«De lo contrario»: Henry Kuttner; relato y análisis


«De lo contrario»: Henry Kuttner; relato y análisis.




De lo contrario (Or Else) es un relato fantástico del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1858), publicado originalmente en las ediciones de agosto y septiembre de 1953 de la revista Amazing Stories, y luego reeditado en la antología de ese mismo año: Adelantado al tiempo (Ahead of Time).

De lo contrario, uno de los grandes cuentos de Henry Kuttner, presenta una historia más bien humorística, ligeramente distinta de los clásicos relatos pulp de aquellos años.

El cuento nos sitúa en México, donde dos familias reclaman la propiedad de un pozo de agua, a tal punto que luchan abiertamente por él. Entonces sobreviene Quetzalcoatl, un extraterrestre en su plato volador, quien se comunica telepáticamente con ellos para ordenarles que cesen el conflicto.

Según él mismo lo aclara, Quetzalcoatl pertenece a una raza de alienígenas que patrullan el universo llevando orden y paz. Naturalmente, nunca antes habían enfrentado el desafío de conciliar a dos seres humanos en disputa.




De lo contrario.
Or Else, Henry Kuttner (1915-1958)

Miguel y Fernández se estaban tiroteando por todo el valle cuando aterrizó el platillo volador. Malgastaron unas pocas balas en la extraña nave. El piloto salió y atravesó el valle y subió la cuesta donde estaba Miguel, que yacía a la sombra incierta de una cholla maldiciendo y manipulando el cargador del rifle lo más rápido que podía. El brazo, que siempre le temblaba, le tembló aún más cuando se acercó el desconocido. A último momento soltó el rifle, empuñó el machete y se levantó de un brinco.

—Muere —dijo, y arrojó el arma. El acero centelleó bajo el caliente sol mexicano. El machete rebotó con elasticidad en el cuello del desconocido y voló por el aire, mientras un cosquilleo eléctrico recorría el brazo de Miguel.

Una bala cruzó el valle y chocó haciendo el ruido que tal vez haría el aguijón de una avispa si en vez de sentirse se oyera. Miguel se echó al suelo y rodó hasta una gran roca para ponerse a cubierto. Otra bala chilló estridente, y un breve relampagueo azul chisporroteó en el hombro izquierdo del desconocido.

—Estoy perdido —dijo Miguel, dándose por muerto; tendido sobre el vientre, irguió la cabeza y le mostró los dientes al enemigo.

Sin embargo, el desconocido no demostraba hostilidad. Más aún, parecía desarmado. Los ojos de Miguel lo registraron. El hombre vestía extrañamente. Llevaba una gorra hecha de plumas azules cortas y diminutas. El rostro era severo, ascético y ceñudo. Era muy delgado. Eso alentó a Miguel. Se preguntó dónde habría caído el machete. No lo vio, pero el rifle estaba a pocos metros.

El desconocido se detuvo ante Miguel. Y con toda serenidad le dijo:

—Levántate. Hablemos.

Hablaba un excelente español, sólo que la voz parecía surgir dentro de la cabeza de Miguel.

—No me levantaré —dijo Miguel—. Si me levanto, Fernández me matará. Es muy mal tirador, pero no cometeré la idiotez de arriesgarme. Además, esto es muy injusto. ¿Cuánto le paga Fernández?

El desconocido echó una mirada austera sobre Miguel.

—¿Sábes de dónde vengo? —preguntó.

—Me importa un bledo de donde viene —dijo Miguel, secándose el sudor de la frente. Miró de reojo una roca cercana donde había guardado una bota de vino—. De los Estados Unidos, sin duda. Usted y la máquina de volar. El gobierno mexicano se enterará de esto.

—¿El gobierno mexicano aprueba el asesinato?

—Este es un asunto privado —dijo Miguel—. Se trata de los derechos sobre el agua, algo muy importante. Además, es defensa propia. Ese cabrón que está del otro lado del valle trata de matarme. Y usted es un matón a sueldo. Dios los castigará a los dos —se le ocurrió una idea—. ¿Cuánto quiere por matar a Fernández? —preguntó—. Le daré tres pesos y una bonita cabra.

—No habrá más peleas —dijo el desconocido—, ¿me oyes?

—Vaya a decírselo a Fernández —dijo Miguel—. Infórmele que el agua es mía. Con todo gusto le dejaré en paz —le dolía el cuello de mirar al hombre alto; se movió un poco, y una bala surcó el aire quieto y caliente y chapoteó al incrustarse en un cacto.

El desconocido se alisó las plumas azules de la cabeza.

—Primero terminaré de hablar contigo. Escúchame, Miguel.

—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó Miguel, rodando y sentándose cautelosamente detrás de la roca—. Es como pensé. Fernández le contrató para asesinarme.

—Sé tu nombre porque puedo leer un poco en tu mente. No mucho, porque es muy turbia.

—Y su madre era una cualquiera —dijo Miguel.

El desconocido frunció levemente las fosas nasales, pero ignoró la observación.

—Vengo de otro mundo —dijo—. Mi nombre es... —en la mente de Miguel sonó como Quetzalcóatle.

—¿Quetzalcóatle? —repitió Miguel con ironía—. Oh, sin duda. Y el mío es San Pedro, el que tiene las llaves del cielo.

El rostro pálido y enjuto de Quetzalcóatle enrojeció levemente, pero su voz era calma y resuelta.

—Escucha, Miguel. Mírame los labios. No los muevo. Te hablo dentro de la cabeza, por telepatía, y tú traduces mis pensamientos a palabras que tienen sentido para ti. Por cierto que mi nombre te resulta demasiado difícil. Es tu propia mente que lo ha traducido como Quetzalcóatle. En realidad no es ése mi verdadero nombre.

—Claro que no —dijo Miguel—. Ni es su verdadero nombre ni viene usted de otro mundo. No le creería a un gringo aunque me jurara por todo el santoral.

El rostro largo y austero de Quetzalcóatle enrojeció de nuevo.

—Estoy aquí para impartir órdenes —dijo—. No para discutir sandeces con... Mira, Miguel. ¿Por qué crees que no pudiste matarme con el machete? ¿Por qué las balas no me tocan?

—¿Por qué vuela esa máquina de volar? —replicó Miguel sacando una bolsa de tabaco para liar un cigarrillo; se asomó cautelosamente por la roca—. Seguro que Fernández quiere tomarme por sorpresa. Mejor voy a buscar el rifle.

—Déjalo —dijo Quetzalcóatle—. Fernández no te hará daño.

Miguel rió con aspereza.

—Y tú no debes hacerle daño a él —añadió el extraño con firmeza.

—Entonces pondré la otra mejilla —dijo Miguel—, para que él pueda atravesarme la cabeza de un balazo. Voy a creer que Fernández desea la paz, señor Quetzalcóatle, cuando le vea cruzar el valle con las manos en alto. Y aun así no dejaré que se acerque demasiado, porque lleva un cuchillo en la espalda.

Quetzalcóatle se volvió a alisar las plumas azul acero. Frunció el rostro huesudo.

—Debéis dejar de pelear para siempre, ambos —dijo—. Mi raza administra el universo y nuestra responsabilidad es llevar la paz a todos los planetas que visitamos.

—Es lo que pensaba —dijo Miguel con satisfacción—. Usted viene de los Estados Unidos. ¿Por qué no impone la paz en su propio país? He visto a los señores Humphrey Bogart y Edward Robinson en las películas. Vaya, si en toda Nueva York los gangsters se tirotean de un rascacielos a otro... ¿Y usted, qué hace? Se lo pasa bailando con la señora Betty Grable. Ah, sí. Entiendo muy bien. Primero nos trae la paz, y después se lleva nuestro petróleo y nuestros minerales preciosos.

Quetzalcóatle pateó airadamente un guijarro con su zapato de acero reluciente.

—Tengo que hacer que lo entiendas —dijo; miró un cigarrillo sin encender que colgaba de los labios de Miguel, de pronto alzó la mano y un rayo blanco brotó del anillo que llevaba en el dedo, y encendió la punta del cigarrillo.

Miguel se sobresaltó. Después inhaló el humo y cabeceó. El rayo blanco desapareció.

—Muchas gracias, señor —dijo Miguel.

Quetzalcóatle apretó con fuerza los labios pálidos.

—Miguel —dijo—, ¿crees que un norteamericano puede hacer eso?

—Quién sabe.

—Nadie de tu planeta podría hacerlo, y tú lo sabes.

Miguel se encogió de hombros.

—¿Ves aquel cacto? —preguntó Quetzalcóatle—. Yo podría destruirlo en dos segundos.

—No me cabe la menor duda, señor.

—También podría destruir el planeta entero.

—Sí, ya he oído hablar de las bombas atómicas —dijo cortésmente Miguel—. Vaya, ¿entonces por qué se molesta en interferir en una tranquila reyerta privada entre Fernández y yo? Se trata de un mísero pozo de agua que no le importa a nadie salvo...

Una bala pasó silbando.

Quetzalcóatle se frotó el anillo con un ademán furioso.

—Porque el mundo ha de dejar de luchar —dijo ominosamente—. De lo contrario, lo destruiremos. No hay razones para que los hombres no convivan pacífica y fraternalmente.

—Hay una razón, señor.

—¿Cuál?

—Fernández, señor —dijo Miguel.

—Os destruiré a ambos si no dejáis de pelear.

—El señor es un gran amante de la paz —dijo cortésmente Miguel—. Con gusto dejaré de pelear si usted me dice cómo...

—Fernández también dejará de pelear.

Miguel se quitó el vapuleado sombrero, tomó una vara y levantó el sombrero con ciudado por encima de la roca. Se oyó un estampido en el aire, el sombrero voló y Miguel lo manoteó en el aire.

—Muy bien —dijo—. Ya que insiste, señor, dejaré de pelear. Pero no me alejaré de esta roca. Estoy totalmente dispuesto a dejar de pelear. Pero creo que usted me exige algo sin decirme cómo debo hacerlo. Sería como pedirme que volara por el aire como su máquina de volar.

Quetzalcóatle frunció aún más el ceño.

—Miguel —dijo por fin—, cuéntame cómo empezó la pelea.

—Fernández quiere matarme y esclavizar a mi familia.

—¿Por qué motivo?

—Porque es un malvado —dijo Miguel.

—¿En qué te basas para decir que es un malvado?

—Bueno —concluyó con toda lógica Miguel—, porque quiere matarme y esclavizar a mi familia.

Hubo una pausa. Un correcaminos pasó a los brincos y se detuvo para mordisquear el cañón reluciente del rifle de Miguel. Miguel suspiró.

—Hay una bota de buen vino a menos de seis metros —empezó, pero Quetzalcóatle le contuvo.

—¿Qué decías sobre el problema del agua?

—Oh, eso —dijo Miguel—. Esta es una comarca pobre, señor. El agua es preciosa aquí. Hemos tenido un año de sequía y ya no hay agua suficiente para dos familias. El pozo de agua es mío. Fernández quiere matarme y esclavizar a...

—¿Y no hay tribunales en tu país?

—¿Para gente como nosotros? —preguntó Miguel y sonrió cortésmente.

—¿Fernández tiene familiares? —preguntó Quetzalcóatle.

—Sí, pobres —dijo Miguel—. Los aporrea cuando se niegan a trabajar hasta deslomarse.

—Y tú, ¿aporreas a los tuyos?

—Sólo cuando les hace falta —dijo Miguel, sorprendido—. Mi mujer es muy gorda y holgazana. Y mi hijo mayor, Chico, es muy contestador. Es mi deber aporrearlos cuando les hace falta, por el bien de ellos. También es mi deber proteger nuestra agua, pues el malvado de Fernández está decidido a matarme y...

—Esto es perder el tiempo —dijo Quetzalcóatle con impaciencia—. Déjame pensar —volvió a frotar el anillo, miró alrededor. El correcaminos había encontrado un bocado más apetecible que el rifle. Ahora se alejaba trotando, con la cola cimbreante de un lagarto colgada del pico.

Arriba el sol ardía en el cielo azul claro. El aire seco olía a mezquite. Abajo, en el valle, la perfección de forma y textura del platillo volador lucía incongruente e irreal.

—Espera aquí —dijo por fin Quetzalcóatle—. Hablaré con Fernández. Cuando te llame, ven a mi máquina de volar. Fernández y yo no tardaremos en reunirnos contigo.

—Como usted diga, señor —convino Miguel. Miró a lo lejos.

—Y no toques el rifle —añadió Quetzalcóatle muy firmemente.

—Claro que no, señor —dijo Miguel.

Esperó a que el extraño se alejara. Luego se arrastró sigilosamente por el suelo seco hasta que recobró el rifle. Después rebuscó un poco hasta encontrar el machete. Sólo entonces tomó la bota de vino. Estaba sediento de veras. Pero no bebió demasiado. Puso una carga nueva en el rifle, se recostó contra la roca y esperó. De vez en cuando sorbía un trago de vino.

Entretanto el desconocido, ignorando las nuevas balas que ocasionalmente le arrancaban destellos azules de la silueta acerada, se acercó al escondrijo de Fernández. Los disparos cesaron. Pasó un largo rato, y al final la forma alta reapareció y le hizo señas a Miguel.

—Ya voy, señor —gritó Miguel.

Depositó el rifle sobre la roca y se levantó muy cautelosamente, listo para agacharse ante el primer movimiento hostil. No hubo ningún movimiento hostil. Fernández apareció detrás del desconocido. Inmediatamente Miguel se agazapó, tomó el rifle y lo levantó para tirar a bulto.

Un haz delgado y siseante relampagueó a través del valle. El rifle de Miguel se puso al rojo. Miguel chilló y lo soltó, y después se le obnubiló la mente.

—Muero honrosamente —pensó, y no pensó más.

Cuando despertó, estaba de pie bajo la sombra del gran platillo volador. Quetzalcóatle apartaba la mano de la cara de Miguel. El sol centelleaba en el anillo del hombre alto. Miguel sacudió la cabeza, aturdido.

—¿Estoy vivo? —preguntó.

Pero Quetzalcóatle no le prestó atención. Se había vuelto hacia Fernández, que estaba detrás de él y gesticulaba ante la cara rígida. Del anillo de Quetzalcóatle brotó una luz que penetró los ojos vidriosos de Fernández. Fernández sacudió la cabeza y farfulló. Miguel buscó el rifle o el machete pero no estaban. Se metió la mano dentro de la camisa, pero el cuchillo tampoco estaba.

Miró a Fernández a los ojos.

—Estamos condenados, Fernández —dijo—. Este Quetzalcóatle nos matará a los dos. Lamento por ti, en cierto modo, que vayas al infierno mientras yo voy al cielo, pues no volveremos a encontrarnos.

—Te equivocas —repuso Fernández, buscando en vano su cuchillo—. Tú nunca verás el cielo. Y este norteamericano alto no se llama Quetzalcóatle. Para toda esta farsa ha asumido el nombre de Cortés.

—Le mentiría al mismo diablo —dijo Miguel.

—Calláos —ordenó Quetzalcóatle (o Cortés)—. Habéis visto una pequeña muestra de mi poder. Ahora escuchadme. Mi raza ha asumido el alto deber de encargarse de que todo el sistema solar viva en paz. Somos una raza muy avanzada, con poderes con los que ni siquiera soñáis. Hemos resuelto problemas para los que vuestra gente no tiene respuestas, y es nuestro deber consagrar nuestros poderes al bien de todos. Si deseáis seguir viviendo, dejaréis de luchar ya mismo y para siempre, y a partir de ahora viviréis pacífica y fraternalmente. ¿Me habéis comprendido?

—Es lo que yo quise siempre —dijo Fernández, sorprendido—. Pero ese cabrón quiere matarme.

—No habrá más muertes —dijo Quetzalcóatle-Cortés—. Viviréis como hermanos, o moriréis.

Miguel y Fernández se miraron uno al otro y se volvieron a Quetzalcóatle.

—El señor es un gran amante de la paz —murmuró Miguel—. Ya lo dije antes. Lo que usted dice es lo mejor, sin duda, para garantizar la paz. Pero para nosotros no es tan sencillo. Vivir en paz es bueno. Muy bien, señor. Díganos cómo lo conseguiremos.

—Simplemente dejad de pelear —dijo Quetzalcóatle con impaciencia.

—Eso se dice fácil —observó Fernández—. Pero la vida aquí en Sonora no es sencilla. Tal vez lo sea en el lugar de donde viene usted.

—Naturalmente —interrumpió Miguel—. En los Estados Unidos todos son ricachones.

—Pero para nosotros no es sencillo. Tal vez en su país, señor, la víbora no come a la rata, ni el pájaro a la víbora. Tal vez en su país hay comida y agua para todos, y los hombres no tienen que pelear para cuidar de sus familias. Aquí no es tan sencillo.

Miguel asintió.

—Ciertamente —acordó—, todos seremos hermanos algún día. Tratamos de hacer lo que el buen Dios nos manda. No es fácil, pero poco a poco aprendemos a ser mejores. Sería muy bonito que todos fuéramos hermanos al conjuro de una palabra mágica, como quiere usted —se encogió de hombros—. Lamentablemente...

—No debéis solucionar vuestras diferencias por la fuerza —dijo con firmeza Quetzalcóatle—. La fuerza es un mal. Debéis concertar la paz ahora mismo.

De lo contrario nos destruirá —dijo Miguel; se encogió nuevamente de hombros y cambió una mirada con Fernández—. Muy bien, señor. Presenta usted un argumento al que no puedo oponerme. En fin, acepto. ¿Qué debemos hacer?

Quetzalcóatle se volvió a Fernández.

—Yo también, señor —suspiró el último—. Sin duda que usted tiene razón. Haremos las paces.

—Os estrecharéis las manos —dijo Quetzalcóatle con ojos centelleantes—. Os juraréis lealtad.

Miguel tendió la mano. Fernández se la estrechó con firmeza y los dos hombres intercambiaron una sonrisa.

—¿Veis? —dijo Quetzalcóatle con una sonrisa austera—. No es nada difícil. Ahora sois amigos. Seguid siendo amigos.

Giró sobre los talones y caminó hacia el platillo volador. Una puerta se abrió de modo terso en el casco lustroso. En el umbral, Quetzalcóatle se volvió.

—Recordad —dijo—: estaré observando.

—Por cierto —dijo Fernández—. Adios, señor.

—Vaya con Dios —añadió Miguel.

La superficie tersa del casco se cerró detrás de Quetzalcóatle. Un momento después el platillo volador se elevó suavemente y se detuvo a treinta metros del suelo. Después salió disparado hacia el norte y desapareció como un relámpago.

—Lo que pensaba —dijo Miguel—. Era de los Estados Unidos.

Fernández se encogió de hombros.

—En un momento llegué a creer que nos diría algo sensato —dijo—. Tenía una gran sabiduría, sin duda. La vida no es fácil, por cierto.

—Oh, para él es bastante fácil —dijo Miguel—. Pero él no vive en Sonora. Nosotros en cambio sí. Afortunadamente, yo y mi familia contamos con un buen pozo de agua. Para los que no tienen agua, la vida es dura de veras.

—Es un pozo miserable —dijo Fernández—. Pero así y todo es mío —mientras hablaba, liaba un cigarrillo; se lo dio a Miguel y se lió otro para él.

Los dos hombres fumaron un rato en silencio. Luego se marcharon, también en silencio.

Miguel regresó a la bota de vino de la colina. Bebió un largo sorbo, gruñó de placer y miró alrededor. El cuchillo, el machete y el rifle estaban tirados a poca distancia. Los recuperó y se aseguró de que el rifle estuviera cargado. Luego se asomó cautelosamente desde la roca. Una bala astilló la piedra. Devolvió el disparo. Después hubo un rato de silencio. Miguel se recostó y bebió otro sorbo. En eso vio un correcaminos que se escurría velozmente con la cola de un lagarto colgada del pico. Quizás era el mismo correcaminos de antes, y tal vez el mismo lagarto, que sufría una digestión lenta.

—¡Señor Pájaro! —llamó Miguel en voz baja—. Está mal comer lagartos. Está muy mal.

El correcaminos le miró con un ojo acuoso y siguió corriendo. Miguel levantó el rifle y apuntó.

—Deje de comer lagartos, señor Pájaro. Basta, o tendré que matarlo.

El correcaminos pasó delante de la mira del rifle.

—¿No entiende lo que le digo? —dijo gentilmente Miguel—. ¿Tengo que explicarle cómo?

El correcaminos se detuvo. La cola del lagarto desapareció por completo.

—Oh, muy bien —dijo Miguel—. Cuando descubra cómo un correcaminos puede dejar de comer lagartos y seguir viviendo, entonces se lo diré, amigo. Pero hasta entonces, vaya con Dios.

Se volvió y apuntó nuevamente el rifle hacia el otro extremo del valle.

Henry Kuttner (1915-1958)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Henry Kuttner: De lo contrario (Or Else), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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