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Louis Jacolliot y el continente perdido de Rutas


Louis Jacolliot y el continente perdido de Rutas.


No podemos pensar en alguien menos adecuado para hallar un continente perdido que Louis Jacolliot (1837-1890), un acartonado abogado francés que ejerció el cargo de juez en la India y Tahití. Sin embargo, el espíritu aventurero y esas ansias de prodigios que a menudo embriagan al occidental que se pierde en los mitos de Oriente, poco a poco fue carcomiendo su costado terrenal.

Las leyes ya no le importaban. Los litigios dejaron de estremecerlo. Los alegatos perdieron toda credibilidad para sus oídos. Todo su ser se volcó por completo a investigar dos misterios imposibles: el continente perdido de Rutas y la Sociedad Secreta de los Nueve Desconocidos.

Su largo establecimiento en la India, y otras regiones de Asia, lo llenaron de conocimientos extraños, repulsivos para la ciencia ortodoxa. Su primer acercamiento académico a los enigmas del Tíbet, llamado: Historia de las vírgenes, personas y continentes perdidos (Histoire des vierges, les peuples et les continents disparus, 1874), fue minuciosamente pulverizado por los historiadores.

Pero Louis Jacolliot no se desanimó. Siguió adelante. Siguió investigando, según algunos, acaso demasiado.

Entre sus abominaciones filosóficas se encuentra una traducción del Manu Smriti, las leyes de Manu, notable por su imprecisión. La obra causó la indignación de sanscritólogos, orientalistas comedidos, y de la ciencia lingüistica en general, pero captó el interés de un voraz Friedrich Nietzsche, muy predispuesto a los azotes majestuosos de oriente, aunque estos provengan de una mala traducción.

En un punto impreciso en su carrera de investigador, las obras de Louis Jacolliot dieron un vuelco radical. Lo extraño pasó a tener una coherencia inimaginable. Los mitos más oscuros del hinduismo, irreconciliables con el pensamiento occidental, pronto se adaptaron a un razonamiento cuya claridad dejó pasmados a sus críticos. Aquel cónsul y abogado de estrechos conocimientos pronto se ubicó como un erudito en asuntos de inabordable profundidad. Surgió el rumor, acaso estimulado por el propio Louis Jacolliot, de que un libro prohibido había caído en sus manos, un libro cuyo saber es eterno, y en el que todos los misterios de la antigüedad encuentran su explicación cabal.

Louis Jacolliot hizo escasas referencias a este libro. Lo llamó Agrouchada Parikchai, y lo describió como una serie de tablillas en un sánscrito antiquísimo que narraban la historia de un continente perdido llamado Rutas, y su posterior cataclismo y hundimiento en las aguas del Océano Índico.

H.P. Blavatsky, muy interesada en los mitos de la Atlántida y Lemuria, recogió calurosamente las especulaciones de Louis Jacolliot, revisando cada uno de sus extravagantes ensayos, cuyos títulos estimulan la imaginación del más duro escéptico. Obras como Krishna y el Cristo (Christna et le Christ), El génesis de la humanidad (La Genèse de l'humanité), Los parias de la humanidad (Le pariah dans l'humanité), rápidamente ganaron el interés de los ávidos teósofos, ya que plantea la posibilidad de un pasado cíclico de la humanidad, de un saber tan antiguo y remoto cuya historia se ha transformado en mito.

Nadie sabe a ciencia cierta cuál fue el destino del continente perdido de Rutas. Ningún Platón se ocupó de su cataclismo. Ningún Arturo buscó en él su descanso final. Según algunos, Rutas fue el invento de un hombre ávido de ínsulas formidables, de pasados legendarios, de misterios finamente desenmarañados; y sus tablillas, el intento de trasladar ese deseo secreto al ámbito académico. Louis Jacolliot, por su parte, siempre afirmó la veracidad de sus investigaciones, prometiendo que el verdadero pasado de la humanidad sería oportunamente revelado por espíritus de inimaginable evolución.

Existen dos posibilidades ante una declaración de semejante calibre: que los vehículos de aquel saber distante acaso hubiesen elegido a un hombre de probada credibilidad, y una segunda, que sugiere que para filtrar un conocimiento devastador conviene hacerlo a través de un demente, de un crédulo irreparable, cuya voz jamás alcanzará a todo el orbe, sino apenas a un puñado de oídos atentos.




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