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La extraña música de la soledad

La extraña música de la soledad.


Casi todas las madrugadas, cuando los mozos del bar resuelven echarnos a patadas apelando a vagos rumores de insolvencia, nos dispersamos en dirección a las vías del ferrocarril, principalmente para beber y discutir y pelear sin ser perturbados por la fuerza policial.

Y casi todas las noches, invariablemente, golpeamos la puerta del doctor Galimberti, cuyo domicilio se encuentra emplazado frente a la estación, para invitarlo a participar de nuestras reuniones postreras.

El buen doctor nunca aceptó venir con nosotros. Con semblante cordial nos desprecia, noche tras noche, excusándose en dudosas ocupaciones que reclaman su atención.

Nosotros sabemos que está solo, que vive solo, que come, duerme, caga y se masturba en el aislamiento más hermético.

No obstante, de las ventanas tapiadas de su casa siempre emerge una melodía, una música triste y melancólica que llega hasta nosotros como la cerrazón inexorable de la niebla.

Intrigados por el enigma, resolvimos espiar por una rendija de la ventana.

El doctor Galimberti, probervialmente solo, escuchaba música sentado en un viejo sillón. Lo observamos durante largos minutos sin advertir siquiera el más infinitesimal movimiento muscular, ni el más leve parpadeo, solo una respiración pausada que hinchaba su pecho de tanto en tanto.

Entre burlas de pésimo gusto regresamos a embriagarnos sobre el terraplén.


—¿Qué opina, profesor Lugano? —preguntó alguien— El hombre parece buscar la soledad como el náufrago busca una tabla de la cual aferrarse.

—Opino lo contrario, que el doctor Galimberti no está solo en absoluto.

—Pero, profesor, el hombre casi no sale de su casa, jamás aceptó beber con nosotros, y prefiere, en cambio, permanecer solo con su música.

—Y en esa soledad está mucho mejor acompañado que nosotros.

—¿A qué se refiere?

—A que nosotros, y la mayoría de la gente, se reúne y bebe y festeja para silenciar sus propias fantasmagorías; para no sentirlas, para no oír sus reclamos. Pero el doctor Galimberti, como todo aquel que escucha música aislado de los demás, siente que su soledad repentinamente se puebla de entrañables fantasmas.



Filosofía del profesor Lugano. I Egosofía.


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El artículo: La extraña música de la soledad fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

5 comentarios:

Antonio Martín Bardán dijo...

Me gustó mucho el relato, con el cual me identifico. Del mismo tema he escrito mucho en mi cuaderno nocturno durante años.
Gracias. Un saludo.

Antonio
(caminante solitario)

Maika Duvnj'ack dijo...

La sociedad de hoy, de alguna manera, nos devuelve nuestro propio reflejo: la ropa que usamos, el celular, los lugares de esparcimiento que frecuentamos, el barrio al cual pertenecemos, la cantidad de contactos ("amigos") en redes sociales que tengamos,nuestro trabajo,las personas con las que nos relacionamos y un gran etc, etc, etc, aparentemente nos "define" como personas. En esta sociedad de superficialidades barrocamente ornamentadas, todo ese conjunto enorme de cosas y situaciones (que no dejan de ser eventuales, temporales y/o circunstanciales en nuestras vidas) nos devuelve un reflejo de nosotros mismos que , a mi parecer, esta completamente deformado...pero nos gusta. Como no va a gustarnos, si construir esa imagen nos costo tiempo, trabajo y esfuerzo!!! Escuchar a nuestros propios pensamientos, oir a nuestros fantasmas mientras susurran, nos muestra un reflejo despojado de ornamentaciones y superficialidades, un reflejo mas nitido de lo que somos y de la realidad que vivimos...y eso nos aterra!!!

Sebastián Beringheli dijo...

Lo peor de todo es que toda esa parafernalia resulta muy fatigosa; no obstante, como bien decís, Maika, a veces el miedo a quedarse solo con los propios pensamientos nos obliga a fratacharlos con superficialidades que de a poco nos van aturdiendo.
Excelente perspectiva, amiga.

Anónimo dijo...

Estar solo y aburrido, es como estar encerrado en el peor lugar del mundo, uno mismo...

Anónimo dijo...

La soledad es la màs terrible de las enfermedades. Y para eso no hay remedio. Vittorio.