistador de Jerusalén, alguien que, como hêlêl [la estrella de la mañana], intenta alcanzar las alturas; sin embargo, en lugar de llegar a ser como el Altísimo, el rey es arrojado a los abismos como un simple mortal. Isaías indudablemente está hablando del rey de Babilonia, no de Satanás, porque añade que aquel «sometía» (pasado) a las naciones. Es difícil ver cómo Satanás pudo someter a naciones enteras en su caída cuando todavía no existía ninguna.

También debemos notar que hêlêl fue arrojado al «abismo», que en el Antiguo Testamento con frecuencia denota un lugar de sepultura o una prisión. Si el pasaje de Isaías describe la caída original de Satanás y su posterior encarcelamiento, ¿cómo es posible que más tarde lo encontremos acusando a Job delante de Dios en el cielo?

Si leemos estos pasajes sin estar condicionados a pensar que Satanás es Lucifer, probablemente no llegaríamos a la conclusión de que Isaías alude a la caída original de Satanás. ¿Cómo llegamos entonces a la afirmación dogmática de que Satanás fue una vez un ángel bueno llamado Lucifer?

No hay ninguna afirmación en el Nuevo Testamento, ni en los escritos de los Padres Apostólicos, de que Satanás fuera una vez un hermoso ángel, y menos aún un ángel llamado Lucifer. Las tradiciones hebreas ni siquiera hacen una conexión directa entre Satanás e Isaías; y, como ya hemos visto en El Espejo Gótico, los hebreos no tenían ninguna restricción en este sentido y especulaban libremente sobre la naturaleza y funciones de ángeles y demonios [ver: La verdadera historia de los Serafines y otros no-ángeles]

Recién en el siglo II d.C., Orígenes [De Principiis] promovió la idea de que Lucifer era Satanás; sin embargo, esta noción no se arraigó de inmediato. Incluso en el siglo IV d.C. tenemos a un popular obispo cristiano llamado San Lucifer, cuyos seguidores eran conocidos como luciferinos. En siglos posteriores, algunos Padres de la Iglesia popularizaron la noción de que Satanás fue alguna vez un ángel llamado Lucifer; entre ellos, Tomás de Aquino y Agustín. El que puso un sello definitivo a esta nueva opinión en la cultura popular fue John Milton en El Paraíso perdido (Paradise Lost, 1667), quien conecta claramente a Satanás con la caída de Lucifer [ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo]

En resumen, la teoría de que Satanás es Lucifer se ha convertido en un hecho sin una pizca de evidencia bíblica convincente. Esto no significa negar que Satanás pueda haber sido un ángel caído, pero de ninguna manera fue una entidad llamada Lucifer [ver: De las Guerras Celestiales]

Los propulsores de la teoría Satanás es Lucifer suelen apoyarse en un pasaje de Corintios (11:14), donde se refiere a Satanás como un «ángel de luz» debido a su astucia y habilidad para engañar. El pasaje no dice nada acerca sobre cómo «cayó», o si originalmente era un ángel «portador de luz», poderoso y bello llamado Lucifer. Otro argumento se encuentra en Lucas (10:18), que habla de Satanás cayendo como un «relámpago», no literalmente en términos de fenómeno climático, sino refiriéndose a lo repentino de su descenso.

El motivo de la «caída» es clásico en casi todas las mitologías; ciertamente es frecuente tanto en los mitos griegos como en los del Cercano Oriente. En el mito griego, Faetón es el hijo de Eos, la estrella Venus [«estrella de la mañana», metafóricamente «amanecer» o «alba»]. Eos da a luz a eosphoros [«portador de la estrella de la mañana»], quien intentó cruzar el cielo en el carro de su padre, el sol, pero Zeus lo derribó a tierra con uno de sus rayos. Esta es la estructura de la historia de Lucifer, incluso como «estrella de la mañana». De hecho, en la Septuaginta [traducción griega del Antiguo Testamento], la palabra hêlêl se traduce como eosphoros.

La palabra lucifer proviene de la Vulgata, y es, como hemos visto, una traducción de la palabra hebrea hêlêl, que aparece sólo una vez en el Antiguo Testamento como hêlêl ben shachar, que significa «el brillante, hijo del amanecer», algo prácticamente idéntico al mito griego de eosphoros; aunque el texto en Isaías no brinda ninguna indicación de que hêlêl fuera una estrella o un planeta. Más tarde, la tradición cristiana, en la que confluyen muchísimas opiniones, utilizó la palabra lucifer [«portador de luz», epíteto de Venus, la estrella de la mañana] como un nombre propio para Satanás antes de su caída. Como resultado, Lucifer se ha convertido en un sinónimo de Satanás; sin embargo, la palabra latina original nunca llegó a utilizarse exclusivamente en relación al diablo; de hecho, también se aplicó a otros personajes bíblicos, entre ellos, el propio Jesús.

No está claro si la palabra hêlêl debe considerarse como un nombre. Probablemente no, habida cuenta que sólo aparece una vez en la Biblia. En este contexto, la famosa observación del profeta Isaías, dirigida al rey de Babilonia, debería leerse del siguiente modo:


«¡Cómo has caído del cielo, oh hêlêl, hijo de la mañana.»


Isaías y Ezequiel no están hablando de Satanás, y menos relacionándolo con una entidad llamada Lucifer. Más bien están lamentando la antigua grandeza de las ciudades de Babilonia y Tiro, que fueron corrompidas por gobernantes egoístas y orgullosos. Al parecer, los traductores griegos pensaron que este hêlêl era un nombre, nada menos que Venus, la estrella de la mañana, e insertaron un epíteto común en griego para referirse a esta estrella: eosphoros [de eos, «amanecer» —también el nombre propio de la deidad de la aurora—; y phoros, que significa «portar» pero también «dar»]. Ahora bien, la Vulgata [latina] no es una traducción del hebreo original, sino de la versión griega; y así como ocurre en la Septuaginta, la Vulgata traduce eosphoros con un epíteto común en latín para la estrella Venus: lucifer [de lux, «luz»; y fero, «llevar» o «traer»]. En los siglos que siguieron el nombre Lucifer llegó a aplicarse a Satanás, y así se comenzó a creer que Isaías estaba hablando del diablo.

En algunas versiones modernas de la Biblia se evita diligentemente esta asociación; y la palabra Lucifer aparece como «estrella de la mañana» o «estrella del día»; sin embargo, esto constituye una ínfima reparación que no ha erosionado una creencia bien establecida a lo largo de los siglos.

La palabra hêlêl posee algunos atributos adicionales interesantes. Proviene del verbo halal, que significa «brillar» pero también «alabar» [dependiendo del contexto]. Además, halal denota cierto exceso de la acción, en este caso, un brillo excesivo. Este exceso no es directamente algo malo o negativo, sino más bien demasiado de algo bueno. Hêlêl, entonces, no sólo es «brillante», sino excesivamente brillante. Uno puede entender que la relación entre esta palabra y la idea de una entidad luminosa que desea brillar tanto como el Altísimo no es descabellada. De hecho, la palabra hebrea holela, que deriva de hêlêl, significa «locura».

Si Satanás no fue un hermoso ángel llamado Lucifer, ciertamente es una fuerza maligna activa en el Edén bajo la forma de una serpiente, ¿verdad? Esta es otra creencia falsa. No existe evidencia bíblica para esa interpretación.

La palabra hebrea satan es un sustantivo genérico que significa «acusador». También puede entenderse como «adversario», en términos de alguien que obstruye o se opone a algo. La mayoría de las veces, cuando la Biblia habla de Satanás se refiere a adversarios humanos, y sólo en Job y Zacarías parece referirse a una entidad sobrenatural, aunque no necesariamente diabólica. En otras palabras, cuando se usa sin el artículo ha, es decir, simplemente en la forma satan, se refiere a cualquier tipo de acusador humano, pero cuando se usa con el artículo definido [ha-satan] se introduce el elemento celestial. Esta seguna opción [hassä†än] aparece en sólo dos libros de la Biblia.

En el Antiguo Testamento, el sustantivo satan aparece 27 veces, el verbo satan aparece 6 veces, y en casi todos los ejemplos se usan de manera general. Si yo actúo como satan de alguien, me opongo a él, lo acuso, y probablemente lo calumnio. En algunos casos, este sentido es obvio, como Salomón al decirle a Hiram que no tenía ningún satan [adversario] que se le opusiera. Por lo tanto, el sustantivo y el verbo pueden tener en hebreo tienen el significado de oponerse a alguien como adversario. En el caso de Balaam, por ejemplo, incluso el mensajero de Dios era para él un satan, es decir, un adversario enviado por Dios. Ése es otro punto que hay que tener en cuenta: a diferencia de la connotación moderna, donde Satanás siempre se refiere a un ser maligno, en hebreo tiene un significado genérico.

El problema aquí, de nuevo, radica en las traducciones. La versión griega traduce satan y hasatan como diabolos, y la mayoría de las versiones modernas sólo utilizan Satanás. Es decir que cuando leemos Satanás en la Biblia en realidad, salvo dos excepciones, estamos ante la palabra hasatán [de ha, artículo definido «el»; y satan, «adversario» o «acusador»], que es un título o un oficio humano, no un nombre propio. En hebreo, al igual que en español, los nombres propios no tienen el artículo adjunto «el».

En cualquier caso, la palabra no aparece en el Libro del Génesis, que sólo menciona una serpiente parlante y no la identifica con ninguna entidad sobrenatural. Al parecer, Satanás no sólo no era un ángel llamado Lucifer, sino tampoco una serpiente.

Las traducciones al español no reflejan esto. Todas ellas emplean la palabra Satanás como si fuera un nombre propio, cuando en realidad es un oficio. En Job, por ejemplo, el satan aparece entre los ángeles para acusar a Job de actuar con integridad sólo porque era el favorito de Dios. El Señor luego permite que el satan aflija a Job con llagas. En Zacarías, «el sumo sacerdote Josué estaba de pie delante del ángel del Señor» y el satan «estaba a su derecha para acusarlo». En Job y Zacarías, por lo tanto, el satan tiene un rol similar: acusa a las personas buenas de servir a Dios por interés propio [Job], de no ser apto para ejercer el oficio de sumo sacerdote [Josué], o los tienta a pecar (David). En los dos casos, casi como un fiscal, el satan [hassatan] está allí para acusar a alguien, para señalarlo, y para decir a Dios, de manera coloquial, «estás equivocado respecto de esta persona». Porqué una deidad todopoderosa necesitaría de tales intermediarios es tema para otro debate.




Demonología. I Mitología.


Más literatura gótica:
El artículo: La teoría «Satanás NO fue un hermoso ángel llamado Lucifer» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Diente»: Shirley Jackson; relato y análisis.


«El Diente»: Shirley Jackson; relato y análisis.




«Se apresuró a secarse, levantar la cara y mirarse al espejo, cuando se dio cuenta
de que no tenía la menor idea de cuál de aquellos rostros era el suyo.»



El Diente (The Tooth) es un relato de terror de la escritora norteamericana Shirley Jackson (1916-1965), publicado originalmente en la edición de invierno de 1949 de la revista Hudson Review, y luego reeditado en la antología de ése mismo año: La Lotería o Las aventuras de James Harris (The Lottery, or, The Adventures of James Harris).

El Diente, probablemente uno de los cuentos de Shirley Jackson menos conocidos, relata la historia de Clara Spencer, una dedicada esposa y ama de casa que, debido a un espantoso dolor de muelas y un encuentro con un misterioso desconocido, sufre una extraña transformación de personalidad.

Clara está casada, tiene un hijo pequeño y vive en los suburbios con su esposo, cuando un agudo dolor de muelas la obliga a tomar un autobús, en medio de la noche, con destino a Nueva York, para que se la extraigan. En el camino, en medio de un estado de sopor producto de la codeína, Clara conoce a Jim: un sujeto afable, seductor, pero muy extraño, que siembra la semilla de la duda en su corazón.

El viaje en autobús es onírico, incluso mitológico, a lo largo del cual afloran los deseos reprimidos de Clara, casi en la misma medida en que el dolor de muelas y «toda esa codeína, whisky y nada para comer en todo el día» adormecen su consciencia. Como en El amante demoníaco (The Daemon Lover), los sucesos de El Diente pueden explicarse como creaciones de la mente de Clara; en una palabra: alucinaciones. Podemos observar que Clara es una mujer proclive a las ensoñaciones desde el principio de la historia, alguien que quizás vive en una extraña mezcla de sueño, fantasía y realidad. Si un personaje de Shirley Jackson está sujeto a una percepción de la realidad distinta de la «normal», nunca es necesariamente delirante [ver: «Y lo que fuera que caminase allí, caminaba solo»]

En todo caso, Shirley Jackson emplea a un narrador en tercera persona, aparentemente neutral, que esboza una caracterización desestabilizada de Clara. Esto permite a la autora desdibujar la frontera convencional entre el sueño y la realidad, entre lo consciente y lo inconsciente. Al final, Clara no puede reconocerse. No sabe cuál es su rostro en el espejo del baño de damas, y a partir de esa duda resuelve irse con Jim y abandonar a su marido e hijo. Pero incluso la existencia objetiva del propio Jim está en duda [ver: Puérpera, loca y poseída]

Antes de que Clara suba al autobús, el marido establece que no es la primera vez que ella tiene problemas con esa muela. Al menos «seis o siete veces» antes ha tenido una crisis de dolor, incluso «en nuestra luna de miel», menciona el marido en tono acusatorio. Clara no lo recuerda, pero, en una interpretación freudiana, la mención de la luna de miel [aparentemente arruinada] establece una conexión entre el dolor de muela y el sexo; más específicamente como un impedimento para que la relación se consuma. Como estudiosa de la demonología medieval, Shirley Jackson juega hábilmente con la insinuación de una presencia demoníaca, celosa y posesiva, que estimula los problemas de alcoba entre Clara y su esposo. Cuando una mujer, una «bruja», es amada por el demonio [como todas las mujeres en esta antología de Shirley Jackson], es imposible para un mortal estar con ella [ver: Diario de una iniciada]

En el autobús, Clara cae en un sueño intranquilo, y, cuando despierta, el vehículo se ha detenido junto a un restaurante en la ruta. Los pasajeros se apresuran para tomar algo. Clara se sienta al final del mostrador, se vuelve a dormir y despierta cuando un extraño le toca el brazo y le pregunta cuál es su destino. El extraño es alto y viste un traje azul. Clara, significativamente, «no podía enfocar sus ojos para ver más». Luego, mientras ella bebe su café, el extraño despliega su estrategia de tentación. Dice inesperadamente: «Incluso más allá de Samarcanda, y las olas tintineando en la costa como campanas»; y continúa, ya de vuelta en el autobús: «las flautas suenan toda la noche, y las estrellas son tan grandes como la luna y la luna es tan grande como un lago.»

La misteriosa aparición del extraño y la cita de esta desconcertante balada parecen cumplir una promesa, o un compromiso, establecido en una instancia anterior al relato. La aparición del arquetipo del Amante Demoníaco siempre está motivada por el cumplimiento de una promesa. Como menciona el narrador del cuento de Elizabeth Bowen: El amante demoníaco (The Demon Lover), este arquetipo o principio masculino «se interpone entre la mujer y el resto de la especie humana»:


«Ninguna otra forma de entregarse podría haberla hecho sentir tan apartada, perdida y abandonada. No podría haber hecho una promesa más siniestra.»


La bruja medieval se prometía al Diablo, ofrecía su cuerpo, su alma; y el Diablo eventualmente la reclamaba como su esposa. En esta instancia de El Diente, Clara no ha llegado tan lejos. El extraño simplemente está tentándola, hablándole de un lugar idílico [Samarcanda] que no tendría sentido si ella estuviera en plena posesión de sus facultades. Que un desconocido, en medio de la noche, en un autobús a oscuras, mientras estás casi inconsciente, comienza a recitar una balada sobre una antigua ciudad de Uzbekistán, no es precisamente una experiencia común.

La mención de Samarcanda es interesante por varias razones. Fue una de las ciudades más florecientes de Asia Central, a tal punto que era considerada como una especie de paraíso terrenal durante su apogeo en los siglos XIV y XV. Samarcanda está fuertemente asociada al gobernante tártaro Timur-i-Lenk, cuyo nombre occidentalizado es Tamerlán [el mismo Tamerlán del poema de Edgar Allan Poe]. Al parecer, Tamerlán hizo de Samarcanda un poderoso centro de comercio y cultura, pero era brutal con sus enemigos. Sólo perdonaba a los artistas, albañiles, arquitectos y artesanos, el resto de sus enemigos eran decapitados y sus cráneos utilizados con fines prácticos, como material de construcción para muros, caminos y torres. En resumen: la bella y próspera Samarcanda fue creada [simbólicamente] por un «demonio», alguien capaz de las mayores atrocidades pero también de apreciar el arte y la belleza.

En este contexto, el Extraño en el autobús quiere llevar a Clara «incluso más allá de Samarcanda», es decir, a un lugar que trasciende las fronteras de la belleza y la crueldad, al tiempo que sugiere una vida mejor y más emocionante.

Clara sigue entrando y saliendo del sueño en el autobús, con el Extraño [que se hace llamar Jim] a su lado. El vehículo vuelve a detenerse, y Jim lleva a Clara a un restaurante que parece ser el mismo de antes. Sentados a la mesa, Jim continúa con la balada: «y mientras navegábamos por la isla escuchamos una voz que nos llamaba». De nuevo suben al autobús, de nuevo Clara se duerme, de nuevo despierta asustada y Jim la lleva a otro restaurante, donde ahora ella olvida su frasco de codeína en la mesa.

En este punto ya hay signos de mayor intimidad entre los dos. De regreso al autobús, Clara apoya su cabeza en el hombro de Jim mientras él dice: «la arena es tan blanca que parece nieve, pero hace calor, incluso de noche hace calor bajo tus pies». El resto del viaje transcurre en medio de sueños, despertares y conversaciones oníricas. Cuando Clara llega a Nueva York, Jim desaparece de la escena. Ella vuelve a quedarse dormida en la sala de espera de la terminal y, cuando despierta, Jim reaparece y dice: «La hierba es tan verde y tan suave, y el cielo es más azul que cualquier cosa que hayas visto jamás, y las canciones...». Ella se aleja y sale a la calle. Jim la sigue y le muestra «un puñado de perlas» [¿cómo dientes?], tal vez provenientes de esta tierra extraña.

Esta sección de El Diente es confusa. No podemos separar el sueño de la realidad. Shirley Jackson no afirma explícitamente que Clara está soñando, sólo se nos dice que se quedó dormida, estuvo en restaurantes y escuchó las poéticas palabras de Jim. Es posible que haya soñado a Jim en su totalidad, partes de sus conversaciones, o nada.

Es tentador pensar que Jim existe, que efectivamente sube al autobús, se sienta junto a Clara y la lleva a tomar café, al menos al primer restaurante; Sin embargo, su discurso, su descripción de un paraíso «más allá de Samarcanda», tal vez le lleguen a Clara en sueños; pero si aceptamos esto todo lo demás también podría formar parte del sueño. Cualquier interpretación es posible. Shirley Jackson establece una estructura intencionalmente vaga, confusa y ambivalente; de modo que cualquier teoría es respaldable. Más allá de esto, hay un patrón cíclico de subidas y bajadas del autobús, de quedarse dormida y despertar, de empezar cada interacción con Jim con esta balada que no se interrumpe, sino que prosigue con cada reinicio del bucle.

Esta repetición claramente refiere al concepto de lo Siniestro de Sigmud Freud. En su modelo, Freud sostiene que una de las vías de expresión de lo Siniestro es la repetición de actos y situaciones pero con pequeños detalles aleatorios que cambian cada vez [repetición incremental], el cual es un recurso común en los mitos y, sobre todo, en los cuentos de hadas y las baladas medievales [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Mientras Clara espera para cruzar la calle, percibe a alguien detrás de ella, y asume que es Jim:


«Ella siguió caminando sin levantar la vista, mirando con resentimiento la acera, el diente le quemaba, y luego miró hacia arriba, pero no había ningún traje azul entre la gente que se apretujaba a ambos lados.»


Ya en el consultorio del dentista, ella comienza a sentirse cada vez más incómoda, como si estuviera perdiendo el sentido de sí misma, a tal punto que «su diente, que la había traído hasta aquí infaliblemente, parecía ahora la única parte de ella que tenía alguna identidad». Cuando le hacen la radiografía, siente que le han «tomado una foto sin ella», es decir, que el diente es «la criatura importante, la que debía ser registrada, examinada y gratificada; ella era sólo su vehículo involuntario».

El dentista la deriva a un cirujano para que le extraiga el molar inferior. En el taxi vuelve a quedarse dormida. Cuando Clara consigue llegar al consultorio del cirujano, se siente orgullosa de sí misma, como si fuera un gran logro. Probablemente nunca ha hecho nada sola. En este punto de la historia, la elección de su nombre de casada [Spencer] no parece casual. En la Edad Media, la forma original de Spencer era despenser [del anglo-francés espencer], que designaba a una persona encargada de las provisiones del hogar. En esencia: una criada de cocina.

La enfermera la conduce a través de «laberintos y pasadizos» antes de llegar a la sala de espera, donde pasa casi una hora «medio dormida». Anestesiada, cree que podrá volver a ver a Jim:


«Y luego la música giraba, la música resonante y confusamente alta que seguía y seguía, dando vueltas y vueltas, y ella corría tan rápido como podía por un largo pasillo horriblemente despejado (...) y al final del pasillo estaba Jim, extendiendo las manos y riendo, y gritando algo que ella nunca pudo oír debido a la música.»


Al despertar, Clara le pregunta a la enfermera si dijo algo durante la intervención. «Dijiste: no tengo miedo», responde la enfermera, pero la respuesta no satisface a Clara. Su anhelo por Jim es cada vez más fuerte, desea volver a verlo; es como si una obsesión se hubiera apoderado de ella. La extracción del diente, asociado a su esposo y, consecuentemente, a su problemática vida sexual, la ha liberado [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]. Mientras se recupera, Clara le dice a la enfermera: «Dios me ha dado sangre para beber», una declaración similar a la abre la novela gótica de Nathaniel Hawthorne: La casa de los siete tejados (The House of the Seven Gables), donde Matthew Maule, acusado de brujería, está a punto de ser ahorcado y lanza esta especie de maldición que pone en marcha la historia.

El tema principal de la novela de Hawthorne es la idea de que ciertas acciones detestables, como el satanismo y la brujería, perduran en las generaciones posteriores. Al aludir a esto, Clara parece estar hablando del pasado que regresa para atormentarla. En este modelo, Jim es una presencia demoníaca que viene a reclamar el cumplimiento de una promesa, tal vez, hecha en generaciones anteriores, pero que ella deberá saldar. Por otro lado, beber sangre, en Revelaciones, está relacionado con el juicio de la ramera de Babilonia, que está «ebria de la sangre de los santos». La refrencia a La casa de los siete tejados también vincula la historia con los juicios de Salem [ver: Nathaniel Hawthorne y las brujas de Salem]

El beber sangre también refiere al Edipo de Sófocles. El propio Edipo dice que, una vez muerto, beberá «sangre caliente». El significado de esto es que Edipo, ya en la tumba, recibirá libaciones [sacrificios], y su cuerpo enterrado beberá la sangre derramada de Tebas, cuando sus hijos, Polinices y Eteocles, se maten entre sí en una batalla por el control de la ciudad. El coro, en la tragedia de Sófocles, termina hablando del trino del ruiseñor y el florecimiento de los narcisos. Es un pasaje bello, pero en realidad es un lamento: el ruiseñor está asociado a Perséfone [ella estaba recogiendo narcisos cuando fue raptada por Hades] y a su perdición [por lo tanto, es una flor de la muerte]. Esta no es una especulación aventurera si consideramos que Shirley Jackson originalmente tituló esta historia: Perséfone.

El Diente insinúa que Clara y su marido han tenido problemas de índole sexual, pero nunca afirma que Clara esté huyendo, al menos no conscientemente, o usando el dolor de muelas como excusa para dejarlo [y a su hijo]. Al final de la historia, ella decididamente está escapando de su antigua vida. Tampoco elige la libertad, sino que es llevada a los brazos de Jim como consecuencia de su manipulación «demoníaca». Más que liberada, Clara es capturada por una fantasía.

Clara termina en el baño de mujeres. Se observa en el espejo y no reconoce su rostro, no puede distinguirlo de los de las demás mujeres. Comienza a examinar su bolso para tratar de descubrir quién es. Insatisfecha con su apariencia [cree que está demasiado pálida] se maquilla excesivamente, forjando una nueva identidad para reemplazar la anterior, que ha desaparecido con el diente. Después de salir del edificio, se queda en la vereda, esperando; hasta que Jim sale de la multitud, se acerca a ella y la toma de la mano. Su delirio es ahora tan fuerte que piensa que la ciudad está cubierta de la arena caliente que Jim mencionó en la balada.

El diente, en términos psicoanalíticos, representa algo arraigado en el pasado de la protagonista. Cuando era niña, Clara dependía de su madre y, más adelante, de su marido. Para rebelarse contra los roles sociales establecidos es crucial para ella deshacerse de la influencia de su madre. En el consultorio, piensa que «su diente parecía ahora la única parte de ella que tenía alguna identidad». Si el diente representa a la Madre con la que se fusiona la Niña antes de formar su propia identidad, la extracción significa romper con la Madre y obtener, por fin, una identidad separada. Clara se pregunta hasta dónde llegan las «raíces» del diente; le preocupa si quedará algo dentro de ella cuando se deshaga del control de su madre. Siempre ha estado ahí y no puede imaginar su vida sin él, aunque le cause dolor. Después de que el dentista comenta que la operación debería haberse realizado hace años, Shirley Jackson une hábilmente todo este dispositivo. Para ser una mujer dueña de sí misma, y disfrutar de su sexualidad, debió haberse separado de los roles impuestos por su madre hace años. Ahora comprendemos por qué el esposo de Clara insinúa que el dolor de muela arruinó su luna de miel, es decir, el primer encuentro sexual de la pareja.

Por todo esto, la extracción de la muela cambia a Clara Spencer tanto física como psícológicamente. Una vez liberada de la influencia de su madre, tiene la confianza suficiente para ser quién es y unirse a su amante demoníaco.




El Diente.
The Tooth, Shirley Jackson (1916-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El autobús esperaba, ronroneando pesadamente, estacionado ante la pequeña estación. Su mole azul y plateada brillaba a la luz de la luna. Sólo había un puñado de personas y a aquella hora no había nadie paseando por la calle. La única sala de cine del pueblo había cerrado sus puertas y todos los concurrentes habían pasado ya por la cafetería a tomar un helado y se habían marchado a casa; ahora el lugar estaba cerrado y era otra puerta oscura y silenciosa en la larga calle dormida. Las únicas luces eran los semáforos, los carteles de neón del bar de mala muerte al otro lado de la calle, que permanecía abierto toda la noche, y la solitaria lámpara en el mostrador de la estación, donde la chica del despacho de boletos estaba sentada con el abrigo y el sombrero puestos, esperando a que se marchara el autobús de Nueva York para volver a casa y acostarse.

En la acera, junto a la puerta abierta del autobús, Clara Spencer se aferraba al brazo de su marido con gesto nervioso.

—Me siento muy rara —murmuró.

—¿Te encuentras bien? —preguntó él—. ¿Quieres que te acompañe?

—No, por supuesto que no. Ya se me pasará —a la mujer le costaba hablar con la mandíbula hinchada; con una mano apretó el pañuelo sobre la zona dolorida y con la otra se sujetó con fuerza a su marido—. ¿Estás seguro de que podrás arreglártelas solo? —preguntó—. Estaré de regreso mañana por la noche, a más tardar. De lo contrario, te llamaré.

—Todo andará bien —aseguró él, animándola—. Mañana al mediodía te habrá pasado el dolor. Dile al dentista que, si sucede cualquier cosa, iré enseguida.

—Me siento muy rara —repitió ella—. Me siento aturdida y un poco mareada.

—Es por la medicación. Tanta codeína, y ese whisky y sin comer nada en todo el día...

—Me temblaba tanto la mano que no me pude peinar —explicó ella con una risa nerviosa—. Menos mal que todo está oscuro.

—Procura dormir en el viaje. ¿Tomaste la pastilla para dormir?

La mujer asintió. Estaban esperando a que el conductor terminara su café en el bar; podían verlo a través de la ventana, sentado ante el mostrador, tomándose su tiempo.

—Me siento muy rara...

—¿Sabes una cosa, Clara? —el hombre habló en tono grave, como si pudiera dar más fuerza a sus palabras y, por lo tanto, resultar más reconfortante—: ¿Sabes?, me alegro de que vayas a Nueva York a que Zimmerman se ocupe de esto. No me lo perdonaría si resultase ser algo serio y te hubiera dejado ir con ese carnicero del pueblo.

—No es más que un dolor de muelas —replicó Clara, inquieta—. Un dolor de muelas no tiene nada de importante.

—Nunca se sabe —dijo él—. Puede haber un absceso o algo así; estoy seguro de que tendrá que sacarla.

—¡Ni se te ocurra volver a decirlo! —murmuró ella con un escalofrío.

—Bueno, tiene un mal aspecto —aseguró él, serio como antes—. Con la cara tan hinchada y todo eso. Pero no te preocupes.

—No estoy preocupada —aseguró Clara—. Es sólo que me siento como si fuera toda muelas, eso es todo.

El conductor se levantó y se dirigió a la caja para pagar. Clara avanzó hasta el vehículo y su marido le dijo:

—Tienes tiempo; tienes mucho tiempo todavía.

—Es que me siento tan rara.

—Escucha; esa muela te viene molestando desde hace años; desde que te conozco. Es hora de hacer algo. Hasta te dolió durante la luna de miel —añadió en tono acusador.

—¿De verdad? —replicó Clara—. ¿Sabes una cosa? — continuó diciendo, con una risita—, me di tanta prisa que no me vestí como era debido. Llevo unas medias viejas y lo guardé todo de cualquier manera en el bolso.

—¿Llevas suficiente dinero? —preguntó él.

—Casi veinticinco dólares —asintió Clara—. Mañana estaré de vuelta.

—Envíame un telegrama si necesitas más —le recordó el hombre. El chofer apareció a la puerta del bar—. No te preocupes.

—Escucha —dijo Clara—, ¿seguro que podrás arreglártelas? La señora Lang vendrá por la mañana para preparar el desayuno y no es preciso que Johnny vaya a la escuela si las cosas se complican.

—Ya lo sé.

—La señora Lang —insistió ella, tanteándose la cara con los dedos—. Le dije a la señora Lang que dejé el pedido de la tienda en la mesa, puedes comerte la lengua fría para almorzar y, en caso de que no esté de vuelta, la señora Lang te hará la cena. El chico de la lavandería tiene que venir a las cuatro; yo no habré llegado, así que dale tu traje marrón pero acuérdate de vaciar los bolsillos.

—Envíame un telegrama si necesitas más dinero —dijo él—. O llama. Mañana me quedaré en casa, así que puedes llamar.

—La señora Lang se ocupará del bebé.

—Recuerda, un telegrama —insistió el marido.

El chofer cruzó la calle y se detuvo junto a la puerta del autobús.

—¿Nos vamos? —preguntó.

—Adiós —dijo Clara a su esposo.

—Mañana te sentirás bien —le aseguró él—. Sólo es un dolor de muelas.

—Me encuentro bien —dijo Clara—. No te preocupes —empezó a subir al autobús y se detuvo de pronto, con el conductor esperando detrás de ella—. El lechero —recordó a su esposo—. Déjale una nota para que nos traiga huevos.

—Lo haré. Adiós.

—Adiós —repitió Clara.

Terminó de subir al autobús y, detrás de ella, el conductor se colocó al volante. El autobús iba casi vacío y la mujer se acomodó en la parte de atrás, junto a la ventanilla tras la cual esperaba su marido—. Adiós —le dijo a través del cristal—, cuídate.

—Adiós —dijo él, agitando la mano enérgicamente.

El autobús se desperezó, gruñó y empezó a avanzar. Clara volvió la cabeza para decir adiós con la mano una vez más y, por fin, se acomodó en el asiento, amplio y mullido. ¡Dios santo, las cosas que hay que hacer!, se dijo.

Tras la ventanilla, la calle familiar se deslizó ante sus ojos, extraña y oscura y vista, inesperadamente, desde la perspectiva única de una persona que abandonaba el pueblo a bordo de un autobús. No era como si fuese la primera vez que iba a Nueva York, pensó Clara con indignación; era el efecto del whisky, la codeína, la pastilla para dormir y el dolor de muelas. Se apresuró a comprobar que llevaba las pastillas de codeína en el bolso. Normalmente, tenía el frasco en el mueble de la sala de estar, con las aspirinas y un vaso de agua, pero debía haberlo tomado en algún momento de su frenética salida de la casa, porque lo encontró en el bolso, junto a los veintiún dólares la polvera, el peine y el lápiz de labios.

Por el tacto, la mujer advirtió que había llevado el lápiz de labios viejo, que estaba casi terminado, y no el nuevo, que era de un tono más oscuro y le había costado dos con cincuenta. Tenía la media corrida y un agujero en la punta, que no había advertido en casa con sus cómodos zapatos viejos pero que ahora, de pronto, resultaba desagradablemente visible con sus mejores zapatos de paseo. Bueno, se dijo, ya compraré unas medias nuevas en Nueva York, cuando tenga arreglada la muela y vuelva a sentirme bien.

Se llevó la lengua a la muela con mucho cuidado y fue recompensada con una punzada de dolor.

El autobús se detuvo ante un semáforo y el chofer abandonó su asiento, recorrió el pasillo del vehículo hasta llegar a la altura de Clara y dijo:

—Me olvidé de pedirle el boleto, señora.

—Supongo que estaba demasiado apurada —respondió ella. Encontró el boleto en el bolsillo del abrigo y se lo entregó al hombre—. ¿A qué hora llegaremos a Nueva York?

—A las cinco y cuarto —informó el chofer—. Tendrá mucho tiempo para desayunar. ¿Sólo ida?

—Sí, volveré en tren —explicó Clara, sin entender por qué razón se lo contaba, salvo que era de madrugada y la gente que compartía el aislamiento en una prisión extraña como aquel autobús tenía que mostrarse más amistosa y comunicativa que a otras horas.

—Yo volveré en autobús —contestó el hombre, y los dos se echaron a reír (Clara, dolorosamente debido a la hinchazón del rostro).

Cuando el chofer volvió al asiento del conductor, ella se recostó apaciblemente en el respaldo, percibiendo el efecto del somnífero. Ahora, el latido de la muela resultaba distante y se mezclaba con el movimiento uniforme del autobús, como las palpitaciones de su corazón, que escuchaba cada vez más fuertes, incansables en la noche. Echó la cabeza hacia atrás, puso los pies en el asiento contiguo, discretamente cubiertos con la falda, y cayó dormida sin haber dicho adiós al pueblo.

En un momento abrió los ojos y vio que el autobús avanzaba a través de la oscuridad casi en silencio. La muela le latía uniformemente y volvió la mejilla hacia el frío respaldo con cansina resignación. Las únicas luces eran las bombillas mortecinas a lo largo del techo. En la parte delantera, lejos de su asiento, vio sentados a los demás pasajeros; el chofer, tan distante como si fuera una pequeña silueta al extremo de un telescopio, estaba al volante muy derecho, perfectamente despierto al parecer. Clara volvió a sumirse en su extraño sueño.

Un rato después despertó de nuevo porque el autobús se había detenido. La interrupción de aquel movimiento silencioso a través de la oscuridad fue un sobresalto tan grande que la despertó aturdida, y pasó un minuto antes de que la muela empezara a dolerle de nuevo. Los pasajeros ocupaban el pasillo y el conductor, volviendo la cabeza, anunció: «¡Quince minutos!»

Clara se incorporó y siguió a los demás, completamente dormida y moviendo los pies sin darse cuenta de lo que hacía. Se habían detenido frente a un restaurante abierto, solitario e iluminado junto a la carretera desierta. El lugar estaba caluroso y lleno de gente y de bullicio. Vio un asiento libre al fondo y lo ocupó, sin notar que había vuelto a quedarse dormida hasta que alguien se sentó junto a ella y le tocó el brazo. Cuando Clara miró a su alrededor nebulosamente, el hombre preguntó:

—¿Va muy lejos?

—Sí —respondió ella.

El hombre llevaba un traje azul y parecía alto; Clara no pudo concentrar los ojos para distinguir nada más.

—¿Quiere un café?

Ella asintió y el hombre señaló con un gesto el mostrador, donde Clara vio una taza humeante frente a ella.

—Tómelo rápido —dijo él.

Clara dio un sorbo con delicadeza; si por ella hubiera sido habría probado el café sin levantar la taza del mostrador. El hombre estaba diciendo algo:

—Más allá incluso de Samarcanda, y las olas tintineando en la costa como campanas.

—Bien, vamos —anunció el chofer, y Clara dio otro rápido sorbo al café, suficiente para permitirle regresar al autobús.

Cuando volvió a ocupar el asiento, el desconocido se instaló en al lado. El autobús estaba tan oscuro que la luz del restaurante le resultó tan insoportable que cerró los ojos. Con los párpados entornados, antes de caer dormida de nuevo, se sintió encerrada a solas con el dolor de muelas.

—Las flautas suenan toda la noche —dijo el desconocido— y las estrellas son grandes como la luna, y la luna es grande como un lago.

Cuando el autobús reemprendió la marcha, se adentraron de nuevo en la oscuridad. Sólo la hilera de luces del techo unía la parte trasera del vehículo, donde ella iba sentada, con la parte delantera donde estaba el chofer y los pasajeros que ocupaban aquellas plazas, tan alejadas de la suya. Las luces los mantuvieron unidos mientras el desconocido sentado junto a ella murmuraba:

—Nada que hacer en todo el día, sino estar tumbado bajo los árboles.

Clara no era nada; mientras pasaba ante los árboles y las esporádicas casas dormidas, estaba en el autobús pero estaba en otro mundo, unida al chofer por una tenue hilera de luces y llevada carretera adelante sin esfuerzo.

—Me llamo Jim —dijo el desconocido.

Ella estaba tan dormida que se sacudió, incómoda, y apoyó la frente en el cristal de la ventana, tras la cual seguía reinando la oscuridad. Al cabo de un rato, un nuevo sobresalto la despertó y, aturdida, preguntó con voz asustada:

—¿Qué pasa?

—No es nada —dijo el desconocido, Jim —. Venga.

Clara lo siguió, bajó del autobús y entró en lo que le pareció el mismo restaurante pero, cuando se dispuso a ocupar el mismo taburete al fondo del mostrador, el hombre la tomó de la mano y la condujo a una mesa.

—Vaya a lavarse la cara —le dijo—. Después vuelva aquí.

Clara entró en el baño de mujeres y encontró allí a una chica empolvándose la nariz. Sin volverse, la chica le dijo:

—Cuesta diez centavos. Deje la puerta abierta para que la siguiente no tenga que pagar.

La puerta tenía una traba para impedir que se cerrara y la mitad de una caja de fósforos en la cerradura. Lo dejó todo como lo había encontrado y volvió a la mesa donde la esperaba Jim.

—¿Qué quiere tomar? —preguntó, pero él señaló otra taza de café y un bocadillo y murmuró—. Adelante.

Mientras Clara trataba de comer el bocadillo, oyó la voz suave y melodiosa del hombre:

—Y mientras dejábamos atrás la isla, escuchamos una voz que nos llamaba...

De nuevo en el autobús, Jim le dijo:

—Apoye la cabeza en mi hombro y vuélvase a dormir.

—Así estoy bien —respondió ella.

—No. Antes llevaba la cabeza golpeando contra el cristal.

Una vez más Clara se durmió. Y, una vez más, despertó sobresaltada cuando el vehículo se detuvo. Y una vez más Jim la condujo a un restaurante y le ofreció otro café. La muela empezó a dolerle y, con una mano apretada contra la mejilla, rebuscó en los bolsillos del abrigo y luego en el bolso hasta encontrar el frasquito de codeína, y se tomó dos pastillas mientras Jim la observaba.

Estaba terminando el café cuando escuchó el ruido del motor y se incorporó de inmediato. Subió corriendo al refugio en sombras de su asiento, con Jim sosteniéndola del brazo. El autobús ya estaba en marcha cuando advirtió que había olvidado el frasco en la mesa del restaurante. Ahora estaba a merced del dolor. Volvió la vista un momento por la ventanilla hacia las luces del restaurante y luego apoyó la cabeza en el hombro de Jim. Mientras se dormía, lo oyó decir:

—La arena es tan blanca que parece nieve, pero está caliente; incluso de noche está caliente bajo los pies.

Se detuvieron por última vez y Jim la ayudó a bajar del autobús. Por un instante, se encontraron juntos en Nueva York. Una mujer que pasaba cerca de ellos dijo al hombre que la seguía con unas maletas:

—Llegamos puntualmente. Las cinco y cuarto.

—Voy al dentista —explicó ella a Jim.

—Ya lo sé —respondió él—. La estaré vigilando.

El hombre se fue, aunque Clara no lo vio hacerlo. Se le ocurrió buscar a alguien con traje azul saliendo por la puerta, pero no vio a nadie.

Debería haberle dado las gracias, se dijo medio atontada, y se dirigió lentamente al bar de la estación, donde volvió a pedir café. El hombre del mostrador la miró con la fatigada compasión de quien había pasado una larga noche viendo a gente subir y bajar de los vehículos.

—¿Tiene sueño? —preguntó.

—Sí —contestó Clara.

Al cabo de un rato descubrió que la estación estaba al lado de la Terminal de Pennsylvania y consiguió llegar al vestíbulo principal y encontrar un hueco en una de las bancas antes de caer dormida de nuevo.

Alguien la sacudió enérgicamente por el hombro y le dijo:

—¿Qué tren va a tomar, señora? Son casi las siete.

Clara se incorporó y vio su bolso sobre el regazo; observó sus pies, elegantemente cruzados, y se fijó en el reloj que tenía ante ella.

—Gracias —murmuró.

Se puso en pie y anduvo hasta dejar atrás los bancos y llegar a una escalera mecánica. Alguien subió inmediatamente detrás de ella y la tocó en el brazo; Clara se volvió y encontró a Jim.

—La hierba es muy suave y muy verde —dijo él con una sonrisa—, y el agua del río es muy fría.

Ella lo miró con aire cansado. Cuando llegaron a lo alto de la escalera, Clara saltó y echó a andar hacia la calle. Jim avanzó junto a ella y su voz continuó:

—El cielo es más azul que cualquiera que hayas visto, y las canciones...

Clara se apartó de él y le pareció que la gente la miraba al pasar. Se detuvo en la esquina esperando a que cambiara el semáforo, y Jim, con movimientos muy rápidos, se acercó a ella y luego se alejó.

—Mira —susurró al pasar, y le mostró un puñado de perlas.

Al otro lado de la calle había un bar que acababa de abrir. Entró y se sentó; al instante, vió junto a ella a una camarera de expresión malhumorada.

—Estaba usted dormida —dijo la camarera en tono acusador.

—Lo siento mucho —respondió. Ya era de día—. Huevos revueltos y café, por favor.

Eran las ocho menos cuarto cuando salió del bar.

Si tomo un autobús, pensó, y voy directamente al centro, puedo esperar en el bar de enfrente del consultorio; así podré ser la primera cuando llegue el dentista.

Los autobuses iban llenos; tomó el primero que llegó y no encontró asiento. Quería bajar en la calle 23 y sólo pudo sentarse cuando ya estaba cruzando la calle 26; cuando despertó, se encontró en pleno centro, tan lejos que tardó casi media hora en encontrar otro autobús y volver a la calle 23.

Mientras esperaba a que cambiara el semáforo en la esquina de la calle 23, se vio envuelta en una multitud de peatones, y cuando éstos cruzaron la calle y se dispersaron en varias direcciones, alguien se puso a su lado. Durante unos instantes, la mujer continuó caminando sin levantar la cabeza, con la vista fija en la acera y un aire irritado, y con la muela ardiéndole; por fin, levantó los ojos y miró a su alrededor, pero no encontró ningún traje azul entre la gente que circulaba.

Cuando llegó al edificio donde estaba el consultorio, aún era muy temprano. El conserje estaba recién afeitado y perfectamente peinado, y sostenía la puerta con gesto enérgico; cuando llegaran las cinco, sus movimientos serían perezosos y llevaría el cabello ligeramente despeinado. Clara cruzó la puerta con una sensación de triunfo; había conseguido ir de un lugar a otro y había alcanzado su objetivo, la meta de su viaje.

La enfermera, vestida de impecable blanco, estaba sentada tras un escritorio; sus ojos observaron la mejilla hinchada y los hombros hundidos de Clara y murmuró:

—¡Oh, pobre! Parece usted agotada.

—Me duele una muela.

La enfermera sonrió, como si aún esperara el día en que alguien entrara diciendo: «Me duelen los pies». Se incorporó.

—Venga —dijo—. No la haremos esperar.

El sol iluminaba el sillón del dentista, la mesita blanca, redonda, y el torno con su fina punta de cromo. El dentista sonrió con el mismo aire tolerante de la enfermera; tal vez todas las dolencias humanas estaban contenidas en los dientes y aquel hombre podía arreglarlas a condición de que una acudiera a verlo a tiempo. La enfermera dijo con voz tranquila:

—Voy a buscar el historial, doctor. Hemos considerado hacerla pasar enseguida.

Mientras le hacían una radiografía, Clara pensó que no había nada detrás de su cabeza que detuviera el objetivo malicioso de la cámara, como si esta pudiera ver a través de ella y fotografiar los clavos de la pared, o los botones del puño de la camisa del dentista.

—Extracción —dijo el dentista a la enfermera con voz apenada. La enfermera contestó:

—Sí, doctor.

La muela, que había llevado a Clara hasta allí, parecía ahora la única parte de ella que tenía alguna identidad. Daba la impresión de que el resto de su ser no hubiera estado presente al hacer la radiografía. Ahora, la muela era lo importante, lo que merecía ser registrado y examinado, y ella sólo era su involuntaria portadora (y sólo como tal era objeto del interés del dentista y de la enfermera). El dentista le entregó un papel con el diagrama de una dentadura completa; la muela que le dolía estaba marcada con tinta negra y al lado se leía: «Molar inferior; extracción».

—Con este papel —indicó el dentista—, vaya a la dirección que figura en el membrete. Es un cirujano dentista. Allí se ocuparán de usted.

—¿Qué harán? —preguntó ella, pero no era la pregunta que quería hacer; no, señor. Más bien era: «¿Qué me harán?», o: «¿Hasta dónde llega la raíz?»

—Extraerle esa muela —contestó el dentista con irritación, dándole la espalda—. Debería habérsela sacado hace años.

Estoy aquí desde hace bastante tiempo y ya se cansó de mi muela, pensó Clara. Se levantó del sillón y dijo:

—Gracias, doctor. Adiós.

—Adiós —respondió el dentista y, en el último momento, le dirigió una sonrisa mostrando a la mujer su dentadura blanca y perfecta.

—¿Se encuentra bien? ¿Le molesta demasiado? —se interesó la enfermera.

—Sí, me encuentro bien.

—Puedo darle unas pastillas de codeína —continuó la enfermera—, aunque sería mejor que no tomara nada, por supuesto, pero puedo administrarle algunas si le duele mucho.

—No —respondió Clara, recordando el frasquito de la codeína olvidado en la mesa de algún restaurante—. No me molesta tanto, gracias.

—Muy bien... —dijo la enfermera—, que tenga buena suerte.

Clara bajó las escaleras y salió a la calle, pasando delante del conserje. En el cuarto de hora que había pasado en la consulta, el hombre ya había perdido un poco de presencia matutina y su reverencia fue un poco más corta que antes.

—¿Taxi? —preguntó el conserje, y Clara, recordando el autobús de la calle 23, asintió.

En el preciso instante en que el conserje hacía un gesto desde el cordón de la vereda, con una reverencia hacia un taxi que parecía haber sacado de la nada, Clara creyó ver una mano que le hacía señales entre la multitud al otro lado de la calle.

Leyó la tarjeta del papel que le había dado el dentista y la repitió cuidadosamente al taxista. Con la tarjeta y el papel donde el dentista había escrito «molar inferior», y donde aparecía claramente identificada la muela, Clara permaneció sentada, inmóvil, sin soltar los papeles y con los ojos casi cerrados. Pensó que debía haberse dormido cuando el taxi se detuvo de pronto y el chofer, alargando un brazo hacia atrás para abrir la puerta, la miró con curiosidad antes de anunciar:

—Llegamos, señora.

—Voy a que me saquen una muela —explicó ella.

—¡Vaya! —exclamó el taxista. Ella le pagó y el hombre le deseó buena suerte antes de cerrar fuerte la puerta.

Estaba ante un edificio extraño, cuya entrada flanqueaban unos símbolos médicos tallados en piedra; allí, el conserje tenía un leve aire profesional, como si fuera capaz de hacerle un diagnóstico en el caso de que ella no quisiera entrar. Clara pasó junto a él y siguió adelante hasta que un ascensor abrió sus puertas. Mostró la tarjeta al ascensorista y éste dijo:

—Séptimo.

Tuvo que retroceder hasta el fondo del ascensor para dejar espacio a una enfermera que llevaba a una anciana en silla de ruedas. La anciana estaba muy tranquila y quieta, sentada con una manta sobre las rodillas: «Buenos días», saludó al ascensorista, y éste respondió: «Es magnífico ver el sol», y la anciana se recostó en la silla y la enfermera le acomodó la manta en torno a las rodillas y dijo: «Bueno, ahora estaremos tranquilas...», y la anciana contestó, irritada: «¿Quién se preocupa?»

Las dos mujeres bajaron en el cuarto piso. El ascensor siguió su camino y el ascensorista anunció por fin: «Séptimo piso», y la puerta se abrió.

—Directo al fondo del pasillo y luego doble a la izquierda —le indicó el ascensorista.

A ambos lados del pasillo había puertas cerradas, con carteles. En algunas de ellas se leía «DCD», en otras decía «Clínica» y en otras, «Rayos X». Una de ellas, de aspecto amistoso y, en cierto modo, comprensible, decía «Damas». Después dobló a la izquierda y encontró otra puerta con el nombre de la tarjeta, la abrió y entró. Había una enfermera sentada detrás de un mostrador, casi como el de un banco, y unas palmeras enanas plantadas en macetas en los rincones de la sala de espera, y unas revistas recientes y unas sillas cómodas. La enfermera de la ventanilla preguntó: «¿Sí?», como si Clara estuviera en deuda con el dentista y le debiera todavía un par de muelas.

Deslizó el papel por la ventanilla y la enfermera lo inspeccionó antes de decir:

—Molar inferior, sí. Llamaron diciendo que venía. ¿Quiere pasar, por favor? Por la puerta de la izquierda.

¿Entrar en el santuario?, estuvo a punto de decir Clara, pero abrió la puerta en silencio y entró. Allí la esperaba otra enfermera que le sonrió y dio media vuelta esperando que la siguiera sin mostrar la menor duda sobre su derecho a guiarla.

Pasaron ante otra puerta de rayos X y la enfermera dijo a una colega: «Molar inferior», y la otra enfermera susurró: «Sígame por aquí, por favor».

Recorrieron un laberinto de pasillos que parecían conducir al corazón del edificio, hasta que, por fin, llegaron a un cubículo donde había un sofá con una almohada, una palangana y una silla.

—Aguarde aquí —dijo la enfermera—. Y trate de relajarse.

—Lo más probable es que me quede dormida — respondió Clara.

—Muy bien. No tendrá que esperar mucho.

Aguardó más de una hora, quizás, aunque pasó la mitad del tiempo semidormida, despertando cuando alguien pasaba ante la puerta. A veces la enfermera asomaba la cabeza y sonreía. En una ocasión le repitió que no tendría que esperar mucho. Luego, de pronto, la enfermera reapareció sin la sonrisa, sin hacerse ya la anfitriona amable, sino con aire de eficiencia y rapidez.

—Vamos —dijo, y la sacó del cubículo y la condujo de nuevo por los pasillos con aire resuelto.

Después, tan deprisa que ni le dio tiempo a verlo, se encontró sentada en un sillón, con una toalla en torno a la cabeza y otra bajo la barbilla. La enfermera apoyaba una mano sobre su hombro.

—¿Me dolerá? —preguntó Clara.

—No —respondió la enfermera con una sonrisa—. Usted sabe bien que no, ¿verdad?

—Sí —murmuró.

Entró el dentista y le sonrió desde arriba.

—Bien —dijo.

—¿Me dolerá? —repitió ella.

—Vamos, vamos —contestó el hombre en tono animado—, si le hiciéramos daño a la gente no duraríamos en este negocio —mientras hablaba, el médico se afanaba con unos objetos metálicos ocultos bajo un lienzo mientras acercaban al sillón una gran máquina sobre ruedas—. No duraríamos nada —insistió—. Lo único que debe preocuparle es contarnos algún secreto mientras está dormida. ¿Molar inferior? —preguntó a la enfermera.

—Molar inferior, doctor —confirmó ésta.

A continuación le colocaron una máscara de goma de sabor metálico y el médico, distraídamente, repitió un par de veces: «¿Sabe?», mientras ella lo veía por encima de la máscara. La enfermera dijo: «Relaje las manos, querida», y al cabo de rato notó que sus dedos se relajaban.

Antes de que todo le aleje, pensó, recuerda esto. Y recuerda el sonido y el sabor metálico. Y lo ultrajante de todo asunto.

Y luego el torbellino de la música, el sonido confuso de la música que seguía y seguía, girando y girando, y Clara corría por un pasillo largo, horrorosamente claro, con puertas a ambos lados, y al fondo del pasillo estaba Jim, con los brazos extendidos y riéndose, diciendo algo que ella no alcanzaba a oír debido a la música, y volvía a correr y luego decía: «No tengo miedo», y alguien de la puerta contigua la agarraba del brazo y tiraba de ella y el mundo se fue ensanchando hasta que pareció que nunca se detendría, pero a continuación se detuvo con la cara del doctor mirándola desde arriba y la ventana quedó encuadrada delante de ella, y la enfermera le estaba sosteniendo el brazo.

—¿Por qué me tironeaba del brazo? —preguntó, y notó la boca llena de sangre—. Yo quería seguir...

—Yo no le tiré del brazo... —replicó la enfermera, pero el dentista comentó:

—Todavía no ha despertado del todo.

Clara se echó a llorar y notó que las lágrimas le rodaban por el rostro y que la enfermera las secaba con una toalla. No había sangre en ninguna parte, salvo en su boca; todo lo demás estaba limpio como antes. El dentista se marchó y la enfermera le tendió el brazo y la ayudó a incorporarse.

—¿Dije algo? —preguntó de pronto, con voz nerviosa —. ¿Dije algo?

—Solo: «No tengo miedo» —la tranquilizó la enfermera—. Justo cuando estaba despertando.

—No —respondió Clara, deteniéndose para sujetar el brazo que la rodeaba por la cintura—. ¿Dije algo? ¿Dije dónde está él?

—No dijo nada —insistió la enfermera—, el doctor sólo estaba bromeando.

—¿Dónde está la muela? —quiso saber de pronto; la enfermera soltó una risita y respondió:

—La sacamos. No volverá a molestarla.

Volvió a encontrarse en el cubículo. Se tendió en el sofá y se echó a llorar, y la enfermera le llevó whisky en un vaso descartable y se lo dejó junto a la palangana.

—Dios me ha dado a beber sangre —dijo a la enfermera, y ésta le respondió:

—No se enjuague la boca o no coagulará.

Después de un largo rato la enfermera volvió a asomar la cabeza y le dijo desde la puerta, con una sonrisa:

—Veo que ya está despierta.

—¿Por qué lo dice? —preguntó Clara.

—Se quedó dormida y no quise despertarla.

Clara se incorporó en el sofá; se sentía mareada, como si llevara toda la vida en aquel cubículo.

—¿Desea acompañarme? —preguntó la enfermera. De nuevo era todo amabilidad, ofreciéndole el mismo brazo, lo bastante fuerte como para guiar cualquier paso inseguro. Volvieron a recorrer el largo pasillo hasta donde estaba la primera enfermera, sentada.

—¿Todo listo? —preguntó esta enfermera con tono animada—. Siéntese ahí un minuto —señaló una silla y se volvió para anotar algo afanosamente—. No se enjuague la boca en un par de horas —indicó, sin mirarla—. Esta noche tome un laxante, y un par de aspirinas si le duele. Si sufre muchos dolores o tiene una hemorragia excesiva, póngase en contacto enseguida con este consultorio. ¿Lo ha entendido? —preguntó, con otra de sus animadas sonrisas.

Clara se encontró con otro pequeño papel en la mano. Decía: «Extracción», y debajo: «No se enjuague la boca. Tome un laxante suave y un par de aspirinas para el dolor. Si el dolor es excesivo o se presenta alguna hemorragia, avise al consultorio.»

—Adiós —la despidió la enfermera con amabilidad.

—Adiós —respondió Clara.

Con la nota en la mano, salió por la puerta de vidrio y, casi dormida, dobló y echó a andar por el pasillo. Cuando abrió un poco los ojos y vio que estaba en un largo corredor con puertas a ambos lados, se detuvo ante una de ellas, donde se leía: «Damas», y entró. Se encontró en una amplia sala con ventanas y asientos de mimbre y relucientes baldosas blancas y brillantes grifos plateados; en torno a los lavamanos había cuatro o cinco mujeres peinándose o pintándose los labios. Avanzó directamente hasta el lavamanos más próximo, tomó una toallita de papel, dejó el bolso y la nota en el suelo, a su lado, y abrió el grifo, donde procedió a mojar la toallita hasta que estuvo empapada. A continuación se la aplicó enérgicamente sobre el rostro. Se le aclaró la vista y se sintió más despierta, de modo que empapó otra toallita y la mujer que estaba más cerca le pasó una, soltando una risita que Clara captó perfectamente, aunque no podía ver debido al agua que tenía en los ojos. Luego, oyó decir a una de las mujeres: «¿Dónde vamos a almorzar?», y a otra que respondía: «En el bar de abajo, probablemente. Ese viejo estúpido quiere que esté de vuelta en media hora».

Comprendió que estaba estorbando, que aquellas mujeres tenían los minutos contados para asearse y bajar a almorzar, y se apresuró a secarse la cara, apartarse un par de pasos, levantar la cara y mirarse al espejo, cuando se dio cuenta, con una leve punzada de desconcierto, de que no tenía la menor idea de cuál de aquellos rostros era el suyo.

Observó las imágenes del espejo como si tuviera delante un grupo de desconocidas que la miraban; ninguno de los rostros le resultaba familiar, ninguno le sonreía ni daba la menor muestra de reconocerla. Siempre había pensado que mi propio rostro me reconocería, se dijo con un extraño entumecimiento en la garganta. Ante ella había una cara fofa, sin barbilla y con el cabello rubio brillante, otra cara de facciones enjutas bajo un sombrero rojo con velo, otro rostro descolorido y nervioso con el cabello castaño aplastado y recogido en la nuca, otro de líneas angulosas bajo una melena también cuadrada y dos o tres caras más que disputaban por acercarse al espejo, haciendo muecas y estudiándose con mirada crítica. Tal vez no es un espejo, pensó; tal vez es una ventana y estoy viendo a unas mujeres que se acicalan al otro lado. Pero no: aquellas mujeres estaban peinándose y mirándose en el espejo; decididamente, el grupo estaba de su lado. Ojalá no sea esa rubia, se dijo, y levantó la mano llevándosela a la mejilla.

Comprobó que la suya era la cara pálida y nerviosa con el cabello recogido y, al advertirlo, se sintió indignada. Retrocedió, abriéndose paso entre las mujeres mientras se decía: No es justo. ¿Por qué tengo esa cara tan descolorida? En ese espejo había algunas caras bonitas; ¿por qué no escogí una de ellas? No tuve tiempo, se respondió malhumorada; no me dieron tiempo de pensar. Si lo hubiera tenido, habría podido escoger otro más bonito. Incluso el de la rubia habría sido mejor.

Retrocedió hasta el fondo del baño, y se sentó en una de las sillas de mimbre. Es vulgar, seguía pensando. Alzó la mano y se tanteó el cabello; estaba algo despeinado después de haber dormido pero así era como lo llevaba peinado, aplastado hacia atrás y recogido en la nuca con un broche ancho. Como una estudiante, se dijo, sólo que... (añadió, recordando la cara pálida del espejo), sólo que ya tengo bastantes más años. Desabrochó la hebilla del pelo con dificultad y la colocó donde pudiera verla. El cabello le cayó suavemente en torno al rostro, cálido y largo hasta los hombros. El broche era de plata y llevaba grabado un nombre: «Clara».

—Clara —dijo en voz alta.

«¿Clara?»

Dos de las mujeres se volvieron para dirigirle una sonrisa mientras salían del baño. Casi todas salían ya perfectamente peinadas y maquilladas, y se alejaban apresuradamente sin dejar de parlotear. En cuestión de un segundo, como aves abandonando las ramas de un árbol, todas desaparecieron y ella se quedó sentada a solas.

Dejó caer el broche en el cenicero junto al asiento; el cenicero era hondo y metálico y el broche produjo un agradable ruido al caer. Con el cabello suelto, abrió el bolso y empezó a sacar cosas; las fue colocando en su regazo conforme aparecían. Un pañuelo liso, blanco y sin desdoblar. Una polvera cuadrada de plástico, imitación, con un compartimento para el maquillaje y otro para el rouge; era evidente que el primero no se había utilizado, aunque el rouge estaba casi acabado.

Por eso estoy tan pálida, pensó mientras dejaba la polvera.

Un lápiz de labios, de un tono rosa, casi acabado también. Un peine, un paquete abierto de cigarrillos y una caja de cerillos, un monedero y una billetera. El monedero era rojo, de imitación de cuero, con un cierre en la parte superior; lo abrió y vació su contenido en la mano. Monedas de diez centavos; de cinco, de uno, de cuarto de dólar. Noventa y siete centavos en total. Con eso no podía ir muy lejos, se dijo, y abrió la billetera de piel marrón; contenía dinero, pero primero buscó otros papeles y no encontró ninguno. Lo único que había dentro eran billetes. Los contó: diecinueve dólares. Con eso podía ir un poco más lejos, pensó.

El bolso no contenía nada más. Ni llaves (¿no debería tener llaves?, se preguntó), ni papeles, ni agendas ni documentos de identidad. El bolso era también de imitación de cuero, de color gris claro. Se examinó y observó que llevaba un traje gris oscuro de franela y una blusa rosa salmón con un volante en torno al cuello. Sus zapatos eran negros, de tacón discreto y con cordones, uno de los cuales estaba desatado. Llevaba medias beige y advirtió un desgarro en la rodilla derecha y otra, escandalosamente grande, que le bajaba por la pantorrilla y terminaba en un agujero en el dedo gordo del pie, que podía apreciar al tacto dentro del zapato. En la solapa de la chaqueta llevaba un prendedor y, cuando le dio la vuelta para verlo, comprobó que era una letra C de plástico azul.

Se lo quitó y lo arrojó al cenicero, donde repicó contra el fondo, arrancando un tintineo metálico al chocar con el broche para el cabello. Sus manos eran menudas, con los dedos rechonchos y las uñas sin pintar, y la única joya que lucía era una fina alianza de oro en la mano izquierda.

Sentada en la silla de mimbre del baño de damas, pensó: Lo menos que puedo hacer es librarme de estas medias.

Como no había nadie, se quitó los zapatos y las medias con una sensación de alivio cuando el dedo gordo quedó libre del agujero. ¿Dónde las escondo?, se preguntó. En el cesto de las toallitas usadas. Cuando se puso en pie, pudo verse mejor en el espejo.

Su aspecto era aún más espantoso de lo que pensaba: el traje gris le hacía bolsas en los glúteos, sus piernas eran huesudas y tenía los hombros hundidos. Tengo aspecto de cincuentona, pensó; pero no puedo tener más de treinta, añadió al estudiarse el rostro. El cabello le colgaba desordenado en torno a sus pálidas facciones y, en un arrebato furioso, rebuscó en el bolso hasta encontrar el lápiz de labios. Trazó una marcada boca rosa en el rostro blanquecino y, mientras lo hacía, se dio cuenta de que no era experta en maquillarse.

De todos modos, con los labios pintados, la cara que tenía delante le pareció un poco más aceptable, de modo que abrió la polvera y se ruborizó las mejillas. Le quedaron desiguales y demasiado marcadas, igual que los labios, pero al menos ya no se veía tan demacrada.

Echó las medias a la papelera y salió de nuevo al pasillo con las piernas desnudas, dirigiéndose resueltamente hacia el ascensor.

—¿Abajo? —preguntó el ascensorista al verla.

Ella entró y el ascensor la transportó silenciosamente hasta la planta baja.

Volvió a pasar ante el conserje con su aire grave y profesional, y salió a la calle, llena de gente. Se detuvo delante del edificio y esperó. Al cabo de unos minutos, entre la multitud de transeúntes apareció Jim, que llegó hasta ella y la tomó de la mano.

En alguna parte, entre un mundo y otro, había quedado su frasco de codeína y arriba, en el suelo del baño de damas, había dejado la hojita de papel que empezaba diciendo: «Extracción».

Siete pisos más abajo, sin pensar en la gente que caminaba decidida por la acera, sin advertir las esporádicas miradas curiosas, con su mano en la de Jim y el cabello cayéndole sobre los hombros, corría descalza por la arena caliente.

Shirley Jackson (1916-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Shirley Jackson.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Shirley Jackson: El Diente (The Tooth), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Paimon: la verdadera historia del demonio de «Hereditary».


Paimon: la verdadera historia del demonio de «Hereditary».




En la excelente película de terror de 2018, Hereditary [El legado del diablo], vemos enloquecer lentamente a una familia debido a la influencia de un culto satánico que adora a un demonio particularmente misterioso: Paimon. ¿Quién es exactamente la entidad demoníaca detrás de los sombríos eventos de la película?

Paimon es un demonio que habita en uno de los rincones más recónditos de los mitos cristianos, aunque de hecho proviene de la mitología mesopotámica, no como un demonio, sino como una diosa que progresivamente fue vista como un djinn, seres que a menudo son hermafroditas, y por lo tanto retratados con atributos tanto masculinos como femeninos. Originalmente, Paimon presidía las artes y la ciencia; razón por la cual el propósito de invocarlo era adquirir conocimientos en estos campos, algo muy distinto a lo que vemos en la película. [ver: Diccionario demonológico]

Ahora bien, la mayoría de la información que tenemos sobre el demonio Paimon proviene de grimorios y libros ocultistas posteriores, quienes oscurecieron progresivamente su figura mitológica. Estos tratados demonológicos suelen estirar y distorsionar las características mitológicas de los demonios, pero aún así es posible recolectar algunos rasgos en común para reconstruir algo de la figura original. De modo que comenzaremos con estas referencias y, a continuación, intentaremos escarbar más profundo.

Según estos libros prohibidos, Paimon suele ser invocado para que otorgue espíritus familiares y revelar la ubicación de tesoros ocultos [ver: Los «espíritus familiares» en la brujería]. Se le debe permitir hacer cualquier pregunta y la respuesta debe ser honesta y directa. El Lemegeton Clavicula Salomonis [«La Llave Menor de Salomón»] le añade un atributo aparentemente trivial al afirmar que Paimon tiene el poder de controlar a los peces. En Pseudomonarchia Daemonum [«pseudo monarquía de los demonios»] se afirma que Paimon es el sirviente más «obediente» de Lucifer, quien en este grimorio en particular es sumamente arrogante. Cuando es obligado por la virtud divina, a través de un exorcista, Paimon se revela como un hombre con «un semblante afeminado», portando una corona con una estrella en el medio y montando un dromedario. Detrás de él marcha una multitud de réprobos con trompetas y címbalos.

Cuando Paimon es invocado por un nigromante, su manifestación es precedida por un gran rugido. El invocador debe poseer una extraordinaria firmeza para obligar a Paimon a observar su deseo y pedirle que responda claramente. Si el demonio es doblegado, puede responder cualquier cuestión relacionada con la filosofía, la ciencia, y revelar cualquier secreto. Sin embargo, si el invocador es débil, quedará atado a las mentiras de Paimon:


[«Él (Paimon) prepara buenos familiares, y tiene el entendimiento de todas las artes. Al invocarlo se debe mirar hacia el noroeste, porque allí está su casa. Cuando sea llamado, el invocador debe recibirlo sin temor, enumerando sus preguntas y demandas para obtener lo mismo de él.»]


Según el Pseudomonarchia Daemonum, no está claro si Paimon, antes de caer entre los ángeles, pertenecía a la orden de las Dominaciones o de los Querubines. En cualquier caso, el grimorio sostiene que le siguen doscientas legiones y, si el invocador no realiza los correspondientes sacrificios, Paimon puede manifestarse con sus dos servidores: Beball [a veces llamado Lebal] y Abalam, haciendo casi imposible controlarlo

Tanto en el Dictionnaire Infernal [diccionario infernal] de Collin de Plancy, como en el Livre des Esperitz [libro de los espíritus], se lo menciona como Paymon. En El Libro de Abramelin y el Grimorio del Papa Honorio aparece como Bayemon. Todas estas obras coinciden en la obediencia de Paimon a Lucifer, en la confianza que el Príncipe de las Tinieblas tiene depositada en él, en su residencia en el noroeste, y en su mayor enemigo, el ángel Haziel.

En el Ars Goetia, nuevamente, se describe a Paimon como un hombre montado en un camello, precedido por tropas que tocan trompetas y címbalos. En los anteriores grimorios se insiste en que Paimon tiene un rostro hermoso, pero el Ars Goetia no es tan específico, aunque aún se refiere a él como hombre. Este libro también añade un par de datos interesantes: la «voz ronca» de Paimon, y su tendencia a hablar en su idioma nativo [no se sabe si la lingua diaboli o el enoquiano] hasta que se le ordene responder en el idioma del invocador.

Si tomamos todos los grimorios mencionados hasta aquí, encontraremos que Paimon generalmente es descrito enseñando ciencia y respondiendo preguntas, lo cual no parece particularmente diabólico. El Ars Goetia y el Pseudomonarchia Daemonum especifican que su conocimiento incluye «todas las artes» y «cosas secretas» [tesoros, en su mayoría]. El Livre des Esperitz amplía esto y afirma que Paimon suele responder con sinceridad y es capaz de otorgar «dignidades y señoríos». Otra coincidencia es el mérito de otorgar familiares [que también son buenos para enseñar] y el dominio sobre los peces. También hay atributos absurdos, como la mención en el Ars Goetia de que Paimon puede «hacer que un ladrón regrese y devuelva lo robado». En El Libro de Abramelin se expanden un poco estos poderes con el conocimiento de eventos pasados y futuros, hacer aparecer espíritus, crear visiones, adquirir y despedir espíritus sirvientes, reanimar a los muertos durante varios años, volar, permanecer bajo el agua indefinidamente y habilidades generales para «hacer todo tipo de cosas» a instancias del mago.

Ahora bien, es probable que el origen de Paimón se remonte a los mitos mesopotámicos. Algunos incluso afirman que hay una relación directa entre Paimón y la diosa egipcia Isis, pero basándose en cuestiones puramente cosméticas. Paimón [recordemos, de «rostro afeminado»] suele ser representado montando un camello, lo mismo que Isis. Pero ahí terminan las similitudes, de modo que no tomaremos este camino.

Es interesante que, en El Libro de Abramelin, Paimon se escriba con frecuencia «Paymon» y, a veces, «Paimonia». Probablemente podríamos rastrear el origen etimológico de su nombre en el hebreo pomn [«tintineo», como el de una pequeña campana], que a su vez deriva de la raíz hebrea pom, «agitar», «impulsar». La palabra pomn se utiliza seis veces en Éxodo, y no era infrecuente que los rabinos llamaran a Paimon con el título de ozazl [«azazel»], que es un nombre usado en Levítico con referencia al chivo expiatorio [de oz, «cabra»; y azl, «irse»]. Todavía se realizan acalorados debates sobre si la palabra ozazl [«azazel»] es el chivo expiatorio, o un demonio a quien se le ofrecia ese animal, No obstante, en la demonología rabínica siempre se usa para referirse a uno de los principales demonios [ver: Azazel, el origen del chivo expiatorio]

Azazel, además de provenir la antigua práctica hebrea conocida como chivo expiatorio, también es uno de los Ben-Elohim mencionados en El Libro de Enoc; es decir, uno de los «Vigilantes» que le dio conocimiento a la humanidad en contra de la voluntad de Dios. A pesar de esto, la mayoría de los demonólogos consideran a Azazel y Paimon como entidades completamente separadas.

Hay una conexión evidente en los rasgos más sutiles de Paimon: su nombre significa «tintineo», suele «rugir» cuando se manifiesta, sus tropas tocan trompetas, y además habita en el seno de los vientos del noroeste. Es claro, entonces, que Paimon era antiguamente una deidad del aire. De hecho, en De sphera [«Sobre las esferas»] de Juan Sacrobosco, se habla de los «cuatro espíritus de gran virtud» que gobiernan los cuatro puntos cardinales y sus respectivos vientos: Oriens, Amaymon, Paymon y Egim. Pero demos un paso más allá en el terreno especulativo: la relación de Paimon con el aire [quizás siendo él mismo, originalmente, un espíritu del aire] se expresa en su devoción por la música.

En este punto no es ilícito suponer que Paimon comenzó siendo un djinn. En primer lugar, se lo representa montando un dromedario, una clara alusión al desierto; pero también tenemos su asociación con el aire. Djinn significa «oculto», pero en relación a algo que no puede verse aunque sí resulta audible, como el viento. De hecho, sus dos principales servidores, Label y Ablim, también son djinns en la mitología de medio oriente.

Muchos de los demonios mencionados en grimorios y tratados demonológicos tienen sus orígenes en los antiguos dioses de culturas subyugadas o absorbidas por una nueva religión [ver: El «accidente» que convirtió a los Dioses en Demonios]. De hecho, era una práctica común demonizar a los dioses de otras civilizaciones, pero también a seres de menor escala. En otras palabras, todos los grimorios y todos los tratados demonológicos presentan groseras distorsiones de la entidad original. Sin embargo, aún en esta deliberada deformación es posible encontrar vestigios, que de ningún modo son concluyentes y deben tomarse con pinzas. Paimon podría estar vinculado a los djinns, pero ningún vínculo es demostrable empíricamente.

Dicho esto, es significativo que Paimon siempre apareza con un «rugido» y hable con una «voz ronca». Cuando encontramos estos elementos en la demonología, por lo general estamos ante un eufemismo. El rugido que precede a la aparición de Paimon es análogo al aullido de las banshees en los mitos celtas, aunque probablemente más horrible, ya que es capaz de «partir en dos» al invocador si este es indigno. La presentación de Paimon con rugidos y amenazas al ser invocado es un lindo detalle. Es como si nos levantáramos a la madrugada cuando alguien que no conocemos golpea la puerta. Los rugidos de Paimon son una versión extrema del «¿quién es?» de alguien perturbado en medio de la noche, porque los grimorios establecen claramente que Paimon luego adopta un tono de cordialidad cuando el invocador se presenta.

Es importante tener en cuenta que muchos de los grimorios se contradicen entre sí con respecto a Paimon, pero todos coinciden en describirlo con los atributos de un djinn, y probablemente uno importante, ya que algunas leyendas lo describen como uno de los líderes del Djinnestán. Las representaciones de Paimon respaldan todo esto.

Ahora bien, el Djinnestán no es una región del infierno cristiano, menos aún del Sheol hebreo, sino el plano extradimensional donde habitan los djinn, según la mitología árabe, seres anteriores a la creación del ser humano. La palabra djinn, como hemos visto, significa «oculto» [a la vista], y cuya etimología es un ejemplo interesante de la forma en la cual este pueblo antiguo concebía el mundo. Djinn proviene del árabe jann, que significa «esconderse», pero no como nosotros habitualmente interpretamos esta palabra. Por ejemplo, la misma raíz [jann] está presente en manjun, «loco» [pero que literalmente significa «intelecto escondido»] y janin, «embrión» [«oculto dentro del útero»]. Esta es una maravillosa forma de pensar el mundo.

Los djinn forman parte de la mitología árabe preislámica, aunque posteriormente fueron absorbidos y reinterpretados por el Corán. Su reino, el Djinnestán, donde algunos grimorios sitúan a Paimon, originalmente era considerado un planeta lejano, y luego un plano distinto del físico. Se dice que los djinn fueron creados a partir del «fuego abrasador y sin humo» de Dios, pero también que son de naturaleza física, siendo capaces de interactuar con personas y objetos de nuestro mundo, y además poseen libre albedrío.

Iblis, uno de los principales djinn, ejerció su libre albedrío al máximo cuando se negó a inclinarse ante Adán, incluso cuando el propio Dios se lo ordenó. Por esa desobediencia, Iblis fue expulsado del Edén y llamado «shaytan» [Satanás]. Al parecer, Paimon y muchos otros también habrían sido expulsados, convirtiéndose en renegados, como los demonios.

Los djinn generalmente no pueden ser vistos por los seres humanos, pero estos sí son claramente visibles para los djinn. Lo que sí podemos ver es la interacción de los djinn con nuestro mundo físico, lo cual explica un poco el nombre de Paimon, «tintineo», el cual, como hemos visto, está asociado al aire, al viento, particularmente cuando hace agitar una pequeña campana. Esta asociación con los vientos también explica porqué los djinn, en el folclore, pueden viajar grandes distancias a una gran velocidad y habitar en áreas inaccesibles: sobre las montañas, los mares, incluso en las «alturas del cielo».

La estructura social de los djinn parece acreditar las divagaciones de los grimorios sobre ducados y rangos militares asignados a los demonios. Tenían reyes, cortes, bodas, funerales, y, como los seres humanos, serán juzgados en el Día del Juicio y enviados al Cielo o al Infierno según sus acciones.

Todo parece indicar que Paimon pertenece a la raza de los Marid, el tipo más fuerte de djinn [los más débiles son los ifrit], no en términos de fuerza física, sino por su dominio del elemento aire. Mientras los djinn más poderosos se elevan y vuelan por el cielo, los más débiles solo pueden manifestarse en nuestro mundo con formas bestiales, nunca con el «rostro hermoso» de Paimon.

A finales de 1909, el ocultista Aleister Crowley y Victor Neuburg [compañero y amante], viajaron al norte de África con la intención de practicar una ceremonia mágica en el desierto. El resultado fue una experiencia aterradora que involucra a Paimon.

Lo que sucedió en el desierto fue el resultado de toda una vida de identificación con los demonios. En sus Confesiones, Aleister Crowley afirma que no podía entender la razón de esta repentina identificación infantil con las fuerzas del mal, y que incluso a una edad muy temprana buscó «el camino de Satanás». Fue su madre quien primero se refirió a él como «la Bestia», un nombre que Aleister Crowley haría suyo. Esta identificación temprana con el mal tendría un impacto considerable en aquella experiencia en el desierto.

Crowley y Neuburg viajaron a Londres a principios de julio de 1909 y llegaron a Argel el 17 de noviembre. La actitud de Aleister Crowley hacia las autoridades coloniales francesas fue de cortés desdén. Eligió ignorar las advertencias de que un viaje por el desierto sin guía podría ser peligroso, aunque hay que que decir que este desdén estaba de algún modo justificado: Aleister Crowley era un montañista experto, y perfectamente capaz de realizar esfuerzos físicos extraordinarios; además, tenía conocimientos básicos del árabe y entendía la cultura musulmana.

Mientras los dos hombres se dispusieron a comprar las provisiones necesarias, la única preocupación de Crowley era el físico delgado de su compañero y su «mirada de perro avergonzado». Victor Neuburg, ante la insistencia de Crowley, se afeitó la cabeza dejando solo dos mechones en las sienes, que estaban «retorcidos en forma de cuernos». Crowley, riéndose, anota en su cuaderno de viaje que Neuburg era «un demonio que yo había domesticado y entrenado para que me sirviera como un espíritu familiar».

El ritual que Crowley tenía en mente estaba basado en un sistema mágico desarrollado por John Dee, el eminente matemático y astrólogo isabelino, y su clarividente, Edward Kelley. John Dee y Kelley estaban bien versados en la Cábala, pero sus experimentos estaban inspirados en el mago renacentista Henry Cornelius Agrippa, quien elaboró un sistema de tablas numéricas y alfabéticas para invocar a los ángeles. John Dee aprovechó los supuestos dones de Edward Kelley como vidente e intentó entablar una conversación con los ángeles. En otras palabras: John Dee hacía las preguntas a través de Kelley y luego registraba sus respuestas, formuladas en un lenguaje angelical secreto, llamada vulgarmente Enoquiano. Con el tiempo, John Dee construyó una cosmología completa de ángeles y demonios y esbozó treinta aethyrs [aires], básicamente dimensiones distintas a la nuestra.

Este esquema se había integrado en las enseñanzas de la Orden Hermética del Alba Dorada, y aunque a Crowley se le había negado la entrada a la Segunda Orden, lo había aprendido de otros adeptos, y de hecho estaba bastante familiarizado con el sistema de John Dee. Sin embargo, mientras los iniciados de la Golden Dawn solo estudiaban el Enoquiano como un ejercicio académico, Aleister Crowley estaba decidido para probar su eficacia. Había hecho una copia de las diecinueve Llamadas o Claves de Dee, que invocaban poderosas fuerzas ocultas; y entonces, en el desierto, se sintió impulsado a intentarlo. Según anota en sus cuadernos de viaje, «las condiciones son perfectas para emprender un viaje a través de los Aethyrs de John Dee».

El plan de Crowley era simple: elegiría un lugar apartado y recitaría la Llamada apropiada, el encantamiento ritual que le daría acceso al Aethyr. Después de asegurarse de que las fuerzas invocadas estaban presentes, tomaría su piedra mágica [en este caso, un topacio] y, como lo había hecho Kelley siglos antes, «la piedra desempeñaría un papel no muy diferente al del espejo de Alicia». Después de entrar en el Aethyr, describiría sus experiencias a Neuburg, quien las escribiría. Cabe señalar que Crowley adaptó el procedimiento a su medida. A diferencia de John Dee, él sería su propio vidente, y Victor Neuburg, el clarividente, cumpliría la función de escriba.

Aleister Crowley afirma haber entrado en contacto con seres celestiales «tanto terribles como hermosos», quienes se comunicaron con él en un rico lenguaje simbólico. Entendió gran parte del simbolismo y comenzó a darse cuenta de que las Llamadas, de hecho, le daban acceso a un intrincado sistema universal de mundos y planos de existencia:


[«Vi con mis propios ojos y escuché con mis propios oídos la verdad. Estas visiones cristalizaron la conclusión teórica que mis estudios de religión comparada solo habían esbozado.»]


Aleister Crowley esperaba que esta experiencia fuera una exploración impersonal de los Aethyr, pero las cosas se habían vuelto mucho más intensas y complejas. Estaba convencido de que se le estaba revelando la «brillante simplicidad de las verdades cósmicas». También se dio cuenta de que se estaba involucrando personalmente, que el ritual estaba trabajando en él. A medida que progresaba, Crowley empezó a sentir algo muy parecido al miedo.


[«Era como si una mano sostuviera mi corazón mientras un rugido me envolvía en palabras horribles y encantadoras.»]


Para fortalecerse contra la creciente sensación de pavor y asombro, Aleister Crowley empezó a recitar el Corán mientras marchaba por el desierto. Las grandes extensiones vacías, calurosas durante día y heladas por la noche, y la continua enunciación de fórmulas mágicas, se combinaron para producir un estado de intensidad espiritual abrumador.

El llegar al monte Da'leh Addin, Crowley, siguiendo las instrucciones de sus interlocutores angélicos, intentó ingresar al decimocuarto Aethyr. Se encontró con un «espeso velo negro», a pesar de intentarlo repetidamente, no pudo penetrar. Mientras tanto, una «voz» susurraba en sus oídos advirtiéndole que estaba a punto de entrar en el «Reino de la Tumba». De repente, el velo se rasgó, y Crowley vio «un ángel glorioso» parado frente a él con los brazos extendidos y la cabeza echada hacia atrás. Llevaba una «corona con una estrella en la frente» [al igual que Paimon] y «rodeado del llanto de las bestias». Este ángel instruyó a Crowley para que se retirara, ya que el misterio del decimocuarto Aethyr es «tan grande y terrible que no puede ser revelado a la vista del sol».

Conmocionado, Crowley se preparó para regresar a la aldea de Bou Saada. Mientras lo hacía, «me llegó la orden de realizar una ceremonia mágica en la cima de la montaña». Cualquiera que sea la forma que tomó esta «orden», Crowley la obedeció. Él y Neuburg construyeron un gran círculo con rocas; inscribieron palabras mágicas y erigieron un altar en su centro. Allí, dice Crowley: «Me sacrifiqué. El fuego del sol que todo lo ve cayó sobre el altar, desgarrando cada partícula de mi cuerpo y personalidad.»

Crowley no recordaba nada de su regreso a Bou Saada. Sin embargo, a medida que recobró lentamente la conciencia, supo que había cambiado:


[«Sabía quién era yo y todos los acontecimientos de mi vida; pero ya no me sentía el centro de esas experiencias. Yo no existía. Todas las cosas eran como sombras que se deslizan sobre la tranquila superficie de un lago; sus imágenes no tienen significado para el agua, ni poder para agitar su silencio.»]


Unos días después, Crowley se preparó formalmente para pasar por la prueba del Abismo. Comprendió que lo haría cuando entró en el décimo Aethyr de John Dee, y supo que, mientras estaba allí, debía enfrentarse y derrotar al terrible «Choronzon, el poderoso demonio que habita en el Abismo más lejano». También sabía que solo podía hacerlo como Perdurabo, un Adepto, y que era fundamental que no quedara ni una pizca de su ego si quería sobrevivir a la experiencia. El éxito dependía de la habilidad de Crowley para dominar a Choronzon a través del poder de la voluntad.

Las complejas técnicas, rituales y parafernalia de la práctica mágica son los medios por los cuales un mago inflama su voluntad. Choronzon podía ser controlado solo a través de la aplicación silenciosa pero implacable de esta voluntad. Si fracasaba en obligar a Choronzon a someterse, este lo esclavizaría. Ante esto, y las advertencias que había recibido en los Aethyrs anteriores, Crowley cambió su procedimiento mágico.

El 6 de diciembre de 1909, Crowley y Neuburg abandonaron Bou Saada y se adentraron en el desierto. Acamparon en las dunas, trazaron un círculo en la arena e inscribieron los signos apropiados. Luego se trazó un triángulo cercano, cuyos perímetros también estaban inscritos con nombres divinos y también con el de Choronzon. El círculo mágico les brindaría protección, y el triángulo estaba destinado a contener cualquier manifestación. En este punto, Neuburg entró en el círculo. Estaba armado con una daga y tenía instrucciones de usarla si algo intentaba entrar en el círculo. Crowley, negándose a unirse a su compañero en la relativa seguridad del círculo mágico, entró en el triángulo. Mientras Neuburg realizaba los rituales de destierro, Crowley hizo la Llamada del décimo Aethyr. Choronzon se anunció con un «rugido» y las palabras «Zazas, Zazas, Nasatanada Zazas». Luego, según Crowley, pronunció las siguientes palabras:


[«Yo soy. De mí proceden la lepra, la viruela, la peste, el cáncer, el cólera y la enfermedad. ¡Ay! Llegaré hasta las rodillas del Altísimo, y desgarraré su falo con mis dientes, moleré sus testículos en un mortero y haré de ellos veneno para matar a los hijos de los hombres.»]


A partir de entonces, Crowley guardó silencio. Permaneció sentado en el triángulo, profundamente retraído, y no se movió ni habló durante el resto de la ceremonia. Lentamente, Choronzon procedió a burlarse del inexperto Neuburg. Durante el intenso debate que siguió, con Neuburg garabateando furiosamente para registrar cada detalle, Choronzon comenzó a borrar sigilosamente los bordes protectores del círculo. De repente, saltó del triángulo al círculo y derribó a Neuburg al suelo. El escriba se encontró luchando con un «demonio en la forma de un salvaje desnudo», un hombre fuerte que trató de desgarrarle el cuello con «colmillos cubiertos de espuma». Neuburg, invocando los nombres mágicos de Dios, golpeó con su daga y finalmente obligó a la figura a regresar al triángulo, reparó el círculo, y Choronzón reanudó sus delirios: tentando, denunciando, suplicando, intentando socavar la voluntad del escriba. Finalmente, la manifestación empezó a desvanecerse.

La ceremonia concluyó. Los dos hombres se purificaron y borraron el círculo y el triángulo. Crowley afirmó que se había «identificado astralmente» con Choronzon y que había «experimentado cada angustia, cada rabia, cada desesperación, cada arrebato de locura» del demonio.

Durante las dos semanas siguientes, mientras Crowley y Neuburg se dirigían a Biskra, los hombres reflexionaron sobre el mantra «Zazas, Zazas, Nasatanada Zazas», mencionado en algunos grimorios como uno de los secretos que Paimon otorga a sus invocadores. Atinadamente, en la película Hereditary podemos ver varios términos mágicos disimulados en las paredes de la casa; entre otros, satony, pandemonium y «Zazas Zazas Nasatanada Zazas».




Demonología. I Mitología.


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