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La Navaja de Ockham o cómo depilar a Platón para levantarse a una mujer

La Navaja de Ockham; o cómo depilar a Platón para levantarse a una mujer.


—Me acerqué a Aidé y le confesé que la amaba. Me rechazó, pero a pesar de mis esfuerzos no me explicó por qué yo no le gustaba.

—Ya veo —bostezó el profesor Lugano—, y ahora quiere saber cómo conquistarla.

—No —dijo el acólito—; quiero saber por qué me rechazó.

—Eso es bastante sencillo: utilice la Navaja de Ockham.

—No creo que la violencia sea una buena solución, profesor.

—No sea pelotudo. La Navaja de Ockham es un principio filosófico, un modelo teórico que se aplica en prácticamente todos los campos; desde la música a la economía, desde la estadística a la teología, desde la criminología a...

—Entiendo —interrumpió el acólito—. ¿Pero en qué se basa ese principio?

—La propuesta de Guillermo de Ockham es la siguiente: frente a varias respuestas posibles a un problema la explicación más sencilla suele ser la correcta.

—Bien, y en el caso de Aidé, la explicación más sencilla es que no le gusto.

—Exacto, por lo tanto, es la explicación correcta. Sin embargo, aún la Navaja de Ockham puede ser cortada con su propio filo.

—¿No se trata acaso de una regla inquebrantable?

—Ninguna lo es. Se la llama "navaja" porque con ella supuestamente pueden afeitarse las barbas de Platón, es decir, aplicar un reduccionismo práctico a la ontología de Platón, como usted sabe, llena de entidades, de esferas y toda clase de porquerías.

—Pero, profesor, ¿entonces es posible que Aidé me haya rechazado por otros motivos?

—Por supuesto, por ejemplo, porque usted la abordó educadamente, empleando términos ardorosos, y no besándola como un verdadero salvaje. Mire, allí está ella. ¿Por qué no se acerca y prueba otra vez?

El acólito vaciló, luego se puso de pie, caminó con decisión hasta la mesa de Aidé y la besó apasionadamente.

La muchacha no solo lo golpeó, sino que llamó de inmediato a las autoridades policiales, a un tío que también resultó ser juez, quienes detuvieron al acólito y lo trasladaron al penal de Olmos.

—Caramba, profesor —dijo Masticardi—; parece que esta vez se ha equivocado feo. Guillermo de Ockham, una vez más, ha triunfado.

—En modo alguno me equivoqué: mi razonamiento fue elegante.

Masticardi sonrió malévolamente.

—Si usted no se equivocó, entonces su percepción de la realidad está gravemente distorsionada.

—Todo lo contrario. Mi percepción de la realidad se rige estrictamente por la Navaja de Ockham, en otras palabras: la realidad siempre es un error.






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1 comentarios:

Elizabeth dijo...

Más allá de lo interesante que encuentre la mayoría de sus respuestas, me queda también la sensación de que siempre quiere tener la última palabra xD

Me pregunto si buscaría igualmente una refutación a esto.