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El rey Peste: Edgar Allan Poe.


El Rey Peste (King Pest) es un relato fantástico del escritor norteamericano Edgar Allan Poe.

Fue publicado individualmente en 1835, pero su condición de clásico fue adquirida al aparecer en la antología: Cuentos de lo grotesco y lo arabesco (Tales of the Grotesque and Arabesque) en 1840.

El nombre completo del relato es Rey Peste, el primero. Historia que contiene una alegoría (King Pest the first. A tale containing an allegory).

Se trata de un cuento extraño, bizarro, casi incongruente con la eficacia de Edgar Allan Poe; que cuando no escribía grandes relatos, escribía con tanta eficiencia que cualquier defecto queda disimulado por la elegancia del estilo. Aquí, lo grotesco adquiere proporciones insospechadas para la narrativa de Poe; aunque su desmesura no está reñida con la magia habitual que se desprende de sus relatos.


El rey Peste.
Historia que contiene una alegoría.

King Pest the first. A tale containing an allegory
, Edgar Allan Poe (1809-1849)


Los dioses sufren y autorizan muy bien entre los reyes
cosas que les horrorizan en los caminos de la canalla.
Ferrex y Parrex, Buckhurst.

Alrededor de la medianoche, durante una noche del mes de octubre, bajo el reinado caballeresco de Eduardo III, dos marineros pertenecientes a la tripulación del Free-and-Easy, goleta de comercio que hacía el servicio entre l'Ecluse (Bélgica) y el Támesis, y que a la sazón estaba al ancla en este río, fueron muy maravillados al encontrarse sentados en la sala de una taberna de la parroquia dc San Andrés, en Londres, taberna en cuya enseña lucía el nombre del Alegre lobo de mar.

La sala, aunque mal construida, ennegrecida por el humo, baja de techo, y semejante por otra parte a todos los chamizos de aquella época, era sin embargo, en opinión de grotescos grupos de bebedores diseminados aquí y allá, lo suficientemente bien apropiada para el cometido al cual estaba destinada.De entre aquellos grupos, nuestros dos marineros formaban, creo, el más interesante e incluso el más notable. Aquel que parecía ser el de más edad, y al que su compañero llamaba con el característico nombre de Legs7, era también y con mucho el más alto de los dos. Podía muy bien tener seis pies y medio y la inclinación habitual de sus hombros parecía la consecuencia obligada de una estatura tan prodigiosa. Su exceso en altura era sin embargo compensado por unas deficiencias en otros aspectos. Era excesivamente flaco y hubiera podido, tal como afirmaban sus camaradas, cuando estaba borracho, sustituir a la driza de la cabeza del mástil, y, cuando estaba sobrio, al cuchillo del foque. Pero evidentemente estas bromas y otras análogas no habían nunca producido efecto alguno sobre los músculos tensos del lobo de mar. Con sus pómulos salientes, su gran nariz de halcón, su mentón huidizo, su mandíbula inferior deprimida y sus enormes ojos protuberantes, la expresión de su fisonomía, aunque teñida de una especie de indiferencia obstinada hacia todas las cosas, no era sin embargo menos solemne y seria y se situaba más allá de toda imitación y de toda descripción.

El marinero más joven era, en toda su apariencia, extranjero, y, al revés y a la recíproca de su compañero. Un par de piernas arqueadas y gordezuelas soportaban su persona pesada y abombada, y sus brazos singularmente cortos y gruesos, terminados por unos puños más que ordinarios, pendían y se balanceaban a sus costados como los alerones de una tortuga de mar. Unos ojos pequeños, de un color impreciso, centelleaban, profundamente hundidos, en su cabeza. Su nariz estaba metida dentro de la masa de carne que rodeaba su cara redonda, llena y empurpurada, y su grueso labio superior se reposaba complacientemente sobre el inferior, todavía más grueso, con aire de satisfacción personal aumentado por la costumbre que tenía el propietario de dichos labios de ir lamiéndoselos de rato en rato. Contemplaba evidentemente a su compañero de a bordo con un sentimiento mitad de admiración, mitad de burla, y, a veces, cuando lo contemplaba de cara, tenía el aspecto de un sol empurpurado contemplado, antes de ponerse, en la cima de las rocas de Ben-Nevis.

Mientras, las peregrinaciones de la digna pareja por las distintas tabernas de la vecindad durante las primeras horas de la noche habían sido variadas y habían estado llenas de acontecimientos. Pero los fondos, incluso los más vastos, no son eternos y era ya con los bolsillos vacíos que nuestros dos amigos se habían aventurado dentro de la taberna en cuestión.

En el momento preciso en que comienza esta historia, Legs y su compañero Hugh Tarpaulin estaban sentados, cada cual con los codos apoyados en la amplia mesa de roble, en mitad de la sala, con las mejillas entre las manos. Al amparo de un gran botellón de humming-stuff no pagado, miraban de reojo las palabras siniestras: No hay tiza —que no sin asombro ni indignación por parte de ambos aparecían escritas sobre la puerta con caracteres de tiza— esa imprudente tiza que osaba declararse ausente. Y no es que la facultad de descifrar los caracteres escritos —facultad considerada entre la gente llana de aquellos tiempos como un poco menos cabalística que el arte de trazarlos — hubiese podido, en estricta justicia, ser imputada a los dos discípulos del mar. Pero había, por decir la verdad, un cierto retorcimiento en el aire de las letras —y en el conjunto mismo de ellas no sé qué indescriptible aspecto— que presagiaba, en la opinión de los dos marinos, una condenada sacudida y un tiempo muy feo, y que les decidieron de golpe, siguiendo el lenguaje metafórico de Legs, a cuidar de las bombas de achique, a ceñir todo el trapo y a huir delante del viento. En consecuencia, habiendo consumido lo que en la botella quedaba de cerveza, sólidamente agarrados a sus cortos justillos, finalmente tomaron impulso y se lanzaron hacía la calle. Tarpaulin, es verdad, entró dos veces en la chimenea, al tomarla por la puerta, pero al fin su fuga se efectuó felizmente y, una media hora después de la medianoche, nuestros dos héroes habían equilibrado su paso y caminaban formando eses bien precisas a lo largo de una callejuela oscura en dirección a la escalera de San Andrés, ardientemente perseguidos por la tabernera del Alegre lobo de mar.

Muchos años antes de que transcurriera esta historia, lo mismo que muchos años después de que hubiera transcurrido, toda Inglaterra, pero más particularmente la metrópoli, vibraba periódicamente al grito siniestro de ¡La Peste!. La City estaba en gran parte despoblada y, en aquellos horribles barrios vecinos al Támesis, entre aquellas callejuelas y negros pasajes, estrechos e inmundos, que el Demonio de la Peste había elegido, se suponía entonces, como lugar de su natalicio, no se podía sino encontrar, pavoneándose, más que al Espanto, al Terror y a la Superstición.

Por orden del Rey, aquellos barrios estaban condenados, prohibida a toda persona, bajo pena de muerte, penetrar en sus espantosas soledades. Sin embargo, ni el decreto del monarca ni las enormes barreras alzadas a la entrada de las calles, ni tampoco la perspectiva de aquella repugnante muerte, que, casi seguro, engullía al miserable al que ningún peligro podía apartar de la aventura, no impedía que las habitaciones desamuebladas y deshabitadas fueran despojadas por la mano de una rapiña nocturna, del hierro, del cobre, de los plomos, en fin de todo artículo que pudiera convertirse en objeto de un lucro cualquiera.

Se pudo particularmente constatar, a cada invierno, a la apertura anual de las barreras, que las cerraduras, los cerrojos y las cavas secretas no habían protegido más que mediocremente aquellas amplias provisiones de vinos y licores que, vistos los riesgos, varios de los comerciantes que tenían tienda en la vecindad, se habían resignado, durante el período de exilio, a confiar a garantía tan insuficiente.

Pero, entre el pueblo aterrorizado, muy pocas gentes atribuían aquellos hechos a la acción de manos humanas. Los Espíritus y los Goblins de la peste, los Demonios de la fiebre, tales eran para las clases populares los verdaderos autores de la desgracia. Y se contaban sin cesar unos cuentos para helar la sangre en las venas que, a la larga, toda aquella masa de edificios condenados fue rodeada del terror como por un sudario. Y hasta el mismo ladrón, a menudo espantado por el horror supersticioso que sus propias depreciaciones había creado, dejaba el amplio circuito del barrio maldito, lo abandonaba a las tinieblas, al silencio, a la peste y a la muerte.

Fue a través de una de esas temibles barreras de las que he hablado, y las cuales indicaban que la región situada más allá estaba condenada, por donde Legs y el digno Hugh Tarpaulin, que desembocaron frente a ella saliendo de una calleja, donde su carrera quedó repentinamente interrumpida. No era cuestión de volver sobre sus pasos y tampoco había tiempo que perder, pues aquellos que les daban caza les iban pisando los talones. Para dos marineros de pura sangre, trepar por el basto andamiaje no era más que un juego y, exasperados por la doble excitación de la carrera y de los licores, saltaron resueltamente al otro lado y, luego, reemprendieron su ebria carrera con gritos y aullidos, se perdieron pronto en aquellas profundidades complicadas y malsanas.

Si no hubiesen estado borrachos hasta el punto de haber perdido su sentido moral, sus pasos vacilantes habrían sido paralizados por los horrores de su situación. El aire era frío y brumoso. Entre el césped alto y vigoroso que les subía basta los tobillos, los adoquines sueltos yacían en un espantoso desorden. Casas enteras derruidas taponaban las calles. Las miasmas más fétidas y deletéreas reinaban por todas partes y, gracias a aquella pálida luz que, incluso a medianoche, emana siempre de una atmósfera vaporosa y pestilencial, se habría podido distinguir, yaciendo en las aceras y en las calles, pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, la carroña de diversos ladrones nocturnos detenida por la mano de la peste en la perpetración de su fechoría.

Pero no sería el poder de las imágenes, de las sensaciones y los obstáculos de cualquier naturaleza, las que detendrían la carrera de aquellos dos hombres que, naturalmente bravos, y sobre todo aquella noche, llenos hasta los bordes de coraje y de humming-stuff, se habrían intrépidamente arrojado, todo lo derecho que su estado les hubiera permitido, en las mismas fauces de la Muerte. Adelante, adelante iba siempre el siniestro Legs, resonaban los ecos de ese desierto solemne de gritos semejantes al terrible aullido de guerra de los indios; y con él, siempre a su lado, trotaba el barrigudo Tarpaulin, agarrado al justillo de su camarada, más ágil, y sobrepasando incluso a este último en sus valerosos esfuerzos vocales mediante mugidos de bajo extraídos de las profundidades de sus pulmones estentóreos.

Evidentemente habían alcanzado la plaza fuerte de la peste. A cada paso o a cada caída, su carrera se hacía más horrible y más infecta, los caminos más estrechos y más embrollados. Grandes piedras y vigas caían de cuando en cuando de los tejados descalabrados y daban testimonio, mediante sus caídas pesadas y funestas, de la prodigiosa altura de las casas circundantes. Y, cuando les era menester hacer un esfuerzo enérgico para abrirse paso entre los frecuentes montones de escombros, no era raro que sus manos cayeran sobre un esqueleto o se metieran entre un amasijo de carnes descompuestas.

De golpe, los dos marineros tropezaron contra un amplio edificio de siniestra apariencia. Un grito más agudo que de costumbre surgió del gaznate del exasperado Legs y fue respondido desde el interior por una explosión rápida, sucesiva, de gritos salvajes, demoníacos, casi unos estallidos de risa. Sin asustarse de aquellos sonidos que, por su naturaleza, en semejante lugar, en un momento así, hubieran solidificado la sangre en pechos menos irreparablemente incendiados, nuestros dos borrachos se lanzaron con la cabeza gacha contra la puerta, la derribaron, y se abatieron en mitad del suelo con una oleada de imprecaciones.

La sala en la cual cayeron resultó ser el almacén de un empresario de pompas fúnebres. Pero una trampilla, abierta en un rincón del suelo, cerca de la puerta, daba a una letanía de cavas cuyas profundidades, como lo proclamó un tintineo de botellas que se rompían, estaban bien surtidas de su habitual contenido. En medio de la sala, había una mesa puesta —y en medio de la mesa, por lo que parecía, un gigantesco bol lleno de punch—, con botellas de vinos y licores compitiendo con potes, jarras y frascos de toda forma y de toda especie, todo desparramado en profusión sobre la mesa. Y alrededor de ella, sobre caballetes fúnebres, se sentaba una sociedad de seis personas. Voy a intentar describirlas una a una.

Frente a la puerta de entrada, y un poco más arriba que sus compañeros, estaba sentado un personaje el cual parecía presidir la fiesta. Era un ser descarnado, de gran talla, y Legs se quedó estupefacto al encontrarse frente a alguien más flaco que él. Su cara era tan amarilla como el azafrán, pero ninguno de sus rasgos, a excepción de uno solo, no era lo suficientemente notable como para merecer una descripción particular.

Ese rasgo único consistía en una frente tan anormalmente y tan feamente alta que se hubiese dicho era un bonete o una corona de carne superpuesta a su cabeza natural. Su boca rechinante estaba plegada por una expresión de espectral afabilidad, y sus ojos, como los ojos de cualquier persona sentada a la mesa, brillaban con ese singular barniz que procura los humos de la embriaguez. Este caballero estaba vestido de pies a cabeza con un manto de terciopelo de seda negra, ricamente bordado, que flotaba negligentemente al rededor de su talle a la manera de una capa española. Su cabeza estaba abundantemente erizada de esas plumas con las que adornan los carruajes funerarios y que él balanceaba de un lado al otro con un aire de consumada afectación; en su mano derecha sostenía un gran fémur humano, con el cual acababa de golpear, por lo que parecía, a uno de los miembros de la asamblea para pedirle una canción.

Frente a él, con la espalda vuelta hacia la puerta, había una dama cuya extraordinaria fisonomía no le cedía en nada. Aunque tan alta como el personaje que acabamos de describir, la dama no tenía derecho alguno a quejarse de una delgadez anormal ya que, evidentemente, estaba en el último período de la hidropesía y por su aspecto se parecía mucho a la enorme barrica de cerveza de Octubre que se alzaba, desfondada por arriba, justo a su lado, en un rincón de la cámara. Su cara era singularmente redonda, roja y llena, y, la misma particularidad, o más bien la ausencia de particularidad que ya he mencionado en el caso del presidente, marcaba su fisonomía, es decir, que un solo rasgo de su cara merecía una caracterización especial. El hecho es que el clarividente Tarpaulin vio en seguida que la misma observación podía aplicarse a todas las personas allí reunidas; cada cual parecía haber acaparado para él solo un pedazo de fisonomía. En la dama en cuestión, ese pedazo era la boca. Una boca que comenzaba en la oreja derecha y que corría hasta la oreja izquierda dibujando un abismo terrorífico de forma que sus muy cortos colgantes de oreja se hundían a cada instante en la sima. Sin embargo, la dama se veía que desplegaba todos sus esfuerzos para conservar la boca cerrada y darse un aire de dignidad. Su atuendo consistía en un sudario recién almidonado y planchado, con un cuellecito plisado en muselina de batista.

A su derecha estaba sentada una dama joven y minúscula a la cual la obesa parecía patrocinar. Esta delicada y pequeña criatura dejaba ver en el temblor de sus dedos corroídos, en el tono lívido de sus labios y en la ligera mancha héctica que sombreaba su tez, por otra parte ya plúmbea, manifestaba los síntomas evidentes de una tisis desenfrenada. Un aire de alta distinción, sin embargo, se extendía por toda su persona; llevaba de manera graciosa y del todo desenvuelta una amplia y hermosa mortaja del más fino lino de las Indias. Sus cabellos caían en bucles sobre su cuello. Una dulce sonrisa lucía en su boca. Pero su nariz, extremadamente larga, delgada, sinuosa, flexible y purulenta, colgaba demasiado más abajo que su labio inferior. Y esta trompa, pese a la forma delicada con la que ella la desplazaba de vez en cuando, moviéndola de derecha a izquierda con su lengua, daba a su fisonomía una expresión un tanto equívoca.

Al otro lado, a la izquierda de la dama hidrópica, estaba sentado un hombre viejo y bajito, hinchado, asmático y gotoso. Sus mejillas reposaban sobre sus hombros como dos enormes botas de vino de Oporto. Con sus brazos cruzados y una de sus piernas envuelta en vendajes y reposando sobre la mesa, parecía mirarse a sí mismo como si tuviera derecho a alguna consideración. Extraía evidentemente mucho orgullo de cada pulgada de su envoltura personal, pero experimentaba un placer más especial todavía al atraer las miradas por su color tan vistoso. Cierto es que sobre todo ese vestido no debía haberle costado mucho dinero y que era de una naturaleza tal que le caía bien, pues no era sino una de esas fundas de seda curiosamente bordadas que en Inglaterra, y en otros lugares también, cuelgan en lugares bien visibles por encima de las casas de las grandes familias ausentes.

A su lado, a la derecha del presidente, se sentaba un caballero con grandes medias blancas y un calzón de algodón. Todo su ser se sacudía de una forma risible por culpa de un tic nervioso que Tarpaulin denominaba las angustias de la embriaguez. Sus mandíbulas, recién afeitadas, estaban estrechamente apretadas con un vendaje de muselina y sus brazos, ligados de la misma forma por las muñecas, no le permitían servirse libremente de los licores que había en la mesa, una precaución necesaria, en opinión de Legs, dado el carácter embrutecido de su cara de biberón. Sin embargo, un par de orejas prodigiosas, que sin duda era imposible disimular, surgían en el espacio y, de vez en cuando, se las veía como sacudidas por un espasmo al son de cada tapón que se hacía saltar de las botellas.

El sexto y último, sentado frente al biberón, tenía un aire singularmente tieso y, estando afectado de parálisis, hablando seriamente, debería sentirse muy poco a gusto dentro de su incómoda vestimenta. Estaba ataviado (atavío quizás único en su género) con un hermoso ataúd de caoba completamente nuevo. La parte alta se abría como una tapa y caía sobre su cabeza como un capuchón; dándole a toda la cara una fisonomía de indescriptible interés. Unas bocamangas aparecían practicadas a ambos costados, tanto por comodidad como por elegancia. Pero este atavío sin embargo impedía al desdichado cualquier movimiento y le obligaba a mantenerse quieto en su sitio, lo mismo que a sus compañeros, y, como quiera que estaba apoyado contra su catafalco e inclinado según un ángulo de cuarenta y cinco grados, sus dos grandes ojos a flor de cabeza giraban y asaeteaban hacia el techo sus terribles globos blancuzcos, como en un absoluto asombro de su propia enormidad.

Delante de cada convidado estaba puesto medio cráneo, del cual se servía a guisa de copa. Por encima de sus cabezas pendía un esqueleto humano, por medio de una cuerda atada a una de sus piernas y fijada a una argolla del techo. La otra pierna, que no estaba sujeta, surgía del cuerpo en ángulo recto, haciendo danzar y piruetear a toda la carcasa temblorosa cada vez que un soplo de viento se abría paso en la sala. El cráneo de la espantosa cosa colgante contenía una cantidad de carbón encendido que arrojaba sobre toda la escena un resplandor vacilante pero vivo, iluminando los féretros y todo el material del empresario de pompas fúnebres que aparecía apilado a gran altura en la habitación, contra las ventanas, impidiendo que ningún rayo de luz pudiese escapar a la calle.

A la vista de esta extraordinaria asamblea y su decorado todavía más extraordinario, nuestros dos marinos no se condujeron con todo el decoro que hubiera cabido esperar de ambos. Legs, apoyándose contra el muro cerca del que se encontraba, dejó caer su mandíbula inferior aún más bajo de lo que acostumbraba y desplegó sus grandes ojos sobre el panorama que a ellos se ofrecía; mientras, Hugh Tarpaulin, se agachaba un poco para poner su nariz al nivel de la mesa y, poniéndose las manos sobre las rodillas, estalló en una risa inmoderada e intempestiva, es decir, en un largo, ruidoso y ensordecedor rugido.

Mientras, sin ultrajarse ante una conducta tan prodigiosamente grosera, el gran presidente sonrió muy graciosamente a nuestros intrusos —les hizo con su cabeza de plumas negras una seña llena de dignidad— y, levantándose, tomó a cada uno de ellos por el brazo y los condujo hacia un asiento que las otras personas de la compañía acababan de prepararles. Legs no ofreció la menor resistencia y se sentó donde le indicaban mientras que el galante Hugh, apartando el caballete de un lado de la mesa, fue a instalarse al lado de la damisela tísica, con gran alegría, y sirviéndose un cráneo de vino tinto se lo tragó en honor de una más íntima relación. Pero, ante esta presunción, el rígido gentleman del ataúd pareció singularmente exasperado, y la cosa hubiese podido dar lugar a las más serias consecuencias si el presidente no hubiese, en aquel momento, picado sobre la mesa con su cetro para atraer la atención de todos los asistentes al discurso siguiente:

—La feliz ocasión que se nos ofrece nos impone el deber de...
—¡Quieto ahí! —le interrumpió Legs con aire de gran seriedad—, quieto ahí un poco, te digo, y dinos primero quién eres y qué hacéis aquí, vestidos como feos demonios y zampándoos el retuercetripas de nuestro honesto camarada Will Wimble el enterrador y todas sus provisiones que tenía guardadas para el invierno.

Ante esta imperdonable muestra de mala educación, toda la extraña sociedad se incorporó a medias sobre sus pies y profirió un montón de gritos diabólicos, parecidos a aquellos primeros que habían atraído la atención de los dos marineros. El presidente, no obstante, fue el primero en recuperar su sangre fría y, finalmente, volviéndose hacia Legs, con gran dignidad, reemprendió su discurso:

—Será con perfecta aquiescencia que satisfaremos una curiosidad razonable por parte de unos huéspedes tan ilustres, pese a que ellos no hayan sido invitados. Sabed pues que yo soy el monarca de este imperio y que reino —aquí sin menoscabo alguno con este título: el Rey Peste I.

Esta sala que ustedes suponen muy injuriosamente ser la tienda de Will Wimble, el empresario de pompas fúnebres, un hombre al que no conocemos, y cuya apelación plebeya no había oído jamás, antes de esta noche, despellejado nuestras reales orejas, esta sala, digo, es la Sala del Trono de nuestro Palacio, consagrada a los consejos de nuestro reino y a otros destinos de un orden sacro y superior.

La noble dama sentada frente a Nos es la Reina Peste, nuestra Serénísima Esposa. Los otros personajes ilustres que ustedes contemplan son nuestra familia y llevan la marca del origen real en sus nombres respectivos: Su Gracia el Archiduque Pest-Ífero, Su Gracia el Duque Pest-Ilencial, Su Gracia el Duque Tem-Pestuoso y Su Alteza Serenísima la Archiduquesa Ana-Peste.

En lo que respecta —siguió— a vuestra pregunta, relativa a los asuntos que nos traíamos aquí en consejo, nos sería ocioso responder que tales asuntos conciernen a nuestro interés real y privado y, así pues concerniéndonos a nosotros mismos, no tienen en absoluto importancia si no es para nosotros. Pero, en consideración al trato que ustedes podrían reivindicar en su calidad de huéspedes y de extranjeros, no desdeñaremos decirles que estamos aquí esta noche —preparados por profundas búsquedas y cuidadosas investigaciones— para examinar, analizar y determinar perentoriamente el espíritu indefinible, las incomprensibles cualidades y la naturaleza de estos inestimables tesoros de la boca, vinos, cervezas y licores de esta excelente metrópoli, para, al hacerlo así, no solamente alcanzar nuestro objeto sino también para aumentar la verdadera prosperidad de este soberano que no es de este mundo, que reina sobre todos nosotros, cuyos dominios no tienen limites, y cuyo nombre es: ¡la Muerte!.

—¡Cuyo nombre es Davy Jones! —exclamó Tarpaulin sirviendo a la dama sentada a su lado un cráneo lleno de licor y sirviéndose otro para él.
—¡Profano granuja! —dijo el presidente volviendo su atención hacia el digno Hugh —, ¡profano y execrable guasón! Nos, hemos dicho que en razón de esos derechos que en absoluto nos sentimos inclinados a violar, incluso en tu sucia persona, Nos condescendemos a responder a tus groseras e intempestivas preguntas. Sin embargo, creemos que, vista vuestra profana intrusión en nuestro consejo, es nuestro deber condenaros, a ti y a tu compañero, a cada uno un galón de black-strap —que beberéis a la prosperidad de nuestro reino—, de un solo trago, y de rodillas, tras lo cual seréis libres, el uno y el otro, de seguir vuestro camino o de quedaros con nosotros y compartir los privilegios de nuestra mesa, según vuestro gusto personal y respectivo.
—Tal cosa sería de la más absoluta imposibilidad —replicó Legs, a quien los grandes aires y la dignidad del rey Peste I habían sin duda inspirado algunos sentimientos de respeto, y que se había levantado y apoyado contra la mesa mientras el monarca hablaba—, pues, si le plugo a Su Majestad, no veo cómo sería posible meter en mi cala ni la cuarta parte de ese licor del cual acaba de hablar Su Majestad. No voy a hablarle de todas las mercancías que desde esta mañana hemos cargado a nuestro bordo a modo de lastre, ni le mencionaré tampoco los diversos ales9 y licores que hemos embarcado esta noche en distintos puertos, pero si precisaré que, por el momento, tengo un fuerte cargamento de humming-stuff, tomado y debidamente pagado en la enseña dcl Alegre lobo de mar. Vuestra Majestad querrá pues ser lo bastante graciosa para tomar con buena voluntad este hecho, porque yo no quiero de forma alguna beber ni una gota más, y menos aún de una gota de esa sucia agua de sentina que responde al nombre de blackstrap.

—¡Amarra eso! —interrumpió Tarpaulin, tan asombrado por lo largo del speech de su camarada como por la naturaleza de su negativa—. ¡Amarra eso, marinero de agua dulce! ¡Muy pronto habrás soltado el mango, Legs, te lo digo yo! Mi quilla todavía es ligera, mientras que la tuya, lo confieso, me parece un poco escorada. Y, en cuanto a tu parte de carga, pues muy bien, antes que quitarle un solo grano, yo ya encontraré lugar para ella a mi bordo, pero...
—Ese arreglo —le interrumpió el presidente— está en completo desacuerdo con los términos de la sentencia o condena, ya que su naturaleza es médica y por lo tanto inconmutable y sin apelación. Las condiciones que os hemos expuesto serán cumplidas al pie de la letra y sin un minuto de vacilación, pues de lo contrario Nos decretaremos que seáis atados juntos por el cuello y los talones, y debidamente ahogados como rebeldes en la barrica de cerveza de Octubre que veis allí.
—¡Qué sentencia! ¡Menuda sentencia! ¡Equitativa, juiciosa sentencia! ¡Un glorioso decreto! ¡Una muy digna, muy irreprochable y muy santa condena! —exclamaron a la vez todos los miembros de la familia Peste. El rey hizo plegar su frente en innumerables arrugas; el hombrecito gotoso resopló como un fuelle; la dama de la mortaja de lino hizo ondular su nariz a derecha e izquierda, el caballero del calzón convulsionó sus orejas; la dama del sudario abrió las fauces como un pez en la agonía; y el hombre del ataúd de caoba pareció todavía más tieso y rodó los ojos hacia el techo.
—¡Jo, jo! —tronó Tarpaulin ahogándose de risa y sin miramientos ante la agitación general—. ¡Jo, jo, jo! ¡Jo, jo! Yo decía, cuando el señor Rey Peste nos condenaba, que en cuanto a la cuestión de dos o tres galones más o menos de black-strap que esa bagatela no era nada para un buen y sólido barco como yo, incluso aunque estuviera bien cargado. Pero cuando se trata de beber a la salud del Diablo (¡al que Dios absuelva!) y ponerme de rodillas delante de la villana Majestad que tenemos ahí, lo que yo sé, tan bien como sé que soy un pecador, ¡es que no soy Tim Hurlygurly el follador! En cuanto al por qué no lo sea, es algo que sobrepasa los medios de mi inteligencia...

No le fue posible acabar tranquilamente su discurso, pues, al nombre de Tim Hurlygurly todos los convidados saltaron de sus asientos.

—¡Traición! —gritó Su Majestad el Rey Peste I.
—¡Traición! —gritó el pequeño hombre de la gota.
—¡Traición! —croó la Archiduquesa Ana Peste.
—¡Traición! —marmoteó el gentleman de las mandíbulas atadas.
—¡Traición! —gruñó el hombre del ataúd.
—¡Traición! ¡Traición a Su Majestad! —gritó la mujer de la enorme bocaza mientras cogía por la parte posterior de sus calzones al infortunado Tarpaulin, que en ese momento precisamente se estaba llenado de licor un cráneo, y lo levantaba vivamente en el aire y lo metía sin más ceremonia dentro del enorme barril desfondado y lleno de su cerveza favorita. Agitándose de aquí para allá durante unos segundos, como una manzana en un bote de ponche, desapareció finalmente en el torbellino de espuma que sus esfuerzos habían naturalmente levantado en el líquido ya de por sí altamente espumoso.

Pero el gran marinero no vio con resignación el chasco de su camarada. Precipitando al Rey Peste a través de la trampa abierta, el valiente Legs la cerró violentamente a continuación con un juramento, y corrió al centro de la sala. Allí, agarrando el esqueleto colgado encima de la mesa, tiró de él con tanta energía que consiguió arrancarlo al tiempo que se apagaban los últimos rayos de luz, y lo arrojó contra cl hombrecillo gotoso rompiéndole el cerebro. Precipitándose luego con todas sus fuerzas contra el fatal tonel lleno de cerveza de Octubre y de Hugh Tarpaulin, lo volcó en un instante y lo hizo rodar. Surgió de él un diluvio de licor tan furioso, tan impetuoso, tan invasor, que la sala fue inundada de un muro al otro mientras la mesa se derrumbaba con todo su contenido, los caballetes caían, el lebrillo de punch se precipitaba contra la chimenea y las damas se convulsionaban en sendos ataques de nervios. Pilas de artículos fúnebres se debatían de un lado a otro. Los frascos, las jarras, las gruesas botellas vestidas de junquillo se confundían en un espantoso revoltillo mientras las garrafas con su faldón de mimbre chocaban desesperadamente contra los bocoyes acorazados de cuerda. El hombre de las angustias quedó ahogado al momento, el gentleman paralítico navegaba hacia mar adentro en su ataúd, y el victorioso Legs, cogiendo por el talle a la gorda dama del sudario, se precipitó con ella a la calle, y puso rumbo bien derecho en dirección al Free-and-Easy, ciñendo bien el viento y remolcando al temible Tarpaulin, quien, habiendo estornudado tres o cuatro veces, jadeaba y resoplaba tras él en compañía de la Archiduquesa Ana Peste.

Edgar Allan Poe (1809-1849)


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La introducción al cuento de Edgar Allan Poe: El Rey Peste (King Pest the first) fue escrita por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Pablo Lacroix dijo...

genial! q bueno tener la posibilidad de leerlo