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Villiers de L'Isle-Adam: cuentos destacados


Villiers de L'Isle-Adam: cuentos destacados.




Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889) fue un destacado escritor francés, dedicado principalmente al relato psicológico y el relato de terror, siempre dentro del simbolismo. En este sentido, los cuentos de Villiers de L'Isle-Adam se introducen en lo más profundo y oscuro del alma humana, y con una vigencia realmente extraordinaria.

En esta sección iremos recorriendo todos los cuentos de Villiers de L'Isle-Adam.




Cuentos de Villiers de L'Isle-Adam:
  • Como para confundirse (A s'y méprendre)
  • Correspondencias (Intersigne à l’abbé de Villers)
  • Cuento de final de verano (Conte de fin d'été)
  • Cuentos crueles (Contes cruels)
  • El asesino de cisnes (Le tueur de cygnes)
  • El asesino de cisnes: audio relato.
  • El convidado de las últimas fiestas (Le convive des dernières fêtes)
  • El duque de Portland (Duke of Portland)
  • El secreto de la iglesia (L'enjeu)
  • Flores de tinieblas (Fleurs de tenebres)
  • La desconocida (L'Inconnue)
  • La máquina de gloria (La machine à gloire)
  • La reina Isabel (La reine Ysabeau)
  • La tortura por la esperanza (La torture par l’espérance)
  • Recuerdos ocultos (Souvenirs occultes)
  • Sombrío relato, narrador aún más sombrío (Sombre récit, conteur plus sombre)
  • Vera (Véra)
  • Akëdysséril (Akëdysséril)
  • Antonie (Antonie)
  • Aviso al lector (Avis au lecteur)
  • Catalina (Catalina)
  • Claire Lenoir (Claire Lenoir)
  • Cuento de amor (Conte d'amour)
  • Dos presagios (Deux augures)
  • El afiche celeste (L'affichage céleste)
  • El amor de lo natural (L'amour du naturel)
  • El anunciador (L'annonciateur)
  • El banquete de las contingencias (Le banquet des éventualistes)
  • El canto del gallo (Le chant du coq)
  • El deseo de ser un hombre (Le désir d'être un homme)
  • El dispositivo para el análisis químico del último suspiro (L'appareil pour l'analyse chimique du dernier soupir)
  • El heroísmo del doctor Hallidonhill (L'héroïsme du docteur Hallidonhill)
  • El instante de Dios (L'instant de Dieu)
  • El juego de las Gracias (Le jeu des Grâces)
  • El mejor amor (Le meilleur amour)
  • El secreto de la bella Ardiane (Le secret de la belle Ardiane)
  • El secreto de la música antigua (Le secret de l'ancienne musique)
  • El secreto del andamio (Le secret de l'échafaud)
  • El tratamiento del doctor Tristán (Le traitement du docteur Tristan)
  • Entre lo viejo y lo nuevo (Entre l'ancien et le nouveau)
  • Fragmento de novela (Fragment de roman)
  • La agencia del candelabro de oro (L'agence du Chandelier d'or)
  • La aventura de Tsë-i-la (L'aventure de Tsë-i-la)
  • La cena más bella del mundo (Le plus beau dîner du monde)
  • La impaciencia de la multitud (Impatience de la foule)
  • La increíble pareja Moutonnet (L'étonnant couple Moutonnet)
  • La inquietud (L'inquiéter)
  • La leyenda del elefante blanco (La légende de l'éléphant blanc)
  • La máquina de gloria (La machine à gloire)
  • La sagacidad de Aspacia (Sagacité d'Aspasie)
  • Las doncellas de Bienfilâtre (Les demoiselles de Bienfilâtre)
  • Las hijas de Milton (Les filles de Milton)
  • Las visiones maravillosas del doctor Tribulat Bonhommet (Les visions merveilleuses du Dr Tribulat Bonhommet)
  • Leones cristianos (Aux Chrétiens les lions!)
  • Los amigos de la pensión (Les amies de pension)
  • Los fantasmas de M. Redoux (Les phantasmes de M. Redoux)
  • Los ladrones (Les brigands)
  • Los plagiarios del relámpago (Les plagiaires de la foudre)
  • Los sueños elegidos (L'élu des rêves)
  • Mahoin (Ce Mahoin!)
  • Maître Pied (Maître Pied)
  • Mal entendido (L'incomprise)
  • Maryelle (Maryelle)
  • Sentimentalismo (Sentimentalisme)
  • Sor Natalia (Sœur Natalia)
  • Sylvabel (Sylvabel)
  • Tribulat Bonhommet (Tribulat Bonhommet)
  • Una nueva profesión (Une profession nouvelle)
  • Virginia y Paul (Virginie et Paul)
  • Vox Populi (Vox populi)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Villiers de L'Isle-Adam: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La máquina de gloria»: Villiers de l'Isle-Adam ; relato y análisis


«La máquina de gloria»: Villiers de l'Isle-Adam ; relato y análisis.




La máquina de gloria (La machine à gloire) es un relato fantástico del escritor francés Villiers de l'Isle-Adam (1838-1889), publicado en la antología de 1883: Cuentos crueles (Contes cruels).

La máquina de gloria, uno de los grandes cuentos de Villiers de l'Isle-Adam, relata la historia de la fabricación de una máquina capaz de producir gloria a partir de la mediocridad, en este caso, de escritores con escaso talento.

Más allá de esta crítica evidente, La máquina de gloria posee varios niveles de interpretación. El primero se relaciona con la paranoia y la ansiedad de fines del siglo XIX respecto de la proliferación de máquinas cada vez más complejas. En segundo lugar, el dispositivo imaginado por Villiers de l'Isle-Adam no solo altera la producción literaria de los dramaturgos, sino que además influye directamente sobre los espectadores, quienes se vuelven parte del mecanismo.

En este sentido, La máquina de gloria es el primer paso hacia el gran mito construído por Villiers de l'Isle-Adam, aquel diabólico dispositivo de la sensualidad, que finalmente cobraría forma en: La Eva futura (L'Ève future).



La máquina de gloria.
La machine à gloire, Auguste Villiers de l'Isle-Adam (1838-1889)

¡Qué animación mezclada con cierta contrariedad en los semblantes! ¿De qué se trata?

—Se trata… ¡ah!, de una novedad sin precedentes en los recientes anales de la Humanidad. ¡Se trata de la prodigiosa invención del barón Bottom, del ingeniero Bathybius Bottom!

La Posteridad se inclinará ante este hombre (ilustre ya al otro lado de los mares), como ante el doctor Grave y algunos otros inventores, verdaderos apóstoles de lo Útil. ¡Que se juzgue si exageramos el tributo de admiración, de estupor y de gratitud, que le es debido! ¡El producto de su máquina es la GLORIA! ¡Produce gloria como rosas un rosal!

El aparato del eminente físico fabrica la Gloria. La suministra. La hace nacer de una manera orgánica e inevitable. Os cubre con ella, y aunque no se la acepte y se intente huir de ella, os persigue. Resumiendo, la Máquina Bottom está especialmente destinada a satisfacer a esas personas llamadas autores dramáticos que, privadas desde su nacimiento (¡por una inconcebible fatalidad!) de esa facultad, por demás insignificante, que los últimos literatos se obstinan todavía en mancillar con el nombre de Genio, están, no obstante, ansiosas por obsequiarse, por dinero, los mirtos de un Shakespeare, los acantos de un Scribe, las palmas de un Goethe y los laureles de un Molière.

¡Qué hombre, este Bottom! Juzguémosle por el análisis, por el frío análisis de su procedimiento, desde el doble punto de vista abstracto y concreto. Tres preguntas se plantea . Una vez resueltas, pasaremos a la descripción del sublime Mecanismo que las unifica en una definitiva solución. Comencemos.

¿Qué es la Gloria?

Si dirigís semejante pregunta a uno de esos bromistas que pueblan las tablas de algún periódico y que son expertos en el arte de burlarse de las más sagradas tradiciones, sin duda, os responderá algo como esto:

—¿Una Máquina de Gloria dice? De hecho, ¿no existe una máquina de vapor? ¿Y qué es la gloria en sí misma sino un ligero vapor?, ¿una especie de humareda? ¿Una...?

Naturalmente daréis la espalda a ese miserable tonto cuyas palabras sólo son el ruido de su lengua contra el paladar. Dirigios a un poeta, y ésta será, más o menos, la alocución que escapará de su doble gaznate:

—La Gloria es el resplandor de un nombre en la memoria de los hombres.

Para darse cuenta de la naturaleza de la gloria literaria hay que dar un ejemplo: supongamos que se han reunido doscientos espectadores en una sala. Si pronunciáis por azar, ante ellos, el nombre de "SCRIBE" (tomemos éste), la eléctrica impresión que les provocará ese nombre puede, de antemano, traducirse en la siguiente serie de exclamaciones (porque toda la gente de hoy conoce su SCRIBE):

—¡Complicado cerebro! ¡Genio seductor! Fecundo dramaturgo. ¡Ah! Sí, ¿el autor de L'Honneur et l'Argent? ¡Ha hecho reír a nuestros padres!

—¿SCRIBE? ¡Uf!… ¡¡¡Maldición!!! ¡Oh! ¡Oh!

—¡Pero!… ¡Sabe dar vuelta a la copla! ¡Profundo bajo un aspecto alegre! ¡Alguien que deja hablar! ¡Una pluma autorizada! ¡Un gran hombre que ha ganado su peso en oro!

—¡Y avezado en los trucos teatrales!

Bien.

Si pronunciáis, después, el nombre de uno de sus colegas, Milton, por ejemplo, podemos esperar que:

a) de las doscientas personas, ciento noventa y ocho, seguramente, no habrán leído ni hojeado jamás a este escritor.

b) únicamente el Gran Arquitecto del Universo puede saber de qué forma los otros dos creerán haberlo leído, porque a nuestro entender, no hay, en todo el globo terráqueo, más de cien individuos por siglo (¡y aun así!) capaces de leer cualquier cosa, incluso etiquetas de botes de mostaza.

in embargo, ante el nombre de MILTON, en un minuto, se despertará en la mente del auditorio, la inevitable idea de que su obra es mucho MENOS interesante, desde el punto de vista positivo, que la de SCRIBE. Pero esa oscura reserva será tal, que aun concediendo mayor estima práctica a SCRIBE, la idea de cualquier paralelismo entre MILTON y este último les parecerá, instintivamente y a pesar de todo, como una comparación entre un cetro y un par de zapatillas, por pobre que haya sido MILTON, por más dinero que SCRIBE haya ganado, por desconocido que durante largo tiempo haya permanecido MILTON, por más universalmente conocido que ya sea SCRIBE.

En una palabra, puesto que la impresión que dejan los versos, aunque sean desconocidos, está asociada, para los oyentes, al nombre del autor, será como si hubiesen leído a MILTON. En efecto, al no existir la Literatura propiamente dicha como tampoco existe el Espacio puro, lo que se recuerda de un gran poeta es la Impresión de sublimidad que nos ha dejado, por y a través de su obra, antes que por la obra misma, y esta impresión, bajo el velo de los lenguajes humanos, trasciende incluso las traducciones más vulgares. Cuando, a propósito de una obra, se constata formalmente ese fenómeno, el resultado de esa constatación se llama: GLORIA.

Esto es lo que contestará nuestro poeta; podemos afirmarlo de antemano, incluso al tercer estado, ya que hemos interrogado a gente que se ha dedicado a la Poesía. Pues bien, ¡no dudaremos en responder, y a modo de conclusión, que esa fraseología de la que se trasluce una monstruosa vanidad, es tan vacía como el género de gloria que ella preconiza! ¿La impresión? ¿Qué es examinar, con una sincera simplicidad y por nosotros mismos, lo que es la Gloria! Queremos hacer el leal ensayo de la Gloria. (Nadie de entre la gente honorable y seria se preocuparía de soportar ni adquirir ésa de la que nos acaban de hablar.) ¡Aunque le ofrezcan una retribución! Así lo esperamos, al menos, para la sociedad moderna.

Vivimos en un siglo de progreso en el que, por emplear la expresión de una poeta (el gran Boileau), un gato es un GATO. Por tanto, versados en la universal experiencia del Teatro moderno, nosotros pretendemos que la Gloria se traduzca en signos y manifestaciones sensibles para todo el mundo. Y no en discursos huecos, más o menos solemnemente pronunciados. Somos de aquellos que no olvidan nunca que un tonel vacío resuena siempre mejor que uno lleno.

En resumen, nosotros constatamos y afirmamos que, cuanto más sacude una obra dramática el sopor público, provoca entusiasmos, levanta aplausos y más repercusión tiene, tanto más le rodean los mirtos y laureles; cuantas más lágrimas hace verter y carcajadas provoca, tanto más ejerce —por así decirlo, a la fuerza— una acción sobre la masa; cuanto más se impone, finalmente, tanto más reúne, por eso mismo, los síntomas ordinarios de la obra maestra y merece más, por consiguiente, la GLORIA. Negar esto sería negar la evidencia. Aquí no se trata de discutir, sino de basarse en hechos y cosas firmes. Apelamos a la conciencia del Público, el cual, ¡gracias a Dios!, no se contenta ni con palabras ni con frases. Y estamos seguros que es, en esto, de nuestra opinión.

La Máquina es tan potente que si es necesario podría hacer que la misma sala se derrumbase. El autor sería sepultado en su triunfo, como el joven capitán de Buch tras el asalto de Rávena por quien lloraron todas las mujeres. Es un trueno, una salva, una apoteosis de aclamaciones, de gritos, de bravi, de opiniones, de «Ua-uau», de ruidos de todo tipo, incluso inquietantes, de espasmos, de convicciones, de trepidaciones, de ideas y de gloria, que estalla por todas partes a la vez, en los pasajes más aburridos o más bellos de la obra, sin distinción. No hay incertidumbre posible.

Ocurre entonces el magnético fenómeno innegable que sanciona tal alboroto y le otorga su absoluta validez; ese fenómeno es la justificación de la Máquina de Gloria, y sin él, sería casi una mistificación. Helo aquí: es el gran punto, el rasgo excepcional, el cegador y genial rayo del invento de Bottom.

Recordemos ante todo, para captar mejor la idea de este genio, que a los particulares no les gusta criticar a la opinión pública. Lo propio de cada una de sus almas es estar convencidas, a pesar de todo, desde la cuna, de este axioma: Ese hombre TRIUNFA: por tanto, a despecho de tontos y envidiosos, es un espíritu glorioso y capaz. Imitémosle si podemos, y estemos a su lado, por si acaso, aunque no sea más que para que no se nos tenga por imbéciles.

Este es el oculto razonamiento, ¿no es cierto?, en la atmósfera de la sala.

El espectador, pues, por más frío que sea, al oír lo que ocurre en su entorno, se deja llevar fácilmente por el entusiasmo general. Es la fuerza de las cosas. Muy pronto le vemos aplaudir a rabiar y con confianza. Forma parte, como siempre, de la opinión de la Mayoría. Y haría entonces más ruido que la misma Máquina, si pudiera, por temor a hacerse notar.

¡De manera —y ésta es la solución del problema: un medio físico que alcanza un objetivo intelectual— que el éxito se convierte en una realidad!, ¡que la GLORIA está verdaderamente en la sala! ¡Y que el aspecto ilusorio de la Máquina Bottom desaparece, fusionándose, positivamente, con el resplandor de la Verdad!

Para prevenir cualquier incertidumbre, si la obra fuera un simple agota, o de algún patán baboso, cuya audición, hasta de una sola escena, fuera imposible, los aplausos no cesarían desde el alzado hasta la caída del telón. ¡Sin resistencia posible! Si fuera necesario, habría sillones preparados para los poetas comprobados y convencidos de su talento, para los recalcitrantes, en una palabra: la pila, al enviar su descarga a los brazos de las butacas sospechosas, haría aplaudir a la fuerza a sus ocupantes. Se diría: ¡Parece que esto es bueno porque Ellos mismos se ven OBLIGADOS a aplaudir!

Es ocioso añadir que si éstos representasen algún día (gracias a la intempestiva intervención —hay que preverlo todo— de algunos imprudentes jefes de Estado) sus obras sin cortes, sin ilustres colaboradores, ni intromisiones de directores, la Máquina, por una retroversión debida a la inagotable y verdaderamente providencial invención de Bottom, sabría vengar a las honestas gentes. Es decir, que, en lugar de cubrirla de gloria, esta vez, ella abuchearía, berrearía, silbaría, patearía, croaría, chillaría y aullaría de tal manera que sería imposible entender una sola palabra de la obra.

Nunca, desde la famosa noche de Tannhauser en la Opera de París, se habría escuchado cosa semejante. De esa forma, la buena fe de las personas de bien y sobre todo de la Burguesía, se vería sorprendida, como sucede, desgraciadamente, muy a menudo. La alerta sería dada en seguida, como antaño, en el Capitolio, cuando atacaron los Galos. Veinte Androidos salidos de los talleres de Edison, con bellos rostros, con una sonrisa discreta y entendida, con la condecoración elegida en la solapa, van agregados a la Máquina: en ausencia o indisposición de sus modelos, se les distribuiría en los palcos, con actitudes de profundo desprecio que darían el tono a los espectadores. Si, extraordinariamente, estos últimos intentaran rebelarse y quisieran oír, los autómatas gritarían:

¡Fuego!, lo que provocaría un mortal barullo de ahogo y de clamores reales. La «obra» no levantaría cabeza. En cuanto a la Crítica, no hay por qué preocuparse. Cuando la obra dramática fuera escrita por gente recomendable, por personas serias e influyentes, por notabilidades consecuentes y de peso, la Crítica —excepto algunos, insociables puros y cuyas voces, perdidas en el tumulto, no harían más que reforzar el estrépito—, estaría totalmente conquistada: rivalizaría en energía con la Máquina Bottom.

Además, los artículos críticos, confeccionados de antemano, son también competencia de la Máquina: su redacción está simplificada por una selección de todos los viejos clichés, revestidos y barnizados nuevamente, que son lanzados por empleados Bottom a semejanza del Molino de oración de los Chinos, nuestros precursores en todo lo referente al Progreso.

La Máquina Bottom reduce, más o menos de la misma manera, el trabajo de la Crítica: ahorra muchos sudores, muchas faltas de Gramática elemental, muchos despropósitos y frases vacías que se lleva el viento. Los folletinistas, amantes del dolce far niente, podrán negociar con el Barón a su llegada. Se asegura el más inviolable secreto, en caso de algún pueril amor propio. Hay un precio fijo, marcado en conocidas cifras, en el encabezamiento de los artículos; tanto por palabra de más de tres caracteres. Cuando el artículo es glorioso para el firmante, la gloria se paga aparte.

¡No hay comparación! ¿Qué son, hoy, las fuerzas del hombre ante las de una máquina? ¡Será, sobre todo, tras el fracaso del drama de un gran poeta, cuando los bienhechores efectos de esos artículos Bottom se podrán apreciar! ¡Ese sería el golpe de gracia! Como selecto surtido de las más decrépitas, tortuosas, nauseabundas, calumniosas y babosas vilezas, celebradas al salir de su cloaca natal, los artículos Bottom no dejarían al Público nada que desear. ¡Están totalmente preparados! ¡Producen una ilusión completa!

Por una parte, creeríamos leer artículos humanos sobre grandes personajes vivos; y, por otra, ¡qué venenoso acabado!, ¡que quintaesencia de abyección! Su aparición será, ciertamente, uno de los grandes éxitos del siglo. El Barón ha sometido algunos de los ejemplares a varios de nuestros más sutiles críticos.

La cámara central del Gran Teclado de la Máquina está situada bajo el hueco llamado, en teatro, la Concha del apuntador. Allí se sitúa el Encargado, que debe ser un hombre seguro, de una probada honorabilidad, y tener la apariencia de un guardia, por ejemplo. Bajo su mano tiene los interruptores y los conmutadores eléctricos, los reguladores, las probetas, las llaves de los tubos de gas proto y bióxido de azote, efluvios amoniacales y otros, los botones de resorte de las palancas, de las bielas y de los aparejos. El manómetro marca tanta presión, tantos kilogramos de inmortalidad. El contable suma y el Autor dramático paga la factura que le presenta una joven belleza, vestida de Fama y rodeada por una gloria de trompetas. Entonces, ella entrega al Autor, sonriendo, en nombre de la Posteridad, y con los resplandores de un fuego de Bengala oliva, color de Esperanza, le entrega, decíamos, como ofrenda, un busto que se le asemeja, garantizado, aureolado y laureado, todo ello en hormigón armado (sistema Coignet). ¡Todo esto puede hacerse por anticipado! ¡Antes de la representación!

Incluso si el Autor pretendiera que su gloria fuese, no solamente presente y futura, sino también pasada, el Barón ha previsto todo: la Máquina puede obtener resultados retroactivos. En efecto, unos conductos de gas hilarante, hábilmente distribuidos por los cementerios de primera categoría, deben, cada noche, hacer reír, a la fuerza, a nuestros abuelos en sus tumbas.

En suma, podemos afirmar que el enigma de la Gloria dramática moderna —tal y como la conciben las gentes de simple y buen sentido— ya está resuelto. La Gloria está, ahora, A SU ALCANCE.



Villiers de l'Isle-Adam
(1838-1889)




Relatos góticos. I Relatos de Villiers de l'Isle-Adam.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Villiers de l'Isle-Adam: La máquina de gloria (La machine à gloire), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cuentos crueles»: Villiers de l'Isle-Adam; libro y análisis


«Cuentos crueles»: Villiers de l'Isle-Adam; libro y análisis.




Cuentos crueles (Contes cruels) es una antología del escritor francés Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889), publicada en 1883.

Cuentos crueles es, en resumen, una espléndida colección de relatos de terror, en parte, inspirados en las obras de Edgar Allan Poe, en donde el autor critica de manera contundente la moral burguesa de su tiempo.

Es importante señalar que el burgués al que apunta Villiers en Cuentos crueles, según el mismo lo define en una carta a Mallarmé, refiere a ese individuo forjado por Voltaire y Rousseau; es decir, algo más que una simple categoría social, sino más bien un espíritu positivista, materialista, estrecho en términos imaginativos, pero sumamente exitoso en el ámbito social.

En este sentido, Villiers de L'Isle-Adam pretende encarnar el idealismo más puro y, por momentos, más grotesco, para llenar el vacío causado por la metafísica burguesa; y la mejor herramienta para derribar el sólido edificio filosófico del materialismo es, según él, la sátira.

Lo interesante de los Cuentos crueles es que, al igual que buena parte de los cuentos de Villiers de L'Isle-Adam, combinan cierto ideal estético del Romanticismo —aunque más cercano al Romanticismo Oscuro— con una especie de sensualidad grotesca, prácticamente desconocida hasta entonces, capaz de encontrar evidencias de belleza aún en los aspectos más siniestros y macabros de la naturaleza humana.

En este sentido, los Cuentos crueles son una muestra cabal del rechazo de Villiers de L'Isle-Adam por el arte de su tiempo, y lo hace desnudando algunas de sus obsesiones más profundas.

Los relatos recopilados en Cuentos crueles son sumamente distintos entre sí, aunque todos ellos poseen un denominador común: la crueldad.

Tal es así que Villiers, para reflejar la crueldad innata del ser, emplea un lenguaje crudo, sin adornos, y a veces de forma extremadamente cínica. La codicia, la estupidez y la superficialidad son sus objetivos principales. No obstante, los Cuentos crueles no se limitan únicamente a la crítica de su tiempo. Lejos de eso, lo fantástico, el horror, están fuertemente presente en cada uno de los relatos.

Estos son los relatos de Villiers de L'Isle-Adam que pueden encontrarse en esta formidable antología, la cual ponemos a disposición del lector debajo de la lista.

  • Cómo para confundirse (À s'y méprendre!)
  • El convidado de las últimas fiestas (Le Convive des dernières fêtes)
  • El duque de Portland (Duke of Portland)
  • Flores de tinieblas (Fleurs de ténèbres)
  • La máquina de gloria (La machine à gloire)
  • La reina Isabel (La Reine Ysabeau)
  • Recuerdos ocultos (Souvenirs occultes)
  • Sombrío relato, narrador aún más sombrío (Sombre récit, conteur plus sombre)
  • Vera (Véra)
  • Antonie (Antonie)
  • Aparato para el análisis químico del último suspiro (L'Appareil pour l'analyse chimique du dernier soupir)
  • Cuento de amor (Conte d'amour)
  • Dos augures (Deux augures)
  • El cabello (La Chevelure)
  • El desconocido (L'Inconnue)
  • El deseo de ser un hombre (Le Désir d'être un homme)
  • El heraldo (L'Annonciateur)
  • El intersigno (L'Intersigne)
  • El secreto de la música antigua (Le Secret de l'ancienne musique)
  • El tratamiento del doctor Tristán (Le Traitement du docteur Tristan)
  • Impaciencia de la multitud (Impatience de la foule)
  • La cena más hermosa del mundo (Le Plus Beau Dîner du monde)
  • Las damas de Bienfilâtre (Les Demoiselles de Bienfilâtre)
  • La vista celestial (L'Affichage céleste)
  • Los bandidos (Les Brigands)
  • Maryelle (Maryelle)
  • Sentimentalismo (Sentimentalisme)
  • Virginia y Paul (Virginie et Paul)
  • Vox Populi (Vox populi)



Cuentos crueles.
Contes cruels, Villiers de l'Isle-Adam (1838-1889)

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  • http://assets.espapdf.com/b/Philippe-Auguste%20Villiers%20de%20L%27Isle/Cuentos%20crueles%20(4011)/Cuentos%20crueles%20-%20Philippe-Auguste%20Villiers%20de%20L%27.pdf




Relatos góticos. I Relatos de Villiers de l'Isle-Adam.


El análisis y resumen del libro de Villiers de l'Isle-Adam: Cuentos crueles (Contes cruels), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

30 relatos más desagradables de la historia


30 relatos más desagradables de la historia.




La categoría es ambigua, por no decir dudosa, pero tanto el autor de esta colección de relatos fantásticos como los críticos que tuvieron la audacia de reseñarla, coinciden en afirmar la naturaleza desagradable de sus páginas.

Historias desagradables (Histoires désobligeantes) —a veces editada en español como Historias impertinentes— es una antología del escritor francés Léon Bloy (1846-1917), publicada en 1894.

Los 30 cuentos que integran la colección se enfocan en la criminalidad, las perversiones y obsesiones más oscuras del ser, convirtiéndose así en uno de los libros más importantes del movimiento decadentista.

Lo que distingue a Léon Bloy y sus Historias desagradables de otras antologías de autores malditos, como las de Villiers de L'Isle-Adam, E.A. Poe o el conde de Lautréamont, es su marcada ausencia de sensualidad, aún en su versión surrealista, por ejemplo, la que caracteriza al romanticismo y su faceta más sensual: la mitología de William Blake.

Las Historias desagradables son un canto al excremento, a lo pútrido, a lo corrupto, a lo nauseabundo: una especie de teología de lo negativo con ingredientes de una mórbida pero mística auto mortificación. En otras palabras: humor negro en su forma más exquisita.

Antes de pasar a los relatos propiamente dicho repasemos brevemente algunos de los temas principales que desarrolla Léon Bloy:


La Tisana: un madre cariñosa y católica planea el envenenamiento de su hijo para que éste no perturbe sus amoríos secretos.

La religión del señor Pleur: sobre un avaro ricachón que adora al dinero, literalmente, aunque públicamente proyecta una imagen desapegada de los placeres terrenales.

El viejo de la casa: un padre delincuente es asesinado por la hija que corrompió durante años.

Una mártir: una madre aparentemente sufrida le es infiel a su marido frente a su rostro, y aniquila a su hija y a su yerno como pago por oponerse a su católica voluntad.

Nadie es perfecto: un criminal de impecable trayectoria comete un error fatal, producto de su fanatismo religioso.

El terrible castigo de un dentista: historia de un sacamuelas que comete un crimen atroz para conquistar a una muchacha joven, quizá demasiado joven.

El más hermoso hallazgo de Caín: autorretrato donde Léon Bloy acuchilla su propia imagen adolescente.

¡Todo lo que quieras!: una hermana que educó su hermanito en las normas de la iglesia regresa, muchos años después de su desaparición, convertida en una prostituta arrepentida.

Una idea mediocre: sobre lo absurdo de la castidad monástica, casi como el retrato de una perversión institucional.

La llamada de la fosa: un fabricante de ataúdes, vivo pero sumergido en una estado de catalepsia, es incinerado por el hijo al que educó para que heredara su fortuna.

Al final de la lista con los 30 relatos desagradables de Léon Bloy daremos cuenta del más interesante de todos, a título personal: Los cautivos de Longjumeau; donde una pareja de aventureros, pretendidamente intrépidos, pasa veinte años planeando viajes y estudiando mapas sin abandonar nunca la casa que comparten.



Historias desagradables.
Histoires désobligeantes, Léon Bloy (1846-1917)
  • La Tisana (La Tisane)
  • El anciano de la mansión (Le Vieux de la Maison)
  • La religión de monsieur Pleur (La Religion de Monsieur Pleur)
  • El locutorio de las tarántulas (Le Parloir des Tarentules)
  • Proyecto de un discurso fúnebre (Projet d’Oraison funèbre)
  • Los cautivos de Longjumeau (Les Captifs de Longjumeau)
  • Una idea mediocre (Une Idée médiocre)
  • Dos fantasmas (Deux Fantômes)
  • El terrible castigo de un dentista (Terrible Châtiment d’un Dentiste)
  • El despertar de Alain Chartier (Le Réveil d’Alain Chartier)
  • Golpe de compasión (Le Frôleur compatissant)
  • El pasado de un señor (Le Passé du Monsieur)
  • ¡Todo lo que quieras! (Tout ce que tu voudras!)
  • La última borrachera (La dernière cuite)
  • El final de don Juan (La Fin de don Juan)
  • Una mártir (Une Martyre)
  • Una sospecha (Le Soupçon)
  • El teléfono de Calipso (Le Téléphone de Calypso)
  • Un novato (Une Recrue)
  • Sacrilegio perdido (Sacrilège raté)
  • ¡Va a explotar! (Le Torchon brûle!)
  • El revestimiento de plata (La Taie d’argent)
  • Un hombre bien alimentado (Un homme bien nourri)
  • Las habas (La Fève)
  • Sobre digestivo (Propos digestifs)
  • La llamada de la fosa (L’appel du Gouffre)
  • El gabinete de lectura (Le Cabinet de lecture)
  • No es perfecto (On n’est pas parfait)
  • Seamos razonables (Soyons raisonnables!)
  • Yocasta en la acera (Jocaste sur le trottoir)
  • El más bello hallazgo de Caín (La plus belle Trouvaille de Caïn)
  • El amigo de las bestias (L’ami des Bêtes)



Los cautivos de Longjumeau.
Les Captifs de Longjumeau, Léon Bloy (1846-1917)

El "Correo de Logjumeau" anunciaba ayer el deplorable fin de los dos Fourmi. Esa publicación, recomendada, con justicia, por la abundancia y la calidad de sus informaciones, se perdía en conjeturas sobre las causas misteriosas de la desesperación que acaba de empujar al suicidio a esos cónyuges que todo el mundo suponía felices.

Habiéndose casado muy jóvenes y encontrándose siempre, después de veinte años, en el día siguiente de la boda, no habían dejado la ciudad ni siquiera por un día.

Aliviados, gracias a la previsión de sus progenitores, de todas las preocupaciones de dinero que pueden envenenar la vida conyugal; ampliamente provistos, por el contrario, de cuanto es necesario para volver agradable un tipo de unión, sin duda legítimo, pero muy poco acorde con esa necesidad de vicisitudes amorosas que corroe de ordinario a los inconstantes seres humanos; realizaban, ante los ojos del mundo, el milagro de la ternura perpetua.

Una hermosa tarde de mayo, al día siguiente de la caída del señor Thiers, el tren de cercanías los había traído junto con sus padres, quienes venían a instalarlos en la deliciosa propiedad que debía cobijar su dicha. Los habitantes de Longjumeau, de corazón puro, vieron pasar con enternecimiento a esa bonita pareja que el veterinario comparó, sin dudar, con Paul y Virginie. En efecto, ese día lucían realmente muy bien y parecían ser los hijos pálidos de algún gran señor.

El señor Piécu, el más importante notario del cantón, había comprado para ellos, en la entrada de la ciudad, un nido de verdura que les hubiesen envidiado los muertos. El jardín, hay que reconocerlo, hacía pensar en un cementerio abandonado. Ese aspecto, sin duda, no les desagradó, ya que nunca hicieron cambios, y dejaron que las plantas creciesen en libertad. Para usar una frase profundamente original del señor Piécu, diré que vivieron en las nubes, sin ver casi a nadie, no por mala voluntad o desdén, sino simplemente porque la idea de hacerlo no se les ocurrió jamás. Hubiese sido necesario, además, que se soltasen el uno al otro durante algunas horas o algunos minutos, que interrumpiesen los éxtasis y, ¡ay!, tomando en cuenta la brevedad de la vida, a esos esposos fuera de lo común les faltaba coraje para hacer algo así.

Uno de los mayores hombres de la Edad Media, el maestro Johannes Tauler, cuenta la historia de un ermita al que un visitante inoportuno vino a pedirle un objeto que se encontraba en su celda. El ermita se sintió en la obligación de ir a buscarlo. Pero al entrar, olvidó de qué se trataba, ya que la imagen de las cosas exteriores no podía permanecer en su mente. Salió, pues, y rogó al visitante le dijese lo que quería. Este le reiteró su pedido. El ermita volvió a entrar pero antes de tomar el objeto, el mismo ya se había borrado de su memoria. Luego de unas cuantas experiencias, se encontró en la obligación de decirle al visitante inoportuno: Entre y busque usted mismo lo que necesita, puesto que yo no puedo acordarme de usted el tiempo necesario para hacer lo que me pide.

El señor y la señora Fourmi me han hecho pensar a menudo en ese ermita. Habrían dado con gusto todo lo que se les hubiese pedido si hubieran podido recordarlo tan sólo un instante.

Sus distracciones eran célebres; se hablaba de ellas hasta en Corbeil. No parecían, sin embargo, hacerlos sufrir; y la "funesta" resolución que terminó con su existencia que todos envidiaban tiene que parecer inexplicable.

Una carta, ya vieja, de ese desdichado Fourmi que yo conocía desde antes de su casamiento, me ha permitido reconstruir, por vía de inducción, toda su lamentable historia.

He aquí, pues, la carta. Se verá, quizás, que mi amigo no era ni un loco ni un imbécil.

"...Por décima o vigésima vez, querido amigo, faltamos a nuestra palabra, de manera imperdonable. Por grande que sea tu paciencia, supongo que debes estar cansado de invitarnos. La verdad es que esta última vez, tanto como las precedentes, no tenemos excusas ni mi mujer ni yo. Te habíamos escrito que podías contar con nosotros, y no teníamos absolutamente nada que hacer. Sin embargo, como siempre, perdimos el tren. Ya hace quince años que perdemos todos los trenes y todos los coches públicos, hagamos lo que hagamos. Es infinitamente estúpido, es atrozmente ridículo, pero comienzo a pensar que el mal no tiene remedio. Es una especie de cómica fatalidad de la cual somos víctimas. Contra ella nada es posible. Hemos llegado a levantarnos a las tres de la mañana o, incluso, a pasar la noche en vela para no perder el tren de las ocho, por ejemplo. Y bien, querido amigo, la chimenea se incendiaba a último momento, yo me torcía el tobillo en mitad del camino, el vestido de Juliette se enganchaba en algún arbusto, nos quedábamos dormidos en el sillón de la sala de espera, sin que la llegada del tren ni los gritos del empleado nos despertasen a tiempo, etc., etc. La última vez me olvidé el portamonedas.

"En fin, repito, esto dura desde hace ya quince años, y siento que es el comienzo de nuestra muerte. Por esta causa, no lo ignoras, lo he perdido todo, me he peleado con todo el mundo, paso por un monstruo de egoísmo, y mi pobre Juliette queda envuelta en la misma reprobación. Desde que llegamos a este lugar maldito, he faltado a setenta y cuatro entierros, a doce casamientos, a treinta bautismos, a unas mil visitas de cortesía o citas para gestiones indispensables. He dejado reventar a mi suegra sin volver a verla ni una sóla vez, a pesar de que estuvo enferma casi un año, lo que nos valió la pérdida de las tres cuartas partes de la sucesión que ella, rabiosamente, nos sustrajo, en un codicilo, la víspera de su muerte.

"No terminaría nunca si me pusiese a enumerar las metidas de pata y los malos tragos ocasionados por esta increíble circunstancia de no haber podido alejarnos nunca de Longjumeau. Para decirlo todo en pocas palabras, estamos cautivos, privados de toda esperanza, y vemos llegar el momento en el que esta condición de forzados terminará volviéndosenos insoportable..."

Suprimo el resto, en el que mi pobre amigo me confiaba cosas demasiado íntimas como para que pueda publicarlas; pero doy mi palabra de honor de que no era un hombre vulgar, que era digno de la adoración que su mujer profesaba por él, y que esos dos seres merecían mucho más que terminar tonta e indecentemente como terminaron.

Ciertas particularidades, para reservarme las cuales pido permiso, me hacen pensar que la infortunada pareja era realmente víctima de una maquinación tenebrosa del Enemigo de los hombres quien los condujo de la mano de un notario evidentemente infernal a ese rincón maléfico de Longjumeau de donde nada pudo arrancarlos.

Creo, realmente, que no podían huir, que había alrededor de su morada, un cordón de invisibles ejércitos seleccionados con cuidado para arremeter contra ellos, y contra los cuales ninguna energía hubiese capaz de prevalecer.

La señal para mí de una influencia diabólica es que a los Fourmi los devoraba la pasión de los viajes. Esos cautivos eran, por naturaleza, esencialmente migradores. Antes de unirse habían tenido sed de recorrer el mundo. Cuando todavían eran sólo novios, se los había visto en Enghien, en Choisy-le-Roi, en Meudon, en Clamart, en Montretout. Un día, incluso, llegaron hasta Saint-Germain.

En Longjumeau, que les parecía una isla de Oceanía, ese furor de exploraciones audaces, de aventuras por tierra y por mar, no había hecho sino exasperarse.

Su casa estaba abarrotada de globos terráqueos y de planisferios ; poseían atlas ingleses y atlas germánicos. Poseían, incluso, un mapa de la luna publicado en Gotha bajo la dirección de un ignorante pretencioso llamado Justus Perthes.

Cuando no hacían el amor, leían juntos las historias de navegantes famosos de las que su biblioteca estaba exclusivamente llena; y no existía un diario de viajes, un Tour du Monde o un Boletín de sociedad geográfica al que no estuviesen suscriptos. Guías de trenes y folletos de agencias marítimas les llegaban sin cesar.

Algo que costará creer: sus maletas estaban siempre listas. Siempre estuvieron a punto de partir, de emprender un interminable viaje a los países más lejanos, más peligrosos e inexplorados.

Recibí no menos de cuarenta telegramas anunciándome su inminente partida: hacia Borneo, Tierra del Fuego, Nueva Zelandia o Groenlandia.

Incluso, muchas veces, estuvieron a punto de hacerlo. Pero al fin no se marchaban; no se marcharon nunca, porque no podían y no debían marcharse. Los átomos y las moléculas se coaligaban para empujarlos hacia atrás.

Un día, sin embargo, hace unos diez años, creyeron realmente que se evadían. Contra toda esperanza, habían logrado subirse a un vagón de primera clase que debía llevarlos a Versalles. ¡Liberación! Allí, sin duda, se rompería, al fin, el círculo mágico.

El tren se puso en marcha, pero ellos no se movieron. Se habían metido, naturalmente, en un vagón destinado a permanecer en la estación. Había que recomenzarlo todo.

El único viaje que no debía fallarles era, evidentemente, el que acaban, desgraciadamente, de emprender; y su carácter bien conocido me induce a pensar que no se prepararon a llevarlo a cabo sino temblando.




Más antologías. I Libros extraños y lecturas extraordinarias.


Más literatura gótica:
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Relatos del decadentismo francés


Relatos del decadentismo francés.




Relatos del decadentismo francés (French Decadent Tales) es una colección de relatos franceses del decadentismo publicado en 2013.

Relatos del decadentismo francés retrata lo mejor de aquella corriente filosófica y artística que nació en Francia a finales del siglo XIX. Su denominación, decadentismo, fue propuesta como un término peyorativo por la crítica académica, paradójicamente adoptado por aquellos a quienes estaba destinado.

La propuesta del decadentismo puede entenderse como un enfrentamiento contra la moral, la ética y las costumbres burguesas. No busca luchar activamente por un cambio, sino que propone la evasión de la vida social al exaltar el heroísmo, el individualismo, a menudo retratado como un ser alienado, frágil, sacudido por extremos vendavales de sensibilidad y sensualidad.

El decadentismo presenta una mezcla de horror y perversidad, de humor y una fuerte mirada grotesca sobre el hombre y sus hábitos sociales.





Relatos del decadentismo francés.
French Decadent Tales.




Antologías. I Poemas del decadentismo.


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Relatos de terror de psicópatas.


Relatos de terror de psicópatas.




Psicomanía (Psycho-Mania!) es una colección de relatos de terror seleccionados por Stephen Jones, publicada en 2014.

Psicomanía reúne los mejores cuentos de terror de psicópatas de la mano de grandes autores del género macabro, entre ellos: E.A. Poe, Robert Bloch, Guy de Maupassant, Villiers de L'Isle-Adam, Brian Lumley y Ramsey Campbell.






Psicomanía: relatos de terror de psicópatas.
Psycho-Mania!
  • El corazón delator (The Tell-Tale Heart, E.A. Poe)
  • Atentamente, Jack el destripador (Yours Truly, Jack The Ripper, Robert Bloch)
  • El asesino (L'assassin, Guy de Maupassant)
  • El asesino de cisnes (Le tueur de cygnes, Auguste Villiers de L'Isle-Adam)
  • Conferencia del caso (Case Conference, John Llewellyn Probert)
  • Deja que mi sonrisa sea tu paraguas (Let My Smile Be Your Umbrella, Brian Hodge)
  • El colado (The Gatecrasher, R. Chetwynd-Hayes)
  • El dedo (The Finger, David J. Schow)
  • El hombre que fotografió a Beardsley (The Man Who Photographed Beardsley, Brian Lumley)
  • El otro negocio del funebrero (The Undertaker’s Sideline, Robert Silverberg)
  • El tembloroso cable vivo (The Trembling Living Wire, Scott Edelman)
  • El turno largo (The Long Shift, Joel Lane)
  • Esencia (Essence, Mark Morris)
  • Hollywood Hannah (Hollywood Hannah, Lisa Morton)
  • Hombre del suelo nocturno (Night Soil Man, David A. Sutton)
  • La hora verde (The Green Hour, Reggie Oliver)
  • La playa (The Beach, Michael Kelly)
  • La recompensa de Albano Pizar (The Recompensing Of Albano Pizar, Basil Copper)
  • Las leyes secretas del universo (The Secret Laws Of The Universe, Steve Rasnic Tem)
  • Mira como corren (See How They Run, Ramsey Campbell)
  • Modales (Manners, Conrad Williams)
  • Ojos calientes, ojos fríos (Hot Eyes, Cold Eyes, Lawrence Block)
  • Reflexiones sobr el proceso crítico (Reflections On The Critical Process, Mike Carey)
  • Te digo que es amor (I Tell You It’s Love, Joe R. Lansdale)
  • Veo veo (I Spy, Paul McAuley)
  • Voy a matarlos a todos (Got To Kill Them All, Dennis Etchison)




Antologías. I Relatos góticos.


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Relatos urbanos de terror


Relatos urbanos de terror.




El relato de terror a menudo nos ubica en escenarios agrestes, suburbanos, rurales, telúricos, tal vez porque las grandes ciudades son en sí mismas un ingrediente terrorífico que opaca la intervención de fantasmas, demonios y vampiros.

Recién a finales del siglo XIX, cuando las ciudades del mundo comenzaron poblarse exponencialmente a causa de la industralización, creando barrios marginales, dialectos, geografías, muchedumbres, fue cuando el relato de terror ya no necesitó ir más lejos para desarrollarse.

A continuación les dejamos los que a nuestro juicio son los mejores relatos urbanos de terror.




Relatos urbanos de terror.




Relatos de terror. I Relatos góticos.


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Relatos de terror de «Strand Magazine».


Relatos de terror de «Strand Magazine».




En la antología de hoy se agrupan los mejores relatos de terror de Strand Magazine, revista que apareció en el Reino Unido entre 1891 y 1950 con algo más de 700 ejemplares editados. Strand Magazine alcanzó una enorme popularidad casi desde su primer número, en la navidad de 1891. Los mejores autores del cuento fantástico y el relato de detectives aparecieron en sus páginas, entre ellos H.G. Wells, Agatha Christie, D.H. Lawrence, Edith Nesbit, W.W. Jacobs, Rudyard Kipling, Dorothy L. Sayers y Arthur Conan Doyle. Strand Magazine incluso puede jactarse de haber publicado el primer relato de Sherlock Holmes.

La masividad de Strand Magazine en el Reino Unido le permitió ciertas licencias, por ejemplo, un cuento escrito por Winston Churchill y algunos dibujos realizados por la reina Victoria.




Relatos de terror de Strand Magazine.
Strange Tales from the Strand.
  • El horror de las alturas (The Horror of the Heights, Arthur Conan Doyle)
  • El lago (The Tarn, Hugh Walpole)
  • La casa embrujada (The Haunted House, Edith Nesbit)
  • La tortura por la esperanza (La torture par l’espérance, Villiers de L'Isle-Adam)
  • ¡Boletos, por favor! (Tickets, Please!, D.H. Lawrence)
  • Como sucedió (How it Happened, Arthur Conan Doyle)
  • El caso de Roger Carboyne (The Case of Roger Carboyne, H. Greenhough Smith)
  • El espejo plateado (The Silver Mirror, Arthur Conan Doyle)
  • El guardián de su hermano (His Brother's Keeper, W.W. Jacobs)
  • El lagarto (The Lizzard, C. J. Cutcliffe Hyne)
  • El motor de Lord Beden (Lord Beden's Motor, J.B. Harris-Burland)
  • El poder de la oscuridad (The Power of Darkness, Edith Nesbit)
  • El vagón (The Railway Carriage, F. Tennyson Jesse)
  • Espectro blanco (White Spectre, B.L. Jacot)
  • Inexplicable (Inexplicable, L.G. Moberly)
  • La cámara profética (The Prophetic Camera, L. de Giberne Sieveking)
  • La campana (The Bell, Beverley Nichols)
  • La catástrofe del valle del Tames (The Thames Valley Catastrophe, Grant Allen)
  • La gripe negra (The Black Grippe, Edgar Wallace)
  • La historia del periódico de Brownlow (The Queer Story Of Brownlow’s Newspaper, H.G. Wells)
  • La maldición de Cavalanci (Cavalanci's Curse, Henry A. Hering)
  • La niebla (The Fog, Morley Roberts)
  • La orquesta de la muerte (The Orchestra of Death, Ianthe Jerrold)
  • Resurgam (Resurgam, Rina Ramsay)
  • Todo menos lleno (All But Empty, Graham Greene)
  • Un horrible estremecimiento (A Horrible Fright, T. Meade)




Antologías. I Relatos pulp.


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16 relatos de espíritus perturbados


16 relatos de espíritus perturbados.




Calificar de «perturbado» a un espíritu, además de constituir una inocua maniobra editorial, acaso se relaciona con la vasta bibliografía sobre relatos de fantasmas, aparecidos y otros obstinados entes sobrenaturales; cuyas antologías más conocidas acapararon los mejores títulos.

Esta colección de cuentos de fantasmas, titulada: Espíritus perturbados (Perturbed Spirits), nos ofrece 16 relatos de espíritus perturbados; historias que, por su parte, subrayan el carácter alienado de los revinientes, a menudo contrarios a las necesidades simples de demonios y vampiros en general.





Espíritus perturbados.
Perturbed Spirits.
  • El ojo invisible (The Invisible Eye, Erckmann-Chatrian)
  • El valle muerto (The Dead Valley, Ralph Adams Cram)
  • La doncella de D'y's (The Demoiselle D’y's, R.W. Chambers)
  • La nave abandonada (The Derelict, William Hope Hodgson)
  • Vera (Vera, Villiers De L’Isle Adam)
  • El demonio en el pantano (The Devil on the Marsh, H.B. Marriott Watson)
  • El hombre de la nariz (The Man with the Nose, Rhoda Broughton)
  • Fantasma del honor (Ghost of Honor, Pamela Hansford Johnson)
  • La chimenea (The Fireplace, Henry S. Whitehead)
  • La estación embrujada (The Haunted Station, Hume Nisbet)
  • La habitación perdida (The Lost Room, Fitz-James O’Brien)
  • La luz cadavérica (The Corpse Light, Dick Donovan)
  • La máscara de la muerte (The Death Mask, H.D. Everett)
  • La torre de Wolverden (Wolverden Tower, Grant Allen)
  • La tumba inquieta (The Unquiet Grave, F.M. Mayor)
  • Mortmain (Mortmain, John Metcalfe)




Antologías. I Relatos góticos.


El resumen y análisis del libro: Espíritus perturbados (Perturbed Spirits) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Correspondencias»: Villiers de L'Isle-Adam.


«Correspondencias»: Villiers de L'Isle-Adam.




Correspondencias (L'intersigne) es un relato fantástico del escritor francés Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889), publicado en la antología de 1883: Cuentos crueles (Contes cruels).

Correspondencias, uno de los grandes cuentos de Villiers de L'Isle-Adam, relata la historia de un hombre [el narrador] que le hace hace una sorpresiva visita a su viejo amigo, el abate Maucombe; quien parece alegrarse de verlo, aunque el ambiente durante la visita es inquietantemente espectral.




Correspondencias.
L'intersigne, Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)

Al señor abate Victor de Villiers de l’Isle-Adam

Una tarde de otoño en la que, junto a personas con opinión, tomábamos el té alrededor de un buen fuego, en casa de uno de nuestros amigos, el barón Xavier de la V... (pálido joven a quien las largas fatigas militares soportadas en África, siendo joven aún, le habían vuelto de una debilidad de carácter y de un salvajismo de costumbres poco común), la conversación recayó sobre un tema de lo más sombrío: se trataba de la naturaleza de esas coincidencias extraordinarias, asombrosas, misteriosas, que suceden en la existencia de algunas personas.

-He aquí una historia -nos dijo- que no acompañaré con ningún comentario. Es verídica. Quizás les parezca impresionante.

Encendimos unos cigarrillos y escuchamos el siguiente relato:

-En 1876, en el solsticio de otoño, en ese tiempo en que el número creciente de inhumaciones hechas a la ligera -demasiado precipitadas- comenzaba a revolver y alarmar a la Burguesía parisina, un cierto atardecer, hacia las ocho, a la salida de una sesión de espiritismo de las más curiosas, al volver a mi casa, me sentí bajo la influencia de ese tedio hereditario cuya negra obsesión desbarata y reduce a la nada los esfuerzos de la Facultad.

Por instigación doctoral he tenido que emborracharme en vano, muchas veces, con el brebaje de Avicena; en vano he intentado convertirme, bajo cualquier fórmula, en quintales de hierro y, pisoteando todos los placeres, he hecho descender, cual nuevo Robert d’Arbrissel, el mercurio de mis ardientes pasiones hasta la temperatura de los Samoyedas, ¡nada ha prevalecido! ¡Vamos! ¡Decididamente, parece que soy un personaje taciturno y oscuro! Pero ocurre que, bajo una apariencia nerviosa, yo debo de estar construido, como suele decirse, a cal y canto, puesto que aún soy capaz, después de tantas preocupaciones, de contemplar las estrellas. Así pues, esa noche, una vez en mi habitación, tras encender un cigarrillo con las velas del espejo, me di cuenta de que estaba mortalmente pálido y me sepulté en un amplio sillón, antiguo mueble de terciopelo granate acolchado, en el que el vuelo de las horas, en mis largos ensueños, me parece menos lento.

El ataque de tedio era insoportable hasta el malestar, ¡hasta el abatimiento! Y, como ninguna distracción mundana lograba apartarme de tales sombras -sobre todo en medio de las horribles preocupaciones de la capital- decidí, como prueba, alejarme de París, ir lejos a respirar un poco de naturaleza, entregarme a ejercicios fuertes, a algunas saludables partidas de caza, por ejemplo, para intentar distraerme.

Apenas acababa de tener tal pensamiento, en el mismo instante en que me decidí por esa línea de conducta, vino a mi memoria el nombre de un viejo amigo, olvidado desde hacía años:

-¡El abate Maucombe!... -dije, en voz baja.

Mi último encuentro con el sabio clérigo databa del momento de su partida para una larga peregrinación por Palestina. La noticia de su retomo me había llegado tiempo atrás. El humilde presbítero vivía en un pueblecito de la Baja Bretaña. ¿Dispondría allí Maucombe de una habitación cualquiera, de un cuchitril? Seguramente, ¿habría reunido en sus viajes muchos volúmenes antiguos? ¿Curiosidades del Líbano? ¿Los estanques que hay junto a las moradas vecinas esconderían, todavía, patos salvajes?... ¡Qué oportunidad!... Si yo quería disfrutar, antes de los primeros fríos, de la última quincena del mágico mes de octubre en aquellos rojizos roquedales, si aún pretendía ver resplandecer los largos atardeceres de otoño en las boscosas alturas, ¡debía apresurarme!

El reloj dio las nueve. Me levanté; sacudí la ceniza de mi cigarro. Después, como hombre decidido, me puse el sombrero, la hopalanda y los guantes; cogí mi maleta y mi escopeta, apagué las velas y salí, tras cerrar cuidadosamente y con triple vuelta la vieja cerradura secreta que es el orgullo de mi puerta. Tres cuartos de hora más tarde, el tren de la línea de Bretaña me llevaba hacia el pueblecito de Saint-Maur, donde estaba destinado el abate Maucombe; incluso había tenido tiempo, en la estación, de expedir una carta escrita a toda prisa, en la que prevenía a mi padre de mi partida. A la mañana siguiente estaba en R..., desde dónde sólo había unas dos leguas hasta Saint-Maur. Deseoso de pasar una buena noche (para poder utilizar mi escopeta desde el alba del día siguiente), y ya que toda siesta me parece capaz de atropellar la perfección de mi sueño nocturno, y para mantenerme despierto a pesar de mi fatiga, consagré mi jornada a visitar a varios antiguos compañeros de estudios. Hacia las cinco de la tarde, una vez cumplidos tales deberes, hice ensillar mi caballo en el Soleil d’Or, donde había permanecido, y, con las luces del crepúsculo, me encontré ante una aldea.

Mientras caminaba, había recordado al clérigo en cuya casa tenía la intención de detenerme durante algunos días. El lapso de tiempo que había transcurrido desde nuestra última entrevista, las excursiones, los acontecimientos ocurridos entre tanto y su aislamiento debían de haber modificado su carácter y su persona. Lo encontraría encanecido. Pero conocía la fortificante conversación del docto rector, y me confortaba pensar en las veladas que pasaríamos juntos.

-¡El abate Maucombe! -no cesaba de repetirme en voz baja-, ¡excelente idea!

Al preguntar por su residencia a los ancianos que apacentaban a los animales a lo largo de las cunetas, tuve la certeza de que el cura -como perfecto confesor de un Dios misericordioso- había ganado profundamente el afecto de sus feligreses y, cuando me indicaron el camino del presbiterio bastante alejado de la manzana de casuchas y chamizos que constituye el villorio de Saint-Maur, me dirigí hacia allí. Llegué.

El aspecto campestre de la casa, las ventanas y sus celosías verdes, los tres escalones de asperón, las hiedras, clemátides y las rosas de té que trepaban por los muros hasta el techo, de donde salía, por un tubo en forma de veleta, una pequeña humareda, me inspiraron ideas de recogimiento, de salud y de profunda paz. Los árboles de un prado vecino mostraban, a través de las cercas de un vallado, sus hojas enmohecidas por la exasperante estación. Las dos ventanas del único piso brillaban a la luz de Occidente; entre ellas mediaba una hornacina donde estaba situada la imagen de un santo. Silenciosamente, eché pie a tierra: até mi caballo al postigo y levanté la aldaba de la puerta, mientras lanzaba una mirada de viajero al horizonte, a mi espalda.

Pero éste brillaba de tal forma por encima de los lejanos bosques de encinas y de pinos salvajes donde los últimos pájaros volaban en el atardecer; en la lejanía, las aguas de un estanque cubierto de cañas reflejaban tan solemnemente el cielo, la naturaleza estaba tan hermosa, entre esos aires calmados, en ese campo desierto, en ese momento en que el silencio cae, que, sin soltar la aldaba suspendida en el aire, enmudecí.

-¡Oh, tú! -pensé-, que no encuentras el asilo de tus sueños y para quien la tierra de Canaán, con sus palmerales y sus aguas vivas, no aparece en medio de las auroras, tras haber caminado tanto bajo duras estrellas, viajero tan alegre al partir y ahora ensombrecido -corazón hecho para otros exilios que éstos cuya amargura compartes con malvados hermanos-, ¡mira! ¡Aquí puede uno sentarse en la piedra de la melancolía! ¡Aquí los sueños muertos resucitan, precediendo los momentos de la tumba! Si quieres tener un verdadero deseo de morir, acércate: aquí la visión del cielo exalta incluso el olvido.

Yo me encontraba en ese estado de laxitud en el que los sensibilizados nervios vibran a la menor excitación. Una hoja cayó a mi lado; su ruido furtivo me estremeció. ¡Y el mágico horizonte de esa tierra entró en mis ojos! Me senté, solo, delante de la puerta. Tras algunos instantes, como la tarde comenzara a refrescar, volví a la realidad. Me levanté apresuradamente y retomé la aldaba de la puerta contemplando la risueña casa. Pero, apenas la observé de nuevo distraídamente, me vi forzado a detenerme, preguntándome, esta vez, si no sería presa de alguna alucinación. ¿Era ésta la casa que yo acababa de ver? ¿Qué antigüedad denunciaban, ahora, sus largas grietas entre las pálidas hojas?

El edificio tenía un aire extraño; los ladrillos iluminados por los agónicos rayos del atardecer ardían con una intensa luz; el hospitalario portal me invitaba con sus tres escalones; pero al concentrar mi atención en las grises baldosas vi que acababan de ser pulidas, que aún quedaban señales de letras grabadas, y vi también que provenían del cementerio vecino, cuyas negras cruces se me aparecían, ahora, al otro lado, a un centenar de pasos. Y la casa me pareció tan cambiada que me producía escalofríos, y los ecos del lúgubre golpe de aldaba, que dejé caer en mi aprensión, resonaron, en el interior de la morada, como la vibración de un toque de difuntos.

Este tipo de visiones, que son más morales que físicas, se borran con facilidad. Sí, yo era víctima, sin dudarlo un segundo, de ese abatimiento intelectual que antes indiqué. Estaba tan ansioso por ver un rostro que, con su humanidad, me ayudase a disipar ese recuerdo, que empujé el picaporte sin esperar más. Entré. La puerta, movida por un resorte, se cerró sola, a mis espaldas. Me encontré en un largo corredor en cuyo extremo Nanon, el ama de llaves, vieja y alegre, bajaba las escaleras con una vela en la mano.

-¡Señor Xavier!... -exclamó ella, muy risueña al reconocerme.

-¡Buenas noches, mi Nanon! -le respondí, entregándole a toda prisa mi maleta y mi escopeta.

(Había olvidado mi hopalanda en la habitación del Soleil d’Or.)

Subí. Un minuto después, abracé a mi viejo amigo. La afectuosa emoción de las primeras palabras y el sentimiento de melancolía por el pasado nos oprimieron, al abate y a mí, durante algunos momentos. Nanon vino a traernos la lámpara y a anunciarnos la cena.

-Mi querido Maucombe -dije mientras le cogía el brazo para bajar-, la amistad intelectual es una cosa para toda la vida y veo que compartimos tal sentimiento.

-Es propio de espíritus cristianos que tienen una similitud divina muy cercana, -me respondió-. Sí. El mundo tiene creencias menos «razonables» por las cuales algunos partidarios sacrifican su vida, su felicidad, su deber. ¡Son fanáticos!, -acabó sonriendo-. Escojamos, como fe, la más útil, puesto que somos libres y nos convertimos en nuestra creencia.
-El hecho es -le respondí yo- que ya es muy misterioso que dos y dos sumen cuatro.

Pasamos al comedor. Durante la cena, el abate, tras haberme reprochado dulcemente el olvido al que lo había relegado durante tanto tiempo, me puso al corriente de las costumbres del pueblecito. Me habló de la región, y me contó dos o tres anécdotas referidas a sus hacendados vecinos. Me narró sus proezas personales en la caza y sus triunfos en la pesca: por decirlo todo, fue de una afabilidad y de una vivacidad encantadoras. Nanon, diligente servidora, se apresuraba, se multiplicaba a nuestro alrededor y su ancha cofia adquiría movimiento en sus alas. Como liase un cigarrillo mientras tomábamos el café, Maucombe, que era un antiguo oficial de dragones, me imitó; al sorprendernos el silencio de las primeras bocanadas en nuestros pensamientos, me puse a observar atentamente a mi anfitrión. Este sacerdote era un hombre de cuarenta y cinco años, más o menos, y de gran altura. Largos cabellos grises rodeaban con sus enrollados rizos su delgado y fuerte rostro.

Sus ojos brillaban con mística inteligencia. Sus rasgos eran regulares y austeros; su esbelto cuerpo resistía el paso de los años: sabía llevar la larga sotana. Sus palabras, llenas de ciencia y de dulzura, estaban sostenidas por una voz bien timbrada que provenía de unos excelentes pulmones. En fin, me parecía que poseía una salud vigorosa: los años lo había alterado muy poco.

Me hizo pasar a su pequeño salón biblioteca. La falta de sueño causada por un viaje, predispone al escalofrío; la noche era de un frío glacial, mensajero del invierno. Así que sentí cierto alivio cuando una brazada de sarmientos ardió, entre dos o tres leños, ante mis rodillas. Con los pies en los morillos, y acodados en nuestros sillones de cuero bruñido, hablamos, naturalmente, de Dios. Yo estaba cansado. Escuchaba sin responder.

-Para concluir -me dijo Maucombe levantándose-, nosotros estamos aquí para testimoniar, con nuestras obras, nuestras ideas, nuestras palabras y nuestra lucha contra la Naturaleza, para testimoniar si damos la talla.

Y terminó con una cita de Joseph de Maistre: «Entre el Hombre y Dios, sólo hay Orgullo.»

-A pesar de ello -le dije-, ¿acaso no tenemos nosotros el honor de existir (nosotros, los niños mimados de la Naturaleza) en un siglo ilustrado?

-Prefiramos la Luz de los siglos -me respondió sonriendo.

Habíamos llegado al rellano con las velas en las manos. Un largo pasillo paralelo al de abajo separaba mi habitación de la de mi anfitrión: insistió en instalarme él mismo. Entramos; miró si faltaba algo y cuando se acercó a mí para estrecharme la mano y darme las buenas noches, un vivo reflejo de mi vela cayó en su rostro. ¡Esta vez, me estremecí! ¿Era un agonizante quien estaba de pie, allí, cerca del lecho? ¡El rostro que estaba delante de mí no era, no podía ser, el rostro de la cena! O, al menos, si lo reconocía vagamente, me parecía que no lo había visto, realmente, sino en ese momento. Una única reflexión me hizo comprender: el abate me producía, humanamente, la segunda sensación que, por una oscura correspondencia, su casa me había hecho sentir. La cabeza que contemplaba era grave, muy pálida, de una palidez mortal, y las pupilas estaban cerradas. ¿Había olvidado mi presencia? ¿Rezaba? ¿Por qué se mantenía así?

Su persona estaba revestida de una solemnidad tan repentina que cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, un segundo después, el buen abate estaba todavía allí, ¡pero ahora sí que lo reconocía! ¡En buena hora! Su amistosa sonrisa disipaba en mí cualquier preocupación. Aquella impresión no había durado tanto como para hacerle una pregunta. Había sido una aprensión, una especie de alucinación.

Maucombe me deseó, por segunda vez, buenas noches y se retiró. Una vez solo pensé: «¡Un profundo sueño, eso es lo que necesito!» Excitado pensé en la Muerte; encomendé mi alma a Dios y me metí en la cama. Una de las particularidades de la extremada fatiga es la imposibilidad de conciliar el sueño inmediatamente. Todos los cazadores han sentido lo mismo. Es algo notorio. Yo esperaba dormir rápida y profundamente. Tenía puestas grandes esperanzas en una buena noche. Pero, al cabo de diez minutos, me fue preciso reconocer que el nervioso malestar no se dejaba adormecer. Oía tics-tacs, breves crujidos de la madera y de las paredes. Sin duda, relojes de muerte. Cada uno de los imperceptibles ruidos de la noche se correspondía, en todo mi ser, con una descarga eléctrica. Las negras ramas se agitaban con el viento, en el jardín. A cada momento, briznas de hiedra golpeaban mi ventana. Tenía un sentido auditivo comparable al de la gente que muere de hambre.

-He tomado dos tazas de café -pensé-. ¡Es eso!

Y, apoyándome en la almohada, me puse a contemplar, obstinadamente, la luz de la vela, colocada encima de la mesilla cercana. La miré con fijeza, por entre las pestañas, con esa intensa atención que la absoluta distracción del pensamiento da a la mirada. Una pequeña pila de agua bendita, de porcelana coloreada, con su rama de boj, estaba colgada en la cabecera de mi cama. Mojé mis párpados con agua bendita para refrescarlos, luego apagué la vela y cerré los ojos. El sueño se acercaba: la fiebre se apaciguaba. Iba a dormirme. Tres golpecitos secos, imperativos, sonaron en mi puerta.

-¡Eh! -me dije sobresaltado.

Entonces comprendí que mi primer sueño ya había comenzado. Ignoraba dónde me encontraba. Me creía en París. Algunos reposos producen esa clase de ridículos olvidos. Al haber perdido de vista, casi inmediatamente, la causa principal de mi despertar, me estiré voluptuosamente, en una completa inconsciencia de mi situación.

-A propósito -me dije a mí mismo de pronto-, pero, ¿han llamado? ¿Quién puede ser?...

En esa parte de mi frase vino a mi memoria la confusa y oscura noción de que ya no estaba en París sino en un presbiterio de Bretaña, en casa del abate Maucombe. En un abrir y cerrar de ojos, me encontré en medio de la habitación. Mi primera impresión, al mismo tiempo que la del frío en los pies, fue la de una viva luz. La luna llena brillaba, frente a la ventana, por encima de la iglesia, y, en el suelo, por entre las blancas cortinas, recortaba su ángulo de llama pálida y desierta. Era medianoche. Mis ideas eran mórbidas. ¿Qué sucedía?

La oscuridad era extraordinaria. Cuando me aproximaba a la puerta, un rayo de luz, que surgía del ojo de la cerradura, cayó en mi mano y en mi manga. Había alguien detrás de la puerta: realmente habían llamado. Sin embargo, a dos pasos del pomo, me detuve. Una cosa me parecía sorprendente: la naturaleza de la luz que recorría mi mano. Era una luz helada, sangrienta, que no iluminaba. Por otro lado, ¿cómo podía ser que no viera ningún rastro de luz bajo la puerta, en el corredor? ¡En verdad, lo que surgía del ojo de la cerradura me producía la impresión de la mirada fosforescente de un búho! En ese momento, fuera, el carillón de la iglesia, en medio del viento nocturno, dio la hora.

-¿Quién está ahí? -pregunté en voz baja.

La luz se apagó: iba a acercarme... Pero la puerta se abrió, totalmente, lenta y silenciosamente. Ante mí, en el pasillo, estaba, de pie, una figura alta y negra, un cura, con el sombrero en la cabeza. La luna lo iluminaba por completo, a excepción del rostro: sólo veía el fuego de sus pupilas que me observaban con una solemne fijeza. Un halo del otro mundo envolvía al visitante, su actitud oprimía mi alma. Paralizado por un terror que instantáneamente llegó al paroxismo, contemplé, en silencio, al desolador personaje. De pronto, el cura alzó el brazo, lentamente hacia mí. Me mostraba algo pesado y vago. Era una capa. Una gran capa negra, una capa de viaje. Me la tendía, ¡como si me la ofreciera!... Cerré los ojos para no verlo. ¡Oh! ¡No quería verlo! Pero un pájaro nocturno, con un espantoso grito, pasó entre nosotros, y el viento de su aleteo, al rozar mis párpados, me hizo reabrirlos.

Percibí que volaba por la habitación. Entonces -y con un estertor de angustia, porque las fuerzas me traicionaban impidiéndome gritar-, cerré la puerta con mis dos manos crispadas y extendidas y eché violentamente el cerrojo, ¡frenético y con los cabellos erizados!

Cosa extraña, me pareció que todo lo sucedido no provocaba ningún ruido. Era más de lo que mi organismo podía soportar. Me desperté. Estaba sentado en la cama, con los brazos estirados hacia delante; estaba helado, con la frente empapada de sudor; mi corazón golpeaba las paredes de mi pecho con grandes y sombríos latidos.

-¡Ah! -me dije-. ¡Qué sueño más espantoso!

Sin embargo, mi insuperable ansiedad persistía. Necesité más de un minuto antes de atreverme a mover el brazo para coger las cerillas: temía sentir que una mano tomase la mía en la oscuridad y me la estrechase amigablemente. Tuve un sobresalto al oír el chasquido de las cerillas en el hierro del candelabro. Encendí la vela. Al punto, me sentí mucho mejor; la luz, vibración divina, transforma los fúnebres entornos y nos consuela de los terrores. Decidí beber un vaso de agua fría para reponerme del todo y salí del lecho. Al pasar delante de la ventana, noté una cosa: la luna era exactamente igual a la de mi sueño, aunque no la hubiera visto antes de meterme en la cama; y, al ir, con la vela en la mano, a examinar la cerradura de la puerta, constaté que una vuelta de llave había sido dada desde dentro, cosa que yo no había hecho antes de dormirme.

Ante tales descubrimientos, miré a mi alrededor. Comencé a pensar que el asunto tenía un carácter bastante insólito. Me volví a acostar, me recosté, e intenté razonar, probándome a mí mismo que todo era un ataque de sonambulismo muy lúcido, pero esto me tranquilizaba cada vez menos. Sin embargo, el cansancio se apoderó de mí como una ola, acunó mis negros pensamientos y me durmió repentinamente en mi angustia. Cuando desperté, un sol espléndido iluminaba la habitación. Era una mañana radiante. Mi reloj, colgado en la cabecera del lecho, señalaba las diez. Porque, ¿hay algo mejor que el día, el sol radiante, para reconfortamos? ¡Sobre todo cuando se siente el exterior embalsamado y el campo lleno de una fresca brisa en los árboles, y las espinosas malezas, las cunetas cubiertas de flores totalmente húmedas por el rocío de la aurora!

Me vestí a toda prisa, sin acordarme del oscuro comienzo de mi última noche. Totalmente recuperado por reiteradas abluciones de agua fría, bajé. El abate Maucombe se encontraba ya en el comedor: sentado ante una mesa puesta, leía un periódico mientras me esperaba.

Nos estrechamos la mano.

-¿Has pasado una buena noche, mi querido Xavier? -me preguntó.

-¡Excelente! -respondí distraídamente (por costumbre y sin conceder la menor importancia a lo que yo decía).

La verdad es que tenía apetito: eso es todo. Apareció Nanon trayéndonos el desayuno. Mientras lo tomábamos, nuestra charla fue a la vez profunda y alegre: el hombre que vive santamente conoce la alegría y sabe comunicarla. De repente me acordé de mi sueño.

-A propósito, mi querido abate, recuerdo que he tenido esta noche un sueño singular, y de una rareza... ¿cómo podría expresarlo? Veamos... ¿sorprendente?, ¿pasmosa?, ¿terrorífica? Juzgue y escoja.

Y, mientras pelaba una manzana, comencé a narrarle con todo detalle la negra alucinación que había turbado mi primer sueno. En el momento en que había llegado al gesto del sacerdote al ofrecerme la capa, y antes de que hubiera iniciado esa frase, se abrió la puerta del comedor. Nanon, con esa familiaridad propia del ama de llaves de un cura, entró, como un rayo de sol, en nuestra conversación, e, interrumpiéndome, me entregó un papel.

-¡Aquí tiene una carta «urgente» que un campesino acaba de traer, hace un instante, para el señor! -dijo.

-¡Una carta! ¡Ya! -exclamé, olvidándome de mi historia-. Es de mi padre. ¿Cómo es posible? Mi querido abate, me permite que la lea, ¿no es cierto?

-¡Sin duda! -dijo el abate Maucombe, perdiendo también la historia de vista y sufriendo magnéticamente el interés que tomaba en la carta-: ¡sin duda!

La abrí. Así, la súbita irrupción de Nanon había desviado nuestra atención.

-Vaya -dije-, ¡qué gran contrariedad!: Apenas he llegado y ya me veo obligado a partir.

-¿Cómo? -preguntó el abate Maucombe, dejando su taza sin beber.

-Me ha escrito para que regrese a toda prisa, a causa de un proceso de gran importancia. Esperaba que no se viese la causa hasta diciembre: pero me avisa que se va a ver en la próxima quincena y como soy el único que puede ordenar los datos que nos harán ganar el juicio, tengo que ir... ¡Vaya!, ¡qué fastidio!

-¡Verdaderamente, es enojoso! -dijo el abate-; ¡muy enojoso! Al menos, prométeme que en cuanto ese asunto haya terminado... El gran negocio es la salvación: ¡yo esperaba servir para algo en lo referente a la tuya y te escapas! Yo que pensaba que el buen Dios te había enviado...

-Mi querido abate, -exclamé-, le dejo mi escopeta. Antes de tres semanas estaré de vuelta y, esa vez, si quiere, me quedaré algún tiempo.

-Ve, pues, en paz -dijo el abate Maucombe.

-¡Es que se trata de casi toda mi fortuna! -murmuré.

-¡La fortuna es Dios! -dijo simplemente Maucombe.
-Y mañana, cómo viviría yo si...

-Mañana, no se vive ya -respondió.

En seguida nos levantamos de la mesa, un poco consolados del contratiempo por la promesa de mi retorno. Fuimos a pasear por el jardín y a visitar las dependencias del presbiterio. Durante toda la jornada, el abate me mostró, con complacencia, sus pobres tesoros rurales. Luego, mientras leía su breviario, me fui, solitario, a los alrededores, para respirar con deleite el aire fresco y puro. Maucombe, a su vuelta, narró algo de su viaje a Tierra Santa; todo ello nos mantuvo ocupados hasta la hora del crepúsculo. Llegó la noche. Tras una frugal cena, le dije al abate Maucombe:

-Amigo mío, el express sale a las nueve en punto. Desde aquí a R... tengo una hora y media de camino. Necesito media hora para dejar el caballo en el albergue y pagar la posada; en total, dos horas. Son las siete: lo dejo ahora mismo.

-Te acompañaré un poco -dijo el sacerdote-: este paseo será saludable.

-A propósito -le dije yo preocupado-, esta es la dirección de mi padre (es donde resido en París), por si debemos escribirnos.

Nanon cogió la tarjeta y la depositó en una juntura del cristal. Tres minutos después, el abate y yo abandonábamos el presbiterio y avanzábamos por el camino. Yo tenía mi caballo cogido por la brida, como es lógico. Éramos ya dos sombras. Cinco minutos después de nuestra partida, una penetrante bruma, una llovizna fina y muy fría, arrastrada por una ráfaga de viento, golpeó nuestras manos y rostros. Me detuve.

-Mi viejo amigo -dije al abate-, ¡no!, decididamente, no puedo permitir esto. Su existencia es demasiado preciosa y esta humedad glacial es malsana. Vuelva. Esta lluvia podría empaparlo peligrosamente. Regrese, se lo ruego.

Al cabo de unos instante, el abate, pensando en sus fieles, se rindió a mis razonamientos.

-¿Tengo tu promesa, amigo mío? -me dijo.

Y como yo le tendiera la mano:

-¡Un momento! -añadió-, estoy pensando que aún tienes mucho camino que hacer y que esta bruma, en efecto, es penetrante.

Tuve un temblor. Estábamos el uno junto al otro, inmóviles, mirándonos fijamente como dos viajeros impacientes. En ese momento la luna se elevó por encima de los pinos, detrás de las colinas, iluminando los prados y los bosques en el horizonte. Ella nos bañó espontáneamente con su pálida y triste luz, con su llama desierta y blanca. Nuestras siluetas y la del caballo se dibujaron, enormes, en el camino. Y, por el lado de las viejas cruces de piedra, allá abajo, viejas cruces ruinosas que se alzan en ese cantón de Bretaña, aquéllas en las que se posan los funestos pájaros escapados del bosque de los Agonizantes, oí, a lo lejos, un espantoso grito: el áspero y alarmante falsete del grajo. Una lechuza de ojos de fósforo, cuya luz temblaba en una gran rama de una encina, se echó a volar y pasó entre nosotros, prolongando aquel grito.

-¡Vamos! -continuó el abate Maucombe-, estaré en mi casa en un minuto; así que ¡tome!, ¡tome esta capa! ¡Tengo mucho interés en ello... mucho! -añadió con un tono inolvidable-. Me la enviará con el sirviente de la posada que viene al pueblo todos los días... Se lo ruego.

El abate, mientras pronunciaba esas palabras, me tendía la negra capa. Yo no veía su rostro, a causa de la sombra que proyectaba la teja: pero distinguía sus ojos que me observaban con una solemne fijeza. Me echó la capa sobre los hombros, la abrochó con un aire tierno e inquieto, mientras yo, sin fuerzas, cerraba los párpados. Y aprovechando mi silencio, se marchó apresuradamente hacia su casa. En un recodo del camino, desapareció. Con una cierta fortaleza de ánimo, y también un poco maquinalmente, salté sobre el caballo. Luego permanecí inmóvil. Ahora yo estaba solo en el camino. Percibía los mil ruidos del campo. Al reabrir los ojos, vi el inmenso y lívido cielo en el que huían numerosas nubes sin brillo, escondiendo la luna, la naturaleza solitaria. A pesar de todo, me mantuve derecho y firme, aunque debía de estar tan blanco como el papel.

-¡Venga! -me dije-, ¡calma! Tengo fiebre y estoy sonámbulo. Eso es todo.


Intenté alzar los hombros: un peso secreto me lo impidió. Mas he aquí que, surgiendo del fondo del horizonte, de lo más profundo de esos bosques descritos, una bandada de quebrantahuesos, con gran aleteo, pasó, gritando horribles y desconocidas sílabas, por encima de mi cabeza. Se posaron en el tejado del presbiterio y del campanario, en la lejanía; y el viento me trajo sus tristes gritos. A fe mía que tuve miedo. ¿Por qué? ¿Quién me lo explicará algún día? Yo he visto el fuego; mi espada ha chocado con muchas otras; mis nervios están mejor templados, quizás, que los de los más flemáticos y más débiles: sin embargo, afirmo, muy humildemente, que en ese momento tuve miedo de verdad. Incluso he concebido cierta estima intelectual hacia mi mismo. Cualquiera no tiene miedo de esas cosas.

Así pues, en silencio, ensangrentaba los flancos del pobre caballo, y con los ojos cerrados, las riendas sueltas, los dedos crispados sobre las crines, la capa flotando detrás de mí, sentí que el galope del animal eran tan violento que iba rozando la tierra con su vientre: de vez en cuando mi sordo gruñido en su oreja le comunicaba, seguramente y por instinto, el supersticioso horror que me estremecía muy a mi pesar. De tal manera que llegamos al pueblo en menos de media hora. El sonido del adoquinado de las calles me hizo levantar la cabeza y respirar. ¡Casas!, ¡tiendas iluminadas! ¡Por fin veía rostros humanos tras los cristales! ¡Veía transeúntes! ¡Abandonaba el país de las pesadillas!

En la posada me instalé ante un buen fuego. La conversación de los carreteros me sumió en un estado semejante al éxtasis. Yo salía de la Muerte. Contemplé las llamas por entre mis dedos. Tragué un vaso de ron. Al fin recobraba el control de mis facultades. Sentía que había vuelto a la vida. Incluso estaba un poco avergonzado, digámoslo, por mi pánico. ¡Cómo me tranquilicé, cuando cumplí el encargo del abate Maucombe! ¡Con qué mundana sonrisa examiné la negra capa, al entregársela al posadero! La alucinación se había desvanecido. Yo hubiese sido, gustosamente, como dice Rabelais, «un buen compañero». La capa en cuestión no parecía tener nada de extraordinaria ni siquiera de particular, a no ser que era muy vieja e incluso estaba remendada, recosida, y forrada con una especie de extraña ternura. Una profunda caridad, sin duda, llevaba el abate Maucombe a dar como limosna el dinero de una capa nueva: al menos, así me explicaba yo la cuestión.

-¡Muy bien! -dijo el posadero-: el chico debe ir al pueblo en seguida: va a salir ya; al pasar entregará la capa en casa del señor Maucombe, antes de las diez.

Una hora después, en mi vagón, con los pies en el calentador, envuelto en mi reconquistada hopalanda, me decía, mientras encendía un buen cigarro y escuchaba el ruido del silbato de la locomotora:

-Decididamente, prefiero con mucho ese grito al de los búhos.

Debo confesar que me arrepentía de haber prometido que regresaría. Finalmente me dormí con un buen sueño, olvidando completamente lo que desde entonces yo debía considerar como una insignificante coincidencia. Tuve que detenerme seis días en Chartres para reunir las piezas que luego llevaron a la favorable conclusión del proceso. Por fin, con la mente llena de ideas de papeluchos y de ardides y bajo el abatimiento de mi enfermizo aburrimiento, volví a París, justo la tarde del séptimo día después de mi marcha del presbiterio. Llegué directamente a mi casa, hacia las nueve. Subí. Encontré a mi padre en el salón. Estaba sentado, junto a un velador, iluminado por una lámpara. Tenía una carta abierta en sus manos. Tras algunas palabras:

-¡Estoy seguro de que no sabes la noticia que me cuenta esta carta! -me dijo-: nuestro buen y viejo amigo el abate Maucombe murió tras tu partida.

Ante tales palabras sentí una conmoción.

-¡Qué! -respondí.

-Sí, muerto, anteayer, hacia medianoche, tres días después de que te marchases de su presbiterio, a causa de un frío que cogió en el camino. La carta es de la vieja Nanon. La pobre mujer parece tener la cabeza tan perdida, que incluso repite dos veces una misma frase... extraña... a propósito de una capa... ¡Léela tú mismo!

Me tendió la carta que anunciaba la muerte del santo sacerdote, en efecto, y leí estas simples líneas:


«Era muy feliz -decía él en sus últimas palabras-, porque en su último suspiro estaba envuelto y amortajado en la capa que había traído de su peregrinación por Tierra Santa, y que había tocado EL SANTO SEPULCRO.»

Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)




Relatos de Auguste Villiers de l'Isle-Adam. I Relatos góticos.


El resumen del cuento de Villiers de L'Isle-Adam: Correspondencias (Intersigne à l’abbé de Villers) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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