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La noche de la iguana: Tennessee Williams

La noche de la iguana (The Night of the Iguana) es un relato fantástico -perteneciente al sub-género del Gótico sureño (Southern Gothic)- del escritor norteamericano Tennessee Williams (1911-1983), publicado en 1948.

La popularidad de este cuento de Tennessee Williams alcanzó proporciones incalculables. En 1961 fue adapado por el propio autor a una notable obra de teatro que arrasó en Broadway, y luego, en 1964, La noche de la iguana fue llevado al cine, ganando el Oscar a la mejor película de aquel año gracias la dirección de John Huston y las interpretaciones de Richard Burton, Ava Gardner y Deborah Kerr.

Estos éxitos lograron hicieron olvidar el origen narrativo de La noche de la iguana; seguramente uno de los mejores cuentos fantásticos de Tennessee Williams.


La noche de la iguana.
The Night of the Iguana, Tennessee Williams (1911-1983)

Abiertas a la alargada galería del hotel Costa Verde, cerca de Acapulco, había diez habitaciones para dormir, cada una con una hamaca colgada en la parte exterior de su puerta de tela metálica. En aquel momento sólo estaban ocupadas tres de esas habitaciones, pues en Acapulco era temporada baja. La temporada de invierno, cuando el establecimiento era más frecuentado por turistas extranjeros cosmopolitas, había terminado hacía un par de meses, y la temporada de verano, cuando lo atestaban los mexicanos y norteamericanos habituales de vacaciones, aún no había empezado. Los tres huéspedes que quedaban en el Costa Verde eran estadounidenses, e incluían a dos hombres que eran escritores y a Miss. Edith Jelkes, que había sido profesora de arte en un colegio espiscopaliano de chicas de Mississippi hasta que sufrió una especie de ataque de nervios y renunció a su trabajo de profesora en favor de una vida de vagabundeo que hacían posible sus ingresos de unos doscientos dólares al mes producto de una herencia.

Miss Jelkes era una solterona de treinta años con una triste belleza rubia y un refinamiento en cierto modo arcaico. Pertenecía a una ilustre familia sureña de intensa aunque ahora moribunda vitalidad cuyas últimas generaciones habían tendido a dividirse en dos tipos antitéticos: uno en el que la libido estaba desarrollada patológicamente; y otro en que parecía estar completamente agotada. Los miembros de la familia estaban turbulentamente divididos, y también lo estaban, con mucha frecuencia, las personalidades de esos miembros. Habían surgido entre ellos talentos nerviosos y enfermos, borrachos y poetas, artistas dotados y degenerados sexuales, junto a ancianas damas fanáticamente pulcras y remilgadas que estaban condenadas a vivir bajo el mismo techo que unos parientes a los que sólo podían considerar unos monstruos. Edith Jelkes no era estrictamente ni de uno ni del otro de los dos tipos básicos, lo que le hacía más difícil mantener cualquier equilibrio interior. Había tenido la suerte de canalizar su energía un tanto malsana en la pintura, para la que estaba dotada. Pintaba lienzos de una originalidad que algún día sería apreciada, y entretanto, desde que dejara la enseñanza, combinaba la pintura con viajes e intentaba evadirse de su neurastenia gracias a la distracción que le suponía hacer nuevos amigos en lugares nuevos. Tal vez algún día aparecería sobre una especie de triunfante meseta como artista o como persona, o incluso como las dos cosas. Habría un periodo de cinco o diez años de su vida en el que ella se alzaría serenamente sobre las nubes tormentosas de su inmadurez y estaría a la espera de la oscuridad del declive. Pero quizá ésta sea la palabra adecuada. Dependería de los próximos dos años o así. Por ese motivo necesitaba de modo especial una compañía comprensiva, y la creciente falta de esa compañía en el Costa Verde le resultaba peligrosa de verdad.

Aparentemente, Miss. Jelkes era una delicada tetera pero nadie podría adivinar lo que herviría dentro. Era tan delicada que los anillos y los brazaletes nunca eran originalmente lo bastante pequeños como para que se le ajustasen y tenía que quitarles una parte y hacer más pequeñas las sujeciones. Con sus grandes ojos grises translúcidos, el pelo rubio apagado y su perpetua expresión de confusión levemente ofendida, sin embargo, nunca pasaba inadvertida en un grupo de desconocidos, pues además sabía vestir de acuerdo con su tipo extraterreno. El apagado pelo rubio nunca estaba sin una flor y el cuello de sus fríos vestidos blancos siempre se adornaba con un llamativo broche de diseño esotérico. Le encantaba el dramático contraste de colores cálidos y fríos, la mancha púrpura en la nieve, que constituía algo así como la bandera de sus propios e inestables elementos constitutivos. Cada vez que entraba en un restaurante, en un teatro o en una sala de exposiciones oía, o imaginaba que oía, un murmullo de apreciación positiva. Eso le importaba, había llegado a ser uno de sus consuelos necesarios. Pero ahora que los huéspedes del Costa Verde se habían reducido a ella misma y a dos jóvenes escritores, dejaba de importar su frío aunque llamativo aspecto, por lo que encontraba escaso consuelo en el modo en que se murmuraba la valoración. Los dos escritores jóvenes se mostraban desconcertantemente indiferentes hacia Miss. Jelkes. Raramente volvían la cabeza cuando ella paseaba por la galería donde ellos estaban tumbados en hamacas o sentados ante una mesa, siempre entregados a una conversación curiosamente íntima y muy interesante en tonos nunca lo suficientemente elevados para que Miss. Jelkes se pudiera enterar de lo que hablaban; y las respuestas de ellos a sus amistosas inclinaciones de cabeza y las frases de saludo en español raramente resultaban lo bastante claras para pasar por algo más que educadas.

Miss. Jelkes no estaba acostumbrada a que la trataran así. Lo que hacía tan agradables los viajes era la notable facilidad con la que ella entablaba relaciones fuera donde fuese. Era buena conversadora, poseía un modo fresco e ingenioso de hacer observaciones sobre las cosas. Los muchos sitios en los que había estado durante los últimos seis años le habían proporcionado una gran reserva de comentarios y de anécdotas y, claro, para entretener a los demás siempre estaba la interminable y épica crónica de los Jelkes. Desde que contaba con los ingresos suficientes para acudir a la clase de hoteles y pensiones que frecuentaban las personas de profesiones tales como pintores y escritores, o profesores en un año sabático, anteriormente nunca había echado en falta la ausencia de un auditorio sensible. Estando las cosas como estaban, se daba cuenta de que la cosa más sensata era volver a la capital de México, donde había establecido muchos contactos casuales pero agradables entre la colonia de norteamericanos. Por qué no lo hacía y, en lugar de eso, permanecía en el Costa Verde no le resultaba completamente claro. Aparte de la falta de relaciones sociales, había otros inconvenientes para una estancia continuada. La comida había empezado a desagradarle, la Patrona del hotel se estaba volviendo insolente y el servicio descuidado, y su pintura estaba dando muestras de una distracción nerviosa. Existían todas las razones para marcharse, y sin embargo se quedaba.

Miss. Jelkes no dejaba de darse cuenta de que de hecho estaba asediando a los dos jóvenes escritores, aunque el motivo por el que hacía eso todavía le resultaba completamente oscuro.
Había instalado su estudio de pintura en la parte sur de la galería del hotel donde los escritores trabajaban por la mañana con sus máquinas de escribir portátiles y ponían una radio portátil durante las pausas de su trabajo, pero la camaradería creativa que ella había esperado que se produjera no llegaba. Sus ojos adquirieron la costumbre de salir disparados hacia los dos hombres con tanta frecuencia como los de ellos hacia lo que ella estaba pintando, pero no le devolvían la mirada y la pintura proseguía en un irritante declive. Empezó a utilizar los dedos más que los pinceles, extendiendo el pigmento con una energía impaciente que resultaba un fracaso. De vez en cuando se levantaba y se dirigía, como pensando en otra cosa, hacia el extremo de la alargada galería donde estaban los escritores, pero cuando hacía eso, ellos dejaban de escribir y miraban inexpresivamente sus papeles o al vacío hasta que ella se alejaba de sus proximidades, y en una ocasión el escritor más joven había arrancado bruscamente el papel de la máquina de escribir, poniéndolo boca abajo sobre la mesa, como si sospechara que ella trataba de leer por encima de su hombro.

Miss. Jelkes se vengó aquella tarde quejándose a la Patrona de que ponían la radio portátil demasiado alta y sin parar, lo que no la dejaba dormir de noche, algo que creía cierto. Pero su queja no tuvo ningún resultado en lo que se refería a una reducción del volumen o de la duración, sino en la elección que los escritores hicieron de mesa a la hora del desayuno, la mañana siguiente, situándose en la más alejada de la de ella.

Ese día Miss. Jelkes hizo el equipaje, pensando que sin duda se marcharía a la mañana siguiente, pero su curiosidad con respecto a los dos escritores, en especial con respecto al mayor de los dos, se había hecho tan obsesiva que quedaba descartado no sólo su sentido común, sino también su agudizada dignidad personal.

Justo debajo del acantilado encima del que se encontraba el Costa Verde había una pequeña playa privada para los huéspedes del hotel. Debido a lo extremadamente sensible de su piel, Miss. Jelkes tenía la costumbre de bañarse únicamente a primera hora de la mañana o al caer la tarde, cuando el brillo del sol disminuía. Esas horas no coincidían con las de los escritores, que normalmente se bañaban y tomaban el sol entre las dos y las seis de la tarde. Ahora Miss. Jelkes empezó a bajar a la playa mucho antes sin admitir que su objetivo era espiar. Ahora bajaba a la playa hacia las cuatro de la tarde y se situaba lo más cerca que podía de los dos hombres sin resultar manifiestamente descarada. Fragmentos de su pasado y de su historia habían empezado a filtrarse por medio de aquel contacto tan poco satisfactorio. Parecía ser que el hombre más joven, que tenía unos veinticinco años, había estado casado y se había separado recientemente de una mujer que se llamaba Kitty. Más por la modulación de las voces que por las frases fragmentarias que captaba, Miss. Jelkes tuvo la impresión de que estaba tremendamente preocupado por algún problema que el hombre mayor intentaba allanar. La voz del joven a veces se alzaba tanto que llegaba a oírse perfectamente. Soltaba frases como Por el amor de Dios o ¿De qué demonios estás hablando? A veces utilizaba unas palabras tan fuertes que Miss. Jelkes ponía cara de disgusto y llegaba a golpear la arena húmeda con la palma de la mano y a pisotearla con los talones como un niño enrabietado. La voz del mayor a veces también subía brevemente. «No seas tonto», gritaba. Luego su voz recuperaba un tono bajo y tranquilizador. La conversación entonces tenía lugar fuera del alcance de su oído una vez más. Parecía que siempre había una discusión casi interminable entre ellos. Una vez a Miss. Jelkes la asombró ver que el joven se ponía de pie de un salto dando gritos incoherentes y empezaba a arrojar arena con los pies directamente a la cara de su compañero mayor. No lo hacía de modo violento ni con odio, pues el de más años se limitó a reír y a agarrar uno de los pies del joven, sujetándolo hasta que el joven se dejó caer a su lado, y luego sorprendieron todavía más a Miss. Jelkes al cogerse de la mano y quedar tumbados en silencio hasta que la marea que subía alcanzó sus cuerpos. Entonces los dos se levantaron de un salto, aparentemente de buen humor, y corrieron a sumergirse en el agua.

Debido a la inquietud del joven y al aire de consejos sensatos que se desprendía de las conversaciones entre ellos, que fue lo que en principio atrajo a Miss. Jelkes cuando empezó a ocuparse de ellos, decidió que el joven debía de ser un veterano de guerra que había sufrido una fuerte impresión, y que el mayor debía de ser un médico al que había traído con él a aquel refugio del Pacífico mientras se sometía a un tratamiento psiquiátrico. Esto fue antes de que se enterase del nombre del mayor por una carta dirigida a él. Reconoció instantáneamente el nombre como el de una persona que aparecía de vez en cuando en las portadas de las revistas literarias y como el del autor de una novela que había provocado muchas controversias unos años antes. Era una novela que trataba de un asunto escandaloso. Ella no la había leído y no podía recordar de qué trataba, pero en su mente el nombre se asociaba con un tipo de escritura con fuerte carga social que había estado de moda unos cinco años atrás, esto es, a comienzos de la guerra. Con todo, el escritor todavía no tenía más de treinta años. No era guapo, pero su rostro resultaba distinguido. Había algo como de mono en su cara, como pasa con frecuencia en las caras de los escritores jóvenes serios; una expresión que a Miss. Jelkes le recordaba la de un pequeño chimpancé que había visto una vez en un rincón de una jaula del zoológico, simplemente allí sentado mirando entre las rejas, mientras todos sus compañeros saltaban y daban vueltas en el ruidoso trapecio metálico. Recordó lo mucho que le había afectado la actitud solitaria del animal y sus ojos apagados. Ella hubiera querido darle algunos cacahuetes, pero los elefantes habían terminado con todos los que traía. Había vuelto al vendedor ambulante para comprar algunos más, pero cuando los llevó a la jaula del chimpancé, éste había sucumbido sin duda a la corriente general, pues todos ellos saltaban y se colgaban del rechinante trapecio, y ninguno de ellos parecía diferenciarse en nada de los demás. Al mirar a este escritor, Miss. Jelkes casi sintió un impulso idéntico a compartir algo con él, pero sus deseos volvieron a frustrarse, en este caso por una aplicada voluntad de prescindir de ella. No era casual el modo en que él mantenía los ojos apartados de ella. Y tanto en la playa como en las galerías del hotel.

En la playa el hombre no llevaba casi nada puesto, sólo una especie de taparrabos brillante de algodón estampado sujeto a la cintura de un modo que a veces estaba a punto de no resultar decente, pero tenía un físico esbelto y gracioso, y una soltura de movimientos de la que no era consciente que a Miss. Jelkes le hacía menos ofensivo su impudor que si se hubiera tratado de su amigo. El más joven había sido atleta en la universidad y tenía un cuerpo poderoso. Su torso bronceado tenía el color de las antiguas monedas de cobre y su sexo quedaba acentuado todavía más debido a la espesa mata de pelo, teñida por el sol hasta el punto de brillar como una masa de rizados cables dorados. Y además, su sentido de la propiedad era tan insultante que podía ponerse y quitarse su taparrabos de colores como si estuviera en una caseta de baño privada. Miss. Jelkes tenía que reconocer que poseía cierta grandeza escultórica, pero la faceta de solterona de su modo de ser todavía era demasiado intensa como para permitirle sentir nada que no fuera un desagrado remilgado. Esta reacción de Miss. Jelkes fue tan intensa en cierta ocasión que, cuando volvió al hotel, se dirigió directamente a la Patrona para preguntarle si no se podía convencer al más joven para que se cambiara en su habitación o, si eso era demasiado pedir, que al menos mantuviera la parte dorsal de su desnudez de cara a la playa. La Patrona mostró mucho interés por la queja, pero no del modo en que Miss. Jelkes hubiera esperado que hiciera. Se rió desmedidamente, traduciendo frases de la queja de Miss. Jelkes a un español coloquial, y gritándoselas a los camareros y al cocinero. Todos ellos se unieron a sus risas y el ruido todavía continuaba cuando Miss. Jelkes, que se mantenía confusa e indignada, vio que los dos jóvenes subían por la ladera. Se retiró rápidamente a su habitación de la galería con hamacas, pero se dio cuenta por el alegre alboroto del otro lado de que se lo habían contado a los escritores, y que el Costa Verde entero la estaba poniendo en ridículo. Empezó a hacer el equipaje de inmediato, esta vez sin molestarse en doblar las cosas cuidadosamente en su baúl y sintiéndose tan intensamente asustada, tan trastornada, que eso le afectó el estómago, y al día siguiente todavía no se encontraba lo bastante bien para emprender viaje.

Fue ese día siguiente cuando atraparon a la iguana.

La iguana es un lagarto, mide de unos cincuenta centímetros a un metro de largo, y los mexicanos la consideran comestible. No siempre se comen justo después de cazadas, pues como son unas criaturas capaces de sobrevivir durante cierto tiempo sin comer ni beber, muchas veces se las mantiene en cautividad durante algún tiempo antes de matarlas. A Miss. Jelkes le habían contado que sabían mejor que el pollo, una opinión que atribuía al modo característico de los mexicanos de disimular un alimento poco apetitoso. Lo que a ella la molestaba de la iguana era el modo inhumano en que la trataban durante el periodo de cautividad. Las había visto junto a las chozas de los campesinos, normalmente amarradas a un palo cerca de la entrada, y clavaban las garras continuamente, aunque sin ninguna esperanza, dentro del perímetro de alcance de la cuerda, mientras niños desnudos se ponían de cuclillas a su alrededor, clavándoles palos en los ojos y la boca.

Ahora el hijo adolescente de la Patrona había capturado una de esas iguanas y la había atado a la base de una columna de debajo de la galería de las hamacas. Miss. Jelkes no fue consciente de su presencia hasta última hora de la noche de su captura. Entonces la inquietó el sonido que hacía, y se había puesto su bata y salido a la brillante luz de luna para enterarse de qué era lo que producía aquel sonido. Miró debajo de la barandilla de la galería y vio a la iguana atada a la base de la columna más próxima a su puerta haciendo los esfuerzos más penosos por alcanzar la maleza de más allá del extremo de la cuerda tensa que la sujetaba. Soltaba grititos de terror cuando Miss. Jelkes hizo el descubrimiento.

Los dos jóvenes escritores estaban tumbados en hamacas al otro extremo de la galería y, como de costumbre, continuaban una discusión inconexa en tono no lo bastante fuerte como para que llegase a su dormitorio.

Sin pararse a pensar, y con un curioso estremecimiento de júbilo, Miss. Jelkes se dirigió a toda prisa hasta el extremo de la galería. Cuando estuvo cerca de ellos se dio cuenta de que los dos escritores se dedicaban a tomar ron-coco, que es una bebida preparada en la cáscara de un coco al que han cortado un casquete en la parte de arriba con un machete y echado dentro una mezcla de ron, limón, azúcar y hielo picado. Llevaban bebiendo desde la cena y el suelo de debajo de sus hamacas estaba cubierto de trozos de coco y de peludas cáscaras marrones, por lo que resultaba tan resbaladizo que Miss. Jelkes apenas conseguía mantenerse de pie. El líquido se les había derramado por la cara, el cuello y el pecho, proporcionándoles un brillo aceitoso, y en torno a sus hamacas flotaba una nube dulzona pesada y húmeda. Cada uno de ellos tenía una pierna asomando por el borde de la hamaca con la que se empujaba perezosamente a uno y otro lado. Si Miss. Jelkes los hubiera visto por primera vez, los detalles a grandes rasgos del espectáculo le hubieran supuesto algo más que una asociación con unos cuantos miembros disolutos de la familia Jelkes, algo que le habría revuelto el estómago, por lo que habría evitado escrupulosamente lanzarles una segunda mirada. Pero Miss. Jelkes había cambiado más de lo que era consciente durante aquel periodo de preocupación por los dos escritores, sus escrúpulos estaban más minados de lo que sospechaba, de modo que si durante un momento se le pasó por la cabeza la palabra cerdos, no consiguió distraerla ni siquiera momentáneamente de lo que se sentía inclinada a hacer. Era una forma de histeria que había hecho presa en ella; sus actos y sus palabras se producían sin haberlo querido.

—¿Saben lo que ha pasado? —dijo, jadeando, cuando llegó cerca de ellos. Se había acercado más de lo que se hubiera atrevido a hacer conscientemente, de modo que estaba directamente encima de la figura boca abajo del escritor más joven—. Qué chico más espantoso, el hijo de la Patrona, ha atado una iguana debajo de mi dormitorio. Le oí atarla pero no sabía lo que era. Llevo horas oyéndola, desde la hora de cenar, y no sabía lo que era. Acabo de levantarme para investigar. Miré por el borde de la galería y allí estaba, dando tirones al extremo de esa cuerda tan corta.

Ninguno de los escritores dijo nada durante un momento, pero el mayor se había erguido un poco para mirar a Miss. Jelkes.

—¿Qué pasa? —preguntó.
—Habla de la iguana —dijo el más joven.
—¡Ah! Bien, ¿y qué pasa con ella?
—¿Cómo voy a dormir? —exclamó Miss. Jelkes—. ¿Cómo puede dormir nadie con ese ejemplo de la brutalidad de los indios justo debajo de mi ventana?
—¿Siente aversión hacia las iguanas? —sugirió el escritor de más años.
—Siento aversión a la brutalidad —le corrigió Miss. Jelkes.
—Los lagartos suponen un grado muy bajo dentro de la vida animal. ¿No son un grado muy bajo dentro de la vida animal? —preguntó a su compañero.
—No tan bajo como la de otros —dijo el escritor más joven. Sonreía maliciosamente a Miss. Jelkes, pero ésta no se fijaba en él, pues su atención estaba concentrada en el escritor de más años.
—En cualquier caso —dijo el escritor—, no creo que sea capaz de sentirse ni la mitad de mal con respecto a su desgracia de lo que usted parece sentirse por ella.
—No estoy de acuerdo con usted —dijo Miss. Jelkes—. ¡No estoy en absoluto de acuerdo con usted! Nos gusta pensar que somos los únicos capaces de sufrir, que se trata de una noción exclusivamente humana. Pero nosotros no somos los únicos capaces de sufrir. Incluso las plantas tienen impresiones sensoriales. ¡He visto algunas que cerraban las hojas cuando las tocabas!

Levantó la mano y formó con sus delgados dedos un cáliz que se cerraba. Mientras hacía eso, Miss. Jelkes respiró profunda, torturadamente por sus labios fruncidos, la nariz le aleteó y volvió los ojos al cielo de modo que parecía una santa a la que martirizaran.

El más joven soltó una risita, pero el mayor continuaba mirándola fijamente con seriedad.

—Estoy segura —siguió ella— de que la iguana siente cosas muy concretas, y también las sentiría usted de haber estado oyéndola, allí tirando de la cuerda en ese espantoso polvo seco, tratando de llegar a la maleza con esa cuerda sujeta alrededor del cuello que casi ni la deja respirar.

Se agarró el cuello mientras hablaba y con la otra mano hizo gesto de arañar el aire. El escritor más joven soltó una carcajada, el mayor sonrió a Miss. Jelkes.

—Tiene usted el don maravilloso de sufrir por los demás —dijo.
—Bueno, no puedo soportar ver a los que sufren —dijo Miss. Jelkes—. Puedo soportar el mío, pero no resisto contemplarlo en los demás, sin importar que sea sufrimiento humano o sufrimiento animal. Y ya hay demasiado sufrimiento en el mundo, sufrimiento necesario, con tanta enfermedad y tantos accidentes que no se pueden evitar. Pero hay demasiado sufrimiento innecesario, demasiado que se provoca simplemente porque algunas personas tienen endurecida la sensibilidad hacia los sentimientos de los demás. ¡A veces incluso parece que el universo lo inventó el marqués de Sade!

Echó atrás la cabeza y soltó una risa histérica.

—Y no creo en que haya que expiar los pecados —siguió—. ¿No es espantoso, no es completamente absurdo que prácticamente todas las religiones se basen en el principio de la expiación de los pecados cuando de hecho no existe nada como la culpabilidad?
—Lo siento —dijo el escritor de más años. Se frotó la frente—. Yo no estoy en condiciones de hablar de Dios.
—Oiga, yo no estoy hablando de Dios —dijo Miss. Jelkes—. ¡Estoy hablando de la iguana!
—Trata de decir que la iguana es una criatura de Dios —dijo el escritor de menos años.
—Pues esa criatura de Dios concreta —dijo el mayor— ahora está en manos del hijo de la Patrona.
—Esa criatura de Dios concreta —exclamó Miss. Jelkes— ahora está atada un pelo justo debajo de mi puerta, y por tarde que sea se me ocurre que voy a ir a despertar a la Patrona para decirle que la tienen que soltar o por lo menos llevársela a un sitio donde yo no la pueda oír.

El escritor más joven ahora se reía con una vehemencia de borracho.

—¿De qué te estás riendo? —le preguntó el mayor.
—¡Si va a despertar a la Patrona puede pasar cualquier cosa!
—¿Qué? —preguntó Miss. Jelkes. Lanzó una ojeada inquieta a los dos hombres.
—Eso es completamente cierto —dijo el de más años—. ¡Una cosa que no toleran los mexicanos es que les interrumpan el sueño!
—Pero ¿qué puede hacer esa mujer más que disculparse y llevársela? —preguntó Miss. Jelkes—. Después de todo, resulta una cosa bastante espantosa poner a un lagarto atado bajo la puerta de una mujer y esperar que ésta duerma con todo ese ruido que no se interrumpe en toda la noche.
—Podría no durar toda la noche —dijo el escritor mayor.
—¿Y qué lo va a impedir? —preguntó Miss. Jelkes.
—La iguana podría dormirse.
—¡Nada de eso! —dijo Miss. Jelkes—. ¡Esa criatura está frenética y lo que está pasando debe de ser una pesadilla!
—A usted la molestan mucho los ruidos, ¿no? —preguntó el escritor de más años. Aquello era, claro, una pulla a Miss. Jelkes por sus quejas sobre la radio. Ésta se dio cuenta y celebró la oportunidad que le brindaba para defenderse y explicarse. Consideró que aquél era el momento perfecto para echar abajo todas las barreras.
—¡Cierto! ¡Claro que me molestan! —admitió sin aliento—. Verá, tuve problemas con los nervios hace unos cuantos años y, aunque esté mucho mejor de lo que estaba, el sueño me resulta más necesario que a las personas que no han pasado por una prueba tan terrible. Durante meses y meses no he sido capaz de dormir sin un calmante, a veces dos. Ahora me fastidia mucho ser una molestia para la gente, plantear exigencias irracionales, porque siempre estoy ansiosa por llevarme bien con la gente, y no sólo de modo pacífico, sino cordial... incluidos los desconocidos con los que casi no hablo. Con todo, a veces pasa que...

Hizo una pausa. Se le había ocurrido una idea maravillosa.

—¡Ya sé lo que voy a hacer! —exclamó. Sonrió radiante en dirección al escritor de más años.
—¿Qué es? —preguntó el más joven. Su tono estaba lleno de desconfianza, pero Miss. Jelkes también le sonrió.
—¡Me cambiaré de sitio!
—¿Va a dejar el Costa Verde? —sugirió el más joven.
—¡No, no, no! ¡Nada de eso! ¡Es el hotel más agradable en el que he estado alojada nunca! Me refiero a que me cambiaré de habitación.
—¿Y a cuál se cambiará?
—A una de éstas —dijo Miss. Jelkes—, a este extremo de la galería. Ni siquiera quiero esperar hasta mañana. Me cambiaré ahora mismo. Todas estas habitaciones están vacías, no existirá ninguna objeción, y si la hubiera, me limitaré a explicar que me era totalmente imposible dormir con ese lagarto haciendo ruido la noche entera.

Giró rápidamente sobre sus talones, tan rápido que casi cae al resbaladizo suelo, contuvo la risa y se apresuró hacia su dormitorio. Sin pensarlo, agarró algunas de sus pertenencias, se las puso en los brazos y volvió a apresurarse de vuelta hacia el extremo de la galería donde los escritores celebraban una consulta en voz baja.

—¿Cuál es su habitación? —preguntó Miss. Jelkes.
—Tenemos dos habitaciones —dijo el escritor de menos años fríamente.
—Sí, una cada uno —dijo el mayor.
—¡Ya, claro! —dijo Miss. Jelkes—. Pero no quiero cometer el embarazoso error de ocupar una de sus camas, caballeros.

Se rió alegremente ante esto. Era el tipo de observación que les demostraría a sus nuevos conocidos lo lejos que estaba de ser tradicional y mojigata. Pero los escritores no se mostraron dispuestos a reír con ella, de modo que Miss. Jelkes se aclaró la voz y se dirigió sin pensarlo hacia la puerta más cercana, dejando caer un peine y un espejito al hacerlo.

—¡Siete años de mala suerte! —dijo el más joven.
—¡No se ha roto! —dijo ella jadeando—. ¿Puede echarme una mano? —preguntó al escritor de más años.

Éste se levantó inseguro y colocó los objetos caídos en el desordenado montón que ella tenía en los brazos.

—Lamento causarles tantas molestias —dijo ella jadeando patéticamente. Luego se volvió otra vez hacia la puerta más cercana.
—¿Está desocupada?
—No, es la mía —dijo el más joven.
—Entonces ¿qué tal ésta?
—Ésa es la mía —dijo el de más años.
—Suena como si jugáramos a las cuatro esquinas —dijo Miss. Jelkes riendo—. Muy bien, querido mío... supongo que podré quedarme en ésta.

Se dirigió a toda prisa a la puerta con tela metálica del otro lado de la habitación del escritor de menos años, consciente de que al hacer eso quedaría dentro del alcance de las conversaciones nocturnas de los hombres, un misterio que la llevaba semanas torturando. Ahora podría escuchar todas las palabras que cruzaban entre ellos, a no ser que se susurrasen al oído uno al otro.

Entró en el dormitorio y cerró ruidosamente la puerta de tela metálica.

Encendió la luz que colgaba del techo, dejó rápidamente los objetos que traía con ella en una habitación que era idéntica a la que había dejado, y luego se desplomó en una cama metálica blanca idéntica.

Había silencio en la galería.

Sin levantarse se estiró hacia arriba para tirar del cordón de la bombilla. Su pálida luz amarilla quedó remplazada por el fresco torrente de la blanca luz de la luna que entraba por el mosquitero de la ventana y la tela metálica de la puerta.

Se quedó tumbada con los brazos descansando a los costados y todos los nervios hormigueándole de emoción ante el éxito espontáneo de una estrategia llevada a cabo con más dominio que si le hubiera llevado días prepararla.

Durante un momento continuó el silencio en el exterior de su nueva habitación.

Luego la voz del escritor de menos años pronunció:

—¡Las cuatro esquinas!

En la galería se oyeron dos carcajadas. Las risas continuaron sin freno hasta que Miss. Jelkes notó que le ardían los oídos en la oscuridad como si tuviera unos rayos de intensa luz concentrados en ellos.

Aquella noche no hubo más conversaciones, pero Miss. Jelkes oyó el arrastrarse de los pies de los hombres cuando se levantaron de las hamacas y avanzaron por la galería hasta los escalones de más allá y los bajaron.

Miss. Jelkes se sentía muy herida, peor de lo que se había sentido herida la tarde anterior, cuando se había quejado de la falta de pudor del joven en la playa. Mientras estaba allí tumbada, encima de la dura cama blanca que olía a amoníaco, notó que se acercaba uno de aquellos aniquiladores accesos de neurastenia que la habían llevado al ataque de hacía seis años. Estaba demasiado débil para resistirse a él, se apoderaría de ella y sabe Dios lo cerca que la llevaría del límite de la locura e incluso más allá. ¡Qué carga tan insufrible, por qué la tenía que soportar ella, ella que por naturaleza era tan humana y amable que hasta el sufrimiento de un lagarto le hacía daño! Volvió la cabeza hacia la fresca y blanca almohada y lloró. Le gustaría ser escritora. Si fuera escritora le sería posible decir cosas que sólo Picasso había llevado a la pintura. Pero si las decía, ¿las creería alguien? ¿Era comunicable a otra persona su sensación de lo grotesco que era el mundo? ¿Y por qué debería expresarse si lo era? ¿Y por qué, sobre todo, hacía el tonto de aquel modo debido a su desesperada necesidad de encontrar consuelo en la gente?

Notaba que la mañana iba ser implacablemente cálida y brillante, y daba vueltas en la cabeza a la lista de neurosis que podrían apoderarse de ella. Todo lo que es irreflexivo y automático en los organismos sanos, para ella podía adquirir un aire de extravagante novedad. El acto de respirar, el latir de su corazón y el mismo proceso de pensar serían algo consciente si se apoderaba de ella la peor de todas las neurosis; ¡y haría presa en ella porque le tenía mucho miedo! El precario equilibrio de sus nervios quedaría completamente desbaratado. Todo su ser quedaría convertido en un aparatito febril que producía miedos, miedos que no se podían expresar con palabras debido a su intensidad que lo abarcaba todo, y aun suponiendo que pudieran llevarse al lenguaje y de ese modo ser susceptibles de ofrecer un consuelo al expresarlos... ¿quién había en el Costa Verde, aquella roca sin sombra de junto al océano, al que pudiera dirigirse salvo a aquellos dos escritores jóvenes que parecían despreciarla? ¡Qué espantoso era estar a merced de personas sin piedad!

Ya me estoy dejando vencer por la autocompasión, pensó.

Se puso de lado y buscó entre los objetos de la mesita de noche la pequeña caja de cartón con los sedantes. La ayudarían a pasar la noche, pero mañana... ¡ay, mañana! Se quedó allí llorando insensatamente, oyendo incluso desde aquella distancia los esfuerzos de la iguana cautiva por librarse de la cuerda y huir entre la maleza...


Cuando Miss. Jelkes despertó todavía no había llegado la mañana. La luna, sin embargo, había desaparecido del cielo y ella estaba tumbada en una oscuridad que hubiera sido completa de no ser por las pequeñas rendijas de luz que llegaban por la pared de la habitación de al lado, la ocupada por el escritor de menos años.

No le llevó mucho comprender que el escritor más joven no estaba solo en su habitación. No hablaban, pero el tipo de sonidos que llegaban a intervalos a través del tabique le hicieron estar segura de que en ella había dos personas.

Si hubiera podido levantarse de la cama y atisbar por una de las rendijas sin traicionarse a sí misma, lo habría hecho, pero sabiendo que podrían oír cualquier movimiento, permaneció acostada y con la mente alerta debido a la desconfianza que antes sólo había sido una extrañeza inconcreta.

Por fin oyó que hablaba alguien.

—Será mejor que apagues la luz —dijo la voz del escritor más joven.
—¿Por qué?
—Hay rendijas en la pared.
—Pues mucho mejor. Estoy seguro de que por eso se trasladó aquí esa mujer.

El de menos edad alzó la voz.

—¿No crees que cambió de habitación por lo de la iguana?
—Coño, claro que no, eso sólo fue una excusa. ¿No te fijaste en lo encantada que estaba consigo misma, como si hubiera conseguido hacer algo brillante de verdad?
—Apuesto lo que sea a que nos escucha en este mismo momento —dijo el más joven.
—Seguro que sí, sin la menor duda. Pero ¿qué puede hacer?
—Ir a ver a la Patrona.

Los dos rieron.

—La Patrona quiere echarla —dijo el más joven.
—¿Quiere de verdad?
—Sí. Está loca porque se vaya. Incluso le ha dado instrucciones al cocinero para que le eche más sal en la comida.

Rieron los dos.

Miss. Jelkes se dio cuenta de que se había levantado de la cama. Estuvo parada sin decidirse en el suelo frío durante un momento y pronto se dirigía a toda prisa hacia la puerta de tela metálica y llegaba a la puerta de la habitación del escritor más joven.

Llamó con los nudillos a la puerta, manteniendo cuidadosamente los ojos apartados del iluminado interior.

—Adelante —dijo una voz.
—Prefiero que no —dijo Miss. Jelkes—. Esperaré aquí un momento a que salga usted.
—Claro —dijo el escritor de menos años. Dio unos pasos hasta la puerta, con sólo los pantalones del pijama puestos.
—Ah —dijo—. ¡Es usted!

Ella le miró sin la menor idea de lo que iba a decir o de lo que esperaba conseguir.

—Vamos a ver —dijo él bruscamente.
—Le he oído —tartamudeó ella.
—¿Y qué?
—¡No lo entiende!
—¿Qué?
—¡La crueldad! ¡Usted nunca la podrá entender!
—Pero usted sí entiende de espiar, ¿no?
—¡No estaba espiando! —exclamó ella.

Él soltó una fea palabra y, empujándola a un lado, salió al porche.

El escritor de más años dijo su nombre:

—¡Mike!

Pero éste sólo repitió la fea palabra y se alejó de ellos. Miss. Jelkes y el escritor de más años quedaron uno frente al otro. La violencia de Miss. Jelkes se había aplacado un poco. Se encontró menos tensa interiormente y unas lágrimas de consuelo empezaron a humedecerle los ojos. Fuera la noche cambiaba. Se había levantado viento y las olas que rompían al otro lado de la bahía rodeada de tierra que llamaban la Caleta ahora se oían.

—Va a haber tormenta —dijo el escritor.
—¿De verdad? ¡Me alegra! —dijo Miss. Jelkes.
—¿No quiere entrar?
—No estoy adecuadamente vestida.
—Yo tampoco.
—Bueno, entonces...

Entró. Bajo la bombilla desnuda y sin las gafas de sol, la cara de él le pareció más vieja, y los ojos, que anteriormente ella no había visto, tenían la mirada que muchas veces acompaña a una enfermedad incurable.

Miss. Jelkes se fijó en que él estaba buscando algo.

—Las tabletas —murmuró.

Ella las vio la primera entre un montón de papeles.

Se las tendió.

—Gracias. ¿Quiere una?
—Ya he tomado una.
—¿Cuáles son las suyas?
—Seconal. ¿Y las suyas?
—Barbital. ¿Son buenas las suyas?
—Maravillosas.
—¿Cómo hacen que se sienta? ¿Como un nenúfar?
—Sí, ¡como un nenúfar en un estanque chino!

Miss. Jelkes rió con auténtica alegría pero el escritor sólo respondió con una débil sonrisa. Su atención nuevamente se apartaba de ella. Estaba quieto delante de la puerta de tela metálica como un chico preocupado porque aparecieran sus padres.

—A lo mejor debería...

La voz le vaciló. Miss. Jelkes no se quería marchar. Quería quedarse allí. Se sentía a punto de decirle cosas inexpresables a aquel hombre cuyas características especiales eran como las suyas propias en muchos aspectos esenciales, pero el que el escritor le diera la espalda no la invitaba a quedarse. Él volvió a gritar el nombre de su amigo. No hubo respuesta. El escritor, que seguía junto a la puerta, se dio la vuelta con un murmullo de preocupación, pero su atención no se dirigía a Miss. Jelkes.

—Su amigo... —tartamudeó ella.
—¿Mike?
—¿Es, bueno... la persona adecuada para usted?
—Mike está indefenso y yo siempre me siento atraído por las personas indefensas.
—¿Y usted? —dijo ella torpemente—. ¿Qué pasa con usted? ¿Es que no necesita la ayuda de nadie?
—¡La ayuda de Dios! —dijo el escritor—. A falta de eso, tengo que depender de mí mismo.
—Pero ¿no es posible que con la ayuda de otra persona, de alguien más sensato, más como es usted mismo...?
—¿Se refiere a usted? —preguntó él sin rodeos.

Miss. Jelkes se libró de la necesidad de responder de uno u otro modo, pues en ese momento se había desencadenado una tremenda violencia al otro lado de la puerta de tela metálica. La tormenta que se había cernido sobre el horizonte ahora descargaba hacia ellos. No de modo continuo, sino con estallidos súbitos y alternando con retiradas, como una ave gigante que acometiera sobre su presa terrestre, una ave con unas inmensas alas blancas y un pico de furia divina que atacaba el saliente de la roca en el que se alzaba el Costa Verde. Una y otra vez la noche entera quedaba blanca y vibraba, pero había algo frustrante en el ataque de la tormenta. Parecía proceder de una voluntad contrariada. En caso contrario la estructura de la escena se hubiera hundido. Pero el ave blanca gigante no sabía dónde estaba golpeando. Su furioso pico estaba ciego, o a lo mejor el pico...

Puede que Miss. Jelkes estuviera justo al borde de adivinar más cosas de Dios de lo que un mortal debiera... cuando de pronto el escritor se había echado hacia adelante y metido sus rodillas entre las de ella. Miss. Jelkes se fijó en que él se había quitado la toalla que le envolvía y ahora estaba completamente desnudo. No tuvo tiempo de hacerse preguntas, ni siquiera de sentir demasiada sorpresa, pues en los momentos siguientes, y por primera vez en sus treinta años de soltera, interpretaba una comedia, hacía como si se defendiera. Él arremetía contra ella como el ave blanca ciega de furia. Con una mano él trataba de subirle la falda de la bata mientras que con la otra abría el frágil contenido de su pecho. La tela de arriba se abrió. Ella gritó de miedo cuando aquellos dedos de ave de presa se le hundieron en la carne. Pero no se rindió. No era que ella misma opusiera resistencia, sino que el demonio de la virginidad que ocupaba su carne luchaba contra el asaltante con más furia de la que él atacaba. Y su demonio venció, pues súbitamente el hombre dejó su falda y los dedos abandonaron su magullado pecho. Un sonido como de sollozo en la garganta de él, que cayó contra ella. Miss. Jelkes notó como un golpeteo de alas contra su tripa, y luego una humedad hirviente. Luego él se desentendió por completo de ella, que se dejó caer en la silla que se había mantenido recatadamente tiesa durante la lucha, de un modo tan ridículo como ella misma había mantenido la posición vertical. El hombre sollozaba. Y entonces se abrió la puerta de tela metálica y entró el escritor de menos años. Miss. Jelkes se libró automáticamente del húmedo abrazo de su fallido asaltante.

—¿Qué es esto? —preguntó el más joven.

Repitió la pregunta varias veces, inconsciente pero airadamente, mientras sacudía a su amigo mayor, que no podía dejar de sollozar.

Yo no soy de este sitio, pensó Miss. Jelkes y, acompañando la acción al pensamiento, salió tranquilamente por la puerta de tela metálica. No volvió de inmediato a su habitación de al lado, sino que corrió galería adelante hacia la habitación que ocupaba antes. Se arrojó en la cama, que estaba tan fría como si nunca se hubiera tumbado en ella. Agradeció eso y el final de la furia de fuera. El ave blanca se había ido y el Costa Verde había sobrevivido a su ataque. Ahora no había más que lluvia, que repiqueteaba sin mucha energía, y a lo lejos el sonido del océano sólo un poco más claro de lo que había sido antes del asalto del ave gigante. Miss. Jelkes se acordó de la iguana.

¡Ah, claro, la iguana! Quedó allí tumbada con el oído a la escucha del doloroso sonido de su forcejeo, pero no había más sonido que el del tranquilo fluir del agua. Miss. Jelkes no pudo contener su curiosidad, conque finalmente se levantó de la cama y miró por el borde de la galería. Vio la cuerda. Vio la extensión total de la cuerda allí caída sin la menor tensión, pero no a la iguana. La criatura atada a la cuerda se las había arreglado para escapar. ¿Era la voluntad de Dios lo que hizo que tuviera lugar aquella liberación? ¿O era más razonable suponer que había sido Mike, el hermoso, indefenso y cruel, quien había soltado a la iguana? No importaba. No importaba quién lo hubiera hecho. La iguana se había ido, se había perdido entre la maleza y, ¡con cuánto agradecimiento debía de estar respirando ahora! Y ella también sentía agradecimiento, pues de algún modo igualmente misterioso la cuerda asfixiante de su soledad había quedado cortada también por lo que había pasado aquella noche sobre aquella árida roca de encima de las quejumbrosas aguas.

Ahora tenía sueño. Pero justo antes de quedar dormida recordó, y volvió a notar la humedad, ahora volviéndose fría pero todavía pegada a la carne de su tripa como un beso leve pero persistente. Acercó tímidamente los dedos a ella. Esperaba que los iba a retirar con repugnancia, pero no sintió nada de eso. Se la tocó con curiosidad, incluso con compasión, y no retiró la mano durante un rato. Ah, la vida, pensó y estaba a punto de sonreír ante la originalidad de su pensamiento cuando la oscuridad se impuso a la mirada hacia el exterior de su mente.

Tennessee Williams (1911-1983)



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El resumen del cuento de Tennessee Williams: La noche de la iguana (The Night of the Iguana) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com