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El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»


El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann».




La música de Erich Zann (The Music of Erich Zann) fue escrito por H.P. Lovecraft en diciembre de 1921 y publicado en la edición de marzo de 1922 de la revista National Amateur. Antes de analizar este gran cuento de Lovecraft hagamos un breve repaso de su argumento.


***

El narrador de la historia nunca más ha podido encontrar la misteriosa Rue d’Auseil; de hecho, nunca ha encontrado a nadie que haya oído hablar de ella. Pero cuando era estudiante, un muchacho joven, pobre y enfermizo, alquiló una habitación allí. No debería ser tan difícil encontrarla, porque lo cierto es que la zona tenía algunas características muy singulares.

La calle es muy estrecha y empinada [casi una escalera en algunas partes] y está recubierta con losas de piedra, adoquines y tierra desnuda. Las casas se inclinan hacia ella, sonámbulas, formando un arco sobre la calle.

El narrador, en su juventud, ocupa una habitación en la tercera casa desde lo alto de la calle. Desde el quinto piso oye un violín tocando salvajes y extrañas armonías que nunca antes había escuchado. Su casero le informa que Erich Zann, un músico alemán [y mudo] alquila el último piso. El narrador se encuentra con Zann en la escalera y le ruega que le permita escuchar su música. Las habitaciones del viejo son espartanas, y tienen una sola ventana con cortinas. Toca para él, pero ninguna de las armonías salvajes que había escuchado desde abajo. El músico está inquieto; todo el tiempo mira a la ventana con aparente miedo.

El narrador entonces intenta mirar por la ventana, la única en la Rue d'Auseil lo suficientemente alta como para tener una vista sobre la muralla de la ciudad. Pero Erich Zann, asustado y enojado, lo aparta y le indica que se siente mientras escribe una nota, donde se disculpa por sus nervios y excentricidades. Odia que alguien escuche sus composiciones originales. No sabía que podían ser escuchadas desde abajo y pagará para que el narrador viva en un piso inferior, aunque promete invitarlo a subir a veces. Una vez que el narrador se ha trasladado al tercer piso, descubre que el entusiasmo de Zann por su compañía se desvanece; de hecho, el anciano hace todo lo posible por evitarlo.

La fascinación del narrador con la música de Erich Zann continúa, y a veces se acerca sigilosamente y presiona su oído contra la puerta, donde puede escuchar fragmentos de su genio. Es difícil creer que un solo violín pueda producir melodías sinfónicas tan... de otro mundo.

Una noche, la música se convierte en un caos horroroso, roto únicamente por el grito inarticulado de Zann. El narrador golpea la puerta y lo llama. Oye que el viejo se acerca a la ventana y la cierra, luego busca a tientas la puerta. El hombre parece genuinamente aliviado por la presencia del narrador. Lo lleva adentro, le escribe una nota rápida y luego se sienta a escribir más. La primera nota le ruega que espere mientras escribe un relato detallado de las maravillas y horrores que ha encontrado, un relato que presumiblemente explicará el misterio detrás de su música.

Una hora más tarde, todavía escribiendo, Erich Zann se detiene y mira a la ventana. Una sola nota sobrenatural suena en la distancia. Zann deja caer su lápiz, toma su violín y comienza la música más salvaje que el narrador jamás haya escuchado. Está claro, mirando su rostro, que su motivo es el miedo. Zann toca más fuerte, más desesperadamente, y una nota burlona se oye como respuesta.

El viento nocturno agita las ventanas, las abre de golpe y se lleva la confesión manuscrita de Erich Zann. El narrador trata de recuperar los papeles, pero de repente se encuentra mirando no a la ciudad por la ventana, sino al espacio interestelar como algo vivo, algo con movimiento y música inhumanas. Se tambalea. Intenta agarrar a Zann y sacarlo de la habitación, pero el hombre está atrapado en su desesperada interpretación y no se mueve. Por fin, el narrador huye: sale de la habitación, sale de la casa, baja por la Rue d'Auseil y, por fin, cruza el puente hacia la ciudad ordinaria. No hay viento. El cielo está lleno de estrellas ordinarias.

Desde entonces nunca ha podido encontrar la Rue d'Auseil de nuevo, aunque no parece lamentarlo del todo. Tampoco la pérdida de las terribles epifanías que la confesión perdida de Erich Zann podría haber ofrecido. El narrador insinúa [aunque no lo declara abiertamente], que puede que no haya estado del todo en su sano juicio durante su estancia en la Rue d’Auseil.

***


El tono poético de la La música de Erich Zann, su nostalgia generalizada, lo coloca más en el rango dunsaniano del espectro de influencia de Lovecraft; por lo tanto, la historia se desarrolla en un no lugar. Por eso el narrador no es Erich Zann, porque entonces Lovecraft no habría podido ocultar los misterios de su música.

En cambio, tenemos a un estudiante de metafísica sin nombre, que asiste a una universidad sin nombre en una ciudad sin nombre, aunque hay bulevares y teatros, y las luces permanecen encendidas toda la noche, como sería de esperar en una ciudad como París.

Uno de los aspectos más interesantes de La música de Erich Zann es que los principales motivos literarios de Lovecraft desaparecen aquí, como las memorias de Zann en el viento. No sabemos si lo que hemos leído son los desvaríos de un loco o una experiencia objetiva. Pero la pérdida de cualquier explicación detallada, ya sea fantástica, metafísica o materialista, no es la única forma en que esta historia se destaca.

Ciertamente el narrador conoce los peligros de la erudición y el conocimiento; después de todo, algo en sus estudios metafísicos lo ha llevado a la Rue d’Auseil. Pero esta es una historia sobre las tentaciones y los peligros del arte. El narrador se confiesa ignorante de la música, y Erich Zann es claramente un genio; de qué tipo, no lo sabemos, pero ambos se ven arrastrados por su poder: uno como creador, el otro como público.

¿Qué hay realmente en ese abismo que vigila Erich Zann?

Lovecraft parece hacer un intento deliberado de no revelar completamente el horror aquí. Por otro lado, esta no es la única vez que retrata música loca y salvaje vibrando en el frío del espacio. ¿Es este uno de los horrores familiares de los Mitos de Cthulhu? ¿O las similitudes son solo una coincidencia? Si uno acepta lo primero, se queda con la fascinante pregunta de cómo Erich Zann atrajo la atención de Azathoth y qué tipo de tenue poder ha logrado adquirir contra esa fuerza primordial [ver: El libro de Azathoth: ¿los pactos de sangre son una muestra de ADN para los Antiguos?]

Lovecraft enfatiza en esta idea de que la calle, la Rue d'Auseil, es en cierto modo más intrigante que la vista desde la ventana. Sus pendientes y rarezas en el trazo impiden el tráfico ordinario. Es una zona liminal, que no forma parte de la ciudad ordinaria ni ha caído del todo en el abismo que se encuentra más allá de la muralla exterior. Está habitada por ancianos, enfermos, discapacitados, personas que tampoco encajan en los ámbitos normales.

El lector actual quizás no se sienta del todo cómodo con ese tipo de clasificaciones, pero basta pensar cómo nuestra sociedad también empuja al límite [y a sus límites] a las personas que no encajan con la norma. Creo que los enfermos, a pesar de la fingida piedad de la mayoría de las personas saludables, fácilmente entran en esta categoría [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]

Y el narrador, además, tiene una visión de la calle desde adentro, no como un forastero. Él también es diferente, pobre, un padeciente de los efectos psicológicos y físicos de sus estudios. No está en posición de juzgar a sus vecinos y en su mayor parte no intenta hacerlo.

Si bien el racismo y la misoginia del flaco de Providence suelen ser apuntados con dureza por la crítica, es importante saber que este también era Lovecraft, que aquí se despoja relativamente de sus defectos típicos: verbosidad y tendencia a explicar demasiado los horrores representados. Pero lo que es más importante [y raro], Lovecraft demuestra afecto y compasión por uno de sus personajes: Erich Zann [ver: Del odio racial a la empatía: análisis de «La Sombra sobre Innsmouth»]

Erich Zann cae en el mismo espacio intersticial. No sabemos si se quedó mudo como resultado de mirar demasiado tiempo al abismo, o de hablar con él. Por lo poco que sabemos, bien podría haberse visto obligado encontrar nuevas formas de comunicarse, como la música; y no al revés, como parece plantearlo la narrativa.

Es un hombre diminuto, encorvado y con rasgos de sátiro, de profesión no más respetable que la de violinista de teatro, afligido por el mutismo y múltiples tics nerviosos. Sin embargo, está varado en circunstancias extraordinarias. Es capaz de escuchar la música de las esferas extradimensionales; e intenta [en vano] dejar un testimonio de sus vivencias. El viento, quizás, ha sido gentil con él, y con nosotros, al llevarse sus notas, porque lo que sabe Erich Zann está más allá de la comprensión humana.

El nombre de esa calle misteriosa parece tener importancia para Lovecraft. ¿Qué significa Auseil? No es una palabra francesa. Por lo tanto [salvo que pensemos que eso refleja la ignorancia de Lovecraft] podría tratarse de un juego similitudes [¿quizás con la palabra assail, que significa «atacar»], o bien la sugerencia de que esta rue fue nombrada en honor a alguien llamado Auseil.

La característica más llamativa de la Rue d'Auseil es que constituye algún tipo de refugio [o último recurso] para las personas... dañadas.

El narrador nos dice que su salud física y mental se vio gravemente alterada. Todos los inquilinos son muy mayores. El casero Blandot está paralítico. Zann está encorvado y mudo. La casa antigua en la que vive el narrador está «tambaleándose», y otras casas vecinas se inclinan «locamente» en todas direcciones, mientras que el pavimento es «irregular» y la vegetación es «gris». Todo, incluso la calle y la casa, parecen espacios decrépitos, como un cuerpo humano muy viejo [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

De hecho, el único residente que se describe sin hacer referencia a la vejez o la enfermedad es el «respetable tapicero» del tercer piso, aunque cualquier persona respetable que se digne a vivir en la Rue d'Auseil debe tener algo mal. No es un lugar para personas sanas. Más aún, me pregunto si esta es una condición para encontrar la Rue d'Auseil. Apuesto a que las personas sanas y fuertes nunca podrían encontrarla, ni siquiera notar su existencia. Tal vez por eso el narrador, ya aliviado de sus padecimientos al final de la historia, no puede volver a encontrarla.

Puede parecer simplista ver la Rue d'Auseil como una mera [aunque compleja] metáfora de la enfermedad y la vejez, pero esa sería la crítica que haría una persona sana, es decir, una persona que no podría encontrar la Rue d'Auseil; un espacio físico que representa, no la enfermedad en sí, sino un estado mental enfermo; más aún: un lugar al que solo pueden entrar los enfermos que se preparan para dar el paso final hacia las sombras, no ya sobre el Río Estigia, sino sobre esas estrechas calles adoquinadas por el sufrimiento [la calle se encuentra «al otro lado de un río oscuro»].

Los enfermos graves [y eso puedo decírtelo con conocimiento de causa] ven las cosas de manera diferente. Han alterado sus simpatías, como el narrador que dice que su propia enfermedad lo ha vuelto más indulgente con el extraño Zann. También dice que el estudio metafísico lo ha hecho bondadoso. ¿Quizás amplió sus percepciones, abrió su mente a concepciones menos comunes del universo, precisamente por estar enfermo? [ver: Autopsias lovecraftianas: el arte de diseccionar lo innombrable]

Creo que cierto grado de locura o [más neutralmente] de conciencia alterada a causa de la enfermedad o la vejez podría ser el único pasaporte a la Rue d'Auseil. No es un limbo, pero casi.

La Rue d'Auseil parece ser una sala de espera, una estación de paso. Solo unos pocos logran salir. La mayoría se marchita, atrapada en este espacio intermedio entre lo mundano y el más allá. Solo una habitación tiene una ventana que da al alto muro, y Zann es su ocupante, aterrorizado y celoso de ese privilegio. Pero, ¿que ha puesto a Erich Zann en esta posición? Es un genio, capaz no solo de escuchar la música de las esferas, sino de darle una voz sobrenatural. Mudo, al fin y al cabo, la música es su voz.

La música de Erich Zann exhibe la inquietante unidad-dispersión de una pesadilla, aunque Lovecraft aclaró más tarde que el argumento del relato no se basó enteramente en una pesadilla, pero informó que sí había soñado con subir una calle estrecha y empinada, que terminaría siendo el modelo de la Rue d'Auseil. En este contexto, el relato aprovecha una técnica onírica que Lovecraft emplea en varias de sus historias: un cambio sutil en la apariencia física del paisaje [terreno, arquitectura, iluminación] para indicar que el personaje ha entrado en una especie de frontera o umbral, un lugar «delgado» donde diferentes mundos, dimensiones o tiempos se entremezclan [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

El mismo dispositivo puede encontrarse en El ceremonial (The Festival), Él (He) y La llave de plata (The Silver Key), entre otros, donde los personajes deambulan por un paisaje intermedio, fronterizo, que los lleva gradualmente al pasado, al futuro, o simplemente a otro plano o realidad [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]

El narrador de La música de Erich Zann es un estudiante de metafísica empobrecido y, como Lovecraft, sufre de mala salud física y mental. A su vez, entre el narrador y Zann se repite otro patrón interesante en las obras del flaco de Providence: el hombre mayor que intenta transmitir algún tipo de conocimiento superior a uno más joven en una habitación con vistas a una especie de paisaje sobrenatural. La extraña casa elevada entre la niebla (The Strange High House in the Mist) y Aire frío (Cool Air), en cierta medida, también siguen este patrón.

La naturaleza patética y reservada de Erich Zann, así como su incapacidad para hablar, amplifican el terror no compartido que experimenta cuando toca su extraña música. Hay algo fuera de su ventana, algo tan extraño que uno puede confundir el temperamento reacio del anciano con incapacidad para explicarle al narrador lo que está sucediendo. Zann está agonizando. Está gravemente enfermo, sumido en su propia frontera física: su cuerpo; y los demás, aunque desmejorados, no alcanzan a captar la realidad con la misma agudeza. Los sentidos de Erich Zann se han ensanchado, están trabajando al máximo, precisamente porque su vida está a punto de extinguirse.

Hay una sugerencia inquietante de que Erich Zann en realidad está tocando un dúo, y no un solo, en un vano esfuerzo por mantener a raya a esta entidad, que no es otra cosa que la Muerte [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]

Cerca del final, escribe lo que sabe, pero antes de que el estudiante pueda leer las notas, la explicación es succionada por la ventana durante la última y horrible confrontación con la oscuridad exterior. Pero la verdadera conmoción de la historia parece residir en el miedo, la soledad y la lucha del anciano por comunicarse. Si gran parte de nuestra propia tranquilidad depende de las emociones y conocimientos que podemos compartir a través del habla, la música, la escritura, el arte; los muertos, o los que se encuentran en la transición entre planos, parecen condenados a la incomprensión de los vivos.




H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La música de las estrellas»: Duane W. Rimel; relato y análisis


«La música de las estrellas»: Duane W. Rimel; relato y análisis.




La música de las estrellas (Music of the Stars) es un relato de terror del escritor norteamericano Duane W. Rimel (1915-1996), publicado originalmente en la edición de marzo de 1943 de la revista The Acolyte, y luego reeditado en la antología de 1992: Cuentos de los Mitos de Lovecraft (Tales of the Lovecraft Mythos).

La música de las estrellas, posiblemente uno de los mejores cuentos de Duane W. Rimel, relata la historia de Frank Baldwyn, un músico desquiciado cuyos conocimientos de ocultismo lo llevan a descubrir la correcta combinación de notas para articular una música profana, blasfema, capaz de abrir un portal interdimensional.

SPOILERS.

La música de las estrellas de Duane W. Rimel pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft. Uno de sus protagonistas se inspira nada menos que en Erich Zann, aquel músico lunático de La música de Erich Zann (The Music of Erich Zann), quien abrió un portal interdimensional y le permitió el acceso a nuestro plano a criaturas de pesadilla (ver: seres interdimensionales en los Mitos de Cthulhu).

Además, Baldwyn logra acceder al Necronomicón, El libro de Eibon y el De Vermis Mysteriis (ver: De Vermis Misteriis y la biología extradimensional de los Mitos de Cthulhu); pero su fuente más asombrosa, y probablemente la más confiable, es el propio Lovecraft, disimulado bajo el nombre de Lancaster, un erudito de Providence que advierte al protagonista de los peligros que entraña tocar la música de las estrellas (ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant).

Ahora bien, la apertura de este portal, y la naturaleza de la extraña entidad que logra abrirse paso hasta nuestra dimensión, se explican en el aporte de Duane W. Rimel a la biblioteca de los Mitos, un libro prohibido llamado: La crónica de Nath (Chronike von Nath), el cual también es mencionado en El árbol de la colina (The Tree on the Hill). En él podemos encontrar algunas explicaciones que se omiten en La música de las estrellas.

La crónica de Nath fue escrito en 1653 por un tal Rudolf Yergler, poco antes de quedar completamente ciego. El libro trata sobre la historia de Nath, la Tierra de los Tres Soles, una región extradimensional sobre la que poco se sabe, excepto que podría ser un lugar de descanso de los Antiguos (ver: La tecnología de los Antiguos). Además, La crónica de Nath contiene ciertas composiciones musicales capaces de invocar monstruosidades engendradas en otras dimensiones. Estas partituras son extrañas, y no suenan en absoluto a la música de nuestro mundo. De algún modo son capaces de desgarrar la fibra de la realidad para que estos seres, siempre al acecho, se introduzcan en nuestro plano.

En este contexto, el protagonista de La música de las estrellas de Duane W. Rimel logra hacerse con una cópia de este libro maldito y, a pesar de las advertencias de sus amigos, decide seguir adelante con sus investigaciones y tocar aquella música extraña, con resultados bastante previsibles.




La música de las estrellas.
Music of the Stars, Duane W. Rimel (1915-1996)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hay zonas negras de sombra cerca de nuestros caminos diarios, y de vez en cuando algún alma malvada se abre paso.
(El ser en el umbral, H.P. Lovecraft)


Me llaman asesino porque destruí a mi mejor amigo; lo maté a sangre fría. Sin embargo, intentaré demostrar que, al hacerlo, realicé un acto de misericordia: eliminé algo que nunca debería haber penetrado en este mundo tridimensional y salvé a mi amigo de un horror peor que la muerte.

Los hombres leerán esto y se reirán y me llamarán loco, porque mucho de lo que sucedió no puede ser etiquetado y probado en un tribunal de justicia. Hay mucho en este mundo y en otros mundos que nuestros cinco sentidos no perciben, y lo que hay más allá sólo se encuentra en la imaginación salvaje y en los sueños.

Solo espero haberlo matado a tiempo. Si puedo creer lo que veo en mis sueños, fracasé. Y si esperé demasiado antes de disparar la última bala, daré la bienvenida al destino que amenaza con devorarme.

Frank Baldwyn y yo fuimos camaradas durante once largos años. Fue una amistad que se intensificó con el paso del tiempo, alimentada por ávidos intereses mutuos en la música y la literatura extraña. Nacimos y crecimos en el mismo pueblo, y era —como un autor culto y corresponsal nuestro que vivía en Providence a menudo comentaba— inusual encontrar dos personas con intereses tan extraños en un pueblo cuya población era menos de seiscientos. Fue una suerte, sí; pero ahora desearía que nunca hubiéramos explorado tan lejos las esferas de lo desconocido.

El problema comenzó el 13 de abril de 1940. Estaba visitando a mi amigo ese día, y durante una conversación entrecortada insinuó que había descubierto en el piano varias combinaciones de tonos musicales que lo perturbaban. Era de noche y estábamos solos en la enorme casa de dos pisos, mohosa y hoy vacía bajo un arce gigante, un recordatorio demacrado del horror que desatamos dentro de ella.

Baldwyn era un pianista de gran habilidad y admiré el talento que eclipsaba mi propia habilidad musical. La música salvaje y extraña que amaba a menudo me provocaba ataques de melancolía que no alcanzaba a comprender. De hecho, es una lástima que ninguno de esos manuscritos originales se haya guardado, porque muchos de ellos eran clásicos del horror y otros tan fantásticos que dudaría en llamarlos música.

Su declaración me preocupó; hasta ese momento había tenido total confianza en sus locas divagaciones con el teclado. Ofrecí ayuda. Sin decir nada, se acercó al piano, encendió una lámpara de pie cercana y se sentó. Sus ojos oscuros se fijaron en las teclas; sus dedos blancos y ágiles se posaron sobre ellas por un instante y descendieron.

Hubo una extraña cascada de sonido mientras recorría las escalas de tonos completos de un extremo del piano al otro, seguido de una serie de intrincadas variaciones que me sorprendieron. Nunca había escuchado nada que se comparara con eso; estaba completamente fuera del mundo. Escuché, fascinado, mientras sus dedos tejían una curiosa sinfonía de horror. No puedo describir esa música de otra manera. Las tensiones eran espeluznantes, sobrenaturales, y conmovieron los límites de mi alma. No se parecía a ninguna música clásica estándar como Isle of the Dead de Rachmaninoff o Danse Macabre de Saint-Saens. Fue una locura musical tortuosa.

Por fin, la cosa terminó con un estruendo de discordia y un tenso silencio se apoderó de la habitación en sombras. Baldwyn se volvió con el rostro tenso y se llevó los dedos a los labios. Señaló la pared más allá del piano. Al principio pensé que estaba bromeando, pero cuando vi su rostro pálido y apuesto, tenso y preocupado, miré las paredes oscurecidas y escuché.

Durante un tiempo no escuché nada; luego, un susurro leve e insidioso perturbó el silencio. Podría haber sido un ratón corriendo por el piso de arriba. Pero este sonido provenía de las paredes. El golpeteo de pequeñas garras en la madera, el susurro de pequeños cuerpos... ¡ratas! Muchas ratas trepando por las paredes. Poco a poco, los chirridos y los arañazos disminuyeron y se convirtieron en un hilo de sonido que se desvaneció en dirección al sótano.

Me puse de pie, temblando. Baldwyn me miró con los ojos brillantes y la mandíbula apretada.

—Lo he hecho, Rambeau. Siempre pensé que podía. Hay una música que conmueve a todo tipo de bestias, incluso a nosotros mismos. Mira el flautista… ¡Hice que la historia se repita! Pero voy a ir más lejos. Voy a componer la música que vuelve locos a los hombres, a aprender la música de las estrellas... aunque tenga que usar instrumentos especiales para hacerlo.

Traté de tomarlo como una broma, pero hablaba bastante en serio. Baldwyn siempre había sido voluntarioso y sabía que esa discusión era inútil. Sin embargo, debo admitir que la idea misma comenzó a fascinarme, y las barreras mentales que había construido se estaban debilitando a medida que seguía escuchando su extraño plan. Porque lo extraño y lo macabro son tanto una parte de mí como lo eran de él, y la música extraña había lanzado un curioso hechizo sobre mí. Sin embargo, yo era escéptico y se lo dije. No logré comprender su máxima ambición; quizás no había pensado en eso entonces, pero las posibilidades eran asombrosas.

Habíamos leído esa extraña historia de Erich Zann y el destino que encontró jugando con los hilos musicales del vacío definitivo. Tampoco ignoramos la música salvaje con la que ciertas tribus de Haití convocan a sus dioses malvados.

Durante años habíamos intentado encontrar copias de varios tomos prohibidos de tradiciones antiguas; el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, el extraño Libro de Eibon y el horrible De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, pero en vano. Habíamos vivido las extrañas emociones más simples: noches en casas encantadas y cementerios mohosos, exhumando cadáveres a la luz de las velas, pero queríamos lo real, aunque siempre estaba más allá de nuestras manos. Incluso nuestro amigo erudito en Providence no pudo ayudarnos. Había leído pasajes de algunos de los libros menos terribles y nos advirtió una y otra vez. Ahora me alegro de que nunca los hayamos encontrado, porque lo que desenterramos fue suficientemente malo. Me siento tentado a creer que nuestro amigo, con su amplia influencia entre los fantaisiste, hizo un esfuerzo por evitar que esos mismos libros nos llegaran. Ciertamente, varias pistas buenas se desvanecieron en el aire.

En una de mis rondas por las librerías en Spokane había encontrado, por puro accidente, una traducción al inglés del Chronike von Nath por el místico alemán ciego Rudolf Yergler, quien en 1653 terminó su obra trascendental justo antes de que perdiera la vista. La primera edición envió a su autor a un manicomio de Berlín y se ganó la supresión pública. Aunque modificado por el traductor, James Sheffield (1781), el texto era salvaje más allá de la imaginación.

A medida que Baldwyn revelaba gradualmente su plan para componer la música de las estrellas, se refería una y otra vez a pasajes de la Crónica de Nath. Y esto me asustó, porque yo también lo había leído, y sabía que contenía extraños patrones de ritmo musical diseñados para convocar a ciertos monstruos nacidos en otros mundos y dimensiones. Por todo eso, Yergler no había sido músico, y nunca pude averiguar si había copiado las fórmulas de tomos más antiguos o si él mismo era su autor.

Mi amigo dijo que el trabajo preliminar requeriría soledad durante una semana, al menos. Eso le daría tiempo suficiente para descifrar las siniestras fórmulas del libro antiguo y hacer ajustes. Era un técnico experto y había encontrado en su instrumento combinaciones tonales que desconcertaron a sus compañeros músicos. Milt Herth, de fama radiofónica, ha hecho lo mismo con un órgano Hammond, al que el Lunachord de mi amigo se parece mucho. Dado que los tonos de un Lunachord son en realidad impulsos eléctricos, controlados por quince diales en el intrincado panel sobre los dos teclados, y capaces de imitar cualquier cosa, desde una bocina de bajo hasta un flautín, las variaciones son infinitas. Baldwyn estimó que había aproximadamente más de un millón de posibilidades tonales, aunque muchas no poseerían ninguna distinción. Al principio me pregunté cómo había planeado inventar una música tan extravagante en un simple piano; pero aquí, lista para usar, estaba la solución: un logro científico pendiente de exploración.

Caminando de regreso a casa bajo una pálida media luna. Mi entusiasmo se desvaneció. No había mencionado con precisión lo que pretendía convocar con su alarmante música. El propio Yergler fue singularmente vago en ese punto, o si no, Sheffield había eliminado secciones del espantoso texto, una premisa completamente lógica. De hecho, ¿qué música terrenal, es decir, tonos musicales audibles para el oído humano, podrían llamar desde el golfo algo totalmente sobrenatural? Mi mejor juicio se rebeló. Baldwyn estaba encendiendo fuegos peligrosos, pero los propios límites del conocimiento del hombre sobre el espacio, el tiempo y el infinito evitarían que se quemara los dedos. Aun así, Yergler lo había hecho; o algo igual de malo, y recordé el prefacio de Sheffield, que daba un relato reservado de la misteriosa muerte del alquimista en el manicomio.

Durante una fuerte tormenta se escuchó afuera y arriba de su habitación una horrible cacofonía, que parecía provenir de los mismos cielos. Había habido una persiana rota, un grito salvaje; y Yergler había sido encontrado desplomado en un rincón de la habitación en una actitud de terror extremo: ojos muertos, saltones, cara y cuerpo con agujeros que parecían quemaduras pero no lo eran. Sin embargo, sabía que muchos de los primeros historiadores habían tenido la grave falta de la exageración y la distorsión verbal.

Apenas podía esperar a que pasara la semana siguiente, dándome cuenta de que Baldwyn estaba solo en esa habitación del piso de arriba, hojeando un libro blasfemo y componiendo música extraña en su máquina del diablo. Pero por fin llegó el sábado y me acerqué a su puerta como a la una de la tarde. Animado al ver un dedo de humo saliendo de la chimenea inclinada, abrí la puerta de madera hundida, crucé la sombra del arce y llamé a la puerta.

En ese momento se abrió y me sorprendió el cambio en el rostro de mi amigo. Había envejecido cinco años; nuevas líneas arrugaron su rostro pálido. Su saludo fue mecánico. Nos sentamos en el salón y conversamos, mientras él encendía un cigarrillo tras otro.

Cuando le pregunté si había dormido o había comido alimentos sólidos, se negó a responder. Baldwyn hacía sus propias tareas domésticas y, a menos que lo vigilaran, nunca comía lo suficiente. Le dije que se veía terrible, pero lo pasó por alto con un movimiento de su mano. ¿Qué cosa infernal le había convertido en una imagen demacrada de su antiguo yo? Protesté. Le exigí que dejara esa siniestra música y descansara un poco. No escuchaba.

Empecé a tener miedo de lo que había descubierto, porque era evidente que había tenido algún tipo de éxito. Sus mismos modos lo decían. Sin más conversación, comentó que estaría ocupado toda la tarde y me dijo que regresara a las diez y media de la noche. Pregunté por el experimento, pero no sirvió de nada. Me fui, prometiendo volver a la hora señalada.

Cuando volví a llamar a su puerta, tenía en el bolsillo un revólver 38 que había comprado en la ciudad esa misma tarde. No puedo decir con precisión lo que planeaba hacer; el gesto fue provocado por un sentimiento de tragedia inminente. En la actitud de Baldwyn había habido una reticencia que no me gustó. Siempre antes me había hablado de sus triunfos y descubrimientos.

Sin decir una palabra, Baldwyn me llevó a la habitación de arriba. Indicándome una silla cerca del Lunachord, se sentó en el banco y giró el interruptor que accionaba los motores eléctricos. La delgadez y palidez de sus mejillas me asustó. Apagó su cigarrillo y me miró.

—Rambeau, has sido muy paciente, sé que tienes curiosidad. También crees que me estoy matando. Descansaré un rato cuando termine, aquí. Creo que he encontrado lo que busco: el ritmo del espacio, la música de las estrellas y el universo que puede estar muy cerca o muy lejos. Sabes cómo hemos buscado esos otros libros, como el Necronomicón, y ansiado su saber. Esta traducción de Yergler no es muy clara, pero he intentado cerrar las brechas y producir los resultados que él insinuó.

»Verás, al principio había dos tipos de música completamente diferentes: el tipo que conocemos y escuchamos hoy, y otro que no es en absoluto terrenal. Fue prohibido por los antiguos y solo los primeros historiadores lo recuerdan. Ahora, el elemento del jazz negro ha revivido algunos de estos ritmos extraños. ¡Casi lo consiguen! Estas variantes polirrítmicas son cercanas. Earl Hines se acercó con su improvisación, Child of a Disordered Brain...

»No puedo decir qué pasará. Ayer recibí una carta de Lancaster en Providence y está realmente asustado. Le conté mis planes la última vez que escribí.

»Finalmente admitió que había leído el Chronike original, que es infinitamente más terrible que este libro que tenemos. Lancaster me advierte repetidamente que no toque la música que teme que haya escrito. En realidad, no se puede escribir, ¡no existen tales símbolos! Requeriría un nuevo lenguaje musical. Sin embargo, no voy a intentar eso todavía... Pero no puede ser tan malo. Dice que incluso podría haber alguna manifestación violenta: la música podría convocar una determinada cosa desde las sombras de otra dimensión. Lo que he hecho seguramente no puede hacer nada de eso... pero será un experimento interesante. Y recuerda, Rambeau, sin interrupciones.

Quería agarrarlo del cuello y sacudirle la cabeza. Abrí la boca dos veces, pero no salieron palabras. Había comenzado a tocar, y los acordes susurrantes me silenciaron más rápido que una mano sobre mi boca. Tenía que escuchar; el genio no permitirá nada más. Estaba hechizado, los ojos clavados en sus dedos voladores.

La música aumentó, siguiendo extraños patrones de ritmo que nunca antes había escuchado y espero no volver a escuchar nunca más. Eran sobrenaturales, locos. La música me conmovió profundamente; se me puso la piel de gallina; mis dedos temblaron. Me incliné sobre en el borde de la silla, tenso, alerta.

Una ola de frío horror me invadió cuando la terrible melodía subió a un tono más alto. El instrumento temblaba como en agonía. La loca fantasía parecía extenderse más allá de las cuatro paredes de la habitación, temblar hacia otras esferas de sonido y movimiento, como si algunas de las notas se escaparan de mis oídos y se dirigieran a otra parte. Los pálidos labios de Baldwyn mostraban una sonrisa sombría. Fue una locura; los ritmos eran más antiguos que los albores de la humanidad e infinitamente más terribles. Apestaban a una corrupción sin nombre. Era malvado, malvado como la canción del druida o la canción de cuna del ghoul.

Durante una pausa repentina en la música, sucedió. El tragaluz sobre nosotros vibró y la luz de la luna que salpicaba el cristal pareció licuarse y descender. Un solo rayo de intensa blancura rompió el vidrio y todo el panel se dobló hacia adentro. Golpeó el suelo con estrépito. La lámpara de pie se atenuó y se apagó. Aun así, la loca obertura continuó, sus horribles ecos sacudiendo toda la casa, pareciendo llegar al infinito, acariciar las mismas estrellas.

A la tenue e incierta luz de la luna, vi a mi amigo sobre el teclado, ajeno a todo lo demás excepto a la música. Luego, sobre su cabeza, vi algo más. Al principio era solo una sombra más profunda. Luego se movió. Abrí la boca y grité, pero el sonido se perdió en ese caos de horror.

La sombra flotaba hacia abajo, una masa informe de negrura más densa. Se espesó y tomó forma gradualmente. Vi un ojo en llamas, un tentáculo viscoso y una pata espantosa que se extendía hacia abajo.

La música se detuvo y el silencio del vacío absoluto nos envolvió. Baldwyn se puso en pie de un salto, se volvió y miró hacia arriba. Gritó cuando la oscuridad se acercó más y una garra humeante se apoderó de él. Su rostro en la penumbra era una máscara de horror.

Saqué la pistola en mi bolsillo, mirando mientras la sombra rodeaba lentamente su cabeza. Inquieto, imitando los movimientos de un zombi, Baldwyn levantó los brazos para defenderse de la monstruosidad, y se perdieron en la sombra agitada.

Entonces debí haberme vuelto loco, porque hay muchas cosas que no puedo recordar. Sé que salté hacia la nube, clavé mis puños en ella. Mis manos no tocaron nada... aunque recuerdo un olor fétido. De alguna manera, el revólver había saltado a mi mano y disparé a la masa cinco veces. Las balas rompieron la pared, nada más. Algo me golpeó en la sien y caí de espaldas. Puede que fuera uno de los brazos de Baldwyn. No lo sé.

Un fuerte estruendo discordante me devolvió el sentido. Me acosté de espaldas en el suelo iluminado por la luna, revólver en mano. Un olor nauseabundo me puso de rodillas, jadeando por aire. Baldwyn se había desplomado hacia atrás sobre el teclado, inerte. Las notas seguían sonando, llenando la cámara de espantosa discordia. El horror no lo pude ver, pero lo sentí cerca.

La cabeza de Baldwyn rodó y se levantó bruscamente. Ya no era humano, sino algo espantoso y extraño. Estaba salpicado de pequeñas gotas de sangre y con agujeros que parecían quemaduras, pero eran algo más. Sus labios se retorcieron y gruñó con los dientes apretados:

... ¡Rambeau!... ¡Rambeau!... No puedo ver... ¿Estás ahí...? Me tiene... ¡parte de mí!... ¡corre por tu vida!... ¡Dispárame! ¡Mátame!

Su orden me congeló de horror. En ese instante viví diez años. Olvidé la sombra imposible y el miedo que acechaba. Solo vi el rostro de mi amigo y los buenos recuerdos. Pensé en los apacibles días soleados que había pasado en una conversación seria bajo el enorme arce; pensé en noches de música.

Pero esa visión se oscureció y el horror regresó. Baldwyn se hundió más, su agarre en el instrumento cedió y cayó al suelo, boca arriba a la luz de la luna. Los últimos ecos espantosos resonaron en mis oídos; luego silencio. Vi la horrible sombra cerca de su cabeza, sus garras extendidas a tientas…

No esperé más. Sabía que lo decía en serio. Con mano temblorosa levanté el revólver y le disparé en la sien. Mi último esfuerzo consciente fue una loca carrera por la escalera serpenteante. Tropecé y caí en un pozo de oscuridad. Horas más tarde me desperté y me abrí paso por la casa, salí tambaleándome a la luz de la luna. Mi mente estaba en blanco. Podía recordar muy poco. Los terribles acontecimientos fueron un caótico revoltijo de horror. Mientras corría, seguí mirando por encima del hombro, mirando la cima del hastial oscuro cerca de la habitación de arriba de mi amigo.

He confesado y supongo que el juez y el jurado me colgarán. Realmente no puedo culparlos. Nunca entenderían por qué lo maté. Y ahora yo también debo pagar con mi vida por entrometerme en esos reinos prohibidos de pesadilla.

Todos los manuscritos de Baldwyn fueron quemados, incluida la copia del malvado libro de Yergler, por orden judicial especial. Parece que los vecinos escucharon los gritos y la música salvaje.

Y ahora otro terror me acecha. A menudo, en mis sueños, veo una forma nebulosa de absoluta oscuridad que cae del cielo nocturno para envolverme. Y en el centro de ese nimbo veo un rostro, una espantosa distorsión de algo que alguna vez fue humano y cuerdo: el rostro de mi amigo; mutilado y quemado, como debió de estar el rostro espantoso de Yergler.

Duane W. Rimel (1915-1996)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Duane W. Rimel.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Duane W. Rimel: La música de las estrellas (Music of the Stars), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El silencio de Erika Zann»: James Wade; relato y análisis


«El silencio de Erika Zann»: James Wade; relato y análisis.




El silencio de Erika Zann (The Silence of Erika Zann) es un relato de terror del escritor norteamericano James Wade (1930-1983), publicado por Arkham House en la antología de 1976: Los discípulos de Cthulhu (The Disciples of Cthulhu).

Como muchos habrán podido adivinar a propósito de su título, El silencio de Erika Zann es la continuación del clásico de H.P. Lovecraft: La música de Erich Zann (The Music of Erich Zann), publicado en 1922 [ver: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»]

Este notable relato de H.P. Lovecraft pertenece a los Mitos de Cthulhu, y narra la historia de un viejo músico mudo, llamado Erich Zann, capaz de componer melodías tan extraordinarias que su violín finalmente termina por abrir un portal interdimensional, desde el cual se contacta con criaturas inconcebibles.

En este sentido, El silencio de Erika Zann retoma el argumento principal del cuento de H.P. Lovecraft pero a través de una descendiente de aquel músico atormentado. Los violines y la música clásica han quedado atrás, solo persiste la misma obsesión pero en la voz de Erika Zann, vocalista de una banda de rock alternativo, cuyos acordes disonantes consiguen el mismo efecto estremecedor que la delicada música de su ancestro.




El silencio de Erika Zann.
The Silence of Erika Zann, James Wade (1930-1983)

De tanto en tanto me gusta pasear hasta la calle Ashford y mirar el baldío donde solía estar La Mancha Púrpura. En su tiempo había sido uno de los primeros clubes psicodélicos. Pero la escena del rock cambia rápido y el perfil de San Francisco más rápido todavía. La última vez que estuve allí me sorprendió ver que se habían puesto los cimientos de un nuevo edificio. Tuve la sensación de que aquellas excavadoras estaban enterrando una parte de mi vida, una parte que todavía estaba viva y gritaba allí abajo en silencio.

Todo el mundo, excepto yo, parece haber olvidado que existió La Mancha Púrpura, pero yo nunca olvidaré aquel viejo lugar, con aquellas luces deslumbrantes y su música atronadora, ya que fue allí donde viví el acontecimiento más trágico y asombroso de mi vida: el silencio de Erika Zann.

En realidad nunca me interesó el rock, y menos los alucinógenos, nunca fueron lo mío. Me metí en algunos de aquellos grupos absurdos, alternativos, y durante un tiempo tragué o fumé casi cualquier cosa que me daban, solo para ver lo que era. Pero ya estaba por encima de los treinta, y era lo que se dice un tipo normal, promedio, de manera tal que ni siquiera me sentía muy cómodo con el lenguaje que empleaban.

Lo aclaro porque, si realmente voy a escribir mi historia, y la de Erika, tendré que meterme hasta el fondo, pero no en el sentido del argot actual.

Lo que en realidad hacía durante aquellos tiempos, después de ocuparme de mi aburrido trabajo de nueve a cinco, era quedarme sentado como un espectador divertido que contempla todas aquellas vistas y sonidos nuevos a los que se había aficionado la zona de la Bahía en aquellos tiempos, hace apenas unos años, aunque ahora parecen siglos. Los jóvenes necesitaban un público en lugar de más exhibicionistas y bichos raros. Dado que era un recién llegado relativo del medio oeste, supongo que me sentía lo bastante solo como para que un papel en su mayor parte pasivo me pareciera mejor que no tomar parte alguna en todas aquellas emociones.

Así fue cómo empecé a ir a La Mancha Púrpura y cómo conocí a la vocalista de la banda de rock estrella del lugar, que se llamaba, con la extravagancia elefantina habitual, el Váter Eléctrico.

Había oído hablar de Erika Zann antes de conocerla. Había grabado unos cuantos discos bastante oscuros, cosas mucho más alternativas que el primer material que utilizó con El Váter. Recuerdo que había un disco dedicado totalmente a la misa satánica, y Erika estaba metida en aquello, junto con una serie realmente asombrosa de efectos de sonido además de ululaciones humanas que expresaban éxtasis, miedo y otros sentimientos menos identificables. Más tarde me dijo que había roto con el grupo de magia negra, pero no me dijo por qué, aunque creo que insinuó que había problemas de dinero.

Dado que el satanismo nunca me ha interesado demasiado no es que eso me impresionara, pero el simple hecho de tener durante aquellos primeros días en un sitio como La Mancha a una artista que hubiera grabado algo ya daba un cierto prestigio, así que a Erika le dieron tratamiento de estrella, aunque no empezó ganando ninguna encuesta de popularidad. De hecho, para un lugar como aquél, su interpretación al principio parecía bastante suave y apagada, aunque no siguió así mucho tiempo.

Recuerdo que entré tranquilamente una noche, saludé con la cabeza al gerente, Pete Muzio, y pedí una cerveza en la barra. El sitio había sido antes una taberna y todavía tenía licencia para vender alcohol, aunque los hippies del Hansbury ya se traían de casa sus propias emociones dentro de los pastilleros y las bolsas de hierba. Muchos de aquellos tipos barbudos y vestidos con ropa rara estaban sentados en las mesas, más o menos colocados (no hace falta que te describa a los especímenes de la contracultura de los últimos tiempos) mientras un guitarrista y un intérprete de bongo largaban en el escenario improvisaciones imitadas, recogidas de segunda mano de los discos de los Beatles. No había mucho que ver, excepto, quizás, dentro de los cráneos de los que ya habían subido a la órbita del ácido.

El gerente se acercó a mí en el bar. Si yo hubiera sido él y tuviera tantos dientes rotos, no sonreiría tan abiertamente.

—Tengo un nuevo grupo a bordo desde la última vez que te vi por aquí —murmuró.

Para ser gerente de un garito de muchos decibeles hablaba bastante bajo, lo que con frecuencia resultaba un inconveniente en la comunicación.

—¿Quiénes son? —pregunté por educación.

Pete Muzio era una atracción de La Mancha Púrpura que no me gustaba demasiado.

—Se llaman El Váter Eléctrico. Nada especial hasta ahora, pero tienen una vocalista nueva que ha hecho un par de cosas. Aún no he tenido tiempo de colgar los carteles pero se llama Zann, Erika Zann, una tipa alemana según creo.

Al poco rato subió el grupo y Erika cantó unos cuantos temas ruidosos pero olvidables. Aquel año se llevaban los arreglos de rock ácido, y si estabas al día sabías de dónde estaba mangando El Váter Eléctrico los acordes. En aquel momento La Mancha estaba entre especialistas de iluminación, así que Pete se las apañaba solo con las luces, lo que no aportaba mucho al efecto final. Después de la actuación, trajo a Erika a la barra y farfulló una presentación. Dado que tenía un trabajo normal y dinero para gastar, al contrario que muchos de sus clientes habituales, Pete intentaba mostrarse agradable conmigo.

La invité a una cerveza y le ofrecí unos cuantos cumplidos formales. Ella respondió de inmediato.

—Ahora cantamos cosas bastante normales, pero Tommy (el guitarrista) acaba de contratar a un nuevo arreglista. Está trabajando en unas cosas fantásticas, alternativas de verdad, con muchos más efectos electrónicos. Espera a oírlas.

Medí con la mirada a Erika Zann. El vestido de lentejuelas de siempre, bonita figura pero demasiado delgada. Una frente amplia acentuada por una llamarada poblada de peinado rubio ceniza. Unos ojos grandes, de un violeta profundo, su única pretensión de belleza; admitió que el color se lo daban unas lentillas. Una barbilla diminuta y puntiaguda bajo una boca que parecía demasiado pequeña para la voz que salía de ella. Definitivamente nerviosa, quizá un tic, como muchos de los intérpretes que se subían a un escenario.

Por hablar de algo comenté:

—Según Pete eres alemana.

Se echó a reír de forma mecánica.

—La verdad es que no. Nací en Europa justo después de la guerra. Mis parientes eran refugiados y llegaron a los Estados Unidos unos años después, yo ni siquiera me acuerdo.

—¿Músicos?

—Mi padre ya está muerto pero era violinista. Igual que mi abuelo, pero ya hace mucho que murió. Es irónico.

—¿El qué?

—El abuelo Erich Zann dejó a su familia en la década de los 20 y se instaló en París. Tocaba en una banda de teatro aunque papá decía que era bastante bueno. Era mudo, no sordo claro, pero no podía emitir ni un solo sonido. Ya ves, me llamaron Erika por un mudo y me gano la vida chillando como una loca.

Hablamos de más cosas pero nada memorable, y desde luego no me enamoré a primera vista de aquella rubia fibrosa y tensa.

Lo cierto es que tardé una semana o dos en volver a La Mancha después de aquel encuentro y cuando volví fue sólo por curiosidad, para oír los nuevos sonidos que según había oído estaban surgiendo de allí. Las cosas habían cambiado mucho. Entraban en el local de Pete a oleadas y la sonrisa nudosa del gerente era más amplia que nunca mientras examinaba la multitud de todas las especies que se agitaba bajo las tenues luces del techo y contaba los ingresos que había conseguido con la entrada que había empezado a cobrar en cuanto pensó que podía salirle bien.

Había carteles de Erika por todas partes. Cuando entrabas la peste a marihuana te hacía llorar los ojos; los penachos de humo enmarañados y viscosos eran lo bastante gruesos como para atenuar aún más las luces. Pete Muzio debía utilizar parte de los beneficios para pagar a la bofia local porque, que yo sepa, nunca registraron el local.

También había utilizado parte de la pasta para contratar a un buen iluminador, y había sustituido al dúo de la guitarra por un virtuoso del órgano Hammond. Precisamente ahora le estaba haciendo unas cosas a una fuga de Bach con percusión de jazz añadida que jamás habrían soñado Disney ni Stokowski. Si pensabas que aquello era salvaje, sólo tenías que esperar al acontecimiento principal. No cabía duda de que el Váter Eléctrico se había tropezado con un arreglista nuevo, aunque nadie supo jamás cómo se llamaba.

Lo primero que se percibía en el nuevo sonido es que era ruidoso, tan ruidoso que si ya te habías volado el cerebro, aquella música podría volverlo a colocar en su sitio a base de estruendo. En segundo lugar, era eléctrico. Había media decena de instrumentos nuevos para apoyar las guitarras, el saxo, la trompeta y la batería, nadie había visto ni oído nada parecido jamás, excepto quizá en el laboratorio del doctor Frankenstein.

Y en tercer lugar estaba Erika. No sé si siempre lo había llevado dentro o los trucos nuevos le añadían algo, pero aquello no eran sólo vagidos. En los puntos culminantes de aquellas largas series, que la dejaban agotada y temblando, despegaba en unos vuelos estratosféricos y sin letra alguna que te recordaban a Yma Sumac, aquella extraña soprano peruana de hace algún tiempo.

El efecto global, si bien no era exactamente rock (o no del todo rock) no dejaba de ser abrasador. Algunos de los clientes habituales tenían convulsiones, literalmente, pero dado que seguían volviendo supongo que estaban allí por eso. De vez en cuando se oía lo que parecía un efecto de sonido creado fuera del escenario, una especie de gruñido de amplio alcance que surgía en todas direcciones y que crecía cada vez más, como si hubiera alguien tirado sobre el teclado del gran órgano de una catedral. Nadie sabía lo que era y sólo había una cosa segura: el sonido no provenía de aquel pequeño Hammond trucado del escenario.

En aquellos momentos las luces de colores de la sala empezaban a saltar y surcar todo el espacio como reflejos del corazón del infierno y Erika se superaba a sí misma para elevarse por encima de todo aquel jaleo. Casi juraría que la mezcla de miedo y exultación que había en su cara no era fingida.

El público devoraba todo aquello y La Mancha se convirtió en el local más «in» de la ciudad, atrayendo con naturalidad a periodistas, turistas y escoria, por ese orden. Pete Muzio compró el café de al lado y derribó la pared medianera para conseguir más espacio. Yo también estaba enganchado y volvía semana tras semana, incluso cuando me di cuenta de que no era la música lo que me atraía (empezó a parecerme vagamente inquietante cuando no odiosa), sino la propia Erika.

Había llegado a conocerla un poco mejor por el simple método de invitar a la banda a unas copas entre pases o bien pasándoles hierba. Era una cría extraña, evasiva, pero yo estaba cada vez más seguro de que en ocasiones estaba muerta de miedo, así que supongo que lo que sentía por ella lo profundizó una especie de pena o instinto protector.

Una noche bebíamos solos en una mesa lateral y por fin empezó a sincerarse conmigo. Yo había hecho algún comentario fatuo, como que parecía nerviosa, lo cual no era más que un modo propio de derribar aquel endiosamiento; en realidad Erika siempre parecía igual de nerviosa.

—¿Nerviosa? Supongo que lo estoy. —Le dio una calada al cigarrillo, esta vez uno normal—. Es parte del negocio. Sólo que antes podía relajarme con algo de hierba o unos dedos de ginebra. Ahora nada parece ayudarme.

—¿Cuál es el problema?

—Bueno, montones de pequeñas cosas —Respiró a fondo y dejó escapar el aire con lentitud—. Ese horripilante manager que tenemos no nos está dando lo que nos corresponde. Y el batería me está tirando los tejos, o a Tommy, o quizá a los dos… ¿quién sabe? Tommy también ha cambiado. No nos quiere decir de dónde saca los arreglos o esos instrumentos tan chiflados. ¿Sabías que los instrumentistas nuevos y el tipo de las luces ni siquiera hablan de los sitios donde tocaron antes?

—¿Y eso te asusta?

—Quizá debería. Estuve bastante metida en la banda de adoradores del diablo de la que te hablé. Y tampoco se dedicaban sólo a eso. Algunos me la tienen muy jurada y creí haber reconocido en el tipo nuevo del vibráfono a uno de aquéllos, pero no quiere hablar, igual que los demás y no estoy segura. El tipo del vibráfono es muy amigo de Pete Muzio, parece que tienen asuntos privados. Pero lo peor es la música.

—¿La música? —exclamé yo—. Eso es lo que te ha convertido en una estrella.

—Lo sé, pero me sigue asustando. Cuando estoy en el escenario no sé de dónde viene la mitad del sonido. No es de esas cajas absurdas con rejillas y tubos de neón; son en su mayor parte postizos o simples decoraciones alternativas para los instrumentos electrónicos normales. Son esos rugidos y esos gemidos de fuera del escenario los que me ponen de los nervios.

»Te juro que he registrado cada centímetro cuadrado de ahí dentro, no hay tanto espacio. A menos que alguien se haya tomado la molestia de meter un juego de altavoces dentro de una pared de ladrillos sólidos y luego ocultar la salida de algún modo, es que no hay ninguna fuente para esos sonidos. ¿Y por qué iban a hacer algo así? Ni siquiera tiene sentido como golpe publicitario, ya que Tommy no deja que nadie hable de ello. Pensé en lo que me había dicho aquel chiflado de la alta fidelidad del público; había intentado grabar el concierto con un transistor escondido pero nunca podía recoger los sonidos que provenían de fuera del escenario.

Erika se terminó el martini con hielo que para entonces ya era sobre todo agua y continuó hablando.

—Te voy a decir algo que no le he contado jamás a nadie. Después de la muerte de papá encontré una caja de cartas de su padre, Erich Zann, dirigidas a mi abuela y escritas desde Paris, sobre todo en 1924 y 1925. Sé leer un poco de alemán porque solíamos hablarlo por casa. Las cartas hablan sobre las experiencias que tuvo el viejo mientras tocaba su violín a solas, por la noche, en el viejo almacén en el que vivía. Parece insinuar que había algo que iba tras él y que lo único que lo mantenía a raya era el sonido de su música. Hay una carta que menciona lo culpable que se sentía por meterse en cosas que es mejor dejar en paz.

»Suena muy peculiar en alemán. Y un párrafo que traduje con la ayuda de un diccionario habla de que miraba por la ventana a medianoche y veía sombras de sátiros y bacanales que bailan y giran como locos en abismos hirvientes de nubes, humo y relámpagos. Una locura, ¿eh? Debía estar realmente chiflado. Pero encontré otra carta en la caja, un informe de la policía de París que decía que Erich Zann había desaparecido y no lo podían localizar. Debía de ser una respuesta a una consulta sobre personas desaparecidas que envió la abuela Zann desde Stuttgart.

Pete Muzio se materializó desde detrás de unas nubes de humo de marihuana, como un diablo del escenario que hace su gran entrada.

—¿Todo listo, Erika? Es hora del último pase.

Aquella sonrisa lobuna parecía burlarse de nosotros, aunque no sé cómo podría haber oído algo.

Mientras esperaba allí sentado a que empezara la música se me ocurrió que aunque era difícil decir en aquella coyuntura si el viejo Erich Zann había estado loco o no, los paralelismos que insinuaba la rara de su nieta eran lo bastante extraños como para que la ingresaran en un manicomio si se lo contaba a mucha gente. Pero al mismo tiempo me di cuenta de que aquellos aparentes paralelismos podían empujar a alguien, que ya estaba bastante nerviosa y tensa para empezar, al otro lado de la cordura.

Empecé a buscar un modo de que Erika se alejara de La Mancha Púrpura, quizá con la excusa de unas vacaciones y luego para siempre. Pero había un dilema: allí se estaba multiplicando el éxito del grupo y Pete Muzio, benditos sean sus colmillos, los tenía atrapados en un contrato blindado. Por alguna razón el líder, Tommy, se negaba a grabar discos o a explicar esa negativa, aunque había rechazado ofertas que podrían haberlos llevado a la cima de verdad.

Tommy, con aquel peinado a lo Jesucristo y aquellos ojos introvertidos y medio ciegos, ahora parecía colocado todo el tiempo, y si ya estaba demasiado puesto para cuidar de sus propios intereses, ¿cómo iba alguien a pedirle que se preocupara por los de Erika?

Las cosas continuaron pero no mejoraron mucho. Erika parecía cada vez más delgada y más tensa y los juegos de sonidos combinados que se interpretaban tras ella eran cada vez más salvajes, mientras ella gemía y su voz adquiría un mayor color por encima del ritmo machacón y aquel rugido horrible y sin tono que parecía presionarla sobre el escenario y provenía de todas partes y ninguna. La novedad empezaba a desaparecer y el negocio (aunque bastante bueno) se basaba sobre todo en los admiradores fanáticos, o adictos, para quienes una velada con la lucha simbólica de Erika sobre el escenario era el equivalente a una especie de viaje emocional catártico. Los periodistas y empresarios discográficos se habían desvanecido en busca de otros grupos peculiares que quisieran colaborar en su propia explotación.

Aquella última velada, sin embargo, la sala estaba completa porque era viernes (no era trece pero no dejaba de ser un viernes negro). Llegué bastante tarde y vislumbré a Erika al otro lado de la sala justo antes de que empezara el último pase. Mientras me abría camino a empujones entre la multitud para acercarme a ella, me dejó sorprendido su expresión destrozada y el brillo desconcentrado de aquellos ojos violeta sobre el mohín tenso de la boca. Pensé por un momento que se había metido algo pero pareció reconocerme, y mientras el organista terminaba con el calipso politonal, la tomé del brazo y me la llevé a un lado.

—Erika, estás enferma —le solté, demasiado inquieto para ser educado—. Discúlpate y vámonos de aquí. Ya debes haber ahorrado lo suficiente para rescindir el contrato, con Tommy, con Pete o con los dos. No deberías hacer esto, te está matando poco a poco. Yo te ayudaré, ya sabes que me gustas —añadí, la única declaración de lo que sentía por ella que hice jamás.

Esbozó una sonrisa agradecida, la única respuesta que me dio jamás a esos sentimientos, pero estaba totalmente ronca y los vapores de ginebra cabalgaban en aquella voz.

—Estoy asustada, no enferma. Cada vez es más alto y yo no puedo subir más. Viene a por mí, está cada vez más cerca. Creo que sé lo que quiere, ¡y tengo miedo!

—¡Entonces huyamos de aquí!

—Quizá después de esta noche. Me falla la voz, en serio, pero tengo que hacerlo bien, conseguir un certificado médico. Así no habrá problemas, no como la última vez...

El organista terminó la melodía con un chapuzón de escalas atrapadas en unas disonancias que giraban como peonzas y las luces llameaban con la rapidez de una metralleta, convirtiendo al mundo en una serie de instantáneas. Erika se apartó de mí y caminó tensa, a sacudidas, hasta el escenario, una parodia de una secuencia de película muda surrealista.

El telón se alzó ante el Váter Eléctrico y las luces de toda la sala explotaron en locos patrones, como un bombardeo nocturno de la Segunda Guerra Mundial. Los gritos ahogados y abrumadores del combinado se metieron en medio, un chillido de pánico capaz de destrozarle los nervios a cualquiera, y yo sabía que aquel pase no iba a ser habitual, ni siquiera para aquel grupo.

Erika se embarcó en unos tonos dispersos que iba subiendo y rozando con ligereza unos acordes erizados que sonaban como los préstamos que tomaba Kenton de Stravinsky en la década de los años cuarenta. Casi de inmediato el rugido profundo, casi subaural empezó a presionarla desde fuera del escenario, más alto de lo que nunca lo había oído, desalmado, rapaz, implacable. Un hippie con un pelo que parecía una peluca sobresaltada y con el ácido brillándole en los ojos permanecía a mi lado gritando algo ininteligible. Me incliné hacia él y capté algunos fragmentos de frases:

—Negrura... ¡Negrura del espacio ilimitado! Espacio inimaginable repleto de música y movimiento… no hay nada parecido en la Tierra…

Erika luchaba por superar la marea, por llegar a la cima de las olas del sonido. Su voz remontaba los tonos cada vez más rápido, cada vez más alto, pero la oleada de sonido la sobrepasaba, se acurrucaba en los rompientes que tenía por delante, se apiñaba en olas rápidas y encrestadas suspendidas a ambos lados de ella. Las luces se atenuaron hasta alcanzar una especie de verde submarino y crepitante, salpicado por ráfagas lívidas de escarlata, magenta y violeta. Nadie podía soportar semejante tensión.

Me abrí camino hasta la barra donde acechaba Pete Muzio en una esquina oscura con aquella sonrisa de cuchillo en los labios. Lo agarré por el hombro, le pegué la cara y grité en medio del estrépito.

—¡Apaga ese ruido! Ese altavoz trucado o lo que tengas metido ahí detrás, tienes que tener un control de los amplificadores por aquí. ¡Apágalo! ¡La va a matar!

Pete ya no sonreía, sudaba y estaba muerto de miedo y por una vez en su vida chillaba para que lo oyera.

—No hay ninguna cinta, ni altavoces. ¡Te juro por Dios que no sé lo que es! Al principio pensé que era la banda la que lo hacía y ellos pensaban que era yo. Entonces el tío nuevo me advirtió que me metiera en mis propios asuntos si quería quedarme con algo...

Lo aparté de un empujón y me dirigí al escenario.

El estruendo sónico había subido hasta alcanzar el nivel de un chillido capaz de romperle los tímpanos a cualquiera; los músicos del combinado tiraron consternados los instrumentos. Incluso el espectáculo de luces se apagó horrorizado y dejó un único haz diminuto que jugaba sobre la figura de Erika y reflejaba las lentejuelas metálicas de su traje que centelleaban desde aquellos ojos enormes y acosados. Permanecía con los pies separados y firmes, los brazos extendidos, la cabeza echada hacia atrás, aquel bramido alienígena se retorcía a su alrededor como un nimbo visible. Contuvo la respiración, torció los labios y se inclinó mientras luchaba para sacar la última nota alta y torturada de aquella cadencia histérica.

Nada.

Ni un sonido, ni un chirrido, ni siquiera un gruñido salió del cuadrado de su boca. La voz, su única protección contra el cazador desconocido, al final se había roto.

Exultante, aquel rugido que todo lo inundaba pareció precipitarse sobre ella, que se tambaleó hacia atrás y cayó sobre la guitarra desechada de Tommy para luego tropezar con el súperamplificador que cargaba todos los instrumentos eléctricos y los altavoces, Hubo una erupción de chispas y vi que la mano se apresuraba a detener la caída y agarraba uno de los extraños instrumentos nuevos que permanecían allí como un coro siniestro de robots que supervisaran la escena.

Al instante toda la carga de corriente tocó tierra y chisporroteó de forma letal a través de las lentejuelas de metal del traje de Erika. El olor a quemado y ozono atravesó la peste a hierba. El telón del escenario estalló en llamas mientras los miembros de la banda huían (salvo por Tommy, que no lo consiguió) y el público se debatía drogado y asombrado para llegar a las salidas. Las serpentinas baratas y la psicodélica decoración de papel maché y estopilla canalizaron el fuego hacia cada esquina de La Mancha Púrpura, iluminando aquella pesadilla de motín con un fulgor siniestro, y de repente se fundieron los plomos.

Yo me encontraba cerca de la entrada y, aunque sabía que Erika estaba condenada sin remisión, intenté llegar por la fuerza al escenario a pesar de la presión de la multitud. Fue un gesto tan absurdo como fútil, el empuje de la masa me llevó hacia una seguridad que yo ni codiciaba ni valoraba. No fue demasiado espectacular en lo que a fuegos en lugares atestados se refiere. Además de Erika y Tommy, cuyos cuerpos estaban casi calcinados, aquella noche sólo murió Pete Muzio. No lo encontraron hasta el día siguiente, agachado tras la barra que había cerca de la entrada. No tenía ni una marca así que supusieron que había sufrido un ataque al corazón.

Dicen que todavía lucía en la cara la mueca rota habitual que siempre había confundido con una sonrisa.

Nadie salió malherido de la estampida de hippies colocados, lo que demuestra que (como dice el viejo proverbio) Dios cuida de los tontos y los niños. El interior de La Mancha Púrpura quedó totalmente destripado pero los bomberos no tuvieron demasiados problemas para controlar las llamas. Sin embargo, más tarde se juzgó que la estructura no era segura y se derribó el armazón del edificio.

Me alegro de que haya desaparecido, aunque no lo pueda olvidar jamás; ni tampoco olvidaré lo que pasó allí dentro, ni a las personas a las que les pasó. Y sobre todo no olvidaré (aunque tengo la sensación de que según pase el tiempo desearé cada vez más poder olvidarlo) el silencio de Erika Zann.


James Wade (1930-1983)




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de James Wade: El silencio de Erika Zann (The Silence of Erika Zann), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Esas personas adictas a regalar canciones


Esas personas adictas a regalar canciones.




Hay personas que cultivan una adicción culturalmente aceptada: regalar canciones; sobre todo en tiempos virtuales donde el acceso a la música es inmediato, gratuito, y ausente de ingenierías tales como el rebobinado.

Las razones que justifican esta costumbre de regalar canciones son muy variadas, casi tantas como individuos que se entregan sistemáticamente a ese vicio.

Están los que regalan canciones para festejar un cumpleaños, un examen aprobado, un lance amoroso, el advenimiento de un fin de semana largo, el resultado venturoso de un test de embarazo.

En otra categoría se inscriben aquellos que utilizan las canciones para manifestar ciertos estados de ánimo, desde la plétora a la depresión, desde remordimiento al júbilo, desde el aburrimiento a la lujuria.

Una tercera especie se determina por aquellos individuos misteriosos que regalan canciones con motivos inciertos.

Hay que admitir que cualquiera de estos sujetos posee un amplio catálogo de canciones para ajustarse a la atmósfera emocional del momento. Ninguna situación se escapa de sus asociaciones; ninguna es lo suficientemente elocuente por sí misma para prescindir de la música como forma de acentuar sus características.

Muchos de ellos incluso son capaces de musicalizar episodios dramáticos, como un funeral; otros utilizan la música para amenizar situaciones banales, cuando no directamente frívolas.

También es justo afirmar que no hay nada ilícito en el hábito de regalar canciones.

Todos conocemos al menos a una persona que cultiva esta peligrosa adicción. Para ellas las palabras son insuficientes para describir el torbellino de emociones que los perfora como una estaca enjabonada. Las canciones, en cambio, les ofrecen un vasto y fascinante catálogo de ambigüedades para describir aquello que se escapa por las grietas del lenguaje.

El problema, decíamos, no radica en regalar canciones, sino cuando dos regaladores seriales intentan comunicarse mutuamente.

Las canciones, los videos, los links, fluyen de un lado a otro. Ese ida y vuelta, ese diálogo musical, posee las características de un tiroteo.

Con el profesor Lugano tuvimos la ocasión de estudiar de cerca un caso testigo a propósito de esta obsesión: un hombre y una mujer que mantenían una frondosa amistad virtual. Entre ambos promediaban unas veinte canciones por día para comunicarse toda clase de sentimientos, estados de ánimo, ubicación geográfica, condiciones climáticas, estado del tránsito, malestares gástricos, etc.

Durante un año se regalaron tantas canciones que, frente al enorme vacío musical que se extendía ante ellos, o lo que es todavía peor, frente a la posibilidad de la repetición de temas ya utilizados para expresar asuntos diferentes, se sintieron en la obligación de conocerse.

Con el profesor fuimos testigos de aquel encuentro.

Fue en un bar, a la mañana.

El barullo del servicio, con mozos engominados yendo de un lado a otro, no logró disimular el silencio atroz que flotaba sobre aquella mesa. No se emitió una mísera palabra. Ambos desayunaron, se saludaron cordialmente con un beso en la mejilla, se empotraron sus respectivos auriculares y cada uno retomó sus actividades diarias.

Nunca más volvieron a verse.

Que este caso sirva de ejemplo para todos los que consideran una astucia sustituir el lenguaje por la música. Algunas personas se regalan tantas canciones que, al final, no tienen mucho más para decirse.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


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Dime qué música escuchas y te diré cómo piensas


Dime qué música escuchas y te diré cómo piensas.




En la carrera por determinar quién existió primero, el huevo o la gallina, un grupo de expertos del departamento de psicología de la Universidad de Cambridge decidió estudiar la relación entre la música que escuchamos y el funcionamiento y los hábitos singulares de nuestro cerebro.

En otras palabras, el estudio intenta explicar porqué nos gusta un estilo de música en particular. Al parecer, la cuestión se resume, una vez más, a la forma en la que nuestro cerebro se relaciona con los demás.

En este contexto existen dos estructuras de pensamiento fundamentales, más una tercera que resulta del equilibrio entre ambas:


El empatizador (empathizer): alguien que responde fácilmente a las emociones y sentimientos de otros.

El sistematizador (systemizer) alguien que responde fácilmente a las conductas, patrones y esquemas por encima de lo emocional.


La música es una parte importante de nuestra vida. Es fácil para cualquiera saber qué tipo de música le gusta y cuál no; a tal punto que nuestro cerebro requiere uno o dos acordes para decidir si algo le agrada o no.

Menos sencillo es determinar qué factores influyen en nuestro gusto musical.

Hace algunas décadas se creía que las preferencias musicales se relacionaban directamente con características tales como la edad, experiencia y personalidad del individuo. Sin embargo, más de el 90% de nuestras elecciones musicales se efectúan sin que estos factores entren en juego.

Aunque buena parte de nuestros gustos musicales fluctúan a través del tiempo, es posible predecir qué estilo de música nos gusta a partir de estas estructuras reinantes de pensamiento; en otras palabras: nuestro estilo cognitivo.

Este estilo cognitivo no es otra cosa que nuestro cerebro revelando sus apetitos principales: ya sea en individuos con altos registros de empatía —la habilidad de reconocer y reaccionar ante los pensamientos y sentimientos de otros— o de sistematización —interés por los patrones, los sistemas, las reglas—.

Los investigadores estudiaron a más de 4.000 voluntarios quienes debieron puntuar unas 50 piezas musicales de 26 géneros y subgéneros de todo tipo, buscando que no sean influidos por cuestiones culturales o personales a la hora de hacer la elección.

Los sujetos con mayores niveles de empatía elegieron ritmos menos intensos (música latina, baladas, country, folk, pop, blues, reggae); mientras que los sistematizadores seleccionaron mayor intensidad (metal, punk, rock, jazz).

Lo primero que sorprendió a los investigadores es que muchas personas que aseguraban tener preferencia por ciertos estilos, por ejemplo, el black metal, en realidad respondían mejor ante jazz. Al respecto, se profundizó el estudio dentro de cada género en particular, arrojando que los empatizadores prefieren, en líneas generales, un estilo de música menos pretencioso, mientras que los sistematizadores se inclinan por melodías más sofisticadas.

Se estableció entonces que el primer grupo (empatizadores) responden mejor a niveles de vibración más bajos, con acordes cálidos y sensuales; pero también a los ritmos que expresan un variado rango de emociones negativas, con características tristes o directamente depresivas.

El segundo grupo (sistematizadores) necesita mayores niveles de intensidad y tensión en la música.

El tercer grupo (equilibrados) pueden pasearse por una amplia gama de géneros sin sentirse particularmente atraídos por ninguno.

Estos estudios revelan que nuestros gustos musicales son algo así como un espejo de quienes somos emocional, social y cognitivamente; lo cual no significa que al pertenecer a uno de estos grupos seamos excluidos de los gustos musicales del otro.

Por ejemplo, a los empatizadores les gustarán bandas como Queen, Pink Floyd y Deep Purple, pero también muestran afinidad con otros estilos más propios de los sistematizadores, tales como Metallica o Vivaldi.

Todo parece indicar que la música que más nos gusta es aquella que mejor expresa nuestra forma de pensar, o mejor dicho, nuestro modelo de pensamiento.

Al cerebro, hay que decirlo, le importa realmente poco la letra de una canción. La melodía lo es todo.




El lado oscuro de la psicología. I Relatos de música.


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El sueño de Chuang Tzu: Borges, el tiempo y las mariposas


El sueño de Chuang Tzu: Borges, el tiempo y las mariposas.




Chuang Tzu (Zhuangzi) fue un filósofo de la antigua China que vivió alrededor del siglo VI a.C. El escritor argentino Jorge Luis Borges utilizó su historia en el siglo XX, y especialmente sus sueños, en una obra notable: Nueva refutación del tiempo.

Para desbaratar nuestra noción del tiempo, del espacio, del ser, a veces basta con explorar una simple idea, ligera como los sueños y delicada como las alas de una mariposa.

A continuación daremos cuenta del famoso sueño de Chuang Tzu, y al final tres versiones de ese mismo sueño a través del compositor argentino Ezequiel Viñao:



Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar no sabía si era Chuang Tzu el que había soñado que era una mariposa o si una mariposa soñaba que era Chuang Tzu.


Tres versiones del sueño de Chuang Tzu (Ezequiel Viñao)





Diccionario de sueños. I Libros extraños y lecturas extraordinarias.


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Esperanza Spalding homenajea a «La mosca» de William Blake


Esperanza Spalding homenajea a «La mosca» de William Blake.




La música y la poesía son lenguajes similares: ambos son sonoros, armónicos, y para existir deben integrarse mutuamente. La música sin poesía es un híbrido sin vida, así como la poesía que carece de musicalidad carece también de alma.

No es infrecuente que la música, sin importar a qué género pertenezca, se inspire en los grandes poetas; sin embargo, pocas veces ese homenaje alcanza el mismo grado de emoción y sentimiento que el original, pero cuando sí ocurre se produce algo maravilloso.

Esperanza Spalding es una bajista, contrabajista y cantante de jazz; tal vez la más talentosa de su generación; cuestión que queda evidenciada en esta hermosa versión del poema de William Blake: La mosca (The Fly).

Se trata de un poema sencillo, al menos en apariencia, pero que en su simpleza roza algunas de las grandes abstracciones y misterios del ser.

William Blake nos presenta al narrador durante uno de esos instantes de vacío intelectual, es decir, completamente en blanco, sin pensamientos fijos u ordenados. Ese vacío, ese mirar a la nada —una mosca— rápidamente se desplaza hacia la contemplación.

La mosca y el narrador son presas de las mismas circunstancias incontrolables de la vida. Ambos, la mosca y el hombre, son lo mismo; o mejor dicho, ambos son la mosca y el hombre.

Los dejamos con esta excelente versión de Esperanza Spalding y, después del video, compartimos La mosca de William Blake para los que deseen seguir la letra de la canción a través del poema original.



Esperanza Spalding: «Little Fly»:



«La mosca»: William Blake; poema en español e inglés.

Pequeña mosca,
tus juegos veraniegos
fueron truncados
por mi descuidada mano.

¿No soy yo
una mosca como tú?
¿O no eres tú
un hombre como yo?

Porque bailo
y bebo, y canto
hasta que alguna mano ciega
me arranque el ala.

Si el pensamiento es vida,
fortaleza y aliento;
y la ausencia
de pensamiento es muerte;

entonces yo soy
una mosca feliz,
ya sea vivo, ya sea muerto.


Little Fly
Thy summer's play,
My thoughtless hand
Has brush'd away.

Am not I
A fly like thee?
Or art not thou
A man like me?

For I dance
And drink and sing;
Till some blind hand
Shall brush my wing.

If thought is life
And strength and breath;
And the want
Of thought is death;

Then am I
A happy fly,
If I live,
Or if I die.




Poemas de William Blake. I Poemas del romanticismo.


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Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de T.G. Jackson.
Poema de H.P. Lovecraft.
Taller gótico.


Relato de Hume Nisbet.
Consultorio paranormal.
Poema de Leah Bodine Drake.