Considero que este es el mejor poema de Emily Brontë; no tanto por su originalidad y efectividad, cualidades que siempre suelen destacarse en sus poemas, sino por la extraña trama que se desarrolla en sus versos.
La poesía fúnebre suele ahogarse en extensos y, en ocasiones, refinados lamentos; pero aquí la tragedia se desarrolla ignorando aquel sentido de la resignación tan propio de la poesía romántica.
Una observación más analítica sobre el poema corre el riesgo de reducirlo a simples impresiones recogidas en forma poética, lo cual sería más una mutilación innecesaria que un aporte; de manera que los invitamos a ingresar en el cuarto de esta doncella, y que juntos podamos percibir sus sombríos pensamientos, mientras el viento se abate contra la ventana.
Muerte! Que golpeó cuando más confiaba,
En mi fe certera para ser otra vez golpeada;
El insensible Tiempo ha marchitado la rama,
Arrancando la dulce raíz de Eternidad.
Las hojas, sobre el espacio de las Horas
Crecen brillantes y lozanas,
Bañadas por las gotas plateadas,
Llenas de sangre verde;
Bajo un refugio tardío se reunieron las aves,
Espantando a las abejas de sus reinos florales.
La Pena ha pasado, arrastrando la flor dorada,
La Culpa se desnuda de su vestido de orgullo,
Pero dentro de esta amabilidad simulada,
La Vida fluyó en un silencioso murmullo.
Poco he llorado por la alegría perdida,
Por la muda canción y los nidos vacíos,
La Esperanza estaba allí, y reí de la Tristeza,
Susurrando: ¡El invierno pronto será vencido!
¡Y Contemplad! Creciendo por diez su bendición,
La Primavera dotó de belleza a la agonizante estación;
El Viento, la Lluvia, y el fervoroso calor nos besaron
Regalando gloria en aquel segundo Mayo.
Alto se elevó: las alas del dolor no podrían barrerlo,
Su brillo distante forzó la fuga del temor;
En su esencia, tenía el poder del Amor,
Alejándome de todo mal, de toda plaga, excepto de ti.
Muerte cruel! Las jóvenes hojas caen y languidecen,
El crepúsculo de aire gentil tal vez resista;
Pero el sol matutino se burla de mi angustia.
El Tiempo, para mí, ya nunca debe florecer.
Derribadlo, para que otras ramas puedan brotar,
Donde los jóvenes árboles solían reposar,
Así, al menos, sus carcomidos cadáveres nutrirán
Aquel seno de donde surgieron: La Eternidad.
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La poesía fúnebre suele ahogarse en extensos y, en ocasiones, refinados lamentos; pero aquí la tragedia se desarrolla ignorando aquel sentido de la resignación tan propio de la poesía romántica.
Una observación más analítica sobre el poema corre el riesgo de reducirlo a simples impresiones recogidas en forma poética, lo cual sería más una mutilación innecesaria que un aporte; de manera que los invitamos a ingresar en el cuarto de esta doncella, y que juntos podamos percibir sus sombríos pensamientos, mientras el viento se abate contra la ventana.
Muerte.
Death, Emily Jane Brontë.
Death, Emily Jane Brontë.
Muerte! Que golpeó cuando más confiaba,
En mi fe certera para ser otra vez golpeada;
El insensible Tiempo ha marchitado la rama,
Arrancando la dulce raíz de Eternidad.
Las hojas, sobre el espacio de las Horas
Crecen brillantes y lozanas,
Bañadas por las gotas plateadas,
Llenas de sangre verde;
Bajo un refugio tardío se reunieron las aves,
Espantando a las abejas de sus reinos florales.
La Pena ha pasado, arrastrando la flor dorada,
La Culpa se desnuda de su vestido de orgullo,
Pero dentro de esta amabilidad simulada,
La Vida fluyó en un silencioso murmullo.
Poco he llorado por la alegría perdida,
Por la muda canción y los nidos vacíos,
La Esperanza estaba allí, y reí de la Tristeza,
Susurrando: ¡El invierno pronto será vencido!
¡Y Contemplad! Creciendo por diez su bendición,
La Primavera dotó de belleza a la agonizante estación;
El Viento, la Lluvia, y el fervoroso calor nos besaron
Regalando gloria en aquel segundo Mayo.
Alto se elevó: las alas del dolor no podrían barrerlo,
Su brillo distante forzó la fuga del temor;
En su esencia, tenía el poder del Amor,
Alejándome de todo mal, de toda plaga, excepto de ti.
Muerte cruel! Las jóvenes hojas caen y languidecen,
El crepúsculo de aire gentil tal vez resista;
Pero el sol matutino se burla de mi angustia.
El Tiempo, para mí, ya nunca debe florecer.
Derribadlo, para que otras ramas puedan brotar,
Donde los jóvenes árboles solían reposar,
Así, al menos, sus carcomidos cadáveres nutrirán
Aquel seno de donde surgieron: La Eternidad.
Emily Jane Brontë.
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El poema de Emily Brontë, Death, fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la reproducción de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com



























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