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El "entusiasmo" de las Bacanales


El "entusiasmo" de las Bacanales.

Las Bacanales eran las fiestas en honor a Baco, dios del vino en Roma, y a Dionisos, dios con potestades análogas en la Magna Grecia.

Poco sabemos sobre estas tertulias demenciales. Un secreto férreo e inapelable caía sobre las concurrentes, ya que originalmente las Bacanales eran fiestas organizadas por mujeres y exclusivamente para mujeres. Los ritos eran celebrados en el bosque de Simila, cerca del Aventino, durante las noches del 16 y 17 de marzo. Las sacerdotizas que orquestaban el culto eran las Bacantes, damas terribles y enigmáticas; que eventualmente permitieron el ingreso de hombres en un número reducido, casi siempre hijos de las propias sacerdotizas.

Pero los Misterios Báquicos estaban prohibidos a los hombres, cuestión que siempre alarmó al senado romano. Para acceder a ellos se debía poseer el cargo religioso de Bacante, algo bastante difícil de conseguir.

En principio, las Bacantes solteras y sin hijos marchaban en procesión varios días antes de la festividad. Al llegar a la arboleda de Simila se entregaban a un desenfreno etílico absoluto, donde no faltaban las danzas, los arrebatos místicos, y toda clase de narcóticos y alucinógenos. El rito contenía innumerables elementos macabros, por ejemplo, despedazar animales con las manos y comerlos crudos, y también homoeróticos, como aquel mencionado por Eurípides en su obra Las Bacantes, donde detalla bailes vigorosos a la luz de la luna y escenas de desnudez y gritos inhumanos ascendiendo sobre los árboles como un sudor del Tártaro.

Las Bacantes de menor rango no participaban de las danza de las ménades, en cambio, se internaban en los bosques en busca de peregrinos incautos, a los que violaban y descuartizaban prolijamente antes de devorarlo. Recordemos que estas festividades eran en honor a Baco, cuyo nombre proviene del indoeuropeo Baksha, literalmente, "devorar".

Pero el secreto de las Bacanales fue traicionado por una mujer enamorada: Hispala de Fecenia.

Según cuenta la leyenda, Hispala estaba enamorada de un agraciado muchacho llamado Publio Aebutio, hijo de una sacerdotiza de Baco. Al enterarse de que el joven sería iniciado por su madre en los misterios menores de la orden, Hispala le reveló el secreto más terrible de las Bacanales, es decir, el asesinato ritual de un hombre.

Atemorizado por la revelación, Publio se negó a asistir a las tertulias, y se puso en contacto con Postumio, un cónsul abiertamente en contra de las Bacanales por considerarlas un nido de intrigas contra la república. Se inició entonces una larga investigación. Los resultados fueron, cuanto menos, inciertos. Pero en el año 186 a.C, tras recibir numerosos informes, el Senado decretó el Senatus consultum de Bacchanalibus, que prohibía las Bacanales en toda la región itálica excepto bajo autorización política.

No obstante los terribles castigos prometidos por la justicia romana, las Bacanales se siguieron celebrando en toda regla; así como sus crímenes rituales y sus orgías majestuosas. Muchas sacerdotizas fueron sentenciadas a muerte por el senado, pero esto no logró disuadir al resto de seguir practicando los misterios; que derivaban en un estado extático, un arrebato divino por el cual se podían mantener relaciones carnales con el propio Baco.

La finalidad de los narcóticos, los alucinógenos, y las interminables horas de danzas frenéticas, tenía por objetivo alcanzar el Entusiasmo, del griego enthousiasmós, que literalmente significa "La entrada de Dios". Mediante este procedimiento las sacerdotizas incorporaban el espíritu divino de Baco, que, entre otros dones, les brindaba a sus devotas un placer erótico sobrenatural.

Poco a poco, las Bacanales fueron desapareciendo, pero no del todo, aún sobreviven en los Carnavales y todas aquellas tertulias en donde el desenfreno es recibido como un regalo celestial.




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