El feminismo romántico que las feministas a menudo desconocen


El feminismo romántico que las feministas a menudo desconocen.




En tiempos en los cuales el feminismo ha ido ganando una justa repercusión en los medios de comunicación y en la opinión pública, logrando incluso que se debatan acaloradamente asuntos de suma urgencia para las mujeres, también es bueno recordar que existieron precursoras notables en este ámbito.

No obstante, es probable que muchas feministas de la actualidad sientan un vivo rechazo por sus predecesoras; me refiero aquí a las silenciosas feministas del romanticismo, aquellas que deslizaron subrepticiamente sus ideales en obras que, a simple vista, parecen inscribirse en el machismo más recalcitrante.

Hagamos el ejercicio de interrogar a una feminista sobre las viejas novelas del romanticismo, o incluso respecto de la novela gótica. Es probable que, como respuesta, se nos aclare que este tipo de obras responden a una sociedad patriarcal que solo permitía argumentos en los cuales la chica pobre se casa con el hombre rico, o donde la doncella en apuros requiere la intervención de un príncipe azul para realizarse como mujer.

Sin embargo, la dinámica es exactamente inversa.

En términos estructurales, toda historia romántica clásica —y aquí nos referimos tanto al romanticismo como al género gótico— es de hecho el repaso simbólico sobre cómo la mujer puede realizarse en la sociedad patriarcal.

El final de este tipo de historias románticas, donde se suelen servir perdices, parece contradecir esa opinión; no obstante, no hace más que confirmarla.

Nadie puede soslayar la influencia de la mujer en la literatura gótica, acaso el único género en el cual predomina la presencia femenina, tanto en términos de creatividad como de consumo. Y la novela gótica, desde luego, aquella concebida por mujeres, siempre desarrolla la misma secuencia: la realización de la mujer solo puede engendrarse a través de una metamorfosis personal, es decir, de una transformación.

La heroína gótica, inevitablemente, debe atravesar una serie de transformaciones para lograr una identidad independiente, separada del hombre y de sus intereses; algo que, hoy en día, resulta una cuestión ya superada, pero que en el siglo XVIII debía enmascararse cuidadosamente.

Es así que la protagonista de la literatura gótica clásica, mientras trata de evitar los planes maquiavélicos del villano —y, nobleza obliga, de no convertirse ella misma en una mujer fatal—, atraviesa una serie de cambios para lograr esa identidad propia, y esto se refleja en otro aspecto fundamental del género: el ambiente que rodea a los personajes, tanto edilicios como geográficos, e incluso climáticos, reflejan su estado interior.

No es que los fantasmas aparezcan cuando hay noche de tormenta, sino que esa condición climática, siempre dentro del género gótico, refleja el estado emocional de la protagonista.

Para ponerlo en términos más formales: la transformación de la protagonista tiene una correlación con los espacios que ocupa.

Habitualmente, la jornada de la protagonista empieza en un ámbito femenino, pastoral, armonioso; en una palabra, seguro. A medida que se introduce en la sociedad patriarcal —casi siempre tras quedar huérfana— vemos aparecer un escenario opuesto, caracterizado por lo masculino, o mejor dicho, por lo patriarcal.

Es así que la protagonista pasa de un ámbito donde rige la feminidad a la sobrecogedora presencia de lo urbano, de las grandes casonas, los castillos siniestros, los calabozos oscuros.

Recién ahí, en ese entorno donde gobiernan las leyes de la sociedad patriarcal, la protagonista suele quedar encerrada; en términos de William Blake: arrojada en el calabozo de la experiencia, a merced del tiránico poder del hombre.

Podemos pensar que que el seguro entorno pastoral del inicio, acaso la representación de un mítico ámbito matriarcal, no solo es un síntesis de ese pasado, sino una método de contraste con la victoria del hombre sobre la esfera de la feminidad, donde los castillos, y sobre todo las reglas estrictas que rigen en ellos, demuestran que ese poder no solo está vigente, sino que es absoluto.

La complejidad de este patrón participa de casi todas las novelas góticas clásicas, insistimos, escritas por mujeres.

La heroína es arrancada de su lugar de nacimiento, como ya se ha dicho, rural y fuertemente vinculado con la feminidad sagrada, y luego privada del recuerdo de ese pasado. Las maquinaciones de un padrastro obstinado la transportan a la esfera de lo patriarcal (un castillo, una casona, un convento; sitios de encierro, básicamente), donde ella renace de acuerdo a las leyes que rigen sobre esa realidad.

Naturalmente, como la protagonista fue criada en el aislamiento rural, puede advertir rápidamente las corruptas influencias de la vida urbana; es decir, las normas de la sociedad patriarcal; y se rebela contra ellas, al principio, modestamente, a través de pequeñas transgresiones.

Lo curioso es que la mayor presión que recae sobre la heroína no es ejercida directamente por un hombre, sino por una mujer, a menudo una madrastra, que interpreta las leyes de la sociedad patriarcal de un modo bestial, castigándola constantemente por rebeldías más bien precarias. El mayor de estos delitos siempre tiene que ver con el amor, o mejor dicho, con la elección del amor.

En esencia, la protagonista se rehúsa a contraer matrimonio con alguien a quien no ama. Desea, en todo caso, elegir. Y esa elección habitualmente recae sobre un hombre que, en apariencia, también participa de la sociedad patriarcal. Pero el típico príncipe azul generalmente suele ser el hijo rebelde de la familia real, es decir, alguien que está en conflicto con el orden de las cosas.

La transición entre el pasado de la protagonista, en el cual se intuye un cálido cuidado maternal, y el ingreso a la esfera de lo masculino, es tan abrupto que no permite una conversión voluntaria. No es caprichoso que la mayoría de los villanos en este tipo de historias sean, en síntesis, sujetos marcados por un tiránico individualismo.

En este sentido, es mucho lo que el feminismo aportó al género gótico, no ya como elemento de divulgación abierta, sino como alarma para despertar la consciencia de sus lectoras, al igual que las protagonistas: indefensas en el laberíntico universo del poder patriarcal, cuya mayor victoria consiste en que sus ideales sean defendidos por sus víctimas.

Por eso también la protagonista del gótico siempre triunfa al final, siempre vence al tirano y todo lo que éste representa. Los castillos a menudo se reducen a cenizas, símbolo de las leyes y el status quo que han sido suprimidos. Comer perdices con un príncipe chato es lo de menos. Lo que importa es lo que eso representa: elegir.

Este patrón se repite en incontables géneros, algunos realmente insólitos, como el slasher, donde la mujer es reducida a una pobre muchacha indefensa, corriendo semidesnuda, y tratando de escapar de una figura masculina imparable. Sin embargo, aún cosificada en su aspecto exterior, cuando todo el resto ya ha caído bajo el avance implacable del villano, la heroína se mantiene en pie, encuentra fuerzas allí donde parecen ausentes, y termina enfrentando a su perseguidor.




Taller de literatura. I Feminología.


Más literatura gótica:
El artículo: El feminismo romántico que las feministas a menudo olvidan fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Consuelo Sáenz dijo...

Excelente análisis y muy oportuno.



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Fredric Brown.
Libros de Radu Florescu.
Novela de Oliver Goldsmith.

Poema de Ella Wheeler Wilcox.
Libros de Raymond T. McNally.
Nombres de vampiros.