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Io y Zeus: una historia de amor

Io y Zeus: una historia de amor.


Io, hija del oceánide Ínaco y Melia, una sacerdotisa de Hera que había sido amante de Zeus, era una hermosa doncella que vivía en la ciudad de Argos, cuya alcurnia no la puso a resguardo de los fulminantes impulsos amorosos del señor del Olimpo.

Zeus se le aparecía en sueños, voluptuosos y evocadores, en los que la urgía a entregarle su cuerpo en el lago de Lerna. Los sueños se sucedieron durante muchas noches. Cuando Io se resistía, estos se convertían en horribles pesadillas donde era devorada por viscosas criaturas tentaculares.

Finalmente Io decidió hablar de sus sueños con su padre; que rápidamente fue a consultar con un oráculo, tal como era la costumbre frente a un sueño inquietante que a veces podía ser tomado como una premonición. El oráculo, notablemente pragmático, le aconsejó que desterrara a la muchacha de su casa; caso contrario, Zeus destrozaría con sus rayos a toda su descendencia.

Ínaco obedeció las recomendaciones del oráculo y exilió a su hija. Por pudor fingió ante la opinión pública que ella se había extraviado, pero después de algunos días, loco de remordimiento, envió a un muchacho llamado Cirno para que la trajese nuevamente a casa.

El joven llegó a la región de Caria, al sudoeste de la actual Turquía, donde varios testigos habían visto a Io vagando como un espectro. Buscó incesantemente pero no la encontró. Por miedo a regresar a la corte sin haber hallado a la princesa, se instaló allí y no volvió a saberse de él.

Pasaron los meses y la inquietud de Ínaco fue en aumento. Envió entonces a un segundo explorador de confianza, Lirco, hermano de Io, que tampoco logró cumplir con la misión y en cambio se entretuvo contrayendo matrimonio con una hija del rey Cauno, gobernante mítico de la antigua Anatolia.

Mientras se sucedían estas expediciones, Io había cedido ante la insistencia del dios, y finalmente le entregó su cuerpo. Como no podía ser de otro modo, las caricias adúlteras fueron interrumpidas por Hera, eternamente traicionada, que se propuso matar a la joven acaso porque le resultaba imposible calmar sus celos sobre el inalterable Zeus.

Para evitar su muerte, Zeus convirtió a Io en una ternera blanca. Cuando Hera llegó desde el Olimpo quizás sospechó algo raro en la extrema blancura del animal, y le exigió a su marido que se la regale. Acto seguido, Hera le encomendó la custodia del ternero al monstruo Argos, una bestia inimaginable que tenía cien ojos para vigilarla día y noche.

Desde la comodidad del Olimpo, acaso imposibilitado por algún tiempo para salir solo de casa, Zeus le ordenó a Hermes que rescate sigilosamente a su amada. El mensajero voló bajo la forma de un pájaro hasta el árbol donde Argos tenía amarrada a la muchacha, y lo durmió con una hermosa melodía de su flauta. Apenas el monstruo cerró todos sus ojos, operación que tomó un tiempo considerable, Hermes lo mató golpeándolo con una piedra afilada.

Cuando Hera se enteró de la muerte de su mascota Argos, decidió recompensarlo por sus servicios de carcelero, aunque de hecho hubiesen sido insuficientes. Puso todos sus ojos en la cola de un pavo real, su ave favorita, y aún hoy están allí como pueden atestiguarlo todos los que hayan visto el magnífico despliegue ocular en las pumas de estos pájaros.

Pero Hera no se limitó a prolongar la visión Argos. Inmediatamente ahuyentó a Hermes y ató un voraz tábano a los cuernos de la ternera, que la picaba una y otra vez, sin cesar, haciendo que la joven huyera sin rumbo fijo, enloquecida por el dolor. Bajo estos tormentos terribles cruzó el mar Jónico, cuyo nombre es un homenaje a Io. Corrió por la Tracia y el Cáucaso, donde se cruzó con Prometeo, encadenado a su roca, y siguió hasta África, encontrándose ocasionalmente con las Gorgonas.
Durante todo este tiempo Zeus no pudo hacer nada por ella, pero apenas disminuyó la vigilancia de Hera, se arrojó desde el Olimpo y la alcanzó en las costas africanas, volviéndola a su forma natural a fuerza de encantamientos y palabras dulces.

De aquel reencuentro a orillas del Nilo nació Épafo, aquel rey mítico de Egipto. Los gritos de alegría por el nacimiento volvieron a alertar a Hera, que inmediatamente ordenó a los curetes, divinidades menores encargadas de la crianza de niños particularmente importantes, que le entregaran al recién nacido. Zeus se encargó de masacrar a los entregadores, argumentando que no se deben seguir órdenes, ni siquiera de un dios, si éstas tienen un propósito cruel.

Luego del rapto de Épafo comienza el segundo viaje de Io, esta vez en alas de la tristeza por la pérdida de su hijo. Se dice que lo encontró en Siria, amamantándose del pecho de Astarté, la diosa fenicia de la fertilidad.

Ya en posesión de su hijo, Io regresó a Egipto; donde eventualmente contrajo matrimonio con Telégono, que por entonces gobernaba sabiamente esa región. De ese modo Épafo llegó a ser rey de todas las tierras adyacentes al Nilo y fundador de la ciudad de Menfis.

Se cuenta que Zeus siempre amó a Io con especial dedicación, y que su amor y devoción gravitaron sobre ella como una sombra o un recuerdo que funcionaba como escudo frente a las enfermedades y desdichas.



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