«El amante de Porfiria»: Robert Browning; poema y análisis.


«El amante de Porfiria»: Robert Browning; poema y análisis.




El amante de Porfiria (Porphyria's Lover) es un poema gótico del escritor inglés Robert Browning (1812-1889), publicado originalmente en la edición de enero de 1836 del periódico Monthly Repository, y luego reeditado en la antología de 1842: Líricas dramáticas (Dramatic Lyrics), con el título: Celdas de manicomio (Madhouse Cells) El poema no recibió su título definitivo hasta 1863.

El amante de Porfiria, uno de los mejores poemas de Robert Browning, es una de las primeras piezas de este autor en examinar una mente perturbada. Aquí, un hombre [el Narrador] estrangula a su amante, Porfiria, con su propio cabello, y luego permanece junto a su cadáver. Al parecer, Robert Browning se inspiró en un artículo sobre un caso real publicado en la revista Blackwood's Magazine, titulado Extractos del diario de Gosschen (Extracts from Gosschen's Diary), pero añadió un detalle macabro: después del crimen, el asesino permanece toda la noche con el cuerpo de la víctima [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Robert Browning suele utilizar narradores perturbados en sus poemas, pero con un componente de lucidez que le permite al lector identificarse con su conjunto de circunstancias. Tanto en El amante de Porfiria como en Mi duquesa muerta (My Last Duchess), Robert Browning usa esta combinación de factores para describir a un hombre que responde al amor de una hermosa mujer, matándola.

Robert Browning poseía una intuición natural para imaginar el comportamiento de esta clase de asesinos. Por ejemplo, en Mi duquesa muerta el duque asesina a su esposa por celos, pero guarda un retrato que le permite seguir contemplando la sonrisa de su amada. En El amante de Porfiria no hay ningún souvenir macabro, pero sí un narrador que desea detener el tiempo en un instante perfecto, por lo que mata a su amante y se sienta toda la noche abrazando su cuerpo sin vida.

Todo esto es suficiente para darle a El amante de Porfiria su justificada reputación siniestra, sin embargo, Robert Browning da un paso más allá, porque el asesino de Porfiria está convencido de que la mujer deseaba ser asesinada; de hecho, afirma que ella «no sintió dolor» mientras la estrangulaba; y agrega, como para convencerse a sí mismo, «estoy bastante seguro de que no sintió dolor». Incluso parece creer que ella disfrutó ser asesinada porque él, su amante, fue el asesino.

En este punto, estimado lector de El Espejo Gótico, las cosas se ponen todavía peores: el asesino observa la cabeza sin vida de Porfiria, recostada sobre su hombro, y su deseo por ella se enciende. Describe su «pequeño rostro rosado», no para dar la impresión de que sigue viva, sino porque la sangre regresa a su rostro después del estrangulamiento.

El amante de Porfiria de Robert Browning plantea varios enigmas. Uno de ellos es la naturaleza de la relación entre el Narrador y Porfiria. ¿Acaso son amantes o esto forma parte de la fantasía del narrador? Ni siquiera podemos estar seguros de que el asesino sea un hombre; y, en el caso de serlo, Porfiria bien podría su madre o su hermana. Algunos incluso especulan que el narrador es impotente o de alguna manera discapacitado, alguien incapaz de satrisfacer a Porfiria. Hay evidencia textual para apoyar esta interpretación: el narrador nunca se mueve, solo se sienta pasivamente en una habitación fría y oscura, escuchando tristemente la tormenta hasta que Porfiria llega a través del «viento y la lluvia» y enciende un fuego. Finalmente, ella se sienta a su lado, lo llama por su nombre, coloca su brazo alrededor de su cintura y pone su cabeza sobre su hombro [ella tiene que agacharse para hacer todo esto]. A mitad del poema, el Narrador estrangula a Porfiria con su propio cabello, atrayendo su cuerpo contra el suyo, como si estuviera limitado en sus movimientos.

A la luz de la aparente inmovilidad del Narrador, incluso de una posible enfermedad o discapacidad, es lícito tomar la palabra «porfiria» no como el nombre de una mujer, sino literalmente, como la enfermedad. La porfiria, que habitualmente llegaba a una fase de locura y muerte en la era victoriana, fue clasificada varios años antes del poema. Robert Browning tenía un ávido interés en tales patologías, y no era infrecuente que las utilizara para darle un contexto más profundo y verosímil a sus narradores.

La línea final de El amante de Porfiria es estremecedora por varias razones. Luego del encuentro, el asesinato, la permanencia del asesino junto al cuerpo de la víctima, el Narrador comenta: «¡Y, sin embargo, Dios no ha dicho una palabra!». Algunos suponen que el Narrador busca el perdón divino, otros que Dios no ha dicho nada porque está satisfecho con sus acciones, pero yo creo que Robert Browning está cuestionando a Dios; no su existencia, sino su inacción. Es menos inquietante que Dios no exista, que sea una construcción falaz, un invento o una fantasía, a que realmente existiera mientras la vida de Porfiria era arrebatada lentamente, causándole un sufrimiento inimaginable. Que Dios esté sentado en su trono, sin decir nada, mientras suceden cosas tan horribles que ni siquiera podemos concebirlas en toda su magnitud, es considerablemente peor que su no-existencia.

Por supuesto, se puede acusar a Robert Browning de emplear la violencia como herramienta estética, pero esto solo es justificable como crítica superficial. La intención del autor es explorar la mente humana, sus pasiones, y nadie puede objetar que la violencia es una de las principales motivaciones del ser humano. El amante de Porfiria refleja esta búsqueda. Es, en definitiva, un poema de amor, solo que que de su costado más destructivo.

El poema culmina en esta especie de nirvana en el que el homicida y su víctima se funden entre sí; pero toda la escena está rodeada por la furia de la naturaleza, que marca su presencia desde el comienzo de El amante de Porfiria, quizás sugiriendo que hay otras fuerzas opuestas al amor operando en el mundo. Mientras Porfiria se desliza delicadamente para encontrarse con su amante, las fuerzas de la naturaleza se enfurecen. Robert Browning tal vez deseaba transmitir que el amor entre Porfiria y el Narrador se vio ensombrecido y obligado a cambiar de dirección debido a la influencia de estas otras fuerzas.

Las frustraciones sentimentales del Narrador desatan una respuesta violenta hacia Porfiria. Pero Robert Browning no emplea la violencia por la violencia misma, sino como una herramienta para exponer la moralidad contradictoria de su sociedad. En un ambiente doméstico, tranquilo, confinado, hierven ardientes perversiones; y cuando estas se desencadenan en una furia homicida no hay una condena social posterior, ni siquiera una acusación divina, sino la perturbadora sensación de un deber cumplido. El asesino de Porfiria permanece junto al cuerpo de su víctima sin sufrir ninguna consecuencia. Ni siquiera la mano de Dios actúa para castigarlo.

La comisión del asesinato le parece al Narrador algo tan puro y perfecto que Dios ni siquiera puede intervenir. La mano del juicio divino se aleja del asesino, lo cual puede parecer algo problemático para el lector ya que existe una tensión entre la simpatía y el rechazo no solo en relación con el Narrador, sino con el sujeto del que habla: la silenciada Porfiria. El titulo original de este poema de Robert Browning: Celdas de manicomio (Madhouse Cells), sugiere que todo esto es la confesión de un demente en un manicomio, tal vez a un sacerdote o a un psiquiatra. El cambio de título colabora para expandir las posibilidades del poema, pero lo cierto es que ni siquiera en este contexto, donde sabemos que el Narrador está encerrado [y no todavía abrazado al cadáver en descomposición de Porfiria], podemos estar seguros si este demente realmente ha cometido un asesinato o está reviviendo una fantasía.

La mayoría seguramente estará de acuerdo que El amante de Porfiria se trata de un encuentro clandestino entre dos amantes, real o imaginario, transgresor en términos de las costumbres sexuales y códigos de conducta victorianos, que de repente da un giro inesperado y termina con el asesinato de la mujer. Quizás podamos encontrar un par de pistas interesantes en otros dos poemas de Robert Browning: Encuentro nocturno (Meeting at Night) y Partida al amanecer (Parting at Morning), los cuales también celebran un amor manifiestamente físico, clandestino, y consumado fuera de los límites de la vida social ordinaria.

El amante de Porfiria abre en una atmósfera de perturbación física. El Narrador se siente «con el corazón a punto de romperse», lo cual se proyecta sobre el mundo natural, evocando una naturaleza cuya que parece inoportuna [la lluvia es temprana, el viento despierta pronto] y violenta [«agitaba el lago», «desgarraba la copa de los olmos»]. En Encuentro nocturno, en cambio, «el mar gris» y «la arena fangosa» que recibe la «proa que empuja» fundamentan el encuentro clandestino de los amantes, al anochecer, en un sentido penetrante de la naturalidad del placer físico. Tal sentido está presente en El amante de Porfiria solo por implicación, como norma. El estado de ánimo autocomplaciente del Narrador, incluso arrogante, se expresa en su romántica voluntad de poder. El escenario celebra aún más el discurso del romanticismo al proporcionar un espacio gótico dentro del cual se desarrollará el enfrentamiento entre la naturaleza [y lo natural] y la sociedad. El énfasis del Narrador en el aislamiento de su cabaña sugiere que es un lugar idóneo para un encuentro clandestino, libre de miradas indiscretas; sin embargo, este entorno aparentemente protegido termina siendo un factor indispensable para que el crimen pueda cometerse sin represalias, continuando el encuentro de los cuerpos de forma macabra, incluso después de la muerte de Porfiria. El Narrador sostiene en sus brazos el cuerpo de la mujer como un tierno amante, pero esa actitud no cambia cuando se convierte en un abrazo psicópata, sosteniendo el cadáver de Porfiria. Poco antes, cuando el encuentro de los cuerpos vivos estuvo punto de volver «impura» a la virginal Porfiria, el Narrador comete el crimen, infantilizando para siempre a su víctima con su «pequeño cuello» y su «pequeña cabecita rosada». Ahora, en su pasiva aceptación de muñeca, el Narrador puede celebrar la eterna virginidad de Porfiria.




El amante de Porfiria.
Porphyria's Lover, Robert Browning (1812-1889)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La lluvia se desató temprano esta noche,
el áspero viento pronto despertó,
airado desgarraba las copas de los olmos,
y agitaba el lago con todo su furor:
con el corazón a punto de romperse, escuché
cuando Porfiria entró silenciosamente, y sin demora
dejó afuera el frío y la tormenta, atizando
de rodillas el fuego del hogar,
entibiando rápidamente la estancia;
al terminar se incorporó y se quitó
la capa y el chal empapados,
dejó sus guantes sucios a un costado,
desató su sombrero, soltando el cabello húmedo,
y, por último, se sentó junto a mí
y pronunció mi nombre. Ante mi silencio,
rodeó su cintura con mi brazo,
descubrió su blanco y suave hombro,
despejándolo de su rubia cabellera,
y se inclinó para que en él descansara mi mejilla,
me cubrió con su rubia cabellera,
susurrando lo mucho que me amaba —ella,
demasiado débil, pese a los esfuerzos de su corazón,
por liberar del orgullo su pasión agobiante
y romper los lazos más frívolos
y entregarse para siempre a mí.
Pero a veces la pasión prevalecía,
y la alegre fiesta de esta noche no podía detener
un súbito pensamiento de alguien enloquecido
de amor por ella, y todo en vano;
Así apareció ella, a través del viento y de la lluvia.
Créanme que alcé mi vista, mirándola a los ojos,
orgulloso y feliz; y por fin supe
que Porfiria me adoraba; la sorpresa
inflamaba mi corazón, y aún crecía
mientras pensaba qué hacer.
En ese momento era mía, mía, hermosa,
del todo pura y buena; entonces supe
qué debía hacer: y retorcí su largo cabello,
de larga y dorada trenza,
tres veces alrededor del delicado cuello,
y así la estrangulé. No sintió dolor alguno;
estoy seguro de que no sintió dolor.
Cauto, abrí sus párpados, como un capullo cerrado
que esconde una abeja: de nuevo
rieron sus ojos de un azul puro.
Y luego desaté la trenza
de su cuello; su mejilla, una vez más,
se encendió bajo mi beso ardiente:
esta vez fue mi hombro en el que la cabeza inmóvil reposó,
apoyada sobre él;
el pequeño rostro rosado y sonriente,
tan feliz de alcanzar su supremo deseo:
que todo aquello que desdeñaba se esfumara de repente,
¡y que yo, su amor, triunfara en su lugar!
El amor de Porfiria: ella nunca supo
hasta dónde sería escuchado
el preciado deseo.
Y así ahora descansamos juntos, sentados,
en toda la noche no nos hemos movido,
¡Y, sin embargo, Dios no ha dicho una palabra!


The rain set early in to-night,
The sullen wind was soon awake,
It tore the elm-tops down for spite,
And did its worst to vex the lake:
I listened with heart fit to break.
When glided in Porphyria; straight
She shut the cold out and the storm,
And kneeled and made the cheerless grate Blaze up, and all the cottage warm;
Which done, she rose, and from her form
Withdrew the dripping cloak and shawl,
And laid her soiled gloves by, untied
Her hat and let the damp hair fall,
And, last, she sat down by my side
And called me. When no voice replied,
She put my arm about her waist,
And made her smooth white shoulder bare
And all her yellow hair displaced,
And, stooping, made my cheek lie there,
And spread, o'er all, her yellow hair,
Murmuring how she loved me – she
Too weak, for all her heart's endeavour,
To set its struggling passion free
From pride, and vainer ties dissever,
And give herself to me forever.
But passion sometimes would prevail,
Nor could to-night's gay feast restrain
A sudden thought of one so pale
For love of her, and all in vain:
So, she was come through wind and rain
Be sure I looked up at her eyes
Happy and proud; at last I knew
Porphyria worshiped me; surprise
Made my heart swell, and still it grew
While I debated what to do.
That moment she was mine, mine, fair,
Perfectly pure and good: I found
A thing to do, and all her hair
In one long yellow string I wound
Three times her little throat around,
And strangled her. No pain felt she;
I am quite sure she felt no pain.
As a shut bud that holds a bee,
I warily oped her lids: again
Laughed the blue eyes without a stain.
And I untightened next the tress
About her neck; her cheek once more
Blushed bright beneath my burning kiss:
I propped her head up as before,
Only, this time my shoulder bore
Her head, which droops upon it still:
The smiling rosy little head,
So glad it has its utmost will,
That all it scorned at once is fled,
And I, its love, am gained instead!
Porphyria's love: she guessed not how
Her darling one wish would be heard.
And thus we sit together now,
And all night long we have not stirred,
And yet God has not said a word!


Robert Browning
(1812-1889)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Robert Browning.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Robert Browning: El amante de Porfiria (Porphyria's Lover), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Daniel Milano dijo...

Mi modesto parecer: el narrador es un loco -o un poeta nublado por sus obsesiones- que en un 'impasse' de la razón estrangula a su amada (bellísimo el detalle del cabello como arma homicia). La furiosa evolución de la tormenta sería la expresión violenta del desacuerdo de Dios, contenido por la camisa de once... ¡de once mil varas! de su divino decreto de libre albedrío, decreto que si decidiera revocar... ¡Ay, si decidiera revocar su decreto! ¡Sería entonces el colérico jinete del caballo blanco del Apocslipsis! ¡Sería la efusión de sangre soñada por San Juan en Patmos!



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