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Pócimas para convertirse en licántropo



Pócimas para convertirse en licántropo.


Los ungüentos mágicos para transformarse en hombre lobo fueron acreditados en numerosos procesos inquisitoriales contra la brujería.

Si bien su eficacia no puede ser admitida, al menos en todos los casos, al menos sabemos que los ungüentos y pócimas mágicas realmente existían.

El ejemplo más conocido de pócimas mágicas es aquel que se le atribuye a las brujas, que untaban sus cuerpos con sustancias probadamente asquerosas con las que podían, o creían poder, volar hacia sus sabbats y aquelarres en la espesura de los bosques.

No obstante, no todas las pócimas mágicas tenían este propósito logístico.

Algunos testimonios vertidos frente a los inquisidores dan cuenta de ciertos ungüentos mágicos que, untados en la piel la hora propicia, podían transformar a cualquiera en un licántropo.

No existen alegatos registrados de cómo se hacían estas pócimas mágicas para convertirse en lobos. De hecho, en la mayoría de los casos no era el propio sujeto quien las confeccionaba, sino que procedían directamente de alguna criatura sobrenatural, en general, el diablo o uno de sus agentes terrenales.

Durante los procesos inquisitoriales, tal como lo registra Montague Summers en el libro: El hombre lobo (The Werewolf), por un acuerdo tácito los licántropos siempre se referían al diablo o a sus enlaces terrenales como: El Hombre Negro del Bosque.

Los licántropos de Gandillon, por ejemplo, empleaban complejos ungüentos mágicos para transformarse en lobos; forma en la que servían de montura para brujas con capacidades reducidas, algo así como los Wargos de la mitología de J.R.R. Tolkien, es decir, lobos de dimensiones extraordinarias que servía de montura para los odiosos Orcos

Tal vez los casos más reconocidos de licántropos asociados a este misterioso Hombre Negro del Bosque y, por supuesto, a las pócimas mágicas, son el de Jack Grenier, el de los licántropos de Poligny, y aquellas tres hembras desdichadas de Neuchatel, Francia, que en 1602 confesaron haber utilizado hediondos ungüentos para convertirse en lobas.

Este último hecho fue, sin lugar a dudas, el caso de licantropía más escandaloso del siglo XVII.

Las tres mujeres confesaron haber recibido del Hombre Negro del Bosque una extraña receta, que consistía en cocinar el cuerpo de un hombre devoto, con excepción de su mano derecha, con la cual se realiza la señal de la cruz, y luego combinarlo con una mezcla de grasa de cerdo y el hervor de la simiente póstuma de un ahorcado.

La antropóloga Margaret Murray —autora de: El culto de la brujería en Europa Occidental (The Witch Cult in Western Europe) y El dios de los brujos (The God of the Witches)— sostiene que estas pócimas mágicas siempre incluían algún tipo de alucinógeno, cuyos efectos simulaban el vuelo, en el caso de las brujas, y de la transformación en lobo o en cualquier otro tipo de bestia, como los Berserkers de los mitos nórdicos; sujetos que se vestían con pieles de oso y que ingerían brebajes con propiedades alucinatorias que facilitaban un comportamiento salvaje.

Jean de Nynauld, autor de uno de los tratados sobre hombres lobo más completos de la historia: De la licantropía (De la lycanthropie), afirma que durante la transformación ocurren procesos simultáneos tanto en el cuerpo como en la psique del sujeto.

Según su análisis, no existe realmente una transformación en hombre lobo, sino un retraimiento de la humanidad y una emergencia del costado salvaje del ser.

En otras palabras, nadie se convierte en hombre lobo, solo se le permite salir a la superficie.

En El descubrimiento de la brujería (The Discoverie of Witchcraft), Reginald Scot refuta esta opinión, y sostiene que de hecho existían transformaciones físicas evidentes de hombres en lobos, pero que el sujeto en cuestión sufría una especie de trance durante el cual olvidaba la mayor parte de lo ocurrido.

Poco y nada se sabe sobre estas recetas para convertirse en hombre lobo, salvo algunos ingredientes aislados, todos ellos saturados de componentes alucinógenos, como solanum, acónito, beleño, hierba mora, belladonna, opio y cálamo.

Estos poderosos ingredientes eran macerados en alcohol y mezclados con en grasa, cuya procedencia no siempre era animal.

Curiosamente, el último ingrediente que se le agregaban a las pócimas mágicas para transformarse en licántropo era, y aún es, un símbolo típico de los vampiros: los murciélagos.

Algunos incluso han rastreado la enemistad entre licántropos y vampiros en esta tradición típica de quienes creían en los hombres lobo, ya que sus pócimas solo incluían las alas de los murciélagos, tal vez una forma simbólica de dominación.

Los individuos se untaban la piel con estas pócimas, desde los pies a la cabeza, sin dejar un solo poro abierto. Los testimonios recogidos durante los juicios por brujería dan cuenta de las sensaciones horrorosas que experimentaban durante el proceso:

La piel comenzaba a arder, primero ligeramente, hasta que se sentía que el cuerpo entero ardía en una combustión de fuego y hielo. Acto seguido se realizaba una especie de danza, quizás vigorosa, hasta que la pócima comenzaba a surtir efecto, es decir, hasta que las sustancias eran absorbidas por la piel.

Entre los activos de estos ingredientes se encuentra la atropina, hiosciamina y escopolamina, empleadas desde tiempos inmemoriales para aliviar el dolor e inducir el sueño. Pero en las altas dosis que consumían los iniciados producen alucinaciones horrorosas y una fuerte inhibición que reduce las capacidades sociales; en otras palabras, nos convierte en bestias salvajes.

La historia de las pócimas mágicas para convertirse en hombres lobo se fue degradando con el tiempo. Hasta el siglo XVII ningún demonólogo dudaba de su existencia, y mucho menos de los efectos que podían provocar, rara vez calificados de irreales o imaginarios.

El desprestigio llegó luego de un proceso judicial realizado en Lyon, Francia, donde un acusado de brujería y licantropía fue obligado a untarse el cuerpo con estas sustancias mágicas en la propia corte.

El hombre sufrió terribles convulsiones y luego se desplomó. Al recobrar el conocimiento describió con macabra minuciosidad cómo se había convertido en lobo y bajo esa forma asistido al sabbat. Naturalmente, nunca había abandonado el recinto, razón por la cual se empezó a dudar de la eficacia real y objetiva de las pócimas.

Más cerca en el tiempo, el folklorista alemán Erich Peuckert reprodujo en su laboratorio las mismas pócimas mágicas que proliferaban en la Edad Media, y comprobó los efectos sobre varios voluntarios.

En todos los casos, los sujetos pasaron alrededor de veinte horas en un estado de trance. Posteriormente declararon las mismas visiones de las brujas medievales, es decir, reuniones indecentes y multitudinarias con personas extraños, la certeza de haber volado y la sensación de que algo horriblemente salvaje luchaba por abrirse paso hacia la conciencia.

Todo parece indicar que el Hombre Negro del Bosque se abstuvo de presentarse en el experimento.




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