Mostrando entradas con la etiqueta Ernest Dowson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ernest Dowson. Mostrar todas las entradas

«Las tres brujas»: Ernest Dowson; poema y análisis.


«Las tres brujas»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Las tres brujas (The Three Witches) es un poema decadentista del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la antología de 1896: Versos (Verses).

Las tres brujas, posiblemente uno de los poemas de Ernest Dowson menos conocidos, expresa la atracción del poeta por la muerte a través de escenarios áridos, oscuros, que despojan a la vida de su estado de espera, de limbo. En la poesía de Ernest Dowson la voz narradora siempre mira la vida retrospectivamente; desea el final porque siente que el acto de vivir, de existir, es agotador. En este contexto, Las tres brujas es un poema simbólico que imagina a la muerte físicamente en un paisaje oscuro y desolado:


Las noches bañadas de luna han pasado,
y los días de gris y pardo;
no hay mayo ni trébol,
y el día y la noche son uno.
Ni una aldea, ni una ciudad
se encuentran con nuestros ojos cansados y sin lágrimas;
en la llanura sin piedad,
donde la hierba pálida cae y muere.


El motivo de la pérdida es frecuente en los poemas de Ernest Dowson, sin embargo, la tendencia del poeta a la aniquilación también es una alegoría del fin de siglo. Las tres brujas es un poema sobre el fin de la civilización conocida hasta entonces, una pieza que trata de capturar las ansiedades del autor sobre su propia situación cultural. Sin embargo, la Muerte parece estar suspendida en las Las tres brujas, y esa suspensión se manifiesta geográficamente como un paisaje de limbo que existe fuera del tiempo [«Y el día y la noche son uno»].

Es interesante cómo Ernest Dowson socava este limbo [aparentemente] inmóvil empleando un movimiento rápido, casi nervioso, de palabras en su mayoría monosilábicas. Las Tres Brujas con sus «brazos de líquen» son un símbolo que representa el anhelo de destrucción, decadencia y disolución, como las brujas en Macbeth o las Vampiresas de Drácula [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Ellas son «las hijas de Astarté, queridas abortos de la luna». Astarté es una diosa semítica y en el mito se la representa tanto como un demonio lunar como una madre fértil. La idea del regreso a la vida uterina es bastante claro aquí [ver: Horror Uterino: descenso hacia el inconsciente colectivo]. Astarté encarna la autocontradicción de la fertilidad en la esterilidad, ya que las Tres Brujas son «abortos», pero también «queridas». Las líneas: «deambularemos por el significado de un día y no veremos la luz» insinúa un avance hacia la nada. Así, el deseo de muerte tiene dimensiones intrincadas. Avanza pero está suspendido:


Murallas en llamas, ¡siempre en llamas!
A la llama que nunca muere
estamos anhelando, anhelando, anhelando,
con nuestros ojos alegres y sin lágrimas.


La «llama que nunca muere» tiene sus raíces en el Romanticismo como símbolo del anhelo de destrucción. Se hace eco del poema de Percy Shelley: Epipsychidion [palabra acuñada por el poeta y que significa «alma nacida del alma»] donde el «único deseo» de la «polilla» es precipitarse hacia la luz y morir [«una muerte radiante, un sepulcro de fuego / como si fuera una lámpara de llama terrenal»]. Por otro lado, la «llama que nunca muere» también es una alusión al bíblico «fuego que nunca se apagará» [Marcos 9: 43], que más adelante sería utilizado brillantemente por May Sinclair en el cuento: Donde su fuego nunca se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched).

La triple repetición de la palabra «anhelando» sugiere que el anhelo se perpetúa. La disposición destructiva de Ernest Dowson también puede detectarse en el anhelo de las Tres Brujas por la «llama», de nuevo, como en la atracción de la polilla de Percy Shelley por la luz. Los «ojos sin lágrimas» de las Brujas indican un deseo contenido, una espera controlada de la expiración. Los «ojos sin lágrimas», además, marcan el esfuerzo por evitar que el deseo se evapore, manteniéndolo atrapado en el interior.

Este estancamiento estético que de alguna manera inmoviliza el anhelo de muerte en Las tres brujas ofrece connotaciones simbólicas más amplias sobre el mundo del arte que representa Ernest Dowson, su propósito y su relación con la sociedad burguesa victoriana. La última estrofa completa el artificio de circularidad restringida del poema:


En la llanura sin piedad,
(ni aldea, ni ciudad)
donde la hierba pálida cae y muere.


La estrofa reorganiza estérilmente este limbo, y expresa una falta de capacidad para escapar; una especie de encierro artístico, también delimitado por el uso de paréntesis. Su [fútil] circularidad está impresa en la vista estéril y post-apocalíptica que domina el poema. La ausencia de civilización [«ni aldea, ni ciudad»] manifiesta cierta inquietud en relación con las Brujas y su linaje [de Astarté], cuyas raíces florecieron en las representaciones de la mujer decadente. De este modo, las Tres Brujas podrían encarnar la fascinación y la repulsión Ernest Dowson por la ciudad burguesa. Sugerentemente, las Tres Brujas son son musas [o anti-musas] que queman la ciudad burguesa y la alienante modernidad que esta representa, y se relacionan con la obsesión más amplia de Ernest Dowson con los temas del autoaislamiento y la abstinencia de la vida [ver: El monstruo femenino como figura de resiliencia]

Es importante tener en cuenta que Ernest Dowson formaba parte de un movimiento que trataba de encontrar la pureza en las cosas sucias, lo dulce en lo amargo. En todos sus poemas podemos encontrar esta fusión entre categorías supuestamente antitéticas: lo sagrado y lo profano, lo puro y lo corrupto, lo real y lo falso; tal es así que las mujeres en sus obras siempre son chicas rurales y espectrales, y están inspiradas en el gran amor de su vida, Adelaide Foltinowicz, que era una mujer trabajadora, urbana y mundana.

Esta aparente incongruencia no socava la sinceridad de Ernest Dowson; más bien ilustra cómo operaba su imaginación. El poeta adoraba a Adelaide, «por su pureza y su perversidad», y sus poemas se basan en una tensión entre elementos aparentemente irreconciliables, como lo ideal y lo mundano. Por un lado, las Tres Brujas son agentes corruptores; por el otro, poseen una castidad invulnerable. Ningún extremo está completo sin el otro [ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica]




Las tres brujas.
The Three Witches, Ernest Dowson (1867-1900)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las noches bañadas de luna han pasado,
y los días de gris y pardo;
no hay trébol ni mayo,
y el día y la noche son uno.

Ni una aldea, ni una ciudad
se encuentran con nuestros ojos cansados y sin lágrimas
en la llanura sin piedad,
donde la hierba pálida cae y muere.

Deambularemos por el significado
de un día y no veremos la luz,
porque nuestros brazos de líquen
se apoyan en los extremos de la noche interminable.

Nosotras, las hijas de Astarté,
queridas abortos de la luna,
en fiesta alegre y silenciosa,
pronto cabalgaremos hacia ustedes.

Murallas en llamas, ¡siempre en llamas!
A la llama que nunca muere
estamos anhelando, anhelando, anhelando,
con nuestros ojos alegres y sin lágrimas.

En la llanura sin piedad,
(ni aldea, ni ciudad)
donde la hierba pálida cae y muere.


All the moon-shed nights are over,
And the days of gray and dun;
There is neither may nor clover,
And the day and night are one.

Not an hamlet, not a city
Meets our strained and tearless eyes;
In the plain without a pity,
Where the wan grass droops and dies.

We shall wander through the meaning
Of a day and see no light,
For our lichened arms are leaning
On the ends of endless night.

We, the children of Astarte,
Dear abortions of the moon,
In a gay and silent party,
We are riding to you soon.

Burning ramparts, ever burning!
To the flame which never dies
We are yearning, yearning, yearning,
With our gay and tearless eyes.

In the plain without a pity,
(Not an hamlet, not a city)
Where the wan grass droops and dies.


Ernest Dowson
(1867-1900)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ernest Dowson: Las tres brujas (The Three Witches), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Me habrías entendido»: Ernest Dowson; poema y análisis


«Me habrías entendido»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Me habrías entendido (You Would Have Understood Me) es un poema de amor del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la antología de 1896: Versos (Verses), actualmente considerada como un clásico de la poesía del decadentismo.

Me habrías entendido, probablemente uno de los mejores poemas de Ernest Dowson, regresa sobre uno de los motivos principales de su producción literaria: el desasosiego de un hombre rechazado por la mujer que ama.

La mujer a la cual se dirige el poeta en Me habrías entendido —a quien también le dedicó: Para un amor perdido (To A Lost Love) y Non Sum Qualis eram Bonae Sub Regno Cynarae— es Adelaide Foltinowicz. Ella lo rechazó y contrajo matrimonio con otro hombre. Ernest Dowson quedó devastado, y sumido en una depresión que lo acompañaría hasta su muerte, por cierto, prematura, a la edad de 32 años.




Me habrías entendido.
You Would Have Understood Me, Ernest Dowson (1867-1900)

Me habrías entendido si hubieses esperado;
a igual que él, yo también pude haberte amado,
si ambos no hubiésemos sido impacientes,
destinados eternamente a disentir.

¿Cuál es el sentido del habla? El silencio se fortaleció
para que no sigamos deseando cosas que no fueron reveladas.
Y aunque todas las palabras que dijimos fueron amargas,
¿te las reprocharé, estando muerta?

No, deja que esta tierra, tu porción,
cubra igualmente el viejo rencor, separándonos:
siempre, en todo, en verdad fui tu amante;
siempre sostuve tu corazón.

He conocido a otras mujeres que eran tiernas,
así como tú eras fría, querida, con una extraña gracia.
¿Crees que me incliné por ellas, que me rendí,
yo, que te había encontrado buena?

Si hubiéramos sido pacientes, querida, si hubieras esperado,
contra la muerte, por ti, y mejor que él, yo habría luchado:
pero desde el principio estuvimos condenados
a estar para siempre en desacuerdo.

Tarde, demasiado tarde, vengo hasta ti, ahora la muerte
revela el amor que antes no estaba de nuestra parte:
en tu montículo, entre las rosas,
tristemente arrojo mi corazón.

No te despertaría, no, esto es lo cierto;
la Muerte y las Tinieblas llegan hasta mí;
y aquí, los que tanto amamos,
estábamos tan fríos y amargados
que casi no podemos disentir.


You would have understood me, had you waited;
I could have loved you, dear! as well as he:
Had we not been impatient, dear! and fated
Always to disagree.

What is the use of speech? Silence were fitter:
Lest we should still be wishing things unsaid.
Though all the words we ever spake were bitter,
Shall I reproach you, dead?

Nay, let this earth, your portion, likewise cover
All the old anger, setting us apart:
Always, in all, in truth was I your lover;
Always, I held your heart.

I have met other women who were tender,
As you were cold, dear! with a grace as rare.
Think you, I turned to them, or made surrender,
I who had found you fair?

Had we been patient, dear! ah, had you waited,
I had fought death for you, better than he:
But from the very first, dear! we were fated
Always to disagree.

Late, late, I come to you, now death discloses
Love that in life was not to be our part:
On your low lying mound between the roses,
Sadly I cast my heart.

I would not waken you: nay! this is fitter;
Death and the darkness give you unto me;
Here we who loved so,
were so cold and bitter,
Hardly can disagree.


Ernest Dowson
(1867-1900)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ernest Dowson: Me habrías entendido (You Would Have Understood Me), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Para un amor perdido»: Ernest Dowson; poema y análisis


«Para un amor perdido»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Para un amor perdido (To A Lost Love) es un poema de amor del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la antología de 1896: Versos (Verses).

Para un amor perdido, uno de los poemas de Ernest Dowson menos conocidos, versifica la frustración de un hombre que ha hecho todo lo que estaba a su alcance para conseguir el amor de una mujer y, sin embargo, fracasa. El estilo del poema suscribe a los hábitos más banales del decadentismo.

Es probable que Para un amor perdido de Ernest Dowson retrate el amor obsesivo del autor por Adelaide Foltinowicz, hija de un empresario gastronómico, a quien cortejó de mil formas, todas sin éxito, hasta que finalmente ella contrajo matrimonio con un sastre en 1893, sumiéndolo en una profunda desesperación.




Para un amor perdido.
To A Lost Love, Ernest Dowson (1867-1900)

Ya no busco nada para salvar el abismo
que separa nuestros dos caminos;
sin sentido mi corazón en plegarias se desquita,
la esperanza cae, se marchita;
veo en tus ojos la respuesta triste, fatigada.

No hice caso, las estrellas eran tan claras;
soñaba que el amor podía unir
dos vidas nacidas para estar separadas;
por eso, querida, sobre este asunto,
ahora entiendo que nunca debimos estar juntos.

Supe el final antes de que el final llegara:
las estrellas se han vuelto tan opacas;
en vano suspiro, en vano,
por las cosas que llegan a algunos,
y que a otros, como a ti y a mí, nunca llegarán.


I seek no more to bridge the gulf that lies
Betwixt our separate ways;
For vainly my heart prays,
Hope droops her head and dies;
I see the sad, tired answer in your eyes.

I did not heed, and yet the stars were clear;
Dreaming that love could mate
Lives grown so separate;--
But at the best, my dear,
I see we should not have been very near.

I knew the end before the end was nigh:
The stars have grown so plain;
Vainly I sigh, in vain
For things that come to some,
But unto you and me will never come.


Ernest Dowson
(1867-1900)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ernest Dowson: Para un amor perdido (To A Lost Love), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Ven, descendamos»: Ernest Dowson; poema y análisis


«Ven, descendamos»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Ven, descendamos (Venite Descendamus) es un poema decadentista del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la antología de 1896: Versos (Verses).

Ven, descendamos, uno de los grandes poemas de Ernest Dowson, y probablemente uno de los ejemplos más brillantes del decadentismo, nos propone una mirada sombría de la realidad, donde el único consuelo posible se encuentra en el silencio, en el reposo, en el lento transitar de las horas en la tumba.




Ven, descendamos.
Venite Descendamus, Ernest Dowson (1867-1900)

Deja que así sea;
renuncia a las palabras y al lamento,
en vano tanto ansiamos responder:
mejor encontrar un lugar para yacer,
solo para estar muerto.

El silencio fue lo mejor,
mejor que las canciones y el lamento;
ahora sé las melodías desiertas;
ahora deja que las hojas muertas
y rojas del otoño cubran el laúd incierto.

El silencio es lo mejor:
por nunca jamás, eternamente,
descendamos y allí, durmiendo,
en algún lugar más allá de su conocimiento,
ella nos olvidará para siempre.

Deja que así sea:
más y más fría ella se ha de transformar,
el sueño y la noche fueron la perla;
yacer donde ya no podemos verla,
donde podamos descansar.


Let be at last; give over words and sighing,
Vainly were all things said:
Better at last to find a place for lying,
Only dead.

Silence were best, with songs and sighing over;
Now be the music mute;
Now let the dead, red leaves of autumn cover
A vain lute.

Silence is best: for ever and for ever,
We will go down and sleep,
Somewhere beyond her ken, where she need never
Come to weep.

Let be at last: colder she grows and colder;
Sleep and the night were best;
Lying at last where we cannot behold her,
We may rest.


Ernest Dowson
(1867-1900)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ernest Dowson: Ven, descendamos (Venite Descendamus), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Versos»: Ernest Dowson; libro y análisis


«Versos»: Ernest Dowson; libro y análisis.




Versos (Verses) es una colección de poemas decadentistas del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicada en 1896.

Versos, sin dudas una de las grandes antologías del decadentismo, agrupa los mejores poemas de Ernest Dowson, un autor que también exploró el relato fantástico y la novela. Sin embargo, los versos eran su territorio natural, a tal punto que con el tiempo se convirtió en un verdadero clásico de la poesía inglesa.




Versos.
Verses, Ernest Dowson (1867-1900)
  • Amor Profanus (Amor Profanus)
  • El jardín de sombras (The Garden of Shadows)
  • Flor de la luna (Flos Lunae)
  • Las tres brujas (The Three Witches)
  • Me habrías entendido (You Would Have Understood Me)
  • Noches grises (Grey Nights)
  • Non Sum Qualis Eram Bonae Sub Regno Cynarae (Non Sum Qualis Eram Bonae Sub Regno Cynarae)
  • Para alguien en el manicomio (To One In Bedlam)
  • Para un amor perdido (To A Lost Love)
  • Una última palabra (A Last Word)
  • Ven, descendamos (Venite Descendamus)
  • Absinthia Taetra (Absinthia Taetra)
  • Ad Manus Puellae (Ad Manus Puellae)
  • A su amante (To His Mistress)
  • Benedictio Domini (Benedictio Domini)
  • Cynara (Cynara)
  • Decoraciones en verso (Decorations in Verse)
  • Después de Paul Verlaine (After Paul Verlaine)
  • El cambio del mar (The Sea-Change)
  • El niño muerto (The Dead Child)
  • En primavera (In Spring)
  • Extremaunción (Extreme Unction)
  • Heces (Dregs)
  • Impenitent Ultima (Impentitent Ultima)
  • La visita (The Visit)
  • Libérame (Libera Me)
  • Mi dama Abril (My Lady April)
  • Moritura (Moritura)
  • Para un amor perdido (To A Lost Love)
  • Para William Theodore Peters (To William Theodore Peters)
  • ¿Quid Non Supremus, Amantes? (Quid Non Supremus, Amantes?)
  • Requiem (A Requiem)
  • Rondeau (Rondeau)
  • Sabiduría de la luna (Sapientia Lunae)
  • Saint Germain (Saint Germain)
  • Serafita (Seraphita)
  • Sobre el nacimiento del hijo de un amigo (On The Birth Of A Friend's Child)
  • Soli Cantare Periti Arcades (Soli Cantare Periti Arcades)
  • Terre Promise (Terre Promise)
  • Transición (Transition)
  • Vana esperanza (Vain Hope)
  • Vanidad (Vanitas)
  • Vesperal (Vesperal)
  • Villanelle (Villanelle)
  • Vita Summa Brevis Spem Nos Vetat Incohare Longam (Vita Summa Brevis Spem Nos Vetat Incohare Longam)




Libros de poemas. I Libros de Ernest Dowson.


El análisis y resumen del libro de Ernest Dowson: Versos (Verses), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Non Sum Qualis eram Bonae Sub Regno Cynarae»: Ernest Dowson.


«Non Sum Qualis eram Bonae Sub Regno Cynarae»: Ernest Dowson.




Seguramente muchos estarán familiarizados con la película: Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind), basada en la excelente novela de Margaret Mitchell, tal vez uno de los cinco libros más vendidos del siglo XX. Al parecer, la historia fue inspirada en un suceso cotidiano, trivial para la mayoría de nosotros, pero que en manos de un autor con talento y algo para decir puede transformarse en una fuerza arrasadora. La propia Margaret Mitchell comentó que Lo que el viento se llevó nació a partir de la lectura de un poeta bastante olvidado del decadentismo, llamado Ernest Dowson (1867-1900).

Ernest Dowson fue un poeta inquieto. Estudió en la Universidad de Oxford y abandonó la carrera de abogado antes de graduarse. Participó activamente de muchos movimientos estéticos y artísticos de su época, e incluso entabló una relación entrañable W.B. Yeats. En 1889 Ernest Dowson se enamoró perdidamente de Adelaide Foltinowicz, conocida como Missie, hija de un poderoso empresario gastronómico. Este dato no sería relevante, para nosotros y mucho menos para Margaret Mitchell y Lo que el viento se llevó, salvo por un detalle. Missie tenía apenas once años de edad.

Ernest Dowson dejó que los años pasaran. Cuando Adelaide Foltinowicz alcanzó la mayoría de edad, el poeta se lanzó a un cortejo apresurado y torpe. Compuso para ella sus poemas más conocidos, y acaso los más bellos, pero sus esfuerzos por conquistarla fracasaron miserablemente. En 1897 Adelaide Foltinowicz eligió las caricias de un sastre, y pronto contrajo matrimonio con él. Ernest Dowson quedó devastado por la noticia. Previamente, en 1894, su padre se había suicidado ingiriendo una dosis letal de hidrato de cloral. Y un año después, en 1895, su madre se suicidó ahorcándose de una viga. Sería redundante aclarar que Ernest Dowson cayó en una profunda depresión de la que nunca se recuperaría.

Se dice que un amigo, llamado Robert Sherard, encontró a Ernest Dowson en un estado deplorable, casi en la indigencia, bebiendo enloquecidamente en un bar. Corría el año 1900, y los festejos por el cambio de siglo disimulaban el aspecto descuidado del poeta. Sherard llevó a Ernest Dowson a su casa en Catford. El poeta pasó allí las ultimas seis semanas de vida, bebiendo a escondidas para sepultar los dolores de su corazón, y sobre todos los malestares indecibles de la tuberculosis. Tenía apenas 32 años de edad cuando su cuerpo fue enterrado con todo el rigor del rito católico.

Su obra cayó en el olvido, o mejor dicho, en el recuerdo de un puñado de fieles. Entre ellos se contaba Margaret Mitchell, que por entonces buscaba algo, una melodía, una sincronía, tal vez, que la sacudiera en su fibra más íntima. Según lo comentó ella misma, ese estremecimiento llegó como una nota lejana en la primera línea de la tercera estrofa del poema Ernest Dowson: Non Sum Qualis eram Bonae Sub Regno Cynarae —publicado en la colección: Versos (Verses)—, naturalmente dedicado a la indiferente Adelaide Foltinowicz.

Al leer el poema, Margaret Mitchell se estremeció por algo que definió como el lejano y débilmente triste sonido que quería [«far away, faintly sad sound I wanted»]. Algunos poemas persiguen propósitos que exceden al propio poeta, y sobre todo a las penas y los sufrimientos que los inspiraron. Algunos poemas, de hecho, fueron forjados para inspirar a una sola persona.




Non Sum Qualis eram Bonae Sub Regno Cynarae.
Ernest Dowson.

¡Mucho he olvidado, Cynara! Lo que el viento se llevó,
Rosas arrojadas, rosas descontroladamente mezcladas
Bailando, para poner tus lirios pálidos fuera de la mente;
Pero yo estaba solo y harto de una vieja pasión,
Sí, todo el tiempo, porque el baile era largo:
¡Te he sido fiel, Cynara! A mi manera.


I have forgot much, Cynara! gone with the wind,
Flung roses, roses riotously with the throng,
Dancing, to put thy pale, lost lilies out of mind;
But I was desolate and sick of an old passion,
Yea, all the time, because the dance was long:
I have been faithful to thee, Cynara! in my fashion.


Ernest Dowson
(1867-1900)




Poemas de Ernest Dowson. I Poemas de amor.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de Ernest Dowson: Non Sum Qualis eram Bonae Sub Regno Cynarae fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

10 mejores poemas malditos


10 mejores poemas malditos.




Los poetas malditos ocupan un sitio privilegiado en nuestra biblioteca; y no es para menos, en gran parte son la causa de que la poesía abandonara paulatinamente algunos vicios y tópicos anacrónicos para ganar otros, más íntimos y ligados al sufrimiento del alma insatisfecha.

Dentro del largo volumen de poemas malditos hemos seleccionado apenas diez, los que a nuestro juicio son los mejores poemas malditos que se hayan escrito. Desde luego, esta "maldición" no tiene nada de sobrenatural, sino todo lo contrario, es hija de la condena social y estética de una época que vio en sus autores a personajes torturados irremediablemente, ahorrándose la posibilidad de que aquella tortura privada fuese la consecuencia obvia de una sociedad llena de injusticias y desigualdades.




10 mejores poemas malditos.




Poemas góticos. I Poemas malditos.


El artículo: 10 mejores poemas malditos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

10 poemas malditos de amor


10 poemas malditos de amor.




La decisión de clasificar a un poeta maldito e incluirlo en esta Orden, por llamarla de alguna forma, presenta demasiadas objeciones y no aporta demasiado a la discusión sobre qué es la poesía maldita y desde donde se define estéticamente.

De todas formas, podemos convenir que los grandes poetas malditos son fácilmente reconocibles: E.A. Poe, Baudelaire, Rimbaud, Artaud, Dylan Thomas, Lautréamont, Keats, Ernest Dowson y algunos otros; razón por la cual nos atrevemos a este decálogo hijo de la desesperación y el sinsentido: los 10 mejores poemas malditos de amor.




10 poemas malditos de amor.




Poemas malditos. I Poemas góticos.


El análisis y resumen de los 10 poemas malditos de amor fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

5 poemas de amor de Ernest Dowson


5 poemas de amor de Ernest Dowson.




Si buscamos una de las experiencias estéticas del decadentismo más asociadas al amor y las relaciones, es imprescindible visitar la obra de Ernest Dowson (1867-1900), un poeta inglés devastado por una vida llena de sobresaltos y tragedias. La mujer que amaba lo rechazó violentamente, numerosos miembros de su familia se suicidaron, entre ellos, sus padres; él mismo se volvió alcohólico a causa de su existencia desdichada; y de ese caos terrible que eran sus días extrajo los mejores poemas de amor del decadentismo.

A continuación repasamos una pequeña muestra, aunque acabada y bellísima, con los 5 mejores poemas de amor de Ernest Dowson.




5 poemas de amor de Ernest Dowson.




poemas de Ernest Dowson. I Poemas góticos.


El resumen de los 5 mejores poemas de amor de Ernest Dowson fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Los mejores poemas del Decadentismo


Los mejores poemas del decadentismo.




Los poemas del decadentismo presentan los síntomas más violentos de una sociedad y una moral que comienzan a agotar sus paradigmas, justo para reemplazarlos por otros, a menudo más feroces. Entenderlos es entender también las contradicciones de una época.

Una gran antología puede asistirnos en el deseo de conocer algo más sobre el decadentismo, sus móviles e instintos. En este caso, el libro es Ruinas Morales: el libro del decadentismo (Moral Ruins: The Dedalus Book of Decadence), editado en 1990.




Ruinas morales: el libro del decadentismo.
Moral Ruins: The Dedalus Book of Decadence.
  • Al lector (Au Lecteur, Charles Baudelaire)
  • Languidez (Langueur, Paul Verlaine)
  • Después del diluvio (Après le Déluge, Arthur Rimbaud)
  • Letanías de Satán (Les Litanies de Satan, Charles Baudelaire)
  • El cuarto doble (La Chambre Double, Charles Baudelaire)
  • Spleen (Spleen, Paul Verlaine)
  • El bote borracho (Le Bateau ivre, Arthur Rimbaud)
  • Don Juan en los infiernos (Don Juan aux enfers, Charles Baudelaire)
  • Theoretikos (Theoretikos, Oscar Wilde)
  • Satia Te Sanguine (Satia Te Sanguine, Algernon Charles Swinburne)
  • Magia (Magic, Lionel Johnson)
  • Non Sum Qualis Eram Bonae Sub Regno Cynarae (Non Sum Qualis Eram Bonae Sub Regno Cynarae, Ernest Dowson)
  • El traductor y el niño (The Translator and the Children, James Elroy Flecker)
  • Insomnio (Insomnia, John Davidson)
  • Absinthia Taetra (Absinthia Taetra, Ernest Dowson)
  • El anillo de Fausto (The Ring of Faustus, Eugene Lee-Hamilton)




Antologías. I Poemas del decadentismo.


El artículo: Los mejores poemas del decadentismo fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Flos Lunae»: Ernest Dowson; poema y análisis.


«Flos Lunae»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Flos lunae (Flos lunae) es un poema de amor del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), compuesto alrededor de 1890 y publicado en la antología: Versos (Verses).

Flos lunae, como muchos poemas de Ernest Dowson, está titulado en latín. Significa: «flor de la luna» o «flor lunar».





Flos Lunae.
Flos lunae, Ernes Dowson (1867-1900)

Yo no cambiaría tus ojos fríos,
Ni alteraría la calma fuente del discurso
Con un arrebato de pasión o sorpresa.
Inalcanzable me resulta tu corazón:
E inalterables tus ojos fríos.

Yo no cambiaría tu mirada fría;
Ni tu sonrisa ni tus lágrimas poseería;
Aunque toda mi vida calle y muera,
El deseo sigue ahí, deseando sueños,
Y tus ojos fríos permanecen allí.

Yo no cambiaría tus ojos fríos;
No los cambiaría incluso si pudiese,
A quien mis rezos ascienden en el incienso,
¡Hija de sueños! ¡Mi luna nocturna!
Nunca borraría tus ojos fríos.

Yo no cambiaría tus ojos fríos,
Con tribulaciones del corazón humano:
Dentro de ellos mi espíritu yace,
Una cosa helada, sola, aislada;
Que jamás me atrevería a cambiar.


I would not alter thy cold eyes,
Nor trouble the calm fount of speech
With aught of passion or surprise.
The heart of thee I cannot reach:
I would not alter thy cold eyes!

I would not alter thy cold eyes;
Nor have thee smile, nor make thee weep:
Though all my life droops down and dies,
Desiring thee, desiring sleep,
I would not alter thy cold eyes.

I would not alter thy cold eyes;
I would not change thee if I might,
To whom my prayers for incense rise,
Daughter of dreams! my moon of night!
I would not alter thy cold eyes.

I would not alter thy cold eyes,
With trouble of the human heart:
Within their glance my spirit lies,
A frozen thing, alone, apart;
I would not alter thy cold eyes.


Ernest Christopher Dowson
(1867-1900)




Poemas de Ernest Dowson. I Poesía gótica.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de Ernest Dowson: Flos lunae (Flos lunae) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El estatuto de las limitaciones»: Ernest Dowson; relato y análisis


«El estatuto de las limitaciones»: Ernest Dowson; relato y análisis.




El estatuto de las limitaciones (The Statute of Limitations) es un relato decadentista del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en 1893 en la revista literaria The Hobby Horse, y luego reeditado en la antología de 1895: Dilemmas (Dilemmas).

El estatuto de las limitaciones, uno de los grandes cuentos de Ernest Dowson, combina exquisitamente la complejidad de una relación sentimental con los misterios del mar. De hecho, es probable que hayan sido las experiencias personales del autor en el mar las que le otorgaron al autor el marco perfecto para este relato mórbido acerca de una relación condenada entre un mercader colonial y su novia inglesa.

También es importante mencionar que, para muchos críticos, El estatuto de las limitaciones fue la principal fuente de inspiración para el clásico de Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas (The Heart of Darkness).




El estatuto de las limitaciones.
The Statute of Limitations, Ernest Dowson (1867-1900)

Durante los cinco años de relación casi diaria con Michael Garth, en un paraje solitario de Chile, que hizo que dos hombres como nosotros -que hablábamos la misma lengua pero apenas compartíamos intereses- tuviéramos que soportarnos el uno al otro, llegué a tener con él, si no una amistad íntima, al menos cierta familiaridad, que me permitió acercarme a su carácter y conocer los detalles más relevantes de su historia. Hablo de un carácter muy singular, y de una historia rica en enseñanzas. Deduje gran parte de ella de los comentarios que dejó escapar mucho antes de que yo supiera su final.

Por poco simpático que me resultara el hombre, era imposible no interesarse por su historia. A medida que fuimos conociéndonos, cada vez tuvo más visos de ser (me refiero a su carácter) un difícil problema psicológico, que yo estaba obsesionado en resolver. Me dediqué a estudiarlo en mi tiempo libre, después de vigilar las fluctuaciones en el precio de los nitratos. De modo que, cuando logré hacerme rico, en lugar de volver a casa en seguida, preferí esperar más de tres meses para regresar en el mismo barco que él. Gracias a esta demora, puedo transcribir el desenlace de mis impresiones: las encuentro edificantes, aunque sólo sea por su extraña ironía.

De sus labios apenas recabé información; aunque en nuestra travesía de vuelta, aquellas largas noches en que paseábamos por cubierta bajo la Cruz del Sur, su reticencia cedía de vez en cuando, lo que me permitió vislumbrar muchas más cosas de él que en todo nuestro tiempo juntos en la salitrera. Adiviné más, sin embargo, de lo que me contó; y logré atar todos los cabos con posterioridad, después de conversar con la joven a quien comuniqué la noticia de su muerte.

El mencionó su nombre, por primera vez, un día o dos antes de su desaparición: una confidencia tan inaudita que debí estar ciego para no darme cuenta de lo que presagiaba. Había visto su retrato el primer día que entré en casa de Garth, donde su fotografía colgaba en un lugar bien visible de la pared: el rostro ovalado y adorable de una jovencita, casi una niña, con unos ojos enormes que, no sé por qué motivo, se adivinaban del color de las violetas, contemplando el mundo con singular tristeza entre un manto ondulante de cabellos negros. Él me contó después que era la fotografía de su prometida, pero, antes de eso, no habían faltado indicios de que había una mujer en su vida.

Iquique no es París; ni siquiera Valparaíso; pero sí una ciudad del mundo civilizado; y, tan sólo a dos días a caballo del lugar pestilente y caluroso donde alimentábamos tenazmente nuestras vidas de quinina y de ilusión, era la mejor esperanza de evasión. Las existencias de casi todos los ingleses que dirigían trabajos en el interior de aquellas tierras eran muy parecidas: no era difícil reconocerlos por cierta expresión hambrienta y salvaje en su mirada. Entretanto, mientras esperaban su suerte, la mayoría sentía una gran alegría cuando algún asunto de negocios les obligaba a pasar un día o dos en Iquique. Hay tiendas y calles, calles iluminadas por las que pasan señoritas de ojos negros con mantillas de encaje; y también hay cafés; y partidas de faraón para los que quieren apostar; y corridas de toros, y periódicos con menos de seis semanas de retraso; y en el puerto, cargando nitrato, muchos barcos, a los que no se puede mirar sin envidia, pues regresarán a Inglaterra en pocos días.

Pero Iquique no tenía el menor atractivo para Michael Garth, y, cuando alguno de nosotros tenía que ir, era normalmente yo, su subordinado, quien me dirigía allí alegrándome de su indiferencia. Los dólares ganados con el sudor de la frente se desvanecían en Iquique; y para Garth la vida en Chile se limitaba, desde hacía mucho tiempo, a hacer acopio de dólares. Así que se quedaba en el calor abrasador de Aguas Blancas, y contaba con determinación los días y el dinero (aunque su naturaleza, en mi opinión, era esencialmente generosa, su obsesión por conseguir aquel propósito le había convertido en un hombre de una avaricia malsana) que lo devolverían a su preciosa amada.

A pesar de lo taciturno, desconfiado e insociable que se había vuelto, descubrí poco a poco que aún sentía cierto amor por las humanidades, y que su buen gusto sólo podía ser fruto de un profundo conocimiento de la mejor literatura. Puso a mi disposición su reducida biblioteca unas pocas novelas francesas, un Horacio, y algunos volúmenes muy manoseados de poetas ingleses modernos en la conocida edición de Tauchnitz-, a cambio de mi colección, bastante similar, aunque algo más numerosa. En los escasos momentos en que se mostraba cordial, podía hablar de esos temas con verve y originalidad; con más frecuencia, prefería perseguir con odio exacerbado a un fetiche abstracto que él denominaba su «suerte».

Era por naturaleza terriblemente pesimista; y parecía atribuir a la Providencia cierta cualidad inconcebiblemente cruel, que dirigía en todo momento contra su persona. Logré explicarme, e incluso justificar, en cierto modo, su profunda amargura y su avaricia, muy similares, cuando supe que había sufrido la mayor de las pobrezas y que, además, estaba locamente enamorado... enamorado comme on ne l’ést plus. Cuáles habían sido sus recursos antes era algo que yo desconocía, así como la causa de su fracaso; pero colegí que la crisis había sobrevenido en un momento en que su vida se había complicado con la repentina transformación de una vieja amistad en amor... un amor que, en su caso, sería absoluto y definitivo. La muchacha también era pobre; ambos eran más pobres que la mayoría de la gente pobre.

¿Cómo podía él rechazar el empleo que, gracias a los buenos oficios de un amigo, le ofrecieron inesperadamente entonces? Es verdad que significaba marcharse del país, y pasar cinco años de soledad en América Ecuatorial. La separación y el cambio debían tenerse también en cuenta; quizá la enfermedad y la muerte, además de su «suerte», que parecía incluir todos los males. Pero a la vez prometía, cuando el período de exilio terminara (y había posibilidades de disminuir su duración) cierta autoridad y, probablemente, riqueza; y, si lograba zafarse de todos los riesgos, el matrimonio. Parecía ser el único camino. La muchacha era muy joven: casarse antes de su marcha era impensable; ni siquiera se comprometieron formalmente.

Garth se negó a aceptar su promesa de matrimonio, aunque aseguró que él la amaría mientras siguiera con vida; se mantendría célibe para reclamar su mano cuando regresara al cabo de cinco, diez o veinte años, si ella no había elegido a alguien mejor. Quería que se sintiera libre; aunque imagino cuánto debió impresionar a la joven de los ojos violetas la renuncia de aquel semblante oscuro y resentido, y con cuánta ternura rechazó su libertad. Ella consiguió un trabajo de institutriz, y se sentó a esperar. Y la ausencia solo sirvió para remachar con más fuerza la cadena de su afecto, y asentar mejor la imagen de Garth en su pedestal; pues en el amor casi siempre ocurre lo contrario que en esta máxima social, les absents ont toujours tort, que siempre se cumple.

Garth, por su parte, escribiéndole un mes tras otro, mientras su retrato le sonreía desde la pared, aunque tenía siempre la delicadeza de recordarle su total libertad, añadía tantas cosas que su renuncia perdía valor. Vivía soñando con ella; y el recuerdo de sus ojos y de su pelo le acompañaban a todas horas, y eran más reales que los hombres de carne y hueso con los que despachaba de forma maquinal todos los días. Consumido por el deseo de estrecharla entre sus brazos, no cesaba de contar las horas que aún le separaban de ese momento. Y, sin embargo, cuando terminaron sus cinco años de contrato, aplazó el regreso, aunque su situación económica lo habría justificado; y prolongó su estancia otros cinco años, que se convertirían en siete.

Lo cierto es que el recuerdo de su antigua pobreza, y las humillaciones que conllevaba, se había transformado en una furia que le perseguía sin cesar fustigándole con su látigo. El deseo voraz de aumentar sus ganancias, siempre por amor a la joven —de ahí que fuera sacrosanto—, se había convertido en su segunda naturaleza; una locura interior que le impedía vivir en paz. Su peor pesadilla era despertarse sobresaltado, pensando que lo había perdido todo, que había quedado sumido en la pobreza anterior: un sudor frío recorría todo su cuerpo hasta que conseguía vencer su horror. La repetición de aquel sueño, una y otra vez, le hacía jurar solemnemente que volvería a su país rico, lo bastante rico para reírse de las fantasías de su suerte. Ésta parecía haber cambiado en los últimos tiempos; así que tuvo la fortuna de poder cumplir su juramento.

Al final, ganaba dinero a espuertas: todas sus operaciones tenían éxito, incluso aquellas que se asemejaban al juego más insensato; y las especulaciones más osadas daban un vuelco y obtenían una sustanciosa cosecha cuando Garth intervenía en ellas.

Y mientras seguía esperando y planeando, en Aguas Blancas, febrilmente concentrado en sí mismo, su encuentro definitivo con la joven en Inglaterra, el hombre envejecía: al principio poco a poco, y de un modo apenas perceptible; pero cerca del final, a pasos agigantados, cada vez más consciente de cuánto encanecía y cambiaba, lo que aumentaba su negra melancolía. De ello se dio cuenta, quizá, brutalmente y de forma indirecta, cuando recibió otra fotografía de Inglaterra. Era un rostro muy hermoso todavía, pero el rostro de una mujer que ha perdido la frescura de la juventud (habían transcurrido siete años) y adquirido una dignidad teñida de tristeza: un rostro sobre el que la vida había escrito algunas de sus crueldades.

Los días posteriores a su llegada, Garth estuvo incluso más malhumorado y silencioso que de costumbre; luego ocultó deliberadamente el retrato. Volvió a lanzarse con furia a su batalla económica; había recobrado su antigua inspiración, la de la vieja fotografía: el rostro ovalado y adorable de una jovencita, casi una niña, con unos ojos enormes que, no se por qué motivo, se adivinaban del color de las violetas.

A medida que se acercaba el momento de nuestra partida, una semana o dos antes de que nos dirigiéramos a Valparaíso, donde Garth tenía asuntos que liquidar, pude estudiar con mayor profundidad el demonio malsano que lo poseía. Era realmente extraño: nadie había odiado tanto aquel país, ni había estado mas firmemente decidido a escapar de él; y ahora que tenía la oportunidad de hacerlo, sentía algo más cercano al terror que a la alegría de un hombre razonable que estuviera a punto de conseguir el sueño de su vida. Había respetado el pacto que había sellado consigo mismo; era un hombre rico, más rico de lo que jamás había imaginado. Y aún seguía lleno de vigor, apenas había cruzado el umbral de la edad madura, y volvía a casa para reunirse con la mujer a la que durante los últimos quince años había adorado con constancia sin igual, y cuya fidelidad había sido para él, en el exilio, como la sombra de una roca en medio del desierto; volvía a casa para contraer un honroso matrimonio.

Pero también era un hombre enfermo de tristeza; angustiado y temeroso. A veces tenía la impresión de que se habría alegrado si ella hubiese faltado a su palabra, y hubiera aprovechado la libertad que él le otorgaba para eludir su promesa. Y lo más curioso es que jamás dudé de la fuerza de su amor; continuó siendo absorbente e inmutable la mayor parte de su vida. Ninguna sombra extraña se había interpuesto jamás entre Garth y el recuerdo de la muchacha de los ojos violetas, con la que al menos él estaba comprometido. Pero una sombra se cernía sobre ambos; al principio, me pareció imaginaria, demasiado grotesca para discutir sobre ella, pero, tal como llegué a descubrir, en esa misma insustancialidad residía todo su poder.

La imagen de la mujer en que ella se había convertido se interponía entre él y la joven que había amado, que aún amaba con pasión, y los separaba. Fue sólo en nuestra travesía de vuelta, mientras paseábamos juntos por cubierta —aquellas largas noches de calor abrasador en que no podíamos conciliar el sueño—, cuando me reveló, por primera vez sin subterfugios, la herida mortal que ese fantasma le había infligido y su lenta agonía. Y la vieja y amarga convicción de la crueldad de su suerte, que había permanecido dormida con la euforia de la prosperidad material, volvió a latir en su interior. Y creyó ver en aquel cambio aparente la última ironía de los poderes hostiles que lo habían acosado.

—Comprendí de repente —dijo Garth—, justo antes de abandonar Aguas Blancas, después de haber calculado mi fortuna y de haber visto que nada me retenía allí, que todo era un error. ¡Había sido un necio! Debería haber vuelto a casa hace mucho tiempo. ¿Dónde están los mejores años de mi vida? Consumidos, desperdiciados y enterrados en ese maldito infierno. ¿Dólares? Aunque tuviera todo el metal de Chile, no podría comprar un solo día de mi juventud. Ni de la juventud de ella; también ha desaparecido; y ¡eso es lo peor!

A pesar de todas mis protestas, su abatimiento era cada vez mayor a medida que el vapor iba navegando rumbo a Inglaterra, sin que su hélice dejara de vibrar, como el jadeo de una enorme bestia. Cierta ocasión en que habíamos estado hablando de otros asuntos, de algunos poetas vivos que él defendía, citó unos versos de El progreso del príncipe, de Christina Rossetti:


Hace diez años, hace cinco años,
un año atrás,
habrías llegado a tiempo,
aunque un poco lento,
para reconocer su rostro vivo,
ahora ya indescifrable.


Garth se detuvo bruscamente, como si quisiera dar a entender que aquellos versos eran un ejemplo de su situación.

—¡Qué dice usted! —protesté—. No veo la analogía. Usted no ha perdido el tiempo, ni regresa demasiado tarde. Una mujer valiente lo ha esperado; les aguarda una radiante felicidad... tanto mejor por lo laboriosamente que ha sido ganada. Por el amor de Dios, ¡sea razonable!

Él movió la cabeza tristemente; y después añadió con vehemencia, mirando por encima de la borda aquellas aguas grises que se agitaban:

—Todo ha terminado. No me queda valor...

—¡Ah! —exclamé impaciente—. Dígame de una vez para siempre, con franqueza, que se ha cansado de ella, que quiere volverse atrás.

—No —respondió, apesadumbrado—, no se trata de eso. No puedo reprocharme el menor titubeo. He tenido una única pasión; he dado mi vida por ella; y sigue ahí, consumiéndome. Pero la muchacha que amaba es como si ya hubiera muerto. Sí, está muerta, tan muerta como Helen; y no tengo el consuelo de saber dónde la han enterrado. Nuestro matrimonio será una horrible parodia: la unión de dos cadáveres. Su corazón, ¿cómo puede dármelo ella? Se lo entregó hace años al hombre que yo era, al hombre que ha muerto. Nosotros, los que quedamos, no somos nada el uno para el otro, tan sólo dos extraños.

Era imposible discutir algo tan perverso e irracional; carecía de sentido señalar que, en la vida, no existe una distinción tan arbitraria como la que le obsesionaba. Lo único que podía hacer era esperar, confiando en que, cuando se encontraran de verdad, su enfermedad se curaría, pero, ¿llegaría a celebrarse ese encuentro? Había momentos en que el miedo que éste le inspiraba parecía tan grande que sería capaz de cualquier cobardía, de cualquier compromiso para posponerlo, para hacerlo imposible. Garth temía que ella leyera la aversión en sus ojos, y sospechara cómo el tiempo y su propia fidelidad le habían proporcionado la única adversaria con la que jamás podría competir: el recuerdo de ella misma, de su adorable juventud, que se había desvanecido.

¿No podría alegrarse ella también de la ruptura, aunque se hubiera apresurado a acceder, por honor o por cansancio, a un matrimonio que no era más que una parodia de lo que podría haber sido?

En Lisboa tuve la esperanza de que se hubieran disipado sus dudas, y de que hubiera recobrado la sensatez y la razón, pues escribió una larga carta a su prometida que, posteriormente, despertó una gran curiosidad en mí; y, durante un día o dos, transmitía una calma que consiguió engañarme. Me gustaría saber qué puso en aquella misiva, hasta qué punto se había explicado, había justificado su extraña actitud. ¿O se trataba simplemente de un résumé, una conclusión a todas las cartas que le había escrito en Aguas Blancas, la última epístola que dirigiría a la jovencita de la primera fotografía?

Días después yo habría dado cualquier cosa por saberlo, pero también ella, la mujer que la leyó, guardó un silencio impenetrable. A cambio, jamás le revelé un secreto: mi interpretación del accidente que causó la muerte de Garth. Me parecía suficientemente trágico para ella que él hubiera acabado sus días del modo en que lo hizo, tan cerca de las aguas de Inglaterra; a escasos días del hogar con el que habían soñado tantos años.

Habría sido una crueldad aumentar su dolor levantando el velo de oscuridad que pende sobre esa noche serena y sin luna, señalando una cierta intención en su final. Pues la experiencia me dice que, en la vida real, no ocurren accidentes tan oportunos, y no podía olvidar que, para Garth, la muerte era indudablemente una solución. ¿No era, además, precisamente la solución que parecía haber encontrado poco tiempo antes? Lo cierto es que, una vez superada la conmoción que me produjo su muerte, sentí que, después de todo, era una solución: con el handicap de su «suerte», es posible que hubiera evitado algo peor que el fin que encontró. ¿Acaso la suerte de un hombre así no es fruto de su temperamento, de su carácter? Y ¿quién puede escapar a eso? ¿No había sido quizá una escapatoria para el pobre diablo, y para la mujer que lo amaba, que él eligiera arrojarse y desaparecer en las tranquilas e insondables profundidades del Atlántico en el momento en que lo hizo, llevándose con él al menos un ideal incólume, y dejando en la joven un recuerdo que la experiencia jamás podría empañar, ni la costumbre erosionar?

Ernest Dowson (1867-1900)




Relatos góticos. I Relatos de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Ernest Dowson: El estatuto de las limitaciones (The Statute of Limitations), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Noches grises»: Ernest Dowson; poema y análisis


«Noches grises»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Noches grises (Grey Nights) es un poema decadentista del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la antología de 1816: Versos (Verses).

Noches grises, uno de los mejores poemas de Ernest Dowson, versifica la historia de una noche inquietante, solitaria, donde los sueños y las pesadillas dan paso a horribles episodios de insomnio, y donde los peores miedos, los reproches, los instantes de frágil remordimiento, nos asfixian en la penumbra.




Noches grises.
Grey Nights; Ernest Dowson (1867-1900)

Por un tiempo vagamos (esto fue lo que soñé)
por un largo y arcilloso camino en la Tierra de Nadie,
donde sólo las amapolas crecen en la arena,
aquellas que con escasa estima arrancamos,
y siempre tristes, hacia una triste corriente,
seguimos avanzando con los dedos entrelazados,
bajo las estrellas distantes, un camino imprevisto,
la visión de todas las cosas en la sombra de un sueño.

Y siempre tristes, mientras las estrellas expiraron,
encontramos las más extrañas amapolas,
hasta que tus ojos mi luz cultivaron,
para iluminarme en aquella hora de abatimiento,
y en su oscurecimiento ninguna conjetura podría
atormentarme con los días perdidos que deseamos,
después de ellos mis recuerdos fueron destrozados.


A while we wandered (thus it is I dream!)
Through a long, sandy track of No Man's Land,
Where only poppies grew among the sand,
The which we, plucking, cast with scant esteem,
And ever sadlier, into the sad stream,
Which followed us, as we went, hand in hand,
Under the estranged stars, a road unplanned,
Seeing all things in the shadow of a dream.

And ever sadlier, as the stars expired,
We found the poppies rarer, till thine eyes
Grown all my light, to light me were too tired,
And at their darkening, that no surmise
Might haunt me of the lost days we desired,
After them all I flung those memories!


Ernest Dowson (1867-1900)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ernest Dowson: Noches grises (Grey Nights), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Para alguien en el manicomio»: Ernest Dowson; poema y análisis


«Para alguien en el manicomio»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Para alguien en el manicomio (To One in Bedlam) es un poema decadentista del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la edición de agosto de 1892 de la revista The Abernale Review, y luego reeditado en la antología de 1894: Versos (Verses).

La palabra bedlam pertenece al argot londinense del siglo XIX: básicamente una deformación coloquial del Hospital of Saint Mary of Bethlehem, antiguo monasterio fundado en 1247 y posteriormente convertido en un asilo para lunáticos.

Para alguien en el manicomio es un poema de soledad, una soledad forzada, desde luego, como todo aislamiento impuesto por la sociedad; en este caso, la de alguien que vive encerrado en un hospital psiquiátrico, alejado del mundo pero no únicamente por muros y rejas sino también por la incomprensión de los demás.

La imagen de este hombre desolado que observa la luna y las estrellas a través de los barrotes herrumbrados, aferrándose a un manojo de hierbas y creyendo, o confiando, que se trata de un hermoso ramo de rosas, es una de las escenas más memorables de obra poética de Ernest Dowson.



Para alguien en el manicomio.
To One in Bedlam, Ernest Dowson (1867-1900)

Con delicadas, dementes manos, detrás de las sórdidas barras,
Él sostiene sus flores, manojo apretado en densas lágrimas;
Aquellos marchitos ramos de paja, marcan miserablemente
Su espacio, universo enjaulado, donde contempla al mundo indolente.

Pedante y lastimoso. ¡Ah, como luchan su arrebatadora mirada
Contra la indiferencia! ¿Saben ellos de los sueños divinos que lo agitan,
Riendo como en un sueño encantado por el vino,
Mezclando en una quimera su melancolía con las estrellas?

¡Oh, Hermano desdichado! Sí, de tí sienten lástima.
¿No he cedido con alegría a la promesa de tus ojos,
Reino de los tontos, lejos de los hombres que siembran y cosechan
La vanidad de sus días? Mejor que las flores mortales
Son tus pequeñas rosas lunares: Mejores que el amor o el sueño,
Las estrellas han coronado con olvido la soledad de tus horas.


With delicate, mad hands, behind his sordid bars,
Surely he hath his posies, which they tear and twine;
Those scentless wisps of straw that, miserable, line
His strait, caged universe, whereat the dull world stares.

Pedant and pitiful. O, how his rapt gaze wars
With their stupidity! Know they what dreams divine
Lift his long, laughing reveries like enchanted wine,
And make his melancholy germane to the stars'?

O lamentable brother! if those pity thee,
Am I not fain of all thy lone eyes promise me;
Half a fool's kingdom, far from men who sow and reap,
All their days, vanity? Better then mortal flowers,
Thy moon-kissed roses seem: better than love or sleep,
The star-crowned solitude of thine oblivious hours!


Ernest Dowson (1867-1900)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de Ernest Dowson: Para alguien en el manicomio (To One in Bedlam), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Maurice Level.
Poema de Clark Ashton Smith.
Taller gótico.


Relato de May Sinclair.
Poema de Robert E. Howard.
Poema de Walter de la Mare.