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El cuerpo de la mujer en el Gótico


El cuerpo de la mujer en el Gótico.




Por alguna razón, el Gótico ha pasado de escarbar en las grandes abstracciones de la vida al ejercicio de cierto romanticismo dulzón, empalagoso, a veces menopáusico, a veces adolescente, que definitivamente no tiene nada que ver con los inicios de este género literario.

Las sábanas donde se retuerce el cuerpo de la mujer en la novela gótica clásica son rojas.

Pensemos por ejemplo en Manfred, el héroe-villano de El castillo de Otranto (The Castle of Otranto, 1764), de Horace Walpole, persiguiendo a la prometida de su hijo muerto por los laberintos de un castillo. ¿Quiere encerrarla, asesinarla? No, quiere violarla. Su plan de posesión, consensual o forzada, no está motivado por el amor o el deseo; ni siquiera por la lujuria, sino por la obsesión por la propiedad y la dinastía: para mantenerlas, debe engendrar un hijo (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

A diferencia de las novelas románticas, que forjaron un vínculo inseparable y forzado entre el amor, el matrimonio y el sexo, el Gótico prescinde del amor e introduce un elemento revolucionario: el peligro. No ya el peligro del desengaño sentimental, del sentirse usada por un caballero locuaz, sino de las peligrosas consecuencias legales del romance (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico)

Si actualmente un final feliz estandar —en términos literarios, desde luego— se constituye principalmente sobre la unión sentimental de los protagonistas al final de la historia, en el auge del Gótico, en el siglo XVIII, un final con estas características era percibido de manera muy diferente por sus lectoras. Una mujer casada era legalmente inexistente. Su identidad era absorbida por la de su esposo. No podía poseer propiedades, asegurarse la tutela de sus hijos o decidir sobre su propio cuerpo. Hasta la Ley Hardwicke de 1753, una mujer violada podía ser obligada legalmente a casarse con su violador, cediéndole así todas sus propiedades como soltera (ver: El Machismo en el Horror)

Esto arroja una luz aun más siniestra sobre las intenciones de Manfred en El castillo de Otranto. Horace Walpole pudo haber tenido razones personales para destacar en su novela los peligros de la heterosexualidad (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror). Hay pruebas convincentes de que era homosexual y, por lo tanto, podemos asumir que tenía una perspectiva más amplia sobre el padecimiento de las mujeres en relación al poder casi absoluto de los hombres, siendo él también alguien perseguido y discriminado (ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica)

El Gótico desconfía del romance, y ciertamente coloca al matrimonio en un lugar moralmente cuestionable. En la novela gótica clásica el matrimonio es una institución basada en un sistema económico de alianzas, un acuerdo, en última instancia, con claras desventajas para las mujeres, quienes básicamente se ocupaban de las tareas de cuidado y no tenían derecho al patrimonio. Naturalmente, los usos económicos del matrimonio se ocultaban bajo los velos del romance.

De este modo, el Gótico se convirtió en una espada para revelar los horrores ocultos creados por las estructuras sociales establecidas y cuestionar las categorías conceptuales que las hicieron posibles.

Siguiendo el ejemplo de Horace Walpole, las escritoras del Gótico Femenino —escrito por y para mujeres, y abordando un amplio abanico de preocupaciones (ver: La mujer en la literatura gótica)— continuaron la cruzada de desmitificación del amor y el romance, recordando a las lectoras que el encanto y las atenciones de los hombres a menudo ocultaban intenciones peligrosas.

Gran parte de la obra de Ann Radcliffe, madre del Gótico Femenino, está dedicada a desenredar la noción establecida del romance. En Los misterios de Udolfo (The Mysteries of Udolpho, 1794), el infame y seductor Montoni, se revela como un peligroso cazador de fortunas cuyo objetivo no es el romance, ni siquiera la posesión lasciva del cuerpo de la mujer, sino la propiedad. Al final de la novela, Montoni es desacreditado y Ann Radcliffe acomoda a Emily con un pretendiente más seguro, más adecuado y mucho menos sensual.

El Gótico Masculino, desarrollado por autores como Matthew Lewis y Charles Maturin, creció en oposición a la estética de Ann Radcliffe, donde subyace un terror sutil y una discreta tensión sexual. El Gótico Masculino presenta escenas explícitas y violentas, típicamente en sus formas más impactantes: la violación y el incesto, delatando en cierto modo sus ansiedades particulares.

Mientras que las ansiedades del Gótico Femenino giran en torno a los peligros que plantean a las mujeres los códigos sexuales de la sociedad, las del Gótico Masculino tienden a centrarse en los peligros del cuerpo femenino (ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica)

Estas diferencias son mucho más sutiles de lo que sugiere nuestra descripción. Los motivos en el Gótico Femenino y el Gótico Masculino muchas veces son idénticos en la superficie, lo que cambia radicalmente es lo que representan. Por ejemplo, en el Gótico Femenino las oscuras edificaciones donde tiene lugar la historia —castillos, mansiones, prisiones y abadías— simbolizan las estructuras sociales que aprisionan a las mujeres (ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico), pero en el Gótico Masculino estos vastos espacios interiores, uterinos, representan los misterios del cuerpo de la mujer (ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer)

El monje (The Monk, 1796), de Matthew Lewis, es un gran ejemplo del miedo al cuerpo de la mujer en el Gótico, miedo que se expresa en repulsión y hostilidad por esta fuente de ansiedad. Aquí, una mujer demoníaca, Matilda, seduce al monje Ambrosio, no ya presentándose ante él como una mujer hermosa, o bajo el engaño de la virtud... sino disfrazada de monje, lo cual le añade una dimensión completamente nueva e inquietante a la historia.

Un motivo recurrente para representar esta repulsión por el cuerpo de la mujer en el Gótico es la Monja Sangrante, especie de apropiación blasfema del corazón sangrante de Jesús, pero también de lo maternal y del misterio de la menstruación; esencialmente convirtiéndose en el retrato de la feminidad enloquecida, es decir, fuera de las regulaciones patriarcales. La Monja Sangrante viola de manera recurrente a los delicados monjes —Raymond, sobre todo—, quienes se entregan por error a sus «dedos podridos», sus «labios fríos» y el poder reptil de su mirada fálica.

La repulsión y la ansiedad generadas por el cuerpo femenino en El monje explican claramente el origen del tratamiento hostil que la novela le da a las mujeres, siempre sujetas a la deshonra y la corrupción como forma de castigo. Por ejemplo, Matthew Lewis describe minuciosamente cómo el cuerpo de una priora es reducido a una masa irreconocible de carne ensangrentada por una multitud furiosa. Y esto es apenas un preámbulo para el horror de Antonia, violada brutal e incestuosamente por su hermano, el monje Ambrosio.

Zofloya (Zofloya, 1806), de Charlotte Dacre, conecta la posesión del cuerpo de la mujer con la posesión espiritual, al igual que Melmoth el errabundo (Melmoth the Wanderer, 1820), de Charles Maturin. A pesar de su género, la contribución explícitamente horrorosa de Charlotte Dacre la alinea con los escritores del Gótico Masculino. En vez de presentar a la típica heroína virtuosa del Gótico Femenino, la protagonista de Charlotte Dacre, Victoria, es sexualmente infiel.

Desafortunadamente, el hermoso esclavo morisco con el que engaña a su esposo es en realidad Satanás, que se ha apoderado del cuerpo del moro muerto. Al final de la novela, Satanás / Zofloya también se ha apoderado del alma de Victoria. Al ocultar a Satanás dentro del cuerpo del esclavo negro, Charlotte Dacre también revela cierta ansiedad con respecto a los peligros del las relaciones interraciales. Esta ansiedad, siempre presente en el Gótico a lo largo de los siglos, generalmente se intensifica cuando la integridad nacional y racial está bajo asedio, como a fines del siglo XVIII con la expansión de la exploración y el comercio.

El miedo por el cuerpo de la mujer en el Gótico se renuevan con la publicación del Frankenstein (Frankenstein, 1818) de Mary Shelley. La imagen icónica de la Casa Embrujada es reemplazada aquí por el cuerpo del hijo creado por Victor Frankenstein, en una literalización exagerada del modelo patriarcal; es decir, la paternidad sin ninguna intervención o influencia materna. No obstante, Mary Shelley demuestra su lealtad al Gótico Femenino al final de la novela: Víctor Frankenstein es castigado por reprimir y desterrar lo materno de la procreación humana (ver: Lo que Mary Shelley nunca contó sobre Víctor Frankenstein)

Víctor Frankenstein siente rechazo por el monstruo engendrado por su orgullo solitario, y su propia novia es asesinada por la criatura. En cierto modo, el monstruo demuestra una mayor sensibilidad viril que su creador al desear una pareja femenina para poder procrear su propia descendencia.

La mitad del siglo XIX vio un florecimiento del Gótico Femenino en las novelas de las hermanas Brontë. Cada una presenta una versión atractiva del hombre oscuro y peligroso. Por ejemplo, el tradicional marido-villano en La inquilina de Wildfell Hall (The Tenant of Wildfell Hall, 1848) de Anne Brontë; el héroe-villano romántico, el señor Rochester, en Jane Eyre (Jane Eyre, 1847) de Charlotte Brontë; y Heathcliff, que rompe el molde patriarcal en términos de su posición de subordinado social y, posiblemente, perteneciente a una minoría racial, en Cumbres borrascosas (Wuthering Heighs. 1847) de Emily Brontë.

A medida que el Gótico se introduce en el siglo XIX, el dilema central alrededor del cuerpo de la mujer se convierte en la amenaza que supone plantear resistencia a los códigos de la sociedad. La novela de Wilkie Collins: La mujer de blanco (The Woman in White, 1861), presenta a un patriarca que busca profanar el cuerpo de su esposa en lugar de poseerlo. El secreto de Lady Audley (Lady Audley’s Secret, 1862) de Mary Elizabeth Braddon, presenta a una mujer casta, en apariencia, que tiene un secreto: haber transgredido los códigos de decoro establecidos para una dama victoriana.

El Gótico de finales del siglo XIX reserva casi todos sus temores y ansiedades para la homosexualidad. Carmilla (Carmilla, 1872) de Sheridan Le Fanu; El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, 1886) de Robert Louis Stevenson; El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, 1891) de Oscar Wilde; y Drácula (Dracula, 1897) de Bram Stoker, todas estas novelas proporcionan sugerentes pistas que apuntan al peligroso pero emocionante secreto de la homosexualidad (ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»)

El Drácula de Bram Stoker, como el Zofloya de Charlotte Dacre, también revela algunos temores culturales sobre la infiltración extranjera, tanto sexual como cultural, en un momento en que tal amenaza parecía real.

Con el alivio gradual de las limitaciones sociales al cuerpo de la mujer a principios del siglo XX, dándole un final progresivo a la represión victoriana, hubo menos necesidad de indicaciones disfrazadas sobre los peligros sexuales disfrazados bajo el velo de la ley. Sin embargo, varios factores sociales (el cambio de roles de la mujer, el enfoque de Freud en los secretos enterrados de la sexualidad y el aumento de la inmigración) dieron como resultado un nuevo conjunto de ansiedades sexuales emergentes (ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror).

Eventualmente, el teatro y el cine disminuyeron el horror por el cuerpo de la mujer presente en el Gótico, en parte, debido a la dimensión visual, mucho más impactante que la escrita. De este modo, los Villanos góticos fueron suavizados para proteger la sensibilidad de la audiencia. Desde aquí podemos trazar el comienzo de una nueva era: la estetización del monstruo gótico tradicional, donde el Villano comienza a volverse visualmente atractivo, dejando atrás los temores y ansiedades de las mujeres cuyos cuerpos estaban sujetos a la posesión patriarcal.

En la actualidad —sin ofrecer una mirada crítica sobre el tema, sino más bien descriptiva— predomina el erotismo de la abstinencia: la chica se enamora del Vampiro, quien reprime su verdadera naturaleza monstruosa y piensa más en la mujer que ama que en sus propias necesidades (de sangre, sobre todo).

Y así, en la segunda década del siglo XXI, casi doscientos sesenta años después de que Horace Walpole vinculara el Gótico con las ansiedades sexuales, estamos ante una nueva etapa. Las señales que servían como códigos velados en el Gótico Clásico (diferencias raciales, monstruosidad física, alteridad, etc) se interpretan en la cultura contemporánea como signos de atractivo exótico. A pesar de los adornos góticos, cosméticos, en las novelas actuales, las actitudes y relaciones que presentan estas obras están más alineadas con el romance que con el Gótico propiamente dicho: el sexo es seguro, incluso cuando parece peligroso.

Con el surgimiento del hombre del siglo XXI, acaso más amable, más gentil, más arreglado estéticamente que su ancestro del siglo XVIII, presenciamos la caída definitiva del patriarca gótico. Sin embargo, todo esto podría ser una ilusión, una máscara políticamente correcta, si se quiere, detrás de la cual acechan los mismos impulsos de control y posesión del cuerpo de la mujer.




Taller gótico. I Literatura gótica.


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El artículo: El cuerpo de la mujer en el Gótico fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción


El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción.




Desde que Petronio escribió el Satiricón en el 61 d.C., la figura del Hombre Lobo se abrió camino a través de casi 2.000 años de literatura, pasando por leyendas populares, cuentos de hadas, y finalmente por el género que terminaría de darle forma: la literatura gótica (ver: El hombre lobo en la antigüedad clásica).

En la Edad Media, la creencia en la licantropía estaba ampliamente extendida, y prevaleció en la mayoría de los cuentos de hadas posteriores. Basta pensar en la versión de Charles Perrault de Caperucita Roja (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror), donde el Lobo es un símbolo del engaño y el mal, cuando no directamente del diablo, y cuyo propósito en la historia es regular el comportamiento de las mujeres (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres).

La primera novela de hombres lobo propiamente dicha es El brazo cortado (The Severed Arm), un gothic blue book de 1820, donde la figura del licántropo representa las ansiedades sociales de la época en relación con la sexualidad (ver: El origen del hombre lobo y la licantropía)

El Hombre Lobo en la ficción suele ser un símbolo del forastero marginado, cuyo salvajismo amenaza el orden social establecido. En este contexto, no es extraño que los Hombres Lobo a menudo existan en los márgenes de las comunidades rurales rodeadas de bosques y montañas. El acto de devorar a sus víctimas claramente representa el miedo al canibalismo en esas circunstancias de aislamiento. Por otro lado, en muchas historias hay una marcada diferencia de clase entre el Hombre Lobo y su víctima (ver: El Marxismo en el Horror: los pobres siempre mueren primero). Mientras el Licántropo es un marginado, un salvaje, sus víctimas son individuos sociales y a menudo importantes para su sociedad.

En el folclore, tal como afirma Montague Summers en El Hombre Lobo (The Werewolf), los Hombres Lobo se transforman de humanos en bestias a la luz de la luna llena, y solo pueden morir con una bala de plata, requisito difícil de cumplir antes del advenimiento de las armas de fuego. No obstante, lo que nos interesa aquí es este concepto de metamorfosis, porque sugiere que la frontera entre lo humano y lo animal, entre lo civilizado y lo salvaje, a menudo es dudosa, y puede transgredirse mucho más fácil de lo que pensamos (ver: Monstruología: cuatro categorías para lo monstruoso en la ficción)

Tal vez tenga algo que ver con el tema de la reversibilidad, pero lo cierto es que, en la mayoría de las historias, el Hombre Lobo termina despertando la simpatía del lector, incluso su compasión, no importanta el reguero de cadáveres que haya dejado a su paso (ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo). Después de todo, él también es una víctima.

En el siglo XIX surgieron varios relatos de hombres lobo que revivieron la tradición folclórica, como El lobo blanco de Kostopchin (The White Wolf of Kostopchin, 1889), Gilbert Campbell; y El lobo blanco de las Montañas Hartz (The White Wolf of the Hartz Mountains, 1839) de Frederick Marryat. En este cuento en particular, la licantropía es una maldición relacionada con el adulterio y el canibalismo. Lo cierto es que los Hombres Lobo devoran a sus víctimas, con frecuencia a sus seres queridos, e incluso a sus hijos, como en la historia de Marryat. Este tipo de canibalismo acaso funciona como una metáfora de los temores y ansiedades sociales sobre el hambre en la época victoriana.

Pero esto no siempre es así. Por ejemplo, La marca de la bestia (The Mark of the Beast, 1891), de Rudyard Kipling, refleja ciertas ansiedades culturales en relación a la raza y la etnia, en particular al miedo de los invasores ingleses al paganismo nativo de la India, y cómo este podría degradar el orden imperial civilizado y superior (ver: La psicología del Hombre Lobo).

En el cuento surrealista de Eric Stenbock: El otro lado (The Other Side, 1893), Gabriel es un muchacho sensible, intuitivo, y sobre todo receptivo ante el poder sobrenatural de una Mujer Loba, Lilith, que vive en un bosque y lo convierte en uno de su raza. Al igual que Angela Carter en En compañía de lobos (The Company of Wolves), Stenbock trata al lobo como una figura compleja y moralmente ambigua que apela a nuestra simpatía. Lilith es una cazadora sanguinaria, es cierto, pero también es una mujer perseguida que puede ser tan crual como compasiva y cariñosa.

Finalmente, la historia de Robert Louis Stevenson: Olalla (Olalla, 1885) explora sutilmente la idea de que la licantropía representa la degeneración familiar hacia un estado de irracionalidad y locura vecino del salvajismo (ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica)

El clásico de Clemence Housman: La loba (The Were-Wolf, 1896) presenta de forma brillante los discursos predominantes de la era victoriana. Aquí, la transición entre lo humano y lo animal refleja una transgresión de conceptos sobre las diferencias de género que dieron forma a la identidad victoriana tradicional (ver: Transgénero en la literatura: ficción, diversidad y discriminación). Situado dentro de la proliferación de la ficción licántropa del siglo XIX, el cuento de Housman rompe con todos los límites normativos de aquel entonces (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror)

Esta impugnación de la sexualidad reglamentada dio forma a los grandes tropos de transformación en la literatura del siglo XIX. La ficción sobrenatural en esta época a menudo se centra en la transmutación de una forma a otra, combinando metáforas de la animalidad con la degeneración de la mente y el cuerpo, de la cual los lobos eran un tema especialmente popular (ver: Los Monstruos y lo Monstruoso).

En este contexto, el Hombre Lobo y la Mujer Loba, fundamentalmente híbridos de animal y humano, surgieron en la mayoría de las ficciones como criaturas que simbolizaban los miedos hacia esa bestia interior, bruta e irracional, pero también hacia la gratificación sexual de esa transgresión [ver: Eena]

No solo los Hombres Lobo encarnan este principio bestial en el ser humano, y la consecuente transgresión de todas las normas que nos convierten en sujetos sociales, la mujer también fue incorporada al mito del licántropo, configurada como una femme fatale cuya propia exhuberancia sexual es claramente el elemento distintivo de su monstruosidad (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Pero, a diferencia de los licántropos masculinos, básicamente outsiders de la sociedad, las Mujeres Loba a menudo se disfrazaban de mujeres hermosas capaces de engañar y devorar a sus desprevenidos amantes. Mientras los Hombres Lobo emergen de los bosques para asediar a las aldeas rurales, la Mujer Loba utiliza la manipulación sexual para atraer a sus víctimas. Eso dice mucho de la concepción victoriana de lo que significaba aquello de liberar la bestia interior que todos tenemos dentro. Mientras que el hombre libera su bestialidad, la mujer exacerba su peligrosidad como amante (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico).

En este tipo de concepciones, la monstruosidad femenina está constituida por una subversión de la feminidad civilizada. Esta transgresión de la Mujer Loba hacia un tipo de feminidad en plena posesión de sus atributos y en control de sus deseos, es una clara amenaza a una sociedad dominada por las heteronormativa patriarcal (ver: El Machismo en el Horror).

El relato de Ambrose Bierce: Los ojos de la pantera (The Eyes of the Panther) es un excelente ejemplo rebeldía a través de una variante felina de la Mujer Loba, donde la reticente Irene Marlowe no solo rechaza la propuesta de matrimonio de su pretendiente, sino que además intenta devorarlo. Aquí, Ambrose Bierce juega con esta idea de que la única forma que tiene una mujer de resistir a las expectativas de género es reemplazar su propio cuerpo femenino, subyugado por el deseo del otro, por el de una bestia.

En apariencia, hay una mirada feminista en todo este esquema, pero también una lucha discursiva para reclamar el Yo civilizado del hombre a través de la abyección del Otro, en este caso, de una mujer que prefiere ser un animal para no ser subyugada (ver: El Feminismo en el Slasher: Simone de Beauvoir vs. Jason Voorhees).

Las figuras del Hombre Lobo y de la Mujer Loba no solo son elementos de ruptura con las identidades de género fijas, sino que además articulan una especie de hibridación de lo abominable (desde la perspectiva dominante). Después de todo, al transgredir la frontera entre humanos y animales, los Licántropos se rehusan a participar en las categorías del orden natural. Por eso, tal vez, siempre terminan siendo atravesados por una bala de plata.




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El Gótico y la Belleza: las chicas lindas también pueden ser malas


El Gótico y la Belleza: las chicas lindas también pueden ser malas.




Tal vez el aspecto más rupturista de la novela gótica, en comparación con las novelas del romanticismo del mismo período, es la forma en la que el género observa la Belleza, un patrimonio exclusivamente femenino por aquel entonces. No me refiero aquí a estándares de Belleza, que naturalmente varían dependiendo de la época, sino más bien a una especie de código interno que fue decostruído radicalmente por el Gótico.

En la actualidad, el aspecto físico de un personaje, tanto en la literatura como en el cine, puede o no decirnos algo acerca de sus intenciones. Para los predecesores del Gótico, en cambio, las cosas eran mucho más simples: los feos eran los malos, y los lindos eran los buenos.

En este sentido, el género Gótico contribuyó a desacreditar la noción falaz de que las personas bellas son siempre buenas personas.

Antes de eso, cualquier descripción de una deformidad física, de una anomalía, de una asimetría, de cualquier cosa que indicara que el personaje no era bello, inmediatamente lo clasificaba como un Villano para el lector. En este contexto, la fealdad física era entendida como una manifestación exterior del mal subyacente en la persona (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror).

El Gótico transformó este paradigma. Ya en El monje (The Monk), de Matthew Lewis, escrito en 1796, la mujer que parece encarnar todas las virtudes de la Belleza, Matilda, se revela como una bruja realmente malvada. Hasta entonces, la Belleza era un atributo vinculado a la inocencia, desde Lewis, una posible herramienta de manipulación. ¡Las chicas lindas también podían ser malas! (ver: El arquetipo de la mujer fatal)

Sin dudas esto causó una fuerte impresión en los lectores de la época, habituados a otro esquema; donde los actos viles tarde o temprano se reflejaban en el deterioro físico de los personajes, como si la fealdad fuese aflorando a medida que estos se entregaban al mal. Esto no sucede en el Gótico; por ejemplo, Ambrosio —siempre dentro de El monje—, conserva su belleza exterior aun cuando pierde toda su virtud moral.

El Gótico cambió el paradigma de que la Fealdad era un requisito indispensable para la Maldad. Se podía ser Bello y Malo, pero no Feo y Bueno, al menos no en los roles protagónicos.

De hecho, las heroínas del género siempre son hermosas, se sonrojan a menudo, se desmayan cotidianamente, tiemblan ante cualquier cosa que parezca y presagio, y se aferran a su virtud como la vida dependiera de ello. Y ciertamente dependía de ello, como veremos más adelante.

El Gótico continuó explorando estas variaciones hasta finales del siglo XIX. La Belleza seguía siendo un posible atributo del Mal, y a menudo era ejercida en un contexto complejo, donde la Belleza sin moral, y sobre todo sin castidad, combinaba exquisitamente la atracción y la repulsión.

Yendo de lo general a lo particular, esa noción posee es algo inquietante. Por ejemplo, Lucy Westenra, en el Drácula (Dracula) de Bram Stoker, expresa dos facetas de la Belleza: por un lado, Lucy posee una Belleza seductora, fría, cuando es una vampiresa; y una Belleza pacífica, virtuosa, casi beatífica, cuando Van Helsing y los otros la observan después de clavarle una estaca en el corazón.

Detengámonos un momento aquí.

Stoker no describe una transformación objetiva en las facciones de Lucy. En todo caso, ella vuelve a ser Bella, desde la perspectiva de aquellos caballeros victorianos, una vez que deja de ser una amenaza, en términos objetivos como metafóricos.

Casi todas las novelas de vampiros recurren a este dispositivo: el vampiro es seductor, atractivo, aunque en última instancia se revela como lo que realmente es: un cadáver.

El concepto de Belleza, en una noción amplia, nos permite entender qué características aprecia y desaprueba una sociedad determinada. En el Gótico, las mujeres que cumplen a rajatabla sus funciones de acuerdo a las espectativas del patriarcado, esto es, reproduciendo y sirviendo a sus esposos, son vistas como encarnaciones de la virtud. Por otro lado, el género trata con dureza a las mujeres que no son útiles para este esquema, por ejemplo, las solteronas, invariablemente obligadas a cumplir un rol secundario, cuando no directamente grotesco.

La mirada de la mujer, como lectora, también difiere de la mirada masculina sobre una misma obra.

Por ejemplo, las grandes novelas de Ann Radcliffe, como Los misterios de Udolfo (The Mysteries of Udolopho) y El italiano (The Italian), son siempre protagonizadas por mujeres que son perseguidas por hombres mayores. La lectura masculina de estas obras, como la de Walter Scott, pondera la habilidad de Radcliffe para representar una atmósfera y un clima superiores a los de la mayoría de las novelas contemporáneas. La lectura femenina, implícita en La abadía de Northanger (Northanger Abbey), de Jane Austen, revela, a través de las reacciones de Isabella Thorpe y Catherine Morland, que lo verdaderamente interesante de las obras de Radcliffe son sus personajes femeninos, y la forma en la que ellas proporcionan terror y deleite al ser perseguidas de este modo por señores maduros.

La difícil situación de estas mujeres, por cierto, bellísimas en la medida de su pureza, sin dudas provocó escalofríos en las lectoras al ser secuestradas y rescatadas sucesivamente, a veces en una misma novela. Ese tipo de Belleza, sin embargo, requería la presencia de lo masculino para su salvación final. El príncipe azul siempre llega para rescatarla del peligro, y de cualquier posible esperanza de autonomía.

Es decir que la recompensa por la Belleza, en términos virtuosos, era el matrimonio.

Esto no debería sorprender realmente, siendo que la ley, en la época de Radcliffe, declaraba el estatus secundario de la mujer en relación al hombre. ¿Qué podía hacer entonces la heroína sino casarse con su salvador? ¿Acaso había otro destino posible?

Los derechos de las mujeres a la propiedad, e incluso a cuestiones elementales, como la representación legal, quedaban suspendidos fuera de la órbita del matrimonio. Cualquier otro destino distinto del matrimonio implicaba una muerte civil para la mujer, además de la condena social. En ese contexto, los finales felices son casi una obligación.




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Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica


Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica.




La literatura gótica no es machista. Como la mayoría de los géneros literarios, el gótico es descriptivo de su tiempo. No es de extrañar entonces que la mujer en la literatura gótica, forjada en el siglo XVIII, y perfeccionada en el XIX, presente una visión un tanto bipolar de lo femenino.

En última instancia, la novela gótica clasifica a la mujer en dos grandes grupos: la Virgen y la Bruja.

Dentro del arquetipo gótico de la Virgen se incluyen a todas las mujeres castas que son seducidas, voluntariamente o no, por el Villano.

La Virgen es la doncella en apuros del cuento de hadas. Su pureza, de hecho, parece atraer a las fuerzas del mal; aunque finalmente sea su comportamiento, su rebeldía —ínfima, casi absurda desde nuestra perspectiva— quien la hace salir del camino de la virtud para cruzarse con algún agente del mal (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror).

El arquetipo gótico de la Bruja clasifica a todas las mujeres que asumen un rol más activo en términos de seducción. Exhiben su deseo con tal descaro que, desde la perspectiva de su tiempo, el lector claramente entendía que esto era un síntoma de estar poseída por fuerzas oscuras (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico).

Es importante entender que la sexualidad en el gótico posee una agenda héteronormativa, es decir, dominada por los ideales masculino, incluso en obras escritas por mujeres (ver: El hombre y el gótico: la masculinidad en la literatura gótica). Desde esa óptica se clasifica a la mujer, y no caprichosamente, sino a través de dos arquetipos poderosos, presentes en los mitos más antiguos y, por lo tanto, fuertemente arraigados en el inconsciente colectivo (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror).

En este contexto, el gótico parte de la premisa de que la Mujer Ideal, la Virgen, se define a través de dos atributos: Pureza y Propósito. Pureza para mantener una actitud casta hasta encontrar marido, y Propósito para utilizar su cuerpo únicamente dentro del marco reproductivo.

La Bruja, en esencia, es una desviación de ese ideal.

Ahora bien, el gótico también realiza una crítica interesante sobre lo masculino. En cierto modo, la masculinidad exacerbada de las primeras novelas góticas, antes de la maduración del género, se utiliza siempre como un instrumento de poder.

Por ejemplo, en El castillo de Otranto (The Castle of Otranto), de Horace Walpole, los impulsos de Manfred aparentemente tienen el objetivo de producir un heredero, aunque de hecho también se ejercen como un arma de terror. No solo persigue a Isabella implacablemente, algo frecuente en este tipo de obras, sino que además se establece que esa actitud es reincidente en él, es decir, que ya ha utilizado en el pasado su supremacía física para dominar a sus víctimas y embarazarlas (ver: El Machismo en el Horror).

Manfred no es el único hombre en el género gótico que utiliza su superioridad física para atrapar a las mujeres y someterlas; de hecho, hay ejemplos más impactantes todavía.

En El italiano (The Italian), de Ann Radcliffe, incluso antes de que comience la acción propiamente dicha, se relata como Schedoni ha conseguido atrapar a Olivia en matrimonio... al abusar de ella.

Más adelante, Schedoni confiesa:


Me aventuré a pedirle su mano, pero ella aún no había olvidado del todo a mi hermano, y me rechazó. Naturalmente, no podía permitir que se jugara de ese modo con mi pasión. Actué movido por ese frenesí. Esto la puso en un estado de ánimo más dispuesto a recuperar su honor por el voto de matrimonio.


Ann Radcliffe no realiza una descripción violenta del hecho, pero deja en claro un trasfondo inquietante: Schedoni no solo avanza por la fuerza sobre el cuerpo de Olivia, sino que ese acto constituye la pérdida del honor de la muchacha, que para recuperarlo no tiene otra alternativa que casarse con su victimario.

Ahora Olivia está atrapada en este matrimonio infeliz con el hombre que la sometió, física y psicológicamente. En este contesto, ella finge su propia muerte, no ya para vivir su vida en libertad, sino para entrar en otra clase de cautiverio: el convento.

Así como la supremacía física del hombre, dentro del gótico, es utilizada como un arma de dominación, la el cuerpo femenino también es retratado como un arma, más sutil, quizás, una herramienta especialmente diseñada para atrapar al hombre, no ya en el ámbito del matrimonio, desde luego, sino en el Mal.

De hecho, todas las mujeres en el gótico que exhiben su deseo abiertamente, y lo llevan a cabo, terminan siendo responsables del mal resultante.

No es caprichoso que Matilda, en el clásico de Matthew Lewis: El monje (The Monk), a pesar de tener innumerables poderes a su disposición, como invocar demonios, crear pociones mágicas y utilizar espejos para influir a distancia sobre los demás, no utilice esas herramientas para provocar la caída de Ambrosio. Su cuerpo, comprensiblemente, es más eficaz.

Matilde comienza tentando a Ambrosio a través de una pintura de ella misma colocada en la celda el monje. Naturalmente, esto produce pensamientos transgresores en Ambrosio. Finalmente, ella se manifiesta ante él, y utiliza su poder y su influencia sobre el monje llevándolo a cometer actos viles con tal de satisfacerla (ver: El arquetipo de la mujer fatal).

Olivia (La Virgen) y Matilda (la Bruja) representan muy bien los dos aspectos fundamentales de la feminidad en el gótico, y siempre dentro de una clara frontera que separa a la Heroína de la Villana.

Uno puede sentirse un tanto irritado por la actitud de estos arquetipos, completamente ausentes de matices, pero es importante entender que ambos responden a las inquietudes de la época.

La Virgen es siempre la heroina de la historia. En su vida no hay espacio para otra cosa que la virtud; y sus relaciones con el héroe, casi un retrato del Príncipe Azul de los cuentos, jamás supera el ámbito de lo platónico hasta que se concreta el matrimonio; y aun después el afecto tiene una clara función reproductiva.

Claro que la heroína tiene buenas razones para proteger su virginidad. En primer lugar, la Virgen Gótica se originó en una cultura donde la virtud era el valor principal de una mujer. Solo la virtud le aseguraba alcanzar los únicos objetivos socialmente aceptables para ella: contraer matrimonio y darle hijos a su marido.

Para cumplir ese rol de obediencia una mujer debe ser casta hasta el matrimonio; y es por eso que la tensión en la literatura gótica siempre tiene que ver con el robo de la virginidad, ya sea concreta, como en El castillo de Otranto, o simbólica, como Mina Harker siendo seducida por Drácula.

Por suerte, dicho sea de paso, Mina se redime, y una vez que la impureza es eliminada de su organismo con la muerte del conde, vive el resto de su vida como una excelente ama de casa.

El destino de la Bruja también es ingrato. Es temida, rechazada, y vive en absoluta soledad, realizando oscuros planes para esparcir su impureza sobre todas las mujeres.

Aquí se abren dos posibilidades, ambas inquietantes.

Por un lado, podemos suponer que la Bruja es el producto de la caída de la Virgen, una desviación del ideal, un ejemplo desagradable de lo que le ocurre a una dama cuando pierde su virtud, por el motivo que sea. De ahí que la Bruja se muestre particularmente molesta en presencia de doncellas castas.

Pero también es lícito pensar que la Virgen, desde la perspectiva gótica, no es el estado natural de la mujer; sino que su condición por defecto, digamos, es la de Bruja, y que la virtud, tan endeble aparentemente, es el producto de una sociedad que ha ido condicionando este comportamiento, que ha ido domesticando a la mujer dentro de una serie de normas cuya transgresión se paga con la misma moneda que su recompensa: el encierro del matrimonio para las virtuosas, y el del convento para las impuras (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres).




Literatura gótica. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
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Gale Wilhelm: novelas y libros


Gale Wilhelm: novelas y libros.




Gale Wilhelm (1908-1991) fue una escritora norteamericana autor de algunas de las novelas feministas más importantes y polémicas de su tiempo. En este contexto, las dos novelas de Gale Wilhelm más reconocidas son Antorcha hacia el Valhalla (Torchlight To Valhalla) y Nosotras también estamos a la deriva (We Too Are Drifting).

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo todos los libros y novelas de Gale Wilhelm.




Novelas de Gale Wilhelm.
  • Antorcha hacia el Valhala (Torchlight to Valhalla)
  • El sendero extraño (The Strange Path)
  • El tiempo intermedio (The Time Between)
  • No hay cartas para los muertos (No Letter for the Dead)
  • Nosotras también estamos a la deriva (We Too Are Drifting)
  • Nunca me dejes ir (Never Let Me Go)
  • Trae a la novia a casa (Bring Home the Bride)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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El Feminismo y la muerte del Gótico


El Feminismo y la muerte del Gótico.




En efecto, el título de este artículo es una denuncia. Le adjudicamos al Feminismo la muerte del género gótico, que nació en el siglo XVIII, prosperó en el XIX, y finalmente murió, tras una larga agonía, cuando las mujeres comenzaron a reclamar seriamente por sus derechos a mediados del siglo XX.

Pero, ¿acaso el género gótico es machista?

No, al menos no más que otros géneros literarios. De hecho, la novela gótica fue fundamentalmente escrita por mujeres, y para mujeres (ver: Cómo las mujeres nos enseñaron a leer por placer), aunque eso, claro, no la exime de ser machista, e incluso de defender a rajatabla los parámetros del Patriarcado (ver: La mujer en la literatura gótica).

Verán, el Feminismo mató al Gótico porque si hay algo que caracterizaba a este género era la virginidad de la heroina, a menudo secuestrada por sujetos viles, cuando no diabólicos (ver: El hombre y el gótico: masculinidad en la literatura gótica). La novela gótica sencillamente no incluye como protagonistas a mujeres sexualmente activas; en cambio, prefiere chicas que sepan gritar, que sean impresionables, que tengan facilidad para desmayarse con cierta recurrencia, y no puedan decidir en quién confiar.

Sobre todo eso, que no puedan decidir.

En lo personal, la literatura gótica me produce un gran placer; y creo conocerla bastante bien, lo cual también implica conocer sus defectos, aceptarlos, y amarlos de todos modos. Esta frecuentación con el género me hace pensar que su contexto se ha ido, si tenemos suerte, para siempre. El Gótico desapareció; y lo que queda, en todo caso, es algo más.

En cierto modo, ese destino es justo. Las mujeres crearon el género gótico, y ellas lo terminaron.

Una de las mejores formas de entender que el Gótico estaba destinado a morir cuando las mujeres alcanzaran cierto grado de idependencia no es leyendo sus obras canónicas, como Los misterios de Udolfo (The Mysteries of Udolpho), de Ann Radcliffe; sino sus parodias, como La abadía de Northanger (Northanger Abbey), donde Jane Austen se burla extensamente del género, pero rescata sus aspectos más destacados.

Porque el Gótico no tiene nada que ver con el Romance. En todo caso, el género puede definirse como la relación entre una joven y una casa.

Cuando hablo del Gótico me refiero exactamente al gótico canónico, sino a la forma más madura del género. En este contexto, el Gótico posee dos ingredientes principales:


a- Una mujer joven (casi siempre una institutriz) entra a trabajar en una Casa que tiene un secreto misterioso.

b- Allí conoce a un hombre misterioso que tiene un secreto.


Esa es la esencia de un Gótico, que se reescribe sin cesar en incontables libros. El hombre misterioso puede ser un elemento secundario, pero la Casa es esencial, y también lo es el Misterio (ver: Las casas como metáfora de la psique en el Horror).

El Misterio puede ser oculto, sobrenatural, o mundano; puede ser falsificado, pero tiene que estar allí, y necesariamente debe estar en la Casa. Las mejores opciones para situar esta vivienda, preferentemente una gran mansión, son regiones remotas, rurales, antiguas. De hecho, el momentum narrativo de la novela gótica consiste en esta joven, la protagonista, sola en una casa extraña.

En el fondo, podemos pensar que la literatura gótica es una especie de romance entre una mujer y una casa (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror).

Actualmente, la clasificación gótico recae sobre obras que no tienen demasiado que ver con el género. Algunas son muy buenas, y las mejores son las que entienden que el género ha muerto, y que la única forma de utilizarlo es deconstruyéndolo.

Por allí decíamos que el Gótico no tiene nada que ver con el Romance. No hemos sido del todo justos. Es una verdad a medias. Hay romance en el Gótico, pero en general dentro de un marco inverosímil, forzado, donde la heroina termina con el tipo que, después de mucho prejuicio, se revela como el héroe.

En todo caso, para ser más justos, el Romance es lo que menos importa en el Gótico, aunque paradójicamente suele ser lo más importante para sus autoras. De hecho, hacen grandes esfuerzos para hacernos creer que él y ella están condenados a estar separados, cuando justamente ya podemos intuir un destino matrimonial en los primeros párrafos. No hay verdadera tensión.

Lo que realmente importa en la novela gótica es la mujer, o mejor dicho, la Niña, y la Casa.

La Niña posee un grado de inocencia que no sería posible para una mujer de nuestro siglo. Ella no tiene confianza en sí misma, pero no a causa de su timidez, de su retraimiento, de su desconfianza patológica en los hombres (a los que secretamente venera), sino porque proviene de un mundo donde las mujeres no pueden tener confianza.

Ella puede gritar, claro que puede. Está sola, sin protección, y viene de un contexto donde se supone que eso no le sucederá jamás a una mujer. Las cosas son misteriosas a su alrededor, aterradoras. Ella se siente amenazada, y lo está, y todo parece indicar que se doblegará ante esa amenaza, pero no lo hace.

Hay una Niña y una Casa, y la Niña tiene más coraje del que se esperaba. No se rinde ante la intimidación. No habría historia de otro modo.

Pero, un momento, ¿eso no suena afín al Feminismo?

Solo en parte.

La heroína de la novela gótica proviene de un contexto que espera que las mujeres no tengan espinas. Ella debe ser sincera, amorosa, delicada, y, en especial, vírgen; porque no hay pureza en aquellas que han pecado, nos dice el género. Estos atributos le permiten resolver el Misterio de la Casa, aunque en el camino tenga que gritar mucho, desmayarse una docena de veces, y probablemente ser secuestrada en un par de ocasiones. Al final, ella gana.

¿Gana?

Aquí es donde el Feminismo y el Gótico se vuelven irreconciliables.

La heroina gótica triunfa, es cierto, pero su única recompensa, su única ambición realmente, es su boda y su casa. No es que esto sea del todo desagradable, desde luego, excepto que en el género gótico la única recompensa posible para la mujer, la única que puede concebir, es un marido (ver: Chica Pobre se enamora de Hombre Poderoso: ¡basta de Cenicienta!).

Siempre me pareció interesante, y enigmático, que la heroina gótica, que proviene de este lugar extraño donde se supone que las mujeres no trabajan, se gane la vida por sí misma, se dirija hacia lo desconocido para hacerlo, y encuentre una Casa y un Misterio y muchas aventuras en el camino. De algún modo hay una crítica allí.

Secretamente, quizás, la verdadera recompensa de esta doncella en apuros no sea un marido que le garantice cierto bienestar, y una docena de hijos de los cuales apenas sobrevivirán cuatro, sino los recursos internos que va descubriendo a medida que transcurre la historia, y cómo estos son eliminados de cuajo cuando finalmente se entrega a su príncipe azul, y al destino, el único, tal vez, aceptable para la mujer de aquel entonces.




Taller literario. I Feminología.


Más literatura gótica:
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Margaret Atwood: novelas destacadas


Margaret Atwood: novelas destacadas.




Margaret Atwood —Margaret Eleanor Atwood (1939— ) es una notable escritora canadiense, autora de algunas de las obras más importantes de la ficción moderna. En este sentido, las novelas de Margaret Atwood atraviesan lo fantástico, lo distópico, la ciencia ficción, desde una lúcida mirada feminista.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo todas las novelas de Margaret Atwood.




Novelas destacadas de Margaret Atwood.
  • El cuento de la criada (The Handmaid's Tale)
  • La mujer comestible (The Edible Woman)
  • Oryx y Crake (Oryx and Crake)
  • Alias Grace (Alias Grace)
  • Daño corporal (Bodily Harm)
  • Doña Oráculo (Lady Oracle)
  • El año del diluvio (The Year Of The Flood)
  • El asesino ciego (The Blind Assassin)
  • La novia ladrona (The Robbery Bride)
  • La semilla de la bruja (Hag-Seed)
  • Los testamentos (The Testaments)
  • Maddadam (Maddadam)
  • Nada se acaba (Life Before Man)
  • Ojo de gato (Cat's Eye)
  • Penélope y las doce criadas (The Penelopiad)
  • Por último, el corazón (The Heart Goes Last)
  • Resurgir (Surfacing)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Naomi Mitchison: novelas y relatos


Naomi Mitchison: novelas y relatos.




Naomi Naomi Mitchison —Naomi May Margaret Mitchison— (1897-1999) fue una destacada escritora escocesa dedicada a lo fantástico. En este contexto, algunos de los relatos y novelas de Naomi Naomi Mitchison ocasionalmente incursionan en la ciencia ficción, y con resultados verdaderamente notables, a tal punto que muchas de sus obras son consideradas clásicos del género.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo todos los libros, relatos y novelas de Naomi Naomi Mitchison.




Obras completas de Naomi Mitchison.
  • Memorias de una mujer en el espacio (Memoirs of a Spacewoman)
  • Amigos y enemigos (Friends and Enemies)
  • Anna Comnena (Anna Comnena)
  • Arminio en el cerezo (Arminius in the Cherry Tree)
  • Cajitas (Little Boxes)
  • Castillo Doncella (Maiden Castle)
  • Chicos y chicas y dioses (Boys and Girls and Gods)
  • Cinco hombres y un cisne (Five Men and a Swan)
  • Con poco equipaje (Travel Light)
  • Contemplad a vuestro rey (Behold Your King)
  • Desde la oscuridad, hacia la oscuridad (Out of Dark into Dark)
  • Desde las aguas (Out of the Waters)
  • Después del accidente (After the Accident)
  • El anfiteatro de Pola (The Amphitheatre at Pola)
  • El campo de juncos (The Barley Field)
  • El cuarto cerdo (The Fourth Pig)
  • El cuarto pozo (The Fourth Pit)
  • El dedo (The Finger)
  • El fuego delicado (The Delicate Fire)
  • El hada que no podía mentir (The Fairy who Couldn't Tell a Lie)
  • El joven Alejandro el grande (The Young Alexander the Great)
  • El príncipe de la libertad (The Prince of Freedom)
  • El pueblo de Cleopatra (Cleopatra's People)
  • El rey Maíz y la reina Primavera (The Corn King and the Spring Queen)
  • En la familia (In the Family)
  • Graeme y el dragón (Graeme and the Dragon)
  • Gran sorpresa (Big Surprise)
  • Hacia la capilla peligrosa (To the Chapel Perilous)
  • Hemos sido advertidos (We Have Been Warned)
  • Héroes africanos (African Heroes)
  • Imágenes de África (Images of Africa)
  • In Patria Potestate (In Partria Potestate)
  • La cabra (The Goat)
  • La colina detrás (The Hill Behind)
  • Laeta (Laeta)
  • La factoría (The Factory)
  • La gran casa (The Big House)
  • La llegada del nuevo dios (The Coming of the New God)
  • La muerte de un peculiar jabalí (Death of a Peculiar Boar)
  • La niña y el perrito (The Little Girl and the Little Dog)
  • La orden de la Tierra (The Order of Earth)
  • La preparación (The Preparation)
  • La sangre de los mártires (The Blood of the Martyrs)
  • La tierra de los cuervos (The Land the Ravens Found)
  • La tierra del cucú (Cloud Cuckoo Land)
  • Los becerros (The Bull Calves)
  • Los conquistados (The Conquered)
  • Los dos magos (The Two Magicians)
  • Los poderes de la luz (The Powers of Light)
  • Los rehenes (The Hostages)
  • Mary y Joe (Mary and Joe)
  • Más allá de este límite (Beyond This Limit)
  • Negra Esparta (Black Sparta)
  • No mires atrás (Don't Look Back)
  • No solo de pan (Not by Bread Alone)
  • Padre e hijo (Father and Son)
  • Palabras (Words)
  • ¿Qué clase de lección? (What Kind of Lesson?)
  • Regreso a la colina del hada (Return to the Fairy Hill)
  • Relatos bárbaros (Barbarian Stories)
  • Señorita Omega Raven (Miss Omega Raven)
  • Si fuera tu (If I Were You)
  • Sobre el remolino (Above the Whirlwind)
  • Solución tres (Solution Three)
  • Soy un hombre de negocios (I'm a Business Man)
  • Temprano en Orcadia (Early in Orcadia)
  • Tratar con brujas (To Deal with Witches)
  • Una chica debe vivir (A Girl Must Live)
  • Una cuestión de ninguna importancia (A Matter of No Importance)
  • Una pequeña niña perdida (A Little Girl Lost)
  • Un fin y un principio (An End and a Beginning)
  • Valle de los arbustos (Valley of the Bushes)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Marge Piercy: novelas y relatos


Marge Piercy: novelas y relatos.




Marge Piercy (1936— ) es una interesante escritora norteamericana, cuyas novelas y libros en cierto modo se han convertido en referentes del feminismo en la ficción. En este sentido, los relatos y novelas de Marge Piercy abordan esa temática desde lo fantástico, y a veces desde la ciencia ficción.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo todos los libros, relatos y novelas de Marge Piercy.




Obras completas de Marge Piercy.
  • Él, ella y eso (He, She and It)
  • La mujer al borde del tiempo (Woman on the Edge of Time)
  • Amor y sexo en el año 3000 (Love and Sex in the Year 3000)
  • Baila el águila hasta dormir (Dance the Eagle to Sleep)
  • Cero absoluto en el cerebro (Absolute Zero in the Brain)
  • Círculos en el agua (Circles on the Water)
  • Ciudad de oscuridad, Ciudad de luz (City of Darkness, City of Light)
  • Colores pasan a través nuestro (Colours Passing Through Us)
  • Cuerpo de cristal (Variant: Body of Glass)
  • De lo que están hechas las chicas grandes (What are Big Girls Made Of)
  • El alto costo de vivir (The High Cost of Living)
  • El costo de almorzar (The Cost of Lunch)
  • El cuerpo de mi madre (My Mother's Body)
  • El mundo en el año 2000 (The World in the Year 2000)
  • El tercer hijo (The Third Child)
  • Gente del verano (Summer People)
  • Hecho en Detroit (Made in Detroit)
  • La luna es siempre mujer (The Moon is Always Female)
  • La muerte de Safo (The Death of Sappho)
  • Los anhelos de las mujeres (The Longings of Women)
  • Marea de tormenta (Storm Tide)
  • Mi vida, mi cuerpo (My Life, My Body plus)
  • Muñeca Barbie (Barbie Doll)
  • Pequeños cambios (Small Changes)
  • Piedra, papel o tijera (Stone, Paper, Knife)
  • ¿Por qué especular sobre el futuro? (Why Speculate on the Future?)
  • Tres mujeres (Three Women)
  • Vida (Vida)
  • Vidas trenzadas (Braided Lives)
  • Viviendo en la naturaleza (Living in the Open)
  • Vuela a casa (Fly Away Home)
  • Yendo abajo rápido (Going Down Fast)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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El Machismo en el Horror


El Machismo en el Horror.




El Machismo en el Horror se expresa de muchas formas, algunas son tan habituales, tan arraigadas en el género, que no resulta sencillo identificarlas con precisión. Por ejemplo, podemos tomar prácticamente cualquier novela gótica, y por tal caso a la literatura gótica en su conjunto, para notar algo interesante: la mujer nunca forma parte de la toma de decisiones.

Parece un detalle secundario, casi anecdótico, sobre todo si tomamos en cuenta que el rol de la mujer en el Horror generalmente es el de Víctima, pero en realidad constituye un rasgo machista incuestionable debido a su arraigo.

Tomemos como ejemplo al Drácula de Bram Stoker. Allí son los hombres, con Van Helsing a la cabeza, y más específicamente un grupo de hombres de la clase alta, quienes debaten los aspectos teóricos del problema al que se enfrentan, en este caso, un vampiro. Las mujeres —Lucy Westenra y Mina Harker— solo colaboran tangencialmente, si es que lo hacen en absoluto, como la pobre Lucy, y nunca forman parte de la toma de decisiones.

Este tipo de reuniones especulativas entre machos se repite constantemente en el género. De hecho, suele ser uno de los momentos más interesantes de la historia, el instante donde se hacen grandes revelaciones y donde se toman decisiones fuertes. Las mujeres, como mucho, sirven brandy, cuchichean, se desmayan.

Este modelo, quizás, funcionaba bastante bien como dispositivo para establecer cierto grado de credibilidad en esas historias. Después de todo, ¿por qué uno habría de dudar sobre un grupo de hombres ricos, blancos, bien educados, profesionales y temerosos de Dios?.

Hay, además, una atmósfera caballeresca en este tipo de debates, una especie de espadeo intelectual entre buenos camaradas, y una condescendencia indisimulable hacia la mujer, que aparece lateralmente (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror).

Alguien podría decir aquí que las cosas han cambiado, y que en el Slasher, por ejemplo, la mujer es la última sobreviviente, y quien finalmente termina venciendo al asesino, llámese Michael Myers, Jason Voorhees, o cualquier otro; no obstante, si analizamos más de cerca la dinámica en este tipo de películas, veremos que tal progresismo intelectual está ausente:


a- Una joven es asesinada en un sitio alejado de la civilización, donde no puede acceder fácilmente a la ayuda.

b- El asesino acecha y mata, aparentemente, al azar. El número de víctimas puede ascender a una escala astronómica.

c- Finalmente queda una sola sobreviviente, en ropa interior, quien logra someter al asesino, solo para descubrir que este no ha muerto del todo.


Esta última sobreviviente, en general, es el único personaje que, desde el principio, logra deducir un patrón en el comportamiento de la amenaza. Mientras los demás se ríen, fuman, se entregan con descaro al amor libre, ella se preocupa. Esto no es caprichoso. La perspectiva de esa sobreviviente la acerca a nuestro propio conocimiento como espectadores, por cierto, privilegiado, de la situación en la que se encuentra. Ella podrá escapar, o matar al monstruo (no del todo, claro), pero únicamente asumiendo características supuestamente masculinas.

La Sobreviviente, entonces, debe tener algunos atributos que la valoricen dentro del patriarcado:


a- Es generalmente virgen.

b- No fuma, ni bebe, ni se involucra demasiado en el comportamiento desenfrenado de sus pares. Es ingenua, en comparación con sus amigas.

c- En resumen: ella sobrevive porque representa los valores femeninos que aprueba el patriacado, es decir, lo que una mujer debería ser.


El asesino en este tipo de historias, más que matar, parece estar castigando a sus víctimas; y lo está, claramente. Las víctimas, la forma en la que son asesinadas, enfatiza la idea de que la sexualidad femenina es algo que puede ser castigado en determinadas circunstancias. En el cine de terror, cuando una mujer actúa de forma sexual, incluso disfrutando abiertamente de ello, está muerta.

El tratamiento de las mujeres en el Horror más habitual colocándolas como Víctimas, o como Villanas, aún cuando se las intente retratar como Heroínas.

Tomemos el caso de Carrie White, de Stephen King.

Uno podría suponer que la audiencia se identifica con su sufrimiento, y con su posterior venganza, pero debajo de eso subyace una idea ciertamente machista: mientras Carrie desata su potencial destructivo se pone en evidencia lo que sucede cuando las mujeres ya no se reprimen, cuando ganan poder y no se dejan pisotear. En definitiva, Carrie demuestra lo que podría pasar cuando una mujer no logra integrarse con éxito en la sociedad patriarcal.

El Horror es machista, indudablemente, y, por lo tanto, conservador, aunque también hay ejemplos que intentan ir en la dirección contraria. Sin embargo, los clásicos son los que han marcado un modelo a seguir, y ese modelo responde a una ideología patriarcal, donde los hombres dictan las reglas, y las mujeres tienen que cumplirlas.

La pobre Lucy Westenra, en Drácula, es la primera víctima significativa del conde, quizás porque es la única que manifiesta un tímido atisbo de libertad sexual. En cierto modo, se alimenta de ella, la hace su amante, en contraste con la cauta y pura Mina, la cual merece un tratamiento más caballeresco.

El Horror, entonces, ¿convierte a las mujeres en víctimas o simplemente retrata una realidad social y cultural?

En este sentido, el Machismo en el Horror no siempre es involuntario. o subliminal; a veces está presente justamente como una representación crítica de esa realidad.

Cuando no son Víctimas, las mujeres en el Horror son Brujas, un vehículo de lo abyecto, de lo pagano, de lo monstruoso, de lo precultural. Esta es la representación habitual para la mujer que no se ajusta exactamente a los parámetros del patriarcado.

El Horror, en definitiva, trata sobre el Miedo. Pero, ¿miedo a qué? H.P. Lovecraft propuso lo siguiente:


La emoción más antigua e intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.

(The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown)


Pero, ¿qué es lo desconocido?

Naturalmente, lo opuesto a lo conocido, de manera tal que ese miedo ancestral se emparenta con el abandono de lo que se conoce. Lovecraft proporciona un razonamiento elegante sobre el miedo, pero evita cualquier interpretación sobre la naturaleza de esa emoción primordial. En este contexto, el miedo a lo desconocido solo se entiende como un emergente del abandono, del desamparo.

¿Y cuál es, por definición, la antítesis de lo desconocido?

La figura de la Madre. Cualquier conflicto con este arquetipo nos proyecta hacia la dimensión del miedo.

Para finalizar citaremos un viejo axioma del Horror, que define a la mujer dentro de cuatro roles efectivos, y que por sí mismos definen bastante bien lo que el género espera de ellas en una historia. En este contexto, las mujeres deben ser:


a- Deseadas.

b- Temidas.

c- Rescatadas.

d- Destruidas.




Taller literario. I Universo Pulp.


Más literatura gótica:
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Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Arthur Machen.
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Poema de Laura Riding.


Relato de Maurice Level.
Poema de Clark Ashton Smith.
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