El noble Roland: Robert Browning

La Verdadera Torre Oscura.

Este es, posiblemente, el poema más oscuro de Robert Browning. Claro que su oscuridad no reside en los versos, ya que la claridad del poeta es maravillosa, sino en el conjunto total del poema; del cual se han elaborado miles y a veces absurdas hipótesis.

El título completo del poema ya plantea una dificultad: Childe Roland to the dark tower came, no significa “el niño Roland a la torre oscura llegó”, sino “El Noble Roland a la torre oscura llegó. La palabra Childe es un vocablo anglosajón arcaico, y simplemente designa un título de nobleza. Curiosamente, el extraño y encantador título del poema está sacado de una balada perdida de Shakespeare, y su trama se desarrolla en una onírica edad media, más ligada a los libros de caballería que a la rigurosa verdad de este enigmático período histórico.

Algunos han querido ver en La Torre Oscura una analogía con ciertos procesos del estudio de la medicina, fundamentalmente con la vivisección de animales vivos, aunque la verdad es que nadie logra ponerse de acuerdo sobre casi ningún pasaje de la Torre Oscura. Supongo que esto es una de las cosas que convierten a este poema en una experiencia particularmente deseable; ya que el verso es de una claridad diáfana y sin embargo el sentido central del poema permanece en las penumbras.

Las Dos Torres.

Es imposible no hablar de la enorme similitud entre esta Torre Oscura de Browning, y la otra, la imaginada por J.R.R.Tolkien, hogar del azote de la Tierra Media, Sauron.

Los parecidos son evidentes ya que ambas Torres son iguales en su descripción, y el camino que conduce hacia ellas es prácticamente el mismo: largas extensiones de tierras yermas, seguidas por marjales y putrefactas ciénagas, áridas y humeantes montañas rodeando todo aquel paisaje siniestro; y los viajeros claro: Roland y Frodo.

Tolkien, como cualquier otro amante de la buena literatura, conoció este poema de Robert Browning, aunque no tengo referencias sobre si alguna vez comentó sobre las analogías entre las dos Torres Oscuras. Con esto no pretendo afirmar nada concluyente, sino dar cuenta de una similitud que los fundamentalistas de Tolkien han pasado prudentemente por alto; cosa bastante natural, ya que cualquiera que lea 7.356 veces el mismo texto tiende a pensar que la literatura comienza y termina con ese autor. Esto lo digo por experiencia propia, ya que después de la lectura 7.356 de la Ainulindale o de la Guerra de las Joyas, llegué a pensar que Tolkien era poco menos que mi dios personal.

En cuanto a sus protagonistas, es de caballeros admitir que no se parecen demasiado: Frodo emprende el viaje a Mordor muy a pesar suyo, pero Roland vive para su interminable búsqueda de la temible, y a la vez anhelada, Torre Oscura.

Nuestro inevitable comentario subjetivo.

El Noble Roland a la Torre Oscura Llegó, El Cuervo, de Edgar Allan Poe, y La Melodía de las Siete Torres, de William Morris, son la trilogía por excelencia de la poesía gótica, y la cima expresiva de este género. Todos los intentos posteriores son pálidos tartamudeos de principiante al lado de estas obras fundamentales.

Nosotros, como siempre, nos hemos comprometido a vertir nuestra opinión, la cual está saludablemente saturada con nuestros gustos y caprichos. Cualquier intento por parte del lector beligerante de hacernos caer en un estéril debate está condenado al fracaso, y cualquiera que opine que este poema no pertenece a la elite de la poesía universal, será inmediatamente condenado, por nuestro selecto tribunal estético, por el crimen de mal gusto manifiesto, y sentenciado a la pena de tres años de lectura intensiva de textos que se desarrollen fuera de la Tierra Media.

Advertencia al lector curioso.

Más que una advertencia es una sugerencia: el poema es complicado, ya que Robert Browning tenía una imaginación que se llevaba mejor con la prosa que con el verso; por lo que muchas convenciones clásicas de la poesía son despreciadas e ignoradas por el poeta. Él cuenta una historia, y usa a la poesía para narrar esa historia; razón por la cual, en ocasiones el relato le gana la pulseada al verso, y las situaciones se suceden de manera un tanto extraña. De todos modos, una vez que nos acostumbramos a su estilo, La Torre Oscura es un paseo realmente fantástico.

Lo que sugerimos es lo siguiente: impriman o copien el poema, y lean lentamente, como si se tratase de un relato breve. Les prometo que vale la pena.

Para aquellos que necesiten pruebas contundentes de lo valioso que es este poema; vean que maravilloso fragmento, en el cual Roland se alza ante las Puertas de la Torre Oscura, rodeado por los espectros de los guerreros muertos, y exclama:

Ahí se encontraban, alineados a lo largo de las faldas de las colinas, reunidos
Para verme por última vez, un marco viviente
¡Para un cuadro más! En un lienzo en llamas
Les vi y les reconocí a todos. Y sin embargo,
Impávido, llevé a mis labios el cuerno,
Y toqué. "El noble Roland ha llegado a la Torre Oscura".

La última palabra es del Poeta.

Cierta vez, un lector osado le preguntó a Robert Browning sobre el significado oculto del poema; tal vez la respuesta del poeta los estimule más que mi incongruente exordio a recorrer los lóbregos pasadizos de la Torre Oscura:

...Lo escribí hace tiempo. Cuando lo hice, Dios y yo sabíamos lo que significaba. Ahora, sólo Dios lo sabe...

Childe Roland to the dark tower came.
El Noble Roland a la Torre Oscura llegó.

I.
Mi primer pensamiento fue que él mentía con cada palabra,
Aquel anciano decrépito, con ojos maliciosos
observando con astucia el efecto de su mentira
en los míos, y la boca que apenas disimulaba
el júbilo, que deformaba sus labios,
por haber atrapado otra víctima.

II.
¿Para qué no estaba él dispuesto con su cayado?
¿Para qué, salvo para acechar con sus engaños, para confundir
a todo viajero que lo encontrase allí sentado
y preguntase el camino? Conjeturé qué risa cadavérica
brotaría, qué falacias escribiría en mi epitafio
como pasatiempo en la polvorienta calzada.

III.
Si por su consejo yo girase
Hacia aquella ominosa región en la que, como todos saben,
se esconde la Torre Oscura. Aun así, aceptándolo,
torcí hacia donde él señalaba: no por vanidad,
ni por la esperanza en el final señalado,
sino por la alegría de que existiese algún final.

IV.
Porque, a pesar de mis andanzas por toda la tierra,
a pesar de mi camino que se alargaba en penosos años, mi esperanza
era un fantasma nunca dispuesto ante
ese turbulento regocijo que brindaría el éxito,
apenas podía intentar reprimir la emoción
que sintió mi alma, al hallar un fallo en su aptitud.

V.
Al igual que un enfermo que se acerca a su muerte,
parece efectivamente muerto, y empiezan las sensaciones y concluyen
las lágrimas y recibe el adiós de cada amigo,
y oye a uno proponer a otro marchar, para respirar
libremente en el exterior, ("puesto que todo ha terminado," dijo él,
"Y ningún lamento puede compensar la desgracia").

VI.
Mientras unos discuten si cerca de otras tumbas
habrá espacio suficiente para él, y qué momento del día
es el mejor para trasladar el cadáver,
poniendo empeño en los estandartes y pañuelos:
el enfermo aún lo oye todo, y solamente anhela
no deshonrar tan tierno amor, y permanecer.

VII.
Así, he sufrido tanto en esta lúgubre búsqueda,
He oído el fracaso tan a menudo anunciado, he sido incluido
tantas veces en "El Grupo"- a saber,
Los caballeros que al sendero de la Torre Oscura encaminaron
sus pasos- que el sólo fallar como ellos parecía un triunfo,
Y toda la duda ahora era- ¿sería digno?

VIII.
Así, en silenciosa amargura, me alejé de él,
De aquel odioso anciano, fuera de su camino,
Hacia el sendero que él señalaba. Todo el día
había sido tranquilo a lo sumo, y turbio
se volvía hacia el final, y aún soltó una tétrica
mirada roja y obscena para ver al llano atrapar al distraído caminante.

IX.
¡Por la marca! Apenas me hube
internado en la planicie, tras un paso o dos,
Al detenerme para echar una última mirada atrás,
hacia el seguro camino, éste había desaparecido; gris llanura por todas partes:
Nada salvo planicie hasta el fin del horizonte.
Debía seguir; no había más que hacer.

X.
Así continué. Creo que nunca antes vi
tan yerma e impura naturaleza; nada prosperaba:
Por flores- se podía esperar una arboleda de cedros!
Pero la gramínea, el tártago podía, de acuerdo con su ley,
Propagar su especie, sin nada que temer,
Pensarías que uno cardo habría sido una joya invaluable.

XI.
¡No! Penuria, pereza y llanto,
De alguna extraña manera, eran parte de la tierra. "Mira
o cierra tus ojos," dijo Natura con mal talante,
"Nada instruye, mi caso no tiene remedio;
Es el fuego del Juicio quien debe sanar este sitio,
calcinar sus suelos y liberar a mis prisioneros."

XII.
Si algún rasgado tallo de cardo se elevara
Sobre sus compañeros, le cortaban la cabeza, los torcidos
Sentían celos sino. ¿Qué hizo esos agujeros y rasgaduras
en las ásperas hojas de hierba del muelle, golpeadas como para impedir
¿Toda esperanza de verdor? Existe alguna bestia que debe andar
destrozando sus vidas, con bestiales intentos.

XIII.
En cuanto a la hierba, crecía tan exigua como el cabello
en el leproso; delgadas hojas secas se alzaban en el lodo,
Que por debajo parecía hecho de sangre.
Un yerto caballo ciego, con cada hueso visible,
permanecía estupefacto sobre cómo llegó allí,
Expulsado de su anterior servicio en el establo del diablo.

XIV.
¿Vivo? Por lo que a mí concierne él podría estar muerto,
con aquella roja delgadez y el cuello hundido por el esfuerzo,
y los ojos cerrados bajo la pútrida crin;
Raramente tal monstruosidad iba de la mano con semejante tristeza;
Nunca vi una bestia a la que odiase tanto;
Debía ser perversa para merecer tanto dolor.

XV.
Cerré mis ojos y los volví hacia mi corazón.
Como un hombre pide vino antes de luchar,
clamé un sorbo de anteriores y más felices escenas
esperando así cumplir bien mi cometido.
Piensa primero, pelea después- el arte del soldado:
Un saborear el pasado lo pone todo en orden.

XVI.
¡Eso no! Imaginé el enrojecido rostro de Cuthbert
Bajo el adorno de sus dorados rizos,
Querido amigo, hasta que casi pude sentirlo rodear
su brazo con el mío para llevarme hacia el lugar,
Como él solía hacerlo. ¡Ay! ¡La desgracia de una noche!
Se apagó el nuevo fuego de mi corazón y lo dejó frío.

XVII.
Luego a Giles, el espíritu del honor- ahí se yergue él,
Leal como hace diez años recién armado caballero,
a lo que cualquier hombre honrado se atreviera (dijo él) él se atrevió.
Bien -pero la escena cambia - ¿Qué manos patibularias
Clavarían un pergamino sobre su pecho? Sus propias manos
lo leyeron. ¡Pobre traidor, escupió y maldijo!

XVIII.
Es preferible este presente que un pasado así;
¡De vuelta hacia mi oscuro sendero otra vez!
Ningún sonido, nada se ve hasta donde alcanza la vista.
¿Enviará la noche una lechuza o un murciélago?
Pregunté, cuando algo en la lóbrega llanura
Vino a interrumpir mis pensamientos y cambiar su curso.

XIX.
Un repentino arroyo se atravesó en mi camino,
Tan inesperado como la aparición de una serpiente.
Corriente tumultuosa, discordante con las tinieblas;
Ésta, tal como espumeaba, bien podría haber sido un baño
para la ardiente garra del demonio- al contemplar la ira
de su negro remolino salpicado de escamas y espuma.

XX.
¡Tan insignificante, y aún así tan malévolo! A todo lo largo,
Los bajos y esmirriados alisos se arrodillaban ante él,
Los empapados sauces se arrojaban a sí mismos de cabeza en un arranque
de silenciosa desesperación; un suicidio en masa:
El río que les había hecho tanto mal,
Lo que quiera que ello fuese, se iba rodando, sin dejarse persuadir.

XXI.
El cual, mientras vadeaba, - ¡Cielo Santo, cómo temí
poner mi pie sobre la mejilla de un hombre muerto
a cada paso, o sentir la lanza que introduje buscando
agujeros, enredada en su cabello o su barba!
- Pudo haber sido una rata de agua lo que ensarté
Pero, ¡Ugh! Sonó como el chillido de un bebé.

XXII.
Me sentí alegre al llegar a la otra orilla.
en búsqueda de una tierra mejor. ¡Vano Augurio!
¿Quiénes eran los enemigos, qué guerra libraban,
cuyas salvajes pisadas hollarían así el húmedo
terreno y lo convertiría en un marjal? Sapos en un pozo envenenado,
o gatos salvajes en una jaula de hierro ardiente.

XXIII.
Así debió haberse visto la batalla en aquel claro.
¿Qué los acorraló allí, con toda la planicie a su disposición?
No había huellas que condujeran hacia aquellos hórridos aullidos,
Nada salvo eso. Loco brebaje elaborado para que
sus cerebros piensen, sin duda, como los de los galeotes que el Turco
enfrenta para su diversión, Cristianos contra Judíos.

XXIV.
¡Y más qué eso - una yarda adelante- por qué, ahí!
¿Para qué macabro uso serviría ese mecanismo, esa rueda,
o freno, no rueda- ese filo listo para mutilar
cuerpos de hombres como si fuesen seda? Con todo el aspecto
de la herramienta de Tophet, abandonada inadvertidamente en la tierra,
o traída para afilar sus enmohecidos dientes de metal.

XXV.
Luego vino un tramo de tierra llena de tocones, otrora un bosque,
Después una ciénaga, o así parecía, y entonces sólo tierra
Desesperada y abandonada (al igual que un tonto halla regocijo,
Hace una cosa y luego la estropea, hasta que su ánimo
¡Cambia y entonces se marcha!) durante un cuarto de acre-
Lodo, arcilla y grava, arena y sombría desolación negra.

XXVI.
Ora inflamadas erupciones, de colores vivos y horrendos,
Ora terrenos donde la aridez del suelo
Se volvía moho o una sustancia como forúnculos;
Y apareció un roble paralítico, con una hendidura en él
Como una boca angustiada que resquebraja su corteza
Boqueando a la muerte, y muriendo mientras se repliega.

XXVII.
¡Y tan lejos como siempre del final!
Nada en la distancia salvo la noche, nada
¡Hacia dónde dirigir mis pasos! Mientras lo pensaba,
Un gran pájaro negro, el íntimo amigo de Apollyon,
Pasó volando, sin batir sus amplias alas de pluma de dragón
Que rozaron mi gorro- quizá era la guía que yo buscaba.

XXVIII.
Pues, mirando hacia arriba, de alguna manera me di cuenta,
A pesar del ocaso, de que la llanura había cedido su lugar
En derredor a las montañas- por honrar con semejante nombre
A los feos y apenas cerros y montículos que tapaban la vista.
Cómo de tal modo me habían sorprendido, - acláralo, ¡Tú!
Cómo salir de ellos no estaba muy claro.

XXIX.
Sin embargo, una parte de mí pareció descubrir algún truco
malévolo que me aconteció, Dios sabe cuándo-
En alguna pesadilla tal vez. Aquí terminaba, entonces,
Seguir por ese camino. Cuando, en el preciso momento
De darme por vencido una vez más, escuché un chasquido
¡Como el de una trampa al cerrarse- te hallas en la guarida!

XXX.
Como en una llamarada comprendí todo súbitamente,
¡Éste era el lugar! Esas dos colinas a la derecha,
Agazapadas como dos toros con las astas trabadas en pelea;
Mientras a la izquierda, una alta y trasquilada montaña… tonto,
Viejo senil, dormitando justo ahora
¡Tras pasar una vida adiestrándote para verla!

XXXI.
¿Qué se asentaba en el medio sino la Torre misma?
La redondeada torreta achaparrada, ciega como el corazón del loco,
Construida en piedra parda, sin parangón
En el mundo entero. El burlón elfo de la tempestad
Señala con el dedo al marinero, de este modo, el ser invisible
Le ataca, solamente cuando el navío zarpa.

XXXII.
¿No ves? ¿Acaso por la noche?- por qué, el día
¡Regresó para eso! Antes de irse,
El moribundo ocaso ardió en una fisura;
Las colinas, como gigantes en cacería, yacen
Con la barbilla en mano, para ver la caza acorralada-
"¡Ahora apuñala, y termina con la criatura- hasta el mango!"

XXXIII.
¿No escuchas? ¡Si hay ruido por todas partes! El tañido
creciente de una campana. Escuchaba
Los nombres de todos los aventureros desaparecidos, mis pares-
Cómo tal era fuerte, y cual valeroso,
Y el otro afortunado, sin embargo, cada uno de ellos de tiempos pasados
¡Perdidos, Perdidos! En un momento tocaba a muerto por años de tristeza.

XXXIV.
Ahí se encontraban, alineados a lo largo de las faldas de las colinas, reunidos
Para verme por última vez, un marco viviente
¡Para un cuadro más! En un lienzo en llamas
Les vi y les reconocí a todos. Y sin embargo,
Impávido, llevé a mis labios el cuerno,
Y toqué. "El noble Roland ha llegado a la Torre Oscura".

Esta traducción del poema de Robert Browning fue realizada por los editores de El Espejo Gótico. Para la reproducción total o parcial de nuestra versión, escríbenos a:

4 comentarios:

Brujita dijo...

Seguramente Stephen King se inspiró en Browning para escribir su serie de libros "La Torre Oscura". Leí hasta el tercero y creo que ya va por el quinto, pero en el primero deja entrever un ambiente medieval aunque el personaje principal, Rolando, es un pistolero que deja su hogar en búsqueda de esa Torre Oscura que parece regir los destinos de todos. En su camino se cruzarán extraños personajes y situaciones. Entretenido. No conocía el poema de Browning.
Un placer visitarte de nuevo.
BUXY Y WITCH

VampRose dijo...

Efectivamente, Stephen King se inspiró en este poema. De hecho en el último tomo de "La Torre Oscura" incluye, si no todo el poema, al menos parte (no lo recuerdo bien). No me extraña que haya servido de inspiración a tanta gente, porque es realmente bueno.
Saludos.

Dilamak.de.JAPP dijo...

Soy escritor e intento ser poeta, Browning fue un hombre raro asi como todos los poetas, pero apesar de reconocer dolorosamente que es un cuento en cantos, su prosa me llena de vida, es como leer lo inleible.

la rockera dijo...

es precioso, me llena de una emoción torrencial, con razón el escritos Stephen King se inspiro en él para hacer su saga.... guauuu me encanto....