Es difícil imaginarlo, pero no todas las historias de amor terminan mal, incluso hay algunas que no terminan en absoluto.
Ayer, después de luchar en vano con páginas que se niegan a reflejar lo que deseo, salí a caminar. Usualmente, estos paseos son acompañados por lecturas en el parque, pero la tarde estaba lluviosa y no quise arriesgar mis ya maltratados manuscritos. Me senté en un bar, y cuando la lluvia perdió de a poco su vigor, me encaminé hacia el cementerio. Debo aclarar que cerca de mi casa, tal vez demasiado cerca, se encuentra uno de los cementerios más cosmopolitas de Buenos Aires. Enumerar las divisiones y laberintos de esta necrópolis multicultural no viene al caso, sólo diré que fui hasta el cementerio británico, donde siempre es grato perderse entre lápidas talladas en gaélico y anglosajón.
Así fue que me topé con un nicho que rápidamente me llamó la atención. En la puerta estaban las fotos de rigor, revelando los rostros de sus moradores en la juventud, y no en la decrépita vejez, como suele suceder tan a menudo. Sobre el marco de la puerta enrejada había una placa de bronce, con un poema en gaélico del que sólo pude comprender el título. Debajo de los versos había unas iniciales: M.E.C.
Hoy por la mañana hice una escrupulosa revisión de poemas en la biblioteca Fernández Moreno (¡Gracias por la paciencia Mariela!) y descubrí que el poema pertenece a una dama que ya nos acompaña en el Espejo Gótico: Mary Elizabeth Coleridge.
Fui otra vez hasta el cementerio, no para regodearme en la vanidad que provoca la resolución de un enigma, sino para ver los rostros de aquellas dos personas que fueron capaces de amarse hasta el último día, permitiendo que quienes nos vemos privados de toda felicidad podamos sonreír pensando que algunas historias nunca terminan.
Nunca dijimos adiós, ni siquiera
Nos regalamos una última mirada,
No hubo signos en la cadena helada
Cuando fue rota, cuando desatados descendimos.
Y aquí descansamos juntos, eternamente, lado a lado;
Nuestro hogar fijado de por vida sobre el mármol.
Dos islas que los rugientes océanos
Ya no podrán separar.
Más Poemas de Amor. I Poemas de la Muerte. I Poemas de Mary Coleridge.
Ayer, después de luchar en vano con páginas que se niegan a reflejar lo que deseo, salí a caminar. Usualmente, estos paseos son acompañados por lecturas en el parque, pero la tarde estaba lluviosa y no quise arriesgar mis ya maltratados manuscritos. Me senté en un bar, y cuando la lluvia perdió de a poco su vigor, me encaminé hacia el cementerio. Debo aclarar que cerca de mi casa, tal vez demasiado cerca, se encuentra uno de los cementerios más cosmopolitas de Buenos Aires. Enumerar las divisiones y laberintos de esta necrópolis multicultural no viene al caso, sólo diré que fui hasta el cementerio británico, donde siempre es grato perderse entre lápidas talladas en gaélico y anglosajón.
Así fue que me topé con un nicho que rápidamente me llamó la atención. En la puerta estaban las fotos de rigor, revelando los rostros de sus moradores en la juventud, y no en la decrépita vejez, como suele suceder tan a menudo. Sobre el marco de la puerta enrejada había una placa de bronce, con un poema en gaélico del que sólo pude comprender el título. Debajo de los versos había unas iniciales: M.E.C.
Hoy por la mañana hice una escrupulosa revisión de poemas en la biblioteca Fernández Moreno (¡Gracias por la paciencia Mariela!) y descubrí que el poema pertenece a una dama que ya nos acompaña en el Espejo Gótico: Mary Elizabeth Coleridge.
Fui otra vez hasta el cementerio, no para regodearme en la vanidad que provoca la resolución de un enigma, sino para ver los rostros de aquellas dos personas que fueron capaces de amarse hasta el último día, permitiendo que quienes nos vemos privados de toda felicidad podamos sonreír pensando que algunas historias nunca terminan.
Nunca dijimos Adiós.
Mary Elizabeth Coleridge.
Mary Elizabeth Coleridge.
Nunca dijimos adiós, ni siquiera
Nos regalamos una última mirada,
No hubo signos en la cadena helada
Cuando fue rota, cuando desatados descendimos.
Y aquí descansamos juntos, eternamente, lado a lado;
Nuestro hogar fijado de por vida sobre el mármol.
Dos islas que los rugientes océanos
Ya no podrán separar.
Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)
Más Poemas de Amor. I Poemas de la Muerte. I Poemas de Mary Coleridge.
Más Poemas:
- Poemas del romanticismo.
- Poesía Gótica.
- Poesía Vampírica.
- Poesía victoriana.
- Poesía medieval.
- Poemas de soledad.
- Poesía mitológica.
- Poemas Tristes.
- Poemas de dolor.
- Poemas de Hadas.
- Poemas de la noche.
- Poemas de Fantasmas.
- Poemas en Latín.
El poema de Mary Elizabeth Coleridge: We Never Said Farewell; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com














1 comentarios:
Querido Aelfwine:
Pienso que si el amor entre dos personas es verdadero, es eterno hasta más allá de la muerte, ni ella puede separar ese profundo sentimiento que dos personas que se aman con todo ese fuego y pasión, puede interrumpirlo. Por siempre, hasta la eternidad, en el otro mundo, el amor vencerá, se reencontrará, tarde o temprano, en el paraíso, esperando a su amado o amada, según sea el caso. Siempre juntos , hasta más allá de la pálida muerte.......... Un abrazo.. tu amiga Lady Girl..
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