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El verdadero significado del Deseo

El verdadero significado del Deseo.


"Desear" es un verbo fácil, accesible, libre de interpretaciones contradictorias. Al oírlo -o pronunciarlo- todos sabemos de qué estamos hablando. Sin embargo, la historia del Deseo esconde algunos secretos dignos de ser abordados.

La palabra DESEO proviene del ladín desidium, que significa tanto ociosidad como libido. Este vínculo ya plantea una complejidad inesperada: la libido como una de las formas del ocio. Extraño, pero cierto, al menos para la mentalidad antigua. Pero sigamos retrocediendo en el tiempo. Desidium viene del latín clásico desidia, literalmente, "pereza"; cuya raíz crece a partir del verbo desidere, "sentarse" (del prefijo de, y sedere, "estar sentado").

Hasta aquí hemos dado un repaso brutal sobre la historia de la palabra DESEO, que sin embargo no arroja luz alguna sobre el significado que le damos actualmente. ¿Cómo llegamos a transformar un verbo que designaba el acto de sentarse con el deseo, por ejemplo, por una mujer?

El tránsito entre ambas cuestiones ha tropezado con numerosas interpretaciones, algunas de las cuales abordaremos con igual brutalidad.

Todo parece indicar que el latín incluyó una palabra de pasado más bien sombrío: Desiderate. "extrañar, echar de menos", que influyó directamente en la palabra DESEO, así como en sus hermanas francesa (désirer) e inglesa (desire). Extrañamente, Desiderate incluye la palabra Sidere, "astros"; lo cual denota un origen astronómico del término, o acaso una intención de relacionar lo que se quiere obtener con alguna rara alineación astral.

Desnuda de toda literalidad, Desiderate acaso significaba "dejar de ver algo".

La lingüistica y la filología pueden ayudarnos a comprender algunas emociones, como en este caso, pero difícilmente nos asistan para ajustarnos a lo que nuestros ancestros realmente pensaban cuando escuchaban estos términos.

El DESEO, según lo sugiere su propia historia, solo se produce en un estado de inmovilidad, de quietud. El movimiento atenta contra el deseo, ya que nos pone en marcha hacia un objetivo.

La idea es interesante. Supongamos que deseamos, por ejemplo, el beso de una mujer (o de un hombre, en el caso de nuestras lectoras). Ahora bien, si nos mantenemos equidistantes con respecto a la concreción de ese acto estaremos efectivamente deseándolo; pero si nos arrojamos en su búsqueda habremos convertido el DESEO en algo más. Ya no es un mera intención por obtener algo, sino una acción.

Desde luego, lanzarnos a la acción por conseguir ese beso no hará que dejemos de desearlo, pero también modificará la naturaleza de la intención ya que estamos haciendo algo por saciarla; en cuyo caso ya no se tratará únicamente de DESEO.

La paradoja es evidente, y al mismo tiempo magnífica. Si buscamos saciar un DESEO éste dejará de existir ya que la acción lo convertirá en algo más. El DESEO, tal como se lo pensaba antiguamente, es, en definitiva, un poco como estar sentado, es decir, estar en un estado de inmovilidad con respecto al objeto de ese DESEO.

Basta dar un paso hacia ese beso hipotético para que la palabra DESEO sea completamente inadecuada. En este último caso, estaremos buscando obtener algo, no sólo deseándolo.

Aquellos que hayan perseguido un beso con decisión harán bien en comprender que desde el mismo instante en que iniciaron la persecusión han dejado de desearlo.






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