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«La calle Sarandí»: Silvina Ocampo; relato y análisis.


«La calle Sarandí»: Silvina Ocampo; relato y análisis.




«No tengo el recuerdo de otras tardes
más que de esas tardes de otoño
que han quedado presas tapándome las otras.»



La calle Sarandí (La calle Sarandí) es un relato de terror de la escritora argentina Silvina Ocampo (1903-1993), publicado en la antología de 1937: Viaje olvidado. Un año antes apareció una versión prácticamente idéntica en la revista Destiempo.

La calle Sarandí, uno de los mejores cuentos de Silvina Ocampo, narra en primera persona el recuerdo de un episodio infantil tan aberrante que la Narradora todavía se encuentra atrapada en él.

La Narradora cuenta que, cuando era niña, era interceptada en la calle por un hombre «que decía palabras pegajosas» y la perseguía «con una ramita de sauce». La situación recordada es ambigua, pero con un tinte inquietante. Era imposible eludir el encuentro con este hombre: «siempre estaba allí, como un escalón o como una reja» de las casas. Esos encuentros son pequeños fragmentos de una pesadilla más grande que la Narradora recupera de su infancia en esta historia. Más adelante ella habla de una «voz enmascarada», de «pasos inmóviles» que la toman del cuello y la llevan a la fuerza a una casucha «envuelta en humo y telarañas» en la que hay «cama de fierro».

Como en Cielo de claraboyas, Silvina Ocampo presenta a una víctima infantil, una chica amenazada por un varón, pero desde la perspectiva de una mujer adulta que recuerda fragmentariamente aquel trauma. ¿Qué ocurrió aquella tarde de otoño? Evidentemente, un abuso, luego transfigurado en el recuerdo en una escena pesadillesca. Como en todo suceso traumático, la nena intenta preservarse imaginariamente; en este caso, tapándose la cara con las manos, de modo que el recuerdo posterior [el cuento] no se enfoca en lo que realmente pasó, sino en lo que ella vió en la oscuridad del espacio cerrado de sus manos:


«Cierro las ventanas, aprieto mis ojos y veo azul, verde, rojo, amarillo, violeta, blanco, blanco. La espuma blanca, el azul. Así será la muerte cuando me arranque del cuartito de mis manos.»


La Narradora recuerda su encierro en el «cuartito oscuro de mis manos» [su cara tapada], que de algún modo amplifica el horror de la situación. Pero hay más, mucho más, en La calle Sarandí. En apenas dos páginas Silvina Ocampo urde un desenlace sorpresivo.

De repente, el hijo de su hermana mayor se transforma en el hijo que fue «casi» suyo. Duerme junto a ella cuando es un bebé, gatea a su alrededor, aprende a dar sus primeros pasos, y la progresión se descompone cuando la Narradora advierte que el niño ya es un hombre. «No me di cuenta, no me dí cuenta», repite ella, desconcertada. Ya no oye los balbuceos de un niño pequeño, sino una voz más grave que la Narradora asocia con el hombre de las «palabras pegajosas». ¿Acaso el muchacho es el fruto de aquel abuso? ¿Acaso su voz, al dejar de ser la de un niño, se asemeja repentinamente a la de su victimario?

Todos los escenarios son posibles. Como menciona Alejandra Pizarnik, la magia de los cuentos de Silvina Ocampo reside en que «dicen algo más, otra cosa», que no se menciona específicamente. En definitiva, La calle Sarandí cuenta algo que la Narradora no quiso ver, que no pudo ver, y que adquiere dimensiones fantasmagóricas en sus recuerdos:


«No quiero ver más nada. Este hijo que fue casi mío, tiene la voz desconocida que brota de una radio. Estoy encerrada en el cuartito obscuro de mis manos y por la ventana de mis dedos veo los zapatos de un hombre en el borde de la cama. Ese hijo fue casi mío, esa voz recitando un discurso político debe de ser, en la radio vecina, el hombre con la rama de sauce. Y esa cuna vacía, tejida de fierro...»


Retrocedamos un poco.

Los hechos tienen lugar en la calle Sarandí, Ciudad de Buenos Aires, donde a principios del siglo XX convivían personas de distintas clases sociales. Silvina Ocampo da cuenta de eso al mencionar «quintas», habitadas por la clase alta durante los fines de semana y las vacaciones; y casas más humildes ocupadas durante todo el año por los pobladores permanentes del barrio. La Narradora pertenece a este último grupo, habida cuenta que nunca se ha alejado de su casa. Además, en los primeros párrafos se establece su vínculo emocional con el lugar, su sentido de pertenencia. Es, en definitiva, una chica pobre.

Lo más interesante de La calle Sarandí es el punto de vista, la perspectiva desde la cual accedemos parcialmente al trauma de la Narradora. Evidentemente, la historia es narrada por una mujer adulta que revive lo ocurrido, pero a su mirada madura se superpone la de la chica que fue, la cual aflora en el recuerdo y toma control de la perspectiva.

De este modo, la Narradora [adulta] es incapaz de relatar los hechos en términos directos, debe recurrir a la perspectiva infantil. La nena, por supuesto, no posee las herramientas necesarias para poner sus temores en palabras. Simplemente intuye que el Hombre puede atacarla, incluso arrebatarle «algo» que es «misterioso» [su virginidad]. Las palabras que el Hombre le decía cuando ella pasaba cerca de él, camino al almacén, se recuerdan como «pegajosas». En términos psicoanalíticos podría decirse que esto evidencia que el trauma ha quedado fijado en la memoria de la Narradora como fluidos y secreciones desagradables.

Al final, la amenaza se corporiza en un símbolo fálico que habría provocado una ceja levantada en Sigmund Freud, un objeto vinculado con el dolor y la penetración: «un invisible cuchillo». Antes de eso, la mirada infantil era completamente ingenua, a tal punto que ella creía que la rama de sauce que el Hombre utilizaba para rozar las piernas de las chicas del barrio servía «para espantar mosquitos».

Estos miedos que la Narradora experimentaba cada vez que le ordenaban ir al almacén se consolidan. De repente, un día, se convierte en una presa:


«De una de las ventanas surgió una voz enmascarada por la distancia, persiguiéndome, no me di vuelta pero sentí que alguien me corría y que me agarraban del cuello dirigiendo mis pasos inmóviles adentro de una casa.»


Este episodio de una magnitud aberrante ha determinado que toda la vida de la Narradora quede atado a aquella tarde de otoño en la calle Sarandí:


«No tengo el recuerdo de otras tardes más que de esas tardes de otoño que han quedado presas tapándome las otras.»


El horror de esta experiencia traumática es amplificado por las circunstancias. De hecho, parece casi una consecuencia natural, no un suceso excepcional. El Hombre está ahí, forma parte de la geografía del barrio, y el encuentro cotidiano con él es ineludible. Contrariamente a lo que ocurre en los cuentos de hadas, como Caperucita Roja, la amenaza no se encuentra al salirse del camino y aventurarse en lo desconocido. El Lobo está en el camino, y salirse de él es la única opción para evitarlo [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror].


«Ese hombre formaba parte de las casas, estaba siempre allí como un escalón o como una reja. A veces yo doblaba por otro camino dando una vuelta larguísima por el borde del río, pero las crecientes me impedían muchas veces pasar, y el camino directo se volvía inevitable.»


Estas circunstancias favorecen una resignada aceptación de aquella iniciación violenta, así como las consecuencias que determinarán el devenir de su vida, entre otras, el ejercicio de una maternidad forzada. Según la Narradora, las mujeres de la casa se fueron [también sometidas, habida cuenta de sus «extrañas enfermedades» y sus cuerpos cubiertos de moretones], se llevaron todo «menos el hijo de mi hermana mayor». Ella se hace cargo del niño, no por simple obligación, sino por afecto:


«Era tierno y lo creí para siempre un recién nacido cuando me lo dieron... Me despertaba por las mañanas con una risa de globitos bañada de aguas muy claras y su llanto me bendecía las noches.»


Sin embargo, este mundo idílico en el que la Narradora se refugia, encarnado en la maternidad, eventualmente colapsa bajo la presión del trauma:


«El chico de mi hermana gateaba, aprendía a caminar e iba a la escuela. No me di cuenta de que su voz se había desbarrancado de una manera vertiginosa a los dieciséis años, como la voz de ese compañero de colegio que le ayudaba a hacer los deberes. No me di cuenta hasta el día en que pronunció un discurso ensayándose para una fiesta en el colegio; hasta entonces había creído que esa voz salía de la radio de al lado.»


La voz del niño, que hasta hace poco la despertaba «con una risa de globitos», empieza a cambiar. Se convierte en la voz de un hombre, que al principio ella ni siquiera imagina, creyendo que «salía de la radio» y no de los labios de su hijo. Esto activa el retorno de lo reprimido, el regreso del trauma infantil al plano de su conciencia,  e incluso le hace ver en su hijo/sobrino un potencial agresor.




La calle Sarandí.
La calle Sarandí, Silvina Ocampo (1903-1993)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


No tengo el recuerdo de otras tardes más que de esas tardes de otoño que han quedado presas tapándome las otras. Los jardines y las casas adquirían aspectos de mudanza, había invisibles baúles flotando en el aire y presencias de forros blancos empezaban ya a nacer sobre los muebles obscuros de los cuartos. Solamente las casas más modestas se salvaban de las despedidas invernales. Eran tardes frescas y los últimos rayos del sol amarillo, de este mismo rosado–amarillo, envolvían los árboles de la calle Sarandí, cuando yo era chica y me mandaban al almacén a comprar arroz, azúcar o sal.

El miedo de perder algo me cerraba las manos herméticamente sobre las hojas que arrancaba de los cercos; al cabo de un rato creía llevar un mensaje misterioso, una fortuna en esa hoja arrugada y con olor a pasto dentro del calor de mi mano. En la mitad del trayecto, de la casa donde vivíamos al almacén, un hombre se asomaba, siempre en mangas de camisa y decía palabras pegajosas, persiguiendo mis piernas desnudas con una ramita de sauce, de espantar mosquitos. Ese hombre formaba parte de las casas, estaba siempre allí como un escalón o como una reja. A veces yo doblaba por otro camino dando una vuelta larguísima por el borde del río, pero las crecientes me impedían muchas veces pasar, y el camino directo se volvía inevitable.

Mis hermanas eran seis, algunas se fueron casando, otras se fueron muriendo de extrañas enfermedades. Después de vivir varios meses en cama se levantaban como si fuera de un largo viaje entre bosques de espinas; volvían demacradas y cubiertas de moretones muy azules. Mi salud me llenaba de obligaciones hacia ellas y hacia la casa.

Los árboles de la calle Sarandí se cubrían de oleajes con el viento. El hombre asomado a la puerta de su casa escondía en el rostro torcido un invisible cuchillo que me hacía sonreírle de miedo y que me obligaba a pasar por la misma vereda de su casa con lentitud de pesadilla.

Una tarde más obscura y más entrada en invierno que las otras, el hombre ya no estaba en el camino. De una de las ventanas surgió una voz enmascarada por la distancia, persiguiéndome, no me di vuelta pero sentí que alguien me corría y que me agarraban del cuello dirigiendo mis pasos inmóviles adentro de una casa envuelta enhumo y en telarañas grises. Había una cama de fierro en medio del cuarto y un despertador que marcaba las cinco y media. El hombre estaba detrás de mí, la sombra que proyectaba se agrandaba sobre el piso, subía hasta el techo y terminaba en una cabeza chiquita envuelta en telarañas. No quise ver más nada y me encerré en el cuartito obscuro de mis dos manos, hasta que llamó el despertador.

Las horas habían pasado enpuntas de pie. Una respiración blanda de sueño invadía el silencio; en torno de la lámpara de kerosene caían lentas gotas de mariposas muertas cuando por las ventanas de mis dedos vi la quietud del cuarto y los anchos zapatos desabrochados sobre el borde de la cama. Me quedaba el horror de la calle para atravesar. Salí corriendo desanudando mis manos; volteé una silla trenzada del color del alba. Nadie me oyó.

Desde aquel día no volví a ver más a aquel hombre, la casa se transformó en una relojería con un vendedor que tenía un ojo de vidrio. Mis hermanas se fueron yendo o desapareciendo junto con mi madre. A fuerza de lavar el piso y la ropa, a fuerza de remendar las medias, el destino se apoderó de mi casa sin que yo me diera cuenta, llevándoselo todo, menos el hijo de mi hermana mayor. No quedaba nada de ellas, salvo algunas medias y camisones remendados y una fotografía de mi padre, rodeado de una familia enana y desconocida.

Ahora en este espejo roto reconozco todavía la forma de las trenzas que aprendí a hacerme de chica, gruesa arriba y finita abajo como los troncos de los palos borrachos. La cabeza de mi infancia fue siempre una cabeza blanca de viejita. Mi frente de ahora está cruzada por surcos, como un camino por donde han pasado muchas ruedas, tantas fueron las muecas que le hice al sol.

Reconozco esta frente nunca lisa, pero ya no conozco al chico de mi hermana, era tierno y lo creí para siempre un recién nacido cuando me lo dieron todo envuelto en una pañoleta de franela celeste porque era un varón. Me despertaba por las mañanas con una risa de globitos bañada de aguas muy claras y su llanto me bendecía las noches.

Pero la ropa que me entregaban algunas familias para lavar o para coser, las vainillas de los manteles, las costuras, invadían mis días mientras que el chico de mi hermana gateaba, aprendía a caminar e iba a la escuela. No me di cuenta de que su voz se había desbarrancado de una manera vertiginosa a los dieciséis años, como la voz de ese compañero de colegio que le ayudaba a hacer los deberes. No me di cuenta hasta el día en que pronunció un discurso ensayándose para una fiesta en el colegio; hasta entonces había creído que esa voz obscura salía de la radio de al lado.

Cuántas vainillas habré hecho, vainillas de manteles y vainillas de bizcochuelo (pues no puedo desperdiciar la oportunidad de cocinar algunos bizcochuelos o dulces para vender de vez en cuando), cuántos ruedos y dobladillos habré cosido, cuánta espuma blanca habré batido lavando la ropa y los pisos. No quiero ver más nada. Este hijo que fue casi mío, tiene la voz desconocida que brota de una radio. Estoy encerrada en el cuartito obscuro de mis manos y por la ventana de mis dedos veo los zapatos de un hombre en el borde de la cama. Ese hijo fue casi mío, esa voz recitando un discurso político debe de ser, en la radio vecina, el hombre con la rama de sauce de espantarmosquitos. Y esa cuna vacía, tejida de fierro...

Cierro las ventanas, aprieto mis ojos y veo azul, verde, rojo, amarillo, violeta, blanco, blanco. La espuma blanca, el azul. Así será la muerte cuando me arranque del cuartito de mis manos.


Silvina Ocampo (1903-1993)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Silvina Ocampo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Silvina Ocampo: La calle Sarandí (La calle Sarandí), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La condena»: Franz Kafka; relato y análisis


«La condena»: Franz Kafka; relato y análisis.




La condena (Das Urteil) —también publicado en español como El fallo y El veredicto— es un relato psicológico del escritor checo Franz Kafka, publicado en 1913.

La condena, uno de los grandes cuentos de Franz Kafka, es un relato surrealista pero, al mismo tiempo, alejado de las convenciones del surrealismo, donde el autor plantea la posibilidad de un veredicto muy curioso: condenar a un hombre a una muerte accidental (ver: Kafka y lo kafkiano).




La condena.
Das Urteil, Franz Kafka (1883-1924)

Era domingo por la mañana en lo más hermoso de la primavera. Georg Bendemann, un joven comerciante, estaba sentado en su habitación en el primer piso de una de las casas bajas y de construcción ligera que se extendían a lo largo del río en forma de hilera, y que sólo se distinguían entre sí por la altura y el color. Acababa de terminar una carta a un amigo de su juventud que se encontraba en el extranjero, la cerró con lentitud juguetona y miró luego por la ventana, con el codo apoyado sobre el escritorio, hacia el río, el puente y las colinas de la otra orilla con su color verde pálido.

Reflexionó sobre cómo este amigo, descontento de su éxito en su ciudad natal, había literalmente huido ya hacía años a Rusia. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo, que al principio había marchado muy bien, pero que desde hacía tiempo parecía haberse estancado, tal como había lamentado el amigo en una de sus cada vez más infrecuentes visitas. De este modo se mataba inútilmente trabajando en el extranjero, la extraña barba sólo tapaba con dificultad el rostro bien conocido desde los años de la niñez, rostro cuya piel amarillenta parecía manifestar una enfermedad en proceso de desarrollo. Según contaba, no tenía una auténtica relación con la colonia de sus compatriotas en aquel lugar y apenas relación social alguna con las familias naturales de allí y, en consecuencia, se hacía a la idea de una soltería definitiva.

¿Qué podía escribírsele a un hombre de este tipo, que, evidentemente, se había enclaustrado, de quien se podía tener lástima, pero a quien no se podía ayudar? ¿Se le debía quizá aconsejar que volviese a casa, que trasladase aquí su existencia, que reanudara todas sus antiguas relaciones amistosas, para lo cual no existía obstáculo, y que, por lo demás, confiase en la ayuda de los amigos? Pero esto no significaba otra cosa que decirle al mismo tiempo, con precaución, y por ello hiriéndolo aún más, que sus esfuerzos hasta ahora habían sido en vano, que debía, por fin, desistir de ellos, que tenía que regresar y aceptar que todos, con los ojos muy abiertos de asombro, lo mirasen como a alguien que ha vuelto para siempre; que sólo sus amigos entenderían y que él era como un niño viejo, que debía simplemente obedecer a los amigos que se habían quedado en casa y que habían tenido éxito.

¿E incluso entonces era seguro que tuviese sentido toda la amargura que había que causarle? Quizá ni siquiera se consiguiese traerlo a casa, él mismo decía que ya no entendía la situación en el país natal, y así permanecería, a pesar de todo, en su extranjero, amargado por los consejos y un poco más distanciado de los amigos. Pero si siguiera realmente el consejo y aquí se le humillase, naturalmente no con intención sino por la forma de actuar, no se encontraría a gusto entre sus amigos ni tampoco sin ellos, se avergonzaría y entonces no tendría de verdad ni hogar ni amigos. En estas circunstancias ¿no era mejor que se quedase en el extranjero tal como estaba? ¿Podría pensarse que en tales circunstancias saldría realmente adelante aquí?

Por estos motivos, y si se quería mantener la relación epistolar con él, no se le podían hacer verdaderas confidencias como se le harían sin temor al conocido más lejano. Hacía más de tres años que el amigo no había estado en su país natal y explicaba este hecho, apenas suficientemente, mediante la inseguridad de la situación política en Rusia, que, en consecuencia, no permitía la ausencia de un pequeño hombre de negocios mientras que cientos de miles de rusos viajaban tranquilamente por el mundo. Pero precisamente en el transcurso de estos tres años habían cambiado mucho las cosas para Georg. Sobre la muerte de su madre, ocurrida hacía dos años y desde la cual Georg vivía con su anciano padre en la misma casa, había tenido noticia el amigo, y en una carta había expresado su pésame con una sequedad que sólo podía tener su origen en el hecho de que la aflicción por semejante acontecimiento se hacía inimaginable en el extranjero. Ahora bien, desde entonces, Georg se había enfrentado al negocio, como a todo lo demás, con gran decisión. Quizá el padre, en la época en que todavía vivía la madre, lo había obstaculizado para llevar a cabo una auténtica actividad propia, por el hecho de que siempre quería hacer prevalecer su opinión en el negocio. Quizá desde la muerte de la madre, el padre, a pesar de que todavía trabajaba en el negocio, se había vuelto más retraído. Quizá desempeñaban un papel importante felices casualidades, lo cual era incluso muy probable; en todo caso, el negocio había progresado inesperadamente en estos dos años, había sido necesario duplicar el personal, las operaciones comerciales se habían quintuplicado, sin lugar a dudas tenían ante sí una mayor ampliación.

Pero el amigo no sabía nada de este cambio. Anteriormente, quizá por última vez en aquella carta de condolencia, había intentado convencer a Georg de que emigrase a Rusia y se había explayado sobre las perspectivas que se ofrecían precisamente en el ramo comercial de Georg. Las cifras eran mínimas con respecto a las proporciones que había alcanzado el negocio de Georg. Él no había querido contarle al amigo sus éxitos comerciales y si lo hubiese hecho ahora, con posterioridad, hubiese causado una impresión extraña. Es así cómo Georg se había limitado a contarle a su amigo cosas sin importancia de las muchas que se acumulan desordenadamente en el recuerdo cuando se pone uno a pensar en un domingo tranquilo. No deseaba otra cosa que mantener intacta la imagen que, probablemente, se había hecho el amigo de su ciudad natal durante el largo período de tiempo, y con la cual se había conformado. Fue así como Georg, en tres cartas bastante distantes entre sí, informó a su amigo acerca del compromiso matrimonial de un señor cualquiera con una muchacha cualquiera, hasta que, finalmente, el amigo, totalmente en contra de la intención de Georg, comenzó a interesarse por este asunto.

Georg prefería contarle estas cosas antes que confesarle que era él mismo quien hacía un mes se había prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una joven de familia acomodada. Con frecuencia hablaba con su prometida de este amigo y de la especial relación epistolar que mantenía con él.

-Entonces no vendrá a nuestra boda -decía ella-, y yo tengo derecho a conocer a todos tus amigos.

-No quiero molestarlo -contestaba Georg-, entiéndeme, probablemente vendría, al menos así lo creo, pero se sentiría obligado y perjudicado, quizá me envidiaría y seguramente, apesadumbrado e incapaz de prescindir de esa pesadumbre, regresaría solo, solo ¿sabes lo que es eso?

-Bueno, ¿no puede enterarse de nuestra boda por otro camino?

-Sin duda no puedo evitarlo, pero es improbable dada su forma de vida.

-Si tienes esa clase de amigos, Georg, nunca debiste comprometerte.

-Sí, es culpa de ambos, pero incluso ahora no desearía que fuese de otra forma.

Y si ella, respirando precipitadamente entre sus besos, alegaba todavía:

-La verdad es que sí que me molesta.

Entonces era realmente cuando él consideraba inofensivo contarle todo al amigo.

-Así soy y así tiene que aceptarme -se decía-. No pienso convertirme en un hombre a su medida, hombre que quizá fuese más apropiado a su amistad de lo que yo lo soy.

Y, efectivamente, en la larga carta que había escrito este domingo por la mañana, informaba a su amigo del compromiso que se había celebrado, con las siguientes palabras: "Me he reservado la novedad más importante para el final. Me he prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una muchacha perteneciente a una familia acomodada que se estableció aquí mucho tiempo después de tu partida y a la que tú apenas conocerás. Ya habrá oportunidad de contarte más detalles acerca de mi prometida, baste hoy con decirte que soy muy feliz y que en nuestra mutua relación sólo ha cambiado el hecho de que tú, en lugar de tener en mí un amigo corriente, tendrás un amigo feliz. Además tendrás en mi prometida, que te manda saludos cordiales y que te escribirá próximamente, una amiga leal, lo que no deja de tener importancia para un soltero. Sé que muchas cosas te impiden hacernos una visita, pero ¿acaso no sería precisamente mi boda la mejor oportunidad de echar por la borda, al menos por una vez, todos los obstáculos? Pero, sea como sea, actúa sin tener en cuenta todo lo demás y según tu buen criterio".

Georg había permanecido mucho tiempo sentado en su escritorio con la carta en la mano y el rostro vuelto hacia la ventana. Con una sonrisa ausente había apenas contestado a un conocido que, desde la calle, lo había saludado al pasar. Finalmente, se metió la carta en el bolsillo y, a través de un corto pasillo, se dirigió desde su habitación a la de su padre, en la que no había estado desde hacía meses. No existía, por lo demás, necesidad de ello, porque constantemente tenía contacto con él en el negocio; comían juntos en una casa de comidas, por la noche cada uno se tomaba lo que le apetecía pero después la mayoría de las veces se sentaban un ratito, cada uno con su periódico, en el cuarto de estar común, a no ser que Georg, como ocurría con mucha frecuencia, estuviese en compañía de amigos o, como ahora, fuese a ver a su novia. Georg se extrañó de lo oscura que estaba la habitación del padre incluso en esta mañana soleada, tal era la sombra que proyectaba la alta pared que se elevaba al otro lado del estrecho patio. El padre estaba sentado ante la ventana, en un rincón adornado con recuerdos de la difunta madre, y leía el periódico, que sostenía de lado ante los ojos, con lo cual intentaba contrarrestar una cierta falta de visión. Sobre la mesa estaban aún los restos del desayuno, del que no parecía haber comido mucho.

-¡Ah Georg! -exclamó el padre, e inmediatamente se dirigió hacia él. Su pesada bata se abría al andar y los bajos revoloteaban a su alrededor.

"Mi padre sigue siendo un gigante", se dijo Georg.

-Esto está insoportablemente oscuro -dijo a continuación.

-Sí, sí que está oscuro -contestó el padre.

-¿También has cerrado la ventana?

-Lo prefiero así.

-Afuera hace bastante calor -dijo Georg como complemento a lo anterior, y se sentó.

El padre retiró la vajilla del desayuno y la colocó sobre una cómoda.

-La verdad es que sólo quería decirte -continuó Georg, que seguía los movimientos del anciano totalmente aturdido- que, por fin, he informado a San Petersburgo de mi compromiso.

Sacó un poco la carta del bolsillo y la dejó caer dentro de nuevo.

-¿Cómo que a San Petersburgo? -preguntó el padre.

-Sí, a mi amigo -dijo Georg, y buscó los ojos del padre.

"En el negocio es completamente distinto", pensó. "¡Cuánto sitio ocupa ahí sentado y cómo se cruza de brazos!"

-Sí, claro, a tu amigo -dijo el padre recalcándolo.

-Ya sabes, padre, que en un principio quería silenciar mi compromiso. Por consideración, por ningún otro motivo. Tú ya sabes que es una persona difícil. Puede enterarse de mi compromiso por otros cauces, me dije, y si bien esto apenas es probable dada su solitaria forma de vida, yo no puedo evitarlo, pero por mí mismo no debe enterarse.

-¿Y ahora has cambiado de opinión? -preguntó el padre.

Puso el periódico en el antepecho de la ventana y sobre el periódico las gafas que tapaba con las manos.

-Sí, ahora he cambiado de opinión. Si verdaderamente se trata de un buen amigo, me he dicho, entonces mi feliz compromiso es también para él motivo de alegría y por eso no he dudado más en comunicárselo. Sin embargo, antes de echar la carta quería decírtelo.

-Georg -dijo el padre, y estiró la boca sin dientes-, escucha por una vez. Has venido a mí por este asunto, para discutirlo conmigo. Esto te honra sin duda alguna, pero no sirve para nada, y menos aún que para nada, si no me dices ahora mismo toda la verdad. No quiero traer a colación cosas que nada tienen que ver con esto. Desde la muerte de nuestra querida madre han ocurrido ciertas cosas desagradables. Quizá también les llegue su turno, y quizá antes de lo que pensamos. En el negocio se me escapan algunas cosas, quizá no se me oculten, ahora no quiero en modo alguno alimentar la sospecha de que se me ocultan, ya no estoy lo suficientemente fuerte, me falla la memoria, ya no puedo abarcar tantas cosas. En primer lugar esto es ley de vida y, en segundo lugar, la muerte de tu madre me ha afligido mucho más que a ti. Pero ya que estamos tratando de este asunto de la carta, te pido, Georg, que no me engañes. Es una pequeñez, no merece la pena, así pues, no me engañes. ¿Tienes de verdad ese amigo en San Petersburgo?

Georg se levantó desconcertado.

-Dejemos en paz a mis amigos. Mil amigos no sustituyen a mi padre. ¿Sabes lo que creo?, que no te cuidas lo suficiente, pero los años exigen sus derechos. En el negocio eres indispensable para mí, bien lo sabes tú, pero si el negocio amenaza tu salud mañana mismo lo cierro para siempre. Esto no puede seguir así. Tenemos que adoptar otro modo de vida para ti, pero desde el principio. Estás sentado aquí en la oscuridad y en el cuarto de estar tendrías buena luz. Tomas un par de bocados del desayuno en lugar de comer como es debido. Estás sentado con las ventanas cerradas y el aire fresco te sentaría bien. ¡No, padre mío! Iré a buscar al médico y seguiremos sus prescripciones Cambiaremos las habitaciones. Tú te trasladarás a la habitación de delante y yo a ésta. No supondrá una alteración para ti, todo se llevará allí Ya habrá tiempo de ello, ahora te acuesto en la cama un poquito, necesitas tranquilidad a toda costa. Vamos, te ayudaré a desnudarte, ya verás cómo sé hacerlo. ¿O prefieres trasladarte inmediatamente a la habitación de delante y allí te acuestas provisionalmente en mi cama? La verdad es que esto sería lo más sensato.

Georg estaba de pie justo al lado de su padre, que había dejado caer sobre el pecho su cabeza de blancos y despeinados cabellos.

-Georg -dijo el padre en voz baja y sin moverse.

Georg se arrodilló inmediatamente junto al padre, vio las enormes pupilas en su cansado rostro dirigidas hacia él desde las comisuras de los ojos.

-No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Tú has sido siempre un bromista y tampoco has hecho una excepción conmigo. ¡Cómo ibas a tener un amigo precisamente allí! No puedo creerlo de ninguna manera.

-Padre, haz memoria una vez más -dijo Georg, levantó al padre del sillón y le quitó la bata, estaba allí tan débil-, pronto hará ya tres años que mi amigo estuvo en casa de visita. Recuerdo todavía que no te hacía demasiada gracia. Al menos dos veces te oculté su presencia, a pesar de que en esos momentos se hallaba precisamente en mi habitación. Yo podía comprender bien tu animadversión hacia él, mi amigo tiene sus manías, pero después conversaste agradablemente con él. En aquellos momentos me sentía tan orgulloso de que lo escuchases, asintieses y preguntases... Si haces memoria tienes que acordarte. Él contó entonces historias increíbles de la revolución rusa. Cómo, por ejemplo, en un viaje de negocios a Kiev, había visto en un balcón a un sacerdote que se había cortado una ancha cruz de sangre en la palma de la mano, la levantó e invocó con ella a la multitud. Tú mismo has contado de vez en cuando esta historia.

Mientras tanto Georg había conseguido sentar al padre y quitarle cuidadosamente el pantalón de punto que llevaba encima de los calzoncillos de lino, así como los calcetines. Al ver la ropa, que no estaba precisamente limpia, se hizo reproches por haber descuidado al padre. Seguro que también formaba parte de sus obligaciones el cuidar de que el padre se cambiase de ropa. Todavía no había hablado expresamente con su prometida de cómo iban a organizar el futuro del padre, porque tácitamente habían supuesto que él se quedaría solo en el piso viejo. Sin embargo, ahora se decidió, de repente y con toda firmeza, a llevárselo a su futuro hogar. Bien mirado, casi daba la impresión de que el cuidado que el padre iba a recibir allí podría llegar demasiado tarde. Llevó al padre en brazos a la cama. Una terrible sensación se apoderó de él cuando, a lo largo de los pocos pasos hasta ella, notó que su padre jugueteaba con la cadena del reloj sobre su pecho. Se agarraba con tal fuerza a la cadena del mismo, que no pudo acostarlo inmediatamente. Apenas se encontró en la cama, todo pareció volver de nuevo a la normalidad. Se tapó solo y se cubrió muy bien los hombros con el cobertor. No miraba a Georg precisamente con hostilidad.

-¿Verdad que ya te acuerdas de él? -preguntó Georg, y asintió con la cabeza haciendo un gesto alentador.

-¿Estoy bien tapado? -preguntó el padre como si no pudiese asegurarse él mismo de que sus pies se encontraban tapados.

-Así es que te gusta estar en la cama -dijo Georg, y colocó mejor el cobertor a su alrededor.

-¿Estoy bien tapado? -preguntó el padre de nuevo, y pareció prestar especial atención a la respuesta.

-Estate tranquilo, estás bien tapado.

-¡No! -gritó el padre de tal forma que la respuesta chocó contra la pregunta, echó hacia atrás el cobertor con una fuerza tal que por un momento quedó extendido en el aire, y se puso de pie sobre la cama. Sólo con una mano se apoyaba ligeramente en el techo.

-Querías taparme, lo sé, retoño mío, pero todavía no estoy tapado, y aunque sea la última fuerza es suficiente para ti, demasiada para ti. ¡Claro que conozco a tu amigo! Sería el hijo que desea mi corazón, por eso también lo has engañado durante todos estos años. ¿Por qué si no? ¿Acaso crees que no he llorado por él? Precisamente por eso te encierras en tu oficina: "el jefe está ocupado, no se le puede molestar". Sólo para poder escribir tus falsas cartitas a Rusia. Pero, afortunadamente, nadie tiene que dar lecciones al padre sobre cómo adivinar las intenciones del hijo. De la misma manera que ahora has creído haberlo subyugado, subyugado de tal forma que podrías sentarte con tu trasero sobre él y él no se movería, en ese momento mi señor hijo ha decidido casarse.

Georg levantó la mirada hacia el espectro de su padre. El amigo de San Petersburgo, a quien de repente el padre conocía tan bien, se apoderaba de él como nunca hasta ahora. Lo vio perdido en la lejana Rusia. Lo vio en la puerta del negocio vacío y desvalijado, entre las ruinas de las estanterías, entre los géneros hechos jirones, entre los tubos de gas que estaban caídos... y él permanecía todavía erguido. ¿Por qué había tenido que irse tan lejos?

-¡Pero mírame -gritó el padre-. Georg corrió, casi distraído, hacia la cama, con la intención de comprenderlo todo, pero se quedó parado a mitad de camino.

-Porque ella se ha levantado las faldas -comenzó a hablar el padre-, porque se ha levantado así las faldas de cerda asquerosa -y para expresarlo plásticamente se levantó el camisón tan alto que se veía sobre el muslo la cicatriz de sus años de guerra-, porque se ha levantado así, y así las faldas, te has acercado a ella y, para poder gozar con ella sin que nadie molestase, has profanado la memoria de nuestra madre, has traicionado al amigo y has metido en la cama a tu padre para que no se pueda mover, pero ¿puede moverse o no?

Permanecía en pie sin apoyo alguno y lanzaba las piernas en todas las direcciones. Sonreía con entusiasmo al comprenderlo todo. Georg estaba de pie en un rincón lo más lejos posible del padre. Desde hacía un rato había decidido firmemente observarlo todo con exactitud, para no ser indirectamente sorprendido de alguna forma por detrás o desde arriba. Entonces se acordó de nuevo de la decisión, ya hacía rato olvidada, y volvió a olvidarla tan deprisa como se pasa un hilo corto a través del ojo de una aguja.

-No obstante el amigo no ha sido todavía traicionado -gritó el padre, y lo corroboraba su índice movido de acá para allá- yo era su representante en este lugar.

Georg no pudo evitar gritar:

-¡Comediante!

Reconoció inmediatamente el daño y, demasiado tarde, los ojos fijos, se mordió la lengua hasta doblarse de dolor.

-¡Sí, por supuesto que he representado una comedia! ¡Comedia! ¡Buena palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al anciano padre viudo? Dime, y durante el momento que dure la respuesta sé todavía mi hijo vivo. ¿Qué otra salida me quedaba en mi habitación interior, perseguido por un personal infiel, viejo hasta los huesos? Y mi hijo iba con júbilo por la vida, ultimaba negocios que yo había preparado, se retorcía de la risa y pasaba ante su padre con el reservado rostro de un hombre de honor. ¿Crees tú que yo no te hubiese querido, yo, de quien saliste tú?

"Ahora se inclinará hacia delante", pensó Georg, "¡si se cayese y se estrellase!" Esta palabra le pasó por la cabeza como una centella.

El padre se echó hacia delante, pero no se cayó. Puesto que Georg no se acercaba como había esperado, se irguió de nuevo.

-¡Quédate donde estás, no te necesito! Piensas que tienes todavía la fuerza suficiente para venir aquí, y solamente te contienes porque así lo deseas, ¡No te equivoques! Todavía soy el más fuerte, ¡Yo solo habría tenido quizá que retirarme, pero tu madre me ha dado su fuerza, con tu amigo me alié maravillosamente y a tu clientela la tengo aquí en el bolsillo!
-¡Incluso en el camisón tiene bolsillos! -se dijo Georg, y creyó que con esta observación podría hacerle quedar en ridículo ante todo el mundo. Pensó en esto sólo durante un momento, porque inmediatamente volvía a olvidarlo todo.
-¡Cuélgate del brazo de tu novia y ven hacia mí! ¡La barro de tu lado y no sabes cómo!

Georg hacía muecas como si no pudiese creerlo. El padre sólo asentía con la cabeza, ratificando la verdad de lo que decía y dirigiéndose al rincón en que se encontraba Georg.

-¡Cómo me has divertido hoy cuando has venido y me has preguntado si debías contarle a tu amigo lo del compromiso! ¡Si lo sabe todo, estúpido, lo sabe todo! Yo le escribía porque olvidaste quitarme las cosas para escribir. Por eso ya no viene desde hace años, lo sabe todo cien veces mejor que tú mismo, tus cartas las arruga con la mano izquierda sin haberlas leído, mientras que con la derecha se pone delante mis cartas para leerlas.

De puro entusiasmo agitaba el brazo por encima de la cabeza.

-¡Lo sabe todo mil veces mejor! -gritó.

-Diez mil veces -dijo Georg con la intención de burlarse de su padre, pero todavía en su boca estas palabras adquirieron un tono profundamente serio.

-¡Desde hace años estoy a la espera de que me vengas con esa pregunta! ¿Crees que me preocupa alguna otra cosa? ¿Crees que leo periódicos? ¡Mira! -Y tiró a Georg un periódico que, de alguna forma, había ido a parar a su cama. Un periódico viejo con un nombre que a Georg le era completamente desconocido.

-¡Cuánto tiempo has tardado en llegar a la madurez! Tuvo que morir tu madre, no llegó a ver el día de júbilo. El amigo perece en su Rusia, ya hace tres años estaba amarillo de muerte, y yo, ya ves cómo me va a mí, para eso tienes ojos.

-Entonces me has espiado -gritó Georg.

El padre, en tono compasivo e incidental, dijo:

-Probablemente eso querías haberlo dicho antes, ahora ya no viene a cuento -y en voz más alta-: Ahora ya sabes lo que había además de ti, hasta ahora no sabías más que de ti mismo. Lo cierto es que fuiste un niño inocente, pero aún más ciertamente fuiste un hombre diabólico. Por eso has de saber que yo te condeno a morir ahogado.

Georg se sintió como expulsado de la habitación, el golpe con el que el padre a su espalda había caído sobre la cama resonaba todavía en sus oídos. En la escalera, por cuyos escalones bajaba tan de prisa como si se tratase de una rampa inclinada, sorprendió a la criada que estaba a punto de subir para arreglar el piso.

-¡Jesús! -gritó, y se tapó la cara con el delantal, pero él ya se había ido.

Salió del portal de un salto, el agua lo atraía por encima de la calzada. Ya se asía firmemente a la baranda como un hambriento a la comida. Saltó por encima como el excelente atleta que, para orgullo de sus padres, había sido en sus años juveniles. Todavía seguía sujeto con las manos, débilmente. cuando divisó entre las barras de la baranda un ómnibus que cubriría con facilidad el ruido de su caída. Exclamó en voz baja: "Queridos padres, a pesar de todo siempre los he querido", y se dejó caer.

En ese momento atravesaba el puente un tráfico verdaderamente interminable.

Franz Kafka (1883-1924)




Relatos góticos. I Relatos de Franz Kafka.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Franz Kafka: La condena (Das Urteil), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los agujeros de la máscara»: Jean Lorrain; audio relato


«Los agujeros de la máscara»: Jean Lorrain; audio relato.




Audio relato realizado por El Espejo Gótico sobre el clásico relato de terror de Jean Lorrain (1855-1906): Los agujeros de la máscara (Les trous du masque), publicado en la antología de 1895: Sensaciones y recuerdos (Sensations et souvenirs), donde un hombre experimenta una inquietante noche de carnaval a través de los agujeros de la máscara que porta.




Los agujeros de la máscara: Jean Lorrain (audio relato)





Audio relatos. I Relatos de Jean Lorrain.


El artículo: Los agujeros de la máscara: Jean Lorrain; audio relato fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Rey Peste»: Edgar Allan Poe; relato y análisis


«El Rey Peste»: Edgar Allan Poe; relato y análisis.




El Rey Peste (King Pest) —cuyo título original es: Rey Peste, el primero: cuento que contiene una alegoría (King Pest the First, a Tale Containing an Allegory)— es un relato de terror del escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), publicado por primera vez en la edición de septiembre de 1835 del periódico Southern Literary Messenger, y luego reeditado en la antología de 1840: Cuentos de lo grotesco y lo arabesco (Tales of the Grotesque and Arabesque).

El Rey Peste, uno de los mejores relatos de E.A. Poe, narra la historia de dos marineros que desembarcan en Londres: una ciudad tenebrosa, escalofriante, bajo el dominio de la peste. Allí, oculto en una funeraria, se encuentra el espeluznante Rey Peste, acompañado por su repugnante cortejo de seguidores.




El Rey Peste.
King Pest, Edgar Allan Poe (1809-1849)


Los dioses sufren y autorizan muy bien entre los reyes
cosas que les horrorizan en los caminos de la canalla.

(Ferrex y Parrex, Buckhurst)


Alrededor de la medianoche, durante una noche del mes de octubre, bajo el reinado caballeresco de Eduardo III, dos marineros pertenecientes a la tripulación del Free-and-Easy, goleta de comercio que hacía el servicio entre l'Ecluse (Bélgica) y el Támesis, y que a la sazón estaba al ancla en este río, fueron muy maravillados al encontrarse sentados en la sala de una taberna de la parroquia dc San Andrés, en Londres, taberna en cuya enseña lucía el nombre del Alegre lobo de mar.

La sala, aunque mal construida, ennegrecida por el humo, baja de techo, y semejante por otra parte a todos los chamizos de aquella época, era sin embargo, en opinión de grotescos grupos de bebedores diseminados aquí y allá, lo suficientemente bien apropiada para el cometido al cual estaba destinada.De entre aquellos grupos, nuestros dos marineros formaban, creo, el más interesante e incluso el más notable. Aquel que parecía ser el de más edad, y al que su compañero llamaba con el característico nombre de Legs, era también y con mucho el más alto de los dos. Podía muy bien tener seis pies y medio y la inclinación habitual de sus hombros parecía la consecuencia obligada de una estatura tan prodigiosa. Su exceso en altura era sin embargo compensado por unas deficiencias en otros aspectos. Era excesivamente flaco y hubiera podido, tal como afirmaban sus camaradas, cuando estaba borracho, sustituir a la driza de la cabeza del mástil, y, cuando estaba sobrio, al cuchillo del foque.

Pero evidentemente estas bromas y otras análogas no habían nunca producido efecto alguno sobre los músculos tensos del lobo de mar. Con sus pómulos salientes, su gran nariz de halcón, su mentón huidizo, su mandíbula inferior deprimida y sus enormes ojos protuberantes, la expresión de su fisonomía, aunque teñida de una especie de indiferencia obstinada hacia todas las cosas, no era sin embargo menos solemne y seria y se situaba más allá de toda imitación y de toda descripción.

El marinero más joven era, en toda su apariencia, extranjero, y, al revés y a la recíproca de su compañero. Un par de piernas arqueadas y gordezuelas soportaban su persona pesada y abombada, y sus brazos singularmente cortos y gruesos, terminados por unos puños más que ordinarios, pendían y se balanceaban a sus costados como los alerones de una tortuga de mar. Unos ojos pequeños, de un color impreciso, centelleaban, profundamente hundidos, en su cabeza. Su nariz estaba metida dentro de la masa de carne que rodeaba su cara redonda, llena y empurpurada, y su grueso labio superior se reposaba complacientemente sobre el inferior, todavía más grueso, con aire de satisfacción personal aumentado por la costumbre que tenía el propietario de dichos labios de ir lamiéndoselos de rato en rato. Contemplaba evidentemente a su compañero de a bordo con un sentimiento mitad de admiración, mitad de burla, y, a veces, cuando lo contemplaba de cara, tenía el aspecto de un sol empurpurado contemplado, antes de ponerse, en la cima de las rocas de Ben-Nevis.

Mientras, las peregrinaciones de la digna pareja por las distintas tabernas de la vecindad durante las primeras horas de la noche habían sido variadas y habían estado llenas de acontecimientos. Pero los fondos, incluso los más vastos, no son eternos y era ya con los bolsillos vacíos que nuestros dos amigos se habían aventurado dentro de la taberna en cuestión.

En el momento preciso en que comienza este relato, Legs y su compañero Hugh Tarpaulin estaban sentados, cada cual con los codos apoyados en la amplia mesa de roble, en mitad de la sala, con las mejillas entre las manos. Al amparo de un gran botellón de humming-stuff no pagado, miraban de reojo las palabras siniestras: No hay tiza —que no sin asombro ni indignación por parte de ambos aparecían escritas sobre la puerta con caracteres de tiza— esa imprudente tiza que osaba declararse ausente. Y no es que la facultad de descifrar los caracteres escritos —facultad considerada entre la gente llana de aquellos tiempos como un poco menos cabalística que el arte de trazarlos— hubiese podido, en estricta justicia, ser imputada a los dos discípulos del mar.

Pero había, por decir la verdad, un cierto retorcimiento en el aire de las letras —y en el conjunto mismo de ellas no sé qué indescriptible aspecto— que presagiaba, en la opinión de los dos marinos, una condenada sacudida y un tiempo muy feo, y que les decidieron de golpe, siguiendo el lenguaje metafórico de Legs, a cuidar de las bombas de achique, a ceñir todo el trapo y a huir delante del viento. En consecuencia, habiendo consumido lo que en la botella quedaba de cerveza, sólidamente agarrados a sus cortos justillos, finalmente tomaron impulso y se lanzaron hacía la calle. Tarpaulin, es verdad, entró dos veces en la chimenea, al tomarla por la puerta, pero al fin su fuga se efectuó felizmente y, una media hora después de la medianoche, nuestros dos héroes habían equilibrado su paso y caminaban formando eses bien precisas a lo largo de una callejuela oscura en dirección a la escalera de San Andrés, ardientemente perseguidos por la tabernera del Alegre lobo de mar.

Muchos años antes de que transcurriera esta historia, lo mismo que muchos años después de que hubiera transcurrido, toda Inglaterra, pero más particularmente la metrópoli, vibraba periódicamente al grito siniestro de ¡La Peste!. La ciudad estaba en gran parte despoblada y, en aquellos horribles barrios vecinos al Támesis, entre aquellas callejuelas y negros pasajes, estrechos e inmundos, que el Demonio de la Peste había elegido, se suponía entonces, como lugar de su natalicio, no se podía sino encontrar, pavoneándose, más que al Espanto, al Terror y a la Superstición.

Por orden del Rey, aquellos barrios estaban condenados, prohibida a toda persona, bajo pena de muerte, penetrar en sus espantosas soledades. Sin embargo, ni el decreto del monarca ni las enormes barreras alzadas a la entrada de las calles, ni tampoco la perspectiva de aquella repugnante muerte, que, casi seguro, engullía al miserable al que ningún peligro podía apartar de la aventura, no impedía que las habitaciones desamuebladas y deshabitadas fueran despojadas por la mano de una rapiña nocturna, del hierro, del cobre, de los plomos, en fin de todo artículo que pudiera convertirse en objeto de un lucro cualquiera.

Se pudo particularmente constatar, a cada invierno, a la apertura anual de las barreras, que las cerraduras, los cerrojos y las cavas secretas no habían protegido más que mediocremente aquellas amplias provisiones de vinos y licores que, vistos los riesgos, varios de los comerciantes que tenían tienda en la vecindad, se habían resignado, durante el período de exilio, a confiar a garantía tan insuficiente.

Pero, entre el pueblo aterrorizado, muy pocas gentes atribuían aquellos hechos a la acción de manos humanas. Los Espíritus y los Duendes de la peste, los Demonios de la fiebre, tales eran para las clases populares los verdaderos autores de la desgracia. Y se contaban sin cesar unos cuentos para helar la sangre en las venas que, a la larga, toda aquella masa de edificios condenados fue rodeada del terror como por un sudario. Y hasta el mismo ladrón, a menudo espantado por el horror supersticioso que sus propias depreciaciones había creado, dejaba el amplio circuito del barrio maldito, lo abandonaba a las tinieblas, al silencio, a la peste y a la muerte.

Fue a través de una de esas temibles barreras de las que he hablado, y las cuales indicaban que la región situada más allá estaba condenada, por donde Legs y el digno Hugh Tarpaulin, que desembocaron frente a ella saliendo de una calleja, donde su carrera quedó repentinamente interrumpida. No era cuestión de volver sobre sus pasos y tampoco había tiempo que perder, pues aquellos que les daban caza les iban pisando los talones. Para dos marineros de pura sangre, trepar por el basto andamiaje no era más que un juego y, exasperados por la doble excitación de la carrera y de los licores, saltaron resueltamente al otro lado y, luego, reemprendieron su ebria carrera con gritos y aullidos, se perdieron pronto en aquellas profundidades complicadas y malsanas.

Si no hubiesen estado borrachos hasta el punto de haber perdido su sentido moral, sus pasos vacilantes habrían sido paralizados por los horrores de su situación. El aire era frío y brumoso. Entre el césped alto y vigoroso que les subía basta los tobillos, los adoquines sueltos yacían en un espantoso desorden. Casas enteras derruidas taponaban las calles. Las miasmas más fétidas y deletéreas reinaban por todas partes y, gracias a aquella pálida luz que, incluso a medianoche, emana siempre de una atmósfera vaporosa y pestilencial, se habría podido distinguir, yaciendo en las aceras y en las calles, pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, la carroña de diversos ladrones nocturnos detenida por la mano de la peste en la perpetración de su fechoría.

Pero no sería el poder de las imágenes, de las sensaciones y los obstáculos de cualquier naturaleza, las que detendrían la carrera de aquellos dos hombres que, naturalmente bravos, y sobre todo aquella noche, llenos hasta los bordes de coraje y de humming-stuff, se habrían intrépidamente arrojado, todo lo derecho que su estado les hubiera permitido, en las mismas fauces de la Muerte. Adelante, adelante iba siempre el siniestro Legs, resonaban los ecos de ese desierto solemne de gritos semejantes al terrible aullido de guerra de los indios; y con él, siempre a su lado, trotaba el barrigudo Tarpaulin, agarrado al justillo de su camarada, más ágil, y sobrepasando incluso a este último en sus valerosos esfuerzos vocales mediante mugidos de bajo extraídos de las profundidades de sus pulmones estentóreos.

Evidentemente habían alcanzado la plaza fuerte de la peste. A cada paso o a cada caída, su carrera se hacía más horrible y más infecta, los caminos más estrechos y más embrollados. Grandes piedras y vigas caían de cuando en cuando de los tejados descalabrados y daban testimonio, mediante sus caídas pesadas y funestas, de la prodigiosa altura de las casas circundantes. Y, cuando les era menester hacer un esfuerzo enérgico para abrirse paso entre los frecuentes montones de escombros, no era raro que sus manos cayeran sobre un esqueleto o se metieran entre un amasijo de carnes descompuestas.

De golpe, los dos marineros tropezaron contra un amplio edificio de siniestra apariencia. Un grito más agudo que de costumbre surgió del gaznate del exasperado Legs y fue respondido desde el interior por una explosión rápida, sucesiva, de gritos salvajes, demoníacos, casi unos estallidos de risa. Sin asustarse de aquellos sonidos que, por su naturaleza, en semejante lugar, en un momento así, hubieran solidificado la sangre en pechos menos irreparablemente incendiados, nuestros dos borrachos se lanzaron con la cabeza gacha contra la puerta, la derribaron, y se abatieron en mitad del suelo con una oleada de imprecaciones.

La sala en la cual cayeron resultó ser el almacén de un empresario de pompas fúnebres. Pero una trampilla, abierta en un rincón del suelo, cerca de la puerta, daba a una letanía de cavas cuyas profundidades, como lo proclamó un tintineo de botellas que se rompían, estaban bien surtidas de su habitual contenido. En medio de la sala, había una mesa puesta —y en medio de la mesa, por lo que parecía, un gigantesco bol lleno de punch—, con botellas de vinos y licores compitiendo con potes, jarras y frascos de toda forma y de toda especie, todo desparramado en profusión sobre la mesa. Y alrededor de ella, sobre caballetes fúnebres, se sentaba una sociedad de seis personas. Voy a intentar describirlas una a una.

Frente a la puerta de entrada, y un poco más arriba que sus compañeros, estaba sentado un personaje el cual parecía presidir la fiesta. Era un ser descarnado, de gran talla, y Legs se quedó estupefacto al encontrarse frente a alguien más flaco que él. Su cara era tan amarilla como el azafrán, pero ninguno de sus rasgos, a excepción de uno solo, no era lo suficientemente notable como para merecer una descripción particular.

Ese rasgo único consistía en una frente tan anormalmente y tan feamente alta que se hubiese dicho era un bonete o una corona de carne superpuesta a su cabeza natural. Su boca rechinante estaba plegada por una expresión de espectral afabilidad, y sus ojos, como los ojos de cualquier persona sentada a la mesa, brillaban con ese singular barniz que procura los humos de la embriaguez. Este caballero estaba vestido de pies a cabeza con un manto de terciopelo de seda negra, ricamente bordado, que flotaba negligentemente al rededor de su talle a la manera de una capa española. Su cabeza estaba abundantemente erizada de esas plumas con las que adornan los carruajes funerarios y que él balanceaba de un lado al otro con un aire de consumada afectación; en su mano derecha sostenía un gran fémur humano, con el cual acababa de golpear, por lo que parecía, a uno de los miembros de la asamblea para pedirle una canción.

Frente a él, con la espalda vuelta hacia la puerta, había una dama cuya extraordinaria fisonomía no le cedía en nada. Aunque tan alta como el personaje que acabamos de describir, la dama no tenía derecho alguno a quejarse de una delgadez anormal ya que, evidentemente, estaba en el último período de la hidropesía y por su aspecto se parecía mucho a la enorme barrica de cerveza de Octubre que se alzaba, desfondada por arriba, justo a su lado, en un rincón de la cámara. Su cara era singularmente redonda, roja y llena, y, la misma particularidad, o más bien la ausencia de particularidad que ya he mencionado en el caso del presidente, marcaba su fisonomía, es decir, que un solo rasgo de su cara merecía una caracterización especial. El hecho es que el clarividente Tarpaulin vio en seguida que la misma observación podía aplicarse a todas las personas allí reunidas; cada cual parecía haber acaparado para él solo un pedazo de fisonomía. En la dama en cuestión, ese pedazo era la boca. Una boca que comenzaba en la oreja derecha y que corría hasta la oreja izquierda dibujando un abismo terrorífico de forma que sus muy cortos colgantes de oreja se hundían a cada instante en la sima. Sin embargo, la dama se veía que desplegaba todos sus esfuerzos para conservar la boca cerrada y darse un aire de dignidad. Su atuendo consistía en un sudario recién almidonado y planchado, con un cuellecito plisado en muselina de batista.

A su derecha estaba sentada una dama joven y minúscula a la cual la obesa parecía patrocinar. Esta delicada y pequeña criatura dejaba ver en el temblor de sus dedos corroídos, en el tono lívido de sus labios y en la ligera mancha héctica que sombreaba su tez, por otra parte ya plúmbea, manifestaba los síntomas evidentes de una tisis desenfrenada. Un aire de alta distinción, sin embargo, se extendía por toda su persona; llevaba de manera graciosa y del todo desenvuelta una amplia y hermosa mortaja del más fino lino de las Indias. Sus cabellos caían en bucles sobre su cuello. Una dulce sonrisa lucía en su boca. Pero su nariz, extremadamente larga, delgada, sinuosa, flexible y purulenta, colgaba demasiado más abajo que su labio inferior. Y esta trompa, pese a la forma delicada con la que ella la desplazaba de vez en cuando, moviéndola de derecha a izquierda con su lengua, daba a su fisonomía una expresión un tanto equívoca.

Al otro lado, a la izquierda de la dama hidrópica, estaba sentado un hombre viejo y bajito, hinchado, asmático y gotoso. Sus mejillas reposaban sobre sus hombros como dos enormes botas de vino de Oporto. Con sus brazos cruzados y una de sus piernas envuelta en vendajes y reposando sobre la mesa, parecía mirarse a sí mismo como si tuviera derecho a alguna consideración. Extraía evidentemente mucho orgullo de cada pulgada de su envoltura personal, pero experimentaba un placer más especial todavía al atraer las miradas por su color tan vistoso. Cierto es que sobre todo ese vestido no debía haberle costado mucho dinero y que era de una naturaleza tal que le caía bien, pues no era sino una de esas fundas de seda curiosamente bordadas que en Inglaterra, y en otros lugares también, cuelgan en lugares bien visibles por encima de las casas de las grandes familias ausentes.

A su lado, a la derecha del presidente, se sentaba un caballero con grandes medias blancas y un calzón de algodón. Todo su ser se sacudía de una forma risible por culpa de un tic nervioso que Tarpaulin denominaba las angustias de la embriaguez. Sus mandíbulas, recién afeitadas, estaban estrechamente apretadas con un vendaje de muselina y sus brazos, ligados de la misma forma por las muñecas, no le permitían servirse libremente de los licores que había en la mesa, una precaución necesaria, en opinión de Legs, dado el carácter embrutecido de su cara de biberón. Sin embargo, un par de orejas prodigiosas, que sin duda era imposible disimular, surgían en el espacio y, de vez en cuando, se las veía como sacudidas por un espasmo al son de cada tapón que se hacía saltar de las botellas.

El sexto y último, sentado frente al biberón, tenía un aire singularmente tieso y, estando afectado de parálisis, hablando seriamente, debería sentirse muy poco a gusto dentro de su incómoda vestimenta. Estaba ataviado (atavío quizás único en su género) con un hermoso ataúd de caoba completamente nuevo. La parte alta se abría como una tapa y caía sobre su cabeza como un capuchón; dándole a toda la cara una fisonomía de indescriptible interés. Unas bocamangas aparecían practicadas a ambos costados, tanto por comodidad como por elegancia. Pero este atavío sin embargo impedía al desdichado cualquier movimiento y le obligaba a mantenerse quieto en su sitio, lo mismo que a sus compañeros, y, como quiera que estaba apoyado contra su catafalco e inclinado según un ángulo de cuarenta y cinco grados, sus dos grandes ojos a flor de cabeza giraban y asaeteaban hacia el techo sus terribles globos blancuzcos, como en un absoluto asombro de su propia enormidad.

Delante de cada convidado estaba puesto medio cráneo, del cual se servía a guisa de copa. Por encima de sus cabezas pendía un esqueleto humano, por medio de una cuerda atada a una de sus piernas y fijada a una argolla del techo. La otra pierna, que no estaba sujeta, surgía del cuerpo en ángulo recto, haciendo danzar y piruetear a toda la carcasa temblorosa cada vez que un soplo de viento se abría paso en la sala. El cráneo de la espantosa cosa colgante contenía una cantidad de carbón encendido que arrojaba sobre toda la escena un resplandor vacilante pero vivo, iluminando los féretros y todo el material del empresario de pompas fúnebres que aparecía apilado a gran altura en la habitación, contra las ventanas, impidiendo que ningún rayo de luz pudiese escapar a la calle.

A la vista de esta extraordinaria asamblea y su decorado todavía más extraordinario, nuestros dos marinos no se condujeron con todo el decoro que hubiera cabido esperar de ambos. Legs, apoyándose contra el muro cerca del que se encontraba, dejó caer su mandíbula inferior aún más bajo de lo que acostumbraba y desplegó sus grandes ojos sobre el panorama que a ellos se ofrecía; mientras, Hugh Tarpaulin, se agachaba un poco para poner su nariz al nivel de la mesa y, poniéndose las manos sobre las rodillas, estalló en una risa inmoderada e intempestiva, es decir, en un largo, ruidoso y ensordecedor rugido.

Mientras, sin ultrajarse ante una conducta tan prodigiosamente grosera, el gran presidente sonrió muy graciosamente a nuestros intrusos —les hizo con su cabeza de plumas negras una seña llena de dignidad— y, levantándose, tomó a cada uno de ellos por el brazo y los condujo hacia un asiento que las otras personas de la compañía acababan de prepararles. Legs no ofreció la menor resistencia y se sentó donde le indicaban mientras que el galante Hugh, apartando el caballete de un lado de la mesa, fue a instalarse al lado de la damisela tísica, con gran alegría, y sirviéndose un cráneo de vino tinto se lo tragó en honor de una más íntima relación. Pero, ante esta presunción, el rígido gentleman del ataúd pareció singularmente exasperado, y la cosa hubiese podido dar lugar a las más serias consecuencias si el presidente no hubiese, en aquel momento, picado sobre la mesa con su cetro para atraer la atención de todos los asistentes al discurso siguiente:

—La feliz ocasión que se nos ofrece nos impone el deber de...

—¡Quieto ahí! —le interrumpió Legs con aire de gran seriedad—, quieto ahí un poco, te digo, y dinos primero quién eres y qué hacéis aquí, vestidos como feos demonios y zampándoos el retuercetripas de nuestro honesto camarada Will Wimble el enterrador y todas sus provisiones que tenía guardadas para el invierno.

Ante esta imperdonable muestra de mala educación, toda la extraña sociedad se incorporó a medias sobre sus pies y profirió un montón de gritos diabólicos, parecidos a aquellos primeros que habían atraído la atención de los dos marineros. El presidente, no obstante, fue el primero en recuperar su sangre fría y, finalmente, volviéndose hacia Legs, con gran dignidad, reemprendió su discurso:

—Será con perfecta aquiescencia que satisfaremos una curiosidad razonable por parte de unos huéspedes tan ilustres, pese a que ellos no hayan sido invitados. Sabed pues que yo soy el monarca de este imperio y que reino —aquí sin menoscabo alguno con este título: el Rey Peste I. Esta sala que ustedes suponen muy injuriosamente ser la tienda de Will Wimble, el empresario de pompas fúnebres, un hombre al que no conocemos, y cuya apelación plebeya no había oído jamás, antes de esta noche, despellejado nuestras reales orejas, esta sala, digo, es la Sala del Trono de nuestro Palacio, consagrada a los consejos de nuestro reino y a otros destinos de un orden sacro y superior.

»La noble dama sentada frente a Nos es la Reina Peste, nuestra Serénísima Esposa. Los otros personajes ilustres que ustedes contemplan son nuestra familia y llevan la marca del origen real en sus nombres respectivos: Su Gracia el Archiduque Pest-Ífero, Su Gracia el Duque Pest-Ilencial, Su Gracia el Duque Tem-Pestuoso y Su Alteza Serenísima la Archiduquesa Ana-Peste.

»En lo que respecta —siguió— a vuestra pregunta, relativa a los asuntos que nos traíamos aquí en consejo, nos sería ocioso responder que tales asuntos conciernen a nuestro interés real y privado y, así pues concerniéndonos a nosotros mismos, no tienen en absoluto importancia si no es para nosotros. Pero, en consideración al trato que ustedes podrían reivindicar en su calidad de huéspedes y de extranjeros, no desdeñaremos decirles que estamos aquí esta noche —preparados por profundas búsquedas y cuidadosas investigaciones— para examinar, analizar y determinar perentoriamente el espíritu indefinible, las incomprensibles cualidades y la naturaleza de estos inestimables tesoros de la boca, vinos, cervezas y licores de esta excelente metrópoli, para, al hacerlo así, no solamente alcanzar nuestro objeto sino también para aumentar la verdadera prosperidad de este soberano que no es de este mundo, que reina sobre todos nosotros, cuyos dominios no tienen limites, y cuyo nombre es: ¡la Muerte!.

—¡Cuyo nombre es Davy Jones! —exclamó Tarpaulin sirviendo a la dama sentada a su lado un cráneo lleno de licor y sirviéndose otro para él.

—¡Profano granuja! —dijo el presidente volviendo su atención hacia el digno Hugh—, ¡profano y execrable guasón! Nos, hemos dicho que en razón de esos derechos que en absoluto nos sentimos inclinados a violar, incluso en tu sucia persona, Nos condescendemos a responder a tus groseras e intempestivas preguntas. Sin embargo, creemos que, vista vuestra profana intrusión en nuestro consejo, es nuestro deber condenaros, a ti y a tu compañero, a cada uno un galón de black-strap —que beberéis a la prosperidad de nuestro reino—, de un solo trago, y de rodillas, tras lo cual seréis libres, el uno y el otro, de seguir vuestro camino o de quedaros con nosotros y compartir los privilegios de nuestra mesa, según vuestro gusto personal y respectivo.

—Tal cosa sería de la más absoluta imposibilidad —replicó Legs, a quien los grandes aires y la dignidad del rey Peste I habían sin duda inspirado algunos sentimientos de respeto, y que se había levantado y apoyado contra la mesa mientras el monarca hablaba—, pues, si le plugo a Su Majestad, no veo cómo sería posible meter en mi cala ni la cuarta parte de ese licor del cual acaba de hablar Su Majestad. No voy a hablarle de todas las mercancías que desde esta mañana hemos cargado a nuestro bordo a modo de lastre, ni le mencionaré tampoco los diversos licores que hemos embarcado esta noche en distintos puertos, pero si precisaré que, por el momento, tengo un fuerte cargamento de humming-stuff, tomado y debidamente pagado en la enseña dcl Alegre lobo de mar. Vuestra Majestad querrá pues ser lo bastante graciosa para tomar con buena voluntad este hecho, porque yo no quiero de forma alguna beber ni una gota más, y menos aún de una gota de esa sucia agua de sentina que responde al nombre de blackstrap.

—¡Amarra eso! —interrumpió Tarpaulin, tan asombrado por lo largo del speech de su camarada como por la naturaleza de su negativa—. ¡Amarra eso, marinero de agua dulce! ¡Muy pronto habrás soltado el mango, Legs, te lo digo yo! Mi quilla todavía es ligera, mientras que la tuya, lo confieso, me parece un poco escorada. Y, en cuanto a tu parte de carga, pues muy bien, antes que quitarle un solo grano, yo ya encontraré lugar para ella a mi bordo, pero...

—Ese arreglo —le interrumpió el presidente— está en completo desacuerdo con los términos de la sentencia o condena, ya que su naturaleza es médica y por lo tanto inconmutable y sin apelación. Las condiciones que os hemos expuesto serán cumplidas al pie de la letra y sin un minuto de vacilación, pues de lo contrario Nos decretaremos que seáis atados juntos por el cuello y los talones, y debidamente ahogados como rebeldes en la barrica de cerveza de Octubre que veis allí.

—¡Qué sentencia! ¡Menuda sentencia! ¡Equitativa, juiciosa sentencia! ¡Un glorioso decreto! ¡Una muy digna, muy irreprochable y muy santa condena! —exclamaron a la vez todos los miembros de la familia Peste. El rey hizo plegar su frente en innumerables arrugas; el hombrecito gotoso resopló como un fuelle; la dama de la mortaja de lino hizo ondular su nariz a derecha e izquierda, el caballero del calzón convulsionó sus orejas; la dama del sudario abrió las fauces como un pez en la agonía; y el hombre del ataúd de caoba pareció todavía más tieso y rodó los ojos hacia el techo.

—¡Jo, jo! —tronó Tarpaulin ahogándose de risa y sin miramientos ante la agitación general—. ¡Jo, jo, jo! ¡Jo, jo! Yo decía, cuando el señor Rey Peste nos condenaba, que en cuanto a la cuestión de dos o tres galones más o menos de black-strap que esa bagatela no era nada para un buen y sólido barco como yo, incluso aunque estuviera bien cargado. Pero cuando se trata de beber a la salud del Diablo (¡al que Dios absuelva!) y ponerme de rodillas delante de la villana Majestad que tenemos ahí, lo que yo sé, tan bien como sé que soy un pecador, ¡es que no soy Tim Hurlygurly el follador! En cuanto al por qué no lo sea, es algo que sobrepasa los medios de mi inteligencia...

No le fue posible acabar tranquilamente su discurso, pues, al nombre de Tim Hurlygurly todos los convidados saltaron de sus asientos.

—¡Traición! —gritó Su Majestad el Rey Peste I.

—¡Traición! —gritó el pequeño hombre de la gota.

—¡Traición! —croó la Archiduquesa Ana Peste.

—¡Traición! —marmoteó el gentleman de las mandíbulas atadas.

—¡Traición! —gruñó el hombre del ataúd.

—¡Traición! ¡Traición a Su Majestad! —gritó la mujer de la enorme bocaza mientras cogía por la parte posterior de sus calzones al infortunado Tarpaulin, que en ese momento precisamente se estaba llenado de licor un cráneo, y lo levantaba vivamente en el aire y lo metía sin más ceremonia dentro del enorme barril desfondado y lleno de su cerveza favorita. Agitándose de aquí para allá durante unos segundos, como una manzana en un bote de ponche, desapareció finalmente en el torbellino de espuma que sus esfuerzos habían naturalmente levantado en el líquido ya de por sí altamente espumoso.

Pero el gran marinero no vio con resignación el chasco de su camarada. Precipitando al Rey Peste a través de la trampa abierta, el valiente Legs la cerró violentamente a continuación con un juramento, y corrió al centro de la sala. Allí, agarrando el esqueleto colgado encima de la mesa, tiró de él con tanta energía que consiguió arrancarlo al tiempo que se apagaban los últimos rayos de luz, y lo arrojó contra cl hombrecillo gotoso rompiéndole el cerebro. Precipitándose luego con todas sus fuerzas contra el fatal tonel lleno de cerveza de Octubre y de Hugh Tarpaulin, lo volcó en un instante y lo hizo rodar. Surgió de él un diluvio de licor tan furioso, tan impetuoso, tan invasor, que la sala fue inundada de un muro al otro mientras la mesa se derrumbaba con todo su contenido, los caballetes caían, el lebrillo de punch se precipitaba contra la chimenea y las damas se convulsionaban en sendos ataques de nervios.

Pilas de artículos fúnebres se debatían de un lado a otro. Los frascos, las jarras, las gruesas botellas vestidas de junquillo se confundían en un espantoso revoltillo mientras las garrafas con su faldón de mimbre chocaban desesperadamente contra los bocoyes acorazados de cuerda. El hombre de las angustias quedó ahogado al momento, el gentleman paralítico navegaba hacia mar adentro en su ataúd, y el victorioso Legs, tomando por el talle a la gorda dama del sudario, se precipitó con ella a la calle, y puso rumbo bien derecho en dirección al Free-and-Easy, ciñendo bien el viento y remolcando al temible Tarpaulin, quien, habiendo estornudado tres o cuatro veces, jadeaba y resoplaba tras él en compañía de la Archiduquesa Ana Peste.

Edgar Allan Poe (1809-1849)




Relatos góticos. I Relatos de Edgar Allan Poe.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Edgar Allan Poe: El rey peste (King Pest the First), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un crimen desconocido»: Jean Lorrain; relato y análisis


«Un crimen desconocido»: Jean Lorrain; relato y análisis.




Un crimen desconocido (Un crime inconnu) es un relato de terror del escritor francés Jean Lorrain (1855-1906), publicado en la antología de 1895: Cuentos de un bebedor de éter (Contes d'un buveur d'éther).

Un crimen desconocido, uno de los mejores relatos de Jean Lorrain, pone de manifiesto la faceta simbolista del autor, el cual necesita realmente muy poco para alcanzar la más pura expresión del terror psicológico.

Los relatos de Jean Lorrain normalmente hacen referencia a las drogas, las máscaras, el carnaval, la locura, la fauna nocturna de la Francia del siglo XIX. En Los agujeros de la máscara (Les trous du masque) presenciamos como el horror y la alucinación se adueñan de una noche de carnaval; en Un crimen desconocido, el espanto no se ajusta a ningún vehículo reconocible: simplemente aparece como las aguas residuales de una noche de lúcida locura.




Un crimen desconocido.
Un crime inconnu; Jean Lorrain (1855-1906)

Cuídese, señor, con la cosa inmunda que se pasea de noche. (Rey David)


—Lo que puede suceder en un cuarto de hotel una noche de martes de carnaval, créanme, supera todo lo que la imaginación puede inventar.

Habiendo llenado su vaso, lo vaciaba de un trago y comenzaba:

—Fue hace dos años, en pleno desequilibrio nervioso. Estaba curado de la eteromanía, pero no de los fenómenos mórbidos que engendra: problemas en el oído, en la vista, angustias nocturnas y pesadillas. El solfanol y el bromuro habían soliviantado los trastornos físicos, pero las angustias persistían. Persistían sobre todo en el departamento en el que había vivido con ella tanto tiempo, rue de Saint Guillaume, frente al río, y en el que su presencia parecía haber impregnado las paredes y las alfombras de no sé qué hechizo: en cualquier otra parte mi sueño era regular y mis noches calmas. En cambio, apenas atravesado el umbral de ese departamento, el turbio despecho de los antiguos días corrompía la atmósfera; terrores sin razón me helaban la sangre y me asfixiaban a cada paso.

Sombras bizarras se amontonaban con hostilidad en los ángulos, pliegues equívocos se formaban en las cortinas repentinamente animadas de una vida espantosa y sin nombre. La noche era especialmente abominable. Un ente de horror y misterio vivía conmigo en ese departamento, un ente invisible, pero que yo intuía agazapado en la sombra, acechándome; una forma hostil de la que, por momentos, podía sentir el aliento sobre mi rostro, y casi a mi lado su innombrable roce. Les aseguro que era una sensación espeluznante, y si me fuera dado revivir esa pesadilla, creo que preferiría... pero sigamos.

Así llegué a no poder dormir en mi departamento, incluso a no poder vivir en él. Decidí alojarme en un hotel. No pude permanecer en el mismo sitio; dejé el Continental por el Hotel del Louvre, y éste por otros aun más ínfimos, devorado por una inquietante manía de locomoción y de cambio. ¡Cómo, después de ocho días en el Terminus, en medio de todo el confort deseable, me induje a descender a ese mediocre hotel de la rue d'Amsterdam, Hotel de Normandía, de Brest o de Rouen, como se llaman todos en torno de la estación SaintLazare! ¿Era el movimiento incesante de las llegadas y partidas lo que me había seducido más que ninguna otra cosa? No sabría decirlo. Mi habitación, vasta e iluminada por dos ventanas y situada en el segundo piso, daba sobre el patio de llegada de la place du Havre. Estaba instalado desde hacía tres días, desde el sábado de carnaval, y me sentía muy bien.

Era, repito, un hotel de tercera, pero de apariencia honesta, hotel de viajeros y de provincianos, menos desorientados en la vecindad de su estación que en el centro de la ciudad; un hotel burgués, vacío de un día para otro y sin embargo siempre completo. Me importaban poco los rostros que encontraba en la escalera y en los pasillos. Eran la menor de mis preocupaciones y, sin embargo, al entrar en la recepción ese día hacia las seis de la tarde, en busca de la llave (cenaba en el centro y volvía a cambiarme) no pude dejar de mirar curiosamente a dos viajeros que allí se encontraban.

Recién llegaban. Una valija de viaje en cuero negro se encontraba a sus pies y, frente a la oficina del gerente, discutían el precio de las habitaciones.

—Es por una noche —decía el mayor de ellos—, cualquier habitación que fuere estará bien.

—¿De una cama o de dos? —preguntaba el gerente.

—¡Ah, por lo que dormiremos! Apenas nos vamos a acostar. Venimos al baile de disfraces.

—De dos camas —intervenía el más joven.

—Bien, una habitación de dos camas. ¿Hay alguna disponible, Eugène? —y el gerente interpelaba a uno de los empleados que recién llegaba. Después de ponerse de acuerdo con él, continuó:

—Lleva a los caballeros a la 13, en el segundo piso. Estarán muy bien allí, la habitación es grande. ¿Los señores suben? —y, tras un signo negativo de los viajeros— ¿Los señores comen? Tenemos cocina.

—No, cenaremos afuera —respondió el más grande—. Volveremos hacia las once a vestirnos. Que suban la valija.

—¿Fuego en la habitación? —preguntó el empleado.

—Sí, fuego a las once.

Me di cuenta de que había permanecido allí boquiabierto, con el candelero encendido en la mano, observándolos. Enrojecí como un niño sorprendido en falta y subí rápidamente a mi habitación; el empleado estaba haciendo las camas de la habitación contigua. Se había dado el 13 a los recién llegados y yo ocupaba el 12. Nuestras habitaciones estaban pegadas, y eso no dejaba de intrigarme. Volví a la oficina del gerente, y no pude dejar de preguntarle quiénes eran los vecinos que me había dado.

—¿Los dos hombres con la valija? —me respondió— Llenaron sus fichas, ¡vea! -y leí rápidamente, de un golpe de vista: Henri Desnoyels, treinta y dos años, y Edmond Chalegrin, veintiseis años, residencia Versalles, ambos carniceros.

Para ser jóvenes carniceros, eran elegantes de aspecto y de vestimenta, a pesar de sus sombreros de hongo y sus gabanes de viaje; el mayor me había parecido cuidadosamente enguantado y con un aire especial de altura y aristocracia en toda su persona. Por otra parte, había cierto parecido entre ellos. Los mismos ojos azules, de un azul profundo casi negro, muy rasgados y de largas pestañas; los mismos largos bigotes rojizos subrayando el perfil contrariado; pero el de más edad, mucho más pálido que el otro, con algo muy vago de ahito y de aburrido. Al cabo de una hora dejé de pensar en ellos. Era martes de carnaval y las calles brillaban, llenas de máscaras.

Volví a medianoche. Subí a mi habitación. Ya a medias desvestido, iba a acostarme cuando oí una voz en la habitación contigua. Eran mis carniceros que volvían. ¿Por qué la curiosidad, que ya me había mordido en la oficina del gerente, volvía irrazonada, imperiosamente? Contra mi voluntad, no pude dejar de prestar atención.

—Entonces no quieres disfrazarte, no vienes al baile —sonaba la voz del mayor—. ¿Y para eso nos molestamos en viajar? ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo? —y mientras el otro permanecía en silencio— ¿Estás ebrio?

Entonces la voz del otro respondía, empastada y doliente:

—Es tu culpa. ¿Por qué me has dejado beber? Siempre termino mal cuando bebo ese vino.

—¡Bueno, ya está bien! Acuéstate —tronaba la voz estridente—. Ten tu pijama —escuché el ruido del cierre de la valija que se abría.

—Y tú, ¿no vas al baile? —se arrastraba la voz del borracho.

—¡Grato placer el de andar por la calle solo, disfrazado! Voy a acostarme yo también.

Lo oí golpear rabiosamente su colchón y su almohada, luego oí cómo las ropas caían a través de la habitación; los hombres se desvestían. Yo escuchaba anhelante, descalzo, junto a la puerta de comunicación; la voz del más adulto cortaba nuevamente el silencio:

—¡Qué lástima, con tan bellos disfraces! —y se oía un roce de telas y satines.

Acerqué el ojo a la cerradura, pero la vela encendida me impedía hacer oscuridad y distinguir nada en la pieza vecina. Al apagarla, pude ver la cama del más joven, ubicada frente a mi puerta. Él estaba junto a ella, echado en una silla, sin moverse, extraordinariamente pálido y con ojos extraviados, la cabeza deslizada del respaldo de la silla y colgando sobre la almohada. Su sombrero estaba en el suelo; el chaleco, desabotonado; su camisa, entreabierta, sin corbata; tenía la apariencia de quien sufre asfixia. El otro, a quien sólo percibí luego de un esfuerzo, daba vueltas en ropa interior alrededor de la mesa repleta de telas claras y satines bordados.

—¡Mierda! Al menos, quiero probármelo —tronó sin preocuparse de su compañero y, parándose derecho frente al armario, esbelto, elegante y musculoso, se puso un largo dominó verde con muceta de terciopelo negro, cuyo efecto era a la vez tan horrible y tan bizarro que debí contener un grito, de tanto que me afectó.

Ya no lo reconocí, agigantado como estaba con esa funda de seda verde que lo hacía todavía más flaco y el rostro oculto tras una máscara metálica bajo la capucha de terciopelo negro. Ya no era un ser humano quien estaba allí, sino la cosa inmunda y sin nombre, la cosa de espanto, cuya presencia invisible envenenaba mis noches en la rue Saint-Guillaume, que ahora había tomado contornos visibles y vivía en la realidad.

El borracho, desde la esquina de su cama, había seguido la metamorfosis con mirada extraviada; un temblor se había apoderado de él y, con las rodillas chocando de terror y los dientes apretados, había juntado las manos en un gesto de plegaria, estremeciéndose de pies a cabeza. La forma verde, espectral y lenta, giró en silencio hacia el centro de la habitación, a la luz de dos velas encendidas, y bajo su máscara sentí sus ojos terriblemente atentos. Acabó por ponerse justo frente al otro; con los brazos cruzados sobre el pecho, intercambió con él una inenarrable y cómplice mirada, bajo la máscara. Entonces el más joven, enloquecido, se derrumbó de su silla, se echó sobre el parquet y, buscando estrechar el disfraz entre sus brazos, hundió su cabeza entre los pliegues, balbuceando palabras ininteligibles, la espuma saliéndole de los labios, con los ojos revueltos.

¿Qué misterio podía haber entre esos dos hombres, qué irreparable pasado habían evocado, a los ojos del loco, ese vestido de espectro y esa máscara helada? ¡Esa palidez y esas manos tendidas, como de torturado, tirando extáticas de los pliegues desenvueltos de un vestido de larva! ¡Escena de aquelarre en el ambiente trivial de una habitación amueblada! Y mientras el ebrio desfallecía, con la desesperación de un largo grito estrangulado en su boca abierta, la forma se alejaba dando un paso atrás, arrastrando en su movimiento la hipnosis del desgraciado tendido a sus pies.

¿Cuántas horas, cuántos minutos dura ya esta escena? El vampiro se detiene. Apoya su mano sobre el corazón del hombre tendido a sus pies y luego, tomándolo entre brazos, lo sienta otra vez en la silla pegada a la cama. El hombre queda allí sin movimiento, la boca abierta, los ojos cerrados, la cabeza torcida; la forma verde entonces vuelve sobre la valija. ¿Qué busca allí, con ardor febril, a la luz de uno de los candeleros de la chimenea? Encuentra algo; aunque ya no la veo, la escucho mover frascos, y un olor conocido, un olor que me sube al cerebro y me embriaga y me enerva, se expande en la habitación: olor a éter.

La forma verde reaparece. Se dirige a pasos lentos, siempre silenciosa, hacia el hombre desmayado. ¿Qué lleva con tanto cuidado entre sus manos? ¡Horror, es una máscara de vidrio, una máscara hermética sin ojos y sin boca, llena hasta los bordes de éter, de veneno líquido! Entonces vuelve sobre el otro sin defensa, allí ofrecido, inanimado, le aplica la máscara sobre el rostro, la asegura firmemente con un pañuelo rojo, y una risa parece sacudirle las espaldas bajo su capucha de terciopelo negro.

—Tú sí que no hablarás más —creí escucharle murmurar.

El carnicero entonces se quita el disfraz. Da vueltas en ropa interior. Vuelve a su atuendo de ciudad, se pone su gabán, sus guantes de piel de de clubman y, con el sombrero puesto, ordena cosas en silencio, quizás un poco afiebradamente. Con los dos disfraces de mascarada y sus frascos ya en la valija de empuñadura niquelada, prende un habano, toma la valija, el paraguas, abre la puerta y sale.

Yo no he gritado, no he hecho sonar la campanilla, no he llamado al timbre.

—Has soñado, como siempre —dijo Jacquels a de Romer.

—Sí, soñé tan bien que hay todavía hoy en Villejuif, en el asilo psiquiátrico, un eterómano incurable, del que nunca se supo la identidad. Consulta si quieres el registro del hospital: encontrado el 10 de marzo, en el hotel de... rue d'Amsterdam, nacionalidad francesa, edad presunta veintiséis años, nombre, Edmond Chalegrin.

Jean Lorrain (1855-1906)




Relatos góticos. I Relatos de Jean Lorrain.


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El análisis y resumen del cuento de Jean Lorrain: Un crimen desconocido (Un crime inconnu), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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