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¿Quién es Maldoror?: análisis de «Los Cantos de Maldoror».


¿Quién es Maldoror?: análisis de «Los Cantos de Maldoror».




[Propongo proclamar en voz alta y sin emoción el canto frío y grave que estáis a punto de escuchar]


¿Quién es Maldoror?

El poema nos dice que nació malo; que nunca se cortó las uñas para poder perforar más fácilmente el pecho de un niño y beber su sangre; que su aliento exhala veneno; que su frente tiene una tonalidad verdosa; que su rostro es como el de un horrible pez de aguas profundas; que vive solo en una cueva, aislado de la humanidad; que ronda por las noches envuelto de negro; que no ha dormido durante treinta años; que nació sordo pero que desarrolló la capacidad de oír; que está permanentemente tumescente; que se cambia de ropa dos veces por semana para salvar a la humanidad de morir de su hedor; que es capaz de cambiar de forma; que ama la «fría pureza de las matemáticas»; que ha asistido a las revoluciones y ha sido testigo mudo de cataclismos y desastres; que solo tiene un ojo en el centro de la frente; y finalmente, en el último Canto, se sugiere que Maldoror es el mismo Lucifer.

Pero no nos adelantemos, porque para saber exactamente quién es Maldoror debemos empezar por su hacedor.

Hijo de un diplomático francés, Isidore Lucien Ducasse [más conocido como Conde de Lautréamont], nació en 1846, en Montevideo, durante el Sitio que se extendería hasta 1851. Se crió entre el griterío de los degollados y los linchamientos. Las intrigas, el hambre, los ultrajes, marcaron a fuego su infancia. Su seudónimo prefigura el espíritu que reina sobre su obra. Se trata de una burla y también de una advertencia. En una época donde todos leían a Alejandro Dumas y su Conde de Montecristo, Isidore eligió llamarse Lautréamont, es decir, l'autre mont, «el otro monte», en referencia al barrio de Montmartre, tal vez para evidenciar su enfrentamiento filosófico con Cristo, con Dumas, o con ambos. Otros le asignan al seudónimo cierta nostalgia por el Uruguay. L'autre mont podría ser una alusión a Montevideo.

Isidore ingresó al Liceo Imperial de Tarbes, donde se desempeñó con mediocridad, aunque obtuvo menciones destacadas en el dibujo. Luego se inscribió en el Liceo de Pau hasta que, a los 19 años, viajó a París para cursar en la Escuela Politécnica. Uno de sus compañeros, Paul Lespes, se atrevió a dar un breve retrato de Isidore. Lo describió como un muchacho alto, delgadísimo, encorvado, de piel más bien pálida y cabellos largos que constantemente caían sobre su frente. Añade que su aspecto generaba cierta repulsión. Poco después de brindar este valioso testimonio, Paul Lespes, ya octogenario, falleció.

Sus compañeros veían a Isidore como un muchacho obstinado, incapaz de ceder en sus opiniones y, especialmente, en sus antipatías. Las constantes migrañas acentuaban su carácter irritable, al igual que las críticas de quienes eran incapaces de comprender sus versos sádicos, oscurecidos por un estilo que no siempre respetaba la sintaxis. Otros testimonios apoyan la suposición de que Isidore poseía un temperamento melancólico; pasaba largas horas en su pupitre, ausente, apoyado sobre los codos frente a un libro cuyas páginas se mantenían siempre estáticas.

La geografía lo arrancaba momentáneamente de su letargo, pero era la tragedia, sobre todo Edipo Rey, quien lograba conmoverlo a pesar de sus desacuerdos con Sófocles. Para Isidore, toda la historia se resumía en los gritos desaforados de Edipo, con las cuencas ya vacías, o llenas —según su perspectiva— «con dos armónicos coágulos de sangre». Sin embargo, Isidore lamentaba que Yocasta no hubiese tomado la decisión de matarse a la vista de los espectadores [ver: Lo que Sigmund Freud no te contó sobre el complejo de Edipo].

Maldoror vivía en Isidore Ducasse mucho antes de que comenzara a escribir los Cantos. Estaba en su actitud distante, en su semblante grave, desdeñoso, más arrogante que egoísta; estaba en los áridos debates con sus compañeros de retórica, estaba en sus ideas, en su estilo, en ese largo desfile de preocupaciones filosóficas que lo atormentaban.

En París intentó publicar la primera parte de Los Cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror) pero todos los editores con los que se contactó se negaron. Esa cobardía es comprensible. Se trata de una obra onírica, visceral, muy por encima de lo tolerable. Una lectura simple de Los Cantos de Maldoror puede generar la impresión de estar escarbando en los sótanos de una mente retorcida y, por momentos, genial. Una lectura más profunda confirma esa primera sospecha.

Para algunos filólogos suspicaces, la palabra Maldoror es una contracción de Mal d'Aurore [«mal de la aurora»]. Otros proponen que fue acuñada por Lautréamont a partir de los ecos las palabras francesas mal [«enfermedad», «mal»] y horreur [«horror»]. Si desempolvamos el Diccionario de Littre, cuya primera edición coincide con la primera publicación de los Cantos de Maldoror, encontramos la siguiente definición de la palabra mal:


[Lo que es contrario a la virtud, la probidad y el honor, lo que hiere, lo que lastima. Un símbolo de transgresión y dolor.]


De eso se tratan los Cantos de Maldoror, los cuales no solo son transgresores a partir de la fuerza de sus imágenes, sino también del desdibujamiento de los límites literarios tradicionales, como el género y la estructura, las relaciones entre el autor y el protagonista, y entre el lector y el texto. Maldoror, el protagonista, es un renegado de la creación, un sujeto «contrario a la virtud, la probidad y el honor», alguien alejado de Dios y de los hombres, un exiliado de la Creación por voluntad propia:


[Mi poesía consistirá únicamente en atacar por todos los medios al Hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que nunca debió engendrar semejante escoria.]


La lucha de Maldoror es contra lo que él denomina el «Gran Objeto Exterior», es decir, la Realidad. Interpretados de este modo, los Cantos de Maldoror simbolizan la lucha entre las posibilidades de lo imaginario y las limitaciones de la objetividad. Este antagonismo es un rasgo central del pensamiento de Isidore Ducasse. Maldoror no acepta siquiera su propia elección, sino que aborrece su condición de autoexiliado; es, en toda regla, un ser resentido contra Dios. Como buen luciferino, este sentimiento es dirigido hacia la obra más amada de Dios: el ser humano.

Este odio y resentimiento hacia Dios y el Hombre insinúa que Maldoror ha sufrido, y mucho, y que acaso los Cantos supuran de esa herida abierta; es decir, son una reacción de ira, humillación y desesperación. Desde el Satanás de Milton en El Paraíso Perdido (Paradise Lost), el mal y la sed de venganza no se habían cantado con tanto ímpetu como en Los Cantos de Maldoror [ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo]. Pero, ¿cuál es el origen de esta venganza? ¿Qué hizo Dios [¿a través del Hombre?] para ofender y humillar de este modo a Maldoror? No hay una respuesta definitiva aquí, pero es lícito suponer que esta es la venganza de un alma indignada porque Dios le ha impuesto una conciencia, y que además tiene que soportar el peso de esa conciencia en un cuerpo físico desfigurado. Maldoror, entonces, quiere vengarse porque es un marginado, un outsider.

La psicología, acostumbrada a extraer muestras aisladas del fango del subconsciente, acusa que el germen de este resentimiento sublimado puede hallarse en la figura de la madre del autor, Celestina Davezac Jacquette, quien se suicidó el 9 de diciembre 1847, cuando Isidore tenía un año y ocho meses de edad. A propósito, Ramón Gómez de la Serna elaboró una atinada defensa de Isidore Ducasse frente a las constantes acusaciones póstumas de locura:


[«Lautréamont es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Nosotros no estamos locos, pero podríamos estarlo. Con los Cantos él se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó».]


La fuerza poética del Conde Lautréamont compensa largamente su estilo sobrecargado, y su capacidad para evocar lo imposible, lo aberrante, es, y seguirá siendo, un motivo de regocijo para los amantes de lo grotesco [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

Hay que decir que los temores de aquellos editores franceses que se negaron a publicar a Lautréamont no eran infundados. Los Cantos de Maldoror glorifican la violencia, el sadismo, la blasfemia, la deshumanización y el asesinato. Una atmósfera funesta gravita sobre sus páginas, esparciéndose sobre todos los incautos que se interesaron en ellas, como don Prudencio Montagne, tal vez el último sobreviviente de los que conocieron personalmente a Isidore. Obsesionado con el libro, se suicidó colgándose de una sábana. Antes de tomar esa decisión presentó algunas evidencias [insustanciales] sobre la supuesta maldición que pesa sobre los Cantos de Maldoror. Se dice que don Prudencio conoció a Isidore en su casa natal, ubicada en la calle Camacuá, en Montevideo, donde actualmente se encuentra la Rambla Sud. Años después de la muerte del poeta, el sitio comenzó a atraer a los prostíbulos más rancios de la ciudad. Los Cantos de Maldoror ya lo habían profetizado:


[He hecho un pacto con la prostitución a fin de sembrar el desorden en las familias.]


La casa de la calle Camacuá pasó al olvido hasta que algunos poetas uruguayos iniciaron un largo periplo burocrático para rendirle tributo. Uno de ellos, Juan Welker [que además era diputado], presentó en 1926 un proyecto para que una calle de Montevideo llevase el nombre de Isidore. La propuesta se aprobó, aunque nunca fue ejecutada, tal vez porque al poco tiempo Welker murió loco.

Regresemos a Maldoror.

El protagonista de los Cantos es un ente diabólico que se ve a sí mismo como un baluarte frente al despotismo de Dios, el cual suele aparecer ridiculizado como el rey de un burdel. Dentro de esta estructura, lo asombroso se proyecta en gigantismos aterradores, mutaciones inconcebibles, objetos y animales que intercambian características y cualidades. Todo está permitido en el universo de Maldoror, justamente porque la imaginación no tiene barreras.


[«Quiera el cielo que el lector animoso encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma.»]


A pesar de su posición antagónica con respecto a Dios, Maldoror no recurre a la clásica artimaña luciferina: la mentira. De hecho, advierte al lector, lo obliga a involucrarse en la obra, pero también a tomar distancia frente al fenómeno poético. Maldoror comienza advirtiendo al lector que los Cantos lo afectará negativamente:


[«Las emanaciones mortales de este libro absorberán su alma como el azúcar absorbe el agua.»]


Esto no es un alarde retórico. El poder enfermizo de las imágenes que presentan los Cantos de Maldoror y el odio hacia toda la Creación [con algunas excepciones, como veremos más adelante] ciertamente resultan perturbadoras. No hace falta ser un lector particularmente sensible para sentirse asqueado y, al mismo tiempo, completamente fascinado e incapaz de desviar la mirada. En cierto modo, al cantar su dolor y odio con tanta lucidez, Maldoror está haciendo una catarsis, lo cual implica que está trasladando todas sus emociones negativas al lector. Maldoror, su Creador [Lautréamont] y el Hombre [el lector] estamos encerrados juntos en el mismo sótano oscuro [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano]

Sin embargo, en otro aspecto Maldoror regresa a la representación tradicional de Lucifer; porque si Maldoror es el diablo, desde su punto de vista, la utilidad de los Cantos debe radicar en su efecto venenoso y condenatorio sobre el lector. Es por eso que su voz nos invita a participar del espectáculo repulsivo de sus ideas, a deshacerlas, si así lo deseamos, pero sobre todo a aportar nuestras propias impresiones. Y si no estamos dispuestos a ser testigos del horror, alerta Maldoror, lo mejor que podemos hacer es dejar el libro y olvidarnos para siempre de él:


[«No es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán; solamente a algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de penetrar aún más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante.»]


Isidore Ducasse era un adolescente cuando comenzó a escribir los Cantos de Maldoror. La rebelión y el desprecio por los paradigmas los atraviesan de principio a fin. Maldoror sufre porque busca imponer lo imaginario sobre el mundo real, una utopía que lo aleja de sus congéneres, multiplicando así su sufrimiento. Su tono es apelativo, instiga al lector buscando arrancarlo de su lugar de comodidad. La estructura de la obra obedece al caos, pero a un caos aparente que no carece de orden ni de reglas estéticas internas.

A lo largo Los Cantos de Maldoror se sugiere que Maldoror es un retrato del Isidore, o al menos de su nome de guerre, Lautréamont. Por supuesto, aceptar esa sugerencia es riesgoso; como lectores, podríamos caer en la trampa de la ingenuidad. Además, el peligro de identificar a Maldoror con el autor no se ve mitigado por el hecho de no se sabe casi nada sobre Isidore; o quizás estemos entendiendo todo mal, y de hecho lo sepamos todo sobre el autor, que no dejó prácticamente ningún otro rastro de su existencia excepto Los Cantos de Maldoror. ¿Acaso hubiésemos conocido mejor a Isidore si supiésemos sus afinidades políticas, sus gustos gastronómicos, sus amoríos?

Lo dudo.

Las cosas no mejoran para el lector detectivesco que desee descubrir quién es Maldoror. Lautréamont emplea una deliberada inconsistencia en el uso de pronombres y puntos de vista. En algunas estrofas, Maldoror está siendo observado [o descrito] por alguien más [a veces se refiere a él burlonamente como «Nuestro Héroe»]; en otras, Maldoror presenta los acontecimientos desde su punto de vista [con en pronombre «yo»]. Este desdibujamiento de los límites incluso puede tener lugar en medio de una estrofa, en medio de una oración, sin advertencia ni explicación, y el lector debe estar alerta. Para no extraviarnos en el laberinto constantemente debemos preguntarnos: ¿Maldoror se está refiriendo a sí mismo en tercera persona, o Lautréamont se está refiriendo a su creación?

El propio Maldoror anticipa la confusión del lector al perderse en los Cantos:


[«Ya que la repulsión instintiva que se manifestó durante mis primeras páginas ha disminuido notablemente en profundidad, en razón inversa a tu aplicación a la lectura, debemos esperar que tu recuperación pronto haya llegado a sus etapas finales.»]


Maldoror incluso sugiere un remedio para aliviar a aquellos lectores cuya sensibilidad no les permita disfrutar de las rancias visiones y la desconcertante estructura de los Cantos. Este remedio consiste en arrancarle los brazos a tu madre y comértelos. Luego, después de llamar prostituta a nuestra hermana, Maldoror nos proporciona otra receta, esta vez de un brebaje para disfrutar y apreciar plenamente los Cantos:


[«Un recipiente lleno de grumos de pus blenorrágico en el que primero se disolvió un quiste ovárico piloso, un chancro folicular, un prepucio inflamado, desollado del glande por parafimosis, y tres babosas rojas.»]


Pero incluso Maldoror es un autor que imagina un lector ideal, en este caso, uno que «sepa unir el entusiasmo con una frialdad interna, un observador con disposición concentrada». Si formamos parte de esta descripción, Maldoror sostiene que nos encontrará dignos, y acaso perfectos, porque podremos comprender su obra. Paradójicamente, y como transgresión suprema de la relación tradicional entre lector y texto, los Cantos de Maldoror no quieren ser entendidos; de hecho, rechazan al lector constantemente.

Para generar este escenario macabro, grotescto y repugnante, los Cantos de Maldoror está lleno de imágenes que el autor extrajo directamente del Bosco, o bien de fotografías de guerra. En cierto modo, es una versión más moderna de los recursos clásicos de la literatura gótica, pero los eleva a una categoría completamente nueva de crueldad. Por ejemplo, en un Canto [a Freud le hubiese encantado esto], un joven es colgado de un árbol por el cabello mientras dos mujeres, que resultan ser su madre y su esposa, lo azotan brutalmente. En otro se nos ofrece una imagen de Dios sentado en un trono hecho de excremento y oro, comiéndose el cadáver de un hombre mientras sus pies están inmersos en un charco de sangre hirviendo en el que otros hombres nadan desesperadamente o se ahogan [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

La fauna en los Cantos de Maldoror abunda en gusanos, arañas, piojos y toda clase de insectos monstruosos devorándose mutuamente, devorando al Hombre o siendo devorados por él [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]. El crimonólogo aficionado encontrará innumerables asesinatos [la mayoría, extraordinariamente crueles] y cadáveres hinchados. El repertorio de horrores de Maldoror es inagotable. A esto se añaden toda clase de vejaciones [incluso a pequeños inocentes], destripamiento, tortura e impíos actos de bestialidad; y todo con una originalidad asombrosa [ver: Lo Siniestro en la ficción]. Si los Cantos de Maldoror fuesen un catálogo de crueldades, un manual de técnicas de depravación, sería el mejor de todos.

El horror de Maldoror es, sobre todo, físico. Abunda en descripciones de partes del cuerpo, fluidos y olores, sobre todo olores:


[«Ustedes que ahora me miran, retrocedan, porque mi aliento exhala veneno.»]


¿Acaso el nombre de Maldoror tiene algo que ver con la voz malodorus, «maloliente»? No necesariamente, pero no es descabellado pensar que Isidore haya jugado con esta similitud [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror Cósmico]

Esta es una combinación un tanto caprichosa, pero Maldoror [al menos para mí] es una mezcla entre el Marqués de Sade y Lovecraft [y una o dos gotas de Artaud, tal vez una pizca de Dostoievski]. Es fundamentalmente lovecraftiano al eliminar los elementos de la cultura y la civilización que, como seres humanos, consideramos importantes, y revela la verdadera base de la vida: el horror y la crueldad. De ahí al Horror Cósmico [que no es otra cosa que el descubrimiento de la insignificancia del ser humano en un cosmos vasto e indiferente] hay solo un paso [ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa]

Por otro lado, el único autor que se aproximó al grado de depravación de Maldoror fue el Marqués de Sade, pero Maldoror va más allá porque siempre se mantiene firme en el reino de la depravación; es decir, lo depravado no es para Maldoror una desviación de la norma, es la norma. Además, las perversiones de Sade se limitan a la fisicalidad, ya sea al dolor físico que somos capaces de inflingir, o de soportar; pero las crueldades de Maldoror trascienden las posibilidades humanas [que son muchas para el horror, pero dentro de una realidad con reglas físicas] y entran en el reino de lo surrealista:


[«Su ano es colonizado por un cangrejo, sus testículos han sido vaciados, secados y convertidos en una morada para dos simpáticos erizos.»]


Irónicamente, los Cantos de Maldoror son una obra profundamente religiosa, como toda obra atea. Maldoror no cree en Dios, sabe que Dios existe, y este saber no se sustenta en el amor sino en un odio absoluto hacia Dios.


[«El que esto canta no pretende que sus canciones sean nuevas. Por el contrario, se enorgullece al saber que todos los pensamientos elevados y perversos de su héroe residen dentro de todos los hombres. ¡Oh, si el universo en vez de ser un infierno hubiera sido un inmenso ano!»]


No todo es depravación en los Cantos de Maldoror. En tal caso, perderían eficacia y, de hecho, serían ilegibles. Sepultada en medio de las letras que componen el nombre de Maldoror [como entre los excrementos del trono de Dios], está la palabra oro. En efecto, entre los incesantes cánticos de odio y crueldad de los Cantos de Maldoror hay algunos que celebran algo positivo, algo bueno que Maldoror ama. El primero es el mar, que Maldoror adora porque el Hombre no ha podido sondear sus profundidades:


[«Me senté en una roca cerca del mar. Un barco acababa de zarpar de la orilla: un punto imperceptible había aparecido en el horizonte y se acercaba poco a poco, creciendo rápidamente, empujado por la borrasca. La tormenta iba a comenzar sus embestidas y el cielo ya estaba oscureciendo, convirtiéndose en una negrura casi tan espantosa como el corazón de un hombre.»]


Hay algo extraordinario aquí. Lleno de odio, Maldoror se coloca en una posición física para observar la destrucción del Hombre, pero para él esto no tiene ningún significado moral convencional. En otras palabras, Maldoror se coloca a sí mismo en el punto de vista físico, pero no moral, de un Dios vengador.


[«¡Oh, cielo! ¡Cómo se puede vivir después de probar tantas delicias! Me ha tocado la suerte presenciar la agonía de varios de mis semejantes.»]


En el paroxismo de la depravación, Maldoror se esfuerza por experimentar el dolor de los demás, y por eso disfruta de los sonidos que le llegan a través de las olas, como «los aullidos solitarios de un niño lactante». En su demencial intento por sentir y así disfrutar el sufrimiento de los demás, Maldoror se caga literalmente en el Romanticismo. Los románticos asumían que el sentido moral innato del hombre es la empatía [ver: Filosofía del Romanticismo]. Según esta filosofía, uno no tiene que esforzarse para experimentar lo que otro siente, lo hacemos automáticamente. Pero Maldoror, que no cree en la bondad innata del hombre, observa el dolor ajeno como si los demás fuesen especímenes de laboratorio. Tal es su falta de empatía que ni siquiera logra formarse una idea más o menos aproximada de esos tormentos [ver: El placer estético del Horror]

Por lo tanto, al escuchar los gemidos de los moribundos, Maldoror nos dice: «clavaría una punta de hierro en mi mejilla, pensando secretamente: ¡Sufren aún más!» Es decir, Maldoror está tan separado de los seres humanos que necesitaría inflingirse daño a sí mismo para tener una idea de los sufrimientos de los demás al compararlos con los suyos.

¿Acaso Maldoror se ve a sí mismo como algo más que humano?

Es probable; de hecho, asesina desapasionadamente a un sobreviviente que casi ha llegado a la orilla, convirtiéndose así en una especie de ejecutor de la naturaleza. Sin embargo, hay que tener cuidado de no simplificar demasiado el surrealismo y decadentismo de Lautréamont

La segunda celebración a algo que podríamos considerar positivo es la amistad, pero desde una perspectiva retorcida, porque Maldoror ha sido traicionado en el pasado por un amigo [el Creador], y se venga de él describiendo cómo se ha hecho amigo de alguien más [el Hombre] y luego lo ha traicionado de la manera más cruel.

No obstante, Maldoror tiene una amistad que no ha traicionado ni pervertido. Él y su amigo, Mario, van por la playa en dos caballos, inseparables. Encienden un fuego y comparten un manto, se convierten en el ángel de la tierra y el ángel del mar:


[«¿Qué se dicen dos corazones que se aman? Nada. Cada uno se interesa tanto por la vida del otro como por la suya.»]


El tercer gesto de amor de Maldoror es un himno al poder y la belleza de las matemáticas. Para Maldoror, las matemáticas son como él: frías, lógicas, inmutables, impersonales y eternas. De hecho, al referirse a las matemáticas emplea un tono que, en un autor piadoso, seguramente sería utilizado para describir a Dios. En este sentido, las matemáticas son la religión de Maldoror; y es con ellas que finalmente pudo destronar a su Creador y desenmascarar el mal que es la verdadera naturaleza del Creador. Curiosamente, en esta estrofa menciona de pasada a Descartes, lo que parece sugerir que quizás el Creador de Maldoror sea el demonio de Descartes, le dieu trompeur, «el dios engañoso» [ver: Descartes vs. Lovecraft: una astilla clavada en el cerebro].

El verdadero poder de los Cantos de Maldoror [y esto es todo subjetividad] está en el lenguaje. Maldoror describe sus crueldades en el francés más refinado [las versiones en español son buenas, pero la mejor es la de Guy Wernham al inglés]. De hecho, los Cantos son considerados como una de las grandes glorias del idioma francés. En segundo lugar, la sensibilidad de Maldoror es tan actual, moderna, que resuena en los conflictos psicológicos de nuestro tiempo, donde el dualismo entre mente y cuerpo es intrínsecamente problemático. En palabras del Hombre del Subsuelo [probablemente el personaje que guarda el mayor parecido psicológico con Maldoror, seguido bastante lejos por Manfred de Lord Byron y Melmoth de Charles Maturin]:


[«Siento que mi alma está encerrada con candado en mi cuerpo, y no puede liberarse para huir lejos de las costas batidas por el mar humano.»]


Maldoror es, digamos, menos terrenal que el Hombre del Subsuelo. Sin embargo, coincide con él en la idea de que su sensibilidad, en última instancia, es una condena, una herida:


[«Cuánto tiempo ha pasado desde que dejé de parecerme a mí mismo. Si existo, no soy otro. No admitiré ninguna pluralidad equívoca dentro de mí. Deseo morar solo dentro de mi razón íntima. Recibí la vida como una herida, y me he prohibido el suicidio para sanarla.»]


Finalmente, el valor cultural de los Cantos de Maldoror radica en su absoluta singularidad. No hay, ni habrá, ningún libro como este. Maldoror ha engendrado una multitud de imitadores, algunos de ellos verdaderos próceres de la literatura, como Huysmans y Bukowski, como los decadentes y los surrealistas, incluso prefigura el camino hacia el existencialismo de Camus y Kafka; pero, en realidad, ninguno de estos puede acercarse a Maldoror por una sencilla razón: la pura y abyecta intensidad de su escritura [ver: Apetito por la Repulsión]

León Bloy ensayó una acalorada crítica de los Cantos de Maldoror que los surrealistas transformarían en elogio. Sostuvo que era uno de los libros más monstruosos de la historia, y que el autor pagó su ofensa al morir encerrado en un manicomio de Bruselas. Lo cierto es que Isidore falleció a los veinticuatro años de edad en sus modestas habitaciones en la rue du Faubourg-Montmartre, el jueves 24 de noviembre de 1870. Se desconoce la causa de su muerte, para muchos, algún tipo de enfermedad infecciosa, posiblemente escarlatina. Otros sostienen que fue envenenado.

Pocos meses antes de morir, Isidore había mandado a imprimir, bajo su costo, la edición competa de los Cantos de Maldoror, una tirada de apenas diez ejemplares. Ciento treinta años después, en 2004, una ignota artista neoyorquina solicitó formalmente al estado de Francia un permiso oficial para contraer matrimonio póstumo con el poeta. La solicitud fue desestimada, a pesar de que en Francia existe una vieja ley por la cual el presidente posee la autoridad para oficializar casamientos civiles entre personas vivas y muertas.

El anonimato, la primera edición casi nula, el seudónimo del autor, su muerte prematura, la ausencia de datos biográficos confiables, pero sobre todo su fuerza arrasadora, hacen de los Cantos de Maldoror una obra indispensable en cualquier biblioteca de libros prohibidos.


[«Lector, quizá desees que invoque al odio en el comienzo de esta obra. ¿Quién dice que no has de aspirar, sumergido en infinitas voluptuosidades tanto cuanto quieras, con tus orgullosas ventanas nasales amplias y afiladas, volviéndote de vientre al modo de un tiburón en el aire hermoso y negro, como si comprendieras la importancia de ese acto y la importancia no menor de tu legítimo apetito, lenta y majestuosamente, las rojas emanaciones?»]


El cuerpo de Isidore Ducasse fue inhumado en el Cementerio de Montmartre. A finales de 1890 sus restos se perdieron para siempre, dispersos en el Osario de Pantin.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


Más literatura gótica:
El artículo: ¿Quién es Maldoror?: análisis de «Los Cantos de Maldoror» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Conde de Lautréamont: poemas destacados


Conde de Lautréamont: poemas destacados.




Isidore Lucien Ducasse —más conocido como el conde de Lautréamont (1846-1870)— fue uno de los grandes poetas malditos de su tiempo; de hecho, los poemas del conde Lautréamont se ganaron ese reconocimiento al utilizar casi todos los elementos de la literatura gótica con el objeto de hallar la belleza dentro de lo grotesco. A su vez, también podemos pensarlo como uno de los primeros surrealistas.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de los más destacados poemas del conde de Lautréamont.




Poemas del conde Lautréamont:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Conde de Lautréamont: poemas destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

30 relatos más desagradables de la historia


30 relatos más desagradables de la historia.




La categoría es ambigua, por no decir dudosa, pero tanto el autor de esta colección de relatos fantásticos como los críticos que tuvieron la audacia de reseñarla, coinciden en afirmar la naturaleza desagradable de sus páginas.

Historias desagradables (Histoires désobligeantes) —a veces editada en español como Historias impertinentes— es una antología del escritor francés Léon Bloy (1846-1917), publicada en 1894.

Los 30 cuentos que integran la colección se enfocan en la criminalidad, las perversiones y obsesiones más oscuras del ser, convirtiéndose así en uno de los libros más importantes del movimiento decadentista.

Lo que distingue a Léon Bloy y sus Historias desagradables de otras antologías de autores malditos, como las de Villiers de L'Isle-Adam, E.A. Poe o el conde de Lautréamont, es su marcada ausencia de sensualidad, aún en su versión surrealista, por ejemplo, la que caracteriza al romanticismo y su faceta más sensual: la mitología de William Blake.

Las Historias desagradables son un canto al excremento, a lo pútrido, a lo corrupto, a lo nauseabundo: una especie de teología de lo negativo con ingredientes de una mórbida pero mística auto mortificación. En otras palabras: humor negro en su forma más exquisita.

Antes de pasar a los relatos propiamente dicho repasemos brevemente algunos de los temas principales que desarrolla Léon Bloy:


La Tisana: un madre cariñosa y católica planea el envenenamiento de su hijo para que éste no perturbe sus amoríos secretos.

La religión del señor Pleur: sobre un avaro ricachón que adora al dinero, literalmente, aunque públicamente proyecta una imagen desapegada de los placeres terrenales.

El viejo de la casa: un padre delincuente es asesinado por la hija que corrompió durante años.

Una mártir: una madre aparentemente sufrida le es infiel a su marido frente a su rostro, y aniquila a su hija y a su yerno como pago por oponerse a su católica voluntad.

Nadie es perfecto: un criminal de impecable trayectoria comete un error fatal, producto de su fanatismo religioso.

El terrible castigo de un dentista: historia de un sacamuelas que comete un crimen atroz para conquistar a una muchacha joven, quizá demasiado joven.

El más hermoso hallazgo de Caín: autorretrato donde Léon Bloy acuchilla su propia imagen adolescente.

¡Todo lo que quieras!: una hermana que educó su hermanito en las normas de la iglesia regresa, muchos años después de su desaparición, convertida en una prostituta arrepentida.

Una idea mediocre: sobre lo absurdo de la castidad monástica, casi como el retrato de una perversión institucional.

La llamada de la fosa: un fabricante de ataúdes, vivo pero sumergido en una estado de catalepsia, es incinerado por el hijo al que educó para que heredara su fortuna.

Al final de la lista con los 30 relatos desagradables de Léon Bloy daremos cuenta del más interesante de todos, a título personal: Los cautivos de Longjumeau; donde una pareja de aventureros, pretendidamente intrépidos, pasa veinte años planeando viajes y estudiando mapas sin abandonar nunca la casa que comparten.



Historias desagradables.
Histoires désobligeantes, Léon Bloy (1846-1917)
  • La Tisana (La Tisane)
  • El anciano de la mansión (Le Vieux de la Maison)
  • La religión de monsieur Pleur (La Religion de Monsieur Pleur)
  • El locutorio de las tarántulas (Le Parloir des Tarentules)
  • Proyecto de un discurso fúnebre (Projet d’Oraison funèbre)
  • Los cautivos de Longjumeau (Les Captifs de Longjumeau)
  • Una idea mediocre (Une Idée médiocre)
  • Dos fantasmas (Deux Fantômes)
  • El terrible castigo de un dentista (Terrible Châtiment d’un Dentiste)
  • El despertar de Alain Chartier (Le Réveil d’Alain Chartier)
  • Golpe de compasión (Le Frôleur compatissant)
  • El pasado de un señor (Le Passé du Monsieur)
  • ¡Todo lo que quieras! (Tout ce que tu voudras!)
  • La última borrachera (La dernière cuite)
  • El final de don Juan (La Fin de don Juan)
  • Una mártir (Une Martyre)
  • Una sospecha (Le Soupçon)
  • El teléfono de Calipso (Le Téléphone de Calypso)
  • Un novato (Une Recrue)
  • Sacrilegio perdido (Sacrilège raté)
  • ¡Va a explotar! (Le Torchon brûle!)
  • El revestimiento de plata (La Taie d’argent)
  • Un hombre bien alimentado (Un homme bien nourri)
  • Las habas (La Fève)
  • Sobre digestivo (Propos digestifs)
  • La llamada de la fosa (L’appel du Gouffre)
  • El gabinete de lectura (Le Cabinet de lecture)
  • No es perfecto (On n’est pas parfait)
  • Seamos razonables (Soyons raisonnables!)
  • Yocasta en la acera (Jocaste sur le trottoir)
  • El más bello hallazgo de Caín (La plus belle Trouvaille de Caïn)
  • El amigo de las bestias (L’ami des Bêtes)



Los cautivos de Longjumeau.
Les Captifs de Longjumeau, Léon Bloy (1846-1917)

El "Correo de Logjumeau" anunciaba ayer el deplorable fin de los dos Fourmi. Esa publicación, recomendada, con justicia, por la abundancia y la calidad de sus informaciones, se perdía en conjeturas sobre las causas misteriosas de la desesperación que acaba de empujar al suicidio a esos cónyuges que todo el mundo suponía felices.

Habiéndose casado muy jóvenes y encontrándose siempre, después de veinte años, en el día siguiente de la boda, no habían dejado la ciudad ni siquiera por un día.

Aliviados, gracias a la previsión de sus progenitores, de todas las preocupaciones de dinero que pueden envenenar la vida conyugal; ampliamente provistos, por el contrario, de cuanto es necesario para volver agradable un tipo de unión, sin duda legítimo, pero muy poco acorde con esa necesidad de vicisitudes amorosas que corroe de ordinario a los inconstantes seres humanos; realizaban, ante los ojos del mundo, el milagro de la ternura perpetua.

Una hermosa tarde de mayo, al día siguiente de la caída del señor Thiers, el tren de cercanías los había traído junto con sus padres, quienes venían a instalarlos en la deliciosa propiedad que debía cobijar su dicha. Los habitantes de Longjumeau, de corazón puro, vieron pasar con enternecimiento a esa bonita pareja que el veterinario comparó, sin dudar, con Paul y Virginie. En efecto, ese día lucían realmente muy bien y parecían ser los hijos pálidos de algún gran señor.

El señor Piécu, el más importante notario del cantón, había comprado para ellos, en la entrada de la ciudad, un nido de verdura que les hubiesen envidiado los muertos. El jardín, hay que reconocerlo, hacía pensar en un cementerio abandonado. Ese aspecto, sin duda, no les desagradó, ya que nunca hicieron cambios, y dejaron que las plantas creciesen en libertad. Para usar una frase profundamente original del señor Piécu, diré que vivieron en las nubes, sin ver casi a nadie, no por mala voluntad o desdén, sino simplemente porque la idea de hacerlo no se les ocurrió jamás. Hubiese sido necesario, además, que se soltasen el uno al otro durante algunas horas o algunos minutos, que interrumpiesen los éxtasis y, ¡ay!, tomando en cuenta la brevedad de la vida, a esos esposos fuera de lo común les faltaba coraje para hacer algo así.

Uno de los mayores hombres de la Edad Media, el maestro Johannes Tauler, cuenta la historia de un ermita al que un visitante inoportuno vino a pedirle un objeto que se encontraba en su celda. El ermita se sintió en la obligación de ir a buscarlo. Pero al entrar, olvidó de qué se trataba, ya que la imagen de las cosas exteriores no podía permanecer en su mente. Salió, pues, y rogó al visitante le dijese lo que quería. Este le reiteró su pedido. El ermita volvió a entrar pero antes de tomar el objeto, el mismo ya se había borrado de su memoria. Luego de unas cuantas experiencias, se encontró en la obligación de decirle al visitante inoportuno: Entre y busque usted mismo lo que necesita, puesto que yo no puedo acordarme de usted el tiempo necesario para hacer lo que me pide.

El señor y la señora Fourmi me han hecho pensar a menudo en ese ermita. Habrían dado con gusto todo lo que se les hubiese pedido si hubieran podido recordarlo tan sólo un instante.

Sus distracciones eran célebres; se hablaba de ellas hasta en Corbeil. No parecían, sin embargo, hacerlos sufrir; y la "funesta" resolución que terminó con su existencia que todos envidiaban tiene que parecer inexplicable.

Una carta, ya vieja, de ese desdichado Fourmi que yo conocía desde antes de su casamiento, me ha permitido reconstruir, por vía de inducción, toda su lamentable historia.

He aquí, pues, la carta. Se verá, quizás, que mi amigo no era ni un loco ni un imbécil.

"...Por décima o vigésima vez, querido amigo, faltamos a nuestra palabra, de manera imperdonable. Por grande que sea tu paciencia, supongo que debes estar cansado de invitarnos. La verdad es que esta última vez, tanto como las precedentes, no tenemos excusas ni mi mujer ni yo. Te habíamos escrito que podías contar con nosotros, y no teníamos absolutamente nada que hacer. Sin embargo, como siempre, perdimos el tren. Ya hace quince años que perdemos todos los trenes y todos los coches públicos, hagamos lo que hagamos. Es infinitamente estúpido, es atrozmente ridículo, pero comienzo a pensar que el mal no tiene remedio. Es una especie de cómica fatalidad de la cual somos víctimas. Contra ella nada es posible. Hemos llegado a levantarnos a las tres de la mañana o, incluso, a pasar la noche en vela para no perder el tren de las ocho, por ejemplo. Y bien, querido amigo, la chimenea se incendiaba a último momento, yo me torcía el tobillo en mitad del camino, el vestido de Juliette se enganchaba en algún arbusto, nos quedábamos dormidos en el sillón de la sala de espera, sin que la llegada del tren ni los gritos del empleado nos despertasen a tiempo, etc., etc. La última vez me olvidé el portamonedas.

"En fin, repito, esto dura desde hace ya quince años, y siento que es el comienzo de nuestra muerte. Por esta causa, no lo ignoras, lo he perdido todo, me he peleado con todo el mundo, paso por un monstruo de egoísmo, y mi pobre Juliette queda envuelta en la misma reprobación. Desde que llegamos a este lugar maldito, he faltado a setenta y cuatro entierros, a doce casamientos, a treinta bautismos, a unas mil visitas de cortesía o citas para gestiones indispensables. He dejado reventar a mi suegra sin volver a verla ni una sóla vez, a pesar de que estuvo enferma casi un año, lo que nos valió la pérdida de las tres cuartas partes de la sucesión que ella, rabiosamente, nos sustrajo, en un codicilo, la víspera de su muerte.

"No terminaría nunca si me pusiese a enumerar las metidas de pata y los malos tragos ocasionados por esta increíble circunstancia de no haber podido alejarnos nunca de Longjumeau. Para decirlo todo en pocas palabras, estamos cautivos, privados de toda esperanza, y vemos llegar el momento en el que esta condición de forzados terminará volviéndosenos insoportable..."

Suprimo el resto, en el que mi pobre amigo me confiaba cosas demasiado íntimas como para que pueda publicarlas; pero doy mi palabra de honor de que no era un hombre vulgar, que era digno de la adoración que su mujer profesaba por él, y que esos dos seres merecían mucho más que terminar tonta e indecentemente como terminaron.

Ciertas particularidades, para reservarme las cuales pido permiso, me hacen pensar que la infortunada pareja era realmente víctima de una maquinación tenebrosa del Enemigo de los hombres quien los condujo de la mano de un notario evidentemente infernal a ese rincón maléfico de Longjumeau de donde nada pudo arrancarlos.

Creo, realmente, que no podían huir, que había alrededor de su morada, un cordón de invisibles ejércitos seleccionados con cuidado para arremeter contra ellos, y contra los cuales ninguna energía hubiese capaz de prevalecer.

La señal para mí de una influencia diabólica es que a los Fourmi los devoraba la pasión de los viajes. Esos cautivos eran, por naturaleza, esencialmente migradores. Antes de unirse habían tenido sed de recorrer el mundo. Cuando todavían eran sólo novios, se los había visto en Enghien, en Choisy-le-Roi, en Meudon, en Clamart, en Montretout. Un día, incluso, llegaron hasta Saint-Germain.

En Longjumeau, que les parecía una isla de Oceanía, ese furor de exploraciones audaces, de aventuras por tierra y por mar, no había hecho sino exasperarse.

Su casa estaba abarrotada de globos terráqueos y de planisferios ; poseían atlas ingleses y atlas germánicos. Poseían, incluso, un mapa de la luna publicado en Gotha bajo la dirección de un ignorante pretencioso llamado Justus Perthes.

Cuando no hacían el amor, leían juntos las historias de navegantes famosos de las que su biblioteca estaba exclusivamente llena; y no existía un diario de viajes, un Tour du Monde o un Boletín de sociedad geográfica al que no estuviesen suscriptos. Guías de trenes y folletos de agencias marítimas les llegaban sin cesar.

Algo que costará creer: sus maletas estaban siempre listas. Siempre estuvieron a punto de partir, de emprender un interminable viaje a los países más lejanos, más peligrosos e inexplorados.

Recibí no menos de cuarenta telegramas anunciándome su inminente partida: hacia Borneo, Tierra del Fuego, Nueva Zelandia o Groenlandia.

Incluso, muchas veces, estuvieron a punto de hacerlo. Pero al fin no se marchaban; no se marcharon nunca, porque no podían y no debían marcharse. Los átomos y las moléculas se coaligaban para empujarlos hacia atrás.

Un día, sin embargo, hace unos diez años, creyeron realmente que se evadían. Contra toda esperanza, habían logrado subirse a un vagón de primera clase que debía llevarlos a Versalles. ¡Liberación! Allí, sin duda, se rompería, al fin, el círculo mágico.

El tren se puso en marcha, pero ellos no se movieron. Se habían metido, naturalmente, en un vagón destinado a permanecer en la estación. Había que recomenzarlo todo.

El único viaje que no debía fallarles era, evidentemente, el que acaban, desgraciadamente, de emprender; y su carácter bien conocido me induce a pensar que no se prepararon a llevarlo a cabo sino temblando.




Más antologías. I Libros extraños y lecturas extraordinarias.


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Casarse con un muerto: sobre el matrimonio post-mortem


Casarse con un muerto: sobre el matrimonio post-mortem.




¿Es posible contrarr matrimonio con una persona muerta? La respuesta, por asombrosa que parezca, es si. De hecho, existe una cifra bastante elevada de matrimonios post-mortem debidamente certificados.

La diferencia entre una persona viva y otra muerta es evidente, aunque jurídicamente compartan algunos derechos, entre ellos, el derecho a contraer matrimonio. Uno de los casos más recientes de matrimonio post-mortem se produjo en Francia, más precisamente en Dizy-le-Gros, un pequeño pueblo de alrededor de 1000 habitantes.

Allí, una joven llamada Karen pudo concretar el gran sueño de su vida: casarse con su novio, Anthony. La boda se celebró con algunos detalles poco habituales, entre ellos, que Anthony, el novio, habia fallecido dos años antes en un accidente automovilístico.

La legislación francesa es la única en Occidente que permite que una persona muerta y otra vida, o bien dos personas muertas, contraigan matrimonio legalmente. La ley que lo garantiza es el artículo 171 del Código Civil Francés.

Ahora bien, los matrimonios post-mortem no son fáciles de concretar. La única persona en toda Francia capaz de autorizarlo es nada menos que el presidente. Citamos parte del artículo 171 del código Civil Francés:


[«El Presidente de la República puede, por motivos graves, autorizar la celebración del matrimonio si uno de los futuros esposos falleció luego de haber cumplimentado formalidades oficiales que indicaban inequívocamente su consentimiento. En tal caso, los efectos del matrimonio son retroactivos a la fecha del día precedente al deceso del cónyuge. Sin embargo, tal matrimonio no entraña ningún derecho de sucesión ab-intestato en beneficio del esposo sobreviviente reputándose además que no existió ningún régimen matrimonial entre los esposos.»]


Esta antigua ley, que se creía en desuso, volvió a aplicarse cuando el presidente Nicolás Sarkozy autorizó la boda entre Karen y Anthony, generando un revuelo considerable.

El matrimonio post-mortem no se encuentra contemplado en ningún otro cuerpo legal occidental fuera de Francia. Este dato podría sugerir que semejante rareza jurídica, aún dentro de Francia, debe ser algo insual. Sin embargo, el promedio de bodas póstumas alcanza la cifra de 50 matrimonios anuales.

Existen varios casos conocidos de matrimonios entre personas vivas y muertas. Su origen, al menos en teoría, está relacionado con la guerra; es decir, con la muerte de soldados en distintos conflictos a través de la historia y cuya finalidad era darle un marco legal a sus parejas e hijos, que de otro modo serían considerados ilegítimos.

Si el matrimonio post-mortem resulta una verdadera rareza jurídica, ¿qué decir del divorcio póstumo?

En Alemania, por ejemplo, existía la figura del matrimonio con caídos, el leichentrauung, que no era otra cosa que la posibilidad de contraer matrimonio con un soldado muerto en combate.

En los casos en los que la viuda póstuma manifestaba algún tipo de comportamiento indigno, se sancionaba el Totenscheidung, es decir, el divorcio post-mortem, invocando el previsible deseo del fallecido de divorciarse de su infiel esposa.

Casarse con un muerto, como vemos, es un asunto delicado, ya que la mitad viva de la pareja debe actuar con la misma fidelidad y dedicación que la que se espera dentro de un matrimonio tradicional.

Ahora bien, una mirada menos genérica sobre el asunto del matrimonio post-mortem nos obliga a pensar en las desventajas de cualquier prolongación jurídica de una persona fallecida.

Históricamente hablando, este exceso permitió la gestación de uno de los episodios más vergonzosos para la Iglesia Católica: el macabro Sínodo Cadavérico, en donde el papa Esteban VI ordenó en 897 exhumar los restos de su predecesor, el papa Formoso, para someterlo a un juicio público y condenarlo, entre otras penas, a la amputación de tres dedos, algo que resultó notablemente dificultoso ya que el cuerpo del ex-pontífice manifestaba todos los síntomas de la descomposición.

Naturalmente, aquella ley francesa de la que hablábamos antes ha estimulado los más grotescos absurdos.

Tal vez el más extraño de todos sea el que involucra la figura del poeta Isidore Lucien Ducasse (1846-1870), más conocido como Conde de Lautréamont, autor de los Cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror). [ver: ¿Quién es Maldoror?: análisis de «Los Cantos de Maldoror»]

El Conde de Lautréamont falleció misteriosamente a la edad de 24 años. Gran parte de su vida permanece en el más absoluto misterio. En su tiempo, Los cantos de Maldoror, obra cumbre de la poesía maldita y prácticamente la Biblia del surrealismo, alcanzó una primera tirada de apenas diez ejemplares, ocultos y, en muchos casos, quemados en secreto por temor al escarnio público.

En 2004, tras largos años de insistir en vano, una joven norteamericana hizo público su pedido de contraer matrimonio con el poeta, recordemos, fallecido 134 años antes. La solicitud, formalizada a través de un pedido legal en Francia, fue desestimada por cuestiones obvias.




Misterios miserables. I El lado oscuro del amor.


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10 mejores poemas malditos


10 mejores poemas malditos.




Los poetas malditos ocupan un sitio privilegiado en nuestra biblioteca; y no es para menos, en gran parte son la causa de que la poesía abandonara paulatinamente algunos vicios y tópicos anacrónicos para ganar otros, más íntimos y ligados al sufrimiento del alma insatisfecha.

Dentro del largo volumen de poemas malditos hemos seleccionado apenas diez, los que a nuestro juicio son los mejores poemas malditos que se hayan escrito. Desde luego, esta "maldición" no tiene nada de sobrenatural, sino todo lo contrario, es hija de la condena social y estética de una época que vio en sus autores a personajes torturados irremediablemente, ahorrándose la posibilidad de que aquella tortura privada fuese la consecuencia obvia de una sociedad llena de injusticias y desigualdades.




10 mejores poemas malditos.




Poemas góticos. I Poemas malditos.


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10 poemas malditos de amor


10 poemas malditos de amor.




La decisión de clasificar a un poeta maldito e incluirlo en esta Orden, por llamarla de alguna forma, presenta demasiadas objeciones y no aporta demasiado a la discusión sobre qué es la poesía maldita y desde donde se define estéticamente.

De todas formas, podemos convenir que los grandes poetas malditos son fácilmente reconocibles: E.A. Poe, Baudelaire, Rimbaud, Artaud, Dylan Thomas, Lautréamont, Keats, Ernest Dowson y algunos otros; razón por la cual nos atrevemos a este decálogo hijo de la desesperación y el sinsentido: los 10 mejores poemas malditos de amor.




10 poemas malditos de amor.




Poemas malditos. I Poemas góticos.


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«Tu amigo el vampiro»: Conde de Lautréamont; poema y análisis


«Tu amigo el vampiro»: Conde de Lautréamont; poema y análisis.




Tu amigo el vampiro (Ton ami le vampire) es un poema de vampiros del escritor uruguayo Isidore Lucien Ducasse, más conocido como Conde de Lautréamont (1846-1870), publicado en la antología de 1869: Los cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror). [ver: ¿Quién es Maldoror?: análisis de «Los Cantos de Maldoror»]

Tu amigo el vampiro, uno de los grandes poemas del conde de Lautréamont, emplea algunos recursos típicos del romanticismo y el decadentismo para dar forma a una visión espeluznante. Es importante señalar que el poema no vindica la existencia de los vampiros, ni mucho menos, sino más bien la necesidad de encontrar un aliado en los aspectos parasitarios del ser.




Tu amigo el vampiro.
Ton ami le vampire, conde de Lautréamont (1846-1870)

Sí, os supero a todos en mi innata crueldad, que no estuvo en mi mano reprimir. ¿Es esta la razón por la que estáis todos postrados frente a mí? ¿O bien el estupor de verme, fenómeno inaudito, recorrer como horrible cometa el espacio ensangrentado?

Una lluvia de sangre brota de mi cuerpo inmenso, semejante a una nube negra que empuje ante sí el huracán. No temáis nada, hijos míos. No quiero maldeciros.

El mal que me habéis ocasionado es demasiado grande; demasiado grande el mal que yo os he ocasionado, para que sea intencional.

Vosotros habéis recorrido vuestro camino y yo el mío, ambos semejantes, ambos perversos. Era natural encontrarnos, dada nuestra afinidad. El choque que ha seguido al encuentro nos ha resultado recíprocamente fatal.

Al llegar a este punto, los hombres empezarán a levantar las cabezas, adquiriendo de nuevo valor, y, para ver quién esta hablando, alargarán el cuello igual que caracoles. De repente, su rostro alterado, descompuesto, se deformará en una mueca tan monstruoso que incluso los lobos quedarán aterrorizados.

Todos a la vez, los hombres se enderezarán de golpe, como un muelle gigantesco. ¡Cuántas imprecaciones! ¡Qué clamor de voces!

Me han reconocido.

Y he ahí que los animales terrestres se unen a los hombres y hacen oír sus extraños alborotos. Ningún odio divide ya a ambas razas. El odio de cada uno está dirigido contra el enemigo común: yo. El consentimiento universal les une.

Vientos que me estáis transportando, levantadme todavía más alto: temo la perfidia. Sí, desaparezcamos, poco a poco de su vista. Adiós, viejo, y piensa en mí, si me has leído; y tú, joven, no desesperes.

En efecto, tienes en el vampiro a un amigo, aunque seas de otra opinión. Si además, tienes en cuenta el ácaro sarcopto que te pega la roña, ¡tendrás dos!

Conde de Lautréamont (1846-1870)




Poemas góticos. I Poemas del conde de Lautréamont.


Más literatura gótica:
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Cartas prohibidas del conde de Lautréamont


Cartas prohibidas del conde de Lautréamont.





El conde de Lautréamont (1846-1870) —cuyo verdadero nombre era Isidore Lucien Ducasse— fue uno de los grandes poetas malditos del romanticismo; y probablemente el autor de la obra más importante del decadentismo de su tiempo: Los cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror)

La vida del conde de Lautréamont fue breve y agitada, al igual que su obra. Buena parte de su filosofía se vislumbra en la exquisita y oscura sintaxis de sus cartas:


Los hombres que se han resuelto a detestar a sus semejantes ignoran que es preciso empezar por detestarse a sí mismo.


En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de las cartas prohibidas del conde de Lautréamont, las cuales, además de presagiar los principios del surrealismo, nos permiten conocer algo más de la filosofía estética que sostiene a Los cantos de Maldoror:


Aquello que sufre, que diseca los misterios que nos rodean, no espera. La poesía que discute las verdades necesarias es menos bella que la que no las cuestiona. Indecisiones acérrimas, talento mal empleado, pérdida de tiempo: nada será más fácil de verificar




Cartas del conde de Lautréamont.
Copia y pega el link en tu navegador para leer o descargar las cartas del conde de Lautréamont:
  • http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/L/Lautreamont%20-%20Poesias%20y%20cartas.pdf




Poemas del conde de Lautréamont. I Autores con historia.


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Maldoror: Canto cuarto.

De a poco se perfila el epílogo de este maravilloso poema oscuro. Los dejamos con el cuarto episodio de los Cantos de Maldoror.


Cantos de Maldoror.
Canto Cuarto; Isidore Lucien Ducasse, conde de Lautréamont (1846-1870)

Soy sucio. Los piojos me roen. Los cerdos vomitan al mirarme. Las costras y las escaras de la lepra han convertido en escamosa mi piel cubierta de pus amarillento. No conozco el agua de los ríos ni el rocío de las nubes. En mi nuca crece, como en un estercolero, un hongo enorme de pedúnculos umbelíferos. Sentado en un mueble informe no he movido mis miembros desde hace cuatro siglos. Mis pies han echado raíces en el suelo y forman hasta la altura de mi abdomen una especie de vegetación viviente, repleta de innobles parásitos, que todavía no llega a ser planta y que ha dejado de ser carne. Sin embargo, mi corazón late. Pero ¿cómo podría latir si la podredumbre y las exhalaciones de mi cadáver (no me atrevo a llamarlo cuerpo) no lo nutrieran abundantemente? Bajo mi axila izquierda una familia de sapos ha fijado su residencia, y cuando uno de ellos se mueve, me hace cosquillas.

Tened cuidado de que no se escape alguno, y vaya a frotar con la boca el interior de vuestra oreja: sería capaz de penetrar luego en vuestro cerebro. Bajo mi axila derecha hay un camaleón que perpetuamente les da caza para no morirse de hambre: es justo que todos vivan. Pero cuando una parte desbarata completamente los ardides de la otra, no encuentran nada mejor que dejar de molestarse, y entonces chupan la grasa delicada que recubre mis costillas: ya estoy acostumbrado. Una víbora maligna ha devorado mi verga para tomar su lugar: esa infame me ha convertido en eunuco. ¡Oh!, si hubiese podido defenderme con mis brazos paralizados, pero creo que se han transformado más bien en dos leños.

Sea lo que fuere, importa dejar constancia de que la sangre ya no llega hasta ellos para pasear su rojez. Dos pequeños erizos que no crecen más, arrojaron a un perro, que no los rehusó, el contenido de mis testículos, y después de haber lavado cuidadosamente la epidermis, se alojaron en su interior. El ano ha quedado obstruido por un cangrejo; envalentonado por mi inercia, guarda la entrada con sus pinzas, haciéndome mucho daño. Dos medusas cruzaron los mares, saboreando una esperanza que no fue defraudada. Examinaron atentamente las dos porciones carnosas que forman el trasero humano, y adhiriéndose al contorno convexo, las han achatado en tal forma mediante una presión constante, que los dos trozos de carne desaparecieron, quedando sólo dos monstruos surgidos del reino de la viscosidad, iguales en color, en forma y en saña.

¡No habléis de mi columna vertebral porque es una espada! Sí, sí... no prestaba atención... vuestro pedido es justo. Queréis saber, ¿no es así?, cómo y por qué se encuentra clavada verticalmente en mi lomo. Yo mismo no lo recuerdo con precisión; sin embargo, si me decido a considerar como recuerdo lo que quizás no sea más que un sueño, sabed que el hombre, cuando averiguó que yo había hecho votos de vivir enfermo e inmóvil hasta lograr vencer al Creador, vino detrás de mí de puntillas, pero no tan quedamente que no lo oyese. Luego no percibí nada durante un lapso que no fue largo. Esa aguda cuchilla se hundió hasta el mango entre las paletillas del toro de las fiestas, y su osamenta se estremeció como un terremoto. La hoja ha quedado adherida tan firmemente al cuerpo, que nadie hasta ahora ha podido extraerla. Los atletas, los mecánicos, los filósofos, los médicos, han ensayado sucesivamente los medios más diversos. ¡No sabían que el daño hecho por el hombre no puede repararse! Les perdoné la profundidad de su ignorancia innata, y los saludé con un movimiento de los párpados.

Viajero, cuando pases a mi lado, te ruego que no me dirijas la menor palabra de consuelo: debilitarías mi ánimo. Déjame templar mi tenacidad en la llama del martirio voluntario. Vete… que yo no inspire piedad alguna. El odio es más extraño de lo que crees; su conducta es inexplicable como la rotura aparente de un palo que penetra en el agua. Tal como me ves, puedo hacer todavía excursiones hasta los muros del cielo, al frente de una legión de asesinos, y volver para retomar esta postura, y meditar de nuevo sobre los nobles proyectos de venganza. Adiós, no te retendré más, y para que te instruyas y seas cauto, reflexiona en la suerte fatal que me ha empujado a la revuelta, cuando es probable que haya nacido bueno.

Contarás a tu hijo lo que has visto, y tomándole la mano, hazle admirar la belleza de las estrellas y las maravillas del universo, el nido del petirrojo y los templos del Señor. Te sorprenderá verlo tan dócil a los consejos de la paternidad, y lo recompensarás con una sonrisa. Pero cuando piensa que nadie lo observa, échale una mirada, y lo verás escupir su baba sobre la virtud; te ha engañado, el descendiente de la raza humana, pero no te engañará más: en adelante sabrás todo lo que llegará a ser. Oh padre infortunado, prepara, para acompañar los pasos de tu vejez, el patíbulo indestructible que cortará la cabeza de un criminal precoz, y el dolor que te mostrará el camino que lleva hasta la tumba.

Isidore Lucien Ducasse, conde de Lautréamont (1846-1870)


Más Cantos de Maldoror. I Relatos de terror. I Relatos góticos. I Novelas góticas.


Más Literatura:

Cantos de Maldoror: canto tercero

Volvemos con los fantásticos y lóbregos Cantos de Maldoror.

En el tercer canto ya se puede apreciar el genio desatado de Lautréamont, como si por algún extraño mecanismo su furor, cultivado lentamente, brotase aquí en toda su magnitud.


Cantos de Maldoror.
Canto tercero, Isidore Lucien Ducasse (conde de Lautréamont. 1846-1870)

Un farol rojo, bandera del vicio, suspendido del extremo de una varilla, balanceaba su armazón azotada los vientos, sobre una puerta maciza y carcomida. Un corredor sucio que olía a muslo humano, daba sobre un patio en el que buscaban su comida algunos gallos y gallinas. Sobre la pared que servía de cerca y daba al lado oeste, se habían practicado minuciosamente varias aberturas cerradas por ventanas enrejadas. El musgo revestía ese cuerpo de edificio; que había sido, sin duda, un convento y servía en la actualidad, como el resto del edificio, de vivienda a todas esas mujeres que exhiben, día a día, a los que entran, el interior de sus vaginas a cambio de unas monedas. Yo estaba sobre un puente cuyos pilares se hundían en el agua cenagosa de un foso. Desde ese plano elevado, contemplaba aquella construcción en el campo, agobiada por la vejez y los mínimos detalles de su arquitectura interna. A veces, la reja de una ventana se abría rechinando, como por el impulso ascendente de una mano que violentaba la naturaleza del hierro; un hombre asomaba la cabeza por la abertura libre a medias, avanzaba los hombros sobre los que caía el yeso escamoso, y terminaba haciendo salir, mediante esa laboriosa extracción, su cuerpo cubierto de telarañas. Con las manos apoyadas a modo de corona sobre las inmundicias de toda clase que agobiaban el suelo con su peso, mientras la pierna permanecía todavía enganchada en la reja retorcida, recobraba su posición natural, e iba a enjuagar sus manos en una tina roja, cuya agua jabonosa había visto levantarse y caer a generaciones enteras, para alejarse después, lo más rápido posible, de esa calleja de arrabal, y respirar el aire puro en el centro de la ciudad.

Cuando el cliente se había alejado, una mujer desnuda salía del mismo modo, y se dirigía a la misma tina. Entonces los gallos y gallinas acudían en tropel desde diversos puntos del patio, atraídos por el olor seminal, la tiraban al suelo a pesar de sus vigorosos esfuerzos, pisoteaban la superficie de su cuerpo, y laceraban a picotazos los labios fláccidos de su tumefacta vagina. Los gallos y gallinas, con el buche satisfecho, retornaban a escarbar la hierba del patio; la mujer, a la que habían dejado limpia, se levantaba trémula, sembrada de heridas, como alguien que despierta de una pesadilla. Dejaba caer el estropajo que había traído para enjugar sus piernas; no teniendo ya necesidad de la tina común, se volvía a su madriguera del mismo modo que había salido, a la espera de otra sesión. ¡Ante ese espectáculo también yo quise penetrar en la casa!

Estaba por descender el puente cuando vi en el remate de un pilar esta inscripción en caracteres hebraicos: Caminante que pasas por este puente, no vayas a esa casa. Porque el crimen tiene allí su residencia junto con el vicio. Un día sus amigos esperaron en vano a un joven que había franqueado la puerta fatal.

La curiosidad fue más fuerte que el temor; al cabo de unos momentos, llegué hasta una ventanilla, cuya reja estaba formada por sólidos barrotes. Quise mirar al interior a través de ese espeso tamiz. Al principio no pude ver nada, pero no tardé en distinguir los objetos que estaban en la habitación oscura, gracias a los rayos del sol cuya luz declinante habría de desaparecer pronto en el horizonte. La primera y única cosa que llamó mi atención fue un palo rubio, compuesto de cometillas superpuestas que entraban unas en otras. ¡Ese palo tenía movimiento! ¡Andaba por la habitación! Daba unas sacudidas tan fuertes que el piso se bamboleaba. Con sus dos cabos producía enormes melladuras en la pared al modo de un ariete lanzado contra la puerta de una ciudad sitiada. Sus esfuerzos eran inútiles, los muros estaban construidos con piedra y cuando chocaba contra la pared lo veía encorvarse como una hoja de acero y rebotar como una pelota. ¡Por lo tanto ese palo no era de madera! Noté, además, que se enrollaba y desenrollaba fácilmente igual que una anguila. Aunque tenía la altura de un hombre no se mantenía erguido. A veces lo intentaba mostrando entonces uno de sus extremos delante de la reja de la ventanilla. Ejecutaba unos saltos impetuosos, y volvía a caer al suelo sin que el obstáculo cediera. Me puse a examinarlo con creciente atención hasta descubrir que era un cabello. Después de una lucha titánica con la materia que lo circundaba como una cárcel, fue a apoyarse en el lecho que había en la habitación, con la raíz descansando sobre una alfombra y la punta sobre la cabecera. Tras unos instantes de silencio, durante los cuales percibí algunos sollozos entrecortados, alzó la voz y dijo así:

Mi amo me ha olvidado en este cuarto; no viene a buscarme. Se levantó de esta cama en la que estoy apoyado, peinó su perfumada cabellera sin reparar en que yo había caído al suelo. Con todo, de haberme él recogido, no habría yo encontrado sorprendente ese acto de elemental justicia. Me abandonó emparedado en esta habitación, después de haberse revolcado entre los brazos de una mujer. ¡Y qué mujer! Las sábanas todavía están húmedas de su cálido contacto y conservan en su desorden las huellas de una noche dedicada al amor…

¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!…

Mientras la naturaleza toda se amodorraba en su castidad, él se unió con una mujer degradada, en abrazos lascivos e impuros. Se rebajó hasta el punto de dejar aproximarse a su augusta faz mejillas de lozanía marchita despreciables por su impudicia. No daba muestras de avergonzarse, pero yo me avergonzaba por él. No hay duda de que estaba muy contento de dormir con semejante esposa de una noche. La mujer, asombrada del porte majestuoso del huésped, parecía experimentar voluptuosidades incomparables, le besaba el cuello con frenesí.

Durante ese lapso, yo sentía que pústulas ponzoñosas, que se desarrollaban cada vez en mayor número a causa de su insólito ardor por los placeres carnales, rodeaban mi raíz con su hiel mortal, para absorber con sus ventosas la sustancia de mi vida. Mientras más se abstraían ellos, sumidos en sus insensatos movimientos, más sentía yo decaer mis fuerzas. En un momento en que los deseos corporales alcanzaron el paroxismo del furor, noté que mi raíz se retorcía sobre sí misma como un soldado herido. Habiéndose apagado en mí la antorcha de la vida, me desprendí de su cabeza ilustre como una rama muerta; caí al suelo sin ánimo, sin fuerza, sin vitalidad, con una profunda compasión por aquel a quien pertenecía, pero con un dolor eterno por su deliberado extravío…"

Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!…

¡Si tan siquiera su alma se hubiese prodigado sobre el seno inocente de una virgen! Ella hubiera sido más digna de él, y la degradación hubiera sido menor. ¡Posa sus labios sobre esa frente cubierta de lodo, que los hombres han pisoteado con el talón lleno de polvo! ¡Aspira con su impúdica nariz las emanaciones de esas dos axilas húmedas!… Vi cómo el tegumento de estas últimas se contraía de vergüenza, mientras, por su lado, la nariz misma se resistía a esa aspiración infame. Pero ni él ni ella prestaban la menor atención a las advertencias solemnes de las axilas, a la repulsa lívida y taciturna de la nariz. Ella levantaba más los brazos y él, con mayor empuje, hundía su rostro en sus huecos. Me veía obligado a ser cómplice de esa profanación. Me veía obligado a ser espectador de ese contoneo inaudito, a asistir a la unión absurda de dos seres cuyas distintas naturalezas estaban separadas por un abismo inconmensurable…

¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!…

Cuando se sació de aspirar a esa mujer, se le ocurrió arrancarle los músculos uno por uno; pero como era mujer, la perdonó, y prefirió hacer sufrir a un ser de su sexo. Llamó en la celda contigua a un joven, que había llegado a aquella casa para pasar un rato de solaz con una de aquellas mujeres, y le pidió que viniese a colocarse a un paso de sus ojos. Hacía mucho tiempo que yo estaba tendido en el suelo. Sin fuerzas para incorporarme sobre mi raíz dolorida; no pude ver lo que hicieron. Sólo que apenas el joven estuvo al alcance de su mano, jirones de carne fueron cayendo a los pies del lecho, al lado mío. Me contaron muy quedamente que las garras de mi amo los habían arrancado de los hombros del adolescente. Este, al cabo de algunas horas en las que luchó contra una fuerza más poderosa, se levantó del lecho y se retiró dignamente. Literalmente desollado de pies a cabeza, arrastraba por las losas de la habitación su piel desprendida, mientras se decía que estaba dotado de un carácter bondadoso, que le gustaba creer que sus semejantes eran igualmente buenos, que por eso había accedido al requerimiento del distinguido extranjero que lo había llamado a su lado, pero que nunca, nunca, se le hubiera ocurrido que iba a ser torturado por un verdugo. Y por un verdugo semejante, agregó después de una pausa. Por último, se dirigió hacia la ventanilla que cedió piadosamente hasta el nivel del suelo en presencia de ese cuerpo desprovisto de epidermis. Sin abandonar su piel, que todavía podía servirle, aunque sólo fuera como manto, se esforzó por salir de ese paraje peligroso; una vez lejos de la habitación no pude comprobar si le alcanzaron las fuerzas para llegar a la puerta de salida. ¡Oh, con qué respeto se apartaban los gallos y gallinas, a pesar de su hambre, de ese largo rastro sangriento que empapaba la tierra!

¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!…

Entonces, aquel que hubiese debido tener más en cuenta su dignidad y su justicia, se incorporó trabajosamente sobre su codo fatigado. ¡Solitario, sombrío, asqueado y horrible!… Se vistió lentamente. Las monjas sepultadas desde hacía siglos en las catacumbas del convento, después de haber sido arrancadas de su sueño por los ruidos de aquella noche espantosa, que se entremezclaban en una celda situada encima de las criptas, se tomaron de la mano para formar una ronda funeraria alrededor de él. Mientras reunía los residuos de su antiguo esplendor, y se lavaba las manos con esputos para secarlas después en sus cabellos (es mejor lavarlas con esputos, que no lavarlas del todo, al final de una noche entera dedicada al vicio y al crimen), entonaron ellas las plegarias de lamentación por los muertos que corresponde cuando alguien es bajado a la tumba. En efecto, el joven no debía sobrevivir al suplicio ejecutado en él por una mano divina, y su agonía tuvo fin mientras las monjas entonaban sus preces…

Me acordé de la inscripción en el pilar; comprendí lo que había pasado con el púber soñador que sus amigos todavía esperaban un día tras otro desde el momento de su desaparición… ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!…

Los muros se apartaron para dejarlo pasar; las monjas viéndole ascender por los aires con alas que había ocultado hasta entonces en su ropaje de esmeralda, volvieron a refugiarse en silencio bajo las losas de sus tumbas. El partió hacia su morada celestial, dejándome aquí, lo que es injusto. El resto de los cabellos sigue en su cabeza, mientras yo estoy tendido en esta habitación siniestra, sobre el parqué cubierto de sangre coagulada y de jirones de carne seca; esta habitación quedó condenada desde que él penetró en ella; nadie entra ya aquí, y con todo sigo encerrado. ¡No hay esperanza! Ya no volveré a ver a las legiones de ángeles marchar en densas falanges, ni a los astros pasearse por los jardines de la armonía… Pues bien, sea... Sabré soportar mi desgracia con resignación. Pero no dejaré de informar a los hombres lo que aconteció en esta celda. Les facilitaré las razones para arrojar la dignidad como una vestidura inútil, pues-o que tienen el ejemplo de mi amo; les aconsejaré que chupen la verga del crimen, puesto que otro ya lo ha hecho… El cabello enmudeció…

¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!…

Pronto estalló el trueno; una luminosidad fosfórica penetró en el cuarto. Retrocedí a pesar mío, por no sé qué instinto premonitorio; aunque estaba alejado de la ventana, percibí otra voz, pero ésta tenue y humilde como temerosa de que la oyeran:

¡No brinques de esa manera! ¡Cállate… cállate… si alguien llegara a oírte! Te volveré a colocar entre los otros cabellos, pero espera primero a que el sol se oculte en el horizonte, a fin de que la noche encubra tus pasos… no te he olvidado, pero te hubieran visto salir, y yo me habría comprometido. ¡Oh, si supieras cómo he sufrido desde aquel momento! De regreso al cielo, mis arcángeles me rodearon con curiosidad; no quisieron preguntarme el motivo de mi ausencia. Ellos que no se habían atrevido nunca a levantar la vista hasta mí, echaban miradas atónitas a mi rostro abatido, esforzándose por descifrar el enigma, aunque no tuvieran idea de la profundidad de ese misterio, y se comunicaban muy quedamente la sospecha de algún cambio desacostumbrado en mí. Derramaban lágrimas en silencio; presentían vagamente que no era el mismo, que me había vuelto inferior a mi identidad. Hubiesen querido averiguar qué funesta resolución me había hecho franquear las fronteras del cielo, para bajar a la tierra y gozar voluptuosidades efímeras que ellos mismos desprecian profundamente. Notaron en mi frente una gota de esperma, una gota de sangre. ¡La primera había saltado desde los muslos de la cortesana, la segunda había saltado desde las venas del mártir! ¡Odiosos estigmas! ¡Rosetas inmutables! Mis arcángeles encontraron, prendida en las redes del espacio, los restos resplandecientes de mi túnica de ópalo, que flotaban sobre los pueblos pasmados. No la han podido reconstruir, y mi cuerpo continúa desnudo frente a la inocencia de ellos; castigo memorable de la virtud abandonada. Observa los surcos que se han trazado un lecho en mis mejillas descoloridas: corresponden a la gota de esperma y a la gota de sangre que corren lentamente a lo largo de mis secas arrugas. Llegadas al labio superior, logran mediante un inmenso esfuerzo, penetrar en el santuario de mi boca, atraídas como un imán por las fauces irresistibles. Me sofocan, esas dos gotas implacables. Yo me había creído hasta ahora el Todopoderoso, pero no, tengo que doblar el cuello ante el remordimiento que grita: ¡Eres sólo un miserable! ¡No brinques de esa manera! ¡Cállate… cállate… si alguien llegara a oírte! Te volveré a colocar entre los otros cabellos, pero espera primero a que el sol se oculte en el horizonte, a fin de que la noche encubra tus pasos… Vi a Satán, el gran enemigo, recomponer el desbarajuste óseo del esqueleto, por encima de su embotamiento de larva, y de pie, triunfante, sublime, arengar a sus tropas reagrupadas; y tal como me merezco, llegar a hacer befa de mí. Proclamó el asombro que le producía el que su orgulloso rival, al fin sorprendido en flagrante delito por el éxito de un espionaje incesante, hubiese podido rebajarse hasta llegar a besar, después de un largo viaje a través de los arrecifes del éter, el vestido de la corrupción humana, además de haber hecho morir entre sufrimientos a un miembro de la humanidad. Dijo que ese joven, triturado en el engranaje de mis refinados suplicios, probablemente hubiera llegado a ser una inteligencia genial de aquellas que consuelan a los hombres de esta tierra, gracias a sus admirables cantos de poesía y de aliento, de los golpes del infortunio. Dijo que las monjas del convento-lupanar no pueden recuperar el sueño; merodean por el patio, gesticulando como autómatas, pisotean los ranúnculos y las lilas, se han vuelto locas de indignación, pero no lo bastante como para no recordar el motivo que engendró esa enfermedad de sus cerebros… (Vedlas avanzar, envueltas en su blanco sudario; no hablan, están tomadas de la mano. Sus cabellos caen en desorden sobre sus hombros desnudos; llevan un ramillete de flores negras inclinado en el seno. Monjas, volved a vuestras criptas; la noche no se ha instalado por entero, es apenas el crepúsculo vespertino… ¡Oh cabello!, lo ves tú mismo: por todos lados me asalta el sentimiento desatado de mi depravación.) Dijo que el Creador que se vanagloria de ser la Providencia de todo lo que existe, se ha conducido con excesiva ligereza —para usar el término más leve— al ofrecer semejante espectáculo a los mundos siderales, y afirmó claramente su designio de ir a informar a los planetas orbiculares de qué modo mantengo, mediante mi ejemplo personal, la virtud y la bondad en la vastedad de mis reinos. Dijo que la gran estima que sentía por un enemigo tan noble, se había desvanecido de su espíritu, y que prefería llevar la mano al pecho de una muchacha, aunque fuera éste un acto de execrable maldad, antes que escupirme al rostro cubierto de tres capas de sangre y esperma mezclados, a fin de no manchar su babosa saliva. Dijo que se consideraba, con justo título, superior a mí, no por el vicio, sino por la virtud y el pudor; no por el crimen, sino por la justicia. Dijo que merecía ser condenado al suplicio a causa de mis innumerables faltas; que se me quemara a fuego lento en un brasero encendido, para arrojarme luego al mar, siempre que el mar se dignara recibirme. Que, puesto que me vanagloriaba de ser justo, yo que lo había condenado a las penas eternas por una insignificante rebelión sin consecuencias graves, debía dictar severa justicia contra mí mismo, y juzgar imparcialmente mi conciencia cargada de iniquidades… ¡No brinques de esa manera! ¡Cállate… cállate… si alguien llegara a oírte! Te volveré a colocar entre los otros cabellos, pero espera primero a que el sol se oculte en el horizonte a fin de que la noche encubra tus pasos." Hizo una pausa y aunque no lo viese, comprendí por ese lapso forzoso de silencio, que una oleada de emoción levantó su pecho tal como un giratorio ciclón levanta una familia de ballenas. ¡Pecho divino que un día manchó el amargo contacto de las mamas de una mujer impúdica! ¡Alma regia, entregada en un momento de extravío al cangrejo de la corrupción, al pulpo de la debilidad de carácter, al tiburón de la abyección personal, a la boa de la amoralidad, y al caracol monstruoso de la imbecilidad! El cabello y su amo se abrazaron estrechamente como dos amigos que se vuelven a encontrar después de larga ausencia. El Creador prosiguió tal como un acusado que compareciese ante su propio tribunal.

¿Y qué dirán los hombres de mí, ellos que tanto me veneraban, cuando lleguen a conocer los extravíos de mi conducta, el andar vacilante de mi sandalia por los laberintos fangosos de la materia, la trayectoria de mi marcha tenebrosa a través de las aguas estancadas y de los húmedos juncos de la charca donde, envuelto por la niebla, se vuelve morado y ruge el crimen de pata sombría!… Comprendo que debo trabajar mucho en mi rehabilitación futura, para poder reconquistar su estima. ¡Soy el Gran Todo, y, sin embargo, hay algo en mí que me hace sentir inferior a los hombres a los que he creado con un poco de arenilla! Cuéntales alguna mentira audaz y diles que jamás he salido del cielo, donde estoy permanentemente encerrado, absorbido por las tareas del trono, entre los mármoles, las estatuas y los mosaicos de mi palacio. Me presenté ante los hijos celestiales de la humanidad y les dije: Arrojad el mal de vuestras cabañas y dad entrada en vuestro hogar al manto del bien. Aquel que ponga la mano sobre uno de sus semejantes provocándole una herida mortal en el pecho con el hierro homicida, que no espere los efectos de mi misericordia, y que se cuide de la balanza de la justicia. Irá a esconder su tristeza en los bosques, pero el murmullo de las hojas a través de los espacios claros cantará a sus oídos la balada del remordimiento; y huirá de esos parajes pinchado en la cadera por la zarza, el espino y el cardo azul, sus rápidos pasos obstaculizados por la elasticidad de las lianas y las picaduras de los escorpiones. Se encaminará hacia los guijarros de la playa, pero la alta marea con su rocío y su proximidad peligrosa, le explicarán que no ignoran su pasado; entonces él se lanzará en ciega carrera hacia lo alto del acantilado, en tanto que los vientos estrepitosos del equinoccio, al penetrar en las grutas naturales del golfo, y en las canteras excavadas bajo la muralla de rocas resonantes, mugirán como las inmensas manadas de búfalos en las pampas. Los faros de la costa lo perseguirán hasta los límites del septentrión con sus destellos sarcásticos, y los fuegos fatuos de las marismas, simples vapores en combustión con sus danzas fantásticas, harán temblar los pelos de sus poros, y volverse verde el iris de sus ojos. Que el pudor tome así vuestras cabañas y esté seguro a la sombra de vuestros campos. De ese modo vuestros hijos se criarán hermosos y reverenciarán a sus padres con agradecimiento; de otro modo, enfermizos y encogidos como el pergamino de las bibliotecas, avanzarán a grandes trancos, encabezados por la rebeldía, contra el día de su nacimiento y el clítoris de su madre impura.' ¿Cómo se van a someter los hombres a esas leyes, si el legislador mismo es el primero que se rehúsa a ceñirse a ellas?… ¡mi vergüenza es inmensa como la eternidad!

Oí al cabello perdonarle humildemente su secuestro, puesto que su amo había obrado con prudencia y no con ligereza, y el último y pálido rayo de sol que iluminaba mis ojos se retiró de los barrancos de la montaña. Vuelto hacia él le vi plegarse como un sudario… ¡No brinques de esa manera! ¡Cállate… cállate… si alguien llegara a oírte! Te volveré a colocar entre los otros cabellos. Y ahora que el sol ya se ha ocultado en el horizonte, viejo cínico y cabello doméstico, arrastraos los dos bien lejos del lupanar, mientras la noche, extendiendo su sombra sobre el convento, encubre vuestros pasos furtivos que se demoran en la llanura… Entonces el piojo, saliendo súbitamente de detrás de un promontorio, me dijo, erizando sus garras: "¿Qué piensas de esto?" Pero yo no quise contestarle. Me alejé de allí y llegué al puente. Borré la inscripción primera y la reemplacé por ésta:

Doloroso es guardar como un puñal un secreto así en el corazón, pero juro no revelar nunca aquello de lo que fui testigo al entrar por primera vez en ese terrible torreón.

Arrojé por encima del parapeto el cortaplumas que me había servido para grabar las letras, y, haciendo algunas consideraciones sobre la chochera del Creador, quien, ¡ay!, haría sufrir a la humanidad por mucho tiempo todavía (la eternidad es larga), sea por el ejercicio de la crueldad, sea por el espectáculo innoble de los chancros que ocasiona un gran vicio, cerré los ojos como un hombre ebrio ante el pensamiento de tener a un ser semejante por enemigo, y proseguí con tristeza mi camino a través del dédalo de calles.

Isidore Lucien Ducasse, conde de Lautréamont (1846-1870)


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