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«El dios con orejas de perro»: Frank Belknap Long; relato y análisis


«El dios con orejas de perro»: Frank Belknap Long; relato y análisis.




El dios con orejas de perro (The Dog-Eared God) es un relato de terror del escritor norteamericano Frank Belknap Long (1901-1994), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1926 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1946: Los perros de Tíndalos (The Hounds of Tindalos).

El dios con orejas de perro, uno de los cuentos de Frank Belknap Long menos conocido, acaso por haber sido concebido antes de entrar en el Círculo de Lovecraft y los Mitos de Cthulhu, narra la historia de un arqueólogo aficionado, el profesor Dewey, y del descubrimiento de un siniestro sarcófago proveniente del Antiguo Egipto.

Si bien podemos pensar que El dios con orejas de perro reúne las características necesarias para inscribirlo dentro del relato de terror de momias, es más bien la crónica alucinatoria sobre el posible pasado de los dioses egipcios, y cómo aquellos quizá no fueron en absoluto metáforas o símbolos representativos, sino seres reales, híbridos, mitad hombres mitad animales, que alguna vez gobernaron sobre la humanidad, y desde entonces acechan en los rincones del sueño para acelerar su regreso.




El dios con orejas de perro.
The Dog-Eared God, Frank Belknap Long (1901-1994)

—¿Qué opinas? —preguntó el profesor Dewey.

El tamaño colosal del sarcófago que albergaba a la momia acentuaba la pequeñez de mi amigo. Por algún motivo (no sé por qué la imagen se me vino a la cabeza) pensé en De Quincey, el alucinado fumador de opio, caminando perezosamente por las calles de Londres, un personaje grotesco y diminuto calzado con pantuflas que llevaba el mundo dentro de su cabeza.

El profesor Dewey tenía un increíble parecido con De Quincey. Su frente era alta y estrecha, y estaba llena de arrugas; tenía las mejillas chupadas y la piel allí estaba tirante y amarillenta. Apenas podríamos describir su nariz como de tipo romano. Su sonrisa era sombría y sin vida, y muy poca gente se sentía atraída por su persona. Pero debajo de este aspecto repulsivo y exterior, el pequeño sujeto tenía un buen corazón, y yo encontraba su compañía deliciosamente estimulante.

El hobby del profesor era la arqueología y compraba importantes cantidades de momias todos los años; ilegalmente, me temo. Jamás ningún oficial de aduanas curioso ha puesto sus manos gubernamentales en las adquisiciones del profesor Dewey. Ningún empleado administrativo impertinente ha cuestionado al profesor Dewey por el valor de sus extrañas y, con frecuencia, repulsivas propiedades. El profesor ha hecho arreglos con una docena de oficiales taimados y pillos para no ser interrogado, y como resultado de estas cuidadosas negociaciones jamás ha perdido una momia, ni un escarabajo, ni una piedra preciosa. En tan sólo un año ochenta y tres momias han sido introducidas clandestinamente en su majestuosa mansión de piedra pardusca situada en Riverside Drive.

Nos encontrábamos en la habitación de las momias del profesor Dewey, una sala enorme alfombrada de terciopelo rojo y cubierta por unas más que siniestras cortinas negras. Me parecía ridículo que el profesor adornara esta estancia con los tópicos de un melodrama de misterio, pero siempre me ha resultado imposible entender los divertidos caprichos de mi amigo. Debajo de su excentricidad era un personaje razonablemente genuino y no es justo esperar mucho sentido común o compostura en los hombres de genio.

La momia que estaba ante nosotros era excepcionalmente alta. Destacaba con claridad en las tinieblas amarillentas de la enorme habitación y tenía indudables señales de ser muy vieja. Su forma era realmente rara, el pecho le sobresalía curiosamente y su nariz era gigantesca. Efectivamente, este último miembro casi sobresalía por entre las vendas aromáticas y malolientes.

—Un Cyrano egipcio —señalé, permitiéndome una sonrisa en mi rostro, generalmente adusto y severo. El profesor aseguraba que mis facciones eran solemnes y, al ser muy joven, me sentí bastante orgulloso de esta observación— ¡Seguro que las damas le rehuían! —añadí, al ver la mueca de mi amigo.

—Estamos tratando un asunto serio —dijo, tras una pausa que pareció interminable—. Jamás ha llegado de Egipto nada igual. ¡No me agrada!

La voz de mi amigo era angustiosamente hueca. Me ponía nervioso e intenté calmarle.

—No veo nada extraño en esta momia —repliqué—. Está claro que, entre los egipcios, también existían distintos tipos de personas. Me atrevería a decir que tenían sus propios espectáculos y circos en los que actuarían los típicos bichos raros. Este pobre sujeto debió de haber sido el rey de los bufones; no está nada bien burlarse de él ahora, después de tantos años. Estoy seguro de que su vida fue bastante desdichada.

El profesor frunció aún más el ceño.

—Hay que ser serios —dijo—. Esta momia es muy poco corriente. No soy ningún sensacionalista, mi querido amigo, pero puedo afirmar que a mis enemigos les encantaría usar esta cosa para desacreditarme. Tenemos que ser muy cautelosos a la hora de publicar los resultados de nuestros experimentos.

—¿Experimentos? —repetí.

Poseía un entusiasmo casi infantil y ridículo por cualquier variedad de investigación.

—Tengo unos cuantos experimentos en la cabeza que van a demandar gran cantidad de coraje. Si crees que no estás capacitado para llevarlos a cabo te agradecería que me lo dijeras con toda franqueza. Pero antes tengo que avisarte y prepararte, y describir lo que vamos a hacer.

El profesor fumó un rato en silencio. El humo ascendía en espirales y formaba una nube extraña de color grisáceo sobre el cajón en el que reposaba la momia. Ésta parecía destacar en medio de las tinieblas como si fuera la vengadora de las otras desdichadas e indefensas ochenta y tres que el profesor había diseccionado y destruido. Cuando mi amigo volvió a hablar su voz había adquirido un tono más calmado. Habló lentamente, interrumpiéndose de cuando en cuando con una tos ocasional.

—Hay algunos mitos entre las ricas tradiciones de la humanidad que no están del todo basados en hechos objetivos y sólidos. No creo que la imaginación de los pueblos primitivos sea capaz de crear por sí sola castillos en el aire. La ciencia moderna muchas veces no nos deja ver con claridad y se burla con demasiada frecuencia de las leyendas sobre dioses y diosas que han llegado hasta nosotros. Es absurdo pensar que los egipcios crearon sus dioses monstruosos a partir de la mera observación del reino animal. Existe algo tan inmenso, tan psicológicamente terrible acerca de los dioses egipcios que es difícil creer que tan sólo sean un simple producto de la imaginación humana. O bien son entes creados por algún soñador con una fantasía inaudita, un Edgar Allan Poe egipcio, o...

El profesor Dewey se calló antes de terminar su sentencia. Supongo que le costaba decir en voz alta tan aventurado juicio, pues hizo una pausa antes de proseguir:

—Esos dioses con forma de cocodrilo, aquellos con cabeza de gato o las divinidades de orejas de murciélago, son entes más extraños y envilecidos que cualquier otra cosa que podamos encontrar en el mundo moderno. Incluso los salvajes de África o Australia serían incapaces de desarrollar algo tan maligno. Y sin embargo, si hacemos caso a los historiadores, el pueblo egipcio alcanzó un nivel muy alto de cultura ética. No serían capaces de mostrar con tanta alegría semejantes horrores.

Mi amigo dudó de nuevo, como si le molestara poner en palabras su teoría. Mi entusiasmo le animó a hacerlo por fin.

—Con frecuencia he pensado que esos monstruos existieron en la realidad. ¿Por qué tenemos que suponer que los hombres son los únicos seres inteligentes que moran en este planeta? No me considero un estúpido. Mis enemigos darían con gusto varios años de su vida por escuchar esta conversación. Pero tan sólo conocerán los resultados, sí estos no son demasiado repugnantes.

El profesor Dewey se hundió en su silla como si estuviera exhausto. Tenía la frente amarilla cubierta por completo de cientos de gotitas de sudor. Le temblaban los labios.

—George —tartamudeó—, tenemos que probarlo. Esta noche dormiremos aquí. A no ser, claro, que tengas miedo a dormir con eso en la misma habitación.

—Pero, en realidad, ¿qué es eso? —pregunté, señalando con horror la colosal momia.

Mi amigo no me respondió directamente, pero sus palabras fueron terriblemente perturbadoras.

—Hace veinte o treinta mil años los egipcios enterraron a su primer rey. Existían extraños reyes en los albores del mundo.


El profesor Dewey estaba durmiendo profundamente, pero algo hizo que me incorporara. No sé si oí el ruido en sueños o si realmente provenía de la esquina de la habitación en la que la gigantesca momia yacía solemnemente envuelta en sus vendajes. Pero viniera de donde viniera, resultó bastante inquietante escucharlo a las tres de la madrugada.

Quizás hayas escuchado a los perros aullando en la noche, o a lo mejor has oído en los trópicos los terribles gemidos de los monos cuando despiertan de un sueño sin alma y ven las estrellas que les espían con maldad. Si has oído semejantes sonidos podrás hacerte una vaga idea de lo viles que resultan estas exhibiciones siniestras y del terror que provocan en cualquier persona normal.

El primer gemido que escuché (y que en ocasiones parecía subir de tono hasta convertirse casi en un aullido) no me asustó. Pero si la incómoda silla que tenía debajo de mis posaderas se hubiera puesto a charlar con el sofá, o el reloj hubiera comenzado a andar por la alfombra, no me habría horrorizado tanto. Me incorporé y esperé. Durante un rato no sucedió nada, pero luego empecé a oír un tenue sonido, como si alguien arañase y rasgase la madera, intentando salir de un armario. Unas zarpas, fueran del tipo que fueran, estaban sin duda ocupadas en alguna parte.

—¡Ratas! —reflexioné, y me agarré desesperadamente a esa respuesta.

Seguro que había ratas en un caserón en el que se llevaban a cabo unas prácticas impías y desagradables.

En realidad, pensé que el profesor podía considerarse afortunado de que las ratas le hagan el trabajo sucio. Gracias a ellas no necesita enterrar los desperdicios sobrantes. Tiene que ser muy difícil deshacerse de todos los huesos de los dedos, los pelos y esas cosas, a no ser que los queme, y, desde luego, las ratas le evitan esa incómoda tarea.

Luego me di cuenta de lo necias que eran mis deducciones y me pasé la mano por el rostro. Tenía la frente terriblemente caliente, estaba nervioso, enfebrecido.

—Seguramente me he dejado influir —pensé—. No tenía que haber dormido jamás en esta fría habitación.

Recordé que había estado estornudando y tosiendo toda la tarde anterior. La más pequeña sensación de fiebre me hacía delirar; en ese aspecto no he sido muy afortunado. Enrollé las mantas alrededor de mi cuello y me di la vuelta. Creo que me dormí, pero estoy convencido de que lo que vi después tenía una cierta trascendencia externa. Fue algo más que un simple sueño y, con total seguridad, algo más que una mera alucinación. Fue, creo, una serie completa de recuerdos que se proyectaron sobre la habitación.

Cuando lo vi me hallaba sentado y oí que el reloj de fuera daba las cuatro. Una inmensidad blanca se desplegó delante de mí y me cegó por completo durante unos instantes. Era como una sucesión de luces sobre una pantalla plateada. La sustancia blanca cambiaba continuamente, menguando y engordando, mientras unas formas horribles y distorsionadas se movían en su superficie. Se trataba de figuras amorfas y al principio no pude distinguirlas con claridad. No eran del todo humanas. Parecían tener cuerpo de hombre, pero cabezas de animales.

Cuando la visión, o como quieran llamarlo, se hizo más clara, vi que esas criaturas innombrables se habían unido en una sólida formación y que desfilaban con solemnidad delante de mí. Transportaban un objeto indescriptible que no hacían ningún esfuerzo por ocultar. Las figuras de los que desfilaban eran repulsivas, pero la forma de esa cosa larga y distorsionada resultaba infernal. Estaba cubierta de pelo, pero jamás había visto nada semejante bajo las estrellas. Tenía la cara hundida como la de un murciélago y unas enormes orejas de perro; los colmillos amarillentos brillaban ominosos bajo aquella luz extraña y antinatural. La cosa estaba muerta y tenía las mejillas hundidas y vacías.

Los portadores llevaban antorchas que movían de un lado a otro con alegría, como si estuvieran felices de que la cosa hubiera muerto. Yo sentía una extraña simpatía por ellos, pero los cielos saben cuán malvados eran. Las antorchas despedían una misteriosa luz azulada, incluso, pensé, un hedor satánico; mientras miraba, otros nuevos se unían a la bamboleante y blasfema procesión, y ésta avanzaba poco a poco con mayor velocidad. Y entonces comenzaron el canto y las invocaciones, y los terribles himnos en honor a los muertos crecieron y resonaron por toda la habitación hasta que tuve que taparme los oídos con las manos para dejar de escuchar aquellos cantos antiguos y obscenos.

—¡Nuestro señor de más allá de los cielos ha muerto! —gemían—. En lo más hondo, en lo más hondo de la tierra enterraremos a nuestro rey. Durante largo tiempo nos ha gobernado, y horribles males ha hecho caer sobre nosotros, pero era nuestro rey de más allá de los cielos y veneramos su memoria. Terrible era su negra lengua que escupía fuego, terrible fue cuántas doncellas devoró, terrible la sangre que bebió, pero era nuestro rey. En El libro de los muertos está escrito que será juzgado por los dioses, por sus iguales será juzgado. Aparecerá como una serpiente, como un reptil ante sus pares, pero por sus orejas le conocerán.

Entonces la imagen se aclaró por completo, y vi que el cortejo pisaba unas arenas calientes y rojizas, y una enorme estatua de piedra que asomaba por detrás de ellos. Se trataba de una esfinge, pero mucho más antigua que la que nosotros conocemos, y sus ojos brillaban funestos. Enterraron a su rey en el interior de una profunda fosa excavada en la tierra, redonda y perfecta, al pie de la estatua, y arrojaron polvo de oro sobre él, y ungieron sus labios con el aceite que portaban en unos jarros de pórfido veteado.

Indescriptibles fueron los ritos que realizaron ante él, y las últimas palabras del repugnante sacerdote mayor, que tenía cabeza de lagarto, sonaron letales, y yo temblé al darme cuenta de a quién iban dirigidas.

—Dormirás durante treinta siglos, pero una criatura pequeña, sin pelo y desvergonzada, te arrastrará porque en su época él es como un dios. Pero su maldad no perdurará mucho tiempo bajo el sol. Él también volverá al polvo, y una criatura insignificante sin pies ni ojos jugará con sus resecos huesos. Está escrito. Descansa en paz, ¡y recuerda a los que te adoramos!

La visión se hizo más difusa y las figuras parecían fusionarse unas con otras. Luego, poco a poco, la oscuridad fue haciéndose dueña del lugar y me vi a mí mismo contemplando aterrorizado la monstruosa adquisición del profesor Dewey. Sobresalía apenas entre toda aquella oscuridad y parecía estar removiéndose y retorciéndose sobre sí misma. Miré fascinado mientras las vetustas vendas caían al suelo y dos largas manos rosa aparecían y se agitaban en el aire ceremoniosas y eclécticas. Las manos estaban descarnadas y cubiertas de un vello rojizo y suave. Intenté incorporarme, pero los ojos de la cosa me miraban con vileza y me ordenaban permanecer en silencio.

Le enfadaba que cuestionara su supremacía espiritual. Tenía los ojos al descubierto, pero aquella nariz gigantesca y repugnante permaneció misericordiosamente oculta por varias capas de las casi desintegradas vendas. Resultaba espantoso ver los esfuerzos que hacía la cosa por liberarse. Se retorcía y contraía continuamente, y en su malignidad se asemejaba a un gran gusano rollizo que intentara escapar de un agujero excavado en la tierra.

Lo que sucedió a continuación siempre quedará confuso en mi cerebro. Creo recordar que el profesor Dewey yacía tumbado de espaldas con los ojos cerrados, y que algo se erguía delante de él en medio de la penumbra reinante, como un vengador de tiempos remotos. Creo que vislumbré unas facciones terriblemente espantosas, dos orejas enormes que sobresalían de un cráneo estrecho y verdoso, y la silueta de una nariz gigantesca, tan larga como la trompa de un elefante, que permaneció breves momentos de perfil.

Después fuego, un diluvio de fuego que salió de la nariz y de la boca de la criatura, un fuego salido del infierno, de más allá de Arturo. Vi que los ojos del profesor se abrían, y descubrí que contemplaba a la cosa con una momentánea mirada de triunfo. El júbilo de su rostro fue rápidamente reemplazado por la agonía y la desesperación. Extendió los brazos como si intentara rechazar una terrible maldición y, mientras yo miraba, su rostro se marchitó y ennegreció.

—Tenía razón —gritó—. Los egipcios no veneraban a los hombres. ¡Dios tenga piedad de mi alma!

No me quedé para reconfortar a mi malherido amigo. Salí gritando de la habitación y corrí hasta abandonar la casa y llegar al exterior. Miré hacia arriba y pude ver un hilillo de humo que salía de una de las ventanas superiores, pero me di la vuelta. Corrí alocadamente a través de avenidas solitarias y retorcidas callejuelas, y finalmente encontré la entrada de una boca de metro. Me precipité salvajemente escaleras abajo y pasé por delante de la taquilla sin pagar el peaje. Por suerte nadie me vio. Al rato me hallaba en el interior de un rugiente convoy, con los hombros apoyados en un desgraciado que estaba borracho, a cuyos oídos susurré una historia que le hizo lanzar una exclamación y negar con la cabeza.

—A vosotros los jóvenes siempre os pasan cosas —hizo una mueca—. Ya me gustaría tener tu suerte.

Siempre he pensado que los periódicos son excesivamente prosaicos a la hora de relatar las noticias. El siguiente recorte, aparecido en un periódico de Nueva York, demostrará lo que digo:


»Un incendio en el West Side causa serios problemas ayer por la mañana, cuando tres dotaciones de reserva de la policía tuvieron que ayudar a los bomberos para cerrar el paso a los excitados transeúntes que querían acercarse al edificio en llamas. Durante dos horas treinta o cuarenta hombres encapuchados se esforzaron por rescatar al inquilino y causaron serios inconvenientes. La policía no se podía explicar por qué unos extraños se tomaron tantísimo interés en un pobre y moribundo desdichado, hasta que luego se descubrió que el edificio estaba habitado por un profesor excéntrico y misántropo al que se cree envuelto en ciertas operaciones de contrabando.

»El agente Henley, de la comisaría de la Calle Oeste 93, asegura que uno de los rescatadores se quitó la capucha un instante, y que su rostro estaba cuarteado y comido por los bordes. Por suerte para la reputación del agente Henley se sabe que sufre de migrañas, y lo más probable es que lo que ha imaginado ver no tenga ninguna base real.

»Los intentos alocados y nerviosos de los desconocidos por entrar en el edificio dieron al traste con las operaciones de rescate. Se le vio un instante en una de las ventanas, y todos los que permanecían mirando desde la calle declararon que su pelo y su barba estaban ardiendo. La parte superior del edificio quedó destruida por completo. Se encontró una serie de huesos bastante curiosos diseminados por la habitación, incluyendo el esqueleto de un perro gigantesco. Ya se han declarado tres incendios más durante las tres semanas anteriores y la policía está investigando los rumores sobre un posible pirómano.


Frank Belknap Long (1901-1994)




Relatos góticos. I Relatos de Frank Belknap Long.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Frank Belknap Long: El dios con orejas de perro (The Dog-Eared God), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos fantásticos norteamericanos desde Poe al Pulp


Relatos fantásticos norteamericanos: terror y lo desconocido desde Poe al Pulp (American Fantastic Tales: Terror and the Uncanny from Poe to the Pulps) es una colección de relatos clásicos de terror editada en 2009.

Desde sus comienzos, la literatura norteamericana se ha sentido atraída por el horror, por las casas embrujadas, por las obsesiones de personas singulares que son capaces de cruzar el umbral de lo desconocido e ingresar en un universo tan vasto como irracional.

Relatos fantásticos norteamericanos: terror y lo desconocido desde Poe al Pulp repasa esta larga tradición que vincula los recónditos sótanos de la psique con la certeza en lo sobrenatural.

La antología repasa casi cien años del relato de terror estadounidense, desde Edgar Allan Poe a las revistas pulp, abordando prácticamente todos los temas que obsesionaron al género: estados de trance, sonambulismo, mesmerismo, posesión demoníaca, maldiciones, locura, fantasmas, poltergeist, de la mano de los grandes maestros norteamericanos: Washington Irvin, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Henry James, Edith Wharton, Mary Wilkins Freeman, Charlotte Perkins Gilman, Ambrose Bierce, H.P. Lovecraft, Madeline Yale Wynne, Kate Chopin, Robert E. Howard, Robert Bloch y F. Scott Fitzgerald.



Relatos fantásticos norteamericanos: terror y lo desconocido desde Poe al Pulp.

American Fantastic Tales: Terror and the Uncanny from Poe to the Pulps.




Más antologías. I Relatos norteamericanos.

El análisis y resumen del libro: Relatos fantásticos norteamericanos: terror y lo desconocido desde Poe al Pulp (American Fantastic Tales: Terror and the Uncanny from Poe to the Pulps) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Mary Wilkins Freeman: relatos y novelas


Mary Wilkins Freeman: relatos y novelas.




Mary Wilkins FreemanMary Eleanor Wilkins Freeman (1852-1930)— fue una notable escritora norteamericana, autora de estupendas novelas, así también como de algunos de los más destacados cuentos de fantasmas y relatos de terror de aquel período.

En esta sección iremos reuniendo las mejores novelas, libros y relatos de Mary Wilkins Freeman.




Mary Wilkins Freeman: obras completas:
  • Amor y brujas (Love and Witches)
  • El dormitorio del pasillo (The Hall Bedroom)
  • El fantasma perdido (The Lost Ghost)
  • El gato (The Cat)
  • El gran pino (The Great Pine)
  • La cámara sudoeste (The Southwest Chamber)
  • Las sombras en la pared (The Shadows on the Wall)
  • Luella Miller (Luella Miller)
  • Mary E. Wilkins Freeman: cuentos destacados.
  • Amanda Todd (Amanda Todd)
  • Casa de la mariposa (Butterfly House)
  • Comfort Pease y su anillo de oro (Comfort Pease and Her Gold Ring)
  • Doc Gordon (Doc Gordon)
  • El amor del señor párroco (The Love of Parson Lord)
  • El brazalete de jade (The Jade Bracelet)
  • El deudor (The Debtor)
  • El fantasma gentil (A Gentle Ghost)
  • El gigante de calabaza (The Pumpkin Giant)
  • El imitador (The Copy–Cat)
  • El jardín de Evelina (Evelina's Garden)
  • El lote vacante (The Vacant Lot)
  • El orgullo de Yates (The Yates Pride)
  • El perico (The Parrot)
  • El pote de oro (The Pot of Gold)
  • El prisma (The Prism)
  • El viento en el rosal (The Wind in the Rose Bush)
  • En tiempos coloniales (In Colonial Times)
  • Érase una vez (Once Upon A Time)
  • Gente de Edgewater (Edgewater People)
  • Gente de nuestro vecindario (People of Our Neighborhood)
  • Giles Corey (Giles Corey)
  • Jane Field (Jane Field)
  • Jerome, un hombre pobre (Jerome, a Poor Man)
  • Joven Lucrecia (Young Lucretia)
  • La bella Lavinia (The Fair Lavinia)
  • La carretera del corazón (The Heart's Highway)
  • La dama ganadora (The Winning Lady)
  • La hija de la bruja (The Witch's Daughter)
  • La porción del trabajo (The Portion of Labor)
  • La puerta verde (The Green Door)
  • La rebelión de una madre (The Revolt of Mother)
  • Las aventuras de Ann (The Adventures of Ann)
  • La vieja Magoun (The Old Magoun)
  • Los donantes (The Givers)
  • Los hombros de Atlas (The Shoulders of Atlas)
  • Los Jameson (The Jamesons)
  • Los mejores relatos de Mary E. Freeman (The Best Stories of Mary E. Wilkins)
  • Madelon (Madelon)
  • Muerte (Death)
  • Pembroke (Pembroke)
  • Placas decorativas (Decorative Plaques)
  • Por la luz del alma (By the Light of the Soul)
  • Seis árboles (Six Trees)
  • Silencio (Silence)
  • Suplentes (Understudies)
  • Toda la familia (The Whole Family)
  • Una caja de alabastro (An Alabaster Box)
  • Una melodía lejana (A Far-Away Melody)
  • Una monja de Nueva Inglaterra y otras historias (A New England Nun and Other Stories)
  • Una sinfonía en lavanda (A Symphony in Lavender)
  • Un idilio modesto (A Humble Romance)
  • Un romance humilde y otras historias (A Humble Romance and Other Stories)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Mary Wilkins Freeman: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La caída de la Casa Usher»: Edgar Allan Poe; relato y análisis


«La caída de la Casa Usher»: Edgar Allan Poe; relato y análisis.




La caída de la Casa Usher (The Fall of the House of Usher) —a veces publicado como: El hundimiento de la Casa Usher— es un relato de terror del escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), publicado en la edición de septiembre de 1839 de la revista Burton's Gentleman's Magazine, y posteriormente en la antología de 1840: Cuentos de lo grotesco y lo arabesco (Tales of the Grotesque and Arabesque). [ver: El secreto de Madeline: análisis de «La Casa Usher»]

La caída de la Casa Usher, uno de los mejores relatos de terror de E.A. Poe, presenta los principales ingredientes de la novela gótica pero de un modo más profundo, más perverso y afín al terror psicológico. Elementos tales como lo morboso, la necrofilia, los impulsos incestuosos, el opio, y una desaforada ambientación, hacen de este cuento una auténtica joya del género (ver: «El Extraño» de Lovecraft como secuela de «La Casa Usher» de Poe).

El argumento de La caída de la Casa Usher relata la historia de un hombre que arriba a la casa de su amigo, Roderick Usher: una antigua mansión que, en su tiempo, debió ser majestuosa, pero que ahora se encuentra visiblemente desmejorada. Si bien Edgar Allan Poe escribió este cuento mucho antes de que la psicología emergiera como ciencia, podemos deducir que los síntomas del narrador, así como los de su anfitrión, oscilan entre la neurosis, la ansiedad y la paranoia; al menos al principio, ya que con el transcurso del relato se presentan otros impulsos verdaderamente escalofriantes [ver: El palacio encantado (The Haunted Palace, Edgar Allan Poe)]

La hermana de Roderick Usher, Madeline, ha muerto; y de acuerdo a los deseos de la difunta, su cuerpo debe permanecer en la una antigua cripta, situada debajo de la Casa Usher durante dos semanas antes de ser enterrada en el panteón familiar. Para aliviar la ansiedad de su amigo en esta macabra espera, el narrador comienza a leerle en voz alta algunos pasajes de una novela, lo cual parece precipitar un evento tan alucinante como aterrador.

Se desata una tormenta. Roderick Usher se instala en el dormitorio del narrador, ubicada justo encima de la bóveda donde se encuentra el cadáver de su hermana. Abre las ventanas. Los alrededores de la Casa Usher resplandecen bajo una luz extraña, mortecina. No hay relámpagos ni rayos en la tormenta, pero un brillo mortecino ilumina las pinturas en la habitación.

A medida que la lectura de aquella novela avanza, los sucesos siniestros que ocurren en sus páginas parecen tener un eco en la Casa Usher, cuyas grietas emiten profundos gemidos en la oscuridad.

Ethelred, el protagonista de la historia leída, finalmente llega al centro del laberinto y asesina al dragón. Sus gritos lastimeros, agónicos, resuenan en la Casa Usher, e incluso parecen ser emitidos por el propio edificio. Enloquecido, Roderick Usher asegura que son los gritos de su hermana, la cual fue encerrada mientras aún estaba viva. Desesperado, el narrador huye de la casa, justo antes de que esta se parta en dos y se hunda para siempre en los profanos terrenos circundantes.

Es importante señalar que, dentro de La caída de la Casa Usher, se incluye uno de los mejores poemas de E.A. Poe: El palacio encantado (The Haunted Palace), el cual ya había sido publicado en abril de 1839 en la revista Baltimore Museum.

Para finalizar hay que decir que el escritor M.P. Shiel realizó una interesante versión de este clásico de E.A. Poe en el cuento: La Casa de los Sonidos (The House of Sounds).



La caída de la Casa Usher.
The Fall of the House of Usher; Edgar Allan Poe (1809-1849)

Son coeur est un luth suspendu:
Sitôt qu’on le touche il resonne.
(Su corazón es un laúd suspendido,
No bien lo tocan, resuena)
Pierre Jean De Béranger.


Durante un día entero de otoño, oscuro, sombrío, silencioso, en que las nubes se cernían opresoras en los cielos, había cruzado solo, a caballo, a través de una extensión monótona de campiña, y al final me encontré, cuando las sombras de la noche se extendían, a la vista de la melancólica Casa de Usher. No sé cómo sucedió; pero, a la primera vista del edificio, una sensación de insufrible tristeza penetró en mi espíritu. Digo insufrible, pues aquel sentimiento no estaba mitigado por esa emoción semiagradable, por ser poético, con que acoge en general el ánimo hasta la severidad de las naturales imágenes de la desolación o del terror.

Contemplaba yo la escena ante mí —la simple casa, el simple paisaje característico de la posesión, los helados muros, las ventanas parecidas a ojos vacíos, algunos juncos alineados y unos cuantos troncos blancos y enfermizos— con una completa depresión de alma que no puede compararse apropiadamente, entre las sensaciones terrestres, más que con ese ensueño posterior del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo. Era una sensación glacial, un abatimiento, una náusea, una irremediable tristeza de pensamiento que ningún estímulo de la imaginación podía impulsar a lo sublime. ¿Qué era aquello —me detuve a pensar—, qué era aquello que me desalentaba así al contemplar la Casa Usher?

Era un misterio del todo insoluble; no podía luchar contra las sombrías visiones que se amontonaban sobre mí mientras reflexionaba en ello. Me vi forzado a recurrir a la conclusión insatisfactoria de que existen, sin lugar a dudas, combinaciones de objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarnos de este modo, aunque el análisis de ese poder se base sobre consideraciones en que perderíamos pie. Era posible, pensé, que una simple diferencia en la disposición de los detalles de la decoración, de los pormenores del cuadro, sea suficiente para modificar, para aniquilar quizá, esa capacidad de impresión dolorosa. Obrando conforme a esa idea, guié mi caballo hacia la orilla escarpada de un negro y lúgubre estanque que se extendía con tranquilo brillo ante la casa, y miré con fijeza hacia abajo —pero con un estremecimiento más aterrador aún que antes— las imágenes recompuestas e invertidas de los juncos grisáceos de los lívidos troncos y de las ventanas parecidas a ojos vacíos.

Sin embargo, en aquella mansión lóbrega me proponía residir unas semanas. Su propietario, Roderick Usher, fue uno de mis joviales compañeros de infancia; pero habían transcurrido muchos años desde nuestro último encuentro. Una carta, empero, habíame llegado recientemente a una alejada parte de la comarca —una carta de él—, cuyo carácter de vehemente apremio no admitía otra respuesta que mi presencia. La letra mostraba una evidente agitación nerviosa. El autor de la carta me hablaba de una dolencia física aguda —de un trastorno mental que le oprimía— y de un ardiente deseo de verme, como a su mejor y en realidad su único amigo, pensando hallar en el gozo de mi compañía algún alivio a su mal. Era la manera como decía todas estas cosas y muchas más, era la forma suplicante de abrirme su pecho, lo que no me permitía vacilación y, por tanto, obedecí desde luego, lo que consideraba yo, pese a todo, como un requerimiento muy extraño.

Aunque de niños hubiéramos sido camaradas íntimos, bien mirado, sabía yo muy poco de mi amigo. Su reserva fue siempre excesiva y habitual. Sabía, no obstante, que pertenecía a una familia muy antañona que se había distinguido desde tiempo inmemorial por una peculiar sensibilidad de temperamento, desplegada a través de los siglos en muchas obras de un arte elevado, y que se manifestaba desde antiguo en actos repetidos de una generosa aunque recatada caridad, así como por una apasionada devoción a las dificultades, quizá más bien que a las bellezas ortodoxas y sin esfuerzo reconocibles de la ciencia musical. Tuve también noticia del hecho muy notable de que del tronco de la estirpe de los Usher, por gloriosamente antiguo que fuese, no había brotado nunca, en ninguna época, rama duradera; en otras palabras: que la familia entera se había perpetuado siempre en línea directa, salvo muy insignificantes y pasajeras excepciones.

Semejante deficiencia, pensé —mientras revisaba en mi imaginación la perfecta concordancia de aquellas aserciones con el carácter proverbial de la raza, y mientras reflexionaba en la posible influencia que una de ellas podía haber ejercido, en una larga serie de siglos, sobre la otra—, era acaso aquella ausencia de rama colateral y de consiguiente transmisión directa, de padre a hijo, del patrimonio del nombre, lo que había, a la larga, identificado tan bien a los dos, uniendo el título originario de la posesión a la arcaica y equívoca denominación de Casa Usher, denominación empleada por los lugareños, y que parecía juntar en su espíritu la familia y la casa solariega.

Ya he dicho que el único efecto de mi experiencia un tanto pueril —contemplar abajo el estanque— fue hacer más profunda aquella primera impresión. No puedo dudar que la conciencia de mi acrecida superstición —¿por qué no definirla así?— sirvió para acelerar aquel crecimiento. Tal es, lo sabía desde larga fecha, la paradójica ley de todos los sentimientos basados en el terror. Y aquélla fue tal vez la única razón que hizo, cuando mis ojos desde la imagen del estanque se alzaron hacia la casa misma, que brotase en mi mente una extraña visión, una visión tan ridícula, en verdad, que si hago mención de ella es para demostrar la viva fuerza de las sensaciones que me oprimían.

Mi imaginación había trabajado tanto, que creía realmente que en torno a la casa y la posesión entera flotaba una atmósfera peculiar, así como en las cercanías más inmediatas; una atmósfera que no tenía afinidad con el aire del cielo, sino que emanaba de los enfermizos árboles, de los muros grisáceos y del estanque silencioso; un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas discernible, de tono plomizo.

Sacudí de mi espíritu lo que no podía ser más que un sueño, y examiné más minuciosamente el aspecto real del edificio. Su principal característica parecía ser la de una excesiva antigüedad. La decoloración ocasionada por los siglos era grande.

Menudos hongos se esparcían por toda la fachada, tapizándola con la fina trama de un tejido, desde los tejados. Por cierto que todo aquello no implicaba ningún deterioro extraordinario. No se había desprendido ningún trozo de la mampostería, y parecía existir una violenta contradicción entre aquella todavía perfecta adaptación de las partes y el estado especial de las piedras desmenuzadas. Aquello me recordaba mucho la espaciosa integridad de esas viejas maderas labradas que han dejado pudrir durante largos años en alguna olvidada cueva, sin contacto con el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina extensiva, el edificio no presentaba el menor síntoma de inestabilidad. Acaso la mirada de un observador minucioso hubiera descubierto una grieta apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado de la fachada, se abría paso, bajando en zigzag por el muro, e iba a perderse en las tétricas aguas del estanque.

Observando estas cosas, seguí a caballo un corto terraplén hacia la casa. Un lacayo que esperaba cogió mi caballo, y entré por el arco gótico del vestíbulo. Un criado de furtivo andar me condujo desde allí, en silencio, a través de muchos corredores oscuros e intrincados, hacia el estudio de su amo. Muchas de las cosas que encontré en mi camino contribuyeron, no sé por qué, a exaltar esas vagas sensaciones de que he hablado antes. Los objetos que me rodeaban —las molduras de los techos, los sombríos tapices de las paredes, la negrura de ébano de los pisos y los fantasmagóricos trofeos de armas que tintineaban con mis zancadas— eran cosas muy conocidas para mí, a las que estaba acostumbrado desde mi infancia, y aunque no vacilase en reconocerlas todas como familiares, me sorprendió lo insólitas que eran las visiones que aquellas imágenes ordinarias despertaban en mí. En una de las escaleras me encontré al médico de la familia. Su semblante, pensé, mostraba una expresión mezcla de baja astucia y de perplejidad. Me saludó con azaramiento, y pasó. El criado abrió entonces una puerta y me condujo a presencia de su señor.

La habitación en que me hallaba era muy amplia y alta; las ventanas, largas, estrechas y ojivales, estaban a tanta distancia del negro piso de roble, que eran en absoluto inaccesibles desde dentro. Débiles rayos de una luz roja abríanse paso a través de los cristales enrejados, dejando lo bastante en claro los principales objetos de alrededor; la mirada, empero, luchaba en vano por alcanzar los rincones lejanos de la estancia, o los entrantes del techo abovedado y con artesones. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El mobiliario general era excesivo, incómodo, antiguo y deslucido.

Numerosos libros e instrumentos de música yacían esparcidos en torno, pero no bastaban a dar vitalidad alguna a la escena. Sentía yo que respiraba una atmósfera penosa. Un aire de severa, profunda e irremisible melancolía se cernía y lo penetraba todo.

A mi entrada, Usher se levantó de un sofá sobre el cual estaba tendido por completo, y me saludó con una calurosa viveza que se asemejaba mucho, tal vez fue mi primer pensamiento, a una exagerada cordialidad, al obligado esfuerzo de un hombre de mundo ennuyé. Con todo, la ojeada que lancé sobre su cara me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos, y durante unos momentos, mientras él callaba, le miré con un sentimiento mitad de piedad y mitad de pavor. ¡De seguro, jamás hombre alguno había cambiado de tan terrible modo y en tan breve tiempo como Roderick Usher! A duras penas podía yo mismo persuadirme a admitir la identidad del que estaba frente a mí con el compañero de mis primeros años. Aun así el carácter de su fisonomía había sido siempre notable.

Un cutis cadavérico, unos ojos grandes, líquidos y luminosos sobre toda comparación; unos labios algo finos y muy pálidos, pero de una curva incomparablemente bella; una nariz de un delicado tipo hebraico, pero de una anchura desacostumbrada en semejante forma; una barbilla moldeada con finura, en la que la falta de prominencia revelaba una falta de energía; el cabello, que por su tenuidad suave parecía tela de araña; estos rasgos, unidos a un desarrollo frontal excesivo, componían en conjunto una fisonomía que no era fácil olvidar. Y al presente, en la simple exageración del carácter predominante de aquellas facciones, y en la expresión que mostraban, se notaba un cambio tal, que dudaba yo del hombre a quien hablaba. La espectral palidez de la piel y el brillo ahora milagroso de los ojos me sobrecogían sobre toda ponderación, y hasta me aterraban. Además, había él dejado crecer su sedoso cabello sin preocuparse, y como aquel tejido arácneo flotaba más que caía en torno a la cara, no podía yo, ni haciendo un esfuerzo, relacionar a aquella expresión arabesca con idea alguna de simple humanidad.

Me chocó lo primero cierta incoherencia, una contradicción en las maneras de mi amigo, y pronto descubrí que aquello procedía de una serie de pequeños y fútiles esfuerzos por vencer un azaramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa.

Estaba ya preparado para algo de ese género, no sólo por su carta, sino por los recuerdos de ciertos rasgos de su infancia, y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y de su temperamento. Sus actos eran tan pronto vivos como indolentes. Su voz variaba rápidamente de una indecisión trémula (cuando su ardor parecía caer en completa inacción) a esa especie de concisión enérgica, a esa enunciación abrupta, pesada, lenta —una enunciación hueca—, a ese habla gutural, plúmbea, muy bien modulada y equilibrada, que puede observarse en el borracho perdido o en el incorregible comedor de opio, durante los períodos de su más intensa excitación.

Así, pues, habló del objeto de mi visita, de su ardiente deseo de verme, y de la alegría que esperaba de mí. Se extendió bastante rato sobre lo que pensaba acerca del carácter de su dolencia. Era, dijo, un mal constitucional, de familia, para el cual desesperaba de encontrar un remedio; una simple afección nerviosa, añadió acto seguido, que, sin duda, desaparecía pronto. Se manifestaba en una multitud desensaciones extranaturales... Algunas, mientras me las detallaba, me interesaron y confundieron, aunque quizá los términos y gestos de su relato influyeron bastante en ello. Sufría él mucho de una agudeza morbosa de los sentidos; sólo toleraba los alimentos más insípidos; podía usar no más que prendas de cierto tejido; los aromas de todas las flores le sofocaban, una luz, incluso débil, atormentaba sus ojos, y exclusivamente algunos sonidos peculiares, los de los instrumentos de cuerda, no le inspiraban horror.

Vi que era el esclavo forzado de una especie de terror anómalo.

—Moriré —dijo—, debo morir de esta lamentable locura. Así, así y no de otra manera, debo morir. Temo los acontecimientos futuros, no en sí mismos, sino en sus consecuencias. Tiemblo al pensamiento de cualquier cosa, del más trivial incidente que pueden actuar sobre esta intolerable agitación de mi alma. Siento verdadera aversión al peligro, excepto en su efecto absoluto: el terror. En tal estado de excitación, en tal estado lamentable, presiento que antes o después llegará un momento en que han de abandonarme a la vez la vida y la razón, en alguna lucha con el horrendo fantasma, con el miedo.

Supe también a intervalos, por insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otra particularidad de su estado mental. Estaba él encadenado por ciertas impresiones supersticiosas, relativas a la mansión donde habitaba, de la que no se había atrevido a salir desde hacía muchos años, relativas a una influencia cuya supuesta fuerza expresaba en términos demasiado sombríos para ser repetidos aquí, una influencia que algunas particularidades en la simple forma y materia de su casa solariega habían, a costa de un largo sufrimiento, decía él, logrado sobre su espíritu un efecto que lo físico de los muros y de las torres grises, y del oscuro estanque en que todo se reflejaba, había al final creado sobre lo moral de su existencia.

Admitía él, no obstante, aunque con vacilación, que gran parte de la especial tristeza que le afligía podía atribuirse a un origen más natural y mucho más palpable, a la cruel y ya antigua dolencia, a la muerte —sin duda cercana— de una hermana tiernamente amada, su sola compañera durante largos años, su última y única parienta en la tierra.

—Su fallecimiento —dijo él con una amargura que no podré nunca olvidar— me dejará (a mí, el desesperanzado, el débil) como el último de la antigua raza de los Usher.

Mientras hablaba, lady Madeline (así se llamaba) pasó por la parte más distante de la habitación, y sin fijarse en mi presencia, desapareció. La miré con un enorme asombro no desprovisto de terror, y, sin embargo, me pareció imposible darme cuenta de tales sentimientos. Una sensación de estupor me oprimía conforme mis ojos seguían sus pasos que se alejaban. Cuando al fin se cerró una puerta tras ella, mi mirada buscó instintivamente la cara de su hermano, pero él había hundido el rostro en sus manos, y sólo pude observar que una palidez mayor que la habitual se había extendido sobre los descarnados dedos, a través de los cuales goteaban abundantes lágrimas apasionadas.

La enfermedad de lady Madeline había desconcertado largo tiempo la ciencias de sus médicos. Una apatía constante, un agotamiento gradual de su persona, y frecuentes, aunque pasajeros ataques de carácter cataléptico parcial, eran el singular diagnóstico.

Hasta entonces había ella soportado con firmeza la carga de su enfermedad, sin resignarse, por fin, a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como su hermano me dijo por la noche con una inexpresable agitación) al poder postrador del mal, y supe de la mirada que yo le había dirigido sería, probablemente, la última. Que no vería ya nunca más a aquella dama, viva al menos.

En varios días consecutivos no fue mencionado su nombre ni por Usher ni por mí, y durante ese período hice esfuerzos ardosos para aliviar la melancolía de mi amigo.

Pintamos y leímos juntos, o si no, escuchaba yo, como un sueño, sus fogosas improvisaciones en su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me admitía con mayor franqueza en las reconditeces de su alma, percibía yo más amargamente la inutilidad de todo esfuerzo para alegrar un espíritu cuya negrura, como una cualidad positiva que le fuese inherente, derramaba sobre todos los objetos del universo moral u físico una irradiación incesante de tristeza.

Conservaré siempre el recuerdo de muchas horas solemnes que pasé solo con el dueño de la Casa Usher. A pesar de todo, intentaría en balde expresar el carácter exacto de los estudios o de las ocupaciones en que me complicaba o cuyo camino me mostraba. Una idealidad ardiente, elevada, enfermiza, arrojaba su luz sulfúrea por doquiera. Sus largas improvisaciones fúnebres resonarán siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo dolorosamente cierta singular perversión, amplificada, del aria impetuosa del último vals de Weber. En cuanto a las pinturas que incubaba su laboriosa fantasía —que llegaba, trazo a trazo, a una vaguedad que me hacía estremecer con mayor conmoción, pues temblaba sin saber por qué—, en cuanto a aquellas pinturas (de imágenes tan vivas, que las tengo aún ante mí), en vano intentaría yo extraer de ellas la más pequeña parte que pudiese estar contenida en el ámbito de las simples palabras escritas. Por la completa sencillez, por la desnudez de sus dibujos, inmovilizaba y sobrecogía la atención. Si alguna vez un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos, en las circunstancias que me rodeaban, de las puras abstracciones que el hipocondríaco se ingeniaba en lanzar sobre su lienzo, se alzaba un terror intenso, intolerable, cuya sombra no he sentido nunca en la contemplación de los sueños, sin duda, refulgentes, aunque demasiado concretos, de Fuseli.

Una de las concepciones fantasmagóricas de mi amigo, en que el espíritu de abstracción no participaba con tanta rigidez, puede ser esbozada, aunque apenas, con palabras. Era un cuadrito que representaba el interior de una cueva o túnel intensamente largo y rectagular, de muros bajos, lisos, blancos y sin interrupción ni adorno. Ciertos detalles accesorios del dibujo servían para hacer comprender la idea de que aquella excavación estaba a una profundidad excesiva bajo la superficie de la tierra.

No se veía ninguna salida a lo largo de su vasta extensión, ni se divisaba antorcha u otra fuente artificial de luz, y, sin embargo, una oleada de rayos intensos rodaba de parte a parte, bañándolo todo en un lívido e inadecuado esplendor.

Acabo de hablar de ese estado morboso del nervio auditivo que hacía toda música intolerable para el paciente, excepto ciertos efectos de los instrumentos de cuerda. Eran, quizá, los límites estrechos en los cuales se había confinado él mismo al tocar la guitarra los que habían dado en gran parte aquel carácter fantástico a sus interpretaciones. Pero en cuanto a la férvida facilidad de sus impromptus, no podía uno darse cuenta así. Tenían que ser, y lo eran, en las notas lo mismo que en las palabras de sus fogosas fantasías (pues él las acompañaba a menudo con improvisaciones verbales rimadas), el resultado de ese intenso recogimiento, de esa concentración mental a los que he aludido antes, y que se observan sólo en los momentos especiales de la más alta excitación artificial.

Recuerdo bien las palabras de una de aquellas rapsodias. Me impresionó acaso más fuertemente cuando él me la dio, porque bajo su sentido interior o místico me pareció percibir por primera vez que Usher tenía plena conciencia de su estado, que sentía cómo su sublime razón se tambaleaba sobre su trono. Aquellos versos, titulados El palacio encantado, eran, poco más o menos, si no al pie de la letra, los siguientes:


En el más verde de nuestros valles,
habitado por los ángeles buenos,
antaño un bello y majestuoso palacio
—un radiante palacio— alzaba su frente.
En los dominios del rey Pensamiento,
¡allí se elevaba!
Jamás un serafín desplegó el ala
sobre un edificio la mitad de bello.

Banderas amarillas, gloriosas doradas
sobre su remate flotaban y ondeaban
(esto, todo esto, sucedía hace mucho,
muchísimo tiempo);
y a cada suave brisa que retozaba
en aquellos gratos días,
a lo largo de los muros pálidos y empenachados
se elevaba un aroma alado.

Los que vagaban por ese alegre valle,
a través de dos ventanas iluminadas, veían
espíritus moviéndose musicalmente
a los sones de un laúd bien templado,
en torno a un trono donde, sentado (¡porfirogénito!)
con un fausto digno de su gloria,
aparecía el señor del reino.

Y refulgente de perlas y rubíes
era la puerta del bello palacio
por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas
y centelleaba sin cesar,
una turba de Ecos cuya grata misión
era sólo cantar,
con voces de magnífica belleza,
el talento y el saber de su rey.

Pero seres malvados, con ropajes de luto,
asaltaron la elevada posición del monarca;
(¡ah, lloremos, pues nunca el alba
despuntará sobre él, el desolado!)
Y en torno a su mansión, la gloria
que rojeaba y florecía
es sólo una historia oscuramente recordada
de las viejas edades sepultadas.

Y ahora los viajeros, en ese valle,
a través de las ventanas rojizas, ven
amplias formas moviéndose fantásticamente
en una desacorde melodía;
mientras, cual un rápido y horrible río,
a través de la pálida puerta
una horrenda turba se precipita eternamente,
riendo, mas sin sonreír nunca más.


Recuerdo muy bien que las sugestiones suscitadas por esta balada nos sumieron en una serie de pensamientos en la que se manifestó una opinión de Usher que menciono aquí, no tanto en razón de su novedad (pues otros hombres han pensado lo mismo), sino a causa de la tenacidad con que él la mantuvo. Esta opinión, en su forma general, era la de la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su trastornada imaginación la idea había asumido un carácter más atrevido aún, e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino inorgánico. Me faltan palabras para expresar toda la extensión o el serio abandono de su convencimiento. Esta creencia, empero, se relacionaba (como ya antes he sugerido) con las piedras grises de la mansión de sus antepasados. Aquí las condiciones de la sensibilidad estaban cumplidas, según él imaginaba, por el método de colocación de aquellas piedras, por su disposición, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los árboles enfermizos que se alzaban alrededor, pero sobre todo por la inmutabilidad de aquella disposición y por su desdoblamiento en las quietas aguas del estanque.

La prueba —la prueba de aquella sensibilidad— estaba, decía él (y yo le oía hablar, sobresaltado), en la gradual, pero evidente condensación, por encima de las aguas y alrededor de los muros, de una atmósfera que les era propia. El resultado se descubría, añadía él, en aquella influencia muda, aunque importuna y terrible, que desde hacía siglos había moldeado los destinos de su familia, y que le hacía a él tal como le veía yo ahora, tal como era. Semejantes opiniones no necesitan comentarios, y no los haré.

Nuestros libros —los libros que desde hacía años formaban una parte no pequeña de la existencia espiritual del enfermo— estaban, como puede suponerse, de estricto acuerdo con aquel carácter fantasmal. Estudiábamos minuciosamente obras como el Vertvert et Chartreuse, de Gresset; el Belphegor, de Maquiavelo; El cielo y el infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo, de Nicolás Klimm de Holberg; la Quiromancia, de Roberto Flaud; el Viaje por el espacio azul, de Tieck, y la Ciudad del Sol, de Campanella. Uno de sus volúmenes favoritos era una pequeña edición in octavo del Directorium Inquisitorium, por el dominico Eymeric de Gironne; y había pasajes, en Pomponius Mela, acerca de los antiguos sátiros africanos o egipanes, sobre los cuales Usher soñaba durante horas enteras. Su principal delicia, con todo, la encontraba en la lectura atenta de un raro y curioso libro gótico in-quarto —el manual de una iglesia olvidada—, las Vigiliae Mortuorum Secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae.

Pensaba a mi pesar en el extraño ritual de aquel libro, y en su probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando, una noche, habiéndome informado bruscamente de que lady Madeline ya no existía anunció su intención de conservar el cuerpo durante una quincena (antes de su enterramiento final) en una de las numerosas criptas situadas bajo los gruesos muros del edificio. La razón profana que daba sobre aquella singular manera de proceder era de esas que no me sentía yo con libertad para discutir. Como hermano, había adoptado aquella resolución (me dijo él) en consideración al carácter insólito de la enfermedad de la difunta, a cierta curiosidad importuna e indiscreta por parte de los hombres de ciencia, y a la alejada y expuesta situación del panteón familiar.

Confieso que, cuando recordé el siniestro semblante del hombre con quien me había encontrado en la escalera el día de mi llegada a la casa, no sentí deseo de oponerme a lo que consideraba todo lo más como una precaución inocente, pero muy natural.

A ruegos de Usher, le ayudé personalmente en los preparativos de aquel entierro temporal. Pusimos el cuerpo en el féretro, y entre los dos lo transportamos a su lugar de reposo. La cripta en la que lo dejamos (y que estaba cerrada hacía tanto tiempo, que nuestras antorchas, semiacabadas en aquella atmósfera sofocante, no nos permitían ninguna investigación) era pequeña, húmeda y no dejaba penetrar la luz; estaba situada a una gran profundidad, justo debajo de aquella parte de la casa donde se encontraba mi dormitorio. Había sido utilizada, al parecer, en los lejanos tiempos feudales, como mazmorra, y en días posteriores, como depósito de pólvora o de alguna otra materia inflamable, pues una parte del suelo y todo el interior de una larga bóveda que cruzamos para llegar hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, estaba también protegida de igual modo. Cuando aquel inmenso peso giraba sobre sus goznes producía un ruido singular, agudo y chirriante.

Depositamos nuestro lúgubre fardo sobre unos soportes en aquella región de horror, apartamos un poco la tapa del féretro, que no estaba aún atornillada, y miramos la cara del cadáver. Un parecido chocante entre el hermano y la hermana atrajo en seguida mi atención, y Usher, adivinando tal vez mis pensamientos, murmuró unas palabras, por las cuales supe que la difunta y él eran gemelos, y que habían existido siempre entre ellos unas simpatías de naturaleza casi inexplicables. Nuestras miradas, entre tanto, no permanecieron fijas mucho tiempo sobre la muerta, pues no podíamos contemplarla sin espanto. El mal que había llevado a la tumba a lady Madeline en la plenitud de su juventud había dejado, como suele suceder en las enfermedades de carácter estrictamente cataléptico, la burla de una débil coloración sobre el seno y el rostro, y en los labios, esa sonrisa equívoca y morosa que es tan terrible en la muerte. Volvimos a colocar y atornillamos la tapa, y después de haber asegurado la puerta de hierro, emprendimos de nuevo nuestro camino hacia las habitaciones superiores de la casa, que no eran menos tristes.

Y entonces, después de un lapso de varios días de amarga pena, tuvo lugar un cambio visible en los síntomas de la enfermedad mental de mi amigo. Sus maneras corrientes desaparecieron. Sus ocupaciones ordinarias eran descuidadas u olvidadas.

Vagaba de estancia en estancia con un paso precipitado, desigual y sin objeto. La palidez de su fisonomía había adquirido si es posible, un color más lívido; pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. No oía ya aquel tono de voz áspero que tenía antes en ocasiones, y un temblor que se hubiera dicho causado por un terror sumo, caracterizaba de ordinario su habla. Me ocurría a veces, en realidad, pensar que su mente, agitada sin tregua, estaba torturada por algún secreto opresor, cuya divulgación no tenía el valor para efectuar. Otras veces me veía yo obligado a pensar, en suma, que se trataba de rarezas inexplicables de la demencia, pues le veía mirando al vacío durante largas horas en una actitud de profunda atención, como si escuchase un ruido imaginario. No es de extrañar que su estado me aterrase, que incluso sufriese yo su contagio. Sentía deslizarse dentro de mí, en una gradación lenta, pero segura, la violenta influencia de sus fantásticas, aunque impresionantes supersticiones.

Fue en especial una noche, la séptima o la octava desde que depositamos a lady Madeline en la mazmorra, antes de retirarnos a nuestros lechos, cuando experimenté toda la potencia de tales sensaciones. El sueño no quería acercarse a mi lecho, mientras pasaban y pasaban las horas. Intenté buscar un motivo al nerviosismo que me dominaba. Me esforcé por persuadirme de que lo que sentía era debido, en parte al menos, a la influencia trastornadora del mobiliario opresor de la habitación, a los sombríos tapices desgarrados que, atormentados por las ráfagas de una tormenta que se iniciaba, vacilaban de un lado a otro sobre los muros y crujían penosamente en torno a los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos fueron inútiles. Un irreprimible temblor invadió poco a poco mi ánimo, y a la larga una verdadera pesadilla vino a apoderarse por completo de mi corazón. Respiré con violencia, hice un esfuerzo, logré sacudirla, e incorporándome sobre las almohadas y clavando una ardiente mirada en la densa oscuridad de la habitación, presté oído —no sabría decir por que me impulsó una fuerza instintiva— a ciertos ruidos vagos, apagados e indefinidos que llegaban hasta mí a través de las pausas de la tormenta. Dominado por una intensa sensación de horror, inexplicable e insufrible me vestí de prisa (pues sentía que no iba a serme posible dormir en toda la noche) y procuré, andando a grandes pasos por la habitación, salir del estado lamentable en que estaba sumido.

Apenas había dado así unas vueltas, cuando un paso ligero por una escalera cercana atrajo mi atención. Reconocí muy pronto que era el paso de Usher. Un instante después llamó suavemente en mi puerta y entró, llevando una lámpara. Su cara era, como de costumbre, de una palidez cadavérica; pero había, además, en sus ojos una especie de loca hilaridad, y en todo su porte, una histeria evidentemente contenida. Su aspecto me aterró; pero todo era preferible a la soledad que había yo soportado tanto tiempo, y acogí su presencia como un alivio.

—¿Y usted no ha visto esto? —dijo él bruscamente, después de permanecer algunos momentos en silencio mirándome—. ¿No ha visto usted esto? ¡Pues espere! Lo verá.

Mientras hablaba así, y habiendo resguardado cuidadosamente su lámpara, se precipitó hacia una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.

La impetuosa furia de la ráfaga nos levantó casi del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa; pero espantosamente bella, de una rareza singular en su terror y en su belleza. Un remolino había concentrado su fuerza en nuestra proximidad, pues había cambios frecuentes y violentos en la dirección del viento, y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas, que pasaban sobre las tordillas de la casa) no nos impedía apreciar la viva velocidad con la cual acudían unas contra otras desde todos los puntos, en vez de perderse a distancia. Digo que su excesiva densidad no nos impedía percibir aquello, y aun así, no divisábamos ni la luna ni las estrellas, ni relámpago alguno proyectaba su resplandor. Pero las superficies inferiores de aquellas vastas masas de agitado vapor, lo mismo que todos los objetos terrestres muy cerca alrededor nuestro, reflejaban la claridad sobrenatural de una emanación gaseosa que se cernía sobre la casa y la envolvía en una mortaja luminosa y bien visible.

—¡No debe usted, no contemplará usted esto! —dije, temblando, a Usher, y le llevé con suave violencia desde la ventana a una silla—. Esas apariciones que le trastornan son simples fenómenos eléctricos, nada raros, o puede que tengan su horrible origen en los fétidos miasmas del estanque. Cerremos esta ventana; el aire es helado y peligroso para su organismo. Aquí tiene usted una de sus novelas favoritas. Leeré, y usted escuchará: y así pasaremos esta terrible noche, juntos.

El antiguo volumen que había yo cogido era el Mad Trist, de sir Launcelot Canning; pero lo había llamado el libro favorito de Usher por triste chanza, pues, en verdad, con su tosca y pobre prolijidad, poco atractivo podía ofrecer para la elevada y espiritual idealidad de mi amigo. Era, sin embargo, el único libro que tenía inmediatamente a mano, y me entregué a la vaga esperanza de que la excitación que agitaba al hipocondríaco podría hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) hasta en la exageración de las locuras que iba yo a leerle. A juzgar por el gesto de predominante y ardiente interés con que escuchaba o aparentaba escuchar las frases de la narración, hubiese podido congratularme del éxito de mi propósito.

Había llegado a esa parte tan conocida de la historia en que Ethelredo, el héroe del Trist, habiendo intentado en vano penetrar pacíficamente en la morada del ermitaño, se decide a entrar por la fuerza. Aquí, como se recordará, dice lo siguiente la narración:


«Y Ethelredo que era por naturaleza de valeroso corazón, y que ahora sentíase, además, muy fuerte, gracias a la potencia del vino que había bebido no esperó más tiempo para hablar con el ermitaño quien tenía de veras el ánimo propenso a la obstinación y a la malicia; pero, sintiendo la lluvia sobre sus hombros y temiendo el desencadenamiento de la tempestad, levantó su maza, y con unos golpe abrió pronto un camino, a través de las tablas de la puerta, a su mano enguantada de hierro; y entonces tirando con ella vigorosamente hacia sí, hizo crujir, hundirse y saltar todo en pedazos, de tal modo, que el ruido de la madera seca y sonando a hueco repercutió de una parte a otra de la selva».


Al final de esta frase me estremecí e hice un pausa, pues me había parecido (aunque pensé e seguida que mi excitada imaginación me engañaba) que de una parte muy alejada de la mansión llegaba confuso a mis oídos un ruido que se hubiera dicho, a causa de su exacta semejanza de tono, el eco (pero sofocado y sordo, ciertamente de aquel ruido real de crujido y de arrancamiento descrito con tanto detalle por sir Launcelot. Era sin duda, la única coincidencia lo que había atraído tan sólo mi atención, pues entre el golpeteo de las hojas de las ventanas y los ruidos mezclados de la tempestad creciente, el sonido en sí mismo no tenía, de seguro, nada que pudiera intrigarme o turbarme.

Continué la narración:


»Pero el buen campeón Ethelredo, franqueando entonces la puerta, se sintió dolorosamente furioso y asombrado al no percibir rastro alguno del malicioso ermitaño, sino, en su lugar, un dragón de una apariencia fenomenal y escamosa, con una lengua de fuego, y que estaba de centinela ante un palacio de oro, con el suelo de plata, y sobre el muro aparecía colgado un escudo brillante de bronce, con esta leyenda encima:

El que entre aquí, vencedor será;
el que mate al dragón, el escudo ganará.

»Ethelredo levantó su maza y golpeó sobre la cabeza del dragón, que cayó ante él y exhaló su aliento pestilente con un ruido tan horrendo, áspero y penetrante a la vez, que Ethelredo tuvo que taparse los oídos con las manos para resistir aquel terrible estruendo como no lo había él oído nunca antes.

Aquí hice de súbito una nueva pausa, y ahora con una sensación de violento asombro, pues no cabía duda de que había yo oído esta vez (érame imposible decir de qué dirección venía) un ruido débil y como lejano, pero áspero, prolongado, singularmente agudo y chirriante, la contrapartida exacta del rito sobrenatural del dragón descrito por el novelista y tal cual mi imaginación se lo había ya figurado.

Oprimido como lo estaba, sin duda, por aquella segunda y muy extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, entre las cuales predominaban un asombro y un terror extremos, conservé, empero, la suficiente presencia de ánimo para tener cuidado de no excitar con una observación cualquiera la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No estaba seguro en absoluto de que él hubiera notado los ruidos en cuestión, siquiera, a no dudar, una extraña alteración habíase manifestado, desde hacía unos minutos, en su actitud. De su posición primera enfrente de mí había él hecho girar gradualmente su silla de modo a encontrarse sentado con la cara vuelta hacia la puerta de la habitación; así, sólo podía yo ver parte de sus rasgos, aunque noté que sus labios temblaban como si dejasen escapar un murmullo inaudible. Su cabeza estaba caída sobre su pecho, y, no obstante, yo sabía que no estaba dormido, pues el ojo que entreveía de perfil permanecía abierto y fijo. Además, el movimiento de su cuerpo contradecía también aquella idea, pues se balanceaba con suave, pero constante y uniforme oscilación. Noté, desde luego, todo eso, y reanudé el relato de sir Launcelot, que continuaba así:

»Y ahora el campeón, habiendo escapado de la terrible furia del dragón, y recordando el escudo de bronce, y que el encantamiento que sobre él pesaba estaba roto, apartó la masa muerta de delante de su camino y avanzó valientemente por el suelo de plata del castillo hacia el sitio del muro de donde colgaba el escudo; el cual, en verdad, no esperó a que estuviese él muy cerca, sino que cayó a sus pies sobre el pavimento de plata, con un pesado y terrible ruido.

Apenas habían pasado entre mis labios estas últimas sílabas, y como si en realidad hubiera caído en aquel momento un escudo de bronce pesadamente sobre un suelo de plata, oí el eco claro, profundo, metálico, resonante, si bien sordo en apariencia. Excitado a más no poder, salté sobre mis pies, en tanto que Usher no había interrumpido su balanceo acompasado.

Sus ojos estaban fijos ante sí, y toda su fisonomía, contraída por una pétrea rigidez. Pero cuando puse la mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió toda su ser, una débil sonrisa tembló sobre sus labios, y vi que hablaba con un murmullo apagado, rápido y balbuciente, como si no se diera cuenta de mi presencia. Inclinándome sobre él, absorbí al fin el horrendo significado de sus palabras.

—¿No oye usted? Sí, yo oigo, y he oído. Durante mucho, mucho tiempo, muchos minutos, muchas horas, muchos días, he oído; pero no me atrevía. ¡Oh, piedad para mí, mísero desdichado que soy! ¡No me atrevía, no me atrevía a hablar! ¡La hemos metido viva en la tumba! ¿No le he dicho que mis sentidos están agudizados? Le digo ahora que he oído sus primeros débiles movimientos dentro del ataúd. Los he oído hace muchos, muchos días, y, sin embargo, ¡no me atreví a hablar! Y ahora, esta noche, Ethelredo, ¡ja, ja! ¡La puerta del ermitaño rota, el grito de muerte del dragón y el estruendo del escudo, diga usted mejor el arrancamiento de su féretro, y el chirrido de los goznes de hierro de su prisión, y su lucha dentro de la bóveda de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huir? ¿No estará ella aquí en seguida? ¿No va a aparecer para reprocharme mi precipitación? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No percibo el pesado y horrible latir de su corazón? ¡Insensato! —y en ese momento se alzó furiosamente de puntillas y aulló sus sílabas como si en aquel esfuerzo exhalase su alma—: Insensato. ¡Le digo a usted que ella está ahora detrás de la puerta!

En el mismo instante, como si la energía sobrehumana de sus palabras hubiese adquirido la potencia de un hechizo, las grandes y antiguas hojas que él señalaba entreabrieron pausadamente sus pesadas mandíbulas de ébano. Era aquello obra de una furiosa ráfaga, pero en el marco de aquella puerta estaba entonces la alta y amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre sobre su blanco ropaje, y toda su demacrada persona mostraba las señales evidentes de una enconada lucha. Durante un momento permaneció trémula y vacilante sobre el umbral; luego, con un grito apagado y quejumbroso, cayó a plomo hacia adelante sobre su hermano, y en su violenta y ahora definitiva agonía le arrastró al suelo, ya cadáver y víctima de sus terrores anticipados.

Huí de aquella habitación y de aquella mansión, horrorizado. La tempestad se desencadenaba aún en toda su furia cuando franqueé la vieja calzada. De pronto una luz intensa se proyectó sobre el camino y me volví para ver dónde podía brotar claridad tan singular, pues sólo tenía a mi espalda la vasta mansión y sus sombras. La irradiación provenía de la luna llena, que se ponía entre un rojo de sangre, y que ahora brillaba con viveza a través de aquella grieta antes apenas visible, y que, como ya he dicho al principio, se extendía, zigzagueando, desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la examinaba, aquella grieta se ensanchó con rapidez; hubo de nuevo una impetuosa ráfaga, un remolino; el disco entero del satélite estalló de repente ante mi vista; mi cerebro se alteró cuando vi los pesados muros desplomarse, partidos en dos; resonó un largo y tumultuoso estruendo, como la voz de mil cataratas, y el estanque profundo y fétido, situado a mis pies, se cerró tétrica y silenciosamente sobre los restos de la Casa Usher.

Edgar Allan Poe (1809-1849)




Relatos góticos. I Relatos de Edgar Allan Poe.


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