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Hermafrodito y Salmacis: una historia de amor

Hermafrodito y Salmacis: una historia de amor.

Si la idea de que las almas gemelas existen, es decir, que el verdadero amor es una fusión absoluta entre dos seres, resulta absurda, los mitos griegos no han hecho mucho por refutarla.

Hermafrodito era hijo de Hermes y Afrodita, la diosa del amor, y medio hermano de Eros, el amor personificado. En homenaje a la unión de sus padres resolvió que su nombre debía reverenciarlos, y por eso eligió llamarse Hermafrodito.

No obstante este sincero homenaje al amor, Afrodita no era completamente libre cuando engendró a Hermafrodito. De hecho, estaba casada con Hefestos. Perseguida por la culpa, o por el miedo a que su infidelidad sea descubierta por Zeus, Afrodita abandonó a su hijo y lo dejó a cuidado de unas ninfas en el monte Ida, en Frigia.

Con el correr de los años Hermafrodito creció y se convirtió en un muchacho de gran hermosura. Cierto día, decidió salir de viaje y recorrer el territorio griego. Camino a Caria, en Halicarnaso, el terrible calor del día lo incitó a refrescarse en las aguas de un lago.

Hermafrodito nadó desnudo durante mucho tiempo en compañía de peces y aves cazadoras. Pero sus chapoteos despertaron a Salmacis, una ninfa que además era el espíritu protector del lago. 

La mujer observó al joven y se enamoró, sin preámbulos ni enojosas burocracias. También desnuda ascendió a la superficie con el objetivo de conquistarlo, pero Hermafrodito poseía una belleza tal que lo volvía insensible a los encantos ajenos.

Enfurecida por el rechazo, Salmacis modificó su estrategia una y otra vez, acercándose al muchacho bajo diferentes formas; aunque siempre con el mismo resultado decepcionante. Desesperada, se aferró a las anchas espaldas del joven y lo arrastró hacia las profundidades del lago.

Hermafrodito luchó ferozmente, pero las manos de la ninfa, fortalecidas por el despecho, eran implacables.

El forcejeo duró algunos minutos. La furia de la ninfa quemó su combustible demasiado rápido, mientras que el deseo de vivir del joven aumentaban a cada segundo. Cuando Hermafrodito estuvo a punto de librarse de aquel abrazo letal, Salmacis alzó su voz y le suplicó a los dioses que no la separaran jamás de su amado.

Esta locura posesiva conmmovió a los dioses, que oyeron su ruego desesperado y resolvieron ayudarla. Hermes y Afrodita, unidos por el beso ilícito que resulta fácilmente condenable por la sociedad, se mantuvieron en silencio. No podían hacer nada para salvar a su hijo, ya que de ese modo quedaría revelado el adulterio que los unía.  

Así atestiguaron desdichadamente como el resto de los olímpicos atendían las exigencias de Salmacis.

Sus ansias de posesión fueron concedidas, y los cuerpos Hermafrodito y Salmacis se fundieron de una vez y para siempre en un solo ser, una sola criatura que poseía la cualidad, ventajosa o no, de tener ambos sexos.

Pero aquella unión, acaso como todas las uniones forzadas, terminó en desgracia.

Al unir sus cuerpos, Hermafrodito y Salmacis dejaron de ser dos criaturas. Se convirtieron en una, y como tal necesitaban de un tercero para evacuar las urgencias del deseo. Estaban tan unidos, tan absorbidos uno en el otro, que las caricias y los besos que se daban mutuamente tenían una textura predecible, autorreferencial.

Cansado de recibir estas previsibles demostraciones de afecto, Hermafrodito le solicitó a los dioses que crearan otro ser similar a ellos, ya que unidos de ese modo estaban físicamente incapacitados para amarse. Zeus, tal vez cansado de tantas exigencias, se rehusó, pero en cambio le otorgó a las aguas de aquel lago extrañas propiedades que destrozaban la virilidad de quien se atreviera a bañarse en ellas.

El costado masculino de aquella criatura dual, representado por Hermafrodito, se disolvió lentamente en las aguas corrosivas; acaso como metáfora vil de la masculinidad que se deshace entre amores estrechos y obsesivos, y de la femineidad que se desnaturaliza al convertirse en la sombra posesiva de su amado.

Nadie conoce la ubicación exacta de aquel lago. Los mitos griegos solo conservan la queja oficial de Hermafrodito. Al parecer, Salmacis jamás se arrepintió de su exacerbada posesividad.



Más mitos griegos. I Historias de amor de la mitología griega.


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