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Jean Lorrain: cuentos destacados


Jean Lorrain: cuentos destacados.




Jean Lorrain —Paul Alexandre Martin Duval (1855-1906)— fue uno de los escritores franceses más interesantes de la época. Los cuentos de Jean Lorrain a menudo transitan por lo fantástico, lo onírico, lo simbólico; a tal punto que se lo considera un gran maestro del simbolismo francés. Sus relatos de terror, y su fuerte inclinación por el decadentismo, lo vuelven ideal para aquellos lectores que busquen una sutil combinación entre el horror y lo psicológico.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de algunos de los más destacados cuentos de Jean Lorrain.




Cuentos destacados de Jean Lorrain.
  • Cuento para la noche de reyes (Conte pour la nuit des Rois)
  • Cuentos de un bebedor de éter (Contes d'un buveur d'éther)
  • El crimen desconocido (Un crime inconnu)
  • Historia de la criada Gudule (Histoire de la bonne Gudule)
  • La mano enguantada (La main gantée)
  • La princesa de las azucenas rojas (La princesse aux lys rouges)
  • Los agujeros de la máscara (Les trous du masque)
  • Relato del estudiante (Récit de l'étudiant)
  • Acerca de las almas simples (Propos d'âmes simples)
  • Algunos hombres (Quelques hommes)
  • Almas del otoño (Âmes d'automne)
  • Bebedores de almas (Buveurs d'âmes)
  • Cuentos para leer a la luz de las velas (Contes pour lire à la chandelle)
  • Dolmance (Dolmancé)
  • El amante (L'amant)
  • El crimen de los ricos (Le crime des riches)
  • El doble (Le double)
  • El egregor (L'égrégore)
  • El espíritu de las ruinas (L'âme des ruines)
  • El hechizo del bohemio (Conte du Bohémien)
  • El sapo (Le crapaud)
  • El vals de Giselle (La valse de Giselle)
  • El vaso de sangre (Le verre de sang)
  • El visionario (Le visionnaire)
  • En Guilloury (Chez Guilloury)
  • Guardia nocturna (Nuit de veille)
  • Historias de máscaras (Histoires de masques)
  • La cabina (Le fiacre)
  • La casa malvada (Le mauvais gîte)
  • La coartada imposible (L'impossible alibi)
  • La escuela de ancianas (L'école des vieilles femmes)
  • La habitación cerrada (La chambre close)
  • La mandrágora (La Mandragore)
  • La mano de sombra (La main d'ombre)
  • La poseída (Le possédé)
  • La princesa del copo de nieve (La princesse Neigefleur)
  • La princesa de los espejos (La princesse aux miroirs)
  • La princesa en el sabbat (La princesse au sabbat)
  • Linterna mágica (Lanterne magique)
  • Lo desconocido (L'inconnue)
  • Lorelei (Lorelei)
  • Los ojos glaucos (Les yeux glauques)
  • Mandosiane en cautividad (Mandosiane captive)
  • Más allá (Au-delà)
  • Mi pequeña aldea (Ma petite ville)
  • Narkiss (Narkiss)
  • Ofelio (Ophélius)
  • Oración fúnebre (Oraison funèbre)
  • Plegaria a las tinieblas (Proie de ténèbres)
  • Princesa de marfil y embriaguez (Princesses d'ivoire et d'ivresse)
  • Reclamo póstumo (Réclamation posthume)
  • Sedosa (Sonyeuse)
  • Sonrojos y venenos (Fards et poisons)
  • Una carta (Un lettre)
  • Una cuenta (Un acompte)
  • Una noche de enero (Nuit de janvier)
  • Una noche de nevada (Un soir qu'il neigeait)
  • Una noche problemática (Une nuit trouble)
  • Uno de ellos (L'un d'eux)
  • Veinte mujeres (Vingt femmes)




Relatos góticos. I Libros de Jean Lorrain.


El artículo: Jean Lorrain: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cuentos de un bebedor de éter»: Jean Lorrain; libro y análisis


«Cuentos de un bebedor de éter»: Jean Lorrain; libro y análisis.





Cuentos de un bebedor de éter (Contes d'un buveur d'éther) es una colección de relatos de terror del escritor francés Jean Lorrain (1855-1906), publicada en 1895.

Se trata, en esencia, de una antología que reune algunos de los más grotescos relatos del decadentismo francés y de la mano de un autor tan extraño como talentoso.

Jean Lorrain fue, entre otras cosas, un cuentista formidable y un hombre que vivía libre de prejuicios, a tal punto que utilizaba maquillaje y ostentosas joyas en público. Su mayor debilidad era la adicción al éter, así también como a la morfina, el opio, y otras sustancias perniciosas bastante habituales en los círculos decadentistas del fin de siècle.

Podemos pensar que esa adicción consiguió dos cosas: una úlcera en el estómago que lo llevaría prematuramente a la tumba, y Cuentos de un bebedor de éter, donde cada relato refleja las macabras alucinaciones producidas por esa sustancia.

La paranoia, la perversidad, la confusión, y un amplio repertorio de fantasías mórbidas, conforman el núcleo de esas historias, que de algún modo nos recuerdan a las Confesiones de un comedor de opio inglés (Confessions of an English Opium-Eater), de Thomas de Quincey, pero de un modo aún más exacerbado y lúgubre, como si los sentidos, lejos de expandirse hacia afuera, hacia las impredecibles maravillas del universo, se contrajeran súbitamente hacia los abismos más insondables del ser.

Antes de pasar al libro propiamente dicho, repasemos algunas curiosidades de los cuentos de Jean Lorrain que conforman Relatos de un bebedor de éter.

Es importante mencionar que cada relato, o mejor dicho, cada protagonista, narra una historia espeluznante como consecuencia del consumo de éter, casi siempre a partir de un suceso sin mayor importancia, pero que poco a poco se va tornando siniestro.

Otro rasgo en común que comparten las historias de Cuentos de un bebedor de éter tiene que ver con la soledad y el aislamiento. La acción casi siempre transcurre en la atmósfera asfixiante de un cuarto cerrado, sumido en la oscuridad, cuestiones bastante lógicas si consideramos que los narradores de esas historias son adictos que viven, o sobreviven, en un estado de perpetua reclusión social.

Pero lo cierto es que los personajes de Jean Lorrain no están exactamente solos, sino que la soledad que los rodea, exaltada por las fantasías del éter, les permite encontrarse con sus propios miedos y alucinaciones. Este procedimiento se repite en todos los cuentos.

En Reclamación póstuma (Réclamation posthume), por ejemplo, un simple pie que se asoma por debajo de una cortina, en un cuarto aparentemente vacío, es suficiente para producir una escena escalofriante. En La casa siniestra (Le mauvais gîte), a su vez, son los ruidos nocturnos que se oyen detrás de las ventanas los que disparan el espanto del protagonista. En Los agujeros de la máscara (Les trous du masque) la realidad se fragmenta durante una noche de carnaval, haciendo imposible distinguir lo real de lo ilusorio. En La habitación cerrada (La chambre close), una voz en las sombras se transforma en un elemento extremadamente perturbador. Solo El poseído (Le possédé), quizá, presenta un entorno más amplio, en este caso a través de los pensamientos de un sujeto paranoico que percibe una oscura distorsión en la realidad, donde las personas lentamente van adquiriendo rasgos animales.

El resto de los cuentos que integran la antología son: Un crimen desconocido (Un crime inconnu), La mano enguantada (La main gantée), El sapo (Le crapaud), Una noche turbulenta (Une nuit trouble), El visionario (Le visionnaire), El doble (Le double), Noche de Vísperas (Nuit de veille), Ofelio (Ophélius), Dolmancé (Dolmancé), Una noche estaba nevando (Un soir qu'il neigeait), La mano de sombras (La main d'ombre), Uno de ellos (L'un d'eux), Chez Guilloury (Chez Guilloury), La cabina (Le fiacre), Una carta (Un lettre), Una cuenta (Un acompte), y Noche de enero (Nuit de janvier).

La naturaleza demencial de los protagonistas de Cuentos de un bebedor de éter nos permite ingresar de lleno en esa atmósfera aterradora, precisamente porque nunca sabemos si lo que está ocurriendo es real o producto de sus alicinaciones. Jean Lorrain no hace mucho para esclarecer esos interrogantes, y el efecto que consigue a través de esa elección es estremecedor.

Cuentos de un bebedor de éter produce el miedo más profundo de todos: el temor de que todo lo que nos rodea acaso sea irreal, que el afuera, en definitiva, sea apenas una cáscara vacía, una máscara que nos distrae de los oscuros abismos de nuestra propia alma.




Cuentos de un bebedor de éter.
Contes d'un buveur d'éther, Jean Lorrain (1855-1906)




Relatos góticos. I Relatos de Jean Lorrain.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del libro de Jean Lorrain: Cuentos de un bebedor de éter (Contes d'un buveur d'éther), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos del decadentismo francés


Relatos del decadentismo francés.




Relatos del decadentismo francés (French Decadent Tales) es una colección de relatos franceses del decadentismo publicado en 2013.

Relatos del decadentismo francés retrata lo mejor de aquella corriente filosófica y artística que nació en Francia a finales del siglo XIX. Su denominación, decadentismo, fue propuesta como un término peyorativo por la crítica académica, paradójicamente adoptado por aquellos a quienes estaba destinado.

La propuesta del decadentismo puede entenderse como un enfrentamiento contra la moral, la ética y las costumbres burguesas. No busca luchar activamente por un cambio, sino que propone la evasión de la vida social al exaltar el heroísmo, el individualismo, a menudo retratado como un ser alienado, frágil, sacudido por extremos vendavales de sensibilidad y sensualidad.

El decadentismo presenta una mezcla de horror y perversidad, de humor y una fuerte mirada grotesca sobre el hombre y sus hábitos sociales.





Relatos del decadentismo francés.
French Decadent Tales.




Antologías. I Poemas del decadentismo.


El análisis y resumen del libro: Relatos del decadentismo francés (French Decadent Tales) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El libro de relatos de terror para la mesa de luz.


El libro de relatos de terror para la mesa de luz.




Otra rara antología publicada en 1977: El libro de relatos de terror para la mesa de luz (The Bedside Book Of Horror), una colección que pretende agrupar algunos relatos de terror especialmente diseñados para una lectura nocturna, o mejor dicho, que se adaptan mejor a los últimos instantes del día, cuando las preocupaciones cotidianas ceden terreno al sueño y las pesadillas, acaso sus hijas predilectas.






El libro de relatos de terror para la mesa de luz.
The Bedside Book Of Horror.
  • Cuando anochece en el parque (After Dark in the Playing Fields, M.R. James)
  • Cuento para la noche de reyes (Conte pour la nuit des Rois, Jean Lorrain)
  • La gran noche (The Big Night, Henry Kuttner)
  • La noche del océano (The Night Ocean, R.H. Barlow y H.P. Lovecraft)
  • La patrona (The Landlady, Roald Dahl)
  • La Venus de Ille (La vénus d'Ille, Prósper Mérimée)
  • El guardián del reloj (The Clock Watcher, Robert Aickman)
  • El hombre que podía oír gritar a los peces (The Man Who Could Hear The Fishes Scream, Harry E. Turner)
  • El monstruo marino (The Sea Monster, Gerhart Hauptmann)
  • El recluso (The Recluse, David Dixon)
  • El viajante (The Traveler, Christopher Bray)
  • Memorias de un verdugo (Memoirs of an Executioner, Fielden Hughes)
  • Pasaje singular (Singular Passage, R.H. Barham)
  • Un banco en el tiempo (A Shoal in Time, Alex Hamilton)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: El libro de relatos de terror para la mesa de luz (The Bedside Book Of Horror) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos góticos del período victoriano


Relatos góticos del período victoriano.




Si bien la literatura gótica nació y se desarrolló a finales del siglo XVIII, alcanzando la cima de su potencial a mediados del siglo XIX, el período victoriano, lleno de contradicciones y experimentos, fue testigo de las últimas variantes del género antes de convertirse en algo completamente nuevo.

En esta antología, titulada: Relatos góticos del período victoriano tardío (Late Victorian Gothic Tales), se reunen algunos de los mejores relatos góticos del período victoriano, una suerte de gótico tardío, si se quiere, con los pies en el horror tradicional del género y la mirada puesta en sus nuevas formas.





Relatos góticos del período victoriano.
Late Victorian Gothic Tales.




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Relatos góticos del período victoriano (Late Victorian Gothic Tales) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La mano enguantada: Jean Lorrain


La mano enguantada (La main gantée) es un relato de terror del escritor francés Jean Lorrain, publicado en 1895.

Posiblemente La mano enguantada sea el mejor cuento de terror de la literatura francesa, y una de las mejores historias de terror jamás escritas. El relato nos ubica abordo del apretado compartimiento de un tren, donde un hombre debe viajar con un sujeto francamente aterrador. Este caballero, de rasgos bestiales, duerme con los ojos en blanco, casi catatónicos, con una expresión que hiela los huesos y evoca las pesadillas más arquetípicas. Extrañamente, su mano enguantada no se corresponde con el resto de su aspecto, es delicada, elegante, casi como si no perteneciese a él en absoluto.

El final de La mano enguantada es, tal vez, uno de los mejores cierres del relato gótico.


No hemos encontrado una versión digna en español de La mano enguantada, de modo que les ofrecemos una interesante lectura del cuento, que pasa a ampliar nuestra sección de audio relatos de terror.



La mano enguantada.
La main gantée, Jean Lorrain (1855-1906)




El resumen del cuento de terror de Jean Lorrain: La mano enguantada (La main gantée) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los agujeros de la máscara»: Jean Lorrain; audio relato


«Los agujeros de la máscara»: Jean Lorrain; audio relato.




Audio relato realizado por El Espejo Gótico sobre el clásico relato de terror de Jean Lorrain (1855-1906): Los agujeros de la máscara (Les trous du masque), publicado en la antología de 1895: Sensaciones y recuerdos (Sensations et souvenirs), donde un hombre experimenta una inquietante noche de carnaval a través de los agujeros de la máscara que porta.




Los agujeros de la máscara: Jean Lorrain (audio relato)





Audio relatos. I Relatos de Jean Lorrain.


El artículo: Los agujeros de la máscara: Jean Lorrain; audio relato fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Relato del estudiante»: Jean Lorrain; relato y análisis


«Relato del estudiante»: Jean Lorrain; relato y análisis.




Relato del estudiante (Récit de l'étudiant) es un relato fantástico del escritor francés Jean Lorrain (1855-1906), publicado en la antología del 1900: Historias de máscaras (Histoires de masques).

Relato del estudiante, uno de los grandes cuentos de Jean Lorrain, nos recuerda de algún modo las alucinaciones estremecedoras que el propio autor, quizá el mayor exponente del decadentismo francés, imprimió en su colección: Cuentos de un bebedor de éter (Contes d'un buveur d'éther); sin embargo, en este punto es prudente callar, sobre todo respecto de los detalles de esa vaga asociación, ya que sería casi delictivo anticipar el final de esta historia.




Relato del estudiante.
Récit de l'étudiant, Jean Lorrain (1855-1906)

En el hotel barato en que vivía entonces en el Faubourg-Saint-Honoré, había terminado por observar a una cliente de aspecto bastante sospechoso. Yo no era entonces más que un pobre estudiante de derecho, poco preocupado por la exterioridad de las cosas y para que aquella mujer hubiera atraído mi atención hacía falta que destacara efectivamente en la gris uniformidad de los demás clientes del hotel. Era una inquilina, ¿cómo diría?, intermitente y, aunque pagara su habitación por meses, no dormía en ella sino en raras ocasiones; en cambio, no pasaba semana sin que viniera a encerrar allí parejas de horas, a lo largo del día y nunca sola.

Unas veces traía un hombre, otras una mujer, a veces muchas mujeres, amigas. En invierno hacían un gran fuego y le subían ponche; en verano, limonada y soda. En el hotel tenían con ella los mayores miramientos; al gerente y a su esposa se les llenaba la boca cuando hablaban de la señora de Prack, sin duda debía abonar generosamente sus facturas.

No era una prostituta como yo había creído en un primer momento. Al verla entrar siempre acompañada, en los primeros tiempos yo la había tomado por una vulgar buscona de la peor calaña, puesto que le hacía a todas y a todos. No era nada de eso y, después de reflexionar, pensé que debía tratarse de una afiliada a alguna sociedad secreta; alguna criatura acosada por la policía que se ocultaba en París valiéndose de domicilios y nombres diversos; mujer de algún anarquista, alma de algún complot, o quizá simplemente alguna ladrona que formaba parte de una banda, una de esas aventureras que operan en los grandes almacenes, informan a la baja turba de hampones de los buenos golpes por dar y practican a la vez, la búsqueda del domicilio por desvalijar, el robo y la ocultación de lo robado.

Y además otras consideraciones se me ocurrían: esta mujer no era probablemente, después de todo, nada más que una viciosa, alguna amante anónima de la depravación que venía a distraerse en clandestinas orgías del aburrimiento diario de un marido, de un matrimonio y de una casa burguesa.

Burguesa en todo caso no muy rica, pues la señora de Prack hacía relativamente pocos gastos en aquel pequeño hotel de empleados y estudiantes pobres: llegaba siempre en simón, se iba de igual forma y los hombres que traía estaban en general mal vestidos, y parecían pertenecer a una clase inferior: pequeños sombreros hongo, largos gabanes ajados, bufandas deterioradas, pero, en su mayoría, eran singularmente ágiles y desenvueltos, con aspecto de gimnastas y de acróbatas, tanto que, al final de cuentas me había quedado con la idea de que se trataba de una empresa de contratación para los music-halls y los circos de provincias, de la que la señora de Prack era la representante.

Las mujeres que traía eran más elegantes y, con sus cabellos teñidos con alheña, los ojos maquillados y la boca pintada de carmín, tenían entre ellas un aire de familia, actrices de pequeños teatros o camareras de restaurantes nocturnos; su forma de hablar en voz alta, las ropas chillonas, la gesticulación histérica, contrastaban con el tono y las maneras excesivamente sobrias de su amiga.

La señora de Prack tenía un aspecto perfecto. Siempre vestida de negro, envuelta en mullidas pieles en invierno, embutida en verano en tules y muselinas de seda que la adelgazaban, disimulaba bajo tupidos velos un rostro singularmente pálido, con los ojos como pintados de kohl entre los párpados fatigados, y que no carecería de encanto de no ser por la importancia que en él tenía la nariz algo larga. La boca demasiado grande también deslucía el rostro, pero se abría muy roja sobre pequeños dientes separados y brillantes; la boca, algo sombreada en la comisura de los labios, y esa amplia sonrisa marcada de imperceptible bigote no carecía de un cierto picante. Con su cara estrecha, su mentón puntiagudo y su perfil caballar, recordaba un poco a una larga langosta, y tenía los movimientos a la vez bruscos y lentos de ésta. La señora de Prack era muy morena y las largas pestañas arqueadas aterciopelaban con una languidez obscena la onda oscura de los ojos dolientes.

La señora de Prack debía tener un temperamento rudo (las apariencias así lo confirmaban, al menos) pues, si no era la ladrona ni el agente artístico que podría suponerse, seguía siendo un fino rastreador de lujuria, a juzgar por las presas que cazaba, de pluma y pelo, pues todo le resultaba aceptable. Me ocurrió más de una vez coincidir con ella en la escalera del hotel; ella subía y yo bajaba o viceversa, y en cada ocasión por mi parte se había tratado de roces y de osadías de mano arrastrándose por el pasamanos tratando de tocar la suya, pues aquella enigmática sonrisa sombreada y aquellos ojos prometedores me lancinaban; pero en cada ocasión me había esforzado en vano.

Yo no era su tipo, había que aceptarlo, y sus ojos de una insistencia tan extraña, nunca se habían fijado en los míos. Durante algún tiempo le guardé rencor; aquella larga mujer de ojos húmedos habría sido una amante exquisita y cómoda; habría sido la aventura y el misterio al alcance de la mano. Las personas del hotel eran de un mutismo absoluto respecto a su inquilina; imposible sacarles lo más mínimo. Como ya he dicho, la señora de Prack debía ser muy generosa. Despechado en mi vanidad, durante algún tiempo tuve la vileza de meditar una buena pasada que poder jugarle a mi vecina, pero luego dejé de pensar en ello.

El azar, ese gran maestro de los desenlaces, me ayudó a descifrar una parte del enigma. Era a finales del invierno; me encontraba una noche en los Franceses, modestamente instalado en las últimas filas de la platea. Representaban obras del repertorio y los socios habituales dormitaban; dormitaban incluso hasta el punto de que yo no escuchaba su monótona recitación, pendiente de la conversación de dos mujeres que cuchicheaban detrás de mí, dos mujeres invisibles detrás de la reja de un palco y éstos eran los fragmentos de conversación que escuché:

—¡No, no me atreveré jamás! —decía una voz—. Además, ¿cómo salir de mi casa vestida de dominó? Además está la servidumbre. Estoy segura de mi doncella, pero el lacayo y el portero son fieles al marqués. Me tiene vigilada, espiada, ya ves. A ti te lo permite todo.

—¡Y cómo se equivoca! —se desternillaba la otra mujer—. El hecho es que su confianza le honra. No, Lucie, no hay que pensar en ello, y ¡Dios sabe cómo me habría gustado asistir a ese baile! ¡oh! vagabundear toda una noche bajo la máscara, acercarse, rozar con la seguridad de no ser reconocida, todas las lujurias, todos los vicios sospechados e insospechados. ¡Oh! no carece de sabor, y además no puedes ni imaginar las aventuras que una puede encontrar en esas noches.

Aquí una confidencia se ahogaba entre risas, y la voz de la que dudaba, proseguía más clara:

—Pero tú ¿cómo haces con tu gente? ¿Tu señor no es celoso?

—Pues, esas noches ceno en la ciudad o bien duermo en casa de mi madre; y además, verdaderamente, eres demasiado inocente, mi pequeña Suzanne. Yo, ya ves, realizo todas mis fantasías. La vida es corta y quiero vivirla. Además el truco del hotel en el que se paga una habitación al mes bajo un nombre falso, no es difícil; yo que te hablo, lo hago.

El acto había concluido, los espectadores se levantaron haciendo ruido con sus zapatos y con los sillones de muelles que se levantan; aquella noche no oí nada más.

Diez días después, el encargado del hotel falleció. La gripe se lo llevó en menos de una semana, y en el pequeño salón del hotel convertido en capilla ardiente, junto al cadáver, la esposa aterrorizada por la pérdida del marido y del socio, realizó el triste velatorio. Habían cerrado los postigos y en la pieza oscura, la pobre mujer, acompañada de dos familiares, intentaba aislarse en medio de la confusión del personal de servicio y de una partida de viajeros, profesionalmente atenta, pese a su pena, a los incesantes rumores de la calle y del hotel. Habíamos entrado, otro cliente y yo, a presentarle nuestras condolencias a la viuda; ya se habían dicho las banalidades de rigor y, algo incómodos, permanecíamos callados, sin saber cómo marcharnos.

De repente, se oyó la parada de un simón ante la puerta, ruido de pasos precipitados en la escalera y en medio de una maraña de astracán negro, la señora de Prack irrumpió en la habitación. La señora de Prack no venía sola; otra mujer joven, elegante y muy tapada, la acompañaba.

Las recién llegadas retrocedieron un momento; ignoraban el acontecimiento y se sorprendieron ante aquel aparato fúnebre; pero la señora de Prack se repuso rápidamente. Después de algunas palabras y un apretón de manos a la viuda:

—¡Desolada, desconsolada, mi pobre querida señora! Hágame, no obstante, un favor. ¿Dónde guardó usted mis dominós, mis pelucas, todos mis pertrechos de disfraz?

Y como la hostelera, confundida, hacía un gesto de estupor.

—Es que la señora —e indicaba a la desconocida— me acompañará mañana al baile, voy a prestarle uno de mis trajes y quisiéramos probárselo. ¿La molesto?

La viuda, con los ojos llenos de lágrimas de repente, señalaba con expresión desconsolada un armario, al otro lado del cadáver; el difunto estaba colocado justo delante del armario.

—Es muy fastidioso, efectivamente, pero ¿qué quiere? No es culpa mía, además mi amiga tiene prisa.

La viuda que se había incorporado un momento, se había dejado caer de nuevo sobre su silla; ahora sollozaba en silencio, con las manos apoyadas en las rodillas y todo su rostro suplicante, pero la de Prack permanecía allí, con su larga cara pálida, imperiosa y malvada. La hostelera hacía un esfuerzo y, cogiendo el manojo de llaves de su cintura, echaba una pierna por encima del cadáver y, con las piernas separadas, a caballo por encima del muerto, abría el armario y pasaba a su clienta impasible todo un montón de rasos, terciopelos y encajes. Una peluca, que colgaba fuera de un paquete, estuvo a punto de prenderse en la llama de un cirio; la angustia se adueñó de nosotros.

—Gracias —decía la señora de Prack aplastando de un manotazo las mucetas y los vestidos; luego, volviéndose hacia su acompañante—: Vamos Suzanne, ¿me acompañas?.

Jean Lorrain (1855-1906)




Relatos góticos. I Relatos de Jean Lorrain.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Jean Lorrain: Relato del estudiante (Récit de l'étudiant), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cuento para la Noche de Reyes»: Jean Lorrain; relato y análisis


«Cuento para la Noche de Reyes»: Jean Lorrain; relato y análisis.




Cuento para la Noche de Reyes (Conte pour la nuit des Rois) es un relato de terror del escritor francés Jean Lorrain (1855-1906), publicado en la antología de 1895: Sensaciones y recuerdos (Sensations et Souvenirs).

Cuento para la Noche de Reyes, uno de los grandes cuentos de Jean Lorrain, y probablemente uno de los mejores relatos del decadentismo francés, nos sitúa en una atmósfera inquietante, onírica, a través de una especie de sátira del cuento de hadas con tintes sumamente perturbadores.




Cuento para la Noche de Reyes.
Conte pour la nuit des Rois, Jean Lorrain (1855-1906)

Cuando la reina Imogine supo que la princesa Neigefleur no estaba muerta, que el lazo de seda que ella misma le había anudado alrededor del cuello no la había estrangulado sino a medias y que los gnomos del bosque habían recogido aquel dulce cuerpo letárgico en un ataúd de cristal y, lo que es peor, que lo guardaban invisible en una gruta mágica, entró en estado de cólera: se irguió tensa en la silla de cedro en la que soñaba, sentada en la habitación más alta de la torre, desgarró en toda su longitud la pesada dalmática de brocado amarillo enriquecido con lirios y follajes de perlas, rompió contra el suelo el espejo de acero que acababa de comunicarle la odiosa noticia y, agarrando de mala manera por una pata trasera al sapo encantado que le servía para sus maleficios, lo lanzó con toda su fuerza al fuego de la chimenea donde hizo frisst, grisst, prisst y se evaporó como una hoja seca.

Tras lo cual, algo calmada, abrió las hojas del alto ventanal cuyos enrejados de plomo contenían enanos tocando la trompa, y se asomó para ver la campiña. Estaba completamente cubierta de nieve y, en el aire frío de la noche, los lentos copos diseminados como guata, cubrían todo el horizonte con un extraño armiño cuyas manchas invertidas habrían sido blancas sobre un fondo negro. Un gran resplandor rojizo coloreaba la nieve al pie de la torre; la reina sabía que era el fuego de las cocinas, de las cocinas regias donde los cocineros preparaban el festín para la noche, pues todo transcurría el domingo mismo de la Epifanía y había una gran fiesta en el castillo; y la malvada reina Imogine no pudo reprimir una sonrisa en la negrura de su alma, pues sabía que, en esos momentos, se estaba asando para la mesa del rey un maravilloso pavo en el que ella había reemplazado traidoramente el hígado por un revoltillo de huevos de lagarto y de beleño, horrible fármaco que debía acabar de enajenar la mente del viejo monarca y alejar para siempre de aquella flaqueante memoria el dulce recuerdo de la princesa Neigefleur.

Aquella delicada y melosa pequeña máscara de Neigefleur, ¿por qué se atrevía con sus grandes ojos azules de porcelana y su insípida cara de muñeca a sobrepasarla en belleza, a ella, a la maravillosa Imogine de las islas de Oro? Había tenido que venir a aquel maldito y pequeño reino de Aquitania para escuchar decirle a voz en grito, y a cada hora del día, al viento en los setos, a las rosas en los arriates y hasta a su espejo, un espejo auténtico animado por las hadas:

—¡Tu belleza es divina y encanta a los pájaros y a los hombres, gran reina Imogine, pero la princesa Neigefleur es más bella que tú!

¡La muy pestilente!

A partir de entonces ya no tuvo tregua ni descanso; no había habido ruindades de las que, como verdadera madrastra, no hubiera acusado a la pequeña princesa para perderla a los ojos del rey. Pero el viejo imbécil, cegado de ternura, sólo la escuchaba a medias, por muy enamorado que estuviera de pasión sensual por la belleza de la reina maga. Ni siquiera los venenos tenían poder sobre el frágil cuerpecillo de la niña: su inocencia o las hadas la protegían. Aún recordaba con rabia el día en que, no pudiendo más, había mandado a sus doncellas desvestir a la asustada princesa y azotar sus temblorosos hombros hasta hacerla sangrar; quería ver por fin herida y dañada por los azotes aquella deslumbrante desnudez, pero los azotes, en manos de las arpías, se habían convertido en plumas de pavo real que no habían hecho sino rozar y acariciar la piel de la virgen estremecida.

Fue entonces cuando, exasperada de despecho, había decidido su muerte. La había estrangulado con sus manos regias y ordenado que la transportaran durante la noche al confín del parque, dispuesta a acusar del asesinato a cualquier grupo de gitanos. Pero, ¡oh, felicidad inesperada! Ni siquiera había tenido que contarle esta mentira al rey, porque los lobos se habían encargado del asunto; la princesa Neigefleur había desaparecido y la orgullosa madrastra triunfaba, cuando he aquí que su espejo mágico la contrariaba al ser interrogado. Es verdad que se había vengado de él rompiéndolo en aquel mismo instante, pero le habían ganado la batalla puesto que su rival vivía dormida bajo la protección tutelar de los enanos. Y, muy perpleja, iba a sacar del fondo de un armario una cabeza disecada de un ahorcado que consultaba en ocasiones especiales y, tras haberla depositado sobre un gran libro abierto en medio de un pupitre, encendía tres velas de cera verde y se sumía en siniestros pensamientos.

Ahora iba caminando muy lejos, muy lejos, muy lejos del palacio adormecido, en el gran silencio del bosque helado, por el bosque semejante a una inmensa madrépora; había echado por encima de su traje de seda blanca una capa de lana oscura que le hacía parecerse a un viejo brujo y con su orgulloso perfil oculto bajo la oscura capucha, se apresuraba entre los pies de los enormes robles cuyos troncos, blancos de nieve, parecían a su vez grandes penitentes.

Había algunos que, con sus grandes ramas dirigidas hacia lo alto en la oscuridad, parecían maldecirla con toda la fuerza de sus largos brazos descarnados; otros, aplastados en extrañas actitudes, parecían arrodillados a orillas del camino; habríase dicho que se trataba de monjes orando bajo cogullas de escarcha, y todos desfilaban extrañamente, con las manos juntas y tensas por encima de la nieve, donde los pasos amortiguados no despertaban ningún ruido: el ambiente era casi agradable en el bosque porque la helada lo había aletargado, y la reina, concentrada en su proyecto, precipitaba su carrera silenciosa, con los laterales de su capa herméticamente recogidos sobre no se sabe qué objeto, que se removía y lloraba levemente.

Era un niño de seis meses que había robado al pasar en la habitación de una mujer del servicio y que llevaba esta apacible y dulce noche de invierno para degollarlo al sonar las doce de la noche, como está mandado, en un cruce de caminos. Los elfos, enemigos de los gnomos, acudirían todos a beberse la sangre tibia y ella los encantaría con su flauta de cristal, la flauta de tres agujeros que logra todos los mágicos encantamientos. Una vez encantados, los obedientes elfos la conducirían por entre el dédalo del aterido bosque hasta la gruta de los enanos. La entrada estaba abierta y visible durante toda esta bendita noche de la Epifanía, lo mismo que durante la noche de Navidad.

Esas dos noches, todo encantamiento queda en suspenso por la todopoderosa gracia del Nuestro Señor; y toda caverna o escondite subterráneo de gnomos, guardianes de tesoros escondidos, se mantiene accesible al paso de los humanos. Entraría en el antro dispersando con su esmeralda el ejército azorado de los kobolds, se acercaría al ataúd de cristal, forzaría la cerradura, rompería las paredes si fuera necesario y heriría en el corazón a su rival dormida; esta vez no se le escaparía.

Y cuando se apresuraba, rumiando su venganza, bajo los finos corales blancos y las arborescencias del bosque helado, de repente, se escucharon salmos y voces, una vibración de cristal corrió a través de las ramas entumecidas, todo el bosque vibró como un arpa y la reina, inmovilizada de estupor, vio avanzar un singular cortejo: bajo aquel cielo nuboso de invierno, en el brillante decorado de un claro de nieve, pasaban dromedarios y caballos de raza finos, luego palanquines de seda abigarrada y brillante, estandartes coronados por la media luna, bolas de oro ensartadas en las largas hojas de las lanzas, literas y turbantes. Negritos completamente diabólicos con su blusa de seda verde pisaban asustados la nieve; aros decorados de pedrería sonaban en sus tobillos y, de no se por el esmalte resplandeciente de su sonrisa, se les habría tomado por pequeñas estatuas de mármol negro.

Se apresuraban tras los pasos de majestuosos patriarcas cubiertos de suaves tejidos rayados en oro; la gravedad de su altivo perfil se prolongaba en la sedosa espuma de largas barbas blancas, e inmensas capas, del mismo blanco plateado que sus barbas, se abrían sobre pesadas túnicas de un azul de noche o de un rosa de aurora, completamente decoradas de pedrerías y arabescos de oro; y los palanquines en los que difusas mujeres veladas se entreveían como en un sueño, oscilaban a lomos de los dromedarios, y la luna que acababa de aparecer, espejeaba en el reverso de seda de los estandartes.

Aromas penetrantes de cinamomo, de benjuí y de nardo se exhalaban en tenues remolinos azulados; copones, completamente esconzados de esmaltes brillaban entre las manos de un negro de ébano a guisa de pebeteros y, bajo la luna ascendente, surgían los salmos, menos cantados que susurrados en dulce lengua oriental, como enrollados en la gasa de los velos y la humareda de los incensarios.

La reina, oculta tras el tronco de un árbol, había reconocido a los Reyes Magos, el rey negro Gaspar, el joven jeque Melchor y el viejo Baltasar; iban, como hace dos mil años, a rendirle su homenaje al Divino Niño. Ya habían pasado. Y, lívida bajo su capa de pastor, la reina recordaba demasiado tarde que la noche de la Epifanía, la presencia de los Magos camino de Belén rompe el poder de los maleficios y que ningún sortilegio es posible en el aire nocturno impregnado aún de la mirra de sus incensarios. Por lo tanto había realizado su viaje en vano. Eran inútiles las leguas recorridas por el bosque fantasma y tenía que repetir su peligroso recorrido en medio del frío y de la nieve.

Quiso dar un paso y volverse, pero el niño que llevaba oculto bajo la capa pesaba exageradamente en su brazo; había adquirido una pesadez de plomo y la mantenía clavada allí, inmóvil en la nieve; una nieve extrañamente amontonada a su alrededorr y en la que sus pies entumecidos no podían moverse. Un horrible encantamiento la tenía prisionera en el bosque espectral: si no lograba romper el círculo, su muerte era segura. Pero, ¿quién acudiría a socorrerla?

Todos los malos espíritus permenecen prudentemente agazapados en sus guaridas durante la luminosa noche de la Epifanía; sólo los buenos espíritus, amigos de los humildes y de los que sufren, se arriesgan a merodear por él; y a la insidiosa reina Imogine se le ocurrió la idea de llamar a los gnomos para que le ayudaran, los buenos y pequeños señores, completamente vestidos de verde y encapirotados de prímulas, que habían recogido a Neigefleur; y, sabiendo que éstos son unos enamorados de la música, tuvo fuerzas para sacar su flauta de cristal de debajo de su capa y llevársela a los labios.

Desfallecía bajo el peso del niño convertido en algo semejante a un bloque de hielo; sus pies crispados en la nieve se ponían morados, luego negros, pero sus labios violetas encontraban aún sonidos melancólicos y suaves, de una tristeza desgarradora y de una tierna voluptuosidad, dolorosos y cautivadores adioses de un alma en agonía; resignada, intentaba aún con una vaga esperanza, una llamada inútil. Y, mientras que toda la mentira de su vida se enternecía en sus labios, sus ojos escudriñaban ávidamente el claroscuro del calvero, la sombra de los árboles, los surcos tortuosos de las raíces y hasta los tocones abandonados por los leñadores: equívocos perfiles vegetales en los que antes se manifiestan los gnomos.

De repente, la reina se estremeció. Desde todos los puntos del calvero, una multitud de ojos la miraban: era como un círculo de estrellas amarillas cerrado sobre sí misma. Había entre los árboles, en las raíces de los robles, a lo lejos, muy cerca, y cada par de ojos fulguraba fosforescente en la oscuridad. Eran los gnomos. ¡Por fin!

Y la reina ahogaba un grito de alegría que casi inmeditamente después se congelaba de terror: acababa de ver dos orejas puntiagudas por encima de cada par de ojos; por debajo de cada par de ojos un hocillo velludo y un sofaldo de bezo de dientes blancos. Su flauta mágica no había atraído sino a los lobos.

Al día siguiente encontraron su cuerpo despedazado por las fieras. Así murió durante una noche clara de invierno la malvada reina Imogine.

Jean Lorrain (1855-1906)




Relatos góticos. I Relatos de Jean Lorrain.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Jean Lorrain: Cuento para la Noche de Reyes (Conte pour la nuit des Rois), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La princesa de las azucenas rojas»: Jean Lorrain; relato y análisis


«La princesa de las azucenas rojas»: Jean Lorrain; relato y análisis.




La princesa de las azucenas rojas (Princesses d’ivoire et d’ivresse) —cuya traducción literal al español sería: Princesas de marfil e intoxicación— es un relato fantástico del escritor francés Jean Lorrain (1855-1906), publicado en la antología de 1902: La princesa de las azucenas rojas (Princesses d’ivoire et d’ivresse).

La princesa de las azucenas rojas, sin lugar a dudas uno de los mejores cuentos de Jean Lorrain, es también uno de los más polémicos, y se inscribe entre los grandes cuentos del decadentismo francés.

El argumento de La princesa de las azucenas rojas relata la historia de una muchacha llamada Audevère, a quien su padre, un poderoso rey guerrero, encierra en un convento. Desde su morada solitaria ella colabora con la campaña sangrienta de su padre mediante una serie de hechizos, que consisten en arrancar, pisar, desgarrar y marchitar las flores del jardín. Cada azucena desmembrada equivale a un muerto en la batalla.

De este modo, Audevère asiste a su padre mediante la brujería, hasta que cierta noche un soldado herido llega hasta las puertas del convento, llevando consigo un destino infausto que prefigura el trágico final de la princesa.




La princesa de las azucenas rojas.
Princesses d’ivoire et d’ivresse; Jean Lorrain (1855-1906)

Era una austera y fría hija de reyes; apenas dieciséis años, ojos grises bajo altaneras cejas y tan blanca que se habría dicho que sus manos eran de cera y sus sienes de perlas. La llamaban Audovère. Hija de un viejo rey, siempre ocupado en lejanas conquistas, había crecido en un claustro, en medio de las tumbas de los reyes de su dinastía, y desde su primera infancia había sido confiada a unas religiosas, ya que había perdido a su madre al nacer. El claustro en el que había vivido los dieciséis años de su vida, estaba situado a la sombra de un bosque secular. Sólo el rey conocía el camino hacia él y la princesa no había visto jamás otro rostro masculino que el de su padre. Era un lugar rústico, al abrigo del camino y del paso de los gitanos. Nada penetraba en él sino la luz del sol y además debilitada a través de la bóveda tupida formada por las hojas de los robles.

Al atardecer, la princesa salía del claustro y se paseaba escoltada por dos filas de religiosas. Iba seria y pensativa, como agobiada bajo el peso de un profundo secreto y tan pálida, que se habría dicho que iba a morir pronto. Un largo vestido de lana blanca con un bajo bordado con amplios tréboles de oro, se arrastraba tras sus pasos, y un círculo de plata labrada sujetaba sobre sus sienes un ligero velo de gasa azul que atenuaba el color de sus cabellos.

Audevère era rubia como el polen de las azucenas y el bermejo algo pálido de los antiguos cálices del altar. Y aquella era su vida. Tranquila y con el corazón pleno de alegría, como otra mujer habría esperado el regreso de su prometido, ella esperaba en el claustro el retorno de su padre; y su pasatiempo y sus más dulces pensamientos eran pensar en las batallas, en los peligros de los ejércitos y en los príncipes masacrados sobre los que triunfaba el rey. A su alrededor, en abril, los altos taludes se cubrían de prímulas, que se ensangrentaban de arcilla y hojas muertas en otoño; y siempre fría y pálida dentro de su vestido de lana blanca, en abril como en octubre, en el ardiente junio como en noviembre, la princesa Audovère pasaba siempre silenciosa al pie de los robles rojizos o verdes. En verano solía llevar en la mano grandes azucenas blancas crecidas en el jardín del convento, y era tan delgada y blanca ella misma que podría haberse dicho que era hermana de las azucenas.

En otoño eras las digitales las que llevaba entre sus dedos, de color violeta, tomadas en la linde de los claros del bosque; y el color rosa enfermizo de sus labios se asemejaba al púrpura avinado de las flores y, cosa extraña, no deshojaba jamás las digitales sino que las besaba con frecuencia, mientras que sus dedos parecían experimentar placer al despedazar las azucenas. Una sonrisa cruel entreabría entonces sus labios y habríase dicho que realizaba algún oscuro rito, y era en efecto (los pueblos lo supieron más tarde) una ceremonia de sombra y sangre. A cada gesto de la princesa virgen se hallaban ligados el sufrimiento y la muerte de un hombre. El anciano rey lo sabía. Y mantenía lejos de la vista, en aquel claustro ignorado a aquella virginidad funesta.

La princesa cómplice lo sabía también: de ahí su sonrisa cuando besaba las digitales y despedazaba las azucenas entre sus hermosos dedos lentos. Cada azucena deshojada era un cuerpo de príncipe o de joven guerrero herido en la batalla, cada digital besada una herida abierta, una llaga ensanchada que daba paso a la sangre de los corazones; y la princesa Audevère no contaba ya sus lejanas victorias. Desde hacía cuatro años que conocía el hechizo, iba prodigando sus besos a las venenosas flores rojas, masacrando sin piedad las bellas azucenas, dando la muerte en un beso, quitando la vida en un abrazo, fúnebre ayuda de campo y misterioso verdugo del rey, su padre.

Cada noche el capellán del convento, un anciano ciego recibía la confesión de sus faltas y la absolvía; pues las faltas de las reinas sólo condenan a los pueblos, y el olor de los cadáveres es incienso al pie del trono de Dios. Y la princesa Audovère no sentía ni remordimiento ni tristeza. En primer lugar, se sabía purificada por la absolución; además, los campos de batalla y las noches de derrota donde están en los estertores de la agonía, con infames muñones enarbolados hacia el rojizo cielo, los príncipes, los forajidos y los mendigos, agradan al orgullo de las vírgenes: las vírgenes no sienten ante la sangre el horror angustiado de las madres; y además, Audovère era sobre todo la hija de su padre.

Una noche un desgraciado fugitivo acababa de derrumbarse con un grito de niño a la puerta del santo asilo; estaba negro de sudor y polvo, y su pobre cuerpo agujereado sangraba por siete heridas. Las religiosas lo recogieron y lo instalaron al fresco, más por terror que por piedad, en la cripta de las tumbas. Depositaron junto a él una jarra de agua helada para que pudiera beber y un hisopo mojado en agua bendita con un crucifijo, para ayudarle a pasar de la vida a la muerte, pues daba ya sus bocanadas con el pecho oprimido por la agonía. A las nueve, en el refectorio, la superiora mandó rezar por el herido la oración de difuntos; las religiosas, emocionadas, regresaron a sus celdas y el convento se sumió en el sueño.

Sólo Audovère no dormía y pensaba en el fugitivo.

Apenas lo había visto cruzar el jardín, apoyado en dos viejas hermanas, y un pensamiento la obsesionaba: este agonizante era, sin duda, algún enemigo de su padre, algún fugitivo escapado de la masacre, último despojo varado en aquel convento después de algún horroroso combate. La batalla debía haberse librado en los alrededores, más cerca de lo que sospechaban las religiosas y el bosque debía estar a estas horas lleno de otros fugitivos, de otros desgraciados sangrando y gimiendo; y toda una humanidad sufriente rodearía de aquí al amanecer el recinto del convento, donde los acogería la indolente caridad de las hermanas.

Era pleno julio y las azucenas embalsamaban el jardín; la princesa Audovère descendió al mismo. Y, a través de los altos tallos bañados por el claro de luna que se erguían en la noche como húmedas hojas de lanza, la princesa Audovère se adelantó y se puso lentamente a deshojar las flores. Pero, ¡oh misterio! he aquí que se exhalan suspiros y quejas y que lloran las plantas. Las flores, bajo sus dedos, ofrecían resistencias y caricias de carne; en un momento, algo cálido le cayó sobre las manos que ella tomó por lágrimas y el olor de las azucenas repugnaba, singularmente cambiado, cambiado en algo insípido y pesado, con sus copas repletas de un deletéreo incienso. Y aunque desfallecida, encarnizada en su trabajo, Audovère proseguía su obra asesina decapitando sin piedad, deshojando sin descanso cálices y capullos; pero mientras más destrozaba más innumerables renacían las flores.

Ahora todo era un campo de altas flores rígidas, levantadas hostiles bajo sus pasos, un auténtico ejército de picas y alabardas transformadas a la luz de la luna en cuádruples pétalos y, cruelmente fatigada, pero presa del vértigo, de furia destructiva, la princesa seguía desgarrando, marchitando, aplastando todo ante ella, cuando una extraña visión la detuvo. De un manojo de flores más altas, una transparencia azulada, un cadáver humano emergió. Con los brazos extendidos en cruz, los pies crispados uno sobre otro, mostraba en la oscuridad la herida de su costado izquierdo y de sus manos sangrantes; una corona de espinas manchaba de barro y sanie el entorno de sus sienes y la princesa, aterrorizada, reconoció al desgraciado fugitivo recogido aquella misma tarde, al herido que agonizaba en la cripta.

Él levantó con esfuerzo un párpado tumefacto y con tono de reproche dijo:

—¿Por qué lo has hecho?

Al día siguiente encontraron a la princesa Audovère tendida, muerta, con los ojos vueltos, con azucenas entre las manos y apretadas sobre el corazón. Yacía atravesada en un sendero a la entrada del jardín, pero a su alrededor todas las azucenas eran rojas.

No volverían a florecer blancas en el futuro. Así murió la princesa Audovère por haber respirado las azucenas nocturnas de un claustro, en un jardín en julio.

Jean Lorrain (1855-1906)




Relatos góticos. I Relatos de Jean Lorrain.


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«Un crimen desconocido»: Jean Lorrain; relato y análisis


«Un crimen desconocido»: Jean Lorrain; relato y análisis.




Un crimen desconocido (Un crime inconnu) es un relato de terror del escritor francés Jean Lorrain (1855-1906), publicado en la antología de 1895: Cuentos de un bebedor de éter (Contes d'un buveur d'éther).

Un crimen desconocido, uno de los mejores relatos de Jean Lorrain, pone de manifiesto la faceta simbolista del autor, el cual necesita realmente muy poco para alcanzar la más pura expresión del terror psicológico.

Los relatos de Jean Lorrain normalmente hacen referencia a las drogas, las máscaras, el carnaval, la locura, la fauna nocturna de la Francia del siglo XIX. En Los agujeros de la máscara (Les trous du masque) presenciamos como el horror y la alucinación se adueñan de una noche de carnaval; en Un crimen desconocido, el espanto no se ajusta a ningún vehículo reconocible: simplemente aparece como las aguas residuales de una noche de lúcida locura.




Un crimen desconocido.
Un crime inconnu; Jean Lorrain (1855-1906)

Cuídese, señor, con la cosa inmunda que se pasea de noche. (Rey David)


—Lo que puede suceder en un cuarto de hotel una noche de martes de carnaval, créanme, supera todo lo que la imaginación puede inventar.

Habiendo llenado su vaso, lo vaciaba de un trago y comenzaba:

—Fue hace dos años, en pleno desequilibrio nervioso. Estaba curado de la eteromanía, pero no de los fenómenos mórbidos que engendra: problemas en el oído, en la vista, angustias nocturnas y pesadillas. El solfanol y el bromuro habían soliviantado los trastornos físicos, pero las angustias persistían. Persistían sobre todo en el departamento en el que había vivido con ella tanto tiempo, rue de Saint Guillaume, frente al río, y en el que su presencia parecía haber impregnado las paredes y las alfombras de no sé qué hechizo: en cualquier otra parte mi sueño era regular y mis noches calmas. En cambio, apenas atravesado el umbral de ese departamento, el turbio despecho de los antiguos días corrompía la atmósfera; terrores sin razón me helaban la sangre y me asfixiaban a cada paso.

Sombras bizarras se amontonaban con hostilidad en los ángulos, pliegues equívocos se formaban en las cortinas repentinamente animadas de una vida espantosa y sin nombre. La noche era especialmente abominable. Un ente de horror y misterio vivía conmigo en ese departamento, un ente invisible, pero que yo intuía agazapado en la sombra, acechándome; una forma hostil de la que, por momentos, podía sentir el aliento sobre mi rostro, y casi a mi lado su innombrable roce. Les aseguro que era una sensación espeluznante, y si me fuera dado revivir esa pesadilla, creo que preferiría... pero sigamos.

Así llegué a no poder dormir en mi departamento, incluso a no poder vivir en él. Decidí alojarme en un hotel. No pude permanecer en el mismo sitio; dejé el Continental por el Hotel del Louvre, y éste por otros aun más ínfimos, devorado por una inquietante manía de locomoción y de cambio. ¡Cómo, después de ocho días en el Terminus, en medio de todo el confort deseable, me induje a descender a ese mediocre hotel de la rue d'Amsterdam, Hotel de Normandía, de Brest o de Rouen, como se llaman todos en torno de la estación SaintLazare! ¿Era el movimiento incesante de las llegadas y partidas lo que me había seducido más que ninguna otra cosa? No sabría decirlo. Mi habitación, vasta e iluminada por dos ventanas y situada en el segundo piso, daba sobre el patio de llegada de la place du Havre. Estaba instalado desde hacía tres días, desde el sábado de carnaval, y me sentía muy bien.

Era, repito, un hotel de tercera, pero de apariencia honesta, hotel de viajeros y de provincianos, menos desorientados en la vecindad de su estación que en el centro de la ciudad; un hotel burgués, vacío de un día para otro y sin embargo siempre completo. Me importaban poco los rostros que encontraba en la escalera y en los pasillos. Eran la menor de mis preocupaciones y, sin embargo, al entrar en la recepción ese día hacia las seis de la tarde, en busca de la llave (cenaba en el centro y volvía a cambiarme) no pude dejar de mirar curiosamente a dos viajeros que allí se encontraban.

Recién llegaban. Una valija de viaje en cuero negro se encontraba a sus pies y, frente a la oficina del gerente, discutían el precio de las habitaciones.

—Es por una noche —decía el mayor de ellos—, cualquier habitación que fuere estará bien.

—¿De una cama o de dos? —preguntaba el gerente.

—¡Ah, por lo que dormiremos! Apenas nos vamos a acostar. Venimos al baile de disfraces.

—De dos camas —intervenía el más joven.

—Bien, una habitación de dos camas. ¿Hay alguna disponible, Eugène? —y el gerente interpelaba a uno de los empleados que recién llegaba. Después de ponerse de acuerdo con él, continuó:

—Lleva a los caballeros a la 13, en el segundo piso. Estarán muy bien allí, la habitación es grande. ¿Los señores suben? —y, tras un signo negativo de los viajeros— ¿Los señores comen? Tenemos cocina.

—No, cenaremos afuera —respondió el más grande—. Volveremos hacia las once a vestirnos. Que suban la valija.

—¿Fuego en la habitación? —preguntó el empleado.

—Sí, fuego a las once.

Me di cuenta de que había permanecido allí boquiabierto, con el candelero encendido en la mano, observándolos. Enrojecí como un niño sorprendido en falta y subí rápidamente a mi habitación; el empleado estaba haciendo las camas de la habitación contigua. Se había dado el 13 a los recién llegados y yo ocupaba el 12. Nuestras habitaciones estaban pegadas, y eso no dejaba de intrigarme. Volví a la oficina del gerente, y no pude dejar de preguntarle quiénes eran los vecinos que me había dado.

—¿Los dos hombres con la valija? —me respondió— Llenaron sus fichas, ¡vea! -y leí rápidamente, de un golpe de vista: Henri Desnoyels, treinta y dos años, y Edmond Chalegrin, veintiseis años, residencia Versalles, ambos carniceros.

Para ser jóvenes carniceros, eran elegantes de aspecto y de vestimenta, a pesar de sus sombreros de hongo y sus gabanes de viaje; el mayor me había parecido cuidadosamente enguantado y con un aire especial de altura y aristocracia en toda su persona. Por otra parte, había cierto parecido entre ellos. Los mismos ojos azules, de un azul profundo casi negro, muy rasgados y de largas pestañas; los mismos largos bigotes rojizos subrayando el perfil contrariado; pero el de más edad, mucho más pálido que el otro, con algo muy vago de ahito y de aburrido. Al cabo de una hora dejé de pensar en ellos. Era martes de carnaval y las calles brillaban, llenas de máscaras.

Volví a medianoche. Subí a mi habitación. Ya a medias desvestido, iba a acostarme cuando oí una voz en la habitación contigua. Eran mis carniceros que volvían. ¿Por qué la curiosidad, que ya me había mordido en la oficina del gerente, volvía irrazonada, imperiosamente? Contra mi voluntad, no pude dejar de prestar atención.

—Entonces no quieres disfrazarte, no vienes al baile —sonaba la voz del mayor—. ¿Y para eso nos molestamos en viajar? ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo? —y mientras el otro permanecía en silencio— ¿Estás ebrio?

Entonces la voz del otro respondía, empastada y doliente:

—Es tu culpa. ¿Por qué me has dejado beber? Siempre termino mal cuando bebo ese vino.

—¡Bueno, ya está bien! Acuéstate —tronaba la voz estridente—. Ten tu pijama —escuché el ruido del cierre de la valija que se abría.

—Y tú, ¿no vas al baile? —se arrastraba la voz del borracho.

—¡Grato placer el de andar por la calle solo, disfrazado! Voy a acostarme yo también.

Lo oí golpear rabiosamente su colchón y su almohada, luego oí cómo las ropas caían a través de la habitación; los hombres se desvestían. Yo escuchaba anhelante, descalzo, junto a la puerta de comunicación; la voz del más adulto cortaba nuevamente el silencio:

—¡Qué lástima, con tan bellos disfraces! —y se oía un roce de telas y satines.

Acerqué el ojo a la cerradura, pero la vela encendida me impedía hacer oscuridad y distinguir nada en la pieza vecina. Al apagarla, pude ver la cama del más joven, ubicada frente a mi puerta. Él estaba junto a ella, echado en una silla, sin moverse, extraordinariamente pálido y con ojos extraviados, la cabeza deslizada del respaldo de la silla y colgando sobre la almohada. Su sombrero estaba en el suelo; el chaleco, desabotonado; su camisa, entreabierta, sin corbata; tenía la apariencia de quien sufre asfixia. El otro, a quien sólo percibí luego de un esfuerzo, daba vueltas en ropa interior alrededor de la mesa repleta de telas claras y satines bordados.

—¡Mierda! Al menos, quiero probármelo —tronó sin preocuparse de su compañero y, parándose derecho frente al armario, esbelto, elegante y musculoso, se puso un largo dominó verde con muceta de terciopelo negro, cuyo efecto era a la vez tan horrible y tan bizarro que debí contener un grito, de tanto que me afectó.

Ya no lo reconocí, agigantado como estaba con esa funda de seda verde que lo hacía todavía más flaco y el rostro oculto tras una máscara metálica bajo la capucha de terciopelo negro. Ya no era un ser humano quien estaba allí, sino la cosa inmunda y sin nombre, la cosa de espanto, cuya presencia invisible envenenaba mis noches en la rue Saint-Guillaume, que ahora había tomado contornos visibles y vivía en la realidad.

El borracho, desde la esquina de su cama, había seguido la metamorfosis con mirada extraviada; un temblor se había apoderado de él y, con las rodillas chocando de terror y los dientes apretados, había juntado las manos en un gesto de plegaria, estremeciéndose de pies a cabeza. La forma verde, espectral y lenta, giró en silencio hacia el centro de la habitación, a la luz de dos velas encendidas, y bajo su máscara sentí sus ojos terriblemente atentos. Acabó por ponerse justo frente al otro; con los brazos cruzados sobre el pecho, intercambió con él una inenarrable y cómplice mirada, bajo la máscara. Entonces el más joven, enloquecido, se derrumbó de su silla, se echó sobre el parquet y, buscando estrechar el disfraz entre sus brazos, hundió su cabeza entre los pliegues, balbuceando palabras ininteligibles, la espuma saliéndole de los labios, con los ojos revueltos.

¿Qué misterio podía haber entre esos dos hombres, qué irreparable pasado habían evocado, a los ojos del loco, ese vestido de espectro y esa máscara helada? ¡Esa palidez y esas manos tendidas, como de torturado, tirando extáticas de los pliegues desenvueltos de un vestido de larva! ¡Escena de aquelarre en el ambiente trivial de una habitación amueblada! Y mientras el ebrio desfallecía, con la desesperación de un largo grito estrangulado en su boca abierta, la forma se alejaba dando un paso atrás, arrastrando en su movimiento la hipnosis del desgraciado tendido a sus pies.

¿Cuántas horas, cuántos minutos dura ya esta escena? El vampiro se detiene. Apoya su mano sobre el corazón del hombre tendido a sus pies y luego, tomándolo entre brazos, lo sienta otra vez en la silla pegada a la cama. El hombre queda allí sin movimiento, la boca abierta, los ojos cerrados, la cabeza torcida; la forma verde entonces vuelve sobre la valija. ¿Qué busca allí, con ardor febril, a la luz de uno de los candeleros de la chimenea? Encuentra algo; aunque ya no la veo, la escucho mover frascos, y un olor conocido, un olor que me sube al cerebro y me embriaga y me enerva, se expande en la habitación: olor a éter.

La forma verde reaparece. Se dirige a pasos lentos, siempre silenciosa, hacia el hombre desmayado. ¿Qué lleva con tanto cuidado entre sus manos? ¡Horror, es una máscara de vidrio, una máscara hermética sin ojos y sin boca, llena hasta los bordes de éter, de veneno líquido! Entonces vuelve sobre el otro sin defensa, allí ofrecido, inanimado, le aplica la máscara sobre el rostro, la asegura firmemente con un pañuelo rojo, y una risa parece sacudirle las espaldas bajo su capucha de terciopelo negro.

—Tú sí que no hablarás más —creí escucharle murmurar.

El carnicero entonces se quita el disfraz. Da vueltas en ropa interior. Vuelve a su atuendo de ciudad, se pone su gabán, sus guantes de piel de de clubman y, con el sombrero puesto, ordena cosas en silencio, quizás un poco afiebradamente. Con los dos disfraces de mascarada y sus frascos ya en la valija de empuñadura niquelada, prende un habano, toma la valija, el paraguas, abre la puerta y sale.

Yo no he gritado, no he hecho sonar la campanilla, no he llamado al timbre.

—Has soñado, como siempre —dijo Jacquels a de Romer.

—Sí, soñé tan bien que hay todavía hoy en Villejuif, en el asilo psiquiátrico, un eterómano incurable, del que nunca se supo la identidad. Consulta si quieres el registro del hospital: encontrado el 10 de marzo, en el hotel de... rue d'Amsterdam, nacionalidad francesa, edad presunta veintiséis años, nombre, Edmond Chalegrin.

Jean Lorrain (1855-1906)




Relatos góticos. I Relatos de Jean Lorrain.


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