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«Menos es Más», salvo en el Horror


«Menos es Más», salvo en el Horror.




Recuerdo algunas objeciones de mis mayores cuando, muy pequeño, resolví leer un volumen de cuentos de Edgar Allan Poe. Era imposible que lo entendiera —decían, con toda razón— debido al amplio vocabulario que utilizaba el autor, palabras y conceptos que estaban muy por encima de mis posibilidades en aquel entonces.

De todos modos, quizás para darme una lección, me permitieron que vagara por las ruinas de la Casa Usher. Ciertamente hubo muchas palabras que no entendí, probablemente más de las que pensaba en primer lugar, pero lo cierto es que comprendí lo esencial: todas esas palabras extrañas describían algo realmente malo.

Con el transcurso de los años, y de las sucesivas lecturas, el vocabulario de Poe, antes indescifrable, se me reveló como las plumas majestuosas de un pavo real: algo rico, variado, colorido, pero el efecto inicial permaneció intacto.

Hoy en día se exhorta a los escritores a seguir un dudoso axioma: «menos es más», es decir, se les aconseja escribir oraciones cortas, evitar palabras oscuras, complejas, difíciles. En síntesis, se les recomienda imitar a Hemingway, entre otros autores de estilo más bien tajante. Aquellos que disfrutamos pasar tiempo en el pantanoso terreno del Horror observamos, con cierto espanto, que llevará décadas deshacer las consecuencias de este desafortunado consejo.

Hay una devoción servil a esta regla del «menos es más» en la ficción, la cual, por cierto, puede dar excelentes resultados si uno tiene por objetivo escribir un manual de instrucciones para el uso de una amoladora, pero no en el Horror.

Sobre todo no en el Horror.

Bajo el pretexto de la eficacia se emplea una norma que restringe la creatividad. El acto de escribir, por sí mismo, implica la libertad de hacer uso de la generosa gama de matices de nuestro vocabulario y formas gramaticales disponibles. El «menos es más» equivale a privarse de esos recursos, a utilizar una serie definida de ingredientes, cuando en realidad podemos disponer de todas las especias en la despensa.

Los defensores del «menos es más» rechazan la utilización de arcaísmos, términos ostensosos, incluso recubiertos por una delgada película de vanidad intelectual. Pero lo cierto es que las palabras tienen un poder secreto, y hay sonidos que poseen connotaciones antiguas, desde ya, pero aún poderosas.

Por otro lado, resulta absurdo suponer que la expresión de emociones sutiles, matices de pensamientos y de recuerdos, o bien situaciones inquietantes, en el contexto del Horror, puedan ser expresadas de forma eficaz sin la utilización de herramientas con un mismo grado de complejidad.

Si uno piensa navegar por aguas superficiales, es probable que la caja de herramientas que todo autor lleva consigo no necesite esos recursos para lograr la eficacia, pero si vamos a sumergirnos en las profundidades del océano, entonces el concepto mismo de eficacia literaria adquiere un significado completamente diferente.

El «menos es más» se apoya sobre la idea falaz de que cada problema tiene múltiples soluciones, y que la más simple es siempre la más eficaz. En el Horror no funciona de este modo, y tampoco en otros géneros literarios que se sumergen en los abismos del ser. A veces es menos importante encontrar una solución eficaz —en este caso, resolver un párrafo, un cuento, una novela—, que la elegancia con la cual se expone el proceso que deriva en esa solución, por definición, más compleja que la primera.

La eficacia, ciertamente, puede ser elegante, pero también puede ser banal.

Desde luego que aquí no promovemos el uso excesivo de una terminología oscura, sino más bien de las palabras correctas para ser utilizadas en un contexto particular. Cruzar del otro lado del muro es casi tan peligroso como el «menos es más».

Si un personaje, por ejemplo, se empeña en una tarea menor, como desordenar las secciones de un periódico para leer el horóscopo, es ilícito utilizar palabras como eviscerar, la cual suena como algo mucho más horrible de lo que la tarea realizada por el personaje podría sugerir.

Todo se resume a una cuestión de equilibrio.

Hay excelentes autores que, lejos de escribir bajo el lema: «menos es más», utilizan una terminología exacerbada, incluso aparentemente desconectada del contexto, pero que de algún modo impacta subliminalmente en el inconsciente del lector. A veces las palabras poco eficaces, según este axioma, sirven para ir construyendo indirectamente una atmósfera, un estado de ánimo, que sobrevuelan por el rabillo del ojo del lector, sugiriendo la inminencia de algo demasiado atroz como para enfrentarlo, o describirlo, directamente.

Cuando el autor sabe lo que hace, es fácil pasar por alto esas referencias incidentales; y el lector, cuando está acostumbrado a la eficacia, al «menos es más», probablemente no comprenderá exactamente de dónde proviene el sentimiento de inquietud, de perturbación, que le produce el material. Cuando esta técnica funciona, el efecto es demoledor, y superior a los mejores ejemplos del «menos es más».

Hay palabras, en determinados contextos, que saltan de la página y nos escupen en el rostro. Generalmente son palabras que no son necesarias, es decir, que no están ahí por cuestiones de eficacia, sino más bien para provocar algo. Abusar de este recurso es como utilizar demasiados condimentos en un plato. Sus notas, sus texturas, sus sabores, se perciben mejor cuando trabajan en función del contexto en el que se emplean.

Hoy en día ya no necesito tener un diccionario al lado para leer a Poe, pero el conocimiento cabal del significado de su terminología no aumentó mi aprecio por su obra. Aún sin saber lo que esas extrañas palabras querían decir, entendí lo suficiente; entendí que eran palabras importantes, que referían a cosas importantes, cosas oscuras y horrorosas, y que describirlas en términos simples, superficiales, constituiría un acto de empobrecimiento, y acaso de traición, al lector dispuesto a sumergirse en las profundidades.




Taller literario. I Universo pulp.


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Filología: mitos, curiosidades y etimologías


Filología: mitos, curiosidades y etimologías.









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¿El Tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez?


¿El Tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez?




Esta es una de las mejores definiciones acerca del Tiempo:


El Tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez.

(Time is what keeps everything from happening at once)


Muchos le atribuyen esa ironía a Albert Einstein, quien nunca refirió tal cosa; otros al físico teórico John Archibald Wheeler, aunque él mismo negó ser el autor, y apenas sostuvo haberla leído en los deslucidos azulejos de un baño de Texas.

No es improbable que Wheeler, mientras orinaba, haya reparado en la frase, pero aquel anónimo filósofo de los baños tampoco es su autor, sino simplemente un modesto continuador, como nosotros.

El origen de la frase se encuentra en un viejo relato de ciencia ficción de Ray Cummings: La chica en el átomo dorado (The Girl in the Golden Atom), publicado en la edición del 15 de marzo de 1919 de la revista All-Story Weekly. En este relato pulp prácticamente olvidado podemos encontrar una idea muy interesante acerca del Tiempo.

Seguramente todos habrán escuchado decir que lo único que tenemos realmente es el Presente, que esencialmente puede definirse como el Ahora en el que vivimos, y por lo tanto el único aspecto del Tiempo que posee una realidad tangible para nosotros.

No obstante, quizás lo único que no existe es el Presente.

Este se disuelve antes de que su análisis o su percepción más rudimentaria se refieran en realidad al Pasado. En otras palabras, el Presente se transforma instantáneamente en el Pasado, por lo tanto, existe únicamente en el ámbito de la experiencia personal.

Aquel viejo cuento de ciencia ficción va aun más lejos:

Lo único que existe es el Presente, pero en términos absolutos. Todos los hechos de la historia, pasada y futura, a lo largo y ancho del universo, suceden a la vez, en el mismo instante eterno, y es el Tiempo el encargado darle un contexto secuencial. Porque...


El Tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez.


El Tiempo, como el Espacio, es una de las Cuatro Dimensiones, y un aspecto básico de la experiencia de existir. Pero lo que percibimos como Tiempo es en realidad Duración, y desde nuestra perspectiva no podríamos decir que el Tiempo existe independientemente de los objetos que manifiestan sus efectos.

La forma en la que experimentamos el Tiempo es distinta a las sensaciones que nos produce el Espacio: el Tiempo parece fluir incesantemente en una dirección, desde el pasado hacia el futuro, llevando consigo todo lo que existe en un perpetuo presente que va mutando.

Esto es básicamente lo que sentimos, aunque Nietzche haya refutado con elegancia la idea de que el Tiempo sea unidireccional, y conjeturó que su flujo es en realidad un movimiento cíclico, donde todo vuelve a suceder una y otra vez.

Existen grandes dificultades conceptuales para imaginar cómo funciona el Tiempo, pero no para representarlo.

Por ejemplo, la diferencia cualitativa del Tiempo con el Espacio puede eliminarse fácilmente con un simple gráfico, en el cual el Tiempo se represente como el eje de cualquiera de las otras dimensiones espaciales. Sin embargo, este tipo de representación hace que el presente pierda su lugar de privilegio...

...o que el Presente se convierta en todo lo que realmente existe.

Es quizás la forma en la que percibimos el Tiempo, y la forma en la que el Tiempo se manifiesta en todo aquello que se encuentra dentro del Espacio, desde una mariposa a una galaxia, lo que permite que todos esos sucesos que ocurren en un instante eterno se desarrollen dentro de una Duración, ya sea una secuencia unidireccional o dentro de un ciclo.

La mejor forma de resumir esta idea es dándole un poco de contexto a la cita original del cuento de Ray Cummings:


—Para obtener una concepción de este cambio, deberías analizar definitivamente qué es el tiempo. Lo medimos en años, meses, hasta en minutos y segundos, todos basados en los movimientos de nuestra tierra alrededor de su sol. Pero esa es la medida del tiempo, no el tiempo mismo. ¿Cómo describirías el tiempo?

El Tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez.



Acaso para probar que el Pasado y el Futuro no existen, y que el Presente Eterno se desarrolla progresivamente, gracias al Tiempo, para que todo lo que ocurre a la vez no se perciba de ese modo, Ray Cummings publicó, dos años después, un relato llamado: El profesor del Tiempo (The Time Professor), en la edición de enero de 1921 de la revista Argosy.

En definitiva, si todo ya ocurrió, u ocurre, en un Presente Eterno, la repetición de algo es imposible:


—Dije que ni siquiera sabes qué hora es. ¿Qué te pasa? ¿Estás sordo?

—Yo sé qué hora es —dijo Tubby—; y también sé —añadió lentamente— que el Tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez.





Taller literario. I Ciencia Ficción.


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El misterioso libro que dejó ciego a Borges


El misterioso libro que dejó ciego a Borges.




No fue el Necronomicón, ni en tal caso cualquier otro libro prohibido en los recónditos anaqueles de la Biblioteca de Babel, el que dejó ciego a Borges.

Tampoco es justo asignarle esa fechoría a un simple libro. Hay páginas aborrecibles, por cierto, capaces de fatigar la paciencia mucho antes que la vista; pero este libro en particular posee atributos tan misteriosos, tan borgeanos, que ningún investigador ha conseguido identificarlo.

Desde muy joven, el escritor argentino Jorge Luis Borges se supo condenado a la ceguera. La paradoja es evidente: leer, acaso el mayor placer de Borges, podía acelerar el proceso de deterioro de su vista. A pesar de esto, nunca renunció a los libros.

De hecho, es justo pensar que Borges no solo no hizo nada para retrasar la ceguera, sino que, en realidad, su afición por los libros y la lectura aceleró ese destino.

A principios de la década del ’50, Borges fue invitado a una conferencia en la ciudad de Mar del Plata. Abordó el tren en la estación Constitución, pasaje en mano, y armado con un enigmático libro que, según dicen, podría haber sido una novela policial; o quizá una colección de cuentos del Padre Brown, de Chesterton, más emparejado con sus afinidades.

Antes de que el formación partiera, Borges ya se había enfrascado en el libro. Sus médicos le habían aconsejado que no leyera en malas condiciones de luz. Pero el fervor por la literatura se había apoderado de él. A la luz incierta del ocaso, con el libro apoyado contra la ventanilla, casi en penumbras, siguió leyendo, adivinando las letras más que viéndolas sobre el papel.

María Esther Vázquez refiere el final de la anécdoda:

Al terminar el libro, Borges cerró los ojos; al abrirlos, vio frente a él infinitos puntos de color que flotaban y brillaban. Las luces se esfumaron de repente; después se hizo la oscuridad.

No podemos decir que aquel libro dejó ciego a Borges, pero sí que fue el último de sus incontables lecturas. O quizás, imaginamos, fue al revés, y el propio Borges se obligó a fatigar sus ojos al máximo, precisamente para quedar ciego haciendo lo que más placer le causaba.




Autores con historia. I Libros prohibidos.


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Historia de la Atlántida en la literatura


Historia de la Atlántida en la literatura.




Los elementos esenciales de la leyenda de la Atlántida son conocidos por todos: un continente desconocido, habitado por una civilización muy avanzada, que súbitamente se hunde en el Océano Atlántico como consecuencia de algún tipo de cataclismo.

La fuente original de esta leyenda es Platón, más precisamente los diálogos de Timeo y Critias, escritos alrededor del año 350 a.C. Allí, la Atlántida aparece como una parábola de la caída del ser humano, como podría serlo la expulsión de Adán y Eva del Edén en los mitos hebreos; esto es: el hombre que es expulsado de un sitio perfecto por una fuerza superior, en general como castigo por la transgresión de alguna norma.

Las primeras apariciones de la Atlántida en la literatura estaban más interesadas en describir los atributos de la sociedad atlante, habitualmente con conocimientos morales y científicos muy superiores, que en un estudio pormenorizado del cataclismo que la sumió en las profundidades.

En La Nueva Atlántida (New Atlantis, 1626), Francis Bacon retrata a los sobrevivientes de la Atlántida como fundadores de una sociedad utópica en el norte del continente americano; pero no fue hasta la llegada del clásico de Ignatius L. Donnelly: Atlántida: el mundo antediluviano (Atlantis: The Antediluvian World, 1882), que la leyenda de el continente perdido alcanzó la categoría de mito universal.

A contramano de las observaciones de Platón y Francis Bacon, quienes utilizaron a la Atlántida como subterfugio de parábolas ejemplificadoras, Ignatius L. Donnelly estaba convencido de que el continente hundido realmente había existido; y más aún, que éste era el verdadero origen de la civilización.

De hecho, la obra de Donnellý definió buena parte de las características del género: los atlantes, o al menos una parte de ellos, lograron evadir la catástrofe y establecerse en distintos puntos clave del mundo, fundando allí civilizaciones con asombrosas características en común.

Si bien la popularidad del continente perdido adquirió proporciones globales con el libro de Ignatius L. Donnelly, lo cierto es que la leyenda de Atlántida ya había sido utilizada en la literatura, por ejemplo, en la novela clásica de Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers, 1870). Allí se encuentra una pequeña pero extraordinaria escena donde el capitán Nemo y el narrador exploran las ruinas subacuáticas de la ciudad capital de la Atlántida.

En paralelo a sus fuentes clásicas, la Atlántida literaria se nutrió de las ideas filosóficas y espiritualistas de la época, tales como la teósofía de H.P. Blavatsky, quien suponía, además de este continente perdido, otros reinos ancestrales desaparecidos, tales como Akakor y el continente perdido de Rutas, origen de una lengua en desuso conocida como Senzar; esta última descrita en Las estancias de Dzyan (The Stanzas of Dzyan).

Herederos de la tradición teosófica se encuentran novelas como Un habitante de dos planetas (A Dweller on Two Planets, 1894) y Filos, el tibetano (Phylos the Thibetan, 1897), ambas de Frederick Spencer Oliver, en donde el héroe recuerda una de sus vidas pasadas como miembros del gobierno atlante.

Algo similar ocurre en El romance de la Atlántida (The Romance of Atlantis, 1975), de Taylor Cadwell, donde se relata la historia de una mujer que, tras estudiar los sueños recurrentes de su infancia, descubre que en otra vida fue nada menos que la emperatriz del continente perdido.

Otros autores utilizaron la leyenda de la Atlántida como escenario de la aventura fantástica. Un ejemplo típico es la novela de C.J. Cutcliffe: El continente perdido (The Lost Continent, 1900), donde el narrador descubre un libro prohibido en las Islas Canarias, el cual lo pone tras la pista de la antigua civilización atlante.

Otra mención destacable podría ser El imperio escarlata (The Scarlet Empire, 1906), de David M. Parry, donde la Atlántida se encuentra preservada dentro de un gigantesco domo subacuático; aunque también hay que decir que su argumento funciona únicamente como sátira del socialismo. En la misma línea argumental se inscriben: El mundo sumergido (The Sunken World, 1928), de Stanton A. Coblentz, y Ellos encontraron la Atlántida (They Found Atlantis, 1936), de Dennys Wheatley.

Arthur Conan Doyle, creador de los relatos de detectives de Sherlock Holmes, también produjo un cuento sobre la Atlántida titulado El abismo de Maracot (The Maracot Deep, 1929), donde además del consabido cataclismo se observa toda una filosofía espiritualista (y espiritista) en los atlantes que lograron sobrevivirlo y fundar, por ejemplo, las civilizaciones maya, egipcia, azteca, micénica, entre otras.

En líneas generales podemos decir que la leyenda de la Atlántida en la literatura observa las características de la utopía, pero en ocasiones también se apoya en especulaciones parapsicológicas, muy de moda a comienzos del siglo XX, mediante las cuales se describe a los habitantes del continente perdido como sujetos con variados y extraordinarios poderes psíquicos.

El relato pulp también utilizó la leyenda de la Atlántida, y por tal caso la de cuanto continente perdido hallara en su camino, como por ejemplo, Lemuria, Mu, Thule, Hiperbórea, etc. Los autores que mejor desarrollaron este subgénero fantástico fueron: L. Sprague de Camp, Robert E. Howard —ciclo Kull de Atlantis—, Henry Kuttner —ciclo Elak de Atlantis— y Clark Ashton Smith.

También conviene hacer una mención especial a J.R.R. Tolkien, ya que en su ciclo de historias de la Tierra Media se habla de la Isla de Númenor, hundida tras un cataclismo, y que en la lengua quenya era conocida como Atalantë, «la sepultada».

En este punto, la leyenda de la Atlántida era ya un lugar común para todos, autores y lectores, con lo cual la ficción debió recurrir a ciertas astucias para asegurar su vigencia.

Después de todo, en la segunda mitad del siglo XX las profundidades del océano ya no parecían ser inexpugnables para la ciencia, con lo cual la posibilidad de que una civilización y su extraordinaria sabiduría pudiesen mantenerse ocultas bajo las aguas quedaba relegada a una áspera hipótesis multidimensional.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I Taller de literatura.


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Fantasía Póstuma: acompañar a un personaje en el más allá


Fantasía Póstuma: acompañar a un personaje en el más allá.




Términos novedosos como Fantasía Póstuma (Posthumous Fantasy) a menudo han sido empleados para describir un tipo específico de literatura, particularmente aquella que relata las aventuras, desgracias y revelaciones de personajes que han muerto.

Dentro de la Fantasía Póstuma podemos encontrar, por ejemplo, historias sobre el rito de pasaje entre la vida a la muerte, en ocasiones sin que el propio protagonista lo advierta; es decir, sin que sepa que está muerto y que el mundo que lo rodea es, después de todo, una ilusión residual.

Más allá de estas cuestiones, la Fantasía Póstuma es un subgénero dedicado específicamente a explorar ese estado de transición entre la vida en la tierra y una existencia más o menos pletórica en esferas superiores de conciencia; es decir, un rito de pasaje, de iniciación, cuyo vértice es la muerte y sus extremos son la ignorancia de la vida y el entendimiento absoluto en el más allá.

Esto se aprecia con delicada maestría en Un incidente en el puente de Owl Creek (An Occurrence at Owl Creek Bridge), de Ambrose Bierce, donde las peripecias del protagonista se revelan como las fantasías frenéticas de un hombre que se está ahogando.

Otros ejemplos notables de este efecto devastador se aprecian en: El amigo de la muerte, de Pedro de Alarcón; En el portal (On the Gate), de Rudyard Kipling; Mientras agonizo (As I Lay Dying), de William Faulkner; y Víspera de Todos los Santos (All Hallows' Eve), de Charles Williams.

La realidad póstuma, al menos en este tipo de historias, siempre representa algo más que su apariencia externa: funciona como una especie de mapa del alma. Un caso típico es el de la Divina Comedia; probablemente uno de los más exquisitos diseños de la Fantasía Póstuma como retrato del alma.

Ahora bien, gran parte de la Fantasía Póstuma es simbólica; de tal forma que sus protagonistas son, en esencia, una representación del alma que comienza su jornada hacia el más allá —a menudo a bordo de trenes, barcos u otros medios de transporte colectivo— en un estado de total ignorancia; es decir, sin saber realmente que su vida, en términos biológicos, ha terminado.

Muchos aspectos de la Fantasía Póstuma se deslizan silenciosamente dentro de un marco narrativo más amplio, siendo apenas una conclusión o cierre de ciertas historias. Por ejemplo, el paisaje que rodea al protagonista siempre se asemeja al de la realidad pero una sensación de inexorable extrañeza, de estupor, lo acecha desde todos esos sitios familiares.

Muy pronto esa sensación se convierte en la certeza de que algo anda mal, o mejor dicho, de que las cosas son diferentes en esencia, no en apariencia; al igual que nos ocurre al regresar de un largo viaje y nos encontramos de nuevo con los objetos de nuestra casa, invariablemente los mismos aunque todo parezca ligeramente cambiado.

El paisaje, el entorno, el escenario, asume paulatinamente las características de un Laberinto, es decir, un sitio que para ser transitado correctamente debe ser primero descifrado.

Por allí tenemos al protagonista de uno de los mejores cuentos de Conrad Aiken, el Señor Arcularis, quien es capaz de oir a la muerte en los lugares más insólitos mientras se aproxima a él; en una especie de preludio, de inevitable encuentro que trastorna su realidad para convertirla en un espacio de transición.

Algo similar ocurre en Las dos muertes de Christopher Martin (The Two Deaths of Christopher Martin), de William Golding, donde un hombre se aferra tenazmente a un islote luego de que su embarcación naufraga, rehusándose así morir, negándose al abandono hacia el más allá, lo cual lo obliga a repasar los hechos más significativos pero también los más insignificantes su vida, una y otra vez.

En este contexto, y al igual que ocurre en nuestros sueños, la Fantasía Póstuma apela a lo absurdo, a lo burocrático, a lo insignificante, como parte de una realidad que oprime al protagonista; hasta que eventualmente éste advierte que el mundo en el que habita constituye una especie de teatro, de puesta en escena, de ritual, donde todo lo conduce a entender que efectivamente ha muerto.

Para finalizar hay que decir que la Fantasía Póstuma aprovecha aquella idea de que, en los instante previos a la muerte, el sujeto observa cómo su vida pasa frente a sus ojos. ¿Pero qué ocurriría si fuésemos capaz de vivir esa vida?

Quiero decir, habitarla no ya como una especie de proyección de fotografías, de escenas más o menos memorables, de recapitulación, sino realmente vivirla.

Sin dudas experimentaríamos episodios insólitos, patéticos, alegres, tristísimos.

Probablemente esa vida también decline, como esta, y que en el crepúsculo incierto que precede a la muerte aparezcan otros recuerdos y otras vidas que podemos habitar incesantemente.

Después de todo, si admitimos la posibilidad de que existan sueños dentro de otros sueños, la probabilidad de que también existan vidas dentro de otras vidas no asombra demasiado.

El hombre que siente fobia por el agua, por las alturas, por los espacios cerrados, quizá esté habitando los recuerdos fulminantes de un otro yo que se ahoga, que cae desde una ventana, que está encerrado en un cuerpo decrépito, opresivo, cuyo corazón lentamente deja de latir.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I Taller de literatura gótica.


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Invisibilidad en la literatura, el cine y la vida


Invisibilidad en la literatura, el cine y la vida.




Ser invisible, aunque sea por unas horas, encabeza la lista de fantasías desde los tiempos de la Antigua Grecia. Y como toda fantasía, ésta normalmente tiende a facilitar una herramienta para la comisión de actos más bien deslucidos, cuando no directamente criminales.

Antes de proseguir es necesario sincerarnos: nadie desea ser invisible para hacer el bien.

De hecho, la idea de invisibilidad sólo resulta atractiva en función de su capacidad para permitirnos cometer algún desliz y salirnos con la nuestra.

—Perdóneme —podría objetar un lector saturnino—, yo sólo querría ser invisible para escuchar lo que se dice de mí sin ser detectado; jamás para saquear un banco u observar a la vecina mientras se baña.

A este planteo sumario podríamos responder que el simple hecho de ser invisible y aprovecharse de ese estado para escuchar furtivamente una conversación se inscribe en una clara violación a la intimidad.

Para ponerlo en una ecuación clara: al volver nuestro cuerpo invisible sólo estaríamos haciendo visibles nuestras fantasías.

Por esta razón la gran mayoría de relatos y novelas acerca de la invisibilidad suelen ser historias de advertencia, o cautionary tales; es decir, argumentos que logran expresar en términos concretos esa fantasía que enmascara el acto inconfesable, y que al final se vuelve contra el protagonista.

La literatura, al igual que el inconsciente, suele castigar duramente a quienes se atreven a cumplir sus fantasías.

Dejemos de lado el anillo de Gyges, de Platón; o la capa mágica de los mitos nórdicos; en términos literarios, la primera novela en abordar el tema de la invisibilidad fue El caballero invisible (The Invisible Gentelman), de James Dalton, publicada en 1833, donde la posibilidad de ser invisible resulta ser una afrenta a las leyes del cosmos, tanto como podría serlo la búsqueda de la inmortalidad, rasgo que suele derivar en la forja de criaturas visiblemente dañinas, tales como los vampiros.

Si el precio de ser inmortal se paga durmiendo para siempre en un ataúd, sin ver jamás la luz del sol, aislado y esclavo de la sed; los invisibles tributan en cambio otra paradójica, pero de acuerdo a la ruptura de la ley natural que se les impugna: ser esencialmente visibles en términos de miserias humanas.

Volviendo al argumento anterior, si la invisibilidad se paga haciendo visibles nuestras fantasías; los vampiros, que aspiran a la eternidad, terminan convirtiéndose en aquello de lo que escapan, es decir, durmiendo en un cálido y oscuro útero de madera y sometidos a la sed, como si fueran bebés que dependen de la leche materna.

Nada bueno sale de ser invisible, o por tal caso de cualquier historia que incluya el cumplimiento de una fantasía primordial; ésa es la moraleja de todas las historias que admiten esta posibilidad.

Ser invisible es también la posibilidad de acceder a la impunidad absoluta. No en vano Gollum se degrada más y más a medida que utiliza el Anillo Único; lo mismo que Frodo y todos aquellos que lentamente se hacen adictos a la invisibilidad; es decir, a la expresión sin culpa, remordimiento o castigo de su lado oscuro.

Algo de esto ocurre en muchas otras obras además de El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings) de J.R.R. Tolkien. También podemos encontrar cierta afinidad entre la invisibilidad y la impunidad en: El hombre de cristal (The Crystal Man), de Edward Page Mitchell; El hombre invisible (The Invisible Man), de H.G. Wells; y La sombra y el destello (The Shadow and the Flash), de Jack London.

A propósito de Jack London, este gigante de la literatura concibió un tipo de invisibilidad que luego sería reclamada y adaptada por la ciencia ficción. En El nuevo acelerador (The New Accelerator), Jack London juega con la distorsión del tiempo como forma de ser invisible, es decir, de moverse en los límites físicos de la velocidad para pasar desapercibido por los demás.

Ahora bien, cuando la fantasía de ser invisible se vuelve demasiado siniestra como para encarnarla en un protagonista; es decir, cuando el motivo para ser invisible persigue ambiciones directamente criminales, sin un pasaje, iniciación o desplazamiento hacia el mal en el medio, la literatura suele invertir los polos y utilizar al Villano como criatura invisible.

En estos argumentos es el protagonista quien confronta con un adversario invisible.

Este paradigma se enfrenta con la invisibilidad en tanto medio para cumplir una fantasía. En última instancia, lo que hace el protagonista aquí es luchar contra sus propias fantasías, desde luego, invisibles para todos salvo para él.

Ejemplos notables de este tipo de invisibilidad literaria se encuentran en: ¿Qué fue eso? (What Was It?), de Fitz-James O'Brien; El horla (Le Horla), de Guy de Maupassant; La cosa maldita (The Damned Thing), de Ambrose Bierce; El dios monstruo de Mamurth (The Monster-God of Mamurth), de Edmond Hamilton; La cosa invisible (The Thing Invisible), de W.H. Hodgson; y El horror de Dunwich (The Dunwich Horror), de H.P. Lovecraft, entre otros.

Ya bien entrado el siglo XX, la invisibilidad fue utilizada de forma más metafórica que literal. Por ejemplo, en Para ver al hombre invisible (To See the Invisible Man, Robert Silverberg), los criminales no son castigados en términos concretos, como podría serlo la cárcel, sino que son exiliados de la sociedad de una forma inconcebible: la gente sencillamente se rehúsa a verlos, lo cual sume al delincuente en una perpetua soledad.

La invisibilidad en términos de aislamiento ya había sido anticipada por Jorge Luis Borges en La lotería de Babilonia; aunque un resultado aún más extraordinario, al menos en lo argumental, se produce en El hombre visible (The Visible Man), de Gardner Dozois, donde toda la gente se vuelve invisible para el expatriado, obteniendo así un grado de soledad absoluta.

Previamente, G.K. Chesterton ya había coqueteado con un concepto novedoso: la invisibilidad psicológica. En su obra: El hombre invisible (The Invisible Man), expone el caso de un asesino que no es objetivamente invisible, sino más bien imperceptible para los demás; aunque el resultado sea idéntico e incluso mucho más práctico que la invisibilidad.

Este contraste entre lo invisible y lo imperceptible se torna exquisitamente ambicioso en la saga de La tierra moribunda (The Dying Earth), de Jack Vance; donde la ciudad de Ampridatvir se encuentra dividida entre personas que visten de verde y otras que visten de gris; y donde cada facción es incapaz de percibir a la otra.

Este camino nos aleja de la invisibilidad clásica, pero nos acerca a una serie de matices notables y que permiten un desarrollo estupendo de lo fantástico; por ejemplo, en Los pecadores (The Sinful Ones), de Fritz Leiber, donde verdaderas comunidades de seres invisibles (los pobres, los proscritos) existen como espectros en las grietas de la sociedad.

La invisibilidad también puede ser inducida, es decir, implantada en la mente de los demás. Algo de eso ocurre en Hombres, marcianos y máquinas (Men, Martians and Machines), de Eric Frank Russell, donde una raza de alienígenas es capaz de actuar sobre los circuitos visuales de los humanos para operar en nuestra realidad sin ser vistos.

Este poder psíquico, por llamarlo de algún modo, para lograr ser invisible para los demás, se repite en muchas obras a partir de los años '60; por ejemplo, en Los parásitos de la mente (The Mind Parasites), de Colin Wilson; o En un regalo desde la Tierra (A Gift from Earth), de Larry Niven.

En el cine, generalmente, salvo cuando hablamos de adaptaciones; la invisibilidad se vuelve una herramienta militar para ocultar naves, dispositivos o directamente soldados de los ojos enemigos. La ciencia ficción ha elaborado un alto nivel de complejidad para describir superficies no reflectivas y metales con propiedades asombrosas.

Para finalizar debemos dejar una clara advertencia a todos los que deseen ser invisibles, aunque sea bajo pretextos lúdicos.

Lo visible, en definitiva, se resume en toda aquella superficie que refleja la luz; pero el resultado de lo que refleja la oscuridad, el brillo de las sombras, es mucho más incierto.

Los demás pueden ver sólo una parte de nosotros mismos; la mejor parte, cuando somos lo suficientemente cuidadosos, pero nunca los recónditos laberintos del ser. En cierta forma, somos mucho más invisibles de lo que pensamos.




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Historia de la amnesia en la literatura


Historia de la amnesia en la literatura.




Uno de los clichés más insoportables de la literatura, justo después del «fue todo un sueño», es la amnesia: dispositivo argumental que pasó del éxito más rotundo a ser considerado inadmisible por cualquier lector criterioso.

Dicho esto, hay que considerar que los lugares comunes sólo se construyen con el tiempo, con el uso y abuso de los recursos narrativos. Todo lo que actualmente nos parece un cliché en su tiempo causó un tremendo impacto.

La amnesia se inscribe en este linaje en perpetua degradación.

Claro que existen distintos tipos de amnesias literarias, usualmente resumidas en la pérdida de la memoria del protagonista; cuyo ejemplo más contundente quizá sea el traumático olvido de uno de los personajes principales de la novela de Charles Dickens: Historia de dos ciudades (A Tale of Two Cities).

La persistencia de la amnesia en la literatura se relaciona directamente con la generación de empatía: un personaje que pierde la memoria se encuentra en las mismas condiciones que el lector, es decir, ambos desconocen lo que ha ocurrido y ambos se proponen averiguar los orígenes de aquella ausencia.

En este caso hablamos de amnesia inicial, es decir, historias que comienzan con un personaje que desconoce parcial o completamente su pasado. Tres ejemplos de este recurso son El hacedor de universos (The Maker of Universes, Philip José Farmer), Los nueve príncipes de ambar (Nine Princes in Ambar, Roger Zelazny) y Los patrones del caos (The Patterns of Chaos, Colin Kapp).

Todas estas novelas presentan un tipo de amnesia arbitraria, sin otra justificación que un tradicional pero eficaz golpe en la cabeza.

En ocasiones no es el protagonista quien pierde la memoria sino que ésta es extraída por científicos inescrupulosos. En la novela de Robert Silverberg, El castillo de lord Valentine (Lord Valentine), retrata a un hombre cuyos recuerdos le han sido amputados por una siniestra organización secreta.

Otras formas de amnesia son perfectamente conscientes, es decir, proceden del deseo del protagonista que ha vivido sucesos demasiado horrorosos como para archivarlos en la memoria. Algo de eso ocurre en Miedo (Fear), de L Ron Hubbard —autor de Excalibur y fundador de la cienciología—,y en Ven y enloquece (Come and Go Mad), de Fredric Brown.

Pero quizás el que mejor ha perfilado un especial tipo de amnesia tendenciosa pero justificada sea H.P. Lovecraft a través de varios poemas y relatos de sus Mitos de Cthulhu; por ejemplo, en Memoria (Memory).

H.P. Lovecraft se inclina más por la repentina sustitución de identidad, que desde afuera es percibida como amnesia; o bien como causa de la mente que se extravía por los laberintos del tiempo y el espacio, vacío que a veces es reemplazado por criaturas odiosas. Un ejemplo notable es La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out Of Time).

Habitualmente la amnesia literaria se presenta de dos formas: la es impuesta desde afuera (accidente, fuerzas sobrenaturales o tecnología); o mediante una decisión inconsciente del protagonista que recluye una parte de su ser, casi siempre relacionada con el sentido del deber.

Resulta curioso que la amnesia sirva para detener al protagonista en su evolución personal o la persecución de su destino; lo cual suscribe la idea de que sin conocer nuestro pasado es imposible acceder al futuro, al menos uno que valga la pena.

Pero la amnesia literaria no sólo aplasta la memoria, es decir, el pasado; sino que sella cualquier posibilidad de acceder al futuro, representado por el potencial latente del protagonista.

Incluso Superman, inspirado en el mito hebreo de Moisés, sólo desarrolla sus poderes a medida que descubre su pasado en Kryptón; en otras palabras, cuando recuerda a través de la historia.

Ejemplos menos dramáticos pueden hallarse en Manicomio (Asylum, A E van Vogt), Podemos recordarlo por usted (We Can Remember It for You Wholesale, Philip K. Dick) y Ciudad de ilusiones (City of Illusions, Ursula K Le Guin).

Otra posibilidad de la amnesia literaria se produce en la pérdida de la memoria de los hechos más recientes en la vida del protagonista, clínicamente conocida como amnesia anterógrada.

Los ejemplos de este perfil amnésico son innumerables. En la mayoría de los relatos de detectives y novelas policiales, cuando el protagonista recibe un golpe en la cabeza olvida los hechos más recientes, cuando no directamente su propia identidad.

Añadimos dos menciones eruditas extraídas del cine: Dory, de Buscando a Nemo (Finding Nemo), y el protagonista de Memento (Memento), del director Christopher Nolan.

En este punto conviene avanzar con cautela, siempre que queramos conservar nuestros recuerdos.

Algunas ramas de la ciencia sostienen que todas las sociedades elaboran una especie de amnesia colectiva para suprimir el recuerdo vivo de sus grandes catástrofes, a menudo relacionadas con la guerra y la muerte de millones de individuos, transformados en cifras, frías y lógicas, que no reflejan el horror que supone su desmesura.

En otras palabras: que todos decidimos a nivel inconsciente olvidar lo más amargo de nuestra historia, ya sea personal o colectiva. Argumentos típicos como mirar hacia el futuro podrían ser traducidos como una invitación a olvidar el pasado.

Recordar es un acto de compromiso, con nosotros, con nuestro pasado y con la historia de nuestros ancestros.

Claro que olvidarlo todo nos permitiría empezar de nuevo, sin pecados originales ni deudas pendientes; ¿pero a qué precio?

La historia, las matemáticas, la filosofía, la medicina, la justicia, todas ellas sólo resultan concebibles a través de la memoria. No hay aprendizaje sin ella; y sólo si recordamos podemos evitar que nuestros viejos cataclismos, ya cubiertos con un velo de banalidad, se vuelvan a producir.

Visto desde una perspectiva hinduista todos somos amnésicos crónicos. Nacemos sin recordar nada de nuestras vidas pasadas. Filosóficamente hablando, nacemos siendo humanos pero sólo viviendo, y olvidando, nos inscribimos en la humanidad.

No en vano la palabra amnesia (del prefijo griego: a, no; y mnasthai, recordar) procede de la misma raíz etimológica que define al hombre, no ya como individuo sino como sujeto colectivo y pensante.

En este marco, recordar y pensar es lo mismo; ambas cualidades se incluyen y no pueden existir sin la otra. Sólo a través de ellas podemos concebir al ser humano, con lo cual podemos especular que el olvido es la más inhumana de nuestras inclinaciones.




Taller literario. I Misterios miserables.


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El artículo: Historia de la amnesia en la literatura fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Chicos Malos en la literatura: 6 arquetipos para todos los gustos femeninos


Chicos Malos en la literatura: 6 arquetipos para todos los gustos femeninos.




Es sabido que una considerable porción de la platea femenina adora a los chicos malos. La razón de esta afinidad es desconocida, aún para pensadores de la talla de Sigmund Freud, quien se declaró perfectamente incompetente para saber qué quieren las mujeres.

Lo que sí podemos afirmar con cierto grado de certeza es que las novelas protagonizadas por chicos malos siempre fueron populares.

¿Por qué?

Resulta difícil determinarlo a ciencia cierta, sin embargo, podemos especular que lo que a las mujeres realmente les gusta no son los chicos malos, sino los buenos chicos malos.

Pero claro, los tiempos cambian y también los chicos malos. Pensemos en Romeo, por ejemplo, que difícilmente sea catalogado dentro de este rubro por las lectoras modernas. No obstante, se trata de un adolescente obsesivo y rebelde que deambula por ahí acompañado por una corte de pillos y alcahuetes, a tal punto que es capaz de desafiar a su autoridad máxima: su familia; poniendo en riesgo su propia vida para obtener lo que quiere.

Por ahí anda también Heathcliff, de Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, Emily Brontë), sujeto que reúne dos características típicas del chico malo: es impulsivo e impredecible.

Desde ya que no nos atreveríamos a corregir a Sigmund Freud acerca de qué quieren las mujeres, pero si hablamos solo de chicos malos el enigma se vuelve más fácil de resolver, ya que este arquetipo se conservó prácticamente inalterable a través de los siglos.

Repasemos entonces los 6 tipos de chicos malos de la literatura.



1) El Inconformista.
El ejemplo típico es Holden Caulfield, de la novela de J.D Salinger: El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye).

El Inconformista encarna ese principio de extravío, de distancia, de fatalidad. No está seguro de su lugar en el mundo. Casi siempre sufrió algún tipo de pérdida que afectó irreversiblemente su alma, lo cual lo conduce a una vida peregrina, llena de excesos.


2) El Alfa.
El Alfa, para ponerlo en términos claros, es el Aquiles de Homero.

Es temperamental, colérico, audaz y vengativo. Conduce directamente hacia su perdición, lo sabe, y no le importa en absoluto. Todo en él parece estar diseñado para la lucha física. Lidera a otros hombres sin realmente proponérselo. Siendo como es, los otros lo siguen, e incluso darían la vida por él.

El Alfa normalmente tiene un punto débil, su talón de Aquiles, por así decir. Esto lo convierte en uno de los chicos malos por excelencia, ya que le otorga un rasgo de vulnerabilidad que, contrastado con su personalidad áspera, resulta muy atractivo.


3) El Inalcanzable.
Este tipo de chico malo es, tal como lo anuncia su título, un hombre que está más allá de la seducción, y a quien le importa muy poco relacionarse o caer bien entre las damas.

Casi siempre es un sujeto intelectual, al estilo de Sherlock Holmes. Posee un encanto rabioso, obsesivo, complicado. Su mundo es intelectual, y sus modales, aunque educados, marcan siempre una enorme distancia con el resto, principalmente con las mujeres, a quienes considera una distracción.


4) El Seductor.
Básicamente el sujeto que enamora a cuánta mujer se cruce en su camino, sin desviarse jamás de sus otras pasiones, a las que naturalmente somete al gobierno del placer. El James Bond de Ian Fleming lo representa perfectamente: carismático y envuelto por un halo de gracia y ligero desapego del peligro.

Imposible mantener una relación estable con él. No tiene puntos débiles y nunca, bajo ningún pretexto, comparte el lecho dos veces con la misma mujer. Este detalle no suele traerle reproches, debido a su vasta experiencia en el terreno del amor. Todas, irremediablemente, quedan satisfechas.

Es importante señalar que el Seductor no engaña a las mujeres, y mucho menos para llevarlas a la cama. Por momentos hasta pareciera que es él quien debe ceder frente a las insinuaciones de sus compañeras ocasionales.


5) El Incomprendido.
Uno de los chicos malos más dramáticamente trágicos es el Incomprendido. Uno de sus ejemplos modernos más destacables es Ponyboy Curtis, de la novela de S.E. Hinton: Los rebeldes (The Outsiders).

El Incomprendido es un chico malo a causa de las circunstancias, hasta podríamos decir que no es un chico malo puro. Posee, sin embargo, sus rasgos típicos, como la rudeza y un aire peligroso; no obstante, es profundamente leal y rara vez ambiciona otra cosa que un poco de paz y tranquilidad.


6) El Anti-héroe.
No hablamos aquí del Antihéroe en términos del sujeto al que nada le sale bien, sino del Villano que, a pesar de su horroroso pasado, consigue hacer algo de bien y de ese modo ganarse el amor incondicional de las mujeres, que desde luego le perdonan aquellas indiscreciones.

Un Antihéroe típico, y extremo, es el Hannibal Lecter de las novelas de Thomas Harris; es decir, un sujeto esencialmente maligno pero que en las condiciones apropiadas es capaz de conceder algún rasgo de bondad, pequeño y moderado, es cierto, pero lo suficiente como para transformarlo en un hombre de enorme atractivo, sobre todo intelectual.


Ahora bien, ¿por qué las mujeres adoran a estos chicos malos?

O subiendo aún más la apuesta:

¿Qué es lo que realmente quieren las mujeres de un hombre?

Insisto, sin querer desafiar al amigo Freud, quizás las mujeres no buscan nada de los hombres.

El Chico Malo no posee nada en sí mismo que pueda resultar atractivo sin contrastarlo con una buena dosis de vulnerabilidad. ¿Por qué? Quizás porque las mujeres entienden el amor desde una perspectiva mucho más compleja que la nuestra.

Quizás el éxito de los Chicos Malos tenga que ver con la fantasía femenina del cambio, es decir, de cambiar radicalmente a un hombre, y acaso de salvarlo. No obstante, cabe preguntarse qué harían las mujeres si lograran transformar a ese rudo, apuesto y distante espécimen masculino en un amante leal y confiable.

¿Seguiría ejerciendo sobre ellas una tormentosa fascinación?

Especulaciones, sin duda, que no vienen al caso.

Los Chicos Malos, en todo caso, son efectivos porque desordenan a las mujeres, las corren del lugar al que están acostumbradas, y sobre todo al trato que normalmente reciben de los hombres.

Por otro lado, los Chicos Malos justifican el desvío de las normas, es decir, logran evadir la culpa posterior a cualquier entrega física que contravenga los mandatos que rigen sobre las mujeres. En otras palabras, no hay pecado ni defensas ni comportamientos inadecuados frente a algo que es "irresistible".

En cierta medida, el Chico Malo es el reverso del Amigo Incondicional, es decir, ese dulce, adorable y magnífico sujeto que todas las mujeres adoptan como amigo, pero que ninguna desea como pareja o amante.

El Amigo Incondicional es absolutamente resistible, o sea, no hay nada que éste pobre individuo pueda hacer para conquistarlas. Ellas saben lo gran tipo que es, y lo bueno que sería como pareja, sin embargo, la atracción está tan ausente como el sentido de excelencia en un funcionario público.

Para concluir este cúmulo de desvaríos tal vez convenga hurgar un poco en el núcleo del pensamiento femenino, muy por debajo de los estratos de las prohibiciones y conceptos de lo que es bueno o es malo; incluso en los cimientos mismos del deseo, las mujeres observan rigurosamente una sola regla, un solo axioma, que siguen a pesar de lo que les dicta la experiencia: el amor lo conquista todo.

Y si todo lo conquista, ¿por qué no habría de derretir el corazón de los Chicos Malos?

Indicios de la obstinada refutación de esa hipótesis pueden advertirse en una cifra escandalosa de mujeres decepcionadas.




Feminología: psicología de las mujeres. I El lado oscuro del amor.


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10 libros más vendidos que pocos terminaron de leer


10 libros más vendidos que pocos terminaron de leer.

Alguien podrá preguntarse cómo diablos se puede saber si alguien termina o no de leer un libro sin obtener esa información directamente del lector.

El interrogante fue abordado por el matemático Jordan Ellenberg, quien elaboró un cálculo conocido como Hawking Index, que recopila información de Kindle y otros dispositivos de lectura para establecer qué porcentaje de lectores realmente llega a terminar de leer sus libros digitales.

El desenlace de estos estudios plantean una duda razonable: quizás los libros más vendidos no son los más leídos.

De hecho, la venta de un libro no asegura su lectura. Siguiendo este razonamiento, si las editoriales son las encargadas de vender un libro, y a veces de convertirlo en un éxito o un fracaso, el autor es el único responsable de que sus páginas sean leídas o rápidamente desatendidas por sus lectores.

Repasemos ahora los 10 libros más vendidos que, simultáneamente, recibieron el menor porcentaje de lectura.



1) Decisiones difíciles (Hard Choices, Hillary Clinton)
Las memorias de la ex-primera dama estadounidense fueron leídas íntegramente por el 1,9% de sus lectores.

2) Capital (Capital, Thomas Piketty)
El economista francés Thomas Piketty editó su best-seller acerca de las desigualdades de la economía occidental y fue premiado por el New York Times como el libro de no ficción más vendido del 2013. Solo el 2,4% de sus lectores llegaron a la última página.

3) La broma infinita (Infinite Jest, David Foster Wallace)
Ubicado desde 2005 como una de las 100 mejores novelas en idioma inglés desde 1923, apenas el 6,4% alcanzó a leer el final.

4) Una breve historia del tiempo (A Brief History of Time, Stephen Hawking)
Ni siquiera el científico británico Stephen Hawking estuvo a salvo del éxodo de lectores. Su obra magna, publicada en 1988, vendió más de 10 millones de copias en todo el mundo. Solo el 6,6% puede jactarse de haberlo leído íntegramente.

5) Pensamiento: rápido y lento (Thinking, Fast and Slow, Daniel Kahneman)
El ganador del premio Nobel de economía de 2011 agrupa en su libro varias décadas de investigación académica, cuestión que fue muy aprovechada para el 6,8% de sus lectores.

6) Apoyarse (Lean In, Sheryl Sandberg)
Uno de los libros más vendidos del año, escrito por una de las cabezas ejecutivas de Facebook, atrapó únicamente al 12,3% de sus lectores.

7) Flash Boys (Flash Boys, Michael Lewis)
Best-seller sobre el mundo de Wall Street y las desigualdades del mercado, capturó casi al 21,7% de sus lectores.

8) 50 sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, E.L. James)
50 sombras de Grey, que narra la historia de Anastasia Steele y Christian Grey, notable por sus ventas a nivel mundial, solo sujetó el interés continuado del 25,9% de sus lectores.

9) El gran Gatsby (The Great Gatsby, F. Scott Fitzgerald)
Verdadero clásico de la literatura norteamericana que retrata la decadencia y los excesos de los años '20, solo hipnotizó al 28,3% de sus lectores.

10) En llamas (Catching Fire, Suzanne Collins)
Publicada en 2009, la segunda entrega de la trilogía de Los juegos del hambre (The Hunger Games) consiguió la llevar al 43,4% de sus lectores hasta la última página.




Más antologías fantásticas. I Taller de literatura.


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Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de T.G. Jackson.
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Relato de Hume Nisbet.
Consultorio paranormal.
Poema de Leah Bodine Drake.