La iglesia de los jesuitas: E.T.A. Hoffmann


La iglesia de los jesuitas de G. (Die jesuiterkirche in G) es un relato de terror del escritor alemán E.T.A. Hoffmann, publicado en 1817.








La iglesia de los jesuitas de G.
Die jesuiterkirche in G, E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

Encajonado en un miserable coche de postas, que hasta las polillas habían abandonado, como las ratas abandonaron la embarcación de Próspero, llegué al fin, después de un peligroso viaje, con una rueda medio partida, a la hostería del Mercado de G. Todas las desgracias que hubieron podido sucederme recayeron sobre mi coche, que quedó averiado en la última estación de postas. Finalmente, cuatro macilentos caballos habían podido arrastrar durante varias horas, con ayuda de algunos campesinos y de mi criado, la frágil casa viajera; los expertos, que vinieron a verla, sacudieron la cabeza diciendo que serían necesarios dos o tres días para la reparación. El lugar me pareció agradable, la región acogedora, lo que no impidió que me asustase un poco la forzada estancia. Amable lector, si te has visto alguna vez obligado a permanecer tres días en una pequeña ciudad, donde no conoces a nadie y nadie te conoce, donde eres un desconocido para todos, ¿no has sentido una profunda angustia, no te ha consumido la necesidad de comunicarte con alguien? De ser así podrás comprender mi malestar.

En realidad, ya se sabe que el espíritu de la vida hállase por doquier; pero a las pequeñas ciudades les sucede lo que a esas orquestas que siempre tocan correctamente las mismas piezas y cualquier tonalidad extraña les parece disonante y las hace callar al punto. De muy mal humor paseaba en mi cuarto arriba y abajo, cuando he aquí que, súbitamente, recordé que un amigo de mi país había pasado, hace algún tiempo, dos años en G. y que me había hablado a menudo de un hombre sabio e instruido con el que tuvo mucho trato. Incluso recordaba el nombre: Aloysius Walter, profesor en el Colegio de los Jesuitas. Decidí dirigirme allí y aprovecharme de la amistad de mi amigo. En el colegio me dijeron que el profesor Walter, en aquel momento, daba la clase, pero que faltaba poco para que terminara; también me preguntaron si quería volver o prefería esperar en las salas exteriores. Escogí esto último. En todas partes, las residencias, los colegios, las iglesias de los jesuitas se construyen en ese estilo italiano que, inspirándose en formas y cánones antiguos, ostenta la nobleza y la suntuosidad de lo sagrado, de la dignidad religiosa. Así, también aquí, los salones lucían su rica arquitectura, al tiempo que resaltaban las grandes puertas adornadas con genios de la danza, frutas y manjares, alternando con las pinturas de santos, que adornaban los muros entre columnas jónicas.

El profesor entró, le mencioné a mi amigo y ofrecióme hospitalidad durante el tiempo que durase mi forzada estancia. Encontré que el profesor era tal y como me lo había descrito aquél: comunicativo, mundano, en una palabra, con los modales de un sacerdote superior, muy ilustrado, y hombre que había mirado la vida por encima del breviario lo suficiente como para saber cómo marchan las cosas. Cuando vi su cuarto amueblado con moderna elegancia, volví a hacer las mismas reflexiones que hice en los salones y así se lo manifesté a mi amigo. El profesor sonrióse y dijo:

—Es verdad —repuso—, hemos desterrado de nuestras construcciones aquella adusta seriedad, aquella majestad peculiar de los tiranos inderrocables que oprimía nuestro pecho en la construcción gótica, causando un siniestro pavor, y realmente ha sido muy beneficioso que nuestros edificios, ahora, muestren la vivacidad y alegría de lo antiguo.
—Pero ¿acaso —repuse yo— no ha sido obra del espíritu del cristianismo la grandeza, la sagrada majestad de la arquitectura gótica que se levanta majestuosa hacia el cielo? ¿No opone el cristianismo lo espiritual a lo sensual y no ataca el espíritu del mundo antiguo, que sólo veía el reino de lo terreno?
—¡Ah, sí! El reino de las alturas también debe conocerse en este mundo y el conocimiento debemos hacerlo por medio de elevados símbolos; así es como la vida del espíritu desciende hacia la tierra. Nuestra patria está allá arriba, pero, mientras vivamos aquí, nuestro reino es de este mundo.
«Sí —pensé—, en todo lo que hacéis demostráis que vuestro reino es de este mundo, incluso sólo de este mundo.» Pero no se me ocurrió decirle esto al profesor Aloysius, que continuó diciendo:
—Todo cuanto se dice del lujo de nuestros edificios en este caso debéis referirlo a la gracia de las formas. Aquí donde el mármol tiene un precio exorbitante, donde no disponemos de los grandes maestros de la pintura, conforme a las nuevas tendencias, tenemos que contentarnos con sucedáneos. Hacemos mucho ya con pulir el yeso para que luego el pintor imite diversos mármoles, lo que se está ahora precisamente haciendo en el interior de nuestra iglesia, que, gracias a la generosidad de nuestros protectores, está siendo decorada.

Como manifestase el deseo de ver la iglesia, el profesor me condujo abajo, y cuando entré en la nave central con columnas corintias, que formaba el eje de la iglesia, volví a experimentar de nuevo la agradable impresión y elegancia. A la izquierda del altar mayor habían levantado un andamiaje, sobre el que estaba un hombre pintando las paredes con un tono amarillento, a la manera antigua.

—¿Qué tal, Bertoldo? —gritó el profesor.
El pintor volvióse hacia nosotros, pero al punto continuó pintando, mientras profería con voz imperceptible palabras sueltas:
—¡Muy penoso, es un barullo, no se puede utilizar ni una línea..., animales..., monos..., semblantes de hombres..., semblantes de hombres..., desgraciado de mí!

Estas últimas palabras las pronunció en voz alta, dando muestras de un profundo dolor en lo más íntimo de su ser. Me impresionó de un modo singular, no sólo cada palabra, sino la expresión de su rostro, que, como la mirada que dirigió al profesor, me dieron la sensación de que tenía ante mí la vida destrozada de un pintor desventurado. El hombre podría tener unos cuarenta años; su figura, aunque desaparecía bajo la amplia y sucia bata de pintor, tenía no sé qué de noble y el profundo disgusto que mostraba sólo podía hacer palidecer su semblante, pero no apagar el fuego que brillaba en sus negros ojos. Pregunté al profesor qué relación tenía con el artista.

—Es un pintor extranjero —repuso— que se encontraba precisamente aquí cuando se decidió la reparación de la iglesia. Emprendió con alegría el trabajo que le encargamos y, en realidad, su llegada a G. fue una suerte para nosotros, pues en toda la región no hubiéramos podido encontrar nadie tan competente como él, capaz de pintar todo lo que hay que pintar. Añádase a esto que es uno de los hombres mejores del mundo y que todos le queremos; así el colegio le ha recibido con mucho agrado. Además de los honorarios que le corresponden por su trabajo, le costeamos su manutención; sin embargo, todo esto representa muy poco, pues es tan austero que no se cómo resiste tanto su cuerpo, de por sí enfermizo.
—Pero —advertí yo— parece hoy tan disgustado, tan excitado...
—Tiene sus motivos —dijo el profesor—; pero veamos algunos cuadros muy hermosos de los altares laterales, que hace algún tiempo nos proporcionaron una grata sorpresa. Aquí tenemos sólo un cuadro auténtico, un Dominichino, los demás son de maestros desconocidos de la escuela italiana; pero, si no tenéis prejuicios, confesaréis que cualquiera de ellos podría estar firmado por un nombre famoso.
Así lo estimé, tal como el profesor lo había dicho. Cosa curiosa; el único cuadro auténtico era uno de los más flojos, por no decir el más flojo, y, pese a la belleza de muchos cuadros sin nombre, me atrajo irresistiblemente. Uno de los cuadros del altar estaba cubierto por una cortina; pregunté la causa.
—Este cuadro —dijo el profesor—, el más hermoso que tenemos, es la obra de un joven pintor de la actualidad, y seguramente el último cuadro suyo, pues su carrera se ha truncado. Estos días debemos tener tapada la pintura por diversos motivos, aunque mañana o pasado podré mostrárosla.

Quise preguntarle más, pero el profesor echó a andar presuroso por el pasillo, y esto fue suficiente para darme a entender que le disgustaba seguir dando respuestas. Volvimos al colegio y gustosamente acepté la invitación que me hizo el profesor para visitar después del mediodía un lugar de esparcimiento cercano. Regresamos tarde, amenazaba tormenta y apenas llegué a mi casa comenzó a llover torrencialmente. Sería a eso de la medianoche, cuando el cielo comenzó a aclarar y se fue alejando el ruido de los truenos. A través de la ventana abierta entraba un vientecillo fresco en la habitación calurosa y no pude resistir la tentación, a pesar de estar cansado, de dar un paseo. Tuve la fortuna de poder despertar al portero, que roncaba desde hacía dos horas, y explicarle que no era ninguna locura salir a pasear por la noche, así es que pronto me encontré en la calle. Cuando pasé por la iglesia de los jesuitas me iluminó la luz deslumbrante que refulgía en una ventana. La pequeña puerta lateral estaba entreabierta, pasé y vi que había encendido un hachón colocado frente a un nicho, delante del cual, al acercarme, percibí una gran red tendida verticalmente y detrás de la red una figura en la sombra que subía y bajaba los peldaños de una escalera y que parecía pintar algo en el nicho. Era Bertoldo, que señalaba con rayas negras en la pared todas las líneas de sombra que marcaba la red, y, poco más arriba, había un gran caballete donde estaba colocado el dibujo de un altar. Permanecí contemplando aquel ingenioso procedimiento. Por poco que te halles familiarizado, amable lector, con el noble arte de la pintura, seguramente adivinarás de qué servía aquella red, cuyos compartimentos trazaba Bertoldo en la concavidad de la pared. Debía pintar en el nicho un altar en relieve y, para hacer con exactitud el dibujo en grande, conforme al modelo en pequeño, iba siguiendo el método ordinario, pasando su croquis a la superficie que había de pintar por medio de la red aplicada en aquel plano. Pero aquí, en vez de una superficie plana era un nicho abovedado donde debía pintar y aquel proceder tan sencillo como ingenioso, por cuyo medio los uniformes cuadros de la red dibujaban en la concavidad de la pared sombras curvilíneas, era el único que se podía emplear para poner exactamente el altar en perspectiva y darle la apariencia del relieve.

Tuve buen cuidado de no acercarme al hachón para no traicionar mi presencia por la sombra, pero me mantuve lo suficientemente cerca para observar a gusto al pintor. Me pareció otra persona. Quizá fuese por efecto de la iluminación, pero su semblante estaba enrojecido, sus ojos brillaban, denotando un contento interior, y, cuando hubo dibujado una serie de líneas, se puso a un lado con las manos apoyadas en la tela y silbó una cancioncilla mientras contemplaba el trabajo. Luego, volviéndose, arrancó la red que había tendido. Entonces es cuando se dio cuenta de que yo estaba allí.

—¡Eh, venid! ¡Eh, venid! —exclamó—. ¿Sois Cristian?
Acerquéme y traté de explicarle que había entrado por casualidad en la iglesia y elogié la ingeniosa invención de la red de sombras, dándome así a conocer como experto y aficionado al noble arte de la pintura. Sin responderme, Bertoldo dijo:
—Cristian no ha regresado, es un vago; de seguro que hubiera querido permanecer conmigo toda la noche, pero ¡vaya usted a saber dónde estará! Tengo que hacer progresos en mi obra, pues mañana será mal día para pintar..., pero yo solo no puedo hacer nada.
Me ofrecí a ayudarle. Se echó a reír, me cogió por los hombros y exclamó:
—Excelente broma, ¿qué dirá Cristian cuando mañana vea que es un asno y que no necesito nada de él? Venid, compañero desconocido, hermano mío, ayudadme a poner los andamios.
Encendió algunos cirios más, atravesamos la iglesia y amontonamos caballetes y tablones de tal forma que pronto estuvo dispuesto un buen andamiaje ante la tela.
—¡Manos a la obra! —exclamó Bertoldo, subiendo.
Quedé asombrado de la rapidez con que trazó la pintura en tamaño grande; dibujaba las líneas con seguridad, sin un titubeo, perfectamente, con gran limpieza. Acostumbrado yo a hacer lo mismo en otro tiempo, serví al pintor con fidelidad, unas veces arriba y otras abajo, procurando ayudarle a trazar las líneas más largas, y le fui entregando los carboncillos bien afilados, etcétera...
—Sois un buen ayudante —me gritó Bertoldo muy contento.
—Y vos —repuse— realmente sois uno de los más expertos artífices que he conocido; decidme, con una mano tan hábil, ¿no habéis pintado otras cosas? Y perdonadme la pregunta.
—¿Qué queréis decir? —repuso Bertoldo.
—Que valéis para algo más que para pintar paredes de iglesia y columnas de mármol. La pintura arquitectónica siempre ha sido algo de segundo orden; la pintura histórica y de paisajes, indiscutiblemente, es superior. El espíritu y la fantasía, que no están ordenados en líneas geométricas, elevan su vuelo con toda libertad. Incluso lo único fantástico de la vuestra, la engañosa perspectiva, depende de la observación precisa, de modo que no es obra de la creación, producto de un pensamiento genial, sino de la especulación matemática.
El pintor, en tanto que yo hablaba así, permanecía con el pincel en alto y la cabeza apoyada en la mano.
—Desconocido amigo —comenzó a decir con voz forzadamente alegre—, desatináis al querer establecer un rango entre las diversas ramas del arte, como si fueran vasallos de un rey orgulloso, y todavía más cuando sólo reverenciáis al audaz, que, sordo al gemir de las cadenas de los esclavos, insensible a la presión de lo terrenal, trata de elevarse dominante por encima de la luz y la vida, libremente, igualándose con Dios. ¿Conoces la fábula de Prometeo, que intentaba ser un creador y robó el fuego del cielo para animar sus figuras muertas? Al fin pudo lograrlo, las figuras se animaron y en sus ojos resplandeció el fuego celeste, que ardía en su interior; pero el culpable, por haberse querido igualar a los dioses, fue castigado a sufrir eterna pena. El pecho que anheló lo divino y lo sobrenatural fue despedazado por un buitre, nacido para la venganza, que se alimentaba de las entrañas de los atrevidos. Aquel que ha deseado lo divino siente eternamente el dolor terrenal.
El pintor calló y quedó como ensimismado.
—Pero, Bertoldo —exclamé—, ¿qué relación tiene todo esto con vuestro arte? No creo que nadie considere una ofensa pintar figuras humanas o esculpirlas.
Bertoldo rió sarcásticamente:
—¡Ja, ja!, ¿que no son una ofensa los juegos de niños? Eso que hacen es un juego de niños, que mojan sus pinceles en los tarros de pintura y embadurnan lienzos con la necia pretensión de pintar hombres... de verdad. ¡Realmente no son criminales, sino sólo pobres locos infelices! ¡Señor, Señor! Cuando se aspira a lo más alto, no al deleite carnal como Tiziano, sino a lo más elevado de la naturaleza divina, al fuego de Prometeo en el ser humano... ¡Señor!..., hay un abismo, una raya donde uno se detiene como ante el precipicio bajo nuestros pies. Y sobre el precipicio planea el audaz argonauta, pero un engaño diabólico le atrae y le lanza al fondo... y abajo contempla lo que había pretendido contemplar desde las estrellas.
El pintor suspiró profundamente, se pasó la mano por la frente y, mirando hacia lo alto, dijo:
—¡Pero cuántas tonterías estoy hablando aquí contigo, compañero, y mientras sin pintar! Mira, a esto le llamo yo ser fiel y hacer bien las cosas. ¡Qué magnífica es la regla!... Todas las líneas se unen para un fin determinado, para lograr un objetivo claro y preciso. Sólo aquello que es mensurable es humano; todo lo que se sale de esos límites pertenece al mal. Lo sobrenatural es cosa de Dios o del diablo. Y ¿acaso no deberían incluirse ambos en la matemática de los hombres? ¿Por qué no hemos de imaginar que Dios nos ha creado para que nos ocupemos de lo que se mide con reglas, es decir, de lo conmensurable, para utilizarnos a su servicio, igual que nosotros nos valemos de máquinas tejedoras o aserradoras? El profesor Walter afirmaba recientemente que ciertos animales han sido creados para ser comidos por los otros, lo cual, al fin y al cabo, repercutía en utilidad nuestra; así, por ejemplo, los gatos, que tienen el instinto natural de comer ratones, para que éstos no puedan quitarnos el azúcar que nos servimos en el desayuno. Y realmente el profesor tiene razón. Los animales, e incluso nosotros mismos, ¿no somos meras máquinas para tejer determinadas telas destinadas a la mesa de ese rey desconocido? Y ahora vamos, vamos, compañero, acércame los tarros... Ayer preparé los colores a la luz del sol para no engañarme a la luz de la antorcha. Ahí están numerados en esa esquina. ¡Dame el número uno, joven, el gris! ¿Qué sería de la vida árida y miserable si el Señor del cielo no nos hubiese puesto en las manos tantos juguetes de colores? Las personas juiciosas no hacen como los niños curiosos, que rompen las cajas donde suena la música, mientras giran el manubrio. Dicen que es natural que suene la música dentro, y así yo doy vueltas a la manivela. Cuando dibujo este plano en proporción exacta sé positivamente que el espectador tiene una visión plástica... ¡Dame el número dos, joven! Ahora pinto con el color más conveniente para dar la sensación de una perspectiva de cuatro palmos. Lo sé con toda seguridad. ¡Ah!, qué listos somos... ¿Cómo es posible que los objetos aparezcan más pequeños en la lejanía? Sólo esta necia pregunta de un chico podría desconcertar al profesor Eytelwein; pero saldría del paso con la caja del órgano portátil, diciendo que cada vez que puso un registro en juego obtuvo el mismo resultado... ¡Joven, dame el violeta, número uno! Otra regla... y un pincel grueso bien lavado. ¡Ah!, ¿qué son nuestros esfuerzos hacia lo alto? ¡Nada más que los movimientos desordenados del niño que araña el pecho de la nodriza que le nutre! El violeta, número dos... ¡Rápido, joven! El ideal no es más que un sueño engañador y miserable producido por el hervor de la sangre... Llévate los botes, joven, voy a bajar... ¡Pero el diablo se complace en engañarnos con muñecas, a las que ha puesto alas de ángel!

Me sería imposible repetir todo lo que fue diciendo Bertoldo, mientras pintaba activamente, y se valía de mí como si fuera su aprendiz. En el mismo tono continuó burlándose, con la mayor ironía, de las limitaciones de todas las empresas humanas. ¡Ah! Sus palabras brotaban de un alma mortalmente herida, que se expresaba con el más amargo sarcasmo. La mañana comenzaba a alborear, la luz de los cirios palidecía ante los primeros rayos del sol. Bertoldo seguía pintando sin cesar, aunque cada vez se iba quedando más silencioso y únicamente algunos débiles sonidos, algunos suspiros se escaparon de su pecho oprimido. Había ya pintado todo el altar con la gradación de tonos correspondiente, de modo que la pintura presentaba un aspecto maravilloso.

—¡Magnífico!—exclamé entusiasmado—. ¡Magnífico!
—¿Creéis —me dijo Bertoldo con voz débil—, creéis que de aquí puede salir algo? He hecho todo lo posible para que el dibujo fuese correcto, pero ya no puedo hacer más.
—¡No añadáis ni una sola pincelada, amigo Bertoldo! —exclamé—. Es increíble cómo habéis podido adelantar tanto la obra en tan pocas horas, os cansáis demasiado y agotáis vuestras fuerzas.
—Y sin embargo —repuso Bertoldo—, ¡éstas son mis horas más preciosas! Quizá he charlado demasiado, pero sólo con palabras se alivia el dolor terrible que consume nuestro corazón.
—Parece que os halláis atormentado por un profundo pesar, amigo mío —le dije—. Acaso algún tremendo suceso ha trastornado vuestra vida.
El pintor llevó lentamente sus utensilios a la capilla, apagó la antorcha, y adelantándose hacia mí diome la mano, mientras decía con voz temblorosa:
—¿Podríais descansar confiado y alegre algún instante de vuestra vida si tuvieseis la conciencia cargada con un crimen horrendo, imposible de expiar?

Me quedé petrificado. Los primeros rayos del sol iluminaron el pálido y desencajado semblante del pintor, de tal modo que parecía algo fantasmagórico, cuando se alejó con paso vacilante hacia la puertecita que conducía al interior del colegio. Al día siguiente apenas pude esperar a que llegase la hora en que el profesor Walter me había dado cita. Le conté toda la escena de la noche anterior, que me había impresionado no poco; y describíle con colores muy vivos la extraña conducta del pintor, y no callé ni una palabra de lo que había dicho, incluso hasta lo que se refería a su propia persona. Cuanto más contaba despertar el interés del profesor, mayor parecíame su indiferencia; hasta terminó riéndose casi despectivamente, cuando vio que yo no cesaba de hablar de Bertoldo y le suplicaba que me refiriese todo cuanto supiera acerca de él.

—¡Es un hombre muy extraño este artista! —comenzó a decir por fin—, muy bueno... trabajador... sobrio, como ya os dije anteriormente, pero de espíritu débil; de otro modo no se explica que haya abandonado su magnífica posición de pintor histórico para convertirse en un miserable pintor de paredes, incluso aunque hubiese cometido un crimen.
Me molestó mucho que le llamase pintor de paredes, y más todavía su indiferencia. Procuré hacerle comprender que todavía Bertoldo, en la actualidad, era un artista digno de aprecio y consideración.
—Bien —me dijo finalmente—, ya que demostráis tanto interés, vais a saber todo lo que sé acerca de él, que no es poco. Pero antes de comenzar, entremos en la iglesia. Como Bertoldo ha pasado la noche trabajando afanosamente hoy, después del mediodía, descansará.

Nos dirigimos a la iglesia. El profesor descorrió el velo que cubría el cuadro, y ante mi vista apareció la pintura más maravillosa que haya podido ver en mi vida. La composición era al estilo de Rafael, llena de sencillez y de una elevación divina. Representaba a María y Santa Isabel sentadas sobre la hierba de un bello jardín, y, delante de ellas, Juan y Jesús niños, jugando con flores; al fondo se veía un hombre rezando. El bello y celestial semblante de María, la majestad y devoción de su figura me llenaron de profunda admiración. Era muy hermosa, más hermosa que ninguna mujer de la tierra, pero su mirada, como la de la Virgen de Rafael de la galería de Dresde, manifestaba la omnipotencia de la Madre de Dios. ¡Ay! ¿Cómo dejar de sentir ante aquellos ojos milagrosos, rodeados de misteriosas sombras, el ardor de un deseo sobrehumano e insaciable? Aquellos labios entreabiertos, ¿no parecían consolar, con sus melodiosos acentos y la infinita dulzura celestial de los ángeles? Un sentimiento inexpresable me forzó a prosternarme ante la Reina de los Cielos. Incapaz de proferir palabra, no podía separar mis miradas del cuadro incomparable. Sólo las figuras de la Virgen María y de los niños estaban acabadas, la de Santa Isabel parecía esperar que el artista diese el último toque, y el hombre en oración todavía no había sido coloreado. Al acercarme reconocí en el semblante de este hombre los rasgos de Bertoldo y presentí lo que poco después me confirmaría el profesor:

—Este cuadro —me dijo—, que nos fue enviado hace algunos años desde Alta Silesia, donde uno de nuestros colegas lo compró en una almoneda, es el último que pintó Bertoldo. Cuando éste llegó y vio el cuadro, lanzó un gran grito y cayó al suelo sin sentido. Después evitó cuidadosamente mirarlo, y me dijo que sería su último trabajo en materia de pintura. Esperaba convencerle para que poco a poco concluyese el cuadro mientras trabajase en la iglesia. Como su vista reparase en él, corría en aquella dirección como atraído por fuerza irresistible, y, entonces, sollozando, entraba en un estado tal de paroxismo que le incapacitaba para trabajar varios días.
—¡Desgraciado! —exclamé—. ¡Desgraciado! ¿Qué demonio ha puesto en tu vida su mano maléfica?
—¡Oh —dijo el profesor—, la mano y el brazo que lo llevan sólo pertenecen a él...! ¡Ja... ja! Él mismo ha sido su propio demonio, su propio Lucifer, que ha encendido en su corazón el fuego fatal. Por lo menos eso me parece deducir de la historia de su vida.
Supliqué al profesor que me dijese todo cuanto supiera acerca de la vida del infeliz pintor.
—Esto sería muy largo de contar y se necesitaría mucho ánimo —repuso el profesor—. ¡No turbemos este hermoso día con asuntos tan sombríos! Vámonos a desayunar, y luego nos iremos al molino, donde nos espera una buena comida.
Sin embargo, no cesé de importunarle y, después de muchos ruegos, me dijo que Bertoldo, tras su llegada al colegio, había trabado gran amistad con un joven estudiante, a quien había confiado todos los acontecimientos de su vida, y que el joven había escrito todo cuidadosamente, entregando después el manuscrito al profesor.
—¡No es un joven entusiasta como vos, caballero! Perdonad, pero la redacción de la historia sorprendente de Bertoldo ha sido en el fondo para él un excelente ejercicio de estilo.
Con gran trabajo obtuve la promesa del profesor de que aquella misma noche, a nuestro regreso, me entregaría el manuscrito. Ya sea por efecto de mi curiosidad no satisfecha, ya fuera por culpa del propio profesor, lo cierto es que jamás me aburrí tanto como aquel día. La frialdad de éste, respecto a Bertoldo, me hacía un efecto fatal; luego, sus conversaciones con los colegas que participaban en la comida me convencieron de que, a pesar de su ciencia y espíritu mundano, carecía de espíritu para lo más elevado; era el materialista más craso que darse puede. Había realmente adoptado el sistema de comer o ser comido, tal como Bertoldo me lo había explicado. Los elevados esfuerzos de la inteligencia, de la imaginación y del talento, todo lo hacía depender de ciertas predisposiciones del estómago y entrañas, y decía acerca de esto mil absurdos. Por ejemplo, afirmaba muy seriamente que cada pensamiento era el resultado de dos filamentos unidos en el cerebro. Entonces, comprendí hasta qué punto, con semejantes locuras, debía de aborrecer al pobre Bertoldo, ya que repudiaba con desesperada ironía toda influencia de lo alto, y ahondaba con puñal acerado en una herida aún sangrante.

Por fin, al llegar la noche, el profesor me entregó un montón de papeles, diciéndome:
—Ved aquí, mi querido entusiasta, la obra de nuestro estudiante. No está mal escrita, pero no sé por qué el autor introduce sin ningún miramiento los discursos del pintor en primera persona. Os regalo el manuscrito, cuya propiedad me concedió el destino, porque creo que no estoy tratando con ningún literato. Un escritor de cuadros fantásticos, a la manera de Callot, lo hubiera pronto incluido en su género frenético, imprimiéndolo a toda prisa, lo que no debo temer por parte vuestra.
El profesor Aloysius Walter ignoraba que tenía ante sí lo que él temía: un viajero entusiasta de ese género, aunque le hubiera sido fácil averiguarlo. Así es, amado lector, que ahora te puedo comunicar la breve relación del estudiante de los jesuitas, referente al pintor Bertoldo.
La conducta del desgraciado artista se encuentra en él perfectamente explicada, y verás, ¡oh lector!, a qué crueles y deplorables errores nos puede arrojar el sorprendente juego del destino.
«—¡Dejad que vuestro hijo vaya a Italia! Ya es un hábil artista; aquí, en D., tiene todas las facilidades necesarias para estudiar su arte, según los originales más perfectos de toda clase, pero no debe quedarse en nuestro país. Que siga la libre existencia del artista en el risueño país del arte; sus estudios le darán mayor vida y le inspirarán ideas propias. No le basta el copiar. El ardor del sol es necesario al joven arbusto para hacer crecer sus hojas y madurar sus frutos. Vuestro hijo tiene un verdadero sentimiento de artista, así que no debéis preocuparos.
»Así habló el viejo pintor Esteban Birkner a los padres de Bertoldo. Éstos vendieron cuanto tenían en la casa, de que podían pasarse, y arreglaron las cosas para el lejano viaje del joven, y de este modo Bertoldo vio realizarse el más ardiente deseo suyo: ir a Italia.
»—Cuando Birkner me anunció la resolución de mis padres, salté de alegría y de sorpresa... Hasta el día de mi partida no hice sino pasearme como en sueños. Me era imposible coger un pincel y pintar en el Museo. Fue preciso que el inspector y todos los pintores que habían estado en Italia contestasen a mis preguntas acerca de aquel país donde florece el arte. Por fin llegó el día y la hora. Fue muy dolorosa la despedida de mis padres, que tenían el triste presentimiento de que no volverían a verme, y no querían dejarme marchar. A mi propio padre, hombre firme y decidido, le costaba trabajo mantener la serenidad. "¡Italia, Italia! ¡Vas a verla!", exclamaban con entusiasmo mis compañeros. El ardor de mis deseos creció entonces con la emoción profunda que me agitaba y partí precipitadamente. Ya lejos de la casa paterna me pareció que emprendía la carrera de artista.

Bertoldo, aunque ejercitado en todos los géneros de la pintura, se había dedicado con preferencia al paisaje, que pintaba con gran entusiasmo. En Roma esperaba hallar grandes recursos para practicar esta rama del arte, pero no fue así. En medio del círculo de artistas y de aficionados en que se encontraba, oía todo el día repetir que la pintura de historia era la cumbre del arte y que todo lo demás le estaba supeditado. Le aconsejaban que, si quería ser un pintor de fama, abandonase su especialidad para dedicarse a aquella otra más alta, a lo que se unía la impresión, jamás experimentada hasta entonces, que recibió de los magníficos frescos de Rafael en el Vaticano, con lo cual decidió abandonar el paisaje. Dibujó al estilo de Rafael y copió otros pequeños cuadros al óleo de otros maestros famosos, y, merced a su mucha práctica, le fue muy bien en este nuevo trabajo, aunque se daba cuenta perfectamente de que la aprobación general de los artistas y los conocedores no eran sino lisonjas para animarle. Él mismo comprendía que sus dibujos y copias estaban faltos de esa vida que animaba los originales. Inspirado por las celestiales creaciones de Rafael y de Corregio, se creía llamado a crear como ellos, pero en cuanto trataba de fijar sus fantasías, veíalas desaparecer como entre una niebla, y todo lo que quería ejecutar de invención estaba completamente falto de expresión y carácter, como todo producto de una concepción oscura e incompleta.

Esta lucha penosa y estos esfuerzos sin resultados llenaron el alma de Bertoldo de una negra melancolía, y más de una vez le alejaba de sus amigos, para vagar solo por los alrededores de Roma y pintar grupos de árboles y trozos de paisaje. Pero tampoco lograba esto con la misma facilidad de antes, de tal modo que llegó a dudar de su verdadera vocación. Sus mejores esperanzas parecía que iban a desvanecerse.
—¡Ah!, mi buen maestro y amigo —escribió Bertoldo a Birkner—, Me creísteis capaz de hacer algo grande, pero aquí, ahora que he visto claro en mi alma, comprendo que lo que tú llamabas genio de artista sólo era talento y agilidad de mano. Dile a mis padres que pronto volveré para aprender un oficio con el que pueda vivir en lo sucesivo, etc.
Birkner le contestó:
—¡Oh, si yo pudiera estar junto a ti, hijo mío, para sostenerte en tu triste estado. Pero, créeme, tus dudas hablan aún en tu favor y son la mejor prueba de tu verdadera vocación. Aquel que lleno de una confianza inalterable en sus fuerzas se imagina hacer diariamente progresos es un loco ciego que se engaña a sí mismo, pues le falta el verdadero impulso para luchar, que nace del pensamiento de la propia inferioridad. ¡Anímate! Pronto te fortificarás y estarás satisfecho de tus obras, no según el juicio y aprecio de tus colegas, que quizá no son capaces de estimularte, anquilosados como están, mientras que tú seguirás tu propio camino conforme a tu talento. Tú mismo eres quien ha de decidir si vas a ser pintor histórico o paisajista y no volverás a pensar más en un indigno desmembramiento de las ramas de un mismo tronco.

Sucedió que precisamente por la época en que Bertoldo recibía la respuesta consoladora de su antiguo maestro, se extendía la fama en Roma de Felipe Hackert. La gracia maravillosa y la perfección de algunas de sus obras, que se hallaban en las exposiciones, confirmaban todos los elogios de que era objeto y hasta los mismos pintores de historia reconocían, en aquella pura imitación de la Naturaleza, que había mucha grandeza y perfección. Bertoldo cobró ánimo... ya no oía despreciar la especialidad del arte que a él le gustaba más, pues veía que un pintor que la ejercía era honrado y elogiado. Súbitamente, como un relámpago, tuvo la idea de que debía marchar a Nápoles y estudiar con Hackert. Lleno de alegría escribió a Birkner y a sus padres, diciéndoles que después de penosos esfuerzos había encontrado el camino verdadero, y que pronto esperaba adquirir renombre en su especialidad.

El noble alemán Hackert recibió muy amistosamente al discípulo, su paisano, que no tardó en rivalizar con el mismo maestro. Bertoldo se distinguía por reproducir fielmente de la naturaleza toda especie de árboles y arbustos; asimismo representaba no menos bien los efectos de la niebla y los cielos vaporosos, tal y como aparecían en los paisajes de Hackert. Esto le valió muchos elogios, pero con frecuencia, a la vista de sus cuadros y hasta de los cuadros de su maestro, sentía una sensación extraña, como si les faltase algo que no sabía definir, pero que había en los paisajes de Claude Lorraine y hasta en los salvajes desiertos de Salvatore Rosa. Mil dudas se suscitaban en él acerca del genio de Hackert, sintiéndose muy disgustado después de haberle visto un día con cuánto empeño pintaba unas fieras muertas que el Rey le había enviado. Sin embargo, logró sobreponerse a estas penosas ideas que le parecían criminales, y continuó trabajando, con constancia alemana, conforme a los modelos de su maestro, de tal modo que en poco tiempo casi llegó a ser su igual.

Sucedió pues, que, por instigación de Hackert, tuvo que permitir que se expusiese al público un gran paisaje que había copiado de la Naturaleza, junto a los cuadros de paisajes y naturalezas muertas de aquél, su maestro. Todos los pintores y aficionados admiraron sinceramente la ejecución franca y esmerada de su obra y elogiaron a Bertoldo. Sólo un hombre de avanzada edad, vestido de manera original, no decía palabra ante los cuadros de Hackert, limitándose a sonreír de un modo significativo en medio de los aplausos y elogios de la multitud. Bertoldo vio claramente cómo el desconocido se detenía ante su paisaje, sacudía la cabeza con aire de profundo pesar y luego se alejaba lentamente. El joven pintor, un tanto engreído por los elogios unánimes que había obtenido, no pudo menos que sentir un secreto despecho hacia el desconocido, y, acercándose a él, le dijo con acento mordaz, recalcando sus palabras:

—Parece, señor, que no os ha gustado mi cuadro, aunque muchos artistas y conocedores no le han encontrado del todo mal. Os ruego tengáis la bondad de decirme qué es lo que os desagrada para corregir las faltas y, siguiendo vuestros consejos, poder mejorar.
El desconocido miró de una manera penetrante a Bertoldo y dijo con seriedad:
—¡Joven, de ti podría esperarse mucho!
Bertoldo sintió un gran terror ante la mirada y las palabras de aquel hombre; pero no tuvo valor para preguntar más ni para seguirle cuando salió de la sala. Hackert en persona entró poco después y Bertoldo apresuróse a contarle lo que le había sucedido con aquel extraño personaje.
—¡Ah! —exclamó el maestro sonriendo—; no lo tomes en serio. Es un viejo gruñón que no halla nada a su gusto y todo lo censura. Ya le encontré en la antesala. Ha nacido en Malta de padres griegos, es un sujeto rico y extravagante, no mal pintor, pero todo lo que pinta tiene un aspecto tan fantástico que hay que explicar sus absurdas ideas y locas opiniones acerca del arte y el sistema artístico que ha adoptado y que ni el diablo usaría.

Sin embargo, aunque Bertoldo sabía dentro de sí que el maltés había puesto el dedo en la secreta herida de su alma, como el cirujano que la sondea para curarla, pronto olvidó esta circunstancia y se puso a trabajar alegremente, como antes. El éxito y el triunfo de su primer cuadro le dieron fuerza para ejecutar otro cuadro que hiciera la pareja; el mismo Hackert escogió en los alrededores de Nápoles el sitio más bello, y como el primer paisaje representaba la puesta del sol, decidieron que éste representase el sol naciente. Bertoldo comenzó a pintar muchos y diversos árboles, muchos viñedos y preferentemente niebla y neblinas. Una mañana, cuando estaba Bertoldo sentado en una gruesa piedra, en el lugar mismo escogido por Hackert, y acababa de perfilar el gran cuadro, conforme a la Naturaleza, oyó que decían detrás de él:

—¡Muy exacto, en verdad!
Bertoldo alzó la vista y el maltés, con la suya fija en su lienzo, continuó diciendo con sonrisa sarcástica:
—Sólo habéis olvidado una cosa, amigo mío. ¡Mirad allá abajo, la pared cubierta de aquella vid en el último plano! La puerta está entreabierta; sería preciso procurar demostrar esto por medio de una sombra. La puerta entreabierta produce un efecto prodigioso...
—Hacéis muy mal en burlaros —contestó Bertoldo—. Semejantes menudencias no son tan de despreciar como pensáis, y por eso mi maestro se complace en reproducirlas en sus cuadros. Acordaos del lienzo blanco extendido en el paisaje de aquel antiguo pintor flamenco, y sin el cual no hubiera producido ningún efecto el cuadro. Pero ya veo que no sois amigo de la pintura de paisaje, a la que me he dedicado en cuerpo y alma, así que os suplico que me dejéis acabar tranquilamente mi obra.
—¡Grande es tu error, joven! —repuso el maltés—. De nuevo te repito que hubieras podido ser un gran artista, porque tus obras manifiestan visiblemente la tendencia a lo ideal, que nunca alcanzarás de seguir ese camino equivocado. ¡Fíjate bien en lo que voy a decirte! Quizá logre encender la llama que duerme en tu interior y que tú con tu ignorancia te obstinas en apagar; entonces a su luz viva podrás ver tu verdadero genio. ¿Me crees tan loco para subordinar el paisaje a la pintura histórica? ¿Crees que no conozco el objetivo único al que se dirigen tanto el paisajista como el pintor histórico? Es tomar de la Naturaleza la manifestación más brillante que revela a todos los seres animados el presentimiento de lo infinito; éste es el sagrado fin del arte. La servil y material imitación de la Naturaleza, ¿puede jamás conducirte a esto?... Qué pobre, qué dura y servil resulta una inscripción en una lengua extraña, cuando el copista no la entiende, y sólo ha reproducido penosamente aquellos caracteres cuyo significado no puede penetrar. Así los paisajes de tu maestro no son más que copias correctas de un original escrito en una lengua extraña. El iniciado percibe la voz de la Naturaleza que se manifiesta en los maravillosos ruidos de los árboles, de los arbustos, de las flores, de los montes, de las aguas y que despiertan en su pecho emociones religiosas y sencillas. Entonces es cuando el espíritu de Dios insufla en su obra sus dones. ¡Joven!, ¿acaso no has experimentado una sensación extraña cuando contemplabas los paisajes de los antiguos maestros? Seguramente en su presencia ya no sólo piensas si las hojas del tejo, del pino o del plátano están pintadas conforme a la Naturaleza, si el agua es más transparente y el cielo más vaporoso, sino que el espíritu que brota del conjunto te eleva a una región ideal donde crees ver una resplandeciente belleza. Así pues, trabaja y esfuérzate en estudiar la Naturaleza, en todo lo que tiene de mecánico, pero no tomes a la técnica por el mismo arte. Únicamente cuando hayas penetrado en el profundo sentido de la Naturaleza verás en tu interior hermosas imágenes en toda su espléndida belleza.

Calló el maltés, y, mientras Bertoldo, profundamente conmovido, permanecía inmóvil con la cabeza baja, incapaz de articular palabra, se alejó tras estas últimas explicaciones:
—Jamás he tenido el propósito de apartarte de tu vocación, pero sé que un genio reposa en tu interior, y he querido despertarle con enérgicas palabras para que libremente agite sus alas. ¡Adiós!
Parecíale a Bertoldo que el maltés no había hecho sino repetir con palabras lo que hervía en su corazón, y la voz de la conciencia se dejó oír libremente: «¡No! ¡Todos mis esfuerzos, todos mis sufrimientos han sido los pasos engañosos e inciertos de un ciego! ¡Basta ya de todo cuanto me ha deslumbrado!». Ya no le fue posible añadir una sola línea a su dibujo. Abandonó a su maestro y se le vio vagar a la ventura poseído de una salvaje inquietud, suplicando en voz alta que le fuese concedida aquella inteligencia superior de la que había hablado el maltés.

¡Sólo en sueños era feliz... muy feliz! En ellos era cierto lo que había dicho aquél. Encontrándome tumbado en una verde floresta, respiraba balsámicos aromas y percibía las voces de la Naturaleza que resonaban melódicamente a través del oscuro bosque y decían: '¡Escucha... escucha, joven consagrado! Oye los acentos primitivos de la creación que toman forma para que puedan percibirlos tus sentidos...'. Y conforme oía resonar, cada vez con más claridad, esas voces, me pareció como si naciese en mí un sentido nuevo, gracias al cual comprendía claramente todo lo que hasta entonces me había parecido indescifrable. Como si fueran extraños jeroglíficos, veía dibujarse en el aire los oscuros misterios con rasgos flamígeros; pero este escrito jeroglífico era un extraño paisaje, en el que se agitaban árboles, arbustos, flores, montes y aguas en armonías resonantes.

Mas toda esta felicidad no la sentía el pobre Bertoldo sino en sueños, y luego permanecía aniquilado y deshecho, como cuando en Roma intentó ser pintor de historia. Si se internaba en el bosque sombrío, apoderábase de él tal terror que, cuando salía y contemplaba las montañas lejanas, sentía su pecho como despedazado por heladas garras; su respiración se detenía y era como si fuera a sucumbir de angustia. Toda la naturaleza, que antes le sonreía tan amigablemente, le parecía ahora un monstruo amenazador, y hasta las voces que oía en el murmullo del viento del atardecer, en el rumor de los arroyos y en el batir de las frondas y los arbustos, que le saludaban con dulces palabras, le parecían ahora amenazadoras y terribles. Finalmente, la benéfica influencia de los deliciosos sueños fue tranquilizándole, aunque ya evitó pasear solo por el campo y, trabando amistad con dos pintores alemanes de carácter alegre, hizo frecuentes excursiones a los más hermosos lugares de las inmediaciones de Nápoles.

Uno de aquellos pintores, a quien llamaremos Florentino, se preocupaba menos de seguir los profundos estudios que exigía su arte que de gozar alegremente de la vida, y así lo mostraba su carpeta, en la que se veían grupos de muchachas campesinas bailando, procesiones y fiestas campestres. Florentino sabía reproducir todo esto con mano ligera y segura. En todos sus dibujos, aunque fueran sencillos, había vida y movimiento. Añádase a esto que Florentino no era insensible a lo ideal; al contrario, penetraba más hondo que sus compañeros en el sentido simbólico de las antiguas obras maestras. Había dibujado en su álbum los frescos de una iglesia de Roma, antes de que los muros fuesen demolidos. Representaban el martirio de Santa Catalina. Nada mejor acabado y mejor delineado que aquellos dibujos, que produjeron en Bertoldo una gran impresión. Vio las densas nieblas que le rodeaban iluminarse de repente, y de pronto también comprendió la manera de ver de Florentino, pues éste, aunque muy sensible al encanto de la Naturaleza, tendía principalmente a reproducirla en toda su animación, reconociendo este principio del movimiento como el punto de apoyo en el que debía mantenerse para no desvanecerse en el espacio vacío de lo inanimado.

Mientras Florentino dibujaba con mano veloz los grupos que encontraba, Bertoldo hojeaba el álbum de su amigo y trataba de copiar la maravillosa figura de Santa Catalina, lo que logró bastante bien, aunque hizo vanos esfuerzos, como en Roma, para dar a sus dibujos la vida y animación del original. Quejóse de todo esto a Florentino, a quien creía superior en genialidad artística, y le contó lo que el maltés le había dicho acerca del arte.
—¡Ay!, amigo Bertoldo —dijo Florentino—, en realidad el maltés tenía razón, y creo que un hermoso paisaje está a la misma altura de las historias sagradas que los antiguos pintores han representado. Pero creo también que lo mejor es hacer familiares los tipos de la naturaleza viviente, que nos son más fáciles de comprender, para iluminarnos en el reino de la noche. Te aconsejo, Bertoldo, que te acostumbres a dibujar figuras para ordenar tus ideas, y todo lo verás más claro.

Bertoldo hizo lo que le había dicho su amigo y tuvo la sensación de que se disipaban las tinieblas que se cernían sobre su vida. Hacía penosos esfuerzos para ver lo que sucedía en mi interior, pero era como un jeroglífico y los trazos de este jeroglífico tenían la forma de figuras humanas, que aparecían extrañamente entrelazadas para converger en un foco luminoso. Aquel centro de luz era la figura más prodigiosa que jamás había imaginado la fantasía de un pintor; pero en vano me consumía para fijar sus rasgos cuando se me aparecía en sueños, rodeada de rayos celestiales. Todo esfuerzo que hacía para representarla fracasaba, y yo me consumía de ardiente deseo. Florentino, dándose cuenta del estado enfermizo en que se encontraba su amigo, le consolaba todo lo mejor que podía. Con frecuencia le decía que estaba a punto de llegar el instante en que brotase la luz; pero Bertoldo continuaba vagando como si fuera un soñador, y todos sus intentos parecían los vagos esfuerzos de un débil niño.

No lejos de Nápoles hallábase la villa de un duque, desde la cual se gozaba de la magnífica perspectiva del mar y del Vesubio, por lo que permanecía abierta a disposición de los artistas que pintaban paisajes. Bertoldo había ido allí muchas veces a trabajar y con frecuencia se detenía en una gruta del parque, entregado al juego fantástico de su fantasía. Un día que estaba sentado en aquel lugar, desgarrado su pecho por el intenso deseo que le consumía, derramando ardientes lágrimas y pidiendo al Cielo que una estrella le iluminase su oscuro camino, oyó un rumor entre el ramaje y apareció ante su vista, a la entrada de la gruta, una mujer de belleza extraordinaria.

Los rayos del sol iluminaban su rostro celestial. Me miró con una mirada indescriptible... Era Santa Catalina... no, más que ella... era mi ideal, ¡mi ideal! ¡Loco y extático caí de rodillas, y la figura desapareció, sonriéndome plácidamente! Florentino entró en la gruta y con sorpresa vio que Bertoldo salía al encuentro y le estrechó contra su corazón. Derramaban sus ojos abundantes lágrimas y balbució:
—¡Amigo... amigo mío! ¡Soy feliz, feliz! ¡La he encontrado... la he encontrado!

Encaminóse al taller presuroso e instaló el lienzo y comenzó a pintar. Como animado por una fuerza divina dio vida intensa a la sobrenatural mujer, tal como se le había aparecido. Desde aquel momento todo cambió en su interior. En lugar de aquella tristeza, que le había consumido, recuperó la alegría y el bienestar. Volvió a estudiar con aplicación y energía las obras de los antiguos maestros. Terminó muchas copias a la perfección y en seguida comenzó a pintar cuadros de su invención, que llenaron de asombro a los buenos conocedores. Ya no volvió a pensar más en paisajes, y el mismo Hackert confesó que el joven había encontrado su camino. Sucedió entonces que se le encargó que pintase muchos retablos para las iglesias y otras importantes obras. Lo que con mayor frecuencia escogía eran asuntos graciosos de las leyendas cristianas, pero sobre todo trataba de reproducir la maravillosa figura de su ideal. Viose que ésta era semejante en su semblante y en su figura a la princesa Angela T., y empezaron a suponer que el joven pintor estaba enamorado de la mirada de fuego de la hermosa mujer. Bertoldo se enojaba al oír los necios comentarios de las gentes que se obstinaban en rebajar lo celeste al nivel de lo terreno.

—Pero ¿podéis suponer —les decía— que en la tierra se encuentre un ser semejante? Yo la he visto en una aparición, en una visión maravillosa que tuve; fue un momento de inspiración artística.
Bertoldo vivía feliz y satisfecho hasta que las victorias de Bonaparte en Italia condujeron al ejército francés a las puertas de Nápoles y, cuando la revolución destructora estalló, todas las cosas cambiaron. El rey y la reina habían salido de Nápoles y la ciudad fue entregada, pues el vicario general concluyó con el general francés una capitulación vergonzosa, y pronto se vio llegar a los comisarios franceses para cobrar la suma estipulada como contribución de guerra. El vicario general apresuróse a huir del furor del pueblo que le acusaba de traición por haber entregado a sus enemigos la ciudad, que le había sido confiada. Aflojáronse todos los lazos y en la más salvaje anarquía el pueblo vituperó el orden y la ley. Al grito de ¡Viva la Santa Fede!, pandillas de asesinos iban a atacar las casas de los patricios, que imaginaban haberse vendido al enemigo, saqueándolas e incendiándolas. Fueron vanos los esfuerzos de Moliterno y Rocca Romana, que gozaban del afecto del pueblo, para detener los excesos de los más furiosos. Los duques della Torre y Clemente Filomarino fueron asesinados, pero esto no bastó para calmar la sed de sangre de la plebe furiosa.

Bertoldo había escapado a medio vestir de su casa incendiada y por el camino topó con un tropel numeroso de gente que se dirigía con antorchas encendidas y brillantes cuchillos al palacio del conde de T. Tomándole por uno de los suyos, aquellos seres enloquecidos le arrastraron, mientras gritaban: ¡Viva la Santa Fede! Un momento después el conde, sus criados y todos los que habían intentado oponer resistencia yacían asesinados, mientras el palacio era presa de las llamas. Bertoldo había sido arrastrado, siempre hacia delante; un denso humo invadía los corredores... trató de huir atravesando aposentos diferentes sin hallar una salida. De pronto, un penetrante grito de angustia llegó a sus oídos. Se precipitó en la sala y vio a una mujer luchando con un lazzarone, que se había apoderado de ella y se disponía a apuñalarla en el pecho. ¡Era la princesa... el ideal de Bertoldo! Inmóvil de terror Bertoldo, de pronto se lanzó contra e lazzarone, le asió por el cuello y le derribó al suelo, donde le clavó su propio puñal. Con la princesa en brazos, atravesó huyendo la sala en llamas, bajó las escaleras, corrió a través de la espesa multitud... ¡y todo en un instante! Nadie se ocupó en detener a Bertoldo, que corría con el puñal ensangrentado en la mano, ennegrecido el rostro por el humo, con los vestidos rotos, pues le tomaban por un asesino y un saqueador y le dejaban que se llevase su botín. A llegar a un lugar desierto de la ciudad, bajo unas antiguas ruinas donde instintivamente corrió a buscar refugio, Bertoldo cayó sin sentido. Cuando volvió en sí, la princesa estaba arrodillada a su lado, lavándole la frente con agua fresca.

—¡Oh, gracias! —decía ella—. ¡Gracias a Dios que te vuelve a la vida, tú, mi salvador, mi todo!
Bertoldo, incorporándose, creía soñar; miró fijamente a la princesa... Sí, era ella, la misma; aquella maravillosa figura celestial que había encendido la chispa divina en su pecho.
—¿Es posible? ¿Es cierto? ¿Estoy vivo? —exclamó.
—Sí, vives —dijo la princesa—, vives para mí; lo que no te atreviste a esperar, sucede ahora gracias a un milagro. ¡Oh! te conozco muy bien, eres el pintor alemán Bertoldo. Siempre me has amado y me has reproducido magníficamente en tus hermosos cuadros... ¿Cómo hubiera podido entonces ser tuya? Pero ahora lo seré para siempre. ¡Huyamos, huyamos!

Una sensación extraña se apoderó de Bertoldo al oír las palabras de la princesa, como si un repentino dolor aniquilara sus más dulces sueños. Pero cuando la maravillosa mujer le estrechó con sus brazos, blancos como la nieve, y le atrajo apasionadamente contra su corazón, entonces, sobrecogido de un estremecimiento de felicidad desconocida, y loco de placer, exclamó:
—¡Ah, no es una ilusión, no! ¡Es mi esposa a quien abrazo, y ya nunca me separaré de ella, que viene a colmar los ardientes deseos de mi corazón!
Era imposible salir de la ciudad pues el ejército francés la rodeaba. El pueblo, apenas armado y sin ningún jefe, la defendió sin embargo durante dos días enteros. Bertoldo, yendo de escondrijo en escondrijo con Ángela, logró al fin huir de la ciudad. La princesa, movida del amor más ardiente hacia su salvador, no vacilaba en dejar Italia. Así su familia la daría por muerta y ella permanecería con Bertoldo. Un collar de brillantes y algunos anillos costosos que llevaba les proporcionaron lo más necesario en Roma, adonde habían ido peregrinando, y desde allí pudieron llegar felizmente a M. en la Alemania del Sur, donde Bertoldo pensaba establecerse y vivir de su arte. ¿No era para él una inaudita e inimaginable felicidad verse esposo de Ángela, aquella celestial mujer, el ideal de sus sueños de artista, después de que tantas circunstancias de la vida parecían oponerse como un muro siempre inseparable entre él y su amada? Bertoldo apenas podía resistir tanta felicidad y permanecía inmerso en aquella delicia amorosa, hasta que al fin una voz secreta, pero muy imperiosa, le recordó que debía volver a pensar en su arte. En M. resolvió cobrar fama pintando un gran cuadro, que destinaba a la iglesia de Santa María de aquel lugar.

Concibió un plan muy sencillo: la Virgen y Santa Isabel, sentadas sobre la hierba en un bello jardín; el Niño Jesús y San Juan, jugando delante de ellos. Esto era el cuadro. Pero en vano trató de lograr una impresión espiritual del conjunto. Igual que en aquella época desdichada de sus crisis, se le desvanecían las figuras, y, en vez de la Virgen divina, sólo veía a Ángela desfigurada de un modo horrible. Esperaba, sin embargo, triunfar del siniestro poder que le tenía encadenado. Preparó los colores y comenzó a pintar, pero había perdido las fuerzas y todos sus ensayos fueron inútiles; parecía un niño incapaz, impotente. Todo lo que pintaba era frío e inanimado, incluso la misma Ángela... Ángela, su ideal, parecía en el lienzo una figura de cera, lúgubre, que le miraba tristemente con ojos de vidrio. Entonces sintió que una negra melancolía se apoderaba de él y le robaba el gozo de la vida. No podía, no quería seguir trabajando, así es que pronto cayó en la miseria más completa, que le humillaba aún más, porque Ángela no dejaba oír una sola palabra de queja.

Esta impotencia funesta me llenaba de rabia y llegó a ponerme en un estado próximo a la locura. Mi esposa me dio un hijo, que acabó por aumentar la desventura en que estaba, y toda la escondida furia que había en mi interior se manifestó entonces con la violencia de un odio feroz. ¡Ella, sólo ella era la causa de mi desgracia! ¡No, no era el ideal que se me había aparecido! Ángela se me apareció, para perderme para siempre, con el semblante y la figura de aquella mujer celestial. En mi salvaje desesperación la maldije y también al inocente niño. Les deseé la muerte para verme libre del tormento que me afligía, y que atravesaba mi pecho como cuchillos ardientes. Pensamientos infernales se apoderaron de mí. En vano leí en el semblante pálido de Ángela, en sus lágrimas, el espanto que le producía mi conducta criminal. 'Has destrozado mi vida, mujer maldita', exclamé con rabia, derribándola al suelo con el pie, donde quedó medio desmayada abrazando mis rodillas.

La conducta cruel y frenética de Bertoldo, respecto a su mujer y su hijo, llamó la atención de los vecinos, que le denunciaron a la autoridad. Quisieron prenderle, pero cuando los agentes de policía se presentaron en su domicilio, había desaparecido con su mujer y el niño. Volvió a ser visto en N., en la Alta Silesia; ya no llevaba consigo a la mujer y al hijo, y entonces comenzó a pintar lleno de entusiasmo el cuadro que no había podido terminar en M. Pero sólo pudo concluir el rostro de la Virgen María y del Niño Jesús, pues se vio atacado de una enfermedad que le puso al borde de la muerte. Para sufragar sus necesidades se vendieron todos los efectos y hasta aquel cuadro empezado. Apenas se sintió con algunas fuerzas se fue solo, como un mendigo enfermo y despojado de todo. Y así es como continúa viviendo, alimentándose miserablemente por medio de la pintura de paredes que le encargan aquí y allá.

—Esa historia de Bertoldo es algo espantosa y horrible —le dije al profesor, y, aunque sea aventurado afirmarlo, creo que es el vil asesino de su mujer y de su hijo.
—Es un loco y un pobre diablo —repuso el profesor—, pero no le creo capaz de una acción semejante. Jamás se ha aclarado nada acerca de este punto, y aún es cuestión de saber si él mismo cree ser el autor de la muerte de su esposa y de su hijo; ahora está pintando imitaciones de mármol, la próxima noche terminará el altar; entonces quizá sea una buena ocasión para que le preguntéis algo acerca de este punto delicado.

Confesaré con franqueza que la idea de volver a hallarme a solas en la iglesia con Bertoldo y a medianoche, ahora que sabía su historia, hizo que un estremecimiento recorriese todos mis miembros. Pensé que podía tener relación con el diablo, y que, no obstante su amabilidad y buen carácter, era preferible que hablase con él a la luz del sol. Le hallé subido a su gran andamio, con aspecto sombrío y trazando en la pared vetas para imitar el mármol. Subí junto a él y en silencio le alargué los botes de color. Asombrado se volvió hacia mí y entonces le dije:

—Soy vuestro aprendiz.
Por lo que se sonrió. Entonces empecé a hablarle de su vida, de forma que notase que estaba enterado de todo, aunque vi que él mismo creía haberme contado su historia la noche última. Poco a poco llegué a la horrible catástrofe, y entonces le dije de repente:
—¿Fue en un ataque de locura furiosa cuando matasteis a vuestra mujer y a vuestro hijo?
Al oír estas palabras dejó caer el pincel y el bote y gritó, fijando en mí una mirada horrible y con las manos levantadas al aire:
—¡Estas manos están limpias de la sangre de mi mujer y de mi hijo! ¡Una palabra más y me tiro con vos desde aquí arriba, para que nuestros cráneos se estrellen contra las losas de la iglesia!
En aquel instante me encontré en una situación extraña, tuve la sensación de estar ante algo desconocido.
—¡Ah, mirad, amigo Bertoldo —le dije con toda la sangre fría y tranquilidad de que fui capaz—, cómo está corriéndose ese amarillo ocre pared abajo!

Volvió la cabeza y, mientras recogía el color con un grueso pincel, descendí a escondidas del andamio, abandoné la iglesia y me dirigí a la casa del profesor, que se burló de mi indiscreta curiosidad. Como mi coche ya estaba reparado, abandoné G. no sin que Aloysius Walter me prometiese seriamente hacerme saber todo lo que le sucediese desde ahora en adelante al pintor Bertoldo. Debía de haber pasado ya medio año cuando recibí una carta de aquél, en la que se extendía sobre su satisfacción acerca de nuestro encuentro en G. Con respecto a Bertoldo me informaba de lo siguiente: «Poco después de vuestra marcha, nuestro original artista se mostró más extraño que nunca. De pronto se apoderó de él una gran alegría y terminó con prodigiosa habilidad el gran cuadro del altar que llena de admiración a todos los que lo contemplan. Luego desapareció, y, como no se había llevado nada consigo y algunos días después se hallase su sombrero y su bastón a orillas del río O., todos creemos que murió de muerte voluntaria.

E.T.A. Hoffmann (1776-1822)



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El resumen del cuento de E.T.A. Hoffmann: La iglesia de los jesuitas de G. (Die jesuiterkirche in G) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com