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Eso que vuelve locas a las mujeres

Eso que vuelve locas a las mujeres.


Recientes estudios neurolingüísticos alertan sobre una posibilidad inquietante: eso que vuelve locas a las mujeres, hasta ahora inédito, o mejor dicho, inaudito, ha sido descubierto.

A propósito de esto, el mismísimo Sigmund Freud claudicó al afirmar que:

La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?

(Die große Frage, die ich trotz meines dreißigjährigen Studiums derweiblichen Seele nicht zu beantworten vermag, lautet: Was will eine Frau eigentlich?).

Al parecer, el cableado cerebral opera de formas distintas en hombres y mujeres. Cuando oímos algo, los hombres metabolizamos las palabras de forma abstracta, mientras que las mujeres logran visualizar aquello que se les dice. 

Son capaces, en definitiva, de concretar esas abstracciones en imágenes más o menos elaboradas.

Curiosamente, esta cualidad imaginativa normalmente pasa desapercibida en el momento en el que ocurre, haciendo que las mujeres le asignen un valor determinante a las palabras por encima de sus propias ensoñaciones.

Ahora bien, eso que vuelve locas a las mujeres es, precisamente, que la posibilidad de prescindir de las abstracciones las aleja irremediablemente del discurso masculino.

Podemos pensar que entre las grandes abstracciones (la vida, el universo, el amor) y las palabras existe una brecha insoslayable. En cierta forma, hasta lo objetivo se vuelve abstracto cuando la palabra lo hace propio. Si alguien dice la palabra "silla", su cifra resultará idénticamente proporcional al número de oyentes, que transformarán ese hecho objetivo (la silla) imaginándolo de distintas formas.

En última instancia, es menos importante saber qué es eso que vuelve locas a las mujeres que entender que esa locura es apenas un rapto momentáneo, pasajero, a menudo caprichoso, que les permite acercarse a la esencia de las cosas de una forma más elegante que a través de la elegancia discursiva.

La verdadera locura no es un estado, sino un trance, no siempre pernicioso, del cual nos obligamos constantemente a volver.

Parafraseando a Edgar Allan Poe, tal vez la cordura sea una excepción, y la locura, una regla general:

Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura.
(I became insane, with long intervals of horrible sanity)



Más Egosofía. I Feminología.


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