El hombre retorcido: L. Sprague de Camp


El hombre retorcido (The gnarly man) es un relato fantástico del escritor norteamericano L. Sprague de Camp, publicado en la edición de junio de 1939 de la revista Unknown.

El este relato, L. Sprague de Camp se aleja del género de terror y plantea una curiosa e irónica visión sobre la evolución, particularmente sobre los hombres de Neanderthal, aquellos ancestros del Homo Sapiens, que reclaman aquí su espacio en el presente.


El hombre retorcido.
The gnarly man, L. Sprague de Camp.

La doctora Matilda Saddler vio por primera vez al hombre retorcido la tarde del 14 de junio de 1946, en Coney Island. La asamblea que celebraba todas las primaveras la Sección Oriental de la Asociación Antropológica Americana ya había terminado, y la doctora Saddler comió con dos de sus colegas, los doctores Bleu, de Columbia, y Jeffcott, de Yale. Les dijo que ella nunca había estado en Coney, y se proponía visitar la isla. Rogó a Blue y Jeffcott que la acompañasen, pero ellos se excusaron. Mientras ambos contemplaban la espalda de la doctora Saddler, que se alejaba, Blue comentó, con una voz que parecía un graznido:

—La mujer salvaje de Wichita. Me gustaría saber si se propone cazar a otro marido.
Blue era un hombre muy delgado, con una barbita gris y una expresión de estar diciendo constantemente: «¿Y usted quién demonios es?»

—¿Cuántos ha tenido hasta la fecha? —preguntó Jeffcott.
—Dos. Ignoro por qué la vida privada de los antropólogos es la más desordenada de todos los científicos. Tal vez sea porque estudian las costumbres y la moral de tantos pueblos diferentes, que deben de decirse: «Si los esquimales lo hacen, ¿por qué no hacerlo nosotros?» Gracias a Dios, yo estoy a salvo por viejo.
—Pues yo no la temo —dijo Jeffcott. Este era un cuarentón que parecía un labriego embarazado por su traje dominguero—. No puedo estar más casado de lo que estoy.
—¿Ah, sí? Tenías que haber estado en Stanford hace unos cuantos años, cuando ella estaba allí. Era muy peligroso cruzar el campus de la Universidad, con Tuthill persiguiendo a todas las hembras y la Saddler a todos los varones.

La doctora Saddler tuvo que abrirse paso a codazos para salir del metro, pues los adolescentes que infestan el andén de la estación de Stillwell Avenue son probablemente los seres peor educados que existen en el mundo, con la sola y posible excepción de los habitantes de las islas Dobu, en el Pacífico Occidental. Pero esto no la molestó demasiado. Era una mujer alta y robusta que frisaba en la cuarentena, que se había mantenido en forma gracias a la vida a la intemperie a que la obligaba su profesión. Mientras caminaba por Surf Avenue en dirección a la playa de brignton, contempló los puestos y paradas sin detenerse ante ellos, prefiriendo observar los tipos humanos que le daban a ganar su dinero y a los otros tipos humanos que se lo quitaban. En cambio, se detuvo ante una barraca de tiro al blanco, pero encontró que derribar búhos de latón de una percha con una carabina del 22 era tan fácil que no resultaba divertido. Lo que a ella le gustaba era tirar contra blancos lejanos con un rifle de reglamento.

La barraca contigua a la de tiro al blanco pudiera haber recibido el nombre de espectáculo secundario, caso de haber existido allí un espectáculo principal que permitiese tal apelación. El acostumbrado cartel sensacionalista proclamaba las excelencias y el carácter verdaderamente extraordinario de la ternera de dos cabezas, la mujer barbuda, Aracné la mujer araña, y otras maravillas. El número de fuerza era Ungo-Bungo, el feroz hombre-mono, capturado en el Congo a costa de veintisiete vidas humanas. En el cartel aparecía un gigantesco Ungo-Bungo estrujando en cada mano a un infeliz negro, mientras otros trataban de echarle una red encima. La doctora Saddler sabía perfectamente que el feroz hombre-mono resultaría ser un hombre blanco de lo más vulgar, con pelo falso en el pecho. Pero tuvo el capricho de entrar. Pensó que después tal vez se divertiría contando a sus colegas lo que había visto. El presentador pronunció su estentórea arenga de ritual. La doctora Saddler coligió por su expresión que le dolían los juanetes. La mujer tatuada no le interesó, pues los dibujos que la adornaban no tenían evidentemente ningún significado cultural, como sucede entre los polinesios. En cuanto al antiguo maya, la doctora Saddler encontró de muy mal gusto exhibir de aquella manera a un pobre idiota microcéfalo. En cambio, los juegos de manos del profesor Yoki, que además era un comedor de fuego, no estuvieron mal. La jaula de Ungo-Bungo estaba oculta tras una cortina. En el momento apropiado se oyeron gruñidos y ruido de cadenas contra metal. El presentador casi se desgañitó al gritar:

—¡Y ahora, señoras y señores... el único y auténtico Ungo-Bungo!

Y se descorrió la cortina. El hombre-mono se hallaba en cuclillas en el fondo de la jaula. Soltó la cadena, se incorporó y se adelantó arrastrando los pies. Asió dos de los barrotes y se puso a sacudirlos. Estaban adecuadamente sueltos y tintinearon de manera alarmante. Ungo-Bungo frunció los labios y enseñó sus dientes perfectos y amarillentos al respetable. La doctora Saddler le miró con atención. Aquel hombre-mono era distinto a las imitaciones que había visto hasta entonces. Si bien su talla no rebasaba el metro sesenta, era muy rechoncho y tenía unos hombros enormes y robustísimos. Por encima y por debajo de su bañador azul una espesa pelambre gris cubría su cuerpo de pies a cabeza. Sus brazos largos y musculosos terminaban en unas manazas de dedos gruesos y nudosos. Su cabeza se proyectaba ligeramente hacia adelante, con el resultado de que no parecía tener cuello. En cuanto a su cara... la doctora Saddler conocía todas las razas de hombres vivientes, y todos los tipos de degenerados producidos por trastornos glandulares: ninguno de ellos tenía una cara como aquella. En primer lugar, estaba profundamente arrugada. La frente que se extendía entre el ralo cabello del cráneo y las cejas montadas sobre macizos arcos supraorbitales, era huidiza. La nariz, aunque ancha, no era simiesca; era una versión más corta del grueso y ganchudo apéndice nasal armenoide, llamado equivocadamente judío con frecuencia. La cara terminaba en un largo labio superior y un mentón inexistente. Y la tez amarillenta parecía ser auténtica y pertenecer de verdad a Ungo-Bungo.

El presentador corrió de nuevo la cortina. La doctora Saddler salió con los demás espectadores, pero volvió a pagar otra entrada, y a los pocos instantes estaba de nuevo adentro. No prestó atención al presentador, procurando únicamente ocupar una buena posición frente a la jaula de Ungo-Bungo antes de que llegase el resto del público. Ungo-Bungo repitió su número con mecánica precisión. La doctora Saddler observó que cojeaba ligeramente al acercarse a los barrotes para sacudirlos, y que su cuero cabelludo mostraba unas grandes cicatrices blanquecinas. Le faltaba la última falange de su dedo meñique izquierdo. Advirtió ciertos detalles acerca de las proporciones de los huesos de sus piernas, de sus brazos y antebrazos y de sus grandes y anchos pies. La doctora Saddler sacó una entrada por tercera vez. Una idea le estaba dando vueltas por la cabeza. Si terminaba por admitirla, o bien ella estaba loca, o la antropología física era una sarta de disparates, o... lo que fuese. Pero ella sabía que si hacía lo que le aconsejaban la voz de la prudencia y de la razón, o sea irse a casita, aquella idea se convertiría en una obsesión permanente. Terminada la tercera representación, se dirigió al presentador y le habló en estos términos:

—Creo que en Mr. Ungo-Bungo he reconocido a un antiguo amigo mío. ¿Podría verlo cuando termine?

El presentador contuvo su sarcasmo. Era evidente que aquella señora no pertenecía a la misma categoría de las que piden que les presenten a los artistas, con fines inconfesables.

—¿Quiere usted verle? —dijo—. Se llama Gaffney... Clarence Aloysius Gaffney. ¿Era éste su amigo?
—Exactamente.
—No creo que haya ningún inconveniente—. Consultó su reloj—. Aún tiene que salir cuatro veces más antes de que cerremos. Pero tendré que preguntar al jefe.
Apartó una cortina y gritó:
—¡Eh, Morrie!—. Luego dijo—. Está bien. Morrie dice que espere usted en su despacho. Es la primera puerta a la derecha.
Morrie era un hombrecillo rechoncho, calvo y hospitalario.
—No faltaba más —dijo, blandiendo su cigarro—. Encantado de poder servirla, Miss Saddler. Espere un minuto, mientras hablo con el manager de Gaffney—. Se asomó a la puerta y gritó—. ¡Oye, Pappas! Aquí hay una señora que quiere hablar después con tu hombre-mono. Sí, he dicho una señora. Okey—. Regresó para soltar una perorata sobre las dificultades que asediaban el negocio de los monstruos—. Aquí tiene usted a este Gaffney, por ejemplo. Es el mejor hombre-mono que existe en el mundo del espectáculo; todos esos pelos son verdaderamente suyos. Y la jeta que tiene el pobre también es suya. ¿Pero usted supone que la gente se lo cree? ¡Qué va! Al salir les oigo comentar que el pelo es postizo, y que todo es un truco. Es desesperante—. Ladeó la cabeza y se puso a escuchar—. Ese trueno no ha sido un camión; me parece que tendremos lluvia. Ojalá no llueva mañana. No sabe usted cómo asusta la lluvia a la gente. En un circo, sería otra cosa—. Trazó una línea horizontal imaginaria con el dedo, bajándolo después bruscamente para indicar el efecto que producía la lluvia en la venta de localidades—. Pero como le digo, la gente no agradece lo que uno hace por ellos. No lo digo sólo por el dinero; yo me considero un artista. Un artista creador. Un espectáculo como éste debe tener equilibrio y proporción, como cualquier otro arte. Aproximadamente una hora después, una voz lenta y profunda preguntó desde la puerta:

—¿Hay aquí alguien que desea verme?
En el umbral se recortaba el hombre retorcido. En traje de calle, con el cuello de su impermeable levantado y el ala de su sombrero caída sobre sus ojos, tenía un aspecto más o menos humano, aunque el impermeable no se ajustaba muy bien a sus enormes hombros arqueados. Empuñaba un bastón grueso y nudoso con una correa de cuero cerca del puño. Tras él se veía bullir un hombrecillo moreno.

—Sí —dijo Morrie, interrumpiendo su perorata—. Clarence, te presento a Miss Saddler. Miss Saddler, le presento a Mr. Gaffney, uno de nuestros más grandes artistas creadores.
—Encantado de conocerla —dijo el hombre retorcido—. Este señor es Mr. Pappas, mi manager.

La doctora Saddler explicó que le gustaría charlar con Mr. Gaffney, si esto era posible. Habló con mucho tacto; había que demostrar mucho tacto, por ejemplo, para husmear en la vida privada de los cazadores de cabezas Naga. El hombre retorcido dijo que le encantaría ir a tomar café con Miss Saddler; había un bar en la misma esquina al que podían ir sin mojarse. Salieron seguidos por Pappas, que cada vez estaba más saltarín. El hombre retorcido le dijo:

—Ve a acostarte, John. No te preocupes por mí—. Y sonrió a la doctora Saddler.
Aquella sonrisa hubiera puesto los pelos de punta a cualquiera que no hubiese sido antropólogo—. Cada vez que éste me ve hablando con alguien, se figura que vienen a hacerme proposiciones comerciales y que va a perderme. Hablaba en inglés norteamericano normal, con un ligero acento irlandés, puesto de manifiesto por la manera como oscurecía las vocales de palabras como «man» y «talk».

—Hice que el abogado que redactó nuestro contrato —agregó— pusiese en él una cláusula que me permite rescindirlo cuando lo desee.

Pappas se alejó, no muy convencido. Apenas llovía ya. El hombre retorcido caminaba con soltura, a pesar de su leve cojera. Pasó una señora con un foxterrier sujeto con una correa. El perrillo husmeó hacia el hombre retorcido, y entonces pareció volverse loco de repente, pues empezó a saltar y a ladrar como un poseído. El hombre retorcido empuñó fuertemente el nudoso bastón y dijo con voz suave:

—Más valdrá que lo sujete bien, señora—. La mujer se alejó apresuradamente—.Todos los perros hacen igual comentó Gaffney—. Parece ser que no les gusto.

Se sentaron a una mesa y pidieron café. Cuando el hombre retorcido se quitó el impermeable, al olfato de la doctora Saddler llegó un fuerte olor de perfume barato. El sacó una pipa de cazoleta enorme y nudosa. Le sentaba bien, lo mismo que el bastón. La doctora Saddler advirtió que los ojos, profundamente hundidos bajo la cresta supraorbital, eran color avellana claro.

—Usted dirá, señora —dijo él con su profunda voz de bajo.
Ella empezó su interrogatorio.
—Mis padres eran irlandeses —contestó él—. Pero yo nací en South Boston... Vamos a ver... hace cuarenta y seis años. Si le interesa, puedo facilitarle una copia de mi partida de nacimiento. Dice: Clarence Aloysius Gaffney, nacido el 2 de mayo de 1900.
Esta declaración pareció producirle un secreto placer.
—¿Alguno de sus padres tenía sus extraordinarias características físicas?
Hizo una pausa antes de contestar. Al parecer ésta era siempre su costumbre.
—Pues sí, señora. No uno, sino los dos. Algo relacionado con las glándulas, supongo.
—¿Nacieron ambos en Irlanda?
—Sí. Eran del condado de Sligo.

De nuevo le observó aquella fugaz y misteriosa sonrisa. La doctora Saddler reflexionó un momento. Luego dijo:

—Mr. Gaffney, ¿tendría usted inconveniente en que le hiciésemos algunas fotografías y mediciones antropométricas? Las fotografías se las daríamos y podrían servirle para su espectáculo.
—No le digo que no—. Bebió un sorbito—. ¡Uf! ¡Gazooks, cómo quema!
—¿Cómo?
—Digo que el café está muy caliente.
—No, me refiero a lo que ha dicho antes.
El hombre retorcido se mostró ligeramente embarazado.
—Ah, eso de «gazooks». Verá, yo... bueno... una vez conocí a uno que tenía la costumbre de lanzar esta exclamación.
—Mr. Gaffney, tiene usted que saber que yo soy antropólogo, y no trato de sonsacarle nada con miras egoístas. Mi finalidad es puramente científica y por lo tanto puede usted ser franco conmigo.

Había algo tan remoto e impersonal en su mirada, que un escalofrío recorrió el espinazo de la doctora Saddler.

—¿Quiere usted dar a entender con eso que hasta ahora no lo he sido?
—Sí. Cuando le vi en el escenario, me quedé convencida de que en su pasado se ocultaba algo extraordinario. Nada me ha hecho cambiar de idea. Ahora bien, si usted cree que estoy loca, dígalo y hablaremos de otra cosa. Pero me gustaría llegar al fondo de la cuestión.
Él tardó un buen rato en contestar.
—Eso depende—. Nueva pausa. Luego añadió—: usted, con sus relaciones, sin duda debe de conocer a cirujanos de primera categoría, ¿no es verdad?
—Pues... sí. Conozco a Dunbar, por ejemplo.
—¿Ese que se pone una bata lila cuando opera? ¿El que escribió un libro sobre «Dios, el Hombre y el Universo»?
—El mismo. Es un buen hombre, a pesar de sus modales teatrales. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Quiere algo de él?
—No lo que usted se imagina. Estoy satisfecho con mi... bueno... con mi tipo físico fuera de lo corriente. Pero me gustaría que me arreglasen algunas antiguas lesiones... Unos huesos rotos que no se soldaron adecuadamente. Pero tiene que hacerlo un buen cirujano. Tengo ahorrados un par de miles de dólares, pero ya sé los honorarios exorbitantes que cobran esa gente. Si gracias a usted pudiéramos llegar a un arreglo...
—Pues claro que sí. Es más, estoy segura. Se lo garantizo. ¿Entonces, yo tenía razón, y usted...?
Se interrumpió vacilante.
—Sí, se lo contaré todo. Pero recuerde que siempre podré demostrar que soy Clarence Aloysius Gaffney si hiciera falta.
—Entonces, ¿quién es usted?
Se produjo de nuevo una larga pausa, que el hombre retorcido rompió para decir:
—La verdad es que no tengo por qué ocultárselo. Así que usted lo repita todo o en parte, pondrá su reputación profesional en mis manos. Tenga esto muy presente. En primer lugar, yo no nací en Massachusetts, sino en el alto Rin, cerca de la actual Mommenheim. Y la fecha de mi nacimiento, por lo que he podido calcular, se sitúa alrededor del año 50.000 a. de J. C.

Matilda Saddler se preguntó para sus adentros si había tropezado con el mayor descubrimiento antropológico de todos los siglos, o si aquel curioso personaje daba ciento y raya al barón de Munchaussen como embustero. Él pareció adivinar sus pensamientos.

—No puedo demostrarlo, desde luego. Pero mientras usted me consiga esa operación, poco me importa que me crea o no.
—Pero... pero... ¿cómo fue?
—Creo que fue el rayo. Estábamos de caza, tratando de acorralar a unos bisontes y hacerlos caer en una trampa. Empezó entonces a tronar de una manera impresionante, y los bisontes se nos escaparon. Entonces renunciamos a cazarlos y tratamos de guarecernos. Después de esto, únicamente recuerdo que me encontré tendido en el suelo, con la lluvia corriéndome por el rostro, y el resto del clan de pie a mi alrededor, lamentándose por haber irritado al dios de la tempestad, que se vengó fulminando a uno de sus mejores cazadores. Era la primera vez que oía decírselo. La verdad es que a uno nunca le aprecian en vida. »Pero yo no había muerto. Tuve los nervios muy destemplados durante unas semanas, pero aparte de esto estaba perfectamente, con la sola excepción de unas quemaduras en las plantas de los pies. No puedo explicarle lo que ocurrió, pero hace un par de años leí que los sabios han localizado en la médula oblonga el mecanismo que regula la regeneración de los tejidos. Es posible que el rayo acelerase estos procesos medulares. Sea como sea, lo cierto es que después de esto ya no envejecí. Físicamente, claro. Cuando ocurrió el accidente yo debía de tener unos treinta y tres años. Entonces no llevábamos la cuenta de los años, ¿sabe usted? Ahora parezco más viejo, porque a uno se le hacen inevitablemente algunas arrugas en la cara después de unos cuantos miles de años, y porque nuestro cabello ya era naturalmente gris en la punta. Pero aún puedo desnucar con una mano a un Homo sapiens si me lo propongo.

—Entonces usted es... usted está tratando de decirme que es...
—Un hombre de Neanderthal. Un Homo neanderthalensis. Eso mismo.

En la habitación que Matilda Saddler ocupaba en el hotel apenas cabía una aguja. Estaban allí el hombre retorcido, el glacial Blue, el rústico Jeffcott, la propia doctora Saddler y Harold McGannon, el historiador. McGannon era un hombre menudito, muy pulcro y sonrosado. Parecía más un director de la Estación Central de Nueva York que un profesor. En aquel preciso instante su expresión era de fascinación. La doctora Saddler estaba rebosante de orgullo; el profesor Jeffcott parecía interesado pero desconcertado, y el doctor Blue mostraba una expresión de aburrimiento... hay que tener en cuenta que le habían llevado allí a la fuerza. El hombre retorcido, que chupaba su pipa monumental repantigado en el sillón más mullido, parecía estarlo pasando muy bien. McGannon le estaba preguntando en aquellos momentos:

—Bien, Mr. Gaffney... Supongo que puedo llamarlo así. ¿O es que tiene otro nombre o nombres?
—Puede usted llamarme como quiera —repuso el hombre retorcido—. La traducción de mi nombre primitivo sería algo así como Halcón Resplandeciente. Pero desde entonces he usado cientos de nombres. Si me inscribiese en el libro registro de un hotel como «Halcón Resplandeciente», seguramente llamaría la atención. Y esto es lo que trato de evitar por encima de todo.
—¿Por qué? —le preguntó McGannon.
El hombre retorcido contempló a los reunidos como si fuesen un hatajo de niños subnormales.
—No quiero meterme en líos. Y la mejor manera de hacerlo consiste en no llamar la atención. Por eso tengo que levantar el campo de un lugar determinado cada diez o quince años. La gente se extrañaría de no verme envejecer.
—Embustero patológico —murmuró Blue. Las palabras apenas fueron perceptibles, pero el finísimo oído del hombre-mono las captó.
—Tiene usted derecho a opinar lo que quiera, doctor Blue —dijo afablemente—. La doctora Saddler me hace un favor, y a cambio yo permito que ustedes me pregunten lo que quieran. Y si puedo, contesto a sus preguntas. Me importa un bledo que me crean o no me crean.
McGannon se apresuró a hacerle otra pregunta:
—¿Cómo es que posee usted una partida de nacimiento?
—Verá, en una ocasión conocí a un hombre llamado Clarence Gaffney. Murió atropellado por un automóvil, y yo adopté su nombre.
—¿Tuvo algún motivo especial para atribuirse ascendencia irlandesa?
—¿Es usted irlandés, doctor McGannon?
—Okey. Lamentaría herir los sentimientos de alguno de ustedes, pues se trata de mi mejor carta. Hay irlandeses que tienen el labio superior como el mío.
La doctora Saddler terció:
—Yo también quería hacerte una pregunta, Clarence—. Puso mucho calor al pronunciar su nombre—. Se discute acerca de si la gente de tu especie se mezcló con la mía, cuando la mía se extendió por Europa a finales del Musteriense. Algunos antropólogos opinan que algunos europeos modernos, especialmente en la costa occidental de Irlanda acaso pudieran tener algo de sangre neanderthalense.
Una leve sonrisa plegó los labios de Clarence.
—Pues... tienen razón y no la tienen. En la Edad de Piedra, que yo sepa, no se produjeron uniones mixtas. Pero yo soy el causante de esos irlandeses de labio superior más largo.
—¿Y eso cómo fue?
—Créanlo o no, en estos últimos cincuenta siglos ha habido bastantes mujeres de su especie que no me han encontrado demasiado repulsivo. De mi unión con ellas no ha habido generalmente descendencia. Pero en el siglo XVI viví una temporada en Irlanda. En el resto de Europa quemaban a demasiada gente por brujería para que a mí me gustase vivir allí. En Irlanda conocí a una mujer. Esta vez tuvimos descendencia... una multitud de diablillos híbridos y muy listos. Así, los irlandeses que se me parecen algo son descendientes míos.
—¿Y qué pasó con sus semejantes? —le preguntó McGannon—. ¿Fueron exterminados?
El hombre retorcido se encogió de hombros.
—Algunos de ellos, sí. Tenga usted en cuenta que no éramos en absoluto belicosos. Pero los altos, como los llamábamos, tampoco lo eran. Algunas tribus de los altos nos consideraban su presa legítima, pero en su mayoría nos dejaban totalmente en paz. Creo que nos temían casi tanto como nosotros a ellos. Unos salvajes tan primitivos como éramos nosotros son en realidad gentes muy pacíficas. Teníamos que afanarnos tanto para comer, y éramos tan pocos, que las guerras no tenían objeto. Las guerras vinieron después, cuando los hombres tuvieron agricultura y ganadería, es decir, bienes que despertaran la codicia de sus vecinos. Recuerdo que por lo menos cien años después de la llegada de los altos, aún vivían neanderthales en la región donde yo nací. Pero se fueron extinguiendo. Ello se debió, creo, a que perdieron condiciones. Los altos eran bastante toscos, pero estaban tan adelantados respecto a nosotros, que llegamos a avergonzarnos de nuestras cosas y nuestras costumbres. Finalmente nos convertimos en unos haraganes, que vivían de las piltrafas que encontrábamos en los campamentos de los altos. Se puede decir que desaparecimos víctimas de un complejo de inferioridad.

—¿Y qué pasó con usted? —le preguntó McGannon.
—Oh, yo me convertí en una especie de dios para mi propio pueblo, y, como es natural, asumía su representación en los tratos que tenían con los hombres altos. Llegué a conocer a éstos muy bien, y cuando el último de mi clan murió, no tuvieron inconveniente en aceptarme entre ellos. Luego, cuando transcurrieron un par de siglos, nadie se acordaba ya de mi pueblo y todos me consideraban un jorobado, un ser deforme o algo por el estilo. Adquirí una gran maestría en el trabajo del sílex, y esto me permitía vivir holgadamente. Cuando se descubrieron los metales, aprendí a trabajarlos y terminé convirtiéndome en un herrero consumado. Si hiciésemos un montón con todas las herraduras que yo he hecho... creo que no cabrían en esta habitación.

—Oiga... ¿ya cojeaba usted por entonces? —preguntó McGannon.
—Pues sí. Me fracturé la pierna en el Neolítico. Me caí de un árbol y me la tuve que entablillar yo mismo porque estaba solo. ¿Por qué me lo pregunta?
—Pienso en Vulcano —musitó McGannon.
—¿Vulcano? —repitió el hombre retorcido—. ¿No era un dios de la mitología griega?
—En efecto. Era el herrero cojo de los dioses.
—¿Quiere usted decir que esa figura está inspirada en mí? Es una teoría muy interesante. Aunque un poco tarde para comprobarla, ¿no cree?
Blue se inclinó hacia él y le dijo con voz tensa:
—Mr. Gaffney, ningún hombre de Neanderthal de verdad hablaría de una manera tan fácil y amena como usted lo hace. Que esto así sería lo demuestra el escaso desarrollo que alcanzó en ellos los lóbulos frontales del cerebro y las inserciones de los músculos linguales.
El hombre retorcido volvió a encogerse de hombros.
—Piense usted lo que quiera. Los de mi propio clan me consideraban muy listo, y además uno aprende algo en 50.000 años.
La doctora Saddler estaba radiante.
—Háblales de tus dientes, Clarence.
El hombre retorcido sonrió.
—Llevo dentadura postiza, por supuesto. Mi propia dentadura me duró mucho, pero terminé por perder todas mis piezas cuando aún estaba en el Paleolítico. Después me salió una tercera dentadura, y ésta también la perdí. Entonces tuve que inventar las sopas.
—¿Tuvo que inventar qué?
Esta vez la pregunta partió de Jeffcott, generalmente taciturno.
—Tuve que inventar las sopas, para seguir viviendo. Me hice un plato de corteza y lo calentaba con piedras puestas al fuego. Las encías se me volvieron muy resistentes al poco tiempo, pero aún así no me servían para masticar alimentos sólidos. Pero al cabo de unos cuantos miles de años ya estaba harto de sopas y de papillas. Cuando aparecieron los metales, empecé a construirme las primera prótesis. Las hice con dientes de hueso montados en cobre. Se puede decir que también inventé las dentaduras postizas. Traté de venderlas más de una vez, pero no conseguí introducirlas de verdad hasta mediados del siglo XVIII. Entonces yo vivía en París, y gané bastante dinero con este negocio antes de mudarme a otro sitio.

Se sacó el pañuelo que asomaba por el bolsillo delantero de su chaqueta para secarse la frente; Blue hizo una mueca cuando llegó a su nariz la oleada de perfume barato. Entonces dijo, con una nota de sarcasmo.

—Y dígame, señor Halcón Resplandeciente, ¿le gusta nuestra edad de las máquinas?
El hombre retorcido pareció no fijarse en el tono zumbón de la pregunta.
—No está mal. Ocurren en ella muchas cosas interesantes. Pero el mayor problema está representado por las camisas.
—¿Las camisas?
—Exactamente. Vaya usted a una camisería y trate de comprar una camisa con cuello del cuarenta y tres y mangas del setenta y cinco. Me las tengo que hacer a medida. Con el calzado y los sombreros me ocurre tres cuartos de lo mismo. Llevo un sombrero del ocho y medio y calzo el cuarenta y cinco—. Consultó su reloj—. Tengo que volver a Coney para trabajar.
McGannon se levantó de un salto.
—¿Cuándo podría volver a verle, Mr. Gaffney? Tengo un montón de cosas para preguntarle.
—Por las mañanas estoy libre —contestó el hombre retorcido—. Mis horas de trabajo son de dos de la tarde a doce de la noche durante los días laborables, con un par de horas libres para cenar. Es lo que dispone el sindicato.
—¿Quiere usted decir que hay un sindicato que reúne a los artistas del espectáculo?
—Naturalmente. Pero no lo llaman sindicato, sino corporación, pues se consideran artistas, no trabajadores, y los artistas no tienen sindicato. Pero en el fondo viene a ser lo mismo.
Blue y Jeffcott vieron al hombre retorcido y al historiador dirigirse pausadamente hacia el metro cogidos del brazo. Blue comentó:
—¡Pobrecillo Mac! Siempre lo había tenido por un hombre juicioso, pero ahora parece que se ha tragado ese cuento de Gaffney con anzuelo, caña y sedal.
—Yo no estoy tan seguro como tú —dijo Jeffcott, frunciendo el ceño—. En todo este asunto hay algo raro.
—¿Qué? —gritó Blue—. No me digas que crees en esa historia de vivir 50.000 años. ¡Vamos, hombre, un troglodita que se perfuma! ¡Santo Dios!
—No —repuso Jeffcott—. No me refiero precisamente a lo de los 50.000 años. Pero tampoco me parece que sea un vulgar embustero o un sencillo caso de paranoia. Y lo del perfume es muy lógico, suponiendo que ese hombre diga la verdad.
—¿Cómo?
—Por el olor que despide su cuerpo. La Saddler nos dijo que los perros se alborotan al verlo. Es posible que tenga un olor distinto al nuestro. Nosotros estamos tan acostumbrados a nuestro olor que ni siquiera nos damos cuenta de él, a menos que se trate de una persona que no se bañe. Pero advertiríamos el suyo si él no lo disimulase.
Blue lanzó un bufido.
—A este paso, terminarás también creyendo en él a pies juntillas. Es un evidente caso de desarreglo endocrino, y él se ha inventado esta historia como tapadera. Todas esas pretensiones de que le importa un bledo que le creamos o no son pura comedia. Anda, vamos a comer algo. Oye, ¿no te has fijado en la manera como la Saddler lo mira cada vez que dice «Clarence»? Pone ojos de cordero degollado. Me gustaría saber qué piensa hacer con él.
Jeffcott sonrió torcidamente.
—No hace falta mucha imaginación para adivinarlo. Y si él dice la verdad, creo que en el Deuteronomio existe alguna prohibición al respecto.

El gran cirujano ponía buen cuidado en presentarse como un gran cirujano; con antiparras y corbata de pajarita. Blandió la radiografía ante los ojos del hombre retorcido, señalándole diversos detalles.

—Será mejor que empecemos por la pierna —dijo—. Podríamos operar el jueves próximo. Cuando usted se haya repuesto de la operación, nos ocuparemos del hombro. Hará falta cierto tiempo, como usted puede suponer.

El hombre retorcido manifestó su asentimiento, y después salió de la pequeña clínica particular arrastrando los pies. En la calle, le esperaba McGannon en su coche. El hombre retorcido le dijo cuál sería el programa de las intervenciones, y añadió que ya había tomado las disposiciones pertinentes para dejar su actual empleo.

—Esas dos operaciones son las principales —dijo—. Me gustaría poder dedicarme de nuevo a la lucha libre en plan profesional y sólo podré hacerlo cuando me arreglen el hombro y pueda levantar el brazo izquierdo por encima de la cabeza.
—¿Cómo sufrió usted esta lesión? —le preguntó el historiador.
—Veamos. A veces mis recuerdos son algo confusos. Esto ya les pasa a las personas que sólo tienen cincuenta años, con que figúrese lo que será en mi caso. En el año 42 a. de J.C. yo vivía con los Bituriges en las Galias. Como usted recordará, César capturó a Werkinghetorich, ustedes le llaman Vercingotórix, en Alesia, y la confederación reunió un ejército de socorro bajo el mando de Caswollon.
—¿Caswollon?
El hombre retorcido lanzó una risita.
—Quería decir Wercaswollon. Caswollon era un britano, ¿no es eso? Siempre los confundo. Sea como fuere, me reclutaron. Creo que es el mejor modo de llamarlo. Yo no quería ir; no me iba ni me venía nada en aquella guerra. Pero me reclutaron porque yo era capaz de doblar los arcos más fuertes dos veces más que un hombre normal. Cuando se produjo el ataque final contra las empalizadas de César, que formaban varios anillos concéntricos, me enviaron de avanzadilla con otros arqueros, para proteger con nuestras flechas a la infantería. Al menos éste era el plan, pero a decir verdad yo nunca vi en mi vida mayor desbarajuste que aquel. Y antes de que pudiera llegar a tiro de flecha, caí en uno de los fosos cubiertos de los romanos. Por suerte, no caí sobre la estaca aguzada, pero me golpeé el hombro contra ella, fracturándomelo. Nadie me prestó ayuda, pues los galos estaban ocupados huyendo de la caballería de César para entretenerse en recoger a los heridos.

El doctor Dunbar siguió con la mirada a su paciente, cuando éste abandonó el consultorio. Luego preguntó a su ayudante:

—¿Qué piensa usted de él?
—Creo que lo que dice es verdad —repuso el ayudante—. He examinado atentamente esas radiografías. Ese esqueleto desde luego no es de un sapiens. Y tiene más fracturas consolidadas de lo que es humanamente posible.
—Hum —musitó Dunbar—. De acuerdo no es sapiens. Hum. Bueno, y si algo le ocurriese...
El ayudante le dirigió una sonrisa comprensiva.
—Siempre queda la Sociedad Protectora de Animales.
—Por eso no hay que preocuparse. Hum...

Y el eminente cirujano pensó: «Estás perdiendo facultades; hace más de un año que los periódicos no publican nada gordo sobre ti. Pero si tú publicases una completa descripción anatómica de un hombre de Neanderthal... o si descubrieses por qué su médula le ha otorgado una longevidad tan extraordinaria... Hum. Claro que habría que tomar las adecuadas precauciones...

—Vamos a almorzar al Museo de Historia Natural —dijo McGannon—. Quiero que algunos de los que trabajan allí le conozcan.
—Okey —dijo el hombre retorcido—. Pero después tengo que ir a Coney. Hoy es mi último día de trabajo. Mañana Pappas y yo iremos a ver a nuestro abogado para rescindir nuestro contrato. El abogado se llama Robinette. Le hago una mala jugada al pobre John, pero desde el primer día le advertí que esto podía suceder.
—Supongo que podremos ir a verle durante su... convalescencia, ¿no es esto? A propósito: ¿ya ha visitado usted el Museo?
—Por supuesto que sí —repuso el hombre retorcido—. Me gusta ver cosas.
—¿Y qué le pareció... lo que tienen en la sala de la Prehistoria?
—Bastante bueno. Pero en uno de esos grandes dioramas hay un pequeño error. El segundo cuerno del rinoceronte lanudo tendría que estar más inclinado hacia adelante. Hasta se me ocurrió escribirles una carta. Pero ya se puede figurar usted lo que pasaría si lo hiciese. Me dirían: «¿Es que estuvo usted allí?», y si yo les respondiese que sí, ellos se llevarían el índice a la sien y dirían: «Otro chalado».
—¿Y qué le parecieron las reconstrucciones y los bustos de hombres del Paleolítico?
—Bastante buenos, también. Pero los artistas modernos tienen ideas muy curiosas. Siempre nos representan con pieles atadas a la cintura. En verano no llevábamos ninguna clase de piel, y en invierno nos las echábamos sobre los hombros, pues así nos abrigaban de verdad. Y después representan a esos hombres altos que ustedes llaman de Cro-Magnon perfectamente afeitados. Si no recuerdo mal, todos ellos llevaban unas barbazas imponentes. ¿Con qué quiere usted que se afeitasen?
—Yo creo —objetó McGannon— que los representan sin barba para... para poder mostrar la forma del mentón. Las barbas les taparían estos detalles anatómicos.
—¿De veras es ése el motivo? Pues podían decirlo en los rótulos. —El hombre retorcido se frotó su mentón huidizo—. Me gustaría que las barbas volviesen a estar de moda. Mi aspecto es mucho más humano con barba. Nunca estuve mejor que en el siglo XVI, cuando todo el mundo llevaba barba. Esta es una de las cosas que me sirven para recordar los sucesos pasados: los peinados y adornos capilares, que llevaba la gente. Recuerdo que una vez, camino de Milán, la carreta que yo conducía perdió una rueda y cuatro sacos de harina se desparramaron por el suelo. Eso ocurrió en el siglo XVI, antes de irme a Irlanda, porque recuerdo que entre el gentío que se reunió, la mayoría de los hombres eran barbudos. Un momento... quizás me equivoco y eso ocurriese en el siglo XIV. En ese siglo también había muchas barbas.

—¿Y por qué no se le ocurrió a usted llevar un diario? —preguntó McGannon con un gruñido de exasperación.
El hombre retorcido se encogió de hombros, gesto en él característico.
—¿Y transportar conmigo seis baúles llenos de papeles cada vez que me mudase? No, gracias.
—Pues yo... bien... ¿cree usted que podría explicarme la verdadera historia de Ricardo III y los príncipes encerrados en la Torre de Londres?
—¿Cómo quiere usted que lo sepa? Yo no era más por aquel entonces, que un pobre herrero, o un campesino, o un sencillo hombre del pueblo. Yo no alternaba con la nobleza. Desde mucho tiempo antes ya había desechado toda ambición. No tenía más remedio que hacerlo, al ser tan distinto de los demás. Por lo que puedo recordar, el único rey de verdad que pude ver bien de cerca fue Carlomagno, cuando un día se dirigió al buen pueblo de París. Era un hombre alto y majestuoso con una barba de Papá Noel y voz chillona.

A la mañana siguiente, McGannon y el hombre retorcido celebraron una sesión con Svedberg en el Museo. Después McGannon llevó a Gaffney en su coche al bufete del abogado, que estaba en el tercer piso de un cochambroso edificio para oficinas situado en la calle 50 Oeste. James Robinette parecía un artista de cine, aunque tenía ciertos rasgos de ardilla. Consultó su reloj y dijo a McGannon:

—No tardaré mucho. Si no le importa esperarme, después me encantará comer con usted.
La verdad era que sentía una ligera desazón por el hecho de quedarse solo con aquel extraño cliente, aquel monstruo de feria o lo que fuese, con su corpachón que parecía un barril y su voz profunda y pausada. Ultimado el asunto y cuando el hombre retorcido se hubo ido con su manager a recoger sus cosas en Coney, Robinette comentó:

—¡Uf! Por su aspecto, parece un retrasado mental, pero le aseguro que no tiene un pelo de tonto. Hubiera tenido que ver usted cómo repasaba las cláusulas del contrato. Ni que hubiera sido el contrato de las obras del metro. ¿Pero ese tipo qué es, vamos a ver?
McGannon le contó al atónito abogado lo que sabía.
—¿Y usted se cree este cuento? Oh, ¡tomaré jugo de tomate y filete de lenguado con salsa tártara, solamente que sin la salsa tártara, por favor.
—Para mí lo mismo. En cuanto a lo que me pregunta, Robinette, le diré que sí, que lo creo. La doctora Saddler, también. Y lo mismo puedo decir de Svedberg, del Museo. Y ambos son eminencias en sus respectivas disciplinas. La doctora Saddler y yo lo hemos entrevistado, y Svedberg le hizo un reconocimiento físico. Aunque, claro, no pasa de ser una opinión. Fred Blue sigue convencido de que es un fraude o bien... algún tipo de demencia. Ninguno de nosotros puede demostrar nada.
—¿Por qué no?
—Pues verá... ¿cómo podemos demostrar, por ejemplo, que vivió hace cien años? Tomemos un caso: Clarence afirma que dirigió una serrería en 1906 y 1907, en Alaska, y precisamente en la localidad de Fairbanks, bajo el nombre de Michael Shawn. ¿Cómo podemos averiguar si un hombre llamado así dirigió una serrería en Fairbanks en esa época? Y en el caso de que en un registro apareciese el nombre de Michael Shawn, ¿cómo podríamos saber si él y Clarence fueron la misma persona? No hay ni una posibilidad entre un millón de encontrar una fotografía o una descripción detallada que nos permitieran hacer comparaciones. Y sería dificilísimo, después de tanto tiempo, encontrar a alguien que aún se acordase de él. Luego ayer, Svedberg se dedicó a palpar el rostro de Clarence y dijo que ningún Homo sapiens ha tenido jamás un par de arcos cigomáticos como los de nuestro amigo. Pero cuando se lo dije a Blue él se ofreció a enseñarme fotografías de cráneos humanos de las mismas características. Sé lo que pasaría. Blue diría que los arcos son prácticamente los mismos, y Svedberg aseguraría que son totalmente distintos. Y cada uno se quedaría en sus trece.

Robinette musitó:
—Parece extraordinariamente inteligente para ser un hombre-mono.
—Es que en realidad no lo es. Los neanderthalenses eran una rama separada de los homínidos; en algunos aspectos eran más primitivos que nosotros, pero en otros eran más avanzados. Clarence puede ser lento, pero después de rumiar sale casi siempre con la solución correcta. Me imagino que entre los suyos ya destacaba por su inteligencia. Y se ha beneficiado de una experiencia increíble. Lo que sabe da vértigo. Conoce perfectamente a los seres humanos; adivina todos nuestros impulsos y motivos.
El pequeño y sonrosado historiador arrugó la frente.
—Ojalá no le ocurra nada. En su cabezota almacena una cantidad fabulosa de datos valiosísimos. La información que posee no tiene precio. No tanto sobre guerra y política —evitaba estas cosas por puro instinto de conservación—, sino sobre la pequeña historia, sobre las costumbres de las gentes, sobre lo que los hombres pensaban hace miles de años. A veces se arma ciertas confusiones históricas, pero siempre termina desenredando la madeja, si se le da tiempo. Tendrá que presentárselo a Pell, el lingüista. Clarence conoce docenas de antiguos idiomas, como el gótico y el galo. Le hice un ligero examen sobre algunos de ellos, como el bajo latín, y esa fue una de las cosas que me convencieron. Y no hablemos de lo que interesaría este hombre a los arqueólogos y los psicólogos... Con tal de que no ocurra algo que lo asuste. Si desapareciese, jamás lo encontraríamos. No sé qué puede pasar... Entre una antropóloga que se pirra por los hombres y un cirujano que quiere hacerse autobombo... no sé cómo terminará todo...

El hombre retorcido entró con aspecto inocente en la sala de espera de la clínica de Dunbar. Como era su costumbre, buscó con la mirada la butaca más cómoda y se arrellanó en ella. Entró Dunbar y se quedó de pie ante él. Sus ojos de mirada penetrante brillaban con avidez detrás de sus antiparras.

—Tendrá usted que esperar una media hora, Mr. Gaffney —profirió—. Ahora estamos ocupados. Voy a enviarle a Mahler; él se ocupará de que no le falte nada.
La mirada de Dunbar recorrió amorosamente la rechoncha figura del hombre retorcido. ¿Qué fascinantes secretos descubriría cuando penetrase en su interior? Mahler hizo su aparición. Era un jovenzuelo de aspecto saludable. ¿En qué podía servir a Mr. Gaffney? ¿Deseaba algo especial? El hombre retorcido hizo su acostumbrada pausa, en espera de que funcionasen los macizos engranajes de su cerebro. Un extraño barrunto le llevó a pedir que le mostrasen los instrumentos que emplearían en la operación. Mahler tenía sus órdenes, pero esta petición le pareció inofensiva. Así es que fue y regresó con una bandeja llena de relucientes instrumentos de acero.

—Mire —dijo—. Estos se llaman escalpelos.
El hombre retorcido preguntó, cogiendo un instrumento de aspecto peculiar:
—¿Y esto, qué es?
—Oh, éste ha sido inventado por el propio doctor. Sirve para la disección del cerebelo.
—¿El cerebelo? ¿Y qué hace aquí?
—Pues para la disección de su... Perdón, debe de haber sido un error...
Se formaron unas finísimas arrugas en torno a los singulares ojos color de avellana.
—¿Ah, sí?
Recordó entonces la mirada que le había dirigido Dunbar, y la reputación no muy favorable de que gozaba el cirujano.
—Oiga, ¿podría telefonear?
—Pues... supongo que sí... ¿Para qué quiere telefonear?
—Quiero llamar a mi abogado. ¿Le molesta?
—No, claro que no. Pero aquí no hay teléfono.
—¿Entonces, cómo llama usted a eso?
El hombre retorcido se levantó y se dirigió al instrumento, perfectamente visible sobre un mesita. Pero Mahler se le adelantó y le cerró el paso.
—Este no funciona. Tienen que arreglarlo.
—¿Me permite que lo pruebe?
—No, le digo que tienen que arreglarlo. No funciona, se lo aseguro.
El hombre retorcido observó al joven interno durante unos segundos.
—Okey, en ese caso, buscaré uno que funcione.
Y se encaminó a la puerta.
—¡Oiga, no puede salir! —gritó Mahler.
—¿Qué no puedo? Míreme y verá si puedo.
—¡Eh!

Como invocados por aquel alarido, surgieron más hombres de bata blanca. Tras ellos apareció el eminente cirujano.
—Sea usted razonable, Mr. Gaffney —dijo, apaciguador—. No hay motivo para que ahora se vaya. Dentro de poco podremos atenderle.
—¿Dice que no hay motivo para que me vaya? —La enorme cabeza del hombre retorcido giró sobre su robusto cuello, y sus ojos color avellana se movieron en sus órbitas. Todas las salidas estaban bloqueadas—. Pues me voy.
—¡Sujétenlo! —ordenó Dunbar.

Los enfermeros avanzaron. El hombre retorcido levantó una pesada butaca como si fuese una pluma. La butaca giró silbando con tanta celeridad, que parecía una ráfaga de color. Fragmentos de madera volaron por la habitación, cayendo por el suelo, con un leve chasquido. Cuando el hombre retorcido dejó de blandir la butaca, de la que sólo le quedaba un trozo de pata en ambas manos, un enfermero estaba tendido en el suelo y otro, blanco como el papel, se apoyaba en la pared, gimiendo, con un brazo roto.

—¡Adelante! —gritó Dunbar, dando ánimos a sus hombres. Los restantes enfermeros se abalanzaron sobre el hombre retorcido, pero inmediatamente se hicieron atrás. El poderoso individuo había agarrado al joven Mahler por los tobillos, y, con ambos pies bien separados, se puso a voltearlo como una maza, sin hacer caso de sus chillidos, abriéndose así paso hacia la puerta. Al llegar a ella se volvió, hizo girar vertiginosamente a Mahler sobre su cabeza, y por último soltó el cuerpo, que por suerte para él ya había perdido el conocimiento. Mahler salió volando y cayó como un proyectil sobre el grupo de enfermeros, derribándolos en confuso montón. Pero aún quedaba uno de pie. Acuciado por Dunbar, se lanzó de un salto hacia el hombre retorcido, que en aquel instante estaba sacando su bastón del paragüero del vestíbulo. El nudoso puño pasó silbando bajo la nariz del enfermero. Este saltó hacia atrás y cayó sobre una de las víctimas. La puerta de entrada se cerró con un portazo y se oyó un vozarrón que gritaba:

—¡Taxi!
—¡Vamos! —vociferó Dunbar—. ¡Saquen la ambulancia!

James Robinette estaba sentado en su bufete, pensando las cosas que los abogados piensan cuando no tienen nada que hacer, cuando de pronto oyó unos pesados pasos en el corredor, una sorprendida protesta de su secretaria en la recepción, y el extraño cliente de la víspera se plantó ante su mesa, jadeante.

—Soy Gaffney —gruñó entre jadeo y jadeo—. ¿Me recuerda? Creo que me han seguido hasta aquí. Subirán dentro de un momento. Quiero que usted me ayude.
—¿Subirán? ¿A quién se refiere usted?

Robinette hizo una mueca ante el impacto del perfume barato contra su pituitaria. El hombre retorcido principió el relato de sus desventuras. Estaba aproximadamente a la mitad cuando se escucharon nuevas protestas de Miss Spevak, y el doctor irrumpió en el despacho seguido por sus enfermeros.

—Este hombre es nuestro —dijo Dunbar, cuyas antiparras lanzaban extraños reflejos.
—Es un hombre-mono —dijo el enfermero del ojo a la funerala.
—Es un loco peligroso —dijo el enfermero del labio cortado.
—Venimos en su busca —remachó el enfermero de la bata desgarrada.

El hombre retorcido se plantó sobre sus pies separados y empuñó el bastón por su parte inferior, como un bate de béisbol. Robinette abrió un cajón de su mesa y sacó un pistolón.

—Al que dé un paso más lo abraso. El empleo de la violencia está justificado cuando se trata de impedir un delito, en este caso un secuestro.
Los cinco hombres retrocedieron ligeramente. Dunbar dijo:
—Esto no es un secuestro. Sólo se pueden secuestrar personas, pero este individuo no es un ser humano, y yo puedo demostrarlo.
El enfermero del ojo a la funerala soltó una risita bobalicona y dijo:
—Si desea protección, vale más que se busque a un guardabosques y no a un abogado.
—Esto es lo que usted piensa —repuso Robinette—. Pero usted no es un jurista. Según la ley, este señor es un ser humano. Incluso las sociedades, los idiotas y los niños aún no nacidos se consideran personas jurídicas, y él es mucho más humano que una sociedad, un idiota y un niño por nacer.
—Pero es que además es un loco peligroso —dijo Dunbar.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde está su orden de detención? Las únicas personas que pueden solicitarla son: a) los parientes próximos del interesado, y b) funcionarios públicos encargados del mantenimiento del orden. Ustedes no son una cosa ni otra.
Dunbar seguía sin querer dar su brazo a torcer:
—Tuvo un arrebato de locura en mi clínica y dejó malheridos a dos de mis hombres. Creo que esto nos confiere ciertos derechos sobre él.
—Efectivamente —asintió Robinette—. No tiene usted más que dirigirse a la comisaría de policía más próxima y presentar una denuncia. —Se volvió entonces hacia el hombre retorcido—. ¿Seguimos recitándoles el Código, Gaffney?
—Como usted quiera —dijo su robusto cliente, volviendo a hablar con su habitual lentitud—. Lo único que deseo es tener la seguridad de que esa gentuza me dejará en paz.
—Okey. Ahora escúcheme, Dunbar. El menor gesto de hostilidad por parte de usted y le denunciaremos por retención indebida, agresión con alevosía, intento de rapto, conspiración criminal y escándalo público. Presentaremos una querella criminal, además, por daños y perjuicios, a saber: lesiones, privación de derechos civiles, amenazas, atentado frustrado contra la vida de mi cliente, y unas cuantas cosas más que ya se me irán ocurriendo.
—No conseguirá usted nada —rezongó Dunbar—. Cuento con testigos.
—¿Ah, sí? ¿Y no ha pensado en cómo va a quedar a los ojos de la opinión el gran doctor Dunbar defendiendo actos tan vituperables? Algunas de las señoras que se deleitan con sus libros quizás sospecharán que, a fin de cuentas, usted no es el caballero de armadura resplandeciente que ellas soñaban. Podemos hundirle profesionalmente, y usted lo sabe.
—Está usted destruyendo la posibilidad de un gran descubrimiento científico, Robinette.
—El descubrimiento puede irse al cuerno. Mi deber es proteger a mi cliente. Ahora, lárguense todos, antes de que se me ocurra llamar a la policía.

Y movió amenazadoramente su mano izquierda hacia el teléfono. Dunbar se agarró a una última esperanza.

—Hum... ¿Ya tiene permiso para esa pistola?
—En toda regla. ¿Quiere verlo?
Dunbar suspiró.
—No importa. Desde luego, lo raro sería que no lo tuviese.

Vio que se le estaba escapando de entre las manos la mayor oportunidad de alcanzar la fama que había tenido en su vida. Pero no le tocaba más remedio que emprender la retirada. Al ver que se iba, el hombre retorcido le interpeló:

—Hágame un favor, doctor Dunbar. He olvidado mi sombrero en su clínica. Puede enviarlo a Mr. Robinette. Me resulta muy difícil encontrar sombreros de mi medida.
Dunbar le miró sin pronunciar palabra y salió seguido por sus esbirros. El hombre retorcido estaba dando más detalles al abogado cuando sonó el teléfono. Contestó Robinette:
—Diga, doctora Saddler. Sí, aquí está... Su amigo el doctor Dunbar se proponía asesinarlo para poder hacerle la disección... Okey. —Se volvió hacia Clarence—. Su amiga, la doctora Saddler, le está buscando. Dice que viene en seguida.
—¡Cáspita! —exclamó Gaffney—. Pues me voy volando.
—¿No quiere usted verla? Estaba telefoneándome desde la misma esquina. Si ahora se va, se tropezará con ella. ¿Cómo supo que estaba aquí?
—Yo le di su número. Supongo que llamó primero a la clínica y a mi pensión, y después a usted como último recurso. Esta puerta comunica con el vestíbulo, ¿verdad? Pues bien, cuando ella entre por la puerta de las visitas, yo me iré por ésta. Pero usted no le diga dónde he ido. He tenido mucho gusto en conocerle, Mr. Robinette.
—¿Pero qué le pasa? Ahora ya no tiene por qué huir. Dunbar no puede hacerle nada, y además tiene usted amigos que le defenderán. Yo soy uno de ellos.
—Lo siento, pero me voy. La cosa se está liando demasiado. Si he logrado sobrevivir durante todos estos siglos ha sido evitando meterme en complicaciones. Con la doctora Saddler bajé la guardia, y fui al cirujano que ella me recomendó. Primero me encontré con los planes para descuartizarme a fin de ver qué tengo por dentro. Si aquel instrumento para el cerebro no hubiese despertado mis sospechas, ahora el mío ya estaría en un tarro de formol. Después se produjo una pelea, y por una suerte increíble no maté a un par de aquellos internos, o como se llamen, con lo que me hubiera ido a la cárcel por homicidio. Y ahora Matilda me busca con un interés que va más allá de la simple amistad. Sé lo que significa cuando una mujer le mira a uno así y le llama «querido». Eso no me importaría si ella no fuese una persona importante, de las que están siempre en primer plano de la actualidad, pues tarde o temprano me vería envuelto en nuevas complicaciones. Y como puede usted ver, huyo de ellas como de la peste.

—Pero oiga, Gaffney, yo creo que desorbita las cosas; lo que pasa es que ahora está excitado...
—¡Silencio!
El hombre retorcido recogió su bastón y se dirigió de puntillas a la entrada particular, al oír la clara voz de la doctora Saddler en la recepción. Salió furtivamente y la puerta acababa de cerrarse, cuando la antropólogo entró en el despacho del abogado. Matilda Saddler era un caso notable de intuición femenina. Robinette apenas había tenido tiempo de abrir la boca cuando corrió hacia la puerta particular, la abrió y huyó por ella gritando: «¡Clarence!» Robinette oyó rápidas pisadas en la escalera. Ni el perseguido ni su perseguidora se detuvieron a esperar el desvencijado ascensor. Asomándose a la ventana, el abogado vio como Gaffney saltaba al interior de un taxi. Matilda Saddler salió corriendo tras del vehículo, gritando: «¡Clarence, vuelve!» Pero no había mucha circulación y por lo tanto no pudo alcanzar al taxi. Solo una vez volvieron a tener noticias del hombre retorcido. Tres meses después de lo que antecede, Robinette recibió una carta que incluía, con enorme estupor por su parte, diez billetes de diez dólares. Era una sola hoja mecanografiada, incluso la firma. Decía así:

Querido Mr. Robinette:
Ignoro cuáles son sus honorarios acostumbrados, pero confío en que la cantidad que le incluyo bastará para abonar los valiosos servicios que me prestó en el mes de junio. Desde que salí de Nueva York he tenido diversos empleos. Tiré de un carro —como solemos decir— en Chicago, y luego hice de pitcher en un equipo de béisbol de segunda división. Hubo un tiempo en que me ganaba el sustento matando conejos y otros bichos a pedradas, y aún tengo bastante buena puntería. Y tampoco soy malo manejando un garrote, como un bate de béisbol. Pero mi cojera me resta velocidad para correr de una parte a otra, y pasará algún tiempo antes de que me decida a intentar de nuevo que me operen. Actualmente tengo un empleo cuyo carácter no puedo revelarle porque no deseo que localicen mi paradero. No se fije usted en el matasellos; no vivo en Kansas City, pero tengo un amigo allí que se ofreció a echarme esta carta al correo. Para un hombre en mi peculiar situación sería una locura tener ambiciones. Me doy por satisfecho con un trabajo que me permita subvenir a mis necesidades esenciales, ir de vez en cuando al cine y tener algunos amigos con los que pueda tomar una cerveza y charlar.

Lamenté tener que irme de Nueva York sin poder despedirme del doctor Harold McGannon, que se portó muy bien conmigo. Le agradecería que le explicase los motivos que me obligaron a irme tan precipitadamente. Puede ponerse en contacto con él a través de la Universidad de Columbia. Si Dunbar le envió mi sombrero como le pedí, haga el favor de enviarlo en un paquete a Lista de Correos, Kansas City. Mi amigo lo recogerá allí. En la población donde vivo no he encontrado un solo sombrero de mi medida. Con mi mayor agradecimiento, reciba un cordial saludo de su afectísimo,

HALCÓN RESPLANDECIENTE, Alias CLARENCE ALOYSIUS GAFFNEY.

L. Sprague de Camp.


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El resumen del cuento de L. Sprague de Camp: El hombre retorcido (The gnarly man) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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