El misterioso libro que dejó ciego a Borges


El misterioso libro que dejó ciego a Borges.



No fue el Necronomicón, ni en tal caso cualquier otro libro prohibido en los recónditos anaqueles de la Biblioteca de Babel, el que dejó ciego a Borges.

Tampoco es justo asignarle esa fechoría a un simple libro. Hay páginas aborrecibles, por cierto, capaces de fatigar la paciencia mucho antes que la vista; pero este libro en particular posee atributos tan misteriosos, tan borgeanos, que ningún investigador ha conseguido identificarlo.

Desde muy joven, el escritor argentino Jorge Luis Borges se supo condenado a la ceguera. La paradoja es evidente: leer, acaso el mayor placer de Borges, podía acelerar el proceso de deterioro de su vista. A pesar de esto, nunca renunció a los libros.

De hecho, es justo pensar que Borges no solo no hizo nada para retrasar la ceguera, sino que, en realidad, su afición por los libros y la lectura aceleró ese destino.

A principios de la década del ’50, Borges fue invitado a una conferencia en la ciudad de Mar del Plata. Abordó el tren en la estación Constitución, pasaje en mano, y armado con un enigmático libro que, según dicen, podría haber sido una novela policial; o quizá una colección de cuentos del Padre Brown, de Chesterton, más emparejado con sus afinidades.

Antes de que el formación partiera, Borges ya se había enfrascado en el libro. Sus médicos le habían aconsejado que no leyera en malas condiciones de luz. Pero el fervor por la literatura se había apoderado de él. A la luz incierta del ocaso, con el libro apoyado contra la ventanilla, casi en penumbras, siguió leyendo, adivinando las letras más que viéndolas sobre el papel.

María Esther Vázquez refiere el final de la anécdoda:

Al terminar el libro, Borges cerró los ojos; al abrirlos, vio frente a él infinitos puntos de color que flotaban y brillaban. Las luces se esfumaron de repente; después se hizo la oscuridad.

No podemos decir que aquel libro dejó ciego a Borges, pero sí que fue el último de sus incontables lecturas. O quizás, imaginamos, fue al revés, y el propio Borges se obligó a fatigar sus ojos al máximo, precisamente para quedar ciego haciendo lo que más placer le causaba.




Autores con historia. I Libros prohibidos.


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