«Todos ustedes, zombis»: Robert A. Heinlein; relato y análisis


«Todos ustedes, zombis»: Robert A. Heinlein; relato y análisis.




Todos ustedes, zombis (All You Zombies) es un relato fantástico del escritor norteamericano Robert A. Heinlein (1907-1988), publicado originalmente en la edición de marzo de 1959 de la revista Fantasy and Science Fiction, y luego reeditado en la antología de ese mismo año: La desagradable profesión de Jonathan Hoag (The Unpleasant Profession of Jonathan Hoag).

Todos ustedes, zombis, probablemente uno de los cuentos de Robert A. Heinlein más celebrados, expone una extraordinaria paradoja sobre los viajes en el tiempo. Para no arruinar el desarrollo del relato recomendamos evitar los siguientes párrafos, donde nos introduciremos con mayor profundidad en el argumento.

Todos ustedes, zombis de Robert A. Heinlein emplea con mucha elegancia varios clichés de la ciencia ficción, entre ellos, una máquina del tiempo (aunque bastante extraña), sin embargo; lo más interesante del relato son las paradojas. En resumen: todos los personajes principales de la historia son, en realidad, la misma persona, pero en etapas diferentes de su vida.

Aquí, el protagonista (que posee algunas curiosidades biológicas realmente asombrosas) viaja en el pasado. Mediante un ardid es engañado para fecundarse a sí mismo. El resultado de esa unión es el propio protagonista, es decir, su padre y su madre son él mismo, generando de este modo una paradoja desconcertante.

En este sentido, Todos ustedes, zombis, además de ser un clásico de la ciencia ficción y los viajes en el tiempo, es también un ejemplo sumamente interesante del transgénero en la literatura.




Todos ustedes, zombis.
All You Zombies, Robert A. Heinlein (1907-1988)


22.17. Hs. ZONA TEMPORAL 5.7 de novíembre de 1970. Nueva York. Bar de Pop.

Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la madre soltera. Anoté la hora. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha y la hora. Es una norma. La madre soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y temperamento quisquilloso. No me gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo. Le obsequié mi mejor sonrisa de mostrador.
Esta noche venía bastante bebido, y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Silenciosamente le serví una ración doble de aguardiente, y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso. Pasé el trapo por el mostrador.

—¿Cómo anda el negocio de la madre soltera?

El hombre apretó el vaso. Pensé que me lo iba a tirar a la cara, y tanteé debajo del mostrador en busca de la cachiporra. Hay tantos factores, en el campo de la manipulación temporal, que no es posible correr riesgos. Advertí en la cara del hombre una fracción infinitesimal de distensión.

—Lo siento —dije—. Sólo quise preguntar cómo andan los negocios. Imagine que le pregunté qué tal está el tiempo.

Me miró, amargado.

—Oh, los negocios andan bien. Yo las escribo, ellos las publican, yo como.

Me serví un trago y me incliné hacia él.

—Para decirle la verdad —comenté—, usted escribe bien. He leído algunas de esas historias. Es asombroso cómo ha captado usted el punto de vista femenino.

Este era un desliz que yo debía arriesgar: él nunca me había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan irritado, que sólo retuvo mis palabras finales.

—¡El punto de vista femenino! —repitió, bufando—. Si, ya lo creo que conozco ese punto de vista.

—¿Si? —murmuré, vagamente— ¿hermanas?

—No. Usted no me creerla, si le contara.

—Vamos, vamos —repuse suavemente—, los barman y los psiquiatras saben que nada es más extraño que la verdad. Mire, hijo mio, si usted oyera las historias oigo yo... bueno, se haría rico.

—Usted no sabe lo que significa increíble.

—¿De veras? Pues a mi nada asombra.

—¿Quiere apostar lo que queda de la botella?

—Le apostaré una botella entera —dije, y la puse en el mostrador.

Hice señas al otro barman de que se ocupara del negocio. Estabamos en la punta del mostrador, un lugar para un solo banquillo que yo convertía en refugio privado colocando sobre el mostrador frascos con huevos conserva y cosas por el estilo. En la otra punta habia unos parroquianos mirando el boxeo, en la pantalla del televisor.

—Muy bien —dijo—, soy un bastardo.

—Eso no es una ninguna distinción aquí —señalé.

—Lo digo en serio —replicó—. Mis padres no estaban casados.

—Ninguna novedad. Los mios tampoco.

—Cuando... —de repente se interrumpió y, por primera vez desde que lo conocía, me miró con cierta amabilidad—. ¿En serio?

—Por supuesto. En realidad —agregué—, nadie se casa en mi familia.

—¿Y eso?

—Oh esto. Parece un anillo de compromiso. Es para ahuyentar a las mujeres.

Era un a vieja sortija que compré en 1985 a un colega, que la había traído de Creta.

—La serpiente Uroboros —expliqué—, la Serpiente del Mundo que se muerde eternamente la cola. Un símbolo de la Gran Paradoja.

Pero él apenas lo miró.

—Entonces sabe como me siento. Cuando yo era todavía una niña...

—-¡Epa! —lo interrumpí—. ¿Le oí bien?

—¿Quién cuenta esta historia? Cuando yo era una niña... Oiga, ¿nunca oyó hablar de Christine Jorgenson? ¿O de Roberta Cowell?

—¿Usted pretende hacerme creer que...?

—Vea, si me interrumpe, no hablo. A mí me dejaron en un orfanato de Cleveland, en 1945, cuando tenía un mes de edad. Después, de chica, empecé a envidiar a los niños que tenían padres. Más tarde, cuando me enteré de las cosas relacionadas con el cuerpo, y créame, Pop, que se aprende rápido en un orfanato...

—Ya lo sé.

—…juré solemnemente que un hijo mío tendría padre y madre. Esa idea me mantuvo pura; cosa que era una hazaña en ese medio. Para conseguirlo debí aprender a pelear. Después fui creciendo, y comprendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme, por los mismos motivos por los que nadie me habla adoptado —Hizo una mueca—. Tenía cara de caballo, dientes largos, y pelo ensortijado.

—No parece mucho más feo que yo.

—¿A quién le importa si un barman es feo? ¿O un escritor? Pero la gente que quiere adoptar un niño elige los de ojos azules y cabellos de oro —se encogió de hombros—. Yo no podía competir. Decidí incorporarme a la W.E.N.C.H.E.S.

—¿Eh?

—Es la sigla de la Sección Hospitalidad y Entretenimiento del Cuerpo Nacional de Emergencia Femenino. La llaman ahora Angeles del Espacio. A.N.G.E.L. Grupo Auxiliar de Protección de las Legiones Extraterrestres.

Reconocí ambas denominaciones, cuando las ubiqué en el tiempo. El cambio de vocabulario es el peor obstáculo en los saltos por el tiempo. ¿Sabían ustedes que "estación de servicio" significó en una época un dispensario de fracciones de petróleo?

La madre soltera continuó:

—Fue entonces cuando se admitió, por primera vez, que era imposible enviar hombres solos al espacio durante meses y años. Había que aliviarles la tensión. ¿Recuerda cómo protestaron los puritanos? Bueno, eso me favoreció, ya que no abundaban las voluntarias. Una muchacha debía ser respetable, de un nivel mental superior al medio, y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran viejas neuróticas que perderían la cabeza apenas salir de la Tierra. En consecuencia, yo no necesitaba ser bonita; si me aceptaban, me arreglarían los dientes de chivo, me enseñarían a caminar y a bailar y a escuchar a un hombre con expresión agradable, y todo lo demás. Si era necesario hasta me harían la cirugía estética.

»A los dieciocho años me colocaron como auxiliar de casa de familia. Querían una sirvienta barata, pero no me importó. No podía alistarme hasta cumplir veintiuno. Hacía las tareas de la casa y asistía a la escuela nocturna. Fingía estudiar taquigrafía y dactilografía, pero en realidad iba a los cursos de atractivo personal. Fue entonces cuando conocí a ese farsante, con sus billetes de cien dólares. Un inservible, aunque me gustaba. Era el primero que se mostraba amable conmigo sin intentar otros juegos. Abandoné la escuela nocturna para verlo más seguido. Fue la época más feliz de mi vida.

La madre soltera calló.

—¿Y después? —pregunté.

—Y después, nada. Nunca volví a verlo. Me acompañó a casa, me dijo que me quería, se despidió con un beso y un buenas noches, y no lo vi más. Si pudiera encontrarlo lo mataría.

—Bueno, comprendo cómo se siente. Pero matarlo nada más que por...

—¡Merece algo mucho peor! Espere a que termine de contarle. Me las arreglé para que nadie sospechara, y me consolé diciéndome que todo era para bien; que realmente no lo había querido y que probablemente nunca querria a nadie. Estaba más ansiosa que nunca por ingresar al programa. No hábía quedado descalificada, a pesar de mi indiscreción. Sólo cuando las faldas empezaron a apretarme, comprendí.

—¿Embarazada?

—Como una vaca. Y esos avaros que me habían empleado se hicieron los tontos mientras pude trabajar. Después me sacaron a patadas, y el orfanato no quiso recibirme otra vez. Terminé en un hospital de caridad. Una noche me encontré en una mesa de operaciones, paralizada del pecho para abajo. Cuando entró el cirujano, me preguntó, muy contento:

»—¿Qué tal, cómo se siente?

»—Como una momia.

»—Natural. Está fajada como una momia. Va a salir bien, pero una cesárea no es un chiste. Su bebé está perfectamente.

»—¿Varón o nena?

»—Nena. Sanísima. Cinco libras, tres onzas.

»Me tranquilicé. Ya era algo; haber hecho un bebé. Me iría a cualquier parte —pensé—, y dejaría que la niña pensara que su padre había muerto. Mí hija no terminaría en un orfanato. Pero el cirujano seguía hablando:

»—Dígame —evitó pronunciar mi nombre—. ¿Alguna vez observó que su sistema glandular es... extraño?

»—Por supuesto que no. ¿Qué quiere decir?

El hombre vacilaba.

»—Se lo diré en una sola dosis. Luego una inyección, para que se duerma y se le pasen los nervios. ¿Alguna vez oyó hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta los treinta y cinco años? Después se operó, y fue un hombre, desde el punto de vista medico y legal. Incluso se casó. Todo perfecto.

»—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

»—Es lo que estoy tratando de explicarle. Usted es un hombre.

»—¿Qué?

»—Calma. Cuando la abrí, me encontré con todo un espectáculo. Llamé al cirujano jefe, mientras yo sacaba al niño; después, con usted todavía en la mesa, celebramos una consulta. Trabajamos durante horas para salvar lo que se podía salvar. Usted tenía dos series completas de órganos, ambas inmaduras; pero la serie femenina estaba bastante desarrollada como para permitirle tener un bebé. Esos órganos, sin embargo, ya no podían servirle, así que los extirpamos y reordenamos las cosas, para que pueda desarrollarse adecuadamente como hombre —Me puso una mano en el hombro—. No se preocupe. Es usted joven, los huesos se le readaptarán, le vigilaremos el equilibrio glandular.

»—¿Y mi hija? —me eché a llorar.

»—Bueno, en su lugar, yo ni siquiera la veria, Le buscaría unos padres adoptivos.

»—¡No!

»—Usted decide —el médico se encogió de hombros—. Es usted la madre, bueno... el padre. Pero ahora no se preocupe. Lo primero es recuperarse.

»Al día siguiente me dejaron ver a la niña, y seguí viéndola diariamente, tratando de acostumbrarme a ella. Nunca habla visto un recién nacido, y no imaginaba qué feos son. Parecía un monito anaranjado. Mis sentimiéntos se convirtieron en la firme decisión de protegerla. Pero cuatro semanas más tarde, eso no significaba nada.

—¿Cómo? —pregunté.

—La secuestraron. Se la llevaron del hospital. Y así me quitaron la última razón de mi vida.

—Feo asunto —admití—. ¿Ninguna pista?

—La policía no descubrió nada. Alguien había ido a verla, diciendo que era el tío. En un descuido de la enfermera, se la llevó.

—¿Y el secuestrador cómo era?

—Un hombre corriente, con una cara en forma de cara, como la suya o la mía —la madre frunció el ceño—. Creo que era el padre. La enfermera juró que era un hombre de más edad, probablemente se había maquillado. ¿Quién, sino él, podía robarme la criatura?

—¿Qué pasó después?

—Estuve once meses más en ese horrible lugar. Me operaron tres veces. A los cuatro meses empezó crecerme la barba. Antes de salir ya me afeitaba todos los días, y evidentemente era un hombre —sonrió—. Empezaba a mirarles las piernas a las enfermeras.

—Bueno —admití—, me parece la cosa salió bastante bien. Se ha convertido en un hombre normal, gana bastante dinero. Además, la vida de la mujer no es fácil.

—-¡Qué sabrá usted! Yo estaba tan arruinado puede estarlo una mujer. Ese canalla me arruinó realmente vida. Yo ya no era una mujer, y no sabía cómo ser un hombre.

—Supongo que es cuestión de costumbre.

—Usted no tiene la menor idea. No hablo de aprender a vestirme, o de no equivocarse de baño en un restaurante. Todo eso lo aprendí en el hospital. ¿Pero cómo podía vivir? ¿En qué me emplearía? Diablos, ni siquiera sabía conducir un automóvil. No conocía un oficio. Además, detestaba a aquel individuo por haberme quitado la posibilidad de ingresar en el programa. Pero sólo comprendí cuánto lo odiaba cuando quise entrar en el Cuerpo Espacial. Un simple vistazo a. mi abdomen y me declararon inepto. Entonces cambié de nombre y vine a Nueva York. Alquilé una máquina de escribir y me instalé como taquígrafo público. ¡Qué risa! En cuatro meses dactilografié cuatro cartas y un manuscrito. Un desperdicio de papel, realmente, pero el autor consiguió venderlo. Eso me dio una idea. Compré una pila de revistas para mujeres y las estudié.

»Así conseguí ese acertado punto de vista femenino. ¿Me gané la botella?

La empujé hacia él. Me sentía bastante trastornado, pero habla que trabajar.

—Hijo, ¿todavía tiene ganas de echarle el guante a ese sujeto?

Los ojos se le iluminaron con un brillo de fiera.

—Póngame a prueba.

—Calma. Sé más sobre ese asunto de lo que usted imagina. Puedo ayudarlo. Sé dónde está.

Tendió la mano por encima del mostrador.

—¿Dónde?

—Súélteme la camisa, hijo, o aterrizará en el callejón. Todo a su tiempo. Hay ficheros, constancias del hospital, del orfanato, médicas. La directora del orfanato era la señora Fetherage, ¿correcto? Y después vino la señora Greunstein, ¿correcto? Y cuando usted era niña la llamaban Jane, ¿correcto? Y usted no me dijo nada de esto, ¿correcto?

El hombre estaba desconcertado, asustado quizá.

—-Puedo poner a ese sujeto entre sus manos. Usted hace con él lo que le parezca, sin consecuencias. Pero creo que no lo matará. Tendría que estar loco para matarlo, y usted no está loco. No del todo —le serví un trago—. Pero no tan rápido. Yo le hago un favor. Usted me hace un favor.

—¿Cuál?

—A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué diría si yo le ofreciera un empleo con un gran sueldo, estabilidad asegurada, carta blanca en los gastos, usted su propio jefe, y pilas de aventuras y diversión?

—Diría: ese empleo no existe.

—Muy bien, digamos que yo le entrego al hombre, usted le arregla las cuentas, y después prueba el trabajo que le ofrezco. Si no es como se lo pinto, no pasó nada.

El otro vacilaba. El último trago lo decidió.

—¿Cuándo me lo entrega?

—Ahora.

—¡Trato hecho!

Le hice una seña a mi ayudante para que vigilara. Tomé nota de la hora. Atravesaba la puertita debajo del mostrador cuando empezó a sonar Soy mi abuelo. El hombre de servicio tenía orden de poner sólo clásicos del folklore americano, porque yo no aguantaba la musica de los '70. Pero yo ignoraba que esa grabación se hubiera infiltrado. Así que grité:

—Apaga eso! ¡Devuélvele el dinero al cliente! —y agregué—: Voy al depósito. Vuelvo en seguida.

Y allá fui, seguido por la madre soltera.

El depósito estaba al fondo del pasillo. Solo el encargado de día y yo teníamos la llave. Adentro había otra habitación, y sólo yo tenía la llave. Entramos ahí. Ella miró borrosamente a su alrededor y no vio mas que paredes sin ventanas.

—¿Dónde está?

—Enseguida viene.

Abrí un estuche. No había otra cosa en el cuarto: un modulador coordenadas portátil, serie 1992. Una hermosura, sin piezas móviles. Parecía una inocente valija. Unas horas antes yo lo había puesto a punto; ahora lo único debía hacer era quitar la red metalica que limita el campo de transformación. Y lo hice.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Una máquina del tiempo —respondí y con un movimiento rápido lancé la red sobre nosotros.

—¡Eh! —gritó, retrocediendo.

Es una técnica: hay que lanzar la red de modo que el sujeto retroceda instintivamente hasta chocar con la malla de metal. Luego uno cierra la red y ambos quedamos completamente adentro. De lo contrario, uno puede dejar detrás la suela de un zapato, o la punta de un pie. Algunos agentes introducen al sujeto en la red con engaños; yo digo la verdad y uso ese instante de total asombro para mover la palanca. Moví la palanca.


1030 hs. ZONA TEMPORAL 6.3. Abril de 1963. Cleveland Ohio. Edificio Apex.

—¡Eh! —repitió—. ¡Sáqueme esto de encima!

—Lo siento —me disculpé, sacando la red y guardándola en la valija—. Usted dijo que quería encontrarlo —señalé el paisaje que se veía por la ventana—. ¿Le parece que estamos en noviembre? ¿Y en Nueva York?

Mientras él observaba, estupefacto, los pimpollos nuevos y el cielo primaveral, reabrí el estuche, saqué un fajo de billetes de cien dólares y miré si la numeración y la firma eran compatibles con 1963. Al Servicio Temporal le desagradan los anacronismos innecesarios. Si uno comete demasiados errores, un tribunal militar puede exiliarlo por un año en una época particularmente desagradable, 1974 por ejemplo, con su estricto racionamiento y sus trabajos forzados. Yo jamás cometo tales errores. El dinero era perfecto.

La madre soltera dio media vuelta y preguntó:

—¿Qué ha pasado?

—El hombre está ahí, afuera. Aquí tiene dinero para los gastos —Le di el fajo y añadí—: Ajuste sus cuentas, después yo lo recogeré.

Los billetes tienen un efecto hipnótico en la gente que los ve poco. Seguía pasándolos de a uno, con el pulgar incrédulo, cuando lo empujé al vestíbulo, y cerré la puerta por dentro. El próximo salto en el tiempo era fácil, un pequeño desplazamiento dentro de la misma era.


17.00 hs. Zona temporal 6.10 de marzo de 1964. Cleveland. Edificio Apex.

Habían echado por debajo de la puerta un aviso que decía que el contrato de mi alquiler expiraba la semana próxima; salvo ese detalle, el cuarto tenía el mismo aspecto que un momento antes. Afuera, amenazaba nevar. Me di prisa, demorándome apenas lo suficiente para recoger el dinero contemporáneo, además de una chaqueta, un sombrero y un abrigo que habla dejada cuando alquilé la habitación. Contraté un automóvil y fui al hospital. Tardé veinte minutos en aburrir lo suficiente a la enfermera como para poder llevarme la criatura sin que nadie me viera. Regresamos al edificio Apex. Este salto fue más complicado, pues el edificio no existía aun en 1945. Pero lo habla calculado de antemano.


01.00 hs. Zona temporal 6.20 de setiembre de 1945. Cleveland. Hotel Skyview.

El equipo portátil, el bebé y yo llegamos a un hotel de las afueras de la ciudad. Previamente yo me había registrado como Gregory Johnson. Procedencia: Warren, Ohio. La habitación tenía las cortinas corridas, las ventanas cerradas y las puertas atrancadas. El piso estaba libre de obstáculos, como precaución contra las oscilaciones mientras la máquina busca una época determinada. Una silla que está donde no debe estar puede golpearlo a uno seriamente; no la silla, desde luego, sino la descarga retroactiva del campo.

No hubo problemas. Jane dormía pacíficamente. La saqué, la puse en una caja de cartón sobre el asiento de un automóvil que había alquilado previamente, la llevé al orfanato, la dejé en la escalinata, recorrí dos cuadras hasta llegar a una estación de servicio (de las que vendían subproductos del petróleo) y telefoneé al orfanato. Después volví a tiempo para ver cómo llevaban adentro la caja de cartón. Abandoné el automóvil cerca del motel, fui hasta él caminando, y entré al edificio Apex en el año 1963.


22.00 hs. Zona temporal 6.24 abril de 1963. Cleveland. Edificio Apex.

Yo había calculado el tiempo con gran precisión. Si no me equivocaba Jane estaba descubriendo en el parque que no era una chica tan... decente, como había creído. Tomé un taxi, me hice llevar a la casa de sus patrones, y ordené al conductor esperase a la vuelta de la esquina, mientras yo me agazapaba en las sombras.

De pronto los vi venir por la calle, tomados del brazo. El hombre la llevó hasta el porche, la besó largamente, más largamente lo que yo había imaginado. Después ella entró. El hombre vino caminando por la acera, dobló la esquina. Me acerqué y lo tomé del brazo.

—Muy bien, hijo —le anuncié voz baja—. He vuelto para recogerlo.

—¡Usted! —exclamó, conteniendo la respiración.

—Yo. Ahora ya sabe quién es el otro, y si piensa un poco sabrá quién es usted. Y si piensa bastante adivinará quien es el bebé... y quién soy yo.

El otro no contestó. Estaba demasiado aturdido. Es impresionante cuando a uno le demuestran que no puede resistir la tentación de seducirse a sí mismo. Lo llevé al edificio Aper y dimos un nuevo salto.


23.00 hs. Zona 7.12 de agosto de 1985. Base de los Rocallosos.

Desperté al sargento de guardia, le mostré mi tarjeta de identificación, le ordené que pusiera a mi acompañante en la cama, le diera una píldora tranquilizante y lo reclutara a la mañana siguiente. El sargento estaba de mal talante, pero la jerarquía es la jerarquía, en cualquier época. De modo que obedeció, pensando que la próxima vez que nos encontráramos él podría ser el coronel y yo el sargento. Cosa que, efectivamente, puede suceder en nuestro servicio.

—¿Qué nombre? —preguntó.

Se lo escribí. El sargento enarcó las cejas.

—Sí ¿eh? Humm...

—Limítese a hacer su trabajo, sargento —Me volví a mi acompañante—. Hijo, tus pesares han terminado. Está por iniciarse en el mejor empleo que un hombre puede tener Y andarás bien. Lo sé.

—¡De esó puede estar seguro! —corroboró el sargento—. Mireme a mí, nacido en 1917, y todavía ando por aquí, todavía soy joven, todavía disfruto de la vida.

Regresé a la oficina de desplazamientos, y ajusté todos los mecanismos a cero.


23.01 hs. Zona 5.7 de noviem¬bre de 1970. Nueva York. Bar de Pop.

Salí del depósito con una botella para justificar el minuto de ausencia. Mi ayudante discutía con el parroquiano que quería oír Soy mi propio abuelo. Le dije:

—Oh, déjalo que lo escuche. Después desenchufa el aparato —me sentía muy cansado.

El trabajo es duro, pero alguien debe hacerlo. Luego del Error de 1972, es difícil reclutar a alguien. No hay nada mejor que seleccionar a aquellos que se sienten desdichados donde están, y ofrecerles un trabajo interesante y bien pago, aunque peligroso, para servir a una causa necesaria. Todo el mundo sabe ahora por qué fracasó la guerra de 1963. La bomba de Nueva York no estalló nunca, un centenar de otras cosas no ocurrieron como habían sido planeadas. Todo gracias a gente como yo.

Pero en el Error de 1972, no; no intervenimos. Y no puede ser reparado; no hay aquí ninguna paradoja. Una cosa es, o no es, ahora y para siempre. Pero no habrá otro error semejante; una orden fechada en 1992 tiene prioridad en cualquier año.

Cerré el bar cinco minutos antes de lo habitual, dejando en la caja registradora una carta donde le explicaba al encargado de día que aceptaba su ofrecimiento de comprar mi parte, y que se entrevistara con mi abogado, puesto que yo me tomaba unas largas vacaciones. El Servicio cobraría o no mi participación, pero no quiere que se dejen cabos sueltos. Bajé al cuartito del depósito y salté a 1993.


22.00 hs. Zona 7.12 de enero de 1993. Cuartel General Anexo, Servicio Temporal Rocallosos.

Me presenté al oficial de guardia y fui a mi cuarto con la intención de dormir una semana. Me había traído la botella que habíamos apostado (al fin y al cabo, la gané) y tomé un trago antes de escribir mi informe. El aguardiente tenía un gusto desagradable; me pregunté por qué me habría gustado alguna vez. Pero era mejor que nada: no me gusta estar completamente sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco vivo pegado a la botella.

Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos aprobados por el Departamento Psicológico, incluyendo el mío, que sería aprobádo, sin duda. Pues yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una cinta pidiendo que me pasaran al cuerpo operativo; estaba harto de reclutamientos. Metí las dos grabaciones en la ranura y luego me acosté.

Mi mirada se posó en el cartelito con las Máximas del Tiempo, a los pies de mi cama:


Nunca dejes para ayer lo que puedes hacer mañana.
Si al fin triunfas, no lo intentes otra vez.
Una puntada a Tiempo salva nueve billones.
Las paradojas pueden ser paradoctoradas.
Es más temprano de lo que piensas.
Los antepasados son solo gente .
Hasta el mismo Júpiter cabecea.


Ya no me entusiasmaban tanto o cuando era recluta; treinta años subjetivos de saltos en el tiempo lo gastan a uno. Me desvestí y me miré el abdomen. Una cesárea deja una gran cicatriz, pero soy tan peludo ahora que no la veo, salvo que la busque.

Entonces eché un vistazo al anillo que llevo en el dedo.

La serpiente que se muerde eternamente la cola: Yo sé de dónde he venido, ¿pero de dónde han venido todos ustedes, zombis?

Sentía la inminencia de un dolor de cabeza, pero nunca tomo analgésicos. Una vez tomé... y todos ustedes se fueron. Así que me metí en la cama y apagué la luz. Ustedes no están ahí, realmente. Sólo yo estoy, no hay nadie sino yo: Jane, sola aquí en la oscuridad.

Los extraño tanto.

Robert A. Heinlein (1907-1998)




Relatos góticos. I Relatos de Robert A. Heinlein.


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El análisis y resumen del cuento de Robert A. Heinlein: Todos ustedes, zombis (All You Zombies), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece que hay una película llamada Predestination, que también usa esa frase "todos ustedes son unos Zombis", es la película basada en este cuento

Sebastián Beringheli dijo...

En efecto, esa película está basada en el cuento de Heinlein.

Unknown dijo...

Entonces, ahora habrá que ver la película.



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