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«El Sanctus»: E.T.A. Hoffmann; relato y análisis


«El Sanctus»: E.T.A. Hoffmann; relato y análisis.




El Sanctus (Das Sanctus) es un relato de terror del escritor alemán E.T.A. Hoffmann (1776-1822), publicado en la antología de 1817: Piezas nocturnas (Nachtstücke).

El Sanctus, uno de los mejores cuentos de terror de E.T.A. Hoffmann, utiliza la figura del Sanctus, una parte de la misa católica, como matriz de la historia. No es esta la primera vez que E.T.A. Hoffmann utiliza a la música, y específicamente la liturgia, como factor determinante en sus relatos.

Más allá de esto, El Sanctus preserva la típica estructura de los relatos de E.T.A. Hoffmann: una acabada descripción de las motivaciones psicológicas de sus personajes, la entrada discreta, casi tímida, de lo sobrenatural, la inminencia del pasado que se precipita sobre los sucesos presentes, y la conclusión: brillante, y que deja un amplio espacio para la interpretación del lector.




El Sanctus.
Das Sanctus; E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

El doctor meneó la cabeza, pensativo.

—¿Cómo? —exclamó el director de orquesta, levantándose de la silla— ¿Cómo? ¿Entonces, el catarro de Bettina puede tener consecuencias?

El doctor golpeó el suelo con su bastoncito, y mirando fijo hacia lo alto, como si contase los rosetones del techo, carraspeó sin decir palabra. Esto sacó de sus casillas al director de orquesta, pues sabía que estos gestos del doctor no significaban otra cosa más que: Un caso difícil... no sé qué hacer ni cómo salir del paso, no hago más que dar vueltas, como aquel doctor del Gil Blas de Santillana.

—Bueno, diga Ud. algo —exclamó furioso el director de orquesta—, díganos que no es más que una simple ronquera que Bettina ha cogido a causa de la imprudencia de no ponerse el chal cuando salió de la iglesia, y que no le costará la vida a la pequeña.

—En absoluto —dijo el doctor, estornudando esta vez—; pero, y parece que ya no podrá cantar en toda su vida una sola nota.

Al oír esto, el director de orquesta se tiró de los pelos con ambas manos, de forma que los polvos se esparcieron por el suelo, y recorrió el cuarto arriba y abajo, gritando como un loco:

—¿No cantar más? ¿Nunca más? ¿Bettina? ¿Se acabaron las magníficas canzonettas, los boleros y seguidillas; que brotaban de sus labios como el aliento perfumado de las flores? No oír nunca más los piadosos Agnus, los consoladores Benedictus. ¡Oh! ¡Oh! ¿Nunca más un Miserere que me purifique de toda la escoria terrenal, de los pensamientos que me invaden cuando estoy componiendo los más puros temas religiosos? ¡Miente, doctor, miente! ¡Satanás lo tienta para mentir! El organista de la catedral, envidioso de mi Qui tollis de ocho voces, que maravilla al mundo entero, lo ha sobornado! ¡Lo que se propones es que caiga en la más horrible desesperación y que lance al fuego la misa que acabo de componer, pero no lo logrará, y ud tampoco lo logrará! Aquí, aquí la traigo, ¡con el solo de Bettina! —dijo golpeándose el bolsillo derecho de su saco, donde crujieron los papeles—, y la pequeña, como siempre, cantará con su voz sublime, que supera a la voz de las campanas.

El director de orquesta cogió el sombrero, y ya iba a marcharse, cuando el doctor le retuvo y le dijo suavemente:

—Admiro vuestro entusiasmo, querido amigo, pero no exagero. No conozco al organista de la catedral. Y todo va a suceder como digo. Desde que Bettina canta en los oficios divinos los solos del Gloria y del Credo, ha recaído en una ronquera y en una afonía que me hace temer, siendo ineficaz toda mi ciencia, que no volverá a cantar más.

—Bien —dijo el director de orquesta con una resignada desesperación—, entonces dadle opio que le produzca una dulce muerte, pues si Bettina no vuelve a cantar más, no podrá tampoco vivir, pues únicamente vive cuando canta, sólo existe en sus cánticos. Doctor, hágame el favor de envenenarla, y cuanto antes mejor. Tengo muy buenas relaciones con el Colegio de Criminalistas, estudié con el Presidente en Halle, era uno de los mejores músicos de cuerpo, y juntos tocábamos al anochecer, acompañados de coros de perros y gatos. No le molestarán por esta muerte digna. Pero, por favor, envenénala, envenénala.

—¿Se puede tener unos cuantos años, se puede uno empolvar el pelo desde hace tiempo, y respecto a la música hablar así? No es necesario gritar de este modo, no hay necesidad de hablar con esa audacia de muerte y de asesinato, así es que siéntese tranquilo en esa silla, y escúchame con calma.

El director de orquesta hizo lo que le indicaron.

—Realmente —comenzó el doctor— en el estado en que se encuentra Bettina hay algo raro y extraño. Habla alto, con toda la fuerza de que es capaz su organismo; no hay que pensar ni remotamente en las enfermedades usuales, incluso es capaz de dar el tono musical, pero en cuanto trata de elevar la voz, parece como si algo la paralizase, como unas cosquillas, unas punzadas, que obran como una enfermedad, de tal modo que los tonos de su voz, sin ser impuros o parecer propios de un catarro, suenan débiles e incoloros. A Bettina, incluso, le parecía que estaba como en un sueño cuando se intenta volar, y no se puede alzar uno del suelo. Esta actitud enfermiza estaba fuera de los límites de mi ciencia, y eran vanos todos los medios para combatirla, pues el enemigo al que debía combatir era semejante a un duende incorpóreo, contra el que daba en vano golpes de ciego. En cierto modo tenéis razón, director, pues la existencia entera de Bettina está condicionada por el canto, ya que solamente se puede concebir cantando a esta pequeña ave de paraíso, y creo que precisamente por eso está tan agitada, porque sabe que si su canto se agota, ella morirá al mismo tiempo, todo lo cual le perjudica mucho y dificulta mis esfuerzos para curarla. Bettina es, según ella misma confiesa, de naturaleza aprensiva, y por eso estoy convencido, después de ir a la deriva como un náufrago que se agarra a una tabla, de que la enfermedad de Bettina es más psíquica que física.

—Es cierto, doctor —exclamó el entusiasta viajero, que había permanecido en silencio con los brazos cruzados, sentado en un rincón—; por una vez habéis acertado, querido doctor. El enfermizo sentimiento de Bettina es la consecuencia física de una impresión psíquica, y precisamente por eso es peor y más peligroso. ¡Yo, solamente yo, puedo explicaros todo, señores míos!

—Me gustaría saber qué es lo que voy a escuchar —dijo el director de orquesta, más quejumbroso aún que la vez anterior. El doctor acercó su silla, aproximándose al viajero entusiasta, y le miró sonriendo muy complacido. El viajero elevó su mirada, y sin mirar al doctor ni al director de orquesta, dijo:

—¡Director de orquesta! Una vez vi una pequeña mariposa atrapada entre las cuerdas de un clavicordio. La mariposa revoloteaba alegremente de un lado a otro, y con sus alitas tan pronto tocaba las cuerdas de arriba como las de abajo, y producía suaves acordes, tan suaves que ni el más fino oído hubiera podido percibirlas, de tal modo que el animalito, a fuerza de balancearse, parecía estar mecido por suaves olas. Pero, alguna vez, sucedía que una cuerda tocada más fuerte, como si estuviera enfadada, diese en las alas de la mariposa, y entonces el polvillo coloreado que adornaba sus alas se perdía. Ésta, sin prestar atención, seguía dando vueltas y vueltas, girando y cantando, hasta que las cuerdas, a fuerza de golpearla, llegaron a herirla, y entonces se desplomó inerme en el hueco que da a la caja de resonancia.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó el director de orquesta.

—¡Fiat applicatio, amigo mío! —dijo el doctor.

—Realmente, éste no es un caso en que se pueda hacer una aplicación —continuó el entusiasta—; yo quería, ya que he oído a la citada mariposa tocando en el clavicordio del director de orquesta, expresar una idea general, que se me ocurrió hace tiempo, y que me lleva a lo que voy a decir acerca del mal que padece Bettina. Podéis considerar todo como una alegoría, y dibujarlo en el álbum de alguna virtuosa de la música viajera. Siento como si la naturaleza estuviese en torno nuestro como un clavicordio, cuyas cuerdas rozásemos, creyéndonos que los acordes y los tonos los habíamos producido voluntariamente, y muchas veces, si somos heridos mortalmente, ignoramos que el tono inarmónico es el que nos ha producido la herida.

—Muy oscuro —dijo el director de orquesta.

—¡Oh! —dijo el doctor, riéndose—. Paciencia, ya está con su tema predilecto, y a todo galope, en el mundo de los presentimientos, sueños, influjos psíquicos, simpatías, idiosincrasias, etc. Hasta conducirnos al magnetismo, donde hará una parada para desayunar.

—Poco a poco, mi estimado doctor —dijo el viajero—, no menospreciéis, pues aunque os resistáis a aceptarlas, debéis considerarlas con humildad y con mucha atención. ¿No habéis dicho vosotros mismos, hace un instante, que la enfermedad de Bettina tiene origen psíquico o, mejor dicho, que es un mal psíquico?

—Bueno —dijo el doctor, interrumpiendo al viajero—. Pero, ¿qué relación tiene la infeliz mariposa con Bettina?

—Cuando se quiere hilar tan delgado —continuó el viajero— y se examina y se cuenta cada grano, el trabajo se hace aburridísimo, en verdad que es el aburrimiento mismo. ¡Dejad en paz a la mariposa y al clavicordio del director! Además, dime, director, ¿no es, acaso, una verdadera desgracia que la sacrosanta música se haya convertido en una parte integrante de nuestra conversación? ¡Los más soberbios talentos tienen que descender a la vida vulgar y menesterosa! En vez de que la música, sus tonos y sus cánticos resuenen desde una divina lejanía, semejante al reino celeste, ahora todo está a mano, y se sabe con precisión cuántas tazas de té tiene que beber una cantante o cuántos vasos de vino para poder cantar una tramontana. Naturalmente, ya sé que hay asociaciones poseídas de un verdadero espíritu musical que trabajan con auténtica pasión, pero hay otras mezquinas, pero, en fin, no quiero enfadarme. ¡El año pasado cuando vine aquí, la pobre Bettina estaba de moda. Era, según se dice, buscadísima, no se podía tomar el té sin el aditamento de una romanza española, de una canzonetta italiana o de una cancioncilla francesa: Souvent l'amour, etc. Como es natural, cantadas por Bettina. Verdaderamente yo llegué a temer que la pobrecilla se anegase en el mar de tazas de té que derramaban en torno suyo, pero la catástrofe empezó cuando...

—¿Qué catástrofe? —exclamaron el doctor y el director de orquesta.

—Considerad, señores —continuó el entusiasta—, que, en realidad, la pobre Bettina está hechizada, bajo un encantamiento, y aunque me sea muy duro reconocerlo, yo, yo mismo soy el hechicero, que ha llevado a cabo este hechizo, y lo mismo que el aprendiz de brujo no puedo deshacer el encanto.

—Tonterías, bobadas, y aquí estamos sentados con toda la calma, escuchando estas mistificaciones —exclamó el doctor, levantándose.

—Por todos los demonios, la catástrofe ¿cuál es la catástrofe? —gritó el director de orquesta.

—¡Calma, señores! —dijo el viajero—. Hay un hecho que no puedo ocultar, aunque os burléis de mi brujería, ya que ni yo mismo puedo comprender que, inconscientemente, haya servido de medio de una desconocida fuerza física para influir en Bettina. He servido de conductor como en una cadena eléctrica.

—Bueno, bueno —exclamó el doctor—, ya va a todo galope.

—¡Pero, vamos a la historia, a la historia! —dijo, entretanto, el director de orquesta.

—Dijisteis —añadió el viajero—, director, que Bettina, la última vez que perdió la voz, había cantado en la Iglesia católica. Recordaréis que esto sucedió el primer día de Pascua del año pasado. Os habíais puesto vuestro traje negro de fiesta para dirigir la hermosa Misa en do menor de Haydn. Entre las sopranos había un ramillete de graciosas jóvenes que unas veces cantaban y otras no; entre ellas se hallaba Bettina, que cantaba el solo con su maravillosa y potente voz. Ya sabéis que yo soy tenor. El Sanctus había comenzado, sentí el estremecimiento de la más profunda devoción, cuando oí un murmullo y roce de ropas. Volví la cabeza involuntariamente, y vi con asombro que Bettina se apresuraba a salir entre las filas de cantantes y de músicos, para abandonar el coro.

—¿Os vais? —le dije.

—Ya es la hora —me respondió amablemente— de que vaya a la Iglesia para acompañarles en una cantata que les he prometido, y todavía hoy al mediodía tengo que ensayar un par de duetos que tendré que cantar en el té de esta tarde en... , y luego en la cena de... ¿Vendréis? Habrá un par de coros del Mesías de Hendel y el final de las Bodas de Fígaro.

Durante esta conversación resonaron los acordes del Sanctus, y el humo del incienso se esparció en nubéculas azules por la alta bóveda de la iglesia.

—¿No sabéis —le dije— que es un pecado, que no queda sin castigo, abandonar la iglesia durante el Sanctus? Nunca más volveréis a cantar en la iglesia.

—Era una broma, pero no sé cómo fue que mis palabras produjeron un efecto grave. Bettina palideció y abandonó en silencio la iglesia. Desde aquel momento perdió la voz.

El doctor había vuelto a sentarse, y con la barbilla apoyada en el bastón, permanecía mudo, en tanto que el director de orquesta exclamaba: ¡Maravilloso, verdaderamente maravilloso!.

—Realmente —continuó el viajero—, jamás se me ocurrió relacionar mis palabras con el suceso de la iglesia, y menos con la pérdida de voz de Bettina. Sólo cuando regresé aquí y supe por el doctor que Bettina seguía padeciendo la enfermedad, me acordé de una historia que leí hace muchos años en un libro antiguo, y que voy a contaros.

—¡Contadla —exclamó el director de orquesta—, quizá haya materia para una buena ópera!

—Director —dijo el doctor—, si podéis poner música a los sueños, a los presentimientos, y los estados magnéticos, os ayudaré y la historia irá como sobre ruedas.

Sin dar respuesta, el viajero tosió ligeramente, y comenzó a cantar con voz altisonante: Inmenso se extendía el campamento de Isabel y Fernando de Aragón en el sitio de Granada

—¡Dios! —interrumpió el doctor al narrador— empezáis como si no fuerais a terminar en nueve días y nueve noches, y yo aquí sentado y los pacientes lamentándose. ¡Váyanse a todos los diablos vuestras historias raras, de Gonzalo de Córdoba, he leído muchas, tantas como he oído cantar seguidillas a Bettina, así es que basta, Dios bendito!

Rápidamente se dirigió el doctor a la puerta, pero el director de orquesta siguió sentado y dijo:

—Será una historia de la guerra de los moros con los españoles, me parece, que me gustaría mucho componer. Batallas, tumulto, romanzas, cabalgatas, címbalos, corales, tambores y timbales. Todo junto. ¡Seguid contando, amable viajero! Quién sabe qué semilla dejará caer en mi espíritu esta historia tan deseada, y qué lirios brotarán luego.

—Luego todo se os convertirá en una ópera, director de orquesta —repuso el viajero—, y ya veréis cómo la gente razonable, que está acostumbrada a gozar la música en pequeñas porciones para fortalecer su estómago, os tomará por loco. En fin, voy a contaros la historia, y si os apetece, podéis ir haciendo algunos acordes.

El que esto escribe se ve obligado, antes de continuar transcribiendo lo que dijo el viajero, a anotar los acordes que le corresponden al director de orquesta. Así que, en lugar de escribir: aquí habló el director de orquesta, dirá simplemente: el director de orquesta.

Inmenso se extendía el campamento de Isabel y Fernando de Aragón ante los altos muros de Granada. En vano esperaba ayuda, al estrecharse cada vez más el cerco, y temblaba el cobarde Boabdil, mientras el pueblo se burlaba, llamándole pequeño Rey, que únicamente encontraba consuelo en el sacrificio sangriento y cruel de las víctimas. Conforme aumentaba la desesperación y el desánimo entre el pueblo y el ejército de Granada, mayor era la esperanza de victoria en el campamento español. No se hacía necesario ningún ataque. Fernando se conformaba con asaltar las murallas, y hacer unas cuantas bajas entre los sitiados. Estas pequeñas escaramuzas parecíanse más a alegres torneos que a combates serios, e incluso la muerte de los caídos en la batalla bastaba para elevar la moral, pues celebrándose con la pompa del culto cristiano aparecían aureolados por la gloria del martirio, al sacrificar su vida por la fe.

Nada más entrar Isabel en el campamento, hizo construir un edificio de madera con torres, en cuyos pináculos ondeaba el estandarte de la Cruz. El interior fue usado como monasterio e iglesia, que ocuparon los monjes benedictinos, desempeñando diariamente el servicio divino. La Reina, acompañada de su séquito y de sus caballeros, diariamente iba a oír la misa que decía su confesor, acompañado de los cánticos de un coro de monjas. Sucedió que una mañana, a Isabel le llamó la atención una voz que resonaba entre las otras voces del coro como el tañido maravilloso de una campana. El cántico parecía el gorjear triunfante de un ruiseñor, príncipe de los bosques. Y, sin embargo, el acento de las palabras era extranjero, e incluso el peculiar estilo del canto era tan raro que denotaba que la cantante no estaba acostumbrada al estilo eclesiástico, y que quizá por vez primera cantaba en una misa. Asombrada, miró Isabel en torno suyo, y vio que su séquito compartía su mismo asombro; imaginándose que había por medio alguna aventura, fijóse de pronto en el capitán Aguilar, que también estaba entre el séquito. De rodillas en su reclinatorio, con las manos cruzadas, miraba fijamente hacia la verja del coro y sus ojos secos expresaban un ardiente e intenso anhelo.

Cuando la misa terminó, Isabel se dirigió a las habitaciones de la priora, Doña María, y preguntó quién era la cantante extranjera. ¿Recordáis, oh Reina —dijo Doña María—, que antes de la luna menguante, Aguilar quiso asaltar aquel edificio, adornado de una magnífica terraza, que servía de lugar de esparcimiento a los moros? Cada noche resonaban los cantos soberbios de los paganos en nuestro campamento, como voces atractivas de sirena, y justo por eso quería el valiente Aguilar destruir el nido del pecado. Tomaron, al fin, el edificio, se hicieron prisioneras a las mujeres, cuando un imprevisto refuerzo aumentó la defensa, y tuvieron que abandonarlo, retirándose al campamento. El enemigo no se atrevió a perseguirlos, de modo que se encontraron con el rico botín de las prisioneras. Entre las mujeres apresadas había una cuyo llanto, cuya desesperación llamó la atención de Aguilar. Aproximóse a la mujer cubierta de velos y le dirigió amables palabras, pero como su dolor no podía expresarse en otro lenguaje que el del canto, al tiempo que se acompañaba de una cítara que llevaba colgada por una cinta dorada del cuello, comenzó a cantar a sus acordes una romanza que expresaba con sonidos desgarradores y lánguidos la separación del amado, que la privaba de la alegría de la vida. Aguilar, muy impresionado por los maravillosos cánticos, quiso dejar a esta mujer que volviese a Granada; ella, entonces, se arrojó a sus pies, y quitóse el velo.

Aguilar exclamó fuera de sí: ¿No eres Zulema, la luz del canto de Granada? La joven, a la que el guerrero había visto ya una vez en Granada, durante una embajada en la corte de Boabdil, y cuyo cántico resonaba aún en su pecho, era Zulema. —Te concedo la libertad—, exclamó Aguilar, pero entonces el respetable padre Agustín Sánchez, que llevaba la Cruz en la mano, dijo: —Acuérdate, señor, de que si liberas a la prisionera, cometes una gran injusticia, pues lejos de la idolatría, podría ser iluminada por la gracia del Señor, y entrar en el seno de la Iglesia.

Aguilar dijo: —Bien, que esté con nosotros durante un mes; si el espíritu del Señor no la penetra, entonces que regrese a Granada—. Así sucedió, ¡oh Señora!, que Zulema fue atendida por nosotras en el monasterio. Al principio, se abandonó a su dolor inconsolable, luego cantaba romanzas que resonaban de un modo salvaje y espantoso por todo el monasterio, y por todas partes se oía su voz penetrante como el tañido de una campana. Sucedió que un día estábamos a media noche reunidos en el coro, y cantábamos las horas a la manera santa. A la luz de los candelabros vi que Zulema estaba ante la puerta del coro, y con mirada seria y pensativa nos contemplaba; cuando nos retiramos de dos en dos del coro, la vi arrodillada ante una imagen de María. Al día siguiente no volvió a cantar ninguna romanza, y estuvo en silencio, muy reservada.

Poco después trató de ensayar en la cítara los acordes de aquella coral que cantábamos en la iglesia, y, poco a poco, empezó a cantar en voz baja, y hasta a intentarlo con las mismas palabras que hablaba con su media lengua.

Pronto me di cuenta que el espíritu del Señor le había hablado, y que su pecho se abría a la gracia; así es que envié a la hermana Emanuela, la maestra del coro, para que encendiese la chispa que empezaba a brillar, y así sucedió que se encendió la fe, gracias a los divinos cánticos de la Iglesia. Todavía no ha ingresado Zulema en el seno de la Iglesia mediante el bautismo, pero se le ha concedido pertenecer al coro, para que eleve su voz a mayor gloria de la religión.

La Reina se dio cuenta de lo que sucedía en el interior de Aguilar, cuando cedió a las presiones de Agustín y no envió a Zulema a Granada, así es que se regocijó mucho de su conversión a la verdadera fe. Pocos días después, Zulema fue bautizada y recibió el nombre de Julia. La Reina en persona, el Marqués de Cádiz, Enrique de Guzmán, el Capitán Mendoza, Villena, fueron testigos de la ceremonia sagrada. Pensaríase que el cántico de Julia, ahora que se había convertido, sería más auténtico y verdadero, para dar prueba de la hermosura de la fe, y así sucedió durante cierto tiempo, pero pronto notó Emanuela que Julia se apartaba del canto general, mezclando tonos muy particulares. Con frecuencia resonaba, a través del coro, algo así como el sonido sordo de una cítara bien templada. El tono no era semejante a la resonancia de las cuerdas agitadas por una tormenta. Julia empezó a mostrarse inquieta e incluso llegó un día en que, involuntariamente, pronunció una palabra mora en un himno latino. Emanuela conminó a la conversa para que resistiese al enemigo, pero dando muestras de ligereza, Julia no hizo caso, y con gran enojo de las hermanas, dedicóse a cantar, precisamente cuando tocaban las solemnes y divinas corales, alegres canciones moras de amor, acompañadas de la cítara, que había vuelto a templar. Los tonos de la cítara resonaban de una manera extraña a lo largo del coro, y más de una vez daban una sensación desagradable, como los silbidos discordantes de las pequeñas flautas moras.

El director de orquesta: Flautipiccoli. Flautistas de octava. Pero, amigo mío, por ahora no veo nada digno de una ópera. ni exposición, y siempre el mismo tema, afinar la cítara. ¿Crees, acaso, que el diablo es un tenor? ¡Es falso, el diablo siempre canta en falsete!.

El viajero: ¡Dios! Cada día sois más inteligente, director. Pero, tenéis razón, dejemos que el principio diabólico se cierna sobre los silbidos y ruidos extraños. Y vamos a seguir narrando, que ya me va resultando muy penoso, porque a cada momento corro el peligro de saltarme lo mejor.

Sucedió que la Reina, acompañada por el Capitán del campamento, se dirigió a la misa en la iglesia de los monjes benedictinos. Ante la puerta yacía un miserable y harapiento mendigo; los guardianes querían expulsarle de allí, pero en cuanto le levantaban, se desprendía de los brazos y se arrojaba al suelo, dando alaridos, de forma que la Reina se conmovió. Furioso saltó Aguilar, y quiso dar al infeliz un puntapié. Éste se incorporó, y acercándose a él, le dijo: —¡Pisa la víbora, pisa la víbora, que te va a morder, causándote la muerte!—, y empezó a tocar una cítara que llevaba escondida entre sus harapos, sacando unos sonidos tan estridentes y desagradables que todos quedaron sobrecogidos de espanto. Los guardias expulsaron al horrible fantasma y se dijo que el hombre era un moro loco que divertía a los soldados del campamento con sus absurdas bromas. La Reina entró y la música dio comienzo. Las hermanas del coro entonaron el Sanctus, y justo cuando Julia, con voz poderosa, debía entonar: Pleni sunt coeli gloria tua, se oyó un tono estridente de cítara a través de todo el coro, Julia pasó la hoja con presteza y trató de abandonar el coro.

—¿Qué haces? —exclamó Emanuela.

—¡Oh! —dijo Julia— ¿No oyes los hermosos tonos del maestro? Voy con él, debo cantar con él. —y Julia se apresuró hacia la puerta, pero Emanuela dijo con voz seria y grave:

—Pecadora, abandonas el servicio del Señor, tú que haces su alabanza con los labios y llevas en tu corazón pensamientos mundanos. ¡Vete de aquí! ¡Se ha roto la fuerza del canto en ti, y ya no resonará la música en tu interior!

Al oír las palabras de Emanuela, que fueron como un rayo, Julia se tambaleó. Iban a reunirse las monjas al anochecer para cantar las vísperas, cuando se oyó un estrépito en toda la iglesia. Rápidamente, las llamas crepitando penetraron desde el edificio antiguo e hicieron pasto de su fuego al monasterio. Con gran trabajo, lograron salvarse las monjas. Las trompetas y los cuernos resonaron en el campamento, y los soldados que estaban en el primer sueño se levantaron precipitadamente; se vio al capitán Aguilar con el cabello abrasado, con los vestidos medio quemados, lanzarse al monasterio. Había intentado, en vano, salvar a Julia, a la que no encontraron. Fue infructuosa la lucha contra el incendio que, atizado por la tormenta, cada vez tomaba mayores proporciones: en poco tiempo el magnífico y soberbio campamento de Isabel se convirtió en un montón de cenizas. Los moros, convencidos de que la desgracia de los cristianos les proporcionaba la victoria, se atrevieron a atacar, aprovechándose de su considerable poder. Nunca fueron tan brillantes los españoles en el combate, y cuando al son de las trompetas retornaron victoriosos a sus fortificaciones, entonces la reina Isabel subió al trono colocado al aire libre, y dio orden que se construyese una ciudad en el lugar del campamento incendiado. Así los moros de Granada tendrían que verla siempre, y se darían cuenta de que el sitio jamás se levantaría.

El director de orquesta: Cuando en el teatro hay que tratar de cosas espirituales, se tienen ciertas dificultades con el público, así es que de vez en cuando hay que meter una coral. De no ser así, Julia no saldría favorecida. Pensad que hay que utilizar un doble estilo para que pueda lucirse, primero unas romanzas y luego cantos de iglesia. Ya tengo preparadas unas cancioncillas moras y españolas muy bonitas, tampoco estará mal la marcha guerrera de los españoles; además he tratado melodramáticamente las órdenes de la Reina, y todo va a resultar perfecto, ¡bien lo sabe el Cielo! Pero, sigue contando, volvamos a Julia, que estoy seguro de que no pereció en el incendio.

El viajero: Pensad, querido director de orquesta, que aquella ciudad que los españoles construyeron en veintiún días y rodearon de muros hoy todavía existe, y es Santa Fe. Así es que ahora que vuelvo a dirigiros la palabra, adoptaré el tono solemne que corresponde a la solemne historia. Me gustaría que tocaseis alguno de los Responsorios de Palestrina, que están sobre el pupitre del pianoforte.

El director de orquesta así lo hizo, y el viajero entusiasta continuó:

Los moros no dejaron de inquietar a los españoles todo el tiempo que duró la construcción de la ciudad, la desesperación les hacía audaces hasta la temeridad, así es que las batallas fueron más duras que nunca. Aguilar había hecho retroceder un escuadrón árabe, que había caído sobre los guardianes españoles, hasta los muros de Granada. Volvió con sus jinetes y permaneció no lejos de las fortificaciones, oculto en un bosque de mirtos, y despidiendo a su séquito, se entregó a sus graves pensamientos y a los recuerdos tristes que embargaban su ánimo. La imagen de Julia estaba viva en su alma. Ya durante la batalla había oído resonar su voz, ora amenazando, ora quejándose, y también en aquel momento tenía la sensación de que se oía un suave cántico medio moro y medio cristiano a través de los verdes y oscuros mirtos. De pronto salió del bosque un caballero moro vestido con un albornoz plateado, sobre un caballo árabe ligerísimo, y casi al mismo tiempo pasó silbando un venablo sobre la cabeza de Aguilar. Quiso con la espada desenvainada atacar al enemigo, pero voló el segundo venablo, que fue a clavarse en el pecho de su caballo, que se encabritó por el dolor y la rabia, de modo que Aguilar tuvo que descabalgar rápidamente, para no ser objeto de un golpe mayor. El moro se abalanzó con el alfanje, y lo descargó sobre la cabeza descubierta de Aguilar. Pero Aguilar, con gran habilidad, paró el golpe, que hubiera sido mortal, y golpeó al moro con tanta fuerza, que sólo tuvo tiempo de salvarse, escondiéndose tras el caballo. A continuación, el caballo del moro se lanzó sobre Aguilar, de manera que no pudo golpearlo otra vez, pues el moro sacó su puñal, pero antes de que pudiera descargar el golpe, Aguilar le detuvo con sus fuerzas hercúleas, le hizo descabalgar, tirándole al suelo. Puso su rodilla sobre el pecho del moro, y mientras con la mano izquierda sujetaba el brazo derecho que permanecía inmóvil, le quitó el puñal. Apenas había levantado el brazo para atravesar la garganta del moro, que éste suspiró profundamente y dijo: ¡Zulema!.

Aguilar se quedó como si fuera de piedra, y no pudo llevar a cabo su acción. —¡Desgraciado! —exclamó— ¿Qué nombre has mencionado? —¡Clávamelo —gritó el moro— clávamelo, matarás al que te ha jurado la muerte y la perdición! Sí, sabe, cristiano traidor, sabe que soy Hichem, el último descendiente de Alhamar, al que has robado Zulema. Sabe que aquel mendigo harapiento que merodeaba por vuestro campamento, fingiéndose loco, era Hichem, sabe que pudo lograr incendiar la oscura prisión donde vosotros, malditos, teníais encerrada a la luz de mi vida, y salvar a Zulema.

—Zulema... Julia vive —exclamó Aguilar.

Rióse amargamente Hichem, y con tono irónico dijo: -Sí, vive, pero vuestro ídolo ensangrentado, con su corona de espinas, me la ha hechizado, y a la aromática y bella flor de la vida me la ha envuelto en los paños mortuorios de esas ilusas mujeres, que dicen ser las novias de vuestro dios. Sabed que el cántico y la música se han agostado en su pecho como si el hálito ponzoñoso del simún hubiese soplado. Se acabó el placer de la vida en las canciones de Zulema, así es que mátame. Ya sé que no puedo vengarme de ti, pues me arrancas lo que es más valioso que mi vida.

Aguilar dejó a Hichem. Levantóse y enfundó lentamente la espada en la vaina. —Hichem —dijo—, Zulema, que recibió en el sagrado bautismo el nombre de Julia, fue mi prisionera en lucha honrosa y descubierta. Iluminada por la gracia del Señor, renunció al indigno servicio de Mahoma, y lo que tú, condenado moro, denominas el malvado hechizo de la imagen de nuestro ídolo era sólo la tentación del malo, al que no supo oponer resistencia. Si tú llamas a Zulema tu amante, entonces Julia, convertida a la fe, es la dama de mis pensamientos, y con ella en mi corazón, para mayor gloria de la fe verdadera, quiero combatir contra ti en digna lucha. Toma tus armas y atácame como quieras, conforme a tus costumbres.

Rápidamente, Hichem cogió la espada y, lanzándose sobre Aguilar dando alaridos, montó en el caballo que estaba junto a él y emprendió el galope. Aguilar no supo qué significaba esto, pero al instante el digno anciano Agustín Sánchez habló detrás de él, con voz suave, sonriéndose: -¿A quién teme Hichem, a mí o al Señor que vive en mí y cuyo amor desprecia?.

Aguilar refirió todo lo que sabía de Julia y ambos recordaron las palabras proféticas de Emanuela, cuando Julia, atraída por los sonidos de la cítara de Hichem, abandonó el coro durante el Sanctus perdiendo toda la devoción.

El director de orquesta: Ya no pienso en óperas, aunque la lucha entre el moro Hichem, en albornoz, y el capitán Aguilar me resultó musical. Diablos, no se puede hacer mejor que lo ha hecho Mozart en su Don Juan.

El viajero: ¡Basta, director! Voy a dar el último toque a mi historia, que ya se va haciendo demasiado larga. Ahora viene lo bueno, y es necesario prestar atención, sobre todo porque pienso en Bettina, lo que me preocupa no poco. Me gustaría que no perdiese nada de mi historia, que me parece que está escuchando detrás de esa puerta, aunque pudiera ser pura imaginación. Sigamos:

Día tras día, perdiendo todos los combates, acosados por el hambre cada vez más grande, los moros se vieron obligados a capitular, y con la pompa más solemne, entre las descargas de artillería, hicieron su entrada Fernando e Isabel. Los sacerdotes habían consagrado la gran mezquita como Catedral, y hacia allí se dirigió el cortejo, para dar gracias al Dios de los Ejércitos, en una devota misa y en un solemne Te Deum laudamus, para dar gracias por la gloriosa victoria sobre los servidores de Mahoma, el falso profeta. Conociendo la furia de los moros, por el momento artificialmente aplacada, cubrieron las calles con destacamentos de tropas, que hacían guardia por las calles más alejadas, vigilando la procesión que tenía lugar por la calle principal. Sucedió que Aguilar, al frente de un destacamento armado a pie, se dirigía, dando un rodeo, a la Catedral, donde ya había comenzado el servicio divino, cuando se sintió herido por una flecha, que fue a clavarse en su hombro izquierdo. En el mismo instante, se echó encima un grupo de moros que, saliendo de un callejón, se lanzó sobre los cristianos con rabia desesperada. Hichem, al frente, corrió hacia Aguilar, que, herido ligeramente sin sentir dolor, paró el potente venablo, y en el mismo instante Hichem cayó a sus pies con la cabeza abierta.

Los españoles se apresuraron a lanzarse sobre los traidores moros que, rápidamente, dando alaridos, fueron a ocultarse en una casa de piedra, cuya puerta cerraron al punto. Los españoles se abalanzaron hacia la casa, pero llovían flechas de las ventanas; Aguilar ordenó que se echasen antorchas encendidas. Pronto prendieron las llamas en el tejado, cuando he aquí que, entre el estruendo de los cañones, se oyó resonar una voz maravillosa: Sanctus, Sanctus Dominus Deus Sabaoth.

—¡Julia! ¡Julia! —gritó Aguilar con un dolor inconsolable. Se abrieron las puertas y Julia, en traje de monja benedictina, salió cantando con voz potente: Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth, y detrás de ella iban los moros reverentes, con las manos plegadas sobre el pecho en forma de cruz. Asombrados, los españoles se echaron a un lado y Julia atravesó las filas con los moros, hacia la Catedral y, al entrar, entonó: Benedictus qui venit in nomine Domini. Involuntariamente, como si hubiera descendido una santa para anunciar lo sagrado a los siervos del Señor, el pueblo dobló la rodilla. Con paso firme, la mirada clara dirigida al Cielo, Julia se dirigió al altar entre Fernando e Isabel, cantando la misa, y conforme a la liturgia sagrada, con gran devoción. Al proferir el último cántico: Dona nobis pacem, cayó Julia inanimada en los brazos de la Reina. Todos los moros que la seguían, convertidos a la fe, recibieron aquel día el sagrado bautismo.

Cuando el viajero terminaba su historia, entró el doctor armando mucho ruido, y golpeando en el suelo con el bastón, gritó colérico:

—¿Todavía están ahí sentados y contando absurdas historias fantásticas, sin tener en consideración a los vecinos, y haciendo que la gente se ponga peor?

—¿Qué ha sucedido ahora? —dijo el director de orquesta, completamente asustado.

—Ya lo sé —dijo el viajero, tranquilamente—. Ni más ni menos que Bettina, al oírnos hablar en alto, ha escuchado todo y se ha ido del gabinete, pues ya lo sabe todo.

—Todo lo habéis echado a perder —farfulló el doctor— contando esas condenadas historias, llenas de embustes, iluso entusiasta, que envenenan vuestro espíritu, con vuestra lengua de loco; pero ¡ya os daré yo!

—¡Magnífico, doctor! —interrumpió el viajero—, no os apresuréis y recordad que la enfermedad psíquica de Bettina requiere medios psíquicos, y que quizá mi historia...

—¡Silencio, silencio! —dijo el doctor, tranquilizándose—, ya entiendo lo que queréis decir.

—No sirve el tema para una ópera, pero hay algunos extraños acordes... —murmuró el director de orquesta, mientras cogía el sombrero y seguía al amigo.

Cuando, tres meses después, el entusiasta viajero besase la mano de Bettina, ya curada, que acababa de cantar el Stabat Mater de Pergolese, con su maravillosa voz de campana (y no lo había cantado en la iglesia, sino en una gran estancia), ésta, llena de alegría, le dijo:

—-Ciertamente que no sois un hechicero, aunque a veces sí sois una naturaleza obstinada.

—Como todos los entusiastas —añadió el director de orquesta.

E.T.A. Hoffmann (1776-1822)




Relatos góticos. I Relatos de E.T.A. Hoffmann.


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El análisis y resumen del cuento de E.T.A. Hoffmann: El Sanctus (Das Sanctus), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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