«El Demonio de las Nieves»: Ann Radcliffe; poema y análisis.


«El Demonio de las Nieves»: Ann Radcliffe; poema y análisis.




El Demonio de las Nieves (The Snow-Fiend) es un poema gótico de la escritora inglesa Ann Radcliffe (1764-1823), publicado de manera póstuma como apéndice de la novela de 1826: Gastón de Blondeville (Gaston de Blondeville).

El Demonio de las Nieves, uno de los mejores poemas de Ann Radcliffe, transita un camino similar al de Arthur Gordon Pym, no por la Antártida, sino por el Ártico.

Al final de la novela de Edgar Allan Poe: La narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket), el narrador se encuentra en la Antártida con «una figura humana con el rostro velado, de proporciones mucho mayores que cualquier otro habitante de la tierra», cuya piel «era del blanco perfecto de la nieve». Esta colosal figura que se cierne sobre sobre Gordon Pym es la última imagen de la novela, como si fuera la visión de un dios desconocido; un dios que, en su gélido esplendor, enceguece los medios cognitivos de Pym; un dios que no es amor ni misericordia, pero tampoco odio; un dios que es algo más, algo que la mente humana no puede concebir ni comprender. Por eso Edgar Allan Poe no añade ni una sola nota a su aparición [ver: ¡Tekeli-li!: análisis de «La narración de Arthur Gordon Pym»]

El Demonio de las Nieves de Ann Radcliffe roza el mismo concepto, pero en el Ártico, y con una forma similar a la misteriosa figura pálida y velada de Edgar Allan Poe. Sin embargo, ella sí tiene algo más para decir sobre esta criatura.

Este Demonio de las Nieves es tan sólido como el gigante de Pym, e igualmente simbólico. En la época en la que Ann Radcliffe escribió este poema, el Ártico estaba siendo explorado con bastante frecuencia. Curiosamente, muchos exploradores daban una imagen del verano ártico como un tiempo relativamente apacible, con mares en calma y cielos de un azul profundo, pero la idea preconcebida del Norte era de frialdad y oscuridad. La literatura gótica aprovechó estos elementos, como Mary Shelley, que utilizó la inmensidad y el aislamiento ártico como escenario de algunas instancias de Frankenstein. A pesar de los testimonios suavizados de los exploradores, el Gótico fomentó una imagen sombría del Ártico:


Por la niebla de un gris lívido
que se desliza sigilosamente,
desde de los picos helados del Norte
Él surge con majestuosidad resonante;
oscuridad en medio de la maravillosa luz
que fluye sobre la noche boreal.


Estos versos de El Demonio de las Nieves de Ann Radcliffe a menudo acompañaban a los grabados del Ártico publicados en los periódicos de la época como una descripción válida. En este contexto, el Gótico se impuso sobre la descripción naturalista, y el Norte fue retratado invariablemente como vacío y atemporal en su blanca monotonía.

No sabemos exáctamente qué es la figura pálida y velada de Edgar Allan Poe, pero el Demonio de las Nieves de Ann Radcliffe parece ser el enemigo supremo de la civilización, una amenaza constante del frío, como los Jotuns de la mitología nórdica, una criatura que solo puede ser conjurada por el fuego del hogar y una especie de simulación de la alegría. Pero incluso entonces, rodeados de seres queridos en una habitación bien calefaccionada, con música y canciones y baile, podemos escuchar su «voz lejana» que vibra como «un llanto pálido a través del aire desolado».




El Demonio de las Nieves.
The Snow-Fiend, Ann Radcliffe (1764-1823)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Escucha la voz lejana del Demonio de las Nieves
que chilla en el aire turbulento!
A Él lo conozco por esa llamada estridente,
aunque aún invisible, que se siente abajo,
y por la niebla de un gris lívido
que se desliza sigilosamente.
Desde de los picos helados del Norte
surge con majestuosidad resonante;
oscuridad en medio de la maravillosa luz
que fluye sobre la noche boreal.
Un llanto pálido a través del aire desolado
por donde ha pasado su coche sin ser visto;
y vela las formas espectrales, su séquito,
que espera su vengativo reinado.
La Enfermedad y la Necesidad y el Miedo estremecedor,
el Peligro y la Aflicción y la Muerte están allí.
Alrededor de su cabeza por siempre delira
un torbellino frío de olas brumosas.
Pero en esa confusión, a menudo,
se deja ver su rostro agudo y blanco;
aparecen sus ojos salvajes y su mirada pálida
bajo un casco de hielo;
un penacho de nieve ondea sobre la cresta,
y alas gélidas revisten su forma.
En lo alto lleva una varita congelada;
el rayo de hielo tiembla en su mano;
y siempre, cuando cabalga sobre el mar,
el iceberg es su trono.
Mientras, feroz, conduce su camino distante,
los agentes remotos obedecen su llamada,
desde la costa de Groenlandia
hasta Terranova y Labrador;
sobre mares sólidos donde nada se observa
para marcar una diferencia con la tierra,
y solo el sonido anuncia
la desolación de su reinado;
los gemidos quejumbrosos y profundos,
y el salvaje aullido del furioso barrido
donde quiera que se mueva, alguna nota de aflicción
proclama la presencia del enemigo;
mientras él, implacable, arroja a su alrededor
la lluvia blanca de sus alas.
¡Escucha! Es su voz: escucho su llamada
y estremeciéndome busco el fuego del hogar.
¡Oh, habla de alegrías! ¡Oh, levanta la canción!
¡No escuchéis a los demonios
que se aglomeran a su alrededor!
Habla de habitaciones con cortinas y de fogatas,
pide a la fantasía que trabaje su hechizo
que envuelve en maravilla y deleite,
que hace bailar a los cortesanos en las glorietas de verano
a través de la larga y tempestuosa noche de diciembre;
y la víspera de julio su rico resplandor derrama
sobre la corona de canas que ciega su cabeza;
o caballeros empeñados en extrañas aventuras,
o damas enviadas a la servidumbre;
cualquier alegría puede sustituir a los problemas reales.
Entonces deja que la tormenta de invierno cante,
y su triste velo arroje al Demonio de las Nieves,
aunque los lamentos estén en el viento,
no alcanzan la mente en trance;
¡ni la forma turbia, ni el sonido lúgubre
pueden traspasar el límite alto y encantado!


Hark! to the Snow-Fiend's voice afar
That shrieks upon the troubled air!
Him by that shrilly call I know,
Though yet unseen, infelt below,
And by the mist of livid grey,
That steals upon his onward way.
He from the ice-peaks of the North
In sounding majesty comes forth;
Dark amidst the wondrous light;
That streams o'er all the notheron night.
A wan rime through the airy waste
Marks where unseen his car has past;
And veils the spectre-shapes, his train,
That wait upon his vengeful reign.
Disease and Want and shuddering Fear
Danger and Woe and Death are there.
Around his head for ever raves
a whirlwind cold of misty waves.
But oft, the parting surge between,
His visage, keen and white, is seen;
His savage eye and paly glare
Beneath a helm of icy appear;
A snowy plume waves o'er the crest,
And wings of snow his form invest.
Aloft he bears a frozen wand;
The ice-bolt trembles in his hand;
And ever, when on sea he rides,
An iceberg for his throne provides.
As, fierce, he drives his distant way,
Agents remote his call obey,
From half-known Greenland's snow-pilled shore
To Newfoundland and Labrador;
O'er solid seas, where nought is scanned
To mark a difference from land,
And sound itself does but explain
The desolation of his reign;
The moaning querulous and deep,
And the wild howl's infuriste sweep
Where'er he moves, some note of woe
Proclaims the presence of the foe;
While he, ralentless, round him flings
The white shower from his fisky wings.
Har! 'tis his voice: I shin his call,
And shiddering seek the blazing hall.
O! speak of mirth; O! raise the song!
Hear not the fiends, that round him throng!
Of curtained rooms and firesides tell,
Bid Fancy work her genial spell,
That wraps in marvel and delight
December's long tempestuous night;
Makes courtly groups in summer bowers
Dance through pale Winter's midnight hours;
And July's eve its rich glow shed
On the hoar wreath, that blinds his head;
Or knights on strange adventure bent,
Or ladies into thraldom sent;
Whatever gaiety ideal
Can substitute for troubles real.
Then let the storm of Winter sing,
And his sad veil the Snow-Fiend fling,
Though wailing lays are in the wind,
They reach not the 'tranced mind;
Nor murky form, nor dismal sound
May pass the high, enchanted bound!


Ann Radcliffe
(1764-1823)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Ann Radcliffe.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ann Radcliffe: El Demonio de las Nieves (The Snow-Fiend), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Un poema interesante.



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