Cómo las mujeres nos enseñaron a leer por placer


Cómo las mujeres nos enseñaron a leer por placer.




Hay cuestiones tan naturales, tan arraigadas en el amante de la lectura, que difícilmente nos inviten a una reflexión más profunda.

En nuestros tiempos, la lectura y el placer son parte de un mismo principio. Naturalmente, el placer puede prescindir de la lectura, como lo evidencia la enorme cantidad de actividades placenteras en las cuales no están presentes los libros. No obstante, la lectura no puede escapar del placer; en ocasiones, un placer esforzado, cuesta arriba, pero placer al fin.

Esto no siempre fue así. De hecho, fueron las mujeres las que nos enseñaron a leer por placer.

Para encontrar el germen del placer por la lectura debemos retroceder algunos siglos hasta llegar a los inicios de la novela gótica, un género escrito principalmente por mujeres y para mujeres.

No es nuestra intención hacer aquí un análisis profundo en términos históricos, y menos aún evaluar las circunstancias socio-culturales de la época, pero baste decir que en los países más desarrollados de aquel entonces, sobre todo en Alemania, Francia e Inglaterra, las esposas, madres e hijas de la burguesía disponían del único requisito indispensable para el placer: tiempo.

A contramano de la lectura erudita, útil, de la vieja tradición europea, cuyo objetivo era la formación profesional e intelectual del hombre, las mujeres burguesas disponían del tiempo y el dinero necesarios para entregarse a la lectura desde una óptica completamente distinta. Incluso podemos pensar que la misma sociedad patriarcal que le impedía a la mujer integrarse al ámbito intelectual, salvo honrosas excepciones, fue la que estableció las circunstancias propicias para que sea la mujer quien cultive el placer de la lectura.

Recluidas en el hogar, a menudo presas de actividades recalcitrantes, la mujer burguesa empezó a leer por placer. A diferencia de la lectura entre los hombres, insistimos, casi exclusivamente formativa, la práctica femenina de la lectura, que no esperaba otra recompensa más que el placer, tenía algo de desordenada, de salvaje, de indisciplinada.

Esa lectura no estaba destinada a fortalecer el intelecto, sino a excitar la imaginación; y eso es precisamente lo que le proveía a la mujer la literatura gótica: un género en el que habitualmente una mujer en apuros es arrancada de su estado de bienestar —supuesto, claro— y llevada a un territorio donde predomina lo oculto, lo mágico, lo perverso, lo físico.

Desde nuestra perspectiva resulta muy difícil evaluar la intensidad de la experiencia física y emocional que suponía la lectura para las mujeres de aquellos años. Realmente era una actividad que las estremecía en su fibra más íntima, que las arrancaba de su monótono hacer diario; en definitiva, una actividad que les brindaba placer; en consecuencia, no es difícil imaginar por qué este tipo de libros fueron perseguidos por la sociedad patriarcal.

Las mujeres leían por placer, para obtener placer, pero de un modo más bien clandestino, oculto, secreto. No era una lectura sistemática, a la luz del día, sino más bien dispersa, inorgánica, y condicionada a los pocos espacios de libertad que disponían las mujeres.

En este contexto, y con un nuevo mercado abierto, muchas lectoras se convirtieron en escritoras, a menudo utilizando seudónimos masculinos para resguardar su reputación. La mujer en la literatura gótica fue decisiva, ya que las autoras conocían a la perfección los deseos y anhelos de su mercado. Esto se prolongó más allá del género y de su tiempo, hasta establecerse de forma indisoluble en el siglo XIX.

Las mujeres no solo crearon la lectura por placer sino que ampliaron ese universo dentro de cada hogar burgués. Las doncellas y criadas del siglo XIX, formadas a un nivel básico, pero el suficiente como para poder leer, se beneficiaron enormemente de esa situación, leyendo las novelas que poseían sus amas al finalizar la jornada.

Surgieron entonces las ediciones baratas para cubrir la nueva demanda. Los Bluebooks y los Penny Dreadful fueron un gran salto evolutivo, no tanto por su contenido, en esencia, historias escabrosas, cuando no directamente truculentas, muy mal editadas, sino por su accesibilidad para los sustratos sociales más vulnerables. Por unas monedas cualquiera podía leer algo que causara horror y asombro, algo que causara placer.

La literatura fantástica y las novelas de terror estaban en el escalón más alto de los intereses femeninos, muy por encima de las novelas románticas; y la razón de eso tiene que ver con que aquellos géneros les permitían a sus lectoras vivir aventuras, conocer sitios misteriosos, exóticos, personajes que difícilmente podrían cruzarse en la vida de una chica burguesa, y así alimentar la fascinación por aquello que se les prohibía.

Este tipo de lectura visceral, física, es exactamente opuesta a la lectura erudita y formativa del hombre de aquel entonces. En otras palabras, esa lectura resume el triunfo de la imaginación sobre la razón.

Desde luego, el hombre no quedó afuera de la nueva tendencia. El gótico y lo fantástico también fueron aceptados, mucho tiempo después que ellas, porque también el hombre, a su manera y en su propia dimensión, también era un engranaje más de la maquinaria patriarcal.

Así fue engendrado el placer por la lectura, un tipo de placer que mezclaba el goce con la inquietud, ya que enfrentaba a la lectora con las fronteras de su propio inconsciente, con aquello que está reprimido, oculto, el lado oscuro del ser.

En definitiva, el placer por la lectura fue la mejor herramienta para vulnerar aquella estructura patriarcal que le asignaba a la mujer un ciclo de vida más bien tétrico: hija, esposa y madre. La novela de terror, dentro de la cual incluimos al gótico, puso en evidencia lo absurdo y lo restrictivo de esas funciones.

Es decir que la posibilidad de leer por placer, o de encontrar placer en la lectura, contribuyó a un mayor desarrollo en la mentalidad de la mujer, a incorporar otros modelos de comportamiento, que poco a poco fueron perforando los valores más rígidos de la autoridad patriarcal. Si una mujer inteligente, aún hoy, puede suponer un desafío para ciertos hombres, las mujeres del siglo XIX, y mucho más atrás en el tiempo, eran directamente peligrosas.

Descubrir la lectura por placer, en cualquier contexto, pero sobre todo en el de aquellos años, le permitió a la mujer conquistar un nuevo espacio de libertad: un ámbito propio donde todo era posible, incluso soñar con vivir una vida más plena.




Taller de literatura. I Feminología: la mujer en la literatura.


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