Sobre libros y árboles frutales prohibidos


Sobre libros y árboles frutales prohibidos.




Todo libro es un fruto prohibido. Toda biblioteca es una versión mundana del Árbol del Conocimiento.

No hace falta recurrir a libros prohibidos para mordisquear el fruto que condenó a Adán y Eva. No es necesario recorrer las páginas malditas del Necronomicón, El cantar de los vampiros, o los infames Unaussprechlichen Kulten y el De Vermis Mysteriis. Cualquier libro nos permite incurrir gozosamente en el pecado original.

De hecho, pocas metáforas, o kennings, son tan acertadas para la palabra «libro» que «árbol del conocimiento».

Al igual que sucede con los árboles frutales prohibidos, el consumo de libros trae consigo una semilla del pecado original: el Conocimiento, que en la ficción (y en la mayoría de las religiones) siempre trae consecuencias nefastas.

La idea de que un solo libro pueda tener semejante poder es muy antigua, y probablemente se remonta a los albores de la alfabetización. La capacidad de registrar ideas, técnicas, experiencias, fantasías, que éstas sean accesibles para las generaciones venideras, que trasciendan la duración de una mísera vida, es algo sumamente perturbador si uno es un Dios que lo permite todo, excepto el conocimiento.

Los lectores de El Espejo Gótico seguramente podrán identificar varios ejemplos de libros prohibidos, además de los que ya hemos proporcionado, porque hoy nos ocuparemos de uno en particular, un libro cuyos frutos prescinden de la magia, de lo oculto, para despertar este conocimiento atroz en cada individuo que lo examina.

Nos referimos a El Rey de Amarillo (The King in Yellow), de Robert W. Chambers.

El Rey de Amarillo coincide con esa vasta bibliografía de frutos prohibidos. Su consumo trae conocimiento, es cierto, una conciencia lo suficientemente poderosa como para desintegrar las almas de sus lectores; pero al mismo tiempo es diferente de los libros apócrifos de H.P. Lovecraft, y de tantos otros emuladores contemporáneos. El Rey de Amarillo no es un libro de ocultismo, un grimorio, o un manual de procedimientos de magia negra: es una obra dramática, una obra de teatro.

En este sentido, El Rey de Amarillo se parece más al fruto prohibido que cualquier otro libro, no solo porque en su interior se encuentra el dulce sabor del conocimiento, sino porque su exterior también invita a degustarlo, contrariamente a lo que sucede con el libro prohibido estándar, encuadernado de forma tal que incluso al tacto produce rechazo.

Leer un libro —cualquier libro— es como morder el fruto prohibido, porque la adquisición de Conocimiento implica la pérdida del estado de Inocencia; condición indispensable si uno quiere vivir en el Edén.

Por eso Adán y Eva se cubrieron después de saborear el fruto, se ocultaron de la mirada de Dios: ya no eran inocentes. Por eso, quizás, los lectores de El Rey de Amarillo viven en áticos lúgubres, completamente aislados de la mirada de los demás.

No es mucho lo que se conoce sobre El Rey de Amarillo, salvo fragmentos aislados. Ni siquiera el nombre de su autor ha trascendido. Sabemos, eso sí, que se suicidó al terminarlo en 1889. Si bien el libro no tiene título, se lo conoce como Rey de Amarillo debido a un enigmático símbolo: el Signo Amarillo, en el que algunos creen reconocer una entidad interdimensional, otros, un dios olvidado.

El libro consta de dos bocados, quiero decir, de dos partes. La primera advierte sobre las consecuencias de leer la segunda. Todo aquel que examine sus páginas está condenado al goce supremo de perder la cordura.

Para mayores sincronías con el mito bíblico también hay una especie de Trinidad en este libro.

La primera es el propio libro.

La segunda, una entidad misteriosa conocida como Rey de Amarillo.

La tercera es el símbolo, el Signo Amarillo.

También hay tres personajes en el libro: Cassilda, Camilla y El Extraño (The Stranger), que puede o no ser visto como una especie de Lucifer.

Robert W. Chambers, quizás para evitar que sus lectores caigan en la locura del conocimiento, solo cita pequeños extractos del Acto I de El Rey de Amarillo; es decir, de aquel acto que advierte sobre los peligros de leer el segundo. El Acto I puede verse como una especie de Edén, antes de que Eva fuera tentada por la serpiente. Hay una banalidad allí, una inocencia indispensable para que que se produzca el efecto demoledor del Acto II.

Es decir que el Acto I es bastante ordinario, como la vida en el Edén. No pasa demasiado, y lo poco que pasa no merece mayor desarrollo. Recién cuando irrumpe el Acto II, la verdad revelada de El Rey de Amarillo se vuelve irresistible. Incluso examinar la primera página del Acto II, apenas moderla, saborear un pequeño bocado, es suficiente para arrojar al lector desde un estado de inocencia, o de ignorancia, hacia la horrible dimensión del conocimiento.

El Conocimiento no es gratuito, tiene un precio, y es dulce, como el fruto, porque nunca produce saciedad.

Desde aquí recomendamos cautela al lector ávido de conocimiento. Nadie sabe realmente cuál es el aspecto de El Rey de Amarillo. Podría estar en tu biblioteca, aguardándote silenciosamente. Podría ser todos los libros.




Taller literario. I Libros prohibidos.


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