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«De guardia»: Dennis Etchison; relato y análisis


«De guardia»: Dennis Etchison; relato y análisis.




De guardia (On Call) es un relato de terror del escritor norteamericano Dennis Etchison (1943— ), publicado originalmente en la edición de marzo de 1980 de la revista Fantasy Newsletter, y desde entonces recopilado en numerosas antologías.

De guardia, posiblemente uno de los cuentos de Dennis Etchison más reconocidos, plantea una situación simple, cotidiana, que repentinamente se transforma en una pesadilla kafkiana: un hombre pasa a buscar a su esposa por el hospital, donde ella debía retirar los resultados de unos estudios. Sin embargo, ella no aparece por ninguna parte, y a medida que su desaparición se torna más y más inexplicable la fibra de la realidad parece desgarrarse.

Ya al inicio del relato de Dennis Etchison se percibe algo extraño, indicios de que algo no anda bien: un ciego vendedor de periódicos vocifera: ¡Muchos se están muriendo y muchos ya están muertos! La frase no es desacertada ¿Acaso no todos estamos muriendo de alguna forma? Y si esto es así, ¿no es la vida una especie de sala de espera?

A pesar de que el protagonista de De guardia continúa tomando decisiones cada vez más desesperadas para encontrar a su esposa, todo parece indicar que hay un destino del que nadie puede librarse. En última instancia, esperando pacientemente o tomando medidas que juzgamos propias, todos terminan en el mismo lugar.




De guardia.
On Call, Dennis Etchison (1943— )

—Léalo ahora —proclamaba el vendedor de periódicos ciego—, ¡Muchos están muriendo y muchos ya están muertos!

Winter redujo la marcha y giró en la esquina, intentando hallar un hueco. Pasó junto a una tienda de fotos, una tintorería y lavandería, una papelería, un aparcamiento a varios niveles que ocupaba la mitad de la manzana y, en la siguiente esquina, la parada de la floristería. Sintió una momentánea desilusión al comprobar que desde su carril no podía ver siquiera un atisbo de la joven que trabajaba allí; la mayor parte de los días la veía en su trayecto de vuelta desde la autopista, su rostro evolucionando entre las flores, y la alegría de la visión, su precisión, parecían acortar la distancia de su camino y hacían su carga algo más fácil de soportar.

De todos modos, era sábado, recordó. Debía seguir adelante.

Tendría que dar otra vuelta.

Podía, por supuesto, encontrar fácilmente aparcamiento en la estructura municipal, pero a Laurie nunca le había gustado tener que caminar todo aquel trecho desde la entrada de la clínica.

¿Cuánto tiempo tardaría su esposa esta vez? ¿Diez minutos? Más, pensó. Probablemente veinte, si las cosas iban como siempre. O treinta.

—Sólo tengo que saber el resultado de los rayos X —le había dicho—. No me llevará mucho tiempo.

Dios, esperaba que no. Sabía lo que pasaba con el tiempo cuando la mente de ella se absorbía en algo.

Dio otra vuelta a la manzana, justo en el momento en que un Mustang negro se metía en un sitio libre frente al edificio de la clínica. Gruñó y rechinó los dientes. Había perdido la cuenta de las veces que había dado la vuelta a la manzana. Giró su muñeca para mirar el reloj, pero no podía recordar cuánto tiempo hacía que la había dejado.

Se acercó a la esquina.

Empezaba a atardecer. Observó cómo los edificios habían empezado a parecerse a cajas oblongas, hilera tras hilera, colocados interminablemente, mientras las sombras llenaban los umbrales de las puertas y descendían de los tejados. Redujo a marcha lenta y observó que el coche estaba avanzando realmente al paso de uno de los peatones, un viejo de hombros encorvados que caminaba laboriosamente por la acera de enfrente de la clínica.

Winter sintió un estremecimiento, sin comprender realmente por qué, y redujo aún más la velocidad.

Había un aparcamiento para taxis junto al semáforo. Puso punto muerto y se acercó al bordillo. Cortó el encendido, ajustó el retrovisor de modo que pudiera verla cuando saliera, y se quedó sentado escuchando los crujidos del motor a medida que se iba enfriando.

Una mujer policía pasó junto a su ventanilla abierta. Agitó su casco y le hizo señas de que se fuera. Asintió. Cuando volvió por segunda vez —cuarenta minutos más tarde—, puso el coche en marcha, rebasó el cruce y condujo hasta que encontró un lugar donde aparcar en la siguiente manzana.

—Lo siento —dijo la enfermera—, pero no puedo encontrar ninguna señora Winter.¿Es ése el nombre? No la encuentro aquí en el registro.

—Sólo vino para saber el resultado de unas radiografías. —Le ofreció una sonrisa, dirigió una intensa mirada a la enfermera y desvió los ojos—. Hará como una hora.

—Bien, espere un momento. Preguntaré a la otra chica.

Chica, se repitió para sí mismo maravillado. Sólo las mujeres muy jóvenes —y las de edad madura como aquélla— se llamaban a sí mismas de esa manera. ¿Cuántos años más serían capaces de continuar con aquello? ¿Hasta que sus rostros se cuartearan y se convirtieran en polvo?

Winter observó la sala de espera. Lisas y monótonas paredes, un desordenado revistero lleno de revistas con fundas de plástico, una jardinera llena de apagadas llores artificiales. Una interminable dosis de música enlatada surgiendo de un altavoz oculto. Reflexionando, identificó la selección como el tema de la película Doctor Zhivago.

Una segunda enfermera apareció por detrás de la división de cristal opaco.

—¿Señor? —dijo con un tono de voz preciso y controlado.

Como una bibliotecaria, pensó.

—Su esposa seguramente está con uno de los doctores. Es probable que él haya querido estudiar los resultados con ella. ¿Por qué no se sienta y aguarda un poco? Estoy segura de que saldrá dentro de un minuto.

Había una fría autoridad en su voz. Seguramente procedía de su sentido de la territorialidad, pensó Winter. O quizá había sido bibliotecaria alguna vez, hacía mucho tiempo. Podía presionarla, pero, ¿para qué preocuparse? Indudablemente tenía razón. Además, hacía calor, estaba cansado, y... bueno, lo dejó pasar.

Se volvió hacia la sala de espera. No. Agitó la cabeza. No necesitaba codearse con la serie de pobres enfermos que llenaban la habitación, no ahora. Evitó mirarlos. Una lluvia permanente de consultas, chequeos y cosas por el estilo, pensó. Suspiró y se encaminó hacia afuera, pasando junto a una mujer de mejillas sonrosadas y sus dos niños con cara de mono.

Había una cervecería alemana al otro lado de la calle, apenas identificable por un rótulo en letras góticas. Tomó asiento en la barra, en un lugar desde donde podía observar la fachada de la clínica. Pidió una jarra de Lowenbrau Negra y miró más allá de la cecina de buey y huevos en salmuera hasta que la jarra estuvo vacía.

Todavía ninguna señal de Laurie.

Siguió con otra Lowenbrau y, sorprendentemente, empezó a sentir los efectos. Entonces recordó que aún no había comido nada. Le parecía haber pasado todo el tiempo yendo de un lado para otro, haciendo llamadas, apurando su agenda a fin de poder recoger a Laurie antes de que la clínica cerrara.

Cuando se acercó de nuevo a la recepción, no pudo evitar el darse cuenta de lo sucia que estaba. La pintura aparecía desconchada apenas cruzar la puerta; el estuco empezaba a desprenderse en los bajos, formando montoncitos de polvo finísimo que parecía producto de insectos roedores. Había un aviso de apariencia oficial clavado a la puerta, algo acerca de la Semana Nacional del Suicidio. No se detuvo a leerlo.

Una nueva enfermera, más joven que la anterior, alzó la vista. El apoyó sus manos abiertas sobre el mostrador.

—¿Cómo se encuentra usted hoy? —preguntó ella.

Sus ojos le miraron aleteantes, leyendo sus rasgos mientras alcanzaba un formulario.

—Me encuentro estupendamente —empezó él—. Se trata de mi esposa. Sé que parece una locura, pero...

Le contó lo que había ocurrido. Cuando terminó, ella dijo:

—Iré a ver.

Observó mientras otra figura de blanco se materializaba detrás del cristal opaco. Oyó a la primera enfermera resumiendo su historia. Su conclusión fue:

—Pienso que tal vez debiera ver al doctor...

No pudo captar el nombre.

La otra enfermera, la cuarta que había visto, le examinó de arriba abajo. Empezaba a sentirse como un hombre atrapado. La mujer agitó secamente su cabeza de lado a lado. Casi pudo oír un clic mental mientras ella llegaba a una decisión.

—No, no lo creo —dijo, y luego a él—: Quizá haya venido de incógnito.

—¿Qué?

—He dicho que quizá ella haya venido de incógnito. ¿No lo cree usted así?

—Es lo que yo dije —murmuró la otra enfermera—. Pruebe a ver.

—¿Incógnito? —repitió él.

Parecía como si hubiera perdido algo. Repitió la palabra mentalmente varias veces, hasta que perdió todo su significado.

—Al menos podría usted comprobarlo —dijo la primera enfermera, regresando a su silla, mientras la enfermera mayor desaparecía tras la partición.

Sintió deseos de echarse a reír. Abrió impotente las manos, volviéndose para compartir la broma con cualquiera que hubiera estado escuchando. Pero nadie prestaba la menor atención. Realmente, pensó, quizá hubiera debido esperar allí desde el principio. Después de todo, quizá no se había dado cuenta de su salida. ¿Quién sabe?

Meneando la cabeza, regresó hacia la salida. Pasó junto a la misma mujer con los dos niños. ¿Qué clase de lugar era aquél? Aquellos chicos no parecían necesitar cuidado alguno. Sus mejillas estaban llenas de color. ¿Qué demonios estaban haciendo en aquel lugar?

Ella no le aguardaba junto al coche.

El cielo estaba oscureciéndose rápidamente. La calle adoptó una hosca y vagamente amenazadora apariencia a medida que las sombras se alargaban sobre el opaco y liso borde de la acera bajo la inquietante asimetría de la arquitectura. Viejas comisas, remates y canalones se proyectaban como dientes rotos cerca de los paneles de cristal, convirtiendo a los edificios en algo extraño, inestable, a punto de desmoronarse; cada paso que daba parecía amenazar con derrumbarlo todo a su alrededor.

Se detuvo junto a la cervecería alemana, intentando recomponer su actitud. Se sentía como alguien esperando un tren, uno del que no sabía siquiera si iba a parar en su estación.

Vio solamente a algunos peatones dispersos por la calle. Incluso el tráfico había disminuido hasta hacerse casi invisible. Pero era consciente de una pared de sonido casi física, procedente de otra parte de la ciudad. Se volvió hacia el ventanal del restaurante y entró. Los rostros agrupados en la barra eran viejos. Todos ellos. Podía tratarse de una ilusión provocada por el espejo sin limpiar, pero no lo creía así.

Un rostro en particular le resultaba extrañamente familiar.

De pronto estuvo seguro. Sí, había visto a aquel hombre en la sala de espera, sentado calmadamente con los demás, leyendo una revista o mirando al suelo. Winter recordó. La gente en la sala. Todos mirando al suelo. Esperando.

Sólo que no era exactamente el mismo hombre. Wintner parecía recordarlo más joven, más saludable.

Captó su propio reflejo en el sucio espejo y contuvo la respiración. Se sintió sorprendentemente aliviado. Su propio rostro, al menos, era aproximadamente tal como lo recordaba.

Mientras cruzaba la calle hacia la clínica comprobó las tiendas de ambos lados. Todas eran destartaladas, ruinosas. La mayoría de ellas estaban ya cerradas para la noche. De todos modos, ninguna pertenecía al tipo de las que Laurie acostumbraba a entrar.

Creyó ver una silueta deslizándose fuera de su ángulo de visión. Fue el único movimiento en toda la acera. No pudo dilucidar de qué se trataba. Quizá fuese uno de los propietarios de las tiendas cerrando su negocio y marchándose a casa, pero por un segundo casi reconoció el modo de andar. El tirador de la puerta casi se le quedó entre las manos.

Una pareja de viejos se cruzó con él camino de la salida, oliendo a lilas y a aldehido fórmico. Pudo ver a dos nuevas enfermeras, ambas más jóvenes que las otras con las que había hablado. Cuando se acercó al mostrador dejaron de hablar. Casi pudo oír lo que estaban diciendo.

—¿Tiene usted concertada alguna cita? —dijo la primera, mirando preocupada al reloj que zumbaba con fuerza en la blanca pared—. Me temo que la mayor parte de los doctores ya se han ido.

—Escuche —dijo él, y le contó la historia. Se lo contó todo. Luego dijo—: Deseo hablar con alguien responsable. Luego deseo que esa persona, o usted, o quien sea, compruebe las salas de consulta, las oficinas, los laboratorios, los lavabos, todo, por el amor de Dios. Quiero saber si mi esposa se encuentra aún en el edificio, y quiero saberlo ahora.

—Un momento, señor.

Los dedos de Wintner tabalearon en el estéril mostrador. Mientras aguardaba allí, una puerta que daba a una oficina interior se abrió de golpe y salió la mujer con los dos niños. Una enfermera mantuvo la puerta abierta para ellos. Lo necesitaban. La mujer avanzaba tan lentamente que parecía a las puertas de la muerte; los niños estaban pálidos como fantasmas.

Saludó automáticamente con la cabeza cuando pasaron. La vieja mujer alzó sus cansados ojos, observó su rostro y murmuró algo ininteligible.

—Por aquí, por favor.

Al principio no se dio cuenta de que la enfermera le hablaba a él. Luego vio que la puerta blanca seguía abierta como un ala protectora. Para él.

—La ha encontrado —dijo él, sintiendo que sus músculos se relajaban.

La enfermera carraspeó, pero no dijo nada.

La siguió. El pasillo era tan inmaculado como su almidonado uniforme. Podía oír el roce entre sí de sus medias blancas mientras le guiaba hasta una habitación al final del corredor.

—El doctor de guardia le ayudará —dijo ella.

—Espere...

La puerta se cerró tras él.

La oficina estaba confortablemente decorada, con cuero y madera oscura. Había otra puerta en el otro lado. Probó un sillón demasiado mullido, pero de nuevo se levantó para pasear arriba y abajo sobre la moqueta. Había libros por todas partes, y sepultados entre ellos variados artefactos que parecían los despojos disecados de pequeños animales de especies desconocidas.

Se dirigió al escritorio.

Un fajo de notas asomando por el borde de un pisapapeles. Un bloc de notas escrito con una caligrafía indescifrable. Tras el escritorio, enmarcados, un surtido de certificados de fundaciones de todo el país, incluida una de la Clínica Menninger de Topeka. Así que se trataba de eso. Un médico de la cabeza.

¿Es eso lo que creen que necesito?

Dio un paso atrás. Su hombro tocó una de las estanterías. Se volvió. Una hilera de frascos de cristal sellados con resina, cada uno más grande que el anterior. Contenían extracciones embalsamadas de algunos organismos extrañamente familiares, en diversos estadios de crecimiento, flotando. Sus ojos siguieron la secuencia. Cerca del final, los frascos se convertían en botellas, luego en bocales.

¿Qué era lo que habían hecho con ella?

Sonó un golpe ahogado en la pared del fondo, detrás de la puerta del otro lado. Sin pensarlo, sus dedos se cerraron en tomo a uno de los frascos de especímenes.

La puerta chasqueó y empezó a abrirse con un leve chirrido. Su cuerpo se sobresaltó mientras sus pies se movían hacia atrás con excesiva rapidez. Buscó a tientas la puerta que conducía al vestíbulo, encontró la manija, salió tambaleándose.

Hubo un movimiento tras él, pero no miró hacia atrás. Oyó las suelas de crepé de los zapatos de las enfermeras chimando al cruzar el suelo de la recepción. Oyó sus nerviosas, experimentadas, demasiado jóvenes voces, vio confusamente sus manos que intentaban sujetarle mientras pasaba corriendo junto a ellas. Vio el vinilo curvando las portadas de las viejas revistas, captó el flotante aroma de muerte conservada en el aire. Olió los productos químicos sobre su piel, sintió el contacto de la fría y pegajosa puerta, y el repentino azote del aire nocturno en su pecho. Notó el sabor de la oscuridad y el coágulo de miedo en su garganta.

Mientras corría, algunas voces intentaron abrirse camino dentro de él. Las enfermeras. ¿Qué era lo que decían cuando él había entrado? Sonaba como... como...

—Vivimos de la muerte —creía haber oído.

Y el vendedor de periódicos. ¿No había estado gritando algo más el ciego? Ninguno de los muertos ha sido identificado, pensó que había dicho. Y la mujer vieja. ¿Qué intentó decirle?

—Nosotros somos los muertos —había dicho—. Nosotros somos los muertos.

Cambió su carrera a un paso rápido. Casi podía ver al viejo que antes había divisado en la acera, arrastrando los pies, alejándose de la clínica. Un hombre que antes había sido —no hacía demasiado tiempo, quizá en absoluto demasiado tiempo— mucho más joven de lo que ahora era.

Se descubrió a sí mismo en el cruce, cerca de la floristería. Estaba oscura, vacía excepto por el aroma dulzón de las coronas y los ramos de flores que aguardaban en las sombras. Se estremeció y cruzó la calle rápidamente, mecánicamente, intentando llegar hasta su coche.

Pasó ante la cervecería alemana.

Había rostros en el interior. Estaban agrupados en tomo a la barra de madera oscura. Todos eran viejos, ahora más allá de toda credibilidad, mortalmente enfermos, mirando al espejo, aguardando. Le recordaron los rostros que había visto antes. Entonces vio a la muchacha de la floristería.

Entró.

Ella permanecía allí de pie. Su voz era casi alegre mientras se movía entre ellos, haciendo preguntas, dando consejos, arreglando las cosas. Por primera vez notó que a ella le faltaba un brazo, y su rosado muñón, redondeado y liso, surgía bajo la abertura de su traje de verano. ¿Cuánto tiempo llevaba así?, se preguntó. ¿O las cosas funcionaban de otro modo también para ella? Alocadamente, pensó: ¿Acaso nació incluso con menos?

Se quedó allí de pie, temblando, observando su animada figura, y el jarrón de marchitas flores en el extremo de la oscura y pulida barra. Al cabo de un minuto, ella se dio cuenta de que la estaban observando.

Lentamente, él tendió su mano hacia ella.

—Le he traído una cosa —se oyó decir a sí mismo, aún inseguro, intentando pensar en las palabras adecuadas mientras le tendía el frasco—. Yo... pensé que debía usted ver esto. Dios la maldiga.

Ella se volvió con un movimiento cuidadosamente estudiado, sus músculos crispándose y relajándose, crispándose y relajándose con cada parte de su movimiento, hasta que finalmente su mirada se detuvo en la de él.

—¿Qué? —dijo.

Hubo una pausa que pareció prolongarse eternamente. Luego, alguien lanzó un sonido que era algo así como una risa y un estertor de muerte, y el negro miedo le invadió.

Dennis Etchison (1943— )




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Dennis Etchison: De guardia (On Call), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los sueños de Albert Moreland»: Fritz Leiber; relato y análisis


«Los sueños de Albert Moreland»: Fritz Leiber; relato y análisis.




Los sueños de Albert Moreland (The Dreams of Albert Moreland) es un relato de terror del escritor norteamericano Fritz Leiber (1910-1922), publicado originalmente en la edición de primavera de 1945 de la revista The Acolyte, y luego reeditado en la antología de 1947: Los agentes negros de la noche (Night's Black Agents).

Los sueños de Albert Moreland, probablemente uno de los mejores cuentos de Fritz Leiber, relata la historia de un ajedrecista profesional, llamado Albert Moreland, quien batalla noche a noche en una partida de ajedrez onírica con fuerzas desconocidas del cosmos.

Esta partida de ajedrez se vuelve cada vez más compleja, y quizás es eterna: continúa noche tras noche, siempre la misma partida, a tal punto que trasciende las fronteras del sueño. De hecho, el propio Albert Moreland declara que nunca duerme realmente. Solo sueña con el juego.

Los sueños de Albert Moreland es un excelente relato, con muchos vínculos con el horror cósmico, pero sobre todo con los cuentos de Jorge Luis Borges. De hecho, posiblemente se trate del relato de Fritz Leiber más borgeano —junto con Medianoche en el mundo de los espejos (Midnight in the Mirror World)—, en toda la amplitud de esa incierta y, al mismo tiempo, inimitable categoría de lo fantástico.




Los sueños de Albert Moreland.
The Dreams of Albert Moreland, Fritz Leiber (1910-1992)

En mi mente, el otoño de 1939 no va unido al inicio de la guerra, sino al período en que Albert Moreland tuvo el sueño. Ambos acontecimientos no están desligados en mi cerebro. De hecho, a veces temo que exista alguna conexión entre ellos, si bien de tal índole que ninguna persona en su sano juicio podría considerarla seriamente.

Albert Moreland era, y quizá lo siga siendo en la actualidad, un profesional del ajedrez. El hecho guarda una importante relación con el sueño o sueños. La mayor parte de sus reducidos ingresos los obtuvo jugando en un local recreativo del bajo Manhattan, donde aceptaba enfrentarse a cualquiera que lo deseara: al que se entusiasma con la perspectiva de poder vencer a un experto, al solitario que acude al ajedrez como a una droga, y al fracasado que anhela comprar media hora de dignidad intelectual por un cuarto de dólar.

Tras conocer a Moreland me dejé caer a menudo por el local y a veces lo vi jugar hasta tres y cuatro partidas al mismo tiempo, sin que al parecer le molestara el entrechocar de las bolas de billar o los intermitentes estampidos de la galería de tiro al blanco. Si ganaba obtenía quince centavos y el local se quedaba el resto, mientras que si perdía, ni uno ni otro obtenían un céntimo.

Me di cuenta de que era mucho mejor jugador de lo que se requería para aquel trabajo. Había ganado algunas partidas casuales a famosos internacionales. Un par de clubs de Manhattan le habían propuesto prepararlo para los grandes torneos, pero su falta de ambición lo mantuvo en el anonimato. A mí me parecía que consideraba al ajedrez demasiado banal para dedicarle seriamente su atención, aunque por otra parte estaba dispuesto a desperdiciar su vida en aquel local, a la espera de que ocurriera algo realmente importante, si es que llegaba a ocurrir alguna vez. Cierta vez había aumentado sus ingresos hasta cinco dólares, al enfrentarse al equipo de un club y ganarles a todos.

Lo conocí en la vieja casa de piedra arenisca donde ambos teníamos una habitación en el mismo piso. En aquel lugar me habló por primera vez del sueño. Acabábamos de jugar una partida y yo contemplaba ocioso las piezas esparcidas fuera del tablero y amontonadas en un pliegue de la manta de su cama. En el exterior soplaba un quejumbroso viento, que se mezclaba con el ruido del tráfico y con el zumbido de un defectuoso letrero de neón. Yo había perdido, pero estaba contento de que Moreland jamás me dejara ganar, como a veces hacía con los jugadores del local a fin de animarlos.

Para mis adentros me sentía realmente afortunado por haber podido jugar con Moreland, sin saber entonces que yo era probablemente el mejor amigo que tenía.

Yo acababa de decir algo. obviamente concerniente al ajedrez.

—¿Cree que ha sido una partida complicada? —inquirió, mirándome con intención burlona, sus oscuros ojos semejando ventanas redondas abiertas bajo pesados párpados—. Bueno, tal vez lo haya sido. Aunque juego una partida mil veces más complicada en mis sueños cada noche. Lo curioso es que la partida continúa noche tras noche. La misma partida. Realmente nunca duermo. Sólo sueño con la partida.

Entonces me contó, medio en broma medio en serio, lo que habría de protagonizar muchas de nuestras conversaciones.

Las imágenes de su sueño, tal como las describió, eran enormemente simples, sin la usual incongruencia que suele acompañarlas. Se trataba de un tablero tan grande que a veces tenía que caminar para mover sus piezas. Habla muchas más casillas que en el tablero de ajedrez, y aparecían coloreadas con diferentes tonalidades. El valor de las piezas variaba según el color de la casilla donde estuvieran. Por encima y bordeando el tablero no habla sino negrura, pero una negrura que sugería el infinito sin estrellas, como si la escena, tal como él la expresaba, estuviera ubicada en el punto culminante del universo.

Cuando despertaba no recordaba con precisión el conjunto de las reglas del juego, aunque sí algunos puntos aislados, incluyendo el interesante factor —que distinguía a este juego del ajedrez— de que las piezas de un adversario no eran iguales que las del otro. Estaba convencido, no sólo de que comprendía el juego a la perfección mientras soñaba, sino también de que era capaz de jugar con la peculiar destreza de los maestros del ajedrez. Era, dijo. como si su mente nocturna poseyera más dimensiones de pensamiento que su mente diurna, siendo capaz de realizar intuitivamente complejas series de movimientos que de ordinario habrían exigido un razonamiento muchísimo más lento.

—El sentimiento de incrementar el poder mental es ordinariamente un engaño onírico, ¿no es cieno? —añadió, lanzándome una aguda mirada—. Así pues, supongo que puedo decir que se trata de un sueño ordinario.

No supe cómo tomar esta última observación, de modo que aventuré una pregunta:

—¿Cómo eran las piezas?

Resultó que eran similares a las del ajedrez, si bien considerablemente estilizadas sin dejar de sugerir las formas originales —arquitectónicas, animales u ornamentales— que las habían inspirado. Aunque la similitud acababa aquí. Las formas inspiradoras, en la medida en que podía intuirlas, eran grotescas en extremo. Había torres terraplenadas sutilmente torcidas con respecto a la perpendicular, polígonos extrañamente asimétricos, que le hacían pensar en templos y tumbas, formas zoovegetales que desafiaban cualquier clasificación, y cuyos moldeados miembros y órganos externos sugerían una variada gama de funciones ignotas.

Las piezas más poderosas parecían estar moldeadas según el tenor de las formas vivas, pues portaban estilizadas armas y otros implementos, y vestían lo que parecían ser coronas y tiaras —un poco como el rey, la dama y el alfil del ajedrez—, en tanto que el esculpido señalaba voluminosos mantos y caperuzas. Pero no eran antropomórficos en ningún otro aspecto. Moreland buscó en vano analogías terrestres, mencionando los ídolos hindúes, los reptiles prehistóricos, la escultura futurista, calamares que portasen dagas en los tentáculos, inmensas hormigas, mantis religiosas y otros insectos con órganos fantásticamente adaptados.

—Creo que tendría que buscar planeta por planeta en el universo entero, antes de poder encontrar los modelos originales —dijo con el ceño fruncido—. Recuerde que nada hay vago ni confuso en lo que a las piezas se refiere. En mis sueños son tan tangibles como esta torre. —Tomó la pieza, la encerró en su mano durante un momento y luego la tendió sobre su palma—. Sólo en lo que sugieren subyace la vaguedad.

Era extraño, pero sus palabras parecieron abrir algún ojo onírico en mi propia mente, tanto que casi podía ver los objetos por él descritos. Le pregunté si sentía miedo durante su sueño. Replicó que las piezas, por unidades y en conjunto, le producían repugnancia: las basadas en formas de vida muy desarrolladas mucho más que las meramente arquitectónicas. Sentía aversión a tocarlas y moverlas. Había una pieza en particular que le producía una intensa y morbosa fascinación.

La identificaba como el Arquero, pues el arma que portaba daba la sensación de poder herir a distancia; pero como el resto, era más bien infrahumana. La describía como representando una clase intermedia y pervertida de forma vital, que hubiera ido más allá del poder intelectual humano, sin perder —antes bien incrementando— la crueldad en bruto y la malignidad. Era una de las piezas de su adversario que se encontraba reproducida en su bando.

El miedo y la abominación que le inspiraban eran a veces tan grandes que interferían en su comprensión estratégica del juego, y era tanto el terror que sentía que más de una vez había puesto en tela de juicio todo su juego, con tal de capturar aquella pieza, sacándola del tablero.

—Sólo Dios sabe cómo mi mente ha podido crear una entidad tan espantosa —acabó, sonriendo rápida y tímidamente—. Quinientos años atrás, y habría jurado que era el mismo diablo quien la había puesto ahí.

—A propósito del diablo —dije, sintiendo inmediatamente que mi petulancia era ridícula—, ¿contra quién juega usted en su sueño?

—Lo ignoro —contestó, frunciendo el ceño nuevamente—. Las piezas contrarias se mueven por sí mismas. Hago un movimiento, y luego, tras esperar durante lo que parece un eón, igual de nervioso que ante un movimiento ajedrecístico, una de las piezas contrarias comienza a sacudirse un poco y seguidamente a cabecear atrás y adelante. Gradualmente, el movimiento aumenta en extensión, hasta que la pieza pierde el equilibrio y pasa a dar tumbos a través del tablero, hasta alcanzar por último la casilla apropiada. Después, progresivamente, tal como comenzó, cesa el movimiento. No sé qué decirle, pero siempre me obliga a pensar en alguna inmensa, invisible y anciana criatura: astuta, egoísta y cruel. ¿Recuerda al viejo temblón del local recreativo? ¿El que siempre desliza las piezas sobre el tablero sin levantarlas, aferradas constantemente entre sus dedos? Es algo así.

Asentí Su descripción lo hacía muy vívido. Por vez primera comencé a pensar cuán desagradable tenía que ser un sueño semejante.

—¿Y prosigue noche tras noche? —pregunté.

—¡Noche tras noche! —afirmó con súbita firmeza—. Y siempre la misma partida. Lleva ahora más de un mes, y mis fuerzas comienzan a entablar abierta batalla con las de mi enemigo. Está minando mi energía mental. Quisiera que cesase. Tanto, que odio la hora de irme a dormir. —Hizo una pausa y prosiguió al cabo de un momento, sonriendo a la defensiva—. Parece raro y difícil de admitir que un sueño sea capaz de agotarlo tanto a uno. Pero si usted ha sufrido pesadillas alguna vez, entenderá de qué manera pueden nublar sus ideas todo el día. Aun así, no sé si soy lo bastante claro al tratar de exponerle la clase de sentimiento que me atenaza durante el sueño, mientras mi cerebro trata de aprehender el conjunto de la partida, planeando series de movimientos, una tras otra, calculando mil complejas posibilidades.

»Hay repugnancia, sí, y miedo. Ya se lo he dicho antes. Pero el sentimiento que domina es el de responsabilidad. No debo ni puedo perder la partida. Lo que depende de ello es algo más que mi propio bienestar. Hay implícita alguna especie de apuesta, aunque no estoy seguro de cuál pueda ser.

»Cuando somos niños, ¿no nos sentimos tremendamente inquietos por la razón que fuere, con la total ausencia de proporción que caracteriza la infancia? ¿No sentimos que todo, literalmente todo, depende de nuestra forma de conducir cualquier trivial acción, cualquier obligación secundaria, en la justa medida? Pues bien, cuando estoy soñando, tengo la sensación de que está en juego una apuesta tan inmensa como el destino de la humanidad. Un movimiento equivocado puede arrastrar al universo a una noche interminable. A menudo, en el sueño, estoy plenamente convencido de ello.

Su voz se extinguió, y se quedó contemplando las piezas del ajedrez. Hice algunas observaciones y empecé a contarle algo sobre una pesadilla que había tenido hacía poco, pero sonó a poco importante. Le di algunos consejos relacionados con sus costumbres, a propósito del tiempo que dedicaba al descanso, y aunque tampoco sonaron a muy importantes, los aceptó de buena gana. Ya me iba de vuelta a mi habitación, cuando dijo:

—¿No le parece divertido pensar que me pondré a reanudar la partida tan pronto caiga mi cabeza sobre esta almohada? —sonrió con inocencia y añadió—: Quizá termine antes de lo que espero. Ultimamente tengo la sensación de que mi adversario está tramando un ataque por sorpresa, aunque pretende hacerme creer que está a la defensiva.

Sonrió de nuevo y cerró la puerta.

Mientras aguardaba el sueño, con la vista perdida en esas confusas tinieblas que se encuentran más en los propios ojos que fuera de ellos, comencé a preguntarme si Moreland no necesitaría, más que ningún otro ajedrecista, un buen tratamiento psiquiátrico. Ciertamente, una persona sin familia, amigos ni ocupación fija es propensa a caer en aberraciones mentales. No obstante, daba la impresión de estar bastante sano. Quizás el sueño fuera una compensación ante el fracaso, por no poder usar plenamente la potencia de su prodigiosa mente ni siquiera como jugador de ajedrez. De hecho, se trataba de una visión grandiosa y satisfactoria, más allá de lo terrestre y con implicaciones de una habilidad mental inaudita.

Ante mí flotaron aquellos versos de los Rubaiyat que hablan del jugador de ajedrez cósmico que en todas direcciones mueve, da jaque y come piezas, y una tras otra las va depositando en la Fosa Común.

Recapacité entonces sobre la atmósfera emocional de sus sueños, los sentimientos de terror y responsabilidad infinita, las tremendas dudas y las cataclísmicas consecuencias —sentimiento que yo identificaba a tenor de mis propios sueños—, y los comparé con el insano y lúgubre estado del mundo (pues estábamos en octubre y la sensación de una catástrofe absoluta no se había enfriado aún), y pensé también en el millón de Morelands que deambulaban sin rumbo fijo, repentinamente golpeados al tomar conciencia del desesperado estado de cosas, de las inapreciables oportunidades perdidas para siempre en el pasado, y también de su propia indefinida —aunque segura— complicidad en el desastre.

Comencé a ver el sueño de Moreland como el símbolo de una última amarra, forcejeo excesivamente postergado contra las fuerzas implacables del destino. Y mis propios pensamientos nocturnos se pusieron a girar en torno a la fantasía de que unos seres cósmicos, ni dioses ni hombres, habían creado la vida humana mucho tiempo atrás por afán de experimentación, broma o ejercicio artístico, habiendo decidido ahora basar el futuro de su creación en el resultado de una partida de habilidad, jugada contra una de sus criaturas.

De pronto advertí que me encontraba completamente despierto y que la oscuridad no me proporcionaba el menor descanso. Encendí la luz y decidí impulsivamente ir a ver si Moreland se encontraba todavía levantado.

El vestíbulo estaba tan sombrío y fúnebre como en la mayoría de las casas de huéspedes a las tantas de la noche, e hice lo posible por minimizar los inevitables y secos pasos. Sin oír nada, me mantuve unos segundos inmóvil frente a su puerta. No llamé, sino que, apelando a nuestra familiaridad, empujé suavemente la hoja de madera, separándola apenas de su marco, a fin de no perturbar su descanso si se encontraba acostado. En aquel momento oí su voz, y fue tan certera mi impresión de que la voz provenía de muy lejos que inmediatamente retrocedí hasta el rellano de la escalera y llamé:

—Moreland, ¿está usted ahí abajo?

Sólo entonces reparé en lo que había dicho. Quizás era la propia peculiaridad de las palabras lo que las había obligado a registrarse en mi mente como una mera serie de sonidos.

—Mi aracnoide come a su escudero blindado. Mi posición amenaza —habían sido las palabras. De pronto se me ocurrió que en su forma general, se trataba de expresiones que tan frecuentemente se dan en el ajedrez, por ejemplo: Mi torre captura a su alfil. Jaque. Pero en el ajedrez no hay piezas tales como aracnoide o escudero blindado; y no sólo en el ajedrez, tampoco en ningún juego conocido por mí.

Retrocedí automáticamente hasta la habitación, aunque dudaba todavía que estuviera allí. La voz había sonado desde muy lejos, desde el exterior del edificio, a lo sumo desde alguna zona remota del mismo. Sin embargo, allí estaba Moreland tumbado en su cama, la cara hacia arriba, revelada por la luz de un distante anuncio eléctrico que se encendía y apagaba a intervalos regulares. El ruido del tráfico, que desde el vestíbulo había sido casi inaudible, convertía la semioscuridad en algo intranquilo e irritantemente vivo. El defectuoso rótulo de neón todavía zumbaba como lo hiciera a la caída de la noche.

Me deslicé hasta él y lo contemplé. Su rostro, más pálido de lo normal a causa de alguna cualidad de la luz intermitente, tenía la expresión de una penosa e intensa concentración: la frente fruncida en trazos verticales, los músculos alrededor de los ojos contraídos, los labios formando una apretada línea. Me pregunté si debía despertarlo. Me encontraba completamente saturado de la presencia de la murmurante ciudad impersonal que nos rodeaba —bloques y más bloques de existencia reservada, rutinaria y distanciada—, y el contraste hizo que su durmiente rostro pareciera en extremo sensitivo, individual y desprotegido, como algún suave aunque intencionadamente tenso organismo que ha perdido su caparazón protector.

Mientras aguardaba sin decidirme, sus labios se entreabrieron un poco sin perder nada de su tirantez. Aquellos labios hablaron, y por segunda vez la impresión de distancia fue tan apremiante que, a pesar mío, miré por encima de mi hombro más allá de la polvorienta y levemente iluminada ventana. En aquel momento comencé a temblar:

—Mi espiraloide se retuerce hasta la decimotercera casilla del dominio del soberano verde —fueron sus palabras, aunque yo sólo prestaba oídos a las cualidades de su voz.

Alguna especie inconcebible de distanciamiento le había despojado de toda riqueza, vocalidad y sobretonalidad, de manera que lo que yo oía no parecía sino hueco, metálico y clara e hirientemente quejumbroso, como las voces que a veces se oyen al aire libre, desde lo alto de un elevado tejado o allí donde se ha establecido una mala conexión telefónica. Me sentí víctima de una espantosa decepción, y no obstante sabía que la ventriloquia concierne a la ausencia de movimiento en los labios y a una hábil sugestión, más que a cualquier real y convincente cambio en la cualidad de la voz misma.

Contra mi voluntad surgieron en mi mente visiones de un espacio infinito y tinieblas sin fin. Me sentía como si estuviera siendo arrebatado de este mundo, de modo que Manhattan parecía alejarse a mis pies como una negra y asimétrica punta de lanza delimitada por lóbregas aguas, y luego mi velocidad aumentó hasta que la Tierra, el sol, las estrellas y las galaxias se perdieron y me encontré más allá del universo. A tal punto me afectó la cualidad de la voz de Moreland.

No soy capaz de decir cuánto tiempo permanecí allí esperando que hablara de nuevo, con los ruidos de Manhattan fluyendo a mi alrededor aunque sin afectarme, y el anuncio eléctrico encendiéndose y apagándose imperturbablemente, semejante al latido de un reloj. Sólo podía pensar en la partida que se estaba jugando y preguntarme si el adversario de Moreland había hecho su movimiento de respuesta, y si las cosas iban a favor o en contra de Moreland. Su rostro nada podía decirme; la intensidad de su concentración no había cambiado.

Durante aquellos momentos, posiblemente minutos, permanecí allí inmóvil, creyendo implícitamente en la realidad de la partida. Como si yo mismo fuera el que de algún modo me encontrara soñando, no podía cuestionar la racionalidad de mi fe, ni romper el hechizo que me tenía sujeto. Cuando por último sus labios se separaron un poco y de nuevo experimenté aquella impresión de imposible, espectral ventriloquia —las palabras fueron esta vez: Mi criatura cornúpeta salta sobre la torre retorcida, amenazando al arquero—, mi miedo rompió las ataduras que como fuera me controlaban y salí de estampida hacia la puerta.

Entonces sucedió lo que, de forma indirecta, fue la parte más extraña de todo el episodio. En el tiempo que me llevó recorrer la longitud del pasillo que me conducía hasta mi habitación, la mayor parte de mi miedo y la mayor parte del sentimiento de absoluta extrañeza y posesión de ultratumba que me dominaran mientras contemplaba el rostro de Moreland se extinguieron tan prestamente que casi olvidé cuán intensas habían llegado a ser tales sensaciones. Ignoro por qué ocurrió tal cosa.

Tal vez porque el insalubre reino del sueño de Moreland era grotescamente desemejante de cuanto existe en el mundo real. Fuera cual fuese la causa, en el momento de abrir la puerta de mi cuarto ya estaba yo pensando que tales pesadillas no podían corresponder a un hombre sano y que quizá debiera Moreland consultar a un psiquiatra. Aunque si era sólo un sueño. Me sentí completamente agotado y estúpido. A los pocos minutos ya estaba dormido. Sin embargo, algunos fantasmas de las emociones originales se habían indudablemente rezagado, pues a la mañana siguiente desperté con el temor de que algo le había ocurrido a Moreland.

Tras vestirme precipitadamente, llamé a su puerta; la habitación, empero, se encontraba vacía, y la cama todavía deshecha. Pregunté a la patrona y me respondió que había partido a las ocho y cuarto, como era habitual en él. Aquel dato no bastó para satisfacer mi vaga ansiedad. Pero dado que mi búsqueda de trabajo se orientaba ese día en la dirección del local recreativo, eso me daba una excusa para dejarme caer por allí. Moreland estaba colocando las piezas sobre el tablero frente a un tipo de rasgos eslavos, al tiempo que jugaba dos partidas rápidas con otros dos individuos. Tranquilizado, me marché sin molestarlo.

Aquella tarde tuvimos una larga charla sobre los sueños en general y, para mi sorpresa, lo encontré muy preparado sobre la materia y científicamente cauto en sus pareceres. De hecho, para mi disgusto, fui yo quien introdujo toda suerte de dudosos lugares comunes, como la clarividencia, la telepatía mental, la posibilidad de extrañas conexiones, y otras distorsiones del tiempo y el espacio durante el estado onírico. Alguna extraña resistencia a admitir que me había introducido en su habitación la pasada noche me llevó a no decirle cuanto había visto y oído, aunque él me contó libremente que había adquirido otra perspectiva sobre el sueño.

Parecía adoptar una actitud más filosófica ahora que había confrontado sus experiencias con alguien. Juntos especulamos las posibles fuentes diurnas de su sueño. Hasta después de las doce no nos dimos las buenas noches. Me alejé con el ánimo algo caído, vagamente insatisfecho. Creo que el miedo que había experimentado la noche anterior y luego casi olvidado debió de haber estado royéndome interiormente.

A la tarde siguiente el tema volvió a abrirse paso. Pensando que Moreland tenía que estar cansado de tanta charla sobre sueños, lo fui atrayendo hasta una partida de ajedrez. Pero en mitad de la partida apartó una pieza que estaba a punto de mover y dijo:

—¿Sabe?, ese maldito sueño me está resultando ya verdaderamente fastidioso. Resultaba que su soñado adversario había lanzado finalmente su ataque tan largamente planeado, y que el sueño en sí se había transformado en una especie de pesadilla. Es muy parecido a lo que ocurre en una partida de ajedrez —explicó—. Uno prosigue confiando en que la posición propia es correcta y que lleva la partida de la manera más lógica y consecuente. Cada movimiento del adversario resulta ser aquel que uno ha previsto. Llega un momento en que te sientes casi omnisciente. De repente, el otro ejecuta un movimiento de ataque totalmente inesperado. Por un momento, piensas que se trata de un disparate absurdo que el otro comete. Pero entonces te detienes, observas el juego más concienzudamente, y adviertes que hay algo que se te ha pasado por alto y que el ataque del contrario es realmente peligroso. Entonces te pones a sudar.

»Naturalmente, siempre he experimentado miedo, ansiedad y hasta un sentido de alta responsabilidad durante el sueño. Pero mis piezas eran como un muro que me protegía. Ahora sólo puedo ver resquebrajaduras en ese muro; cualquiera entre un centenar de puntos débiles puede ser previsiblemente roto. Y yo me pregunto si podré responder adecuadamente y con aptitud de conjunto, cuando cualquiera de sus piezas comience a atacar y a darme jaque, y lleve a cabo toda la serie de movimientos posibles que puede desarrollar. La noche pasada creí ver un movimiento de estas consecuencias, y el terror que se apoderó de mí fue tan intenso que todo pareció girar, y creí perderme y hundirme en un abismo de millones de millas de vacío.

»Todavía en el momento de despertar me puse a reconsiderar en qué podía haberme equivocado, y advertí que mi posición, aunque en peligro, se mantenía aún segura. Fue algo tan vívido que casi traje conmigo, a mi conciencia de vigilia, aquel razonamiento; sin embargo, algunos de los eslabones de la cadena mental del sueño se desgajaron, como si mi conciencia diurna no fuera lo bastante grande para albergar la onírica.

También me contó que su fijación con «el arquero» se estaba convirtiendo en una creciente preocupación. Le llenaba de una clase especial de terror, diferente en cualidad pero quizá de tono superior al que en él engendraba el sueño considerado como un todo: un terror morboso y demente, caracterizado por la intensidad de la repugnancia, la exasperación histérica, y una gama múltiple y variada de temerarios impulsos suicidas.

—No puedo desembarazarme de la sensación de que ese ser bestial tiene que ser, de alguna manera poco clara y subterránea, la clave de mi derrota —dijo.

Me pareció que estaba muy cansado, aunque su rostro poseía las cualidades precisas para no manifestar ninguna clase de fatiga, y me sentí preocupado por su bienestar físico y nervioso. Le sugerí que consultara a un médico (evité decir psiquiatra) y le señalé que los somníferos tal vez le fueran de alguna ayuda.

—Sin embargo en un sueño más profundo serían más vívidas y reales las imágenes —Sonrió sarcásticamente—. No, creo que prefiero jugar la partida bajo las presentes condiciones.

Me alegré de que considerara todavía el sueño como un fenómeno psicológico interesante y eventual (si podía verlo como alguna otra cosa era algo que no me detuve a analizar). Incluso admitiendo ante mí la excepcional intensidad de sus emociones, seguía manteniendo una especie de aire festivo. Cierta vez comparó su sueño con los delirios paranoicos de persecución, y me preguntó si lo considerarían bastante bueno como para admitirlo en un manicomio.

—Así podría olvidarme del local recreativo y dedicar todo mi tiempo a mi sueño ajedrecístico —dijo, riendo vivamente al ver que yo empezaba a preguntarme si la observación la habría hecho medio en serio.

No obstante, alguna parte de mí mismo no estaba convencida de la actitud de Moreland, y cuando, más tarde, me encontré rodeado de oscuridad, mi imaginación acometió el perverso impulso de dibujar el universo como un inmenso coliseo en el que cada criatura se encuentra condenada a mantener una mortal partida de habilidad contra demoníacas mentalidades que, a pesar de poder adoptar la posición del gato que juega con el ratón, están siempre seguras de su maestría final, o al menos casi seguras, de modo que sería un verdadero milagro que perdieran.

Me sorprendí comparándolas con ciertos jugadores de ajedrez que, enfrentados por casualidad a un oponente de habilidad imbatible, se dedican a desarrollar desagradables amaneramientos personales a fin de ponerlo nervioso, exasperarlo y destrozar la lucidez de su planteamiento. Tal humor coloreó la propia nebulosa de mis sueños, persistiendo durante el siguiente día. Mientras caminaba por las calles me sentí invadido por una ansiedad omnipresente, experimentando tirantez y nerviosa miseria en cada rostro que se cruzaba conmigo.

Por una vez me pareció que era capaz de mirar por debajo de la máscara con que cada persona se cubre, y que se muestra tan característicamente pronunciada en una congestionada ciudad, y ver también lo que yace en lugar tan soterrado: la sensitividad ególatra, la irritación a punto de estallar, los anhelos frustrados, los fracasos... y, por encima de todo, la ansiedad, demasiado mal definida y sin un objeto preciso para ser llamada miedo pero que infecta cada pensamiento, cada acto, convirtiendo las cosas triviales en monstruosidades horribles. Me pareció entonces que los factores sociales, económicos y psicológicos, incluso la guerra y la muerte, devenían insuficientes para dar cuenta de tal ansiedad, y que en definitiva no era otra cosa que consecuencia de algo dudoso y horrible, que formaba parte de la propia constitución del universo.

Aquella tarde estuve en el local. Sentí que algo había cambiado, pues la abstracción de Moreland no era el calculador fastidio que tan familiar me resultaba, y su angustia era evidente. Uno de sus tres oponentes, después de removerse con inquietud, llamó su atención sobre un movimiento y Moreland sacudió la cabeza como si hubiera estado dormitando. Rápidamente realizó un movimiento de réplica y no tardó en perder la dama y la partida entera, merced a un descuido igualmente elemental. El encargado del local, un hombre grande y forzudo, se acercó y se colocó detrás de Moreland, su mofletudo rostro impasible, observando y estudiando la posición de las piezas de la última partida, que Moreland acababa también de perder.

—¿Quién ha ganado? —preguntó el encargado.

Moreland señaló a su adversario. El encargado gruñó entre dientes y se alejó. Nadie más se sentó a jugar. Se acercaba la hora de cerrar. No estaba seguro de si Moreland había advertido mi presencia, pero después de un rato se levantó y me hizo una señal de asentimiento, y luego recogió su sombrero y su abrigo. Caminamos juntos el largo trecho que nos separaba de nuestra casa. Apenas soltó palabra, y mi sensación de morbosa penetración en el mundo que me rodeaba persistió, obligándome a guardar silencio. Su manera de andar era la de siempre, largas zancadas sin doblar las rodillas, las manos en los bolsillos, el sombrero calado, el ceño fruncido, mirando el suelo tres metros más allá.

Cuando llegamos a casa, tomó asiento sin quitarse el abrigo y dijo:

—Evidentemente, ha sido el sueño lo que me ha hecho perder algunas partidas. Cuando desperté esta mañana era terriblemente vívido, y recordaba casi con exactitud la posición concreta y el conjunto de las reglas. Me puse a hacer un diagrama.

Señaló un pedazo de papel de envolver que había sobre la mesa. Precipitadas líneas cruzadas, incompletas, representaban lo que parecía ser la esquina de un modelo infinitamente mayor. Podían verse cerca de quinientas casillas. Sobre algunas de ellas había marcas y nombres que indicaban piezas, y una variedad de flechas mostraban su capacidad de movimiento.

—Me costó mucho trabajo —dijo angustiadamente—. Luego comencé a olvidar. Aunque el modelo todavía se encuentra muy cercano a mi recuerdo. Como un enigma matemático que no se llega a comprender del todo. Algunos segmentos del tablero se mantienen vívidos en mi mente todo el día, tanto que creo que con un mayor esfuerzo sería capaz de recomponer el resto. Sin embargo, no puedo.

»Voy a perder, ya lo sabe usted —prosiguió con un cambio en la voz—. Se trata de esa pieza que llamo el arquero. La pasada noche no pude concentrarme en el tablero; era como si neutralizara mis ojos. Lo más terrible es que se trata de la pieza fundamental del ataque de mi adversario. Sufro por capturarla. Pero no puedo; también es un cebo, la carnada de la trampa estratégica que mi adversario me tiende. Si le capturase arriesgaría la partida entera. De modo que tengo que verla acercarse más y más, posee un desagradable tipo de movimiento a saltos, en dos direcciones, sabiendo que mi única oportunidad consiste en permanecer incólume hasta que mi adversario sobrepase los límites y yo pueda contraatacar. Pero no seré capaz de aguardar. Pronto, esta noche quizá, mis nervios estallarán y me veré obligado a capturarla.

Yo permanecía estudiando el diagrama con gran interés, y sólo oí a medias lo que dijo luego: una descripción del aspecto global del arquero. Le oí decir algo acerca de una cabeza pentalobulada, la cabeza casi oculta por una caperuza, apéndices, cada uno con cuatro junturas, sobresaliendo por debajo del manto, un arma de ocho puntas con ruedas y palancas alrededor, y pequeños receptáculos en forma de bolsa, como destinados al veneno, la postura sugiriendo que prepara el arma para afinar la puntería, todo intrincadamente tallado en alguna lustrosa piedra roja moteada de tonos violeta, una expresión de bestial y sobrenatural malevolencia.

Justo en aquel momento mi atención se fijó repentinamente en el diagrama y experimenté un terrible escalofrío de excitación, pues acababa de reconocer dos nombres familiares, nunca mencionados por Moreland durante la vigilia. El aracnoide y el soberano verde. Sin detenerme a recapacitar, le conté que había estado escuchando sus palabras mientras dormía tres noches atrás, y le dije que las peculiares frases que enunciara encajaban perfectamente con las notas del diagrama. Mi informe brotó con melodramático apresuramiento. Mi descubrimiento de las notas, no excepcionalmente asombroso en sí mismo, me produjo probablemente tal impresión porque hasta entonces había olvidado extrañamente (quizá reprimido) el intenso pavor que experimentara al contemplar a Moreland durmiendo.

Antes de terminar, sin embargo, advertí la creciente ansiedad de su expresión, y me di cuenta de que lo que le estaba diciendo no era precisamente lo más adecuado para su estado presente. De manera que comencé a atenuar la importancia de los inquietantes elementos que había contenido su voz —sobre todo la intensa sensación de lejanía—, así como el miedo que engendraran en mí. Aun así, resultaba obvio que había sufrido un gran golpe. Por unos instantes pareció al borde de un ataque nervioso, levantándose y caminando de un lado a otro con agitación, realizando grotescos movimientos, pronunciando absurdas palabras, aproximándose más y más al diabólico convencimiento de la realidad de su sueño —que parecía haberse intensificado a causa de mis palabras—, estallando por último en una exangüe petición de ayuda.

Tal petición tuvo un efecto inmediato en mí, haciéndome olvidar los salvajes pensamientos que me agobiaban y situando todos los objetos de este mundo a un nivel humano. Todos mis instintos corrieron en ayuda de Moreland, y de nuevo vi el conjunto de la historia como un caso exclusivamente propio de la psiquiatría. Nuestros papeles habían cambiado. Yo había dejado de ser su auditorio enterado a medias para convertirme en el amigo a quien se pide consejo. Aquello, más que ninguna otra cosa, me produjo un sentimiento de seguridad, e hizo que mis anteriores especulaciones pareciesen infantiles o propias de un loco. Me sentí satisfecho de mí mismo por haber contenido el alud de su imaginación, e hice todo cuanto pude por seguir lográndolo.

Al cabo de un rato, mis repetidas medidas tranquilizadoras comenzaron a surtir efecto. Se fue calmando, y nuestra charla devino razonable una vez más, aunque más adelante en la conversación recurriría a mí acerca de algún punto particular que le preocupaba. Descubrí por vez primera la importancia que había tomado para él el sueño. En el curso de sus solitarias meditaciones, me dijo, a veces había llegado al convencimiento de que su mente abandonaba su cuerpo, mientras éste soñaba y viajaba a través de inconmensurables distancias hasta algún reino más allá del cosmos, donde se jugaba la partida.

Se encontraba poseído por la impresión, afirmó, de acercarse demasiado peligrosamente a los íntimos secretos del universo y descubrir que, al cabo, no eran sino perversos y maléficos. A menudo le sobrecogía el temor de que el camino que mediaba entre su mente y el reino de la partida fuera «ampliado» hasta tal punto que él mismo resultara absorbido corporalmente del mundo, según sus propias palabras.

Creía firmemente que perder la partida supondría una amenaza para el mundo entero, y lo creía ahora de una manera más contundente de cuanto con anterioridad me confiara. Había establecido una espantosa relación entre el desarrollo de la partida y el de la guerra, y estaba comenzando a creer que las últimas consecuencias de esta última —aunque no necesariamente la victoria de uno u otro bando— dependían del resultado de la partida.

A veces había llegado a sentirse tan abrumado, me confesó, que su único alivio consistía en pensar que, ocurriera lo que ocurriese, jamás podría convencer a ningún otro de la realidad de su sueño. Siempre existiría la alternativa de verlo como una manifestación de insanía o de exceso de imaginación. Independientemente de cuán vívido pudiera resultar, jamás sería capaz de aportar pruebas concretas y objetivas.

—Usted me vio dormir, ¿no es cierto? Precisamente sobre ese mismo lecho. Y me oyó hablar en sueños acerca de la partida. Pues bien, eso prueba que no se trata sino de un sueño, ¿no le parece? En justicia, usted no podría creer ninguna otra cosa, ¿me equivoco?

Ignoro por qué aquellas últimas preguntas ambiguas tuvieron tal efecto de reafirmación sobre mí, que tan sólo tres noches atrás me encontraba temblando ante el indescriptible tono de la voz que surgía entre sus sueños. Pero así fue. Parecieron como el sello de un acuerdo entre nosotros, por el que asumíamos que sus sueños eran sólo sueños y nada significaban. Comencé a sentirme más bien alegre y autosatisfecho, al igual que un médico que devuelve la salud a su paciente tras una peligrosa crisis. Me dirigí a Moreland de una forma que ahora advierto no era sino pomposamente compasiva, sin parar mientes en cuán desalentados eran sus obedientes asentimientos.

Dijo poco más tras aquellas últimas preguntas. Hasta lo persuadí para que fuéramos a una casa de comidas de la vecindad para tomar un refrigerio nocturno, como si —¡Dios me perdone!— yo estuviera celebrando mi triunfo sobre su sueño. Cuando nos sentamos ante el no demasiado sucio mostrador, encendiendo sendos cigarrillos y saboreando café caliente, advertí que estaba volviendo a sonreír, lo cual vino a sumarse a mi satisfacción. Qué ciego estaba yo ante el supremo abatimiento y la sumisa desesperanza que se ocultaban bajo aquellas sonrisas. Al dejarlo a la puerta de su habitación, me tomó bruscamente la mano y dijo:

—Quisiera expresarle mi agradecimiento por la forma en que ha procurado desembarazarme de este embrollo. —Yo hice un gesto desaprobador—. No, espere —continuó—, significa mucho para mí. De modo que... muchas gracias.

Me alejé con un sentimiento de satisfacción cercano a la virtud. Estaba despojado de toda aprensión. Tan sólo me sentía propenso a la divagación filosófica en torno a las extrañas y variadas formas que el miedo y la ansiedad pueden asumir en nuestra civilización, tan digna de piedad.

Nada más vestirme a la mañana siguiente, me encontré ante su puerta y la empujé sin esperar siquiera a que Moreland me invitara a entrar. Por una vez, al menos, la luz del sol penetraba a través de la polvorienta ventana. Entonces lo vi, y todas las demás cosas de este mundo dejaron de existir.

Yacía sobre las arrugadas ropas de la cama, medio oculto en un pliegue de la manta. Era algo de unos veinticinco centímetros de altura, tan sólido como podría serlo una estatuilla, e innegablemente real. Pero a la primera ojeada supe que su forma no guardaba ninguna relación con criatura terrestre alguna. Esta circunstancia habría sido tan evidente para quien no entendiera nada de arte como para un experto. También supe que la sustancia roja, moteada de violeta, en la que había sido esculpida o moldeada no encontraba clasificación entre las gemas y minerales de la tierra.

Todos los detalles coincidían. La cabeza pentalobulada medio oculta por la caperuza. Los apéndices, cada uno con cuatro junturas, que sobresalían por debajo del manto. El arma de ocho puntas, con ruedas y palancas alrededor, y los pequeños receptáculos en forma de bolsa, como destinados al veneno. La postura sugiriendo que preparaba el arma para afinar la puntería. La expresión de bestial y sobrenatural malevolencia.

No cabía duda; aquél era el objeto que había obsesionado a Moreland en su sueño. El que lo había fascinado y horrorizado, y lo había puesto al borde del colapso nervioso, tal como empezaba a hacer ahora conmigo. El objeto que había constituido la avanzadilla —y el cebo— del ataque de su oponente y cuya captura —y al parecer no había duda de que se había producido— indicaba probablemente una derrota de imprevisibles consecuencias. El objeto, en fin, que había logrado ser atraído por un camino abierto a través de distancias inimaginables, desde un reino de locura que gobernaba el universo.

No cabía duda, se trataba del arquero.

No demasiado consciente de lo que me impulsaba, a no ser el miedo, o de cuál era mi propósito, huí de su cuarto. En ese mismo instante me di cuenta de que debía encontrar a Moreland. Nadie lo había visto salir de la casa. Me pasé el día buscándolo por todas partes. En el local recreativo. En clubes de ajedrez. En bibliotecas.

Cuando volví era ya de noche. Me obligué a entrar en la habitación de Moreland. La estatuilla había desaparecido. Interrogué a los demás habitantes de la casa pero ninguno sabía nada. No obstante, imaginé que, puesto que «el arquero» era sin duda una pieza de gran valor, que además carecía de connotaciones terroríficas para quienes no conocían su historia, lo más probable era que se hallase ya en manos de algún excéntrico y acaudalado coleccionista. Otros muchos objetos habían desaparecido de modo similar en el pasado.

También podía ser que Moreland hubiese vuelto sigilosamente a recogerla. De lo que no me cabía duda alguna era de que no procedía de la Tierra.

Y si bien existen razones que hacen temer lo contrario, tengo la sensación de que, esté donde esté —en alguna pensión barata o algún manicomio— si no es que la partida se ha perdido ya y ha empezado el castigo, Albert Moreland sigue jugando una increíble partida de terroríficas e imprevisibles consecuencias.

Fritz Leiber (1910-1992)




Relatos góticos. I Relatos de Fritz Leiber.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Fritz Leiber: Los sueños de Albert Moreland (The Dreams of Albert Moreland), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«A las 3.47 AM»: David Langford; relato y análisis


«A las 3.47 AM»: David Langford; relato y análisis.




A las 3.47 AM (3.47 AM) —a veces traducido al español como: Las 3.47 de la madrugada— es un relato de terror del escritor inglés David Langford (1953— ), publicado en la antología de 1983: El libro horripilante (The Gruesome Book).

A las 3.47 AM, uno de los grandes cuentos de David Langford, nos sitúa en esa hora incierta de la madrugada, donde a menudo se desgarra el delicado velo de la realidad para admitir las formas más espantosas de nuestras pesadillas. En este sentido, el relato podría haber servido de inspiración para la leyenda de las 3.33 de la madrugada; horario que, según algunos, equilibra lo real y lo ilusorio en un plano donde pueden manifestarse nuestros miedos más profundos.

El protagonista de A las 3.47 AM, llamado Brian Dekker, comienza a experimentar una serie de sucesos sumamente extraños a esa hora de la madrugada. Los peores ingredientes de sus pesadillas —insectos, dientes, malformaciones, ceguera—, se filtran de algún modo hacia la superficie su consciencia, trastornando por completo su percepción de la realidad; o peor aún, ensanchándola para incorporar el horror más abyecto como parte de lo posible.




A las 3.47 AM.
3.47 AM, David Langford (1953— )

Dekker soñaba. En su sueño había nebulosas de brillantes, una ladera de hierba, una mujer cuyos ojos y sonrisa eran lo más maravilloso del mundo. Pero el sueño se enturbió: espirales de tinta se mezclaban con el agua clara; conocidos matices oscuros desparraban sus destellos opacos en paisaje. Sin transición, Dekker se quedó de repente solo, mirando atónito el espectáculo que ofrecía su brazo desnudo.

No sentía dolor; sin embargo, un agujero redondo y negro se le había abierto en la carne, y de él salían delgadísimos pelos; como antenas de insectos tanteando el aire. Se dispuso a ponerse una venda, pero los bichos se sumergieron, agitándose, y de repente, más agujeros pequeños se fueron abriendo. Contrajo las mandíbulas y notó como sus dientes se quebraban: como si mascase barras de tiza o estuviese arañando con el rastrillo la cazuela de barro que apareció un día en él jardín. Al igual que desde una doble visión soñolienta, le parecía estar observando el próximo paso desde el interior y el exterior de sus ojos al mismo tiempo; sus ojos, incluso los globos oculares.

—¡No!

De repente, el lejano rincón de la conciencia que sabía que todo era un sueño tomó el control y su infierno particular se colapsó, apareciendo en una negra y sofocante habitación con las piernas y los brazos agarrotados, con un sabor en la boca parecido al que habría dejado un animal que hubiese anidado allí durante la noche, un animal de costumbres sucias y desagradables.

Se frotó los legañosos ojos y rodó penosamente hasta el otro extremo de la cama, donde tenía el despertador.

De nuevo las 3.47 AM.

El corazón le latía desaforadamente; señales de terror recorrían sus venas. Los riñones le urgían a realizar una excursión escalera abajo; pero Brian Dekker ya había pasado por eso antes. A este tipo de sueños seguía siempre una secuencia de terror en la cual la más terrible oscuridad le aguardaba en la escalera; los escalones cubiertos con la blanda alfombra eran tan invitadores como los desmoronados y legamosos peldaños que descienden hasta la cripta de un mausoleo.

Encender la luz no era una solución; eso simplemente alejaba la oscuridad más allá de las puertas, al corredor y a la escalera, y en ese corredor podía estar esperando, acechante, algo dispuesto a tirársele encima. Mejor se quedaba en la cama.

Las 3.47 AM. Seguía temblando. Se quedó mirando los dígitos de color rojo, esperando que saltase el 7. ¿Era la cuarta o la quinta vez?

El 3.47 no tenía nada de milagroso. Sólo que cuando uno conectaba aquel reloj digital, algún mecanismo interno seleccionaba dicha hora de inmediato; y si se quería ajustar correctamente el tiempo, había que manipular los mandos, que estaban en la parte trasera; y si se producía un corte del flujo eléctrico, al volver la luz el reloj se fijaba de nuevo en las 3.47. Fuera como fuese, siempre la misma hora.

Dekker había comprado nuevo el despertador porque el ruido del viejo lo mantenía despierto hasta que lo introducía dentro del cajón o lo ponía debajo de la almohada, en cuyo caso la alarma sonaba demasiado débil como para despertarlo a la mañana siguiente. El otro tenía un zumbido penetrante que despertaba a Dekker de inmediato, por lo demás, era bastante silencioso; el único problema era su luminosidad roja: discreta durante el día, pero escandalosa por la noche; se la podía ver incluso a través de los párpados cerrados.

Solucionó el problema durmiendo de espaldas al reloj; un triunfo genuino, una victoria del hombre sobre la máquina. Ahora sólo le quedaba superar la costumbre de despertarse tan temprano con un extraño jadeo asmático, cuya única excepcionalidad consistía en que lo despertaba por completo antes de que hubiese podido aspirar el aire suficiente como para emitir un grito.

Cinco noches ya. Cinco, una detrás de otra. Cinco veces, las cosas que más odiaba en el mundo: antenas de insectos tocándole la piel, dientes quebrándose y cayendo (odiaba a los dentistas); y lo peor que podía sucederle a nadie: ceguera y malformación; sus ojos podrían quedar...

No. Nada de pensarlo en aquella tétrica oscuridad.

—Concéntrate en cosas reales —se dijo—, eventos tranquilizadores, hechos concretos, como en las novelas de detectives.... Muy bien, inspector —pensó—, le contaré todo lo que sé. Sueño el mismo sueño cada noche, desde hace cinco. Cinco días seguidos. El sueño es, es... tal como ya se lo he descrito. Cada noche me despierto aterrado a las 3.47 AM. Sí, demasiado asustado para salir de la cama. Ridículo, ¿eh?. Por supuesto que lo he intentado con somníferos. No estoy loco, ¿sabe?. Cada noche, durante los últimos cinco días, he sido machacado por ese temor, un temor millones de veces más fuerte que cualquier pastilla, cinco noches, una detrás de otra. ¿Cada noche desde que compré el despertador? ¿Por qué? Ah sí. Es un detalle importante. Estoy seguro.

Luego se quedó dormido; los somníferos lo rescataron de la vigilia y lo sumieron en una suave y cálida oscuridad, en la que no había ni sueños ni pensamientos, únicamente una imagen fugaz de una mujer pálida y morena, cuyos rasgos no se parecían a los de las indias o las pakistaníes que Dekker solía encontrar en la ciudad o en el trabajo.

Por la mañana el reloj zumbó muy eficientemente. Dekker se deslizó escalera abajo tentando las paredes; un dolor de cabeza, que intuía era del tipo provocado por una hemorragia cerebral, le hacía gruñir de rabia. Se tomó una, dos, tres tabletas de paracetamol con el café del desayuno, y dejó que la tercera se le deshiciese en la lengua, dejándole un sabor recio, como si estuviese tragando chapas de metal.

La treta psicológica de intentar relajarse, cepillándose los dientes, lavándose y afeitándose, no le aportó ninguna mejoría; pensó en el trabajo, en las facturas que debía revisar y las declaraciones del impuesto sobre el valor añadido que estaba preparando, y el estómago se le sacudió convulsivamente.

Optó por usar el teléfono.

—Hola, ¿el despacho de Jenkins y Grey? Sí, bien. Soy Brian Dekker. ¿Podría decirle al señor Grey que hoy no iré, que estoy enfermo? Gracias. Adiós.

El médico estuvo de acuerdo.

—Necesita un descanso. Ha estado trabajando en exceso.

—Tengo sueños terribles —empezó a contarle Dekker.

—Ha estado trabajando demasiado. Su ficha dice que no ha estado de baja en los últimos tres años. Ridículo. Todos necesitamos un descanso de vez en cuando.

—Me desvelo cada noche, a la misma hora.

—Le recetaré un tónico. Tenga. Y aquí la autorización para una semana libre. Venga a verme dentro de siete días si no se encuentra mejor. ¡El siguiente!

—Sí, pero, ¿qué me dice de esas pesadillas?

—Tómeselo con calma. ¡El siguiente!

A Dekker no le daba mucha confianza el jarabe embotellado que le había suministrado el farmacéutico a cambio de la receta. Y decidió tomar algunas precauciones complementarias. De vuelta a casa pasó por el supermercado para hacerse con una botella de whisky, ni muy caro ni muy barato.

El resto del día se lo pasó holgazaneando por la casa y leyendo novelas policiacas o periódicos.


NUEVA HUELGA EN MARCHA. CRISIS EN ORIENTE MEDIO. ESCÁNDALO EN UNA FÁBRICA MALAYA.


Eso proclamaban los titulares, mientras en el piso de arriba el despertador iba pasando sus lentos y luminosos dígitos de neón rojo.

Alrededor de las ocho de la tarde Dekker calentó en el horno un pastel de verduras algo dudoso, y se lo comió con alubias cocidas. A las nueve ya había limpiado los platos. Abrió la botella de whisky y se sirvió una buena medida en un vaso alto. No tenía especial predilección por el whisky, pero pensó que mejor si probaba a apurarlo con buen estilo. ¡Salud! Se levantó, llevando consigo el vaso, llegó hasta la puerta de la sala y desde allí avanzó en una oscuridad espesa y acechante.

Trató de recordar la letra de una canción que tenía en la punta de la lengua. Intentaba emparejar las palabras con la melodía. ¿Cómo era? Tum, tummity tum... Era divertido, no lograba recordar la melodía; y sin embargo la letra estaba allí, danzando incansable en su cabeza.

Por entonces, el nivel de la botella de whisky había sufrido una seria mengua, y Dekker, en un alarde de inmensa devoción, se fue en busca del tónico que le recetase el doctor aquella misma mañana. Después de algunos intentos, poco exitosos, de llenar con el jarabe una cucharilla de café, se largó un buen trago. El sabor de la pócima le espoleó en busca de la botella de whisky.

A eso de las once tuvo de repente la desagradable sensación de estar totalmente sobrio, y de que vientos helados le silbaban en la cabeza, mientras que sus brazos y piernas no querían moverse apropiadamente. Las imágenes afloraban a su cerebro con nítida claridad. Recordaba la agonía que sentía al ver las antenas de los insectos agitándose sobre su piel con movimientos intermitentes. Recordaba el doloroso terror de sentir sus dientes cuarteándose y crujiendo como barras de tiza. Recordaba, aunque intentaba olvidarlo, la sensación de notar su cabeza inflándose como un balón, sus globos oculares hinchándose hasta que era incapaz de cerrar los párpados, aunque lo intentase con todas sus fuerzas. Sus ojos hinchándose hasta...

—¡No, no, nooooo! —gimió, tratando de incorporarse y cayendo.

...estallar en pequeñas y húmedas explosiones gelatinosas, al igual que una ebullición descontrolada; aquello goteaba por sus mejillas como lentas y enormes lágrimas, mientras restos desgarrados de los globos oculares pendían de las cuencas...

Se las arregló para intentar servirse más whisky. Y acabó vertiendo más sobre su regazo que en el vaso. Inclinó el vaso sobre sus ateridos labios, y derramó el resto. Toda la habitación zumbaba y le daba vueltas. El vaso se le escurrió de entre los dedos.

A las doce estaba inconsciente.

A las 3.47 AM seguía inconsciente.

A las 10.45 de la mañana despertó.

Luego, tras haber vaciado su estómago un par de veces y dominado su dolor de cabeza con algunas pastillas, Dekker volvió a reflexionar sobre su problema con el sueño.

—No se trataba de una prueba, ni siquiera de un experimento realizado bajo control —se dijo en voz alta—, pero quizás estando ebrio pueda mantenerme alejado de las pesadillas. Ahora bien, si ese maldito despertador tiene algo que ver con todo ello, puede que no haya tenido los sueños simplemente porque ayer no llegué a subir al piso de arriba para dormir. Lo mejor sería que me desprendiera del despertador. Pero eso sería estúpido. Pura superstición. No es la calavera de un ahorcado, ni un talismán diabólico de Transilvania. Es únicamente un maldito despertador que sólo tiene un par de meses; un par de semanas quizá...

Volvió a pasar otra tranquila pero dolorosa velada. Una fotografía en el Times —otra vez información sobre una fábrica de componentes electrónicos en Malasia— captó su atención. La mujer que empaquetaba los aparatos de radio por muy poco dinero, la mujer de la fotografía, le resultó familiar por unos instantes, y después, al mirarla de nuevo más cuidadosamente, no encontró ninguna referencia que le resultase familiar. Ésa fue la única sensación en todo el día que alteró su monotonía.

Al anochecer todavía no se sentía completamente bien, pero una noche sin pesadillas le había dado bastante confianza. Le sacó la lengua al despertador cuando se introdujo en la cama, estiró las sábanas y dejó que la oscuridad lo rodease amistosamente. Pronto se sumergió en el sueño.

Sin embargo, después de bastantes aventuras en extraños y ardientes países, volvió a ser atrapado por el diabólico sueño. Vagaba delirante en la oscuridad, dentro del difuminado espacio en el que cosas con patas brotaban de su piel, donde los dientes mascaban arena y desaparecían, donde los ojos se hinchaban cual balones horrendos.

Dekker se despertó jadeante con las últimas imágenes de terror martilleándole en las sienes, para ver ante sí los dígitos 3.47 llameando en la noche. Pulsó el interruptor de la luz tratando de alejar de sí la oscuridad, y quedó tumbado sobre la cama, temblando y sudando. Su mente era un mapa vacío lleno de temor, dentro del cual, sin que supiese de dónde venía, le bailaba en la memoria la idea de que los sueños, incluso los más complejos, se supone que sólo se desarrollan durante unos escasos segundos de tiempo real.

En tan poco espacio de tiempo se podían cebar muchas locuras angustiantes, pensó mientras permanecía allí tumbado con un pánico infantil hacia la oscuridad y trataba de contener su impulso de taparse la cabeza con las sábanas y las mantas. Al igual que las imágenes de un calidoscopio, girando lentamente, pasó del terror al agotamiento, y del agotamiento a la soñolencia; alejado de su cuerpo, de la cama y de las 3.47, Dekker se sumergió en las nebulosas márgenes de la duermevela. Allí, por un instante, una pálida mujer morena lo miraba fijamente, con una sonrisa incómoda.

—No es nada personal, pero...

¿Había añadido algo más, sin palabras? Sus manos estaban ocupadas con un reloj digital desmantelado.

Tenía la impresión de que le habían puesto un enchufe en la cabeza. A través de la conexión le llegaba una ducha de chispas brillantes que lo conmocionó hasta la rigidez. La noche se tomó informe, vacía de miedos y de pesadillas, cuando conectó el familiar rostro de sus sueños (tan familiar que estaba seguro de haberlo contemplado cada una de las noches en que soñó) con la foto del Times.


ESCÁNDALO EN UNA FÁBRICA MALAYA.


Se sentó y alcanzó el despertador, que ahora señalaba las 3.50. El aparato zumbó en su mano cuando lo alzó, como una cosa viva y cálida que temblara de miedo y cuyo corazón latiera tan fuertemente que dejase oír un leve zumbido. Lo había adquirido mediante uno de esos anuncios en la prensa que promocionan aparatos a precios muy económicos. Se lo mandaron por correo. No llevaba impresa ninguna marca. Pero recordaba que en el reverso, al darle la vuelta, había visto, grabada en el frágil plástico, la inscripción: MALASIA.

Estuvo a punto de echarse a reír. Dejó el reloj sobre la mesita, apagó la luz, y se dispuso a volver a conciliar el sueño.

Empezó a imaginarse una mujer malaya, explotada en una fábrica de componentes electrónicos, que realiza su propio sabotaje industrial al incluir, entre los circuitos que monta por tan poco dinero, una maldición. Sólo pensarlo le causaba hilaridad, pero se le heló la sonrisa en los labios ante la posibilidad de que su fantasía tuviese un origen verídico.

—Podría ser —pensó—. Pero ¿qué le he hecho yo a ella?

—Bueno —se respondió—, uno compra estas baratijas y con ello contribuye a que la fábrica prospere.

—Sin embargo, es ridículo. Quiero decir, ¿cómo se puede llegar a creer en una maldición por motivaciones políticas? ¿Por el derecho al trabajo, por el derecho a la huelga, por el derecho a clavar alfileres en figuras de cera? Y de todos modos, ¿por qué no?

A la mañana siguiente alimentaba de nuevo otro dolor de cabeza. Dekker miró los periódicos y se encontró con dos fotos de mujeres malayas oprimidas. Se sintió agitado por la idea de que había cierta similitud entre las caras de la fotografía y el rostro que veía en sus sueños; aunque ninguna de ellas tenía, en realidad, ningún parecido con éste. Uno podría pensar que eso demostraba, precisamente, que no era una imagen que se le había colado de rondón en la mente al estudiar las fotos del Times. Uno podría pensar, incluso, que eso demostraba que era real.

Se comió el tocino (grasiento) y los huevos (quemados), y subió al piso de arriba en busca del ajado ejemplar del libro sobre magia y religión que había comprado hacía años. La rama dorada. Ese. Apareció entre pilas de antiguas revistas de ciencia ficción, en lo que los agentes inmobiliarios denominaban el segundo dormitorio y que Dekker conocía como habitación de los trastos.

En la versión abreviada de La rama dorada (por todos los demonios, la obra completa llegaba a los doce volúmenes) se hablaba de los malayos en numerosas ocasiones. Dekker las repasó todas. La primera de ellas trataba sobre figuras de cera, y curiosamente comentaba: perfora el ojo de la imagen, y tu enemigo quedará ciego.

Cerró el libro convulsivamente. No quería ni oír hablar de ojos.

Bien, si desmantelaba el reloj, ¿acaso iba a encontrar en su interior la imagen de un cadáver moldeada en cera, acechándole entre los circuitos impresos? Desafortunadamente, el objeto era una unidad precintada; abrirlo significaba destruirlo. Lo cual no sería una mala idea; realmente era algo a tener presente. Volvió a abrir el libro y en la página 105 encontró: Los malayos tienen la creencia de que un destello luminoso en el ocaso puede provocar fiebres a una persona débil.

Entonces, ¿qué pensarían de los dígitos de neón, destellando fulgores rojizos durante toda la noche?

Más adelante se leía: Seguramente, en ningún otro lugar del mundo el arte de arrebatar por la fuerza el alma a una persona es cultivado con mayor dedicación —o llevado al más alto refinamiento— que en la península malaya.

Ningún comentario específico, nada acerca de antenas o dientes, nada que indicase cómo una maldición podía reptar entre los circuitos impresos. ¿Qué más se podía esperar de un libro editado en 1922? No había nada sobre la significación esotérica de las 3.47 AM.

—Todo mental, querido Brian. No eres más que una persona débil a la que han provocado unas fiebres. Los psicólogos farfullarían algo así como neurosis compulsivas. Te despiertas con una pesadilla a las 3.47 AM y de algún modo eso hace que tu propio despertador interior se conecte a esa hora, día tras día, pero sólo si duermes cerca de ese despertador, puesto que el fondo psicológico de la cuestión está encadenado a esos dígitos de neón rojo. Esos números que se pueden ver resplandeciendo en la oscuridad, incluso con los ojos cerrados.

Durante el día Dekker se tragó muy concienzudamente su dosis del tónico prescrito. Y por la tarde se le ocurrió otra idea, algo que podía romper el maleficio y acabar de una vez por todas con el asunto. Antes de acostarse, puso astutamente la alarma a las 3.30 de la madrugada.

Un zumbido gimiente le apartó de sus vagos e inocuos devaneos oníricos, despertándolo con la misma gentileza que si le hubiesen lanzado un cubo de agua helada sobre el estómago. Las 3.30 le observaban concienzudamente. En la sorprendente oscuridad que le rodeaba, no había ni el más mínimo indicio de amenaza u opresión. Dekker encendió la luz de la mesita y luego se incorporó para encender la de la habitación.

—He roto el maleficio —se dijo con alivio—. Podré observar las 3.47 reluciendo en el despertador sin ninguna pesadilla a la vista. ¡Y eso concierne, igualmente, a las larvas que anidan en mi subconsciente!

Aunque bien iluminada y cálida, la habitación tenía algo extraño, como si las paredes fuesen meros tabiques en un vestíbulo enorme de cemento húmedo y los ecos resonaran de un lado a otro hasta apagarse.

—Son las primeras horas de la madrugada las que provocan esa sensación —pensó Dekker—. El espíritu humano está en su punto más bajo justo antes del amanecer. ¿No dijo eso alguien?

Las 3.42.

El único sonido en la habitación era el discreto zumbido del despertador. Se sentó en la cama, dominado por sus temores, deseando que el reloj dejara de avanzar.

Las 3.44.

Las 3.45.

Las 3.46.

La última cifra parecía estática, sin moverse durante horas. El tiempo subjetivo se estiraba más y más, como plastilina, al igual que esas pesadillas eternas contenidas en unos pocos segundos de sueño.

Entre la medianoche y el alba, cuando el pasado es pura decepción. ¿Dónde habré leído esa frase?

Estaba con ese pensamiento en la cabeza cuando notó un cosquilleo sobre los brazos, como si las antenas de unos insectos le estuviesen tanteando la piel.

—¡Dios mío —pensó—. Esto es histeria. No, no quiero mirarme debajo de las mangas. No quiero. Es como esas beatas a las que les brotan llagas, como estigmas, en los lugares apropiados. Sospecho que veré eso y los dientes y el resto. Es solo mi imaginación.

No obstante, tenía la seguridad de que había algo bajo las mangas de su pijama. Se negó a mirar. Apretó las mandíbulas y, con un crujido blando, se le deshicieron los dientes hasta convertirse en polvo.

Esta vez la sensación no fue indolora como en sus pesadillas; gritó salvajemente, y fragmentos diminutos le volaron entre los labios. Quiso cerrar los ojos, pero éstos se habían hinchado ya de tal manera que no pudo bajar los párpados; se le estaban dilatando dolorosamente.

—¡Histeria! ¡Alucinación! ¡Tiene que ser eso! ¡Por favor!

Una parte de su mente sollozaba una y otra vez. Y en alguna otra parte de su exacerbada conciencia, junto con sus llantos, el pálido rostro de una mujer morena le sonreía amargamente.

La hinchazón de sus ojos era increíble. Se le nubló y distorsionó la visión. Se postró sobre el lecho cuando criaturas de largas patas aparecieron sobre el dorso de sus manos y más dientes se le partieron cual trozos de tiza. Se dejó ir, ansiando desesperadamente refugiarse en el sueño que tenía antes de...

... las 3.47 AM.


David Langford (1953— )




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de David Langford: A las 3.47 AM (3.47 AM), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Nyarlathotep»: H.P. Lovecraft; relato y análisis


«Nyarlathotep»: H.P. Lovecraft; relato y análisis.




Nyarlathotep (Nyarlathotep) es un relato de terror del escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1920 de la revista The United Amateur, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep). No confundir con el poema del mismo nombre: Nyarlathotep (Nyarlathotep), publicado en la colección: Hongos de Yuggoth (Fungi from Yuggoth).

En este cuento se produce la primera aparición de Nyarlathotep, criatura que pertenece tanto a los Mitos de Cthulhu como al Ciclo Onírico, y probablemente el único de sus dioses que cuenta con algún grado de libertad, ya que la mayoría se encuentra encerrado o dormido. En esencia, Nyarlathotep es el dios más humanizado de la mitología lovecraftiana, a tal punto que el relato lo describe como un hombre alto y oscuro. Su función, además de ser sirviente de Azathoth, es la de emisario de entidades más poderosas.

Según el propio H.P. Lovecraft, la figura de Nyarlathotep se le reveló en un sueño particularmente aterrador, donde una voz incorpórea le sugería:


No dejes de ver a Nyarlathotep si viene a Providence.
(Don't fail to see Nyarlathotep if he comes to Providence)


Robert M. Price deduce que aquella pesadilla, e incluso el propio nombre de Nyarlathotep, florecieron en el inconsciente de H.P. Lovecraft tras la lectura de Lord Dunsany, autor al que admiraba profundamente, donde dos de sus espeluznantes deidades proféticas: Alhireth-Hotep y Mynarthitep, aparecen frecuentemente en Los dioses de Pegana (The Gods of Pegana).

El relato de hoy está narrado en primera persona, y comienza describiendo una inexplicable sensación de inquietud experimentada por la humanidad, como si una maldad inconcebible se acercara. Este mal, naturalmente, es Nyarlathotep, quien ha dormido durante siglos, pero cuyo despertar traerá consigo una plaga de locura y pesadillas, que finalmente conducirán al fin de la humanidad tal como la conocemos.

Esta es, insistimos, la primera aparición de Nyarlathotep en los relatos de H.P. Lovecraft. Con el tiempo le seguirían otras, por ejemplo, en: Los sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House), El morador de las tinieblas (The Haunter of the Dark), Las ratas en las paredes (The Rats in the Walls) y El que susurra en la oscuridad (The Whisperer in Darkness), entre otros. Finalmente, también hay que decir que Nyarlathotep —el cuento que compartimos a continuación, no la criatura— es mencionado en Él (He), de 1926.




Nyarlathotep.
Nyarlathotep, H.P. Lovecraft (1890-1937)

Nyarlathotep… el Caos Reptante… Yo soy el último… Contaré al oyente desocupado.

No recuerdo exactamente cuándo empezó todo; pero fue hace meses. La tensión general era horrible. A una temporada de trastornos políticos y sociales se añadió una extraña y triste aprensión de un horrible peligro físico; un peligro extendido y que abarcaría todo, un peligro como solo puede ser imaginado en los más terribles fantasmas de la noche.

Recuerdo que las gentes iban y venían con rostros pálidos y preocupados, y susurraban advertencias y profecías que nadie se atrevía a repetir conscientemente o a reconocer en su fuero interno que habían oído. Una sensación monstruosa de culpa se dejaba sentir sobre el país, y en los abismos que hay entre las estrellas soplaban corrientes desapacibles que hacían que los hombres se estremecieran en los lugares oscuros y solitarios.

Había una alteración demoníaca en la secuencia de las estaciones. El calor se prolongó durante el otoño de modo temible; y a todas las personas les parecía que el mundo, y quizás el universo, había pasado del control de los Dioses o fuerzas conocidas al de los Otros Dioses o fuerzas desconocidas.

Y fue entonces cuando Nyarlathotep salió de Egipto. Nadie sabia quién era; pero era de la vieja sangre nativa y tenía el aspecto de un faraón. Los campesinos se arrodillaban cuando lo veían, y sin embargo no sabían por qué. Él decía que había surgido de la oscuridad de veintisiete siglos, y que había oído mensajes de lugares que no estaban en este planeta.

Nyarlathotep vino a los países civilizados, moreno, delgado y siniestro, siempre comprando extraños instrumentos de cristal y metal, y combinándolos para formar instrumentos aun más extraños. Hablaba mucho de las ciencias: de electricidad y psicología, y hacía exhibiciones de poder con las que sus espectadores quedaban sin habla, pero que sin embargo aumentaron su fama hasta un grado sumo. Los hombres se aconsejaban unos a otros ir a ver a Nyarlathotep, y se estremecían.

Y donde iba Nyarlathotep el descanso desaparecía, porque las horas de la madrugada eran desgarradas con los gritos de las pesadillas. Nunca antes los gritos de las pesadillas habían sido un problema público semejante; y ahora los hombres sabios casi deseaban prohibir el sueño en la madrugada, para que los alaridos de las ciudades inquietaran menos horriblemente a la pálida y lastimera luna, que brillaba con luz tenue y vacilante sobre aguas verdosas que se deslizaban bajo puentes, y viejos campanarios que se derrumbaban contra un cielo enfermizo.

Yo recuerdo cuando Nyarlathotep vino a mi ciudad, la grande, la antigua, la terrible ciudad de los crímenes innumerables. Mi amigo ya me había hablado de él, y de la irresistible fascinación y encanto de sus revelaciones, y yo deseaba ardientemente explorar sus más recónditos misterios. Mi amigo me dijo que eran horribles e impresionantes, mas allá de mis mas enfebrecidas imaginaciones; que habían sido proyectadas en una pantalla en la habitación a oscuras, cosas profetizadas que nadie, excepto Nyarlathotep, se había atrevido a profetizar; y que en el chisporroteo de sus chispas allí les habían quitado a los hombres lo que nunca les habían quitado antes y que solo se mostraban en sus ojos, y oí decir que en el extranjero se insinuaba que los que conocían a Nyarlathotep veían cosas que los otros no veían.

Fue en el cálido otoño cuando yo pasé una noche con las muchedumbres inquietas para ver a Nyarlathotep; toda una noche bochornosa, allá arriba de las interminables escaleras que llevaban a la sofocante habitación. Y con sus sombras proyectadas sobre una pantalla vi formas encapuchadas entre ruinas, y rostros amarillentos y malignos que atisbaban desde detrás de monumentos caídos. Y vi al mundo batallando contra la oscuridad; contra las oleadas de destrucción procedentes del espacio infinito; arremolinándose, agitándose, forcejeando en torno de un sol que se apagaba y enfriaba.

Luego las chispas saltaron de forma asombrosa alrededor de las cabezas de los espectadores, y los cabellos se pusieron de punta, mientras que las sombras mas grotescas que yo pueda mencionar salieron y se posaron sobre las cabezas. Y cuando yo, que era más frío y científico que el resto, musité una protesta hablando de “impostura” y de “electricidad estática”, Nyarlathotep nos echó a todos fuera, por aquellas escaleras vertiginosas, abajo hacia las húmedas, calidas y solitarias calles de la medianoche.

Yo grité muy fuerte, diciendo que no tenía miedo, que nunca podría tener miedo, y otros gritaron conmigo para aliviarse. Nos juramos los unos a los otros que la ciudad era exactamente la misma, y que seguía viva; y cuando las luces eléctricas empezaron a ponerse mortecinas, maldijimos a la compañía una y otra vez, y nos reímos de las caras tan raras que poníamos. Creo que sentí que algo descendía de la luna verdosa, porque cuando empezamos a depender de su luz, de modo involuntario formamos en cuadro y emprendimos una marcha, como si supiéramos nuestros destinos aunque no nos atreviésemos a pensar en ellos.

En una ocasión miramos el pavimento y vimos que los adoquines estaban sueltos, desplazados por la hierba, con apenas algún riel de metal oxidado que mostrara por dónde habían corrido los tranvías. Y de nuevo vimos un tranvía solitario, sin ventanas, estropeado, casi volcado. Cuando miramos en torno al horizonte, no pudimos ver la tercera torre que había junto al río, y observamos que la silueta de la segunda torre estaba destrozada en su parte superior.

Luego nos dividimos en estrechas columnas, cada una de las cuales pareció dirigirse en diferente dirección. Una desapareció en una calleja solitaria hacia la izquierda, dejando solo el eco de un gemido ahogado. Otra bajo por una entrada del metro casi tapada por los hierbajos, aullando con una risotada de loco. Mi propia columna fue chupada hacia campo abierto, y entonces sentí un escalofrío que no era propio del cálido otoño, porque cuando llegamos con paso furtivo al oscuro páramo vimos que nos rodeaba un infernal brillo lunar de nieves malignas. Nieves sin sendas, inexplicables, barridas a ambos lados en una sola dirección, donde había un torbellino de lo más negro a pesar de sus muros relucientes. La columna pareció muy fina, mientras camino pausada y penosamente, de modo soñoliento, hacia el torbellino.

Yo me quedé atrás, porque la negra grieta en la nieve iluminada de verde era horrible, y me pareció oír los ecos de un gemido inquietante conforme mis compañeros desaparecían; pero yo tenia poco poder para quedarme rezagado, y como si me hubieran llamado por señas los que se habían ido antes, medio floté entre los titánicos copos de nieve arrastrados por el viento, estremeciéndome asustado, hacia el invisible vortice de lo inimaginable.

Sensible a mis gritos, delirando torpemente, solo los Dioses que fueron podrían explicarlo. Una sombra enfermiza y sensitiva retorciéndose en manos que no eran manos, girando ciegamente y dejando atrás medianoches espectrales de creación podrida, cadáveres de mundos muertos con llagas que fueron ciudades, vientos sepulcrales que cepillaban las pálidas estrellas y las hacían parpadear muy bajas. Mas allá de los mundos, vagos fantasmas de cosas monstruosas; columnas medio entrevistas de templos no santificados que descansan en rocas sin nombre bajo el espacio, y que alcanzan hasta los vertiginosos vacíos que hay por encima de las esferas de luz y oscuridad.

Y a través de este repugnante cementerio del universo, un ahogado y enloquecedor batir de tambores, y el fino y monótono gemido de flautas blasfemas desde las inconcebibles y oscuras cámaras que hay mas allá del tiempo; el detestable golpeteo y los silbidos aflautados allá donde danzan, lenta y torpemente, de modo absurdo, los gigantescos y tenebrosos Otros Dioses, las ciegas, mudas y estúpidas gárgolas cuya alma es Nyarlathotep.


H.P. Lovecraft (1890-1937)




Relatos góticos. I Relatos de H.P. Lovecraft.


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El análisis y resumen del cuento de H.P. Lovecraft: Nyarlathotep (Nyarlathotep), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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