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«Miedo»: Walter de la Mare; poema y análisis


«Miedo»: Walter de la Mare; poema y análisis.




Miedo (Fear) es un poema gótico del escritor británico Walter de la Mare (1873-1956), publicado en la antología de 1906: Poemas (Poems).

Miedo, uno de los poemas de Walter de la Mare más celebrados, señala desde dónde el miedo nos acecha, aguardando el momento preciso para manifestarse.




Miedo.
Fear, Walter de la Mare (1873-1956)

Sé dónde se esconden
los ojos del miedo;
yo, solo yo,
sé desde dónde me observan
las sombras,
y me acecha el miedo.

Siempre está quieto
y oscuro, a pesar
de todo el canto
y la luz de las velas,
siempre está frío
y es de noche.

Me toca;
me dice en voz baja:
No te muevas, ni susurres,
mientras me aproximo;
camina sin hacer ruido,
que estoy cerca.

Me conduce
como el perro a la oveja;
como una fría piedra
no puedo llorar.
Me levanta
del sueño tibio

con sus manos de mármol
hasta lo más alto,
donde la horrorosa gema
de su ojo
me desafía a luchar
o a llorar.

Ningún pecho
en el que ahuyentar
esa forma vigilante.
Vano, en vano decir:
No persigas el día
con la noche.


I know where lurk
The eyes of Fear;
I, I alone,
Where shadowy-clear,
Watching for me,
Lurks Fear.

'Tis ever still
And dark, despite
All singing and
All candlelight,
'Tis ever cold,
And night.

He touches me;
Says quietly,
"Stir not, nor whisper,
I am nigh;
Walk noiseless on,
I am by!"

He drives me
As a dog a sheep;
Like a cold stone
I cannot weep.
He lifts me
Hot from sleep

In marble hands
To where on high
The jewelled horror
Of his eye
Dares me to struggle
Or cry.

No breast wherein
To chase away
That watchful shape!
Vain, vain to say
"Haunt not with night
The Day!"


Walter de la Mare
(1873-1956)




Poemas góticos. I Poemas de Walter de la Mare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Walter de la Mare: Miedo (Fear), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Relatos del día y la noche»: Algernon Blackwood; libro y análisis


«Relatos del día y la noche»: Algernon Blackwood; libro y análisis.




Relatos del día y la noche (Day and Night Stories) es una colección de relatos de terror del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicada en 1917.

Relatos del día y la noche es, tal vez, la antología menos conocida del autor, aunque también es cierto que sus páginas agrupan algunos de los mejores relatos de terror de Algernon Blackwood, más un cuento de detectives perteneciente al ciclo de John Silence.




Relatos del día y la noche.
Day and Night Stories, Algernon Blackwood (1869-1951)
  • El ocupante de la habitación (The Occupant of the Room)
  • La Otra Ala (The Other Wing)
  • Transición (Transition)
  • Una víctima del espacio superior (A Victim of Higher Space)
  • El toque de Pan (The Touch of Pan)
  • H.S.H. (H.S.H.)
  • Iniciación (Initiation)
  • La cita (The Tryst)
  • La expiación de Caín (Cain's Atonement)
  • Las alas de Horus (The Wings of Horus)
  • La tradición (The Tradition)
  • Por agua (By Water)
  • Un avispón egipcio (An Egyptian Hornet)
  • Un episodio desierto (A Desert Episode)
  • Un poco de madera (A Bit of Wood)




Relatos góticos. I Libros de Algernon Blackwood.


El análisis y resumen del libro de Algernon Blackwood: Relatos del día y la noche (Day and Night Stories), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

900 días desde que el sol se oscureció


900 días desde que el sol se oscureció.




Nos destruyó la convicción de que éramos especiales. Eso causó más estragos que la oscuridad. Nadie es especial.

Supongo que debe haber otros. Estoy seguro, pero si hay otros deben ser como yo, y los que son como yo no se hacen notar. Vuelan bajo. Los que son como yo no salen.

Afuera no hay monstruos. Hay oscuridad: una cerrazón que se adhiere a la piel como las ventosas de un molusco. No. Muy lovecraftiano. Digamos que no se ve un carajo y punto. La exageración socava el verdadero desánimo, que siempre es austero.

Las plantas han encontrado la forma de seguir adelante en la noche. Lo sé porque puedo ver la silueta del árbol de la vereda a través de los tablones que utilicé para tapiar las ventanas. No podría decir que sus hojas siguen verdes, pero lo que sí puedo decir es que han caído y han vuelto a brotar. El árbol está vivo.

Cuento con uno de esos equipos viejos de onda corta. Me acuerdo cuando mi padre la compró. La antena era más alta que yo. Fue lo primero que me impresionó realmente en la vida. Se podían escuchar emisiones de otros países, Uruguay, sobre todo, pero en ciertas noches estrelladas uno podía quedarse absorto oyendo voces en otros idiomas, a los que mi padre generalmente les adjudicaba un origen teutón.

Para ahorrar baterías he mantenido un riguroso protocolo de escucha: enciendo el equipo durante exactamente un minuto, ni un segundo más, ni uno menos, a las 23:59 hs. Es decir que llevo precisamente 900 minutos escuchando. Esto me ha permitido hacerme una idea más o menos general de lo que ha estado ocurriendo en ese lapso.

La tentación de salir se encargó de la mayoría de los sobrevivientes. Después cayeron los que buscaron excusas menos abstractas para la fatalidad, como la falta de agua o de comida. Imbéciles. Uno puede hidratarse con la humedad que se acumula en las paredes; uno puede filtrar el sudor, la orina, eyacularse en la boca; uno puede alimentarse de musgo, de excrementos. Tengo entendido que las cucarachas poseen un alto contenido proteico.

Es posible que los últimos en desaparecer fueran aquellos que enloquecieron por el aislamiento. Curioso, ¿verdad? Somos capaces de comer mierda pero la soledad nos consume más rápido que el hambre. Claro que debe haber otros, no me cabe duda, pero esos otros deben ser como yo, y los que son como yo sobreviven porque mucho antes de que el sol se oscureciera ya comían mierda.

A partir del día 200 de oscuridad la electricidad se agotó y las estaciones comerciales de radio dejaron de transmitir. Para el día 475 ya habían cesado las comunicaciones civiles. Desde entonces sólo se oye estática: 425 días de limpia fritura cósmica.

Son las 00:22 hs. La batería de mi radio finalmente se agotó. Con un último estertor emitió una voz, un susurro, una palabra: mi nombre.

Voy a salir.




Egosofía. I Filosofía del profesor Lugano.


El relato: 900 días desde que el sol se oscureció fue escrito por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Para los que alguna vez se escondieron debajo de las sábanas


Para los que alguna vez se escondieron debajo de las sábanas.




Como muro defensivo su eficacia deja mucho que desear, es cierto, pero los horrores de la infancia no admiten tales objeciones. Las sábanas, cobijas, frazadas, son lo único que separa al niño de las criaturas imposibles que pueblan su habitación.

Los métodos de protección, sin embargo, pueden variar según la naturaleza de esas criaturas.

Por ejemplo, aquellos niños que temen a los vampiros prefieren resguardar sus cuellos; los que intuyen seres amorfos reptando por los rincones o monstruos debajo de la cama intentarán, en lo posible, cubrir cada extremidad y de ese modo evitar ser arrastrados del tobillo en medio de la noche.

Incluso los que tienen miedo a la oscuridad preferirían dormir con la luz apagada antes que pasar la noche completamente destapados.

En mi caso, el horror se manifestaba bajo la figura de tres rostros pálidos, diabólicos, que emergían de una mancha de humedad en la pared. También debo confesar que mis monstruos jamás intentaron atacarme; simplemente me observaban con los ojos desorbitados, llenos de estupor, inmóviles, y sonrientes.

La ubicación de la mancha de humedad, justo encima de la cabecera de la cama, presentaba ciertas dificultades a la hora de protegerme. Cubrirme el rostro con las sábanas no era aconsejable, habida cuenta de la proximidad con la pared; de modo que cuando sospechaba la inminencia de la aparición, normalmente precedida por el sonido de algo que rascaba para abrirse paso en la humedad, procedía a construir una especie de caverna en el extremo opuesto de la cama.

No siento ningún pudor al afirmar que llegué a ser muy bueno construyendo refugios antimonstruos; a veces con varios ambientes, túneles y dependencias donde por fin me entregaba a un sueño intranquilo.

Pero los tres rostros se mostraban imperturbables. Aún oculto en mi fortaleza, iluminando con mi linterna ese reino que creía inexpugnable, sabía que me observaban.

Y esperaban.

El horror que me producían estas criaturas me impulsó a seguir mejorando día a día mis diseños. Aún en pleno verano, prácticamente sofocado, me aprovisionaba de varias frazadas para prolongar el diámetro de mi cueva. Mi hermano mayor, que no creía en estas cosas, quizás porque sus propios monstruos adoptaban formas aún más siniestras, solía amonestarme en voz alta y hasta romper la delicada armonía de mis defensas lanzándome una almohada o, en el peor de los casos, un objeto más contundente.

También debo decir que el espanto no impedía que me entregara a fantasías más bien heróicas, a veces de forma simultánea; por ejemplo, imaginando que era un gran científico explorando las profundidades de la tierra. No era infrecuente que también llevara un cuaderno donde registraba minuciosamente mis hallazgos.

Cierta noche, los rostros hicieron algo más que observar. Oí, trémulo de pavor, como sus uñas ennegrecidas rascaban la humedad de la pared desprendiendo pequeñas esquirlas de yeso sobre la almohada.

Se disponían a salir.

Susurré el nombre de mi hermano pero no logré despertarlo. Entonces tomé mi linterna y me interné en los túneles que tan bien conocía. El sonido agudo, casi chirriante, de ese rascar, me resultó insoportable, de modo que descendí más y más. Seguramente debí armar un alboroto considerable porque escuché que mi hermano me insultaba desde el otro extremo del cuarto. No me importó.

Desde afuera, la imagen debía resultar un tanto ridícula, cuando no directamente patética, porque mi hermano ahora se reía a carcajadas. Después de un rato, me pareció, empezó a ponerse nervioso, porque su voz cambió y en vez de insultarme empezó a llamarme a los gritos. Tampoco me importó.

Seguí arrastrándome como un gusano hasta que, después de un rato, dejé de oír ese rascar enloquecedor, también el llamado desesperado de mi hermano, y luego el de mis padres.

Recién me tomé un respiro cuando se agotaron las pilas de mi linterna. Sentí hambre, y sed, y comí y bebí cosas que prefiero no mencionar.

La ropa de dormir que llevaba se ha roto hace mucho tiempo pero eso no importa. No hace frío aquí abajo.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Uno se desorienta muy fácil en la oscuridad.




Fenómenos paranormales. I Leyendas urbanas.


Más literatura gótica:
El artículo: Para los que alguna vez se escondieron debajo de las sábanas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Alguien nos lee en la noche


Alguien nos lee en la noche.


La cena fue simplemente una excusa para comerse con la mirada.

Apuraron el último trago y ganaron la noche.

Anduvieron sin apuro, besándose cada pocos pasos. Lejos de buscar resguardo bajo los balcones se ofrecían mutuamente a la lluvia.

Y así llegaron a la habitación en esa hora incierta que precede al amanecer.

Se desnudaron observando un rito de sutiles retrasos. Desordenaron caricias a un ritmo vertiginoso. Una mano torpe, ansiosa, recorrió el arco tenso de una espalda. Entonces se oyó un golpe sordo, como el de una puerta muy lejana que se cierra.

—Pará —dijo ella, cubriéndose instintivamente con las sábanas—. ¿No lo sentís?

Claro que lo sentía. No era ese golpe seco, distante, lo que le preocupaba, sino la atroz certeza de que no podía moverse.

Recuperó el control sobre sus músculos cuando otro sonido saturó el aire. Sonó como si la misma puerta lejana se abriera, pero esta vez sobre chirriantes bisagras de papel.

Entonces corrió hasta la puerta y se asomó al pasillo listo para enfrentarse a cualquier intruso. Nada. Todo estaba en calma.

Cerró la puerta con llave. Bajó las cortinas e incluso revisó debajo de la cama y en el interior del placard.

—¿Todavía lo sentís? —preguntó ella.

Claro que lo sentía.

—¿Qué hacemos entonces? —insistió ella.

—Ignorarlo —dijo él, viéndola en esa penumbra reciclada, con la piel blanquísima contrastando con las sábanas.

Reanudaron el rito ya sin solución de continuidad. La sensación, la hostil presencia que iba y venía irregularmente, insistió durante algún tiempo, flotando sobre ellos como una densa nube de vapor, hasta que por fin se evaporó como una superficial sombra de duda.

Un último golpe, más rotundo, definitivo, impregnó la oscuridad.

Ya no les importaba que alguien los estuviese leyendo.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diario Éxtimo.


Más literatura gótica:
El artículo: Alguien nos observa durante la noche fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Defensa contra la oscuridad: protección contra las criaturas de la noche


Defensa contra la oscuridad: protección contra las criaturas de la noche.




Defensa contra la oscuridad: guía de protección contra espíritus, vampiros energéticos y magia negra (Defense Against the Dark: A Field Guide to Protecting Yourself from Predatory Spirits, Energy Vampires and Malevolent Magic) es un libro de magia blanca de la investigadora Emily Carlin, publicado en 2011.

Cuando escuchamos esos misteriosos ruidos que surgen durante la noche normalmente tratamos de darles una explicación lógica, por ejemplo, el murmullo del refrigerador, la madera que se dilata, viejos muebles que murmuran en la oscuridad; ¿pero qué tal si estamos equivocados?.

¿Qué ocurriría si no es la casa la que produce esos extraños ruidos nocturnos?

Si bien las personas razonables no están dispuestas a creer que el mundo también está habitado por criaturas que andan emitiendo extraños ruidos en la noche, la ciencia suele ser mucho menos incrédula, al menos hasta que se pruebe lo contrario.

Defensa contra la oscuridad introduce al lector en un fascinante mundo de criaturas nocturnas, desde vampiros, fantasmas y criaturas del bajo astral, describiendo sus hábitos nocturnos y cómo éstos interactúan con nosotros durante la noche.

Nuestros ancestros creían en las criaturas de la noche, y tomaban precauciones para protegerse de ellas durante el descanso, previniendo así que las sombras emitan algo más que inquietantes sonidos.

Defensa contra la oscuridad se propone, en principio, retratar la enigmática fauna nocturna de los espíritus.

En segundo lugar, identifica a los espíritus malévolos, por suerte, una minoría entre los seres que acechan en la noche.

Brinda también distintos métodos de protección basados en la magia y las tradiciones populares.

Y finalmente propone una serie de hipótesis acerca de situaciones de la vida cotidiana que, vistas bajo la lupa del ocultismo, pueden resultar reveladoras acerca del otro mundo que nos rodea.



Defensa contra la oscuridad: guía de protección contra espíritus, vampiros energéticos y magia negra.
Defense Against the Dark: A Field Guide to Protecting Yourself from Predatory Spirits, Energy Vampires and Malevolent Magic.




Más Parapsicología. I Fenómenos paranormales.


Más literatura gótica:
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Historias de miedo para dormir con la luz encendida


Historias de miedo para dormir con la luz encendida.




¡Enciende la luz! (Switch On The Light!) es una colección de relatos clásicos de terror recopilados por Christine Campbell Thomson en 1931.

La antología advierte en un tono solemne que cualquiera de estos clásicos cuentos de terror inducirá al lector a dormir con la luz encendida, convenientemente aterrado.

Entre los autores más destacados de ¡Enciende la luz! se encuentran: Zealia B. Bishop, H.P. Lovecraft, Frank Belknap Long, August Derleth y Edmond Hamilton.




¡Enciende la luz!
Switch On The Light!
  • El monstruo del pensamiento (The Thought Monster, Amelia Reynolds Long)
  • La maldición de Yig (The Curse of Yig, Zealia B. Bishop)
  • Las ratas en las paredes (The Rats In The Walls, H.P. Lovecraft)
  • Boomerang (Boomerang, Oscar Cook)
  • El fetiche rojo (The Red Fetish, Frank Belknap Long)
  • El marcapasos (The Pacer, August Derleth)
  • La isla de los pigmeos (Pigmy Island, Edmond Hamilton)
  • La llama diabólica (The Flame Fiend, N.J. O’Neail)
  • La torreta roja (The Red Turret, Flavia Richardson)
  • Manos embrujadas (Haunted Hands, Jack Bradley)
  • Suzanne (Suzanne, J. Joseph Renaud)
  • Valle Flor (Flower Valley, J. S. Whittaker)




Antologías. I Relatos góticos.


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«Condenados a la noche»: R. Chetwynd-Hayes; libro y análisis


«Condenados a la noche»: R. Chetwynd-Hayes; libro y análisis.




Condenados a la noche (Doomed To The Night) es una colección de relatos de terror publicada en 1978. Apenas un puñado de los relatos de fantasmas que integran la antología, todos ellos seleccionados por R. Chetwynd-Hayes pertenecen a autores clásicos del género.




Condenados a la noche.
Doomed To The Night, R. Chetwynd-Hayes
  • El abrazo frío (The Cold Embrace, Mary Elizabeth Braddon)
  • Casa en alquiler (House to Let, Sheridan Le Fanu)
  • En el camino de Brighton (On the Brighton Road, Richard Middleton)
  • La jarra de sirope (A Jug of Syrup, Ambrose Bierce)
  • La diligencia fantasma (The Phantom Coach, Amelia Edwards)
  • El hombre de Glasgow (A Man from Glasgow, W. Somerset Maugham)
  • Una visita a Amelia Pride (A Visit to Amelia Pride, Barbara Joan Eyre)
  • Granja Browdean (Browdean Farm, A.M. Burrage)
  • Extraños sucesos en Canalps (Strange Happenings at Canalps, Daphne Froome)
  • La verdadera historia de una casa embrujada (An Authentic Narrative of a Haunted House, Sheridan Le Fanu)
  • En la oscuridad (In The Dark, Mary E. Penn)
  • Ni un centavo para el posadero (And Not One Penny to the Innkeeper, Margaret Chilvers Cooper)
  • El conjurador (The Conjurer, Richard Middleton)
  • El fumador de pipa (The Pipe Smoker, Martin Armstrong)
  • El hombre que murió (The Man Who Died, Eric Ambrose)
  • El día que papá trajo algo a casa (The Day that Father Brought Something Home, R. Chetwynd-Hayes)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen de la antología de R. Chetwynd-Hayes: Condenados a la noche (Doomed To The Night) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de la noche.


Relatos de la noche.




Relatos de la noche (Stories Of The Night) es una colección de relatos de terror editada en 1976.

Todos los cuentos de terror que integran la antología nos presentan el mismo escenario, casi con devoción: la noche y las criaturas terroríficas que se ocultan bajo su velo.






Relatos de la noche.
Stories Of The Night.
  • Cuando anochece en el parque (After Dark in the Playing Fields, M.R. James)
  • La ciudad de la noche pavorosa (The City of Dreadful Night, Rudyard Kipling)
  • La gran noche (The Big Night, Henry Kuttner)
  • La noche (La nuit, Guy de Maupassant)
  • A través de la noche (All Through the Night, Rhys Davies)
  • Danza macabra (Dans Macabre, L.A.G. Strong)
  • El guardián (The Guardian, Walter de la Mare)
  • La historia del difunto señor Elvesham (The Story of the Late Mr Elvesham, H.G. Wells)
  • La señal roja (The Red Signal, Agatha Christie)
  • La serpiente (The Snake, John Steinbeck)
  • La sombra en la pared (The Shadow on the Wall, L.P. Hartley)
  • Variadas tentaciones (Various Temptations, William Sansom)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Relatos de la noche (Stories Of The Night) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de terror para leer a medianoche


Relatos de terror para leer a medianoche.




En la hora de las brujas, en el punto en donde los hombres fracturan los días en medio de la noche, surgen imágenes insensatas que solo a través del relato de terror alcanzan la cordura de una visión coherente y ordenada.

En esta colección de cuentos de terror, titulada Sobre la medianoche (Upon the Midnight), se agrupan algunas historias dignas de esa hora incierta.






Sobre la medianoche.
Upon the Midnight.
  • El mensajero (The Messenger, Robert W. Chambers)
  • La casa Clopton (The Clopton House, Elizabeth Gaskell)
  • La diligencia fantasma (The Phantom Coach, Amelia B. Edwards)
  • La voz en la noche (The Voice in th Night, William Hope Hodgson)
  • Decaimiento (Decay, John Moore)
  • Despierto (Awake, J.J. Curle)
  • El asesinato del mandarín (The Murder of the Mandarin, Arnold Bennett)
  • El expreso de las cuatro y cuarto (The Four-Fifteen Express, Amelia B. Edwards)
  • Ella canta nocturnamente (Nightly She Sings, Clemence Dane)
  • El lobo blanco de Kostopchin (The White Wolf of Kostopchin, Gilbert Campbell)
  • El rey demonio (The Demon King, J.B. Priestley)
  • La alcoba mediana (The Middle Bedroom, H. de Vere Stacpoole)
  • La historia del hacendado (The Squire's Story, Elizabeth Gaskell)
  • La losa (The Flagstone, Norman Edwards)
  • La vigilia (A Life-Watch, Georgina C. Clark)
  • Perro o demonio (Dog or Demon, Theo Gift)
  • Un pequeño lugar junto a Edgware Road (A Little Place Off the Edgware Road, Graham Greene)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Sobre la medianoche (Upon the Midnight) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de miedo a la oscuridad.


Relatos de miedo a la oscuridad.






El artículo: Relatos de miedo a la oscuridad fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Piezas Nocturnas»: E.T.A. Hoffmann; libro y relatos.


«Piezas Nocturnas»: E.T.A. Hoffmann; libro y relatos.




Piezas Nocturnas (Nachtstücke) es una colección de relatos de terror del escritor alemán E.T.A. Hoffmann, publicada en 1817.

La palabra alemana Nachtstücke hace referencia a una pintura de escenas nocturnas, en este caso, piezas de pura oscuridad fantástica. Se trata de la segunda antología del autor y, posiblemente, la que reúne los mejores cuentos de E.T.A. Hoffmann.

Los relatos de Piezas Nocturnas generaron un impacto notable entre lectores, críticos y escritores; a tal punto que Heinrich Heine definió la obra de E.T.A. Hoffmann con una frase determinante: «El diablo no podría escribir algo más diabólico» [Der Teufel kann so teuflisches Zeug nicht schreiben].




Piezas Nocturnas.
Nachtstücke, E.T.A. Hoffmann (1776-1822)




Relatos de E.T.A. Hoffmann. I Antologías.


El análisis y resumen del libro de E.T.A. Hoffmann: Piezas nocturnas (Nachtstücke) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de terror de la noche


Relatos de terror de la noche.








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«El rayo de luna»: Gustavo Adolfo Becquer; relato y análisis


«El rayo de luna»: Gustavo Adolfo Becquer; relato y análisis.




El rayo de luna (El rayo de luna) es un relato de fantasmas del escritor español Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870), publicado en las ediciones del 12 y 13 de febrero de 1862 del periódico El Contemporáneo, y luego reeditado en la antología: Leyendas.

El rayo de luna, uno de los grandes cuentos de Becquer, relata la historia de un noble taciturno que se obsesiona con la visión nocturna de una mujer. Estimulado por sitios misteriosos, abandonados, deja volar su imaginación con la esperanza de reencontrarse con aquel espectro que, como la mayoría de los sueños, es tan evanescente como un rayo de luna.




El rayo de luna.
El rayo de luna, Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870)

Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación. Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.

Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador. Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.

—¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? —preguntaba algunas veces su madre.

—No sabemos —respondían sus servidores—: acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes. Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos. Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.

Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo. En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender. ¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres en un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.

Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:

—Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...

Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza. Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río. En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas. En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.

Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente. Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios. La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo. En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.

—¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!..., ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco —exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.

Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.

—¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! —dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie!

—¡Ah!, por aquí, por aquí va —exclamó entonces—. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos; —y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía—. Pero siguen sonando sus pisadas —murmuró otra vez;— creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera... Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!

Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada. Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio.

—Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto —exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan. Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia. La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta. En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.

Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas. Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura. Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas. Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.

—No cabe duda; aquí vive mi desconocida —murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;— aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de San Saturio se viene a este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?... No hay más; ésta es su casa.

En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento. Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo. Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.

—¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal —ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

—En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.

—Pero ¿y su hija? —interrumpió el joven impaciente—; ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?

—No tiene ninguna mujer consigo.

—¡No tiene ninguna!... Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?

—¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.

Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.

—Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla... ¿En qué?... Eso es lo que no podré decir... pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aún sin saberlo la encontraré... la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.

¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no me engaño, no; eran negros. ¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.

Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma? Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?

Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines. La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles. Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.

Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo. Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco. Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante. Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas. Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.

—Tú eres joven, tú eres hermoso —le decía aquélla—; ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

—¡El amor!... El amor es un rayo de luna —murmuraba el joven.

—¿Por qué no despertáis de ese letargo? —le decía uno de sus escuderos—; os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

—¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.

—¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

—¡No! ¡No! —exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial—; no quiero nada... es decir, sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.

Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870)




Relatos góticos. I Relatos de Gustavo Adolfo Becquer.


Más literatura gótica:
El anáisis y resumen del cuento de Gustavo Adolfo Becquer: El rayo de luna, fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Una noche terrible»: Antón Chéjov; relato y análisis


«Una noche terrible»: Antón Chéjov; relato y análisis.




Una noche terrible (Nedobraia Noch) es un relato de terror del escritor ruso Antón Chéjov (1860-1904), escrito en 1884 y publicado en 1886.

Una noche terrible, uno de los grandes cuentos de Antón Chéjov, explora la posibilidad de un Horror surgido por equivocación, casi accidentalmente. No es un relato sencillo; de hecho, el mismo Chéjov exigió que no apareciera entre sus obras completas debido su caracter experimental.

Virginia Woolf detecta cierta dualidad dostoievskiana en Una noche terrible de Antón Chéjov, una bipolaridad narrativa que sostiene la tensión, felizmente, en los límites del género fantástico.




Una noche terrible.
Nedobraia Noch, Antón Chéjov (1860-1904)

Palideciendo, Iván Ivanovitch Panihidin empezó la historia con emoción:

-Densa niebla cubría el pueblo, cuando, en la Noche Vieja de 1883 regresaba a casa. Pasando la velada con un amigo, nos entretuvimos en una sesión espiritualista. Las callejuelas que tenía que atravesar estaban negras y había que andar casi a tientas. Entonces vivía en Moscú, en un barrio muy apartado. El camino era largo; los pensamientos confusos; tenía el corazón oprimido...

"¡Declina tu existencia!... ¡Arrepiéntete!", había dicho el espíritu de Spinoza, que habíamos consultado.

Al pedirle que me dijera algo más, no sólo repitió la misma sentencia, sino que agregó: "Esta noche".

No creo en el espiritismo, pero las ideas y hasta las alusiones a la muerte me impresionan profundamente. No se puede prescindir ni retrasar la muerte; pero, a pesar de todo, es una idea que nuestra naturaleza repele. Entonces, al encontrarme en medio de las tinieblas, mientras la lluvia caía sin cesar y el viento aullaba lastimeramente, cuando en el contorno no se veía un ser vivo, no se oía una voz humana, mi alma estaba dominada por un terror incomprensible. Yo, hombre sin supersticiones, corría a toda prisa temiendo mirar hacia atrás. Tenía miedo de que al volver la cara, la muerte se me apareciera bajo la forma de un fantasma.

Panihidin suspiró y, bebiendo un trago de agua, continuó:

-Aquel miedo infundado, pero irreprimible, no me abandonaba. Subí los cuatro pisos de mi casa y abrí la puerta de mi cuarto. Mi modesta habitación estaba oscura. El viento gemía en la chimenea; como si se quejara por quedarse fuera.

Si he de creer en las palabras de Spinoza, la muerte vendrá esta noche acompañada de este gemido...¡brr!... ¡Qué horror!... Encendí un fósforo. El viento aumentó, convirtiéndose el gemido en aullido furioso; los postigos retemblaban como si alguien los golpease.

"Desgraciados los que carecen de un hogar en una noche como ésta", pensé.

No pude proseguir mis pensamientos. A la llama amarilla del fósforo que alumbraba el cuarto, un espectáculo inverosímil y horroroso se presentó ante mí... Fue lástima que una ráfaga de viento no alcanzara a mi fósforo; así me hubiera evitado ver lo que me erizó los cabellos... Grité, di un paso hacia la puerta y, loco de terror, de espanto y de desesperación, cerré los ojos.

En medio del cuarto había un ataúd.

Aunque el fósforo ardió poco tiempo, el aspecto del ataúd quedó grabado en mí. Era de brocado rosa, con cruz de galón dorado sobre la tapa. El brocado, las asas y los pies de bronce indicaban que el difunto había sido rico; a juzgar por el tamaño y el color del ataúd, el muerto debía ser una joven de alta estatura.

Sin razonar ni detenerme, salí como loco y me eché escaleras abajo. En el pasillo y en la escalera todo era oscuridad; los pies se me enredaban en el abrigo. No comprendo cómo no me caí y me rompí los huesos. En la calle, me apoyé en un farol e intenté tranquilizarme. Mi corazón latía; la garganta esta seca. No me hubiera asombrado encontrar en mi cuarto un ladrón, un perro rabioso, un incendio...No me hubiera asombrado que el techo se hubiese hundido, que el piso se hubiese desplomado... Todo esto es natural y concebible. Pero, ¿cómo fue a parar a mi cuarto un ataúd? Un ataúd caro, destinado evidentemente a una joven rica. ¿Cómo había ido a parar a la pobre morada de un empleado insignificante? ¿estará vacío, o habrá dentro un cadáver? ¿Y quién será la desgraciada que me hizo tan terrible visita? ¡Misterio!

O es un milagro, o un crimen. Perdía la cabeza en conjeturas. En mi ausencia, la puerta estaba siempre cerrada, y el lugar donde escondía la llave sólo lo sabían mis mejores amigos; pero ellos no iban a meter un ataúd en mi cuarto. Se podía presumir que el fabricante lo llevase allí por equivocación; pero, en tal caso, no se hubiera ido sin cobrar el importe, o por lo menos un anticipo.

Los espíritus me han profetizado la muerte. ¿Me habrán proporcionado acaso el ataúd?

No creía, y sigo no creyendo, en le espiritismo; pero semejante coincidencia era capaz de desconcertar a cualquiera. Es imposible. Soy un miedoso, un chiquillo. Habrá sido una alucinación. Al volver a casa, estaba tan sugestionado que creí ver lo que no existía. ¡Claro! ¿Qué otra cosa puede ser?

La lluvia me empapaba; el viento me sacudía el gorro y me arremolinaba el abrigo. Estaba chorreando... Sentía frío... No podía quedarme allí. Pero ¿adónde ir? ¿Volver a casa y encontrarme otra vez frente al ataúd? No podía ni pensarlo; me hubiera vuelto loco al ver otra vez aquel ataúd, que probablemente contenía un cadáver. Decidí ir a pasar la noche a casa de un amigo.

Panihidin, secándose la frente bañada de sudor frío, suspiró y siguió el relato:

-Mi amigo no estaba en casa. Después de llamar varias veces, me convencí de que estaba ausente. Busqué la llave detrás de la viga, abrí la puerta y entré. Me apresuré a quitarme el abrigo mojado, lo arrojé al suelo y me dejé caer desplomado en el sofá. Las tinieblas eran completas; el viento rugía más fuertemente; en la torre del Kremlin sonó el toque de las dos. Saqué los fósforos y encendí uno. Pero la luz no me tranquilizó. Al contrario: lo que vi me llenó de horror. Vacilé un momento y huí como loco de aquel lugar... En la habitación de mi amigo vi un ataúd...¡De doble tamaño que el otro!

El color marrón le proporcionaba un aspecto más lúgubre... ¿Por qué se encontraba allí? No cabía duda: era una alucinación... Era imposible que en todas las habitaciones hubiese ataúdes. Evidentemente, adonde quiera que fuese, por todas partes llevaría conmigo la terrible visión de la última morada.

Por lo visto, sufría una enfermedad nerviosa, a causa de la sesión espiritista y de las palabras de Spinoza.

"Me vuelvo loco", pensaba, aturdido, sujetándome la cabeza. "¡Dios mío!" "¿Cómo remediarlo?"

Sentía vértigos... Las piernas se me doblaban; llovía a cántaros; estaba calado hasta los huesos, sin gorra y sin abrigo. Imposible volver a buscarlos; estaba seguro de que todo aquello era una alucinación. Y, sin embargo, el terror me aprisionaba, tenía la cara inundada de sudor frío, los pelos de punta...

Me volvía loco y me arriesgaba a pillar una pulmonía. Por suerte, recordé que, en la misma calle, vivía un médico conocido mío, que precisamente había asistido también a la sesión espiritista. Me dirigí a su casa; entonces aún era soltero y habitaba en el quinto piso de una casa grande. Mis nervios hubieron de soportar todavía otra sacudida... Al subir la escalera oí un ruido atroz; alguien bajaba corriendo, cerrando violentamente las puertas y gritando con todas sus fuerzas: "¡Socorro, socorro! ¡Portero!"

Momentos después veía aparecer una figura oscura que bajaba casi rodando las escaleras.

-¡Pagostof! -exclamé, al reconocer a mi amigo el médico-¿Es usted? ¿Qué le ocurre?

Pagastof, parándose, me agarró la mano convulsivamente; estaba lívido, respiraba con dificultad, le temblaba el cuerpo, los ojos se le extraviaban, desmesuradamente abiertos...

-¿Es usted, Panihidin? –me preguntó con voz ronca-. ¿Es verdaderamente usted? Está usted pálido como un muerto... ¡Dios mío! ¿No es una alucinación? ¡Me da usted miedo!...

-Pero, ¿qué le pasa? ¿Qué ocurre?-pregunté lívido.

-¡Amigo mío! ¡Gracias a Dios que es usted realmente! ¡Qué contento estoy de verle! La maldita sesión espiritista me ha trastornado los nervios. Imagínese usted que se me ha aparecido en mi cuarto al volver. ¡Un ataúd!

No lo puedo creer , y le pedí que lo repitiera.

-¡Un ataúd, un ataúd de veras! –dijo el médico creyendo extenuado en la escalera-. No soy cobarde; pero el diablo mismo se asustaría encontrándose un ataúd en su cuarto, después de una sesión espiritista...

Entonces, balbuceando y tartamudeando, conté al médico los ataúdes que había visto yo también. Por unos momentos nos quedamos mudos, mirándonos fijamente. Después para convencernos de que todo aquello no era un sueño, empezamos a pellizcarnos.

-Nos duelen los pellizcos a los dos- dijo finalmente el médico-; lo cual quiere decir que no soñamos y que los ataúdes, el mío y los de usted, no son fenómenos ópticos, sino que existen realmente. ¿Qué vamos a hacer?

Pasamos una hora entre conjeturas y suposiciones; estábamos helados, y, por fin, resolvimos dominar el terror y entrar en el cuarto del médico. Prevenimos al portero, que subió con nosotros. Al entrar, encendimos una vela y vimos un ataúd de brocado blanco con flores y borlas doradas. El portero se persignó devotamente.

-Vamos ahora a averiguar- dijo el médico temblando – si el ataúd está vacío u ocupado.

Después de mucho vacilar, el médico se acercó y, rechinando los dientes de miedo, levantó la tapa. Echamos una mirada y vimos que... el ataúd estaba vacío. No había cadáver; pero sí una carta que decía: "Querido amigo: sabrás que el negocio de mi suegro va de capa caída; tiene muchas deudas. Uno de estos días vendrán a embargarle, y esto nos arruinará y deshonrará. Hemos decidido esconder lo de más valor, y como la fortuna de mi suegro consiste en ataúdes (es el de más fama en nuestro pueblo), procuramos poner a salvo los mejores. Confío en que tú, como buen amigo, me ayudarás a defender la honra y fortuna, y por ello te envío un ataúd, rogándote que lo guardes hasta que pase el peligro. Necesitamos la ayuda de amigos y conocidos. No me niegues este favor.

El ataúd sólo quedará en tu casa una semana. A todos los que se consideran amigos míos les he mandado muebles como éste, contando con su nobleza y generosidad. Tu amigo Tchelustin."

Después de aquella noche, tuve que ponerme a tratamiento de mis nervios durante tres semanas. Nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, salvó fortuna y honra. Ahora tiene un funeraria y vende panteones; pero su negocio no prospera, y por las noches, al volver a casa, temo encontrarme junto a mi cama un catafalco o un panteón.

Antón Chéjov (1860-1904)




Relatos góticos. I Relatos de Antón Chéjov.


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El análisis y resumen del cuento de Antón Chéjov: Una noche terrible (Nedobraia Noch), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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