«La sombra a la luz de la luna»: Mary Louisa Molesworth; relato y análisis


«La sombra a la luz de la luna»: Mary Louisa Molesworth; relato y análisis.




La sombra a la luz de la luna (The Shadow in the Moonlight) es un relato de fantasmas de la escritora inglesa Mary Louisa Molesworth (1839-1921), publicado en la antología de 1896: Cuentos extraños (Uncanny Tales).

La sombra a la luz de la luna, posiblemente uno de los cuentos de Mary Louisa Molesworth más conocidos, relata la historia de una joven y sus dos hermanos, quienes aparentemente viven en una casa embrujada, con la particularidad de que el espíritu que la habita se manifiesta únicamente a través del frío.

En este contexto, La sombra a la luz de la luna de Mary Louisa Molesworth utiliza un recurso novedoso para los relatos victorianos de fantasmas, y propone que los escalofríos repentinos, sin causa aparente, quizás responden a la presencia de un espíritu en la casa, aunque también preserva aquella vieja idea, típica de los relatos de fantasmas del siglo XIX, de que esta clase de entidades, más que asustar, en realidad buscan algún tipo de ayuda.




La sombra a la luz de la luna.
The Shadow in the Moonlight, Mary Louisa Molesworth (1839-1921)

Jamás pensamos que en Finster St. Mabyn’s hubiese fantasmas. No, jamás lo pensamos. Esto puede parecer extraño, pero es absolutamente cierto. Era un sitio tan sumamente interesante y peculiar en muchos sentidos, que no necesitaba nada raro para sumarlo a sus atractivos. Quizá ésa fuese la razón. En nuestros días, tan pronto como alguien dice de una casa que es muy vieja, la siguiente frase sin duda será: espero que tenga —o que no tenga, según el gusto del que habla— fantasmas.

Pero Finster era más que viejo: era antiguo y, con modestia, histórico. Sin embargo, no perderé tiempo en referir su historia, ni en citar a los lectores las crónicas en que es mencionado. Tampoco cederé ante la tentación de describir el aposento en que cierto personaje de la realeza pasó una noche —o tal vez hayan sido dos o tres— hace cuatro siglos; ni la torre, hoy en ruinas, donde otro personaje aún más conocido fue prisionero durante varios meses. Todos esos hechos —o leyendas — no están relacionados con lo que tengo que contar. Ni lo está el mismo Finster, en realidad, excepto como una suerte de prólogo para mi narración.

Supimos de esa mansión por unos amigos que vivían en el mismo condado,aunque a cierta distancia tierra adentro. Ellos —Mr. y Miss Miles, es conveniente que dé sus nombres ahora mismo— sabían que nosotros teníamos orden de abandonar nuestra casa durante unos meses, para librarnos de los efectos de un duro embate de gripe, y que el aire de mar era lo más deseable. Nos rebelamos. Las costas marinas son, a menudo, lugares aburridos y vulgares. Pero cuando oímos hablar de Finster abandonamos nuestra rebeldía.

—Aburrido, en cierto aspecto, puede que lo sea, pero seguro que no es vulgar.

La descripción de Janet Miles, aun cuando a ella no se le daban muy bien las descripciones, hacía pensar en un cuento de hadas, o en un poema de Longfellow.

—¡Un castillo junto al mar! ¡Es perfecto! —exclamamos todos—. ¡Sí, madre, sí,alquílalo!

Las objeciones fueron rechazadas de inmediato. Era un sitio bastante aislado, según Miss Miles, erguido, como no era difícil deducir de su nombre, sobre una punta de tierra —más bien un rincón— que daba al mar por dos de sus lados. No había sido habitado, salvo en forma esporádica, durante los últimos años, porque el difunto propietario era una de esas felices, o infelices, personas que tienen más casas de las que pueden usar, y el actual propietario era menor de edad. Habría que hacer algunas reparaciones y cambios, pero los albaceas estarían de acuerdo en dejarlo por una renta moderada durante unos meses, y habían estado a punto de ponerlo en manos de unos administradores cuando Mr. Miles se encontró con uno de ellos, quien le mencionó el tema.

No se podía decir nada en contra, era muy saludable. Pero los muebles estaban viejos y carcomidos y no eran suficientes. Si queríamos recibir visitantes, tendríamos que agregar algún mobiliario. Sin embargo, eso se podía hacer con facilidad, prosiguió diciendo nuestra informante. Había en Raxtrew, el pueblo vecino, una buena tapicería y mueblería cuyo dueño solía alquilar lo necesario a los oficiales del fuerte.

—Y por cierto —agregó Miss Miles— que nosotros muchas veces hemos comprado muebles antiguos y bonitos a muy buen precio, o sea que ustedes podrán tanto alquilar como comprar.

Desde luego que recibiríamos visitas, y nuestra casa no estaría mucho peor con algunas sillas y mesas adicionales aquí y allá, en lugar de algunas monstruosidades excelentes de las que, a instancias de Phil, Nugent y mías, nuestra madre se había desprendido.

—Si bajo a curiosear el lugar con padre —dije—, seguro que iré a la tienda de muebles y echaré un vistazo por mí misma.

Fui con mi padre. Yo tenía diecinueve años —hace cuatro— y era una chica dotada de cierta habilidad. Además yo era la única que no había estado enferma, y madre la que había llevado la peor parte; nuestra madre y también Dormy —pobrecrío—, porque él estuvo a punto de morir.

Él es el pequeño; somos cuatro chicos y dos chicas. Sophy tenía quince años entonces. Yo me llamo Leila. Si intentara dar cierta idea de la impresión que Finster St Mabyn’s causó en nosotros, necesitaría horas. Sencillamente nos dejó sin aliento. Nada más estar dentro de sus murallas y echar una mirada a tu alrededor te transportaba a varios siglos atrás. Pero no debíamos ver eso como una ventaja, o al menos así lo dijeron los dos Miles, que eran nuestros guías. Era un día oscuro, de principios de abril, en el que se percibía que no muy lejos debía estar lloviendo. Aunque podría haber sido noviembre, si bien no hacía frío.

—Apenas pueden imaginar ustedes cómo es esto en un día brillante —dijo Janet, deseosa, como cualquier persona en esas circunstancias, de exhibir su trouvaille—. Las luces y sombras son exquisitas.

—Me encanta tal como está —dije—. No creo que jamás lamente haberlo visto por primera vez en un día gris. Es simplemente perfecto.

Janet se mostró complacida por mi admiración y lo hizo todo por facilitar las cosas. Mi padre también se prendó del lugar, según pude advertir, pero refunfuñó y tosió bastante al observar la desnudez de la habitación, en especial los dormitorios. De modo que Janet y yo comenzamos de inmediato, como si fuera cosa de negocios, a hacer listas de las compras necesarias, que después de todo no resultaron ser tan temibles.

—Hunter conseguirá todo eso fácilmente —dijo Miss Miles y así fue como mi padre cedió, aunque yo creo que en todo momento había pensado hacerlo.

La renta era en realidad tan baja que se podía afrontar un pequeño gasto de alquiler de muebles, sugerí, y mi padre estuvo de acuerdo.

—Es muy baja —dijo— para un lugar que tiene tantas ventajas.

Pero ni siquiera entonces se le ocurrió a alguno de nosotros sugerir que fuese sospechosamente baja. Para empezar, estaba la garantía de los Miles. De haber habido alguna objeción, ellos la habrían sabido. Pasamos la noche con ellos y el día siguiente en la tienda del mueblista. Era un hombrecito listo, servicial, y comprendió la situación de un vistazo. Además, sus términos fueron tan moderados que mi padre, afable, me dijo:

—Aquí hay varios primores y rarezas, Leila. Puedes elegir algunas cosillas, para usarlas en Finster ahora y después llevarlas a casa.

Yo no quería oír más para aprovecharme de la autorización, y con la ayuda deJanet, pronto quedaron apartadas unas pocas y preciosas sillas y mesas, una cómoda triangular y otras chucherías. Estábamos a punto de marcharnos cuando, desde un rincón de la tienda, unos cortinajes atrajeron mi mirada.

—¿Qué es esto? —pregunté al tendero—. ¡Cortinas! ¡Vaya, pero si es un auténtico tapiz antiguo!

El servicial Hunter sacó el género en cuestión.

—No son cortinas exactamente, señorita —dijo—. Creo que habrán sido unas ortières muy bonitas. Ya ve usted que el damasco está montado sobre otra tela: estaba tan gastado cuando las compré que hubo que hacerlo.

Había tenido una buena idea. Dos paneles, por decir así, de damasco antiguo, de un tono precioso, estaban enmarcados por franjas de tela verde oscura y de ese modo, por cierto, resultaban un bello par de portières.

—¡Oh, papá! —exclamé—. Deja que las compre; en Finster las usaremos como antepuertas y después serán dos portières perfectas para las puertas laterales del salón de casa.

Mi padre observó las colgaduras con aire apreciativo, pero fue prudente y primero preguntó el precio. En proporción, parecía más alto que el de las otras mercancías de Hunter.

—Verá, señor —dijo el tendero como disculpándose—, los paneles son de verdadera tela antigua, aunque eso resulte una desventaja para el uso.

—¿De dónde provienen? —preguntó mi padre.

Hunter vaciló.

—A decir verdad, señor —respondió—, me han pedido que no revele a quién se las he comprado. Es duro deshacerse de los objetos heredados, pero a veces ocurre. Hace muy poco he comprado todo un lote a cierta familia. Las portières han salido demi taller esta mañana, precisamente. Nos hemos dado prisa para impedir que siguieran desgarrándose, vea usted, han de haber estado clavadas en una pared.

Janet Miles, que era bastante experta, se había puesto a examinar las colgaduras.

—Bien valen lo que pide Hunter —dijo en voz baja—. No es corriente encontrarse con algo así en Inglaterra.

O sea que se cerró el trato y Hunter prometió ocuparse de que todo lo que habíamos elegido, tanto las adquisiciones como los objetos alquilados, estuviesen en Finster la semana anterior a aquella en que llegaríamos al castillo. Nada contrarió nuestros planes. Hacia fin de mes nos instalamos en nuestro nuevo hogar, todos excepto Nat, nuestro tercer hermano, que estaba en el colegio. Dormer, el pequeño, todavía tomaba lecciones con la institutriz de Sophy. Los dos muchachos —como les llamábamos— mayores se hallaban en casa por razones diversas. Uno, Nugent, estaba a punto de partir hacia India; Phil, obligado a perderse un curso escolar por haber sido víctima de la misma enfermedad que tan mal había tratado ami madre y a Dormy.

Pero en aquellos momentos en que todos estaban recuperados y con expectativas de ir a mejor, gracias al aire de Finster, pensamos que el viento maligno nos había aportado un bien especial. No habríamos disfrutado ni la mitad de no haber sido muchos a la hora de iniciar esa etapa y, antes de haber pasado una semana en la casa, ya habíamos sumado a nuestro número el primer contingente de invitados. No era una casa demasiado grande. Además del que nosotros mismos ocupábamos, no había espacio sino para otras tres o cuatro personas, porque algunas habitaciones —las de la planta superior— estaban muy poco aprovechadas como para servir a alguien, a menos que fuesen las ratas, o fantasmas.

Habíamos logrado estar muy cómodos, gracias al inestimable Hunter. Y cada día el aire se volvía más suave y primaveral. Tierra adentro los bosques estaban llenos de prímulas. Se prometía una bella estación. A uno de los lados de la casa se abría una galería, que pronto se convirtió en lugar favorito de reunión; nos resultaba un sitio de agradable descanso, en especial durante el día, y algo menos por la noche, ya que la chimenea que había en un extremo sólo la templaba a medias y, además, era difícil iluminarla. También había en ese lugar muchas corrientes de aire, por la gran cantidad de puertas, dos de las cuales, una en cada extremo, pronto decidimos mantener cerradas. No eran necesarias: una conducía, a través de una alta escalera de caracol, a los cuartos vacíos del ático; la otra, a la cocina y las dependencias de servicio.

Y cuando tomábamos el té de la tarde en la galería, era fácil traerlo atravesando el comedor o las salas de estar, unas habitaciones amplias, iluminadas por sus extremos, que se extendían paralelas al lado mayor de la galería y ambas tenían una puerta que se abría hacia dentro desde el vestíbulo. Todas las habitaciones principales de Finster estaban en la primera y no en la planta baja. Si esas puertas se mantenían cerradas, buena parte de la corriente de aire desaparecía y, como he dicho, teníamos un tiempo suave y calmo de verdad.

Una tarde estábamos todos reunidosen la galería a la hora del té. Los niños (como llamábamos a Sophy y a Dormer, para gran disgusto de Sophy) y su institutriz estaban con nosotros, porque las reglas se habían suavizado en Finster, y Miss Larpent era muy querida por todos nosotros. De pronto Sophy dejó oír una exclamación de desagrado.

—Madre —dijo—, quisiera que regañaras a Dormer. Me ha tirado encima la taza de té: ¡mira cómo me ha puesto la ropa! Si no te puedes estar quieto —agregó, volviéndose hacia el pequeño—, creo que no deberían permitirte venir a tomar el té con nosotros.

—¿Qué ocurre, Dormy? —preguntó mi madre.

Dormer estaba de pie junto a Sophy, con un aire muy culpable y bastante pálido.

—Madre —dijo el pequeño—, sólo estaba apartando mi silla. Sentí un frío tan horrible allí que no podía quedarme en ese sitio —y se estremeció.

Dormer había estado de espaldas a una de las puertas cerradas. Phil, que era quiense hallaba más cerca, movió una mano lentamente por toda la superficie.

—Tú estás tonto, Dormy —dijo—, aquí no hay corriente.

—Ha de haber cogido un resfriado entonces —dijo mare y continuó haciendo preguntas al pequeño acerca de dónde había estado todo el día porque, como ya he dicho, Dormer aún se encontraba delicado. Pero él insistió en que se encontraba bien y ya no estaba enfermo.

—No fue una corriente en realidad —dijo—, era como un hielo, así, de pronto. Ya lo había sentido antes, sentado en esa silla.

Nuestra madre no dijo nada más y Dormer siguió tomando su té; a la hora de ir adormir, mi hermano parecía normal, como siempre, de modo que la inquietud de mamá se desvaneció. No obstante, investigó a fondo la posibilidad de que hubiese alguna corriente en la escalera con la que comunicaba aquella puerta. No se descubrió ninguna: la puerta encajaba a la perfección; además, Hunter había clavado una tira de fieltro en sus bordes y, por si fuera poco, una de las espesas portières estaba colgada delante.

Uno o dos días después estábamos sentados en el salón tras la cena, cuando una de nuestras primas, que estaba de visita en nuestra casa, echó de menos su abanico.

—Corre a buscar el abanico de Muriel, Dormy —dije a mi hermano, porque Muriel estaba segura de que se había caído bajo la mesa durante la cena. Ninguno de los hombres se había reunido aún con nosotras. —Oye, niño, ¿adónde vas? —le dije al ver que se dirigía a la puerta más alejada —. Irás más rápido por la galería.

Dormy no dijo nada, pero se marchó, caminando bastante despacio, por la puerta de la galería. Al cabo de unos minutos regresó, con el abanico en la mano, pero por la otra puerta. Era un niño sensible y aunque yo me pregunté qué tendría en la cabeza contra la galería, no dije nada delante de los demás. Sin embargo, poco después, cuando Dormy se fue a la cama le seguí.

—¿Qué quieres, Leila? —me dijo con bastante enfado.

—No te apures, pequeño —le dije—. Ya veo que algo pasa. ¿Por qué no te gusta la galería?

Vacilaba, pero yo había apoyado mi mano en su hombro y él comprendió que mi interés era sincero.

—Leila —me dijo, mientras echaba una mirada alrededor para asegurarse de que nadie nos oía; estábamos, él y yo, de pie cerca de la puerta interna del comedor, queestaba abierta—, tú te reirás de mí, pero… ¡allí hay algo raro, a veces!

—¿Qué dices? ¿Qué significa «a veces»? —le pregunté estremecida por su tono.

—Quiero decir que no siempre, lo he sentido varias veces, fue ese frío deanteayer y, además, he sentido una especie de respidación —Dormy no pronunciaba muy bien todas las «r»—, como si hubiese alguien muy desdichado.

—¿Un suspiro? —sugerí.

—Como un suspiro en voz baja —me respondió—, y siempre cerca de la puerta. Pero la semana pasada, no, no hace tanto, fue el lunes, salí a la galería para ir a lacama. No quería portarme como un tonto. Pero había luna y, mira Leila, una sombra recorrió la pared de ese lado y se detuvo junto a la puerta. La vi mover apenas sus manos —y Dormy se estremeció—, sobre esa cortina tan bonita que está colgada allí, como si la estuviese palpando, un minuto o dos, y entonces…

—¿Y entonces qué?

—Pues salió —me dijo sencillamente—. Pero esta noche, hermana, hay luna otra vez y no me atrevo a volver a verla. No me atrevo.

—Pero has pasado por allí cuando fuiste al comedor —le recordé.

—Sí, pero cerré los ojos y corrí, y aun así sentía que había algo frío detrás de mí.

—Dormy, cariño —le dije, bastante preocupada—, creo que es cosa de tu fantasía. Tú no te encuentras del todo bien, ya lo sabes.

—Sí que me encuentro bien —respondió con firmeza—. Nunca me asusto en ningún otro lugar. Ya sabes que duermo solo en una habitación. No soy yo, hermana, hay algo en la galedía.

—¿Te daría miedo ir conmigo, ahora? Podemos ir por el comedor; nadie nos verá —y giré en esa dirección mientras hablaba. Una vez más mi hermano pequeño vaciló.

—Iré contigo si me tomas de la mano —dijo—, pero cerraré los ojos. Y no los pienso abrir hasta que me digas que no hay ninguna sombra en la pared. Y no me mientas.

—Pero tendrá que haber sombras —le dije—, con esta luna tan brillante, los árboles, las ramas, o las nubes que se mueven. Algo de eso es lo que has visto tú, cariño.

Negó con la cabeza.

—No, no, desde luego que no me hubiera importado. Conozco esas sombras. No, no me podía equivocar. Se movía, avanzaba, como si se arrastrase, y después, junto a la puerta, estiró las manos y se puso a palpar.

—¿Parecía hombre o mujer? —pregunté, creyendo que yo misma iba a empezar a arrastrarme.

—Me figuro que es más bien como un hombrecito —respondió—, pero no estoy seguro. En la cabeza tenía algo rizado. Ah, ya lo sé: era como una peluca erizada, aunque por abajo parecía que iba envuelto, como con una capa. Oh, es horrible.

Y volvió a estremecerse: era hora de que todas esas tonterías dignas de una pesadilla fueran apartadas de su pobre cabecita. Le tomé la mano y se la apreté con fuerza; atravesamos el comedor. Nada podía tener un aspecto más acogedor y menos fantasmagórico, con las velas aún encendidas sobre la mesa, y las flores en los cuencos de plata, algún resto de vino brillante en las copas, la fruta, los platos bonitos, que mostraban un fulgor colorido. Sin duda fue un extraño y repentino contraste el de encontrarnos en la galería, fría y sin luz, como no fuese el resplandor pálido de la luna que se volcaba entre las ventanas, cuyos postigos estaban abiertos.

La puerta se cerró de un golpe tras nuestro paso, de modo que en la galería había corrientes. Dormy apretó mi mano.

—Hermana —susurró—, he cerrado los ojos. Quédate de espaldas a las ventanas, en medio de las ventanas, porque si no pensarás que son nuestras propias sombras, y mira.

Hice lo que él me pedía y no tuve que esperar mucho tiempo. Llegó, desde el extremo opuesto, el de la segunda puerta sellada, tras la que se alzaba la escalera de caracol que subía al ático. Parecía nacer o al menos tomar forma allí, arrastrándose hacia adelante, tal como había dicho Dormy, furtiva perofirmemente, en línea recta hacia el extremo opuesto de la larga habitación. Y entoncesse volvió más negra, más concentrada, y de sus contornos vagos emergieron dosmanos huesudas y, también tal como había dicho el pequeño, se veía que estaba palpando a lo largo de la parte superior de la puerta.

Permanecí inmóvil y observando. Después me preguntaría de dónde había salido mi valor, si es que eso era valor. Era la sombra de un hombre de poca talla, estaba segura. La cabeza parecía grande en proporción, y sí, eso, el original de la sombra, llevaba sin duda una antigua peluca. En un movimiento mecánico eché una mirada ami alrededor, como si buscase el cuerpo material que debía estar allí. Pero no, no había nada, literalmente nada, que pudiese arrojar esa sombra extraordinaria. De inmediato me convencí de eso y aquí debo dejar muy claro que ninguna persona de las que vieron aquello, por muy escéptica que se hubiese mostrado antes, jamás pudo afirmar que era atribuible a causas ordinarias o, como se suele decir, naturales.

Aunque seguía agarrado a mi mano, casi había olvidado a Dormy: me sentía como en trance. De pronto me habló, en un susurro.

—Lo estás viendo, hermana, sé que lo estás viendo —dijo.

—Espera, espera un minuto, cariño —logré responder en el mismo tono, aunqueno pudiera explicar qué estaba aguardando. Dormer había dicho que al cabo de unmomento, después de la espectral y estéril palpación de toda la puerta, «aquello»…«se marchaba». Creo que eso era lo que yo aguardaba. No fue exactamente como Dormer lo había dicho. La puerta estaba en el extremo opuesto de la pared, con sus goznes casi en el ángulo, y cuando la sombra volvió a moverse, pareció que desaparecía pero no, sólo se había vuelto menos definida. Mis ojos, aguzados más de lo normal por la intensidad de mi mirada, todavía alcanzaron a verla abriéndose camino hacia el rincón, de una forma que ninguna sombra en el sentido concreto de la palabra habría podido ni podría hacer.

Advertí eso y mi sensación de horror se tornó intolerable; sin embargo continué inmóvil, apretando con la mía cada vez más fuerte, la manita helada. El instinto de proteger al niño me dio fuerzas. Además, se acercaba con tanta rapidez, no podíamos huir.

—¡Leila! —jadeó Dormy—. El frío, ¿lo sientes?

Sí, era verdad: distinto de cualquier hálito helado que yo hubiera percibido antes fue aquel breve pero horrible soplo de un frío total. Si se hubiese prolongado durante otro segundo más, creo que nos habría matado a ambos. Pero, por fortuna, pasó en menos tiempo del que me ha llevado contarlo y entonces, de un modo extraño, nos pareció que quedábamos liberados.

—Abre los ojos, Dormy —dije—, no verás nada, te lo prometo. Al comedor, corramos.

Me obedeció. Yo sentía que era el momento de huir antes que aquella presencia horrenda regresara a la puerta del comedor, aunque se estaba acercando, sí, se estaba acercando, continuaba con firmeza su ronda fantasmal. ¡Ay! la puerta del comedor estaba cerrada. Pero hasta cierto punto no perdí el valor. Giré el pomo sin temblar demasiado y en un instante, ya cerrada con llave la puerta a nuestras espaldas, asalvo, nos miramos uno a otro, en la habitación iluminada y acogedora que habíamos abandonado apenas unos minutos antes.

¿Habían sido unos minutos?, me pregunté. ¡Parecían haber pasado horas! A través de la puerta que daba al vestíbulo, llegaron en ese momento unas voces alegres, risueñas, desde el salón. Alguien salía de allí. Parecía imposible, increíble, que a unos pocos pies de distancia de la vida material, grata y concreta, aquel drama inexplicable, horrendo, se siguiese desarrollando, como sin duda ocurría. De nosotros dos, estaba yo más agobiada que mi hermano pequeño. Dormy, como niño que era, en cierto modo se sentía triunfante al haber probado que decía la verdad y que no era cobarde, y aunque todavía estaba pálido, sus ojos brillaban de excitación con un raro aire satisfecho.

Pero antes que hiciéramos algo más que mirarnos uno al otro, apareció una figura en el vano de la puerta abierta. Era Sophy.

—Leila —dijo—, mamá quiere saber qué estás haciendo con Dormy. Él tiene queirse a la cama de inmediato. Te hemos visto salir del comedor detrás de él y después oímos un portazo. Mamá dice que si estáis jugando, recuerdes que le puede hacer daño a estas horas de la noche.

Dormy fue muy rápido. Todavía me tenía la mano y me la pellizcó para impedir que yo respondiera.

—¡Tonterías! —dijo—. Estaba hablando con Leila tranquilamente y ella subirá a mi cuarto, mientras me acuesto. Buenas noches, Sophy.

—Dile a mamá que Dormy quiere hablar conmigo —agregué y Sophy se marchó. —No debemos decírselo a ella, Leila —dijo el pequeño—. Se pondría histérica.

—¿Y a quién se lo diremos? —pregunté, porque empezaba a sentirme indefensa y abrumada.

—A nadie, esta noche —me contestó con sensatez—. Tú no debes ir allí —y se estremeció mientras señalaba la galería con un movimiento de la cabeza—. A ti no te van nada esas cosas y ellos deben estar esperándote. Aguarda hasta mañana y entonces yo, creo que se lo diré a Phil, primero. No tengas miedo esta noche, hermana. No se te va a aparecer en sueños. A mí no se me apareció cuando lo vi la vez pasada.

Estaba en lo cierto. Dormí sin soñar nada. Era como si la tensión nerviosa de aquellos pocos minutos me hubiese dejado totalmente exhausta.

Phil es el soldado de la familia. Y él no tiene nada de raro. Es una roca de robusto sentido común y de buena predisposición inagotable. Era la persona adecuada para confiarle nuestro extraño secreto y mi respeto hacia Dormy aumentó. Se lo contamos, a la mañana siguiente. Escuchó con atención, haciendo alguna pregunta aquí y allá, y aunque, por supuesto, se mostró incrédulo —¿acaso no lo había hecho también yo?—, no se burló.

—Me alegra que no se lo hayáis dicho a nadie más —dijo cuando le hubimos relatado todo con tanto detalle como pudimos—. Ya sabéis que mamá no está todavía muy fuerte, y sería lamentable preocupar a papá, cuando acaba de llegar y de apañar esta casa. Y por el amor de Dios, que no se sepa ni una palabra de esto entre los sirvientes. Habría problemas, sin duda.

—No se lo diré a nadie —dijo Dormy.

—Tampoco yo —agregué—. Sophy es muy excitable y si lo supiera, seguro quese lo diría a Nannie —Nannie es nuestra vieja niñera.

—Si se lo hemos de decir a alguien —proseguía Phil—, quiero decir, si por casualidad —mostraba una sonrisa bastante irritante de confianza en sí mismo— yo no lograse poner fin a vuestro fantasma y quisiésemos otra opinión al respecto, la persona indicada sería Miss Larpent.

—Sí —dije—, yo pienso igual. ¿Qué piensas hacer? —proseguí—. Veo que tienes alguna teoría ¿No me dirás cuál es?

—Tengo dos —dijo Phil, mientras liaba un cigarrillo a la vez que las exponía—. O bien es una ilusión óptica rara, efecto en parte de algún reflejo exterior, o es un truco muy astuto.

—¡Un truco! —exclamé—. ¿Qué motivo posible hay para un truco?

Phil sacudió la cabeza.

—Ah —respondió—, eso no puedo decirlo en este momento.

—¿Y qué vas a hacer?

—Me sentaré esta noche en la galería y lo veré con mis propios ojos.

—¿Solo? —exclamé, con cierto recelo, porque por muy grande y robusto que fuese Phil, yo no podía pensar siquiera en que él, o cualquiera, estuviese solo con esa cosa horrenda.

—No creo que tú o Dormy queráis hacerme compañía —respondió— y en el fondo prefiero que no vengáis conmigo. Llevaré a Tim conmigo, mejor él que cualquier otro.

Tim es el bulldog de Phil y, por cierto, concedí, era mejor que nadie. En eso quedamos. Dormy y yo nos acostamos más temprano que otras veces esa noche, porque a medida que transcurrió el día ambos nos fuimos sintiendo bastante cansados. Me dormí casi de inmediato. Habitualmente lo hago. Y me pareció que había dormido toda la noche cuando fui despertada por el resplandor de una luz delante de mi puerta y oí la voz de Philip que hablaba con suavidad.

—¿Estás despierta, Leí? —dijo, como lo hace quien quiere despertar a alguien a deshoras. Por supuesto, ya estaba despierta, y bien despierta.

—¿Qué ocurre?

—Oh, nada, nada en absoluto —dijo mi hermano, avanzando hacia el centro del cuarto—. Sólo pensé que de camino a la cama vendría a tranquilizarte: no he visto nada.

No sé si me sentí aliviada o decepcionada.

—¿Había luna? —pregunté de forma abrupta.

—No —respondió—, por desdicha la luna no apareció, aunque ya está casi llena. Llevé una lamparilla, que hizo que todo resultara menos fantástico. Pero hubiera preferido la luna.

Le eché una mirada. ¿Era el reflejo de la vela que sostenía en la mano, o de verdad estaba más pálido que de costumbre?

—Y dime —continué yo de inmediato—, ¿no sentiste nada?

Vaciló.

—Hacía frío, sin duda —dijo—. Me pregunto si no me habré adormilado, porque tuve bastante frío una o dos veces.

—¿Y qué pasó con Tim?

Phil sonrió, pero sin mucha convicción.

—Pues debo confesar —dijo— que a Tim no le gustó nada aquello. Primero se inquietó, después empezó a gruñir y terminó aullando de una manera que no tenía nada de feliz. Está bastante nervioso, pobrecito mío.

Entonces advertí que el perro estaba a su lado, restregándose contra las piernas de Philip; era un Tim muy desanimado, todo reproches, que había perdido por entero su arrogancia.

—Buenas noches, Phil —dije al tiempo que volvía la cabeza sobre la almohada —. Me alegra que estés satisfecho. Mañana por la mañana tendrás que decirme cuál de tus teorías tiene más fundamento. Buenas noches y muchas gracias.

Estaba a punto de decir algo más, pero mi actitud le detuvo de momento y salió de mi habitación. ¡Pobrecito Phil! Lo aclaramos a la mañana siguiente. Él y yo solos. Phil no estaba satisfecho. Lejos de eso. En el fondo de su corazón creo que abrigaba el extraño anhelo de un soplo de compañerismo humano, del sonido de una voz humana, que fue lo que la noche anterior le obligó a buscarme. Porque aquel frío había pasado a través de él.

—Esta noche volveré a sentarme en la galería, Leila —dijo.

—Esta noche no —objeté—. Esta clase de aventuras exige que estés en condiciones óptimas. Si quieres un consejo, acuéstate pronto para tener un buen descanso y así mañana estarás bien repuesto. Todavía habrá varias noches de luna.

—¿Por qué machacas con lo de la luna?

—Porque tengo la idea de que sólo a la luz de la luna ese... se puede ver algo.

—¡Tonterías! —dijo mi hermano con cortesía, aunque estaba bastante alterado—. Hablamos sin entendernos. Tú estás persuadida.

—Nada persuadida —interrumpí.

—Bien, convencida, o como quieras decirlo, de que todo eso es sobrenatural, en tanto que yo estoy igualmente seguro de que es un truco, un truco astuto, lo reconozco, aunque todavía no sé cómo está hecho.

—Necesitarás que tus nervios estén perfectos para descubrir un truco de esta clase, si de un truco se trata —le dije con calma.

Philip había abandonado su silla y caminaba de un lado a otro por la habitación; por la forma en que lo hacía, tuve la sensación de que caminando quería quitarse de encima un estado de irritabilidad poco usual en él. Pensé que en parte yo se lo había provocado y en parte sentí pena por él. En ese momento —estábamos solos en el salón— se abrió la puerta y entró Miss Larpent.

—No puedo encontrar a Sophy —dijo echando a su alrededor una mirada con sus ojos miopes que, sin embargo, eran capaces de ver muy bien a veces—, ¿vosotros sabéis dónde está?

—La he visto preparándose para ir a algún sitio con Nugent —dijo Philip, mientras detenía por un momento su ejercicio de caminata por cubierta.

—Ah, pues nada. Supongo que he de resignarme a unos horarios muy poco regulares durante unos días —respondió Miss Larpent con una sonrisa.

No es una mujer joven, y tampoco guapa, pero posee el don de una manera deliciosa de sonreír y, vaya, que es la más encantadora y casi la más sensata de las mujeres. Mientras hablada, Miss Larpent observaba a Philip. Ella nos conocía, poco más o menos, desde la infancia.

—¿Pasa algo? —preguntó de pronto—. Te veo cansada, Leila, y Philip parece preocupado.

Miré a Philip y él me comprendió.

—Sí —respondió mi hermano—, yo estoy enfadado y Leila está… —vaciló.

—¿Qué? —preguntó Miss Larpent.

—Oh, no lo sé; obstinada, supongo. Siéntese, Miss Larpent, y escuche lo que vamos a contarle. Leila, díselo.

Lo hice, después de haber obtenido la promesa de guardar secreto y antes de pedir a Phil que narrara su propia experiencia. Nuestra nueva confidente escuchó atenta, con un gesto grave en la cara. Cuando lo hubo oído todo, dijo suavemente, tras unos momentos de silencio:

—Es muy extraño, mucho. Philip, si mañana por la noche vuelves a la galería, y estoy de acuerdo con Leila en que sería mejor que lo hicieras, yo te acompañaré. Mis nervios son templados y siempre he querido vivir una experiencia de esa clase.

—¿O sea que usted no cree que sea un truco?

—Eso te lo diré pasado mañana.

No pude evitar un leveestremecimiento al oírla hablar. Miss Larpent tenía valor y era muy sensible. Pero más tarde yo me reprocharía a mí misma el haber aceptado ese plan, porque el efecto sobre ella fue enorme.

Ellos nunca me refirieron con exactitud lo ocurrido. Me imagino que la experiencia de ambos fue similar a la que tuvimos Dormy y yo, intensificada, quizá, por el sentimiento de soledad, ya que esa segunda vigilia comenzó cuando toda la familia se había acostado. Era una noche brillante de luna: para ellos, la función fue completa. Era imposible desechar el efecto; aun durante el día, los cuatro que habíamos visto y oído aquello nos apartábamos de la galería, y esgrimíamos cualquier excusa concebible para evitar el lugar. Sin embargo, aunque convencido, Phil se comportó consecuentemente. Examinó a fondo la puerta sellada, para detectar cualquier posible trampa. Exploró los desvanes, subió y bajó la escalera que llevaba a las habitaciones de servicio, hasta el punto de que los sirvientes deben haber pensado que se estaba volviendo loco.

No encontró nada, ni la más remota pista del motivo por el que la galería fuera elegida por la sombra fantasmal para su ronda nocturna. Con todo, resulta extraño admitir que, a medida que la luna decrecía, nuestro pánico iba desvaneciéndose, de modo que casi empezamos a tener esperanzas de que todo aquello hubiese terminado, y a fiarnos de que, con el tiempo, llegaríamos a olvidarlo. Y nos felicitamos por haber callado acerca de nuestras deliberaciones y por no haber perturbado a los demás —incluso a nuestro padre, que, sin duda, se hubiese escandalizado— con la idea de que en nuestro encantador castillo junto al mar hubiese fantasmas.

Pasaron los días, para transformarse en semanas. El segundo contingente de huéspedes nos había abandonado y acababa de llegar el tercero cuando, una mañana, mientras esperaba yo en lo que llamábamos la puerta marina que los demás llegaran para salir a dar un paseo por la playa, alguien me tocó el hombro. Era Phil.

—Leila —dijo—, estoy preocupado por Dormer. Otra vez tiene aspecto de enfermo.

—Yo creía que estaba mucho mejor —dije, sorprendida y afligida—, de buen color y excelente ánimo.

—Así era, hasta hace unos pocos días —dijo Philip—. Pero si le observas con atención verás que otra vez se está poniendo pálido. Y se me ha metido en la cabeza, porque él es un crío demasiado sensible, que se trata de algo relacionado con la luna. Otra vez va a estar llena.

—¿No te referirása la galería?

—Exactamente.

—¿Cómo? ¿Dormy te ha dicho algo? —una especie de aprensión enfermiza se apoderó de mí—. Ya tenía la esperanza —proseguí— de que eso se hubiese marchado, de que quizá sólo venga una vez al año, en determinada estación, o que tal vez los recién llegados lo vean al principio y después nunca más. Oh, Phil, no podemos quedarnos en esta casa, por bonita que sea, si de verdad hay fantasmas.

—Dormy no ha hablado mucho del tema —respondió Phil—. Sólo me ha dicho que había sentido el frío una o dos veces desde que ha vuelto la luna. Pero veo que tiene miedo de algo más y por eso me he decidido a hablar contigo. Debo marchar a Londres por unos diez días, para ver a los médicos por lo de mi alta y alguna otra cosa. No me gusta la idea de dejaros a ti y a Miss Larpent, si esa cosa vuelve, sin nadie de quién podáis fiaros, en particular a causa de Dormy. ¿Crees que tendría que decírselo a padre antes de marcharme?

Vacilé. Por muchas razones me resistía a hacerlo. Nuestro padre se mostraría exageradamente escéptico en un primer momento y después, cuando se hubiese convencido, como yo sabía que iba a ocurrir, pasaría al extremo opuesto, e insistiría en que debíamos abandonar Finster. Mamá habría quedado devastada. Adoraba ese lugar.

—Después de todo —dije—, hasta ahora no ha hecho daño a nadie. Miss Larpent se llevó un buen susto, como yo. Pero lo de tener que creer en fantasmas no ha sido tan fuerte para nosotros como para ti, Phil. Por otra parte, mientras estés fuera podremos evitar la galería. No, aparte de Dormy, yo no querría que nadie lo supiese. Al fin y al cabo, no vamos a vivir aquí para siempre. Y es tan bonito que es una pena.

—Sí —reconoció Phil—, es un terrible incordio. Pero en cuanto a Dormy —prosiguió—, ¿qué te parece si le pido a mamá que me permita llevármelo conmigo? En Londres se divertiría tanto como en la playa, y mi casera le cuidaría si yo tuviese que salir de noche. Además, haría que mi médico le viese, sin formalidades, sabes, por si le puede recetar un tónico o algo.

Aprobé la idea de todo corazón. También lo hizo mamá cuando Phil atacó e ltema: ella también había pensado que su niño estaba bastante pálido últimamente. La opinión de un médico de Londres daría tranquilidad. De modo que así se decidió y al día siguiente los dos partieron, Dormer con su aire anticuado, con sus reticencias, aunque lleno de verdadero deleite, por lo que se pudo deducir de una observación que hizo el mocito acerca de lo que, sin duda, constituía la principal causa de su alegría.

—Cuando volvamos ya no habrá luna llena —dijo—. Y después ya no quedará más que una, antes que nos marchemos, ¿verdad, Leila? Sólo hemos alquilado esta casa por tres meses, ¿verdad?

—Sí —le dije—, papá la ha alquilado por tres meses —aunque en el fondo de mi corazón sabía yo de la existencia de una opción a tres meses más: seis en total.

Y Miss Larpent y yo nos quedamos solas, no con el fantasma, sin duda, sino con nuestro fatídico conocimiento de su inoportuna proximidad. No hablamos del tema entre nosotras, pero de modo tácito evitábamos la galería, incluso de día, si era posible. Yo sentía, y también ella, como lo confesó más tarde, que sería imposible soportar ese frío sin delatarnos.Así empecé a respirar con mayor libertad, confiando en que el temor de una probable reaparición de la sombra sólo se debiese a los nervios tensos del pequeño.

Hasta que una mañana mi paraíso de los tontos quedó destruido de repente. Mi padre llegó tarde a desayunar: había salido pronto a dar un paseo, dijo, para despejar un dolor de cabeza. Pero no tenía el aspecto de haberlo conseguido.

—Leila —me dijo—, quiero hablar contigo. Tú eres una chica sensible y tus nervios son templados, creo. Además, no has estado enferma como los demás. No hables con nadie de lo que voy a decirte.

Asentí con la cabeza: no hubiera podido hablar. Mi corazón latía con fuerza. Mi padre no habría alabado la templanza de mis nervios si lo hubiese sabido.

—Algo extraño e inexplicable sucedió anoche —prosiguió mi padre—. Nugent y yo estábamos sentados en la galería. Hacía una noche tibia, con una luna magnífica. Habíamos pensado que la galería nos podía resultar más acogedora que el cuarto de fumar, ahora que Phil y sus pipas no están aquí. Pues bien, estábamos sentados en silencio. Yo había encendido la lamparilla para leer, y Nugent estaba medio tumbado en su silla, cuando de pronto le oí una exclamación y le vi levantarse con violencia, de un salto y avanzar hacia mí. Leila, le castañeteaban los dientes y estaba azul de frío. Me alarmé muchísimo, ya sabes lo enfermo que estuvo en el colegio. Pero al cabo de un instante se recuperó. Trató de reír. Me explicó que sintió como una descarga eléctrica. Fui al comedor, le preparé un poco de brandy con agua y le mandé a la cama. Después volví a la galería, un poco inquieto, y me senté leer cuando, Leila, tú no te lo creerás, pero yo mismo sentí esa misma descarga. Un estremecimiento de frío horrible. Hija mía, tú pensarás que me he vuelto loco, pero había una sombra a la luz de la luna, persiguiéndome.

»En un momento me dio alcance y otra vez tuve esa sensación aterradora. No me di por vencido. La eludí y me quedé observando y entonces…»No es necesario que siga citando a mi padre; baste decir que su experiencia eraparalela a la de todos nosotros…, aunque no, creo que las superaba. Fue la peor detodas.

¡Pobre papá! Me estremecí por él. Creo que un incidente de esa clase causa mayor efecto en un hombre que en una mujer. Nuestro sexo es menos escéptico, menos reacio a aceptar los hechos consumados, más imaginativo, o como se quiera llamar a esa predisposición a creer lo que no se puede explicar. Y me resultó sorprendente ver que mi padre capituló de inmediato, que ni siquiera aludió a la posibilidad de algún truco. Sorprendente, aunque al mismo tiempo no falto de cierto rasgo satisfactorio. Era casi un alivio encontrar a otras personas en nuestro mismo caso. De inmediato le referí todo lo que nosotros teníamos que contar, y con cuánta entereza habíamos acordado la conveniencia de guardarnos el secreto.

Jamás vi a mi padre tan impresionado: se mostró muy comprensivo, también, y apenado por nosotros. Me pidió que fuese a buscar a Miss Larpent y celebramos un consejo —¡no sé cómo llamarlo!—, no de guerra, sin duda, porque nadie pensaba en luchar contra el fantasma. ¿Cómo luchar contra una sombra? Decidimos no hacer nada que no impedir que el asunto llegara más lejos. Durante los días siguientes, mi padre hizo que se llevaran a cabo ciertos arreglos en la galería, para impedir que nos pudiésemos instalar allí, sin despertar ninguna sospecha en mamá ni en Sophy.

—Después —dijo mi padre— tendremos que ver. Es posible que esta influencia extraordinaria sólo se deje sentir periódicamente.

—Estoy casi segura de que ha de ser así —dijo Miss Larpent.

—Y en ese caso —prosiguió mi padre—, podremos evitarla. Pero no estoy dispuesto a continuar arrendando la casa una vez que hayan pasado los tres meses. Si en algún momento los sirvientes se enterasen de la historia, y seguro que así será tarde o temprano, la situación resultaría insostenible. La preocupación y el disgusto harían a tu madre un daño mayor que el buen efecto que el aire y el cambio puedan haber tenido sobre ella.

Me alegré de esa decisión. Honestamente, no me creía capaz de soportar durante mucho tiempo ese esfuerzo, que podría llevar a la muerte al pobrecito Dormy. ¿Pero adónde iríamos? Nuestra casa seguiría inhabitable hasta el otoño, porque se estaban haciendo en ella grandes modificaciones y arreglos. Se lo dije a mi padre.

—Sí —admitió—, no es conveniente —vaciló—. No lo puedo comprender —seguía diciendo—, Miles tenía que haber sabido si la casa encerraba algo malo de cualquier naturaleza. Creo que iré a verle hoy y le hablaré de esto, al menos le preguntaré si hay alguna otra casa en el vecindario, y quizá le diga la razón por la que dejamos ésta.

Así lo hizo: subió a Raxtrew esa misma tarde y, como me figuré que ocurriría, me contó al regresar que lo había confiado todo a nuestros amigos.

—Están muy preocupados por este asunto —dijo—, y se sienten solidarios aunque, como es natural, se inclinan a pensar que somos unas personas de poco seso. Pero estoy contento de una cosa: la rectoría del pueblo se puede alquilar desde el 1 de julio por tres meses. Creo que nos vendrá bien, está un poco apartada del pueblo, porque no se puede decir que sea una ciudad, y a su modo es un lugar bonito. Muy moderna, tan poco adecuada para fantasmas como te puedas figurar, luminosa y alegre.

—¿Qué pensará mamá de esta partida tan repentina? —pregunté.

Pero mi padre me tranquilizó. Ya le había hablado del tema y al parecer ella no se mostró decepcionada. Se le había metido en la cabeza que Finster no sentaba bien a Dormy, y estaba dispuesta a pensar que con tres meses de aquellos aires tan fuertes yaera bastante de momento.

—¿O sea que os habéis decidido por la rectoría de Raxtrew? —pregunté.

—Tengo una opción de alquiler —dijo mi padre—. Pero te habría divertido oír a Miles rogándome que no la comprometiese hasta dentro de unos días. Vendrá a vernos mañana, para pasar la noche.

—¿Quieres decir que para comprobarlo? Pobre Mr. Miles —exclamé—. Tú no le acompañarás, ¿verdad, padre?

—Le he ofrecido hacerlo, pero no quiso oír hablar del tema —fue la respuesta—. Vendrá con uno de su guardas, un joven robusto, digno de confianza, y los dos, con sus revólveres, piensan atrapar al fantasma, dice Miles. Ya lo veremos. Tendremos que arreglarlo todo para que los sirvientes no sospechen.

Todo se arregló. No es necesario que me extienda en detalles. Baste decir que el robusto guarda se volvió a su casa antes del alba de la noche de vigilia, sin que los esfuerzos de su amo lograsen persuadirle de que permaneciera en Finster ni un instante más, y que el mismo Mr. Miles tenía tan mal aspecto a la mañana siguiente, cuando se nos unió para el desayuno, que nosotros, los iniciados, apenas pudimos reprimir nuestras exclamaciones cuando Sophy, con ese curioso instinto de poner el dedo en la llaga que tienen ciertas personas, le dijo que tenía el aire de quien ha visto un fantasma.

Su experiencia había sido similar a la nuestra. Después de eso dejó de abrumarnos con expresiones como la de que era una pena que abandonásemos una casa que nos iba tan bien, etcétera, etcétera. Por el contrario, antes de marcharse, nos dijo a papá ya mí que nos consideraba más que muy valientes por quedarnos allí los tres meses completos, aunque al mismo tiempo nos confesó que se sentía totalmente perplejo.

—He vivido en las cercanías de Finster St. Mabyn’s toda mi vida —dijo— y mi familia lo hizo antes que yo, y nunca, de verdad, se lo aseguro, oí ni un solo rumor deque en el castillo hubiese fantasmas. En un vecindario tan cerrado como éste, una cosa así se hubiera sabido.

Sacudimos la cabeza, ¿qué podíamos decir? Abandonamos Finster St. Mabyn’s hacia mediados de julio. Nada digno de ser registrado sucedió durante las últimas semanas. Si el drama fantasmal aún se representaba, noche tras noche, o sólo durante ciertos días de cada mes, tuvimos el cuidado de no asistir a esas representaciones. Creo que Phil y Nugent planearon otra vela, pero desistieron por expreso deseo de mi padre, quien bajo uno u otro pretexto mantuvo cerrada la galería sin suscitar sospechas.

Fue un verano fresco —al menos en los meses iniciales—, y por ello resultó más fácil no usar esa habitación. En cierto modo, ninguno de nosotros sentía tener que partir. Era natural que así fuese en lo que concernía a varios de los integrantes de la familia, pero bastante curioso con respecto a aquellos que no conocían ninguna de las desventajas que tenían los encantos del lugar. Supongo que se debía a cierta conciencia instintiva de la influencia que tantos habíamos sentido como imposible de soportar o de explicar.

Y la rectoría de Raxtrew era realmente una casa pequeña y grata: luminosa, abierta, soleada. La cara pálida de Dormy estaba sonrosada de gusto la primera tarde en que entró a la carrera para decirnos que había un par de conejos domésticos y otro de conejillos de Indias en una conejera que había quedado olvidada en el corral.

—Ven a verlos —pidió y yo le acompañé, complacida al verle tan contento.

No me gustan los conejos, pero los conejillos de Indias siempre me han parecido fascinantes y estuvimos jugando con ellos un rato.

—Hay otro camino para ir a la casa —dijo Dormy, y me condujo a través de un invernáculo hasta una habitación grande, casi desamueblada, que se abría a un corredor embaldosado que llevaba a las dependencias de servicio—. Éste es el cuarto de juegos de los hijos de Warden —me dijo—. Aquí guardan las pelotas de criquet y de fútbol, ves, y su triciclo. ¿Podré montar yo?

—Hemos de escribirles para pedir autorización —respondí—. ¿Pero qué son todos esos bultos tan grandes? —proseguí diciendo—. Ah, ya veo, son las cosas que hemos traído de Finster. En esta casa no hay lugar para nuestros trastos, me figuro. Es una pena que los hayan puesto aquí, porque podríamos jugar en este cuarto cuando haga mal tiempo y, ¡mira, Dormy, hay varios pares de patines! Oh, tenemos que hacer que saquen estas cosas de aquí.

Hablamos con nuestro padre sobre el tema, él fue a ver la habitación y estuvo de acuerdo en que sería una pena no usarla como correspondía. Patinar sería un buen ejercicio para Dormy, dijo, y aun para Nat, que pronto vendría a pasar sus vacaciones con nosotros. Así fue como nuestras grandes cajas, y las sillas y mesas que habíamos comprado a Hunter, con sus perfectos envoltorios de paja y esteras, fueron llevadas a un granero vacío, un granero absolutamente seco y a prueba de intemperie, ya que todo en la rectoría estaba en buenas condiciones de conservación. En esto, como en todos los demás detalles, nuestros nuevos cuarteles contrastaban a fondo con la pintores camorada que acabábamos de abandonar.

El tiempo fue espléndido durante las primeras dos o tres semanas, mucho más cálido y soleado que en Finster. Todos lo disfrutamos: al parecer, se respiraba con mayor libertad. Miss Larpent, que ese año se quedaba con nosotros durante las vacaciones, y yo nos congratulamos la una a la otra más de una vez, cuando nos sentíamos seguras de no ser oídas, por la grata y sana atmósfera en que nos hallábamos.

—No creo que acepte otra vez vivir en una casa antigua —me dijo un día. Aun hoy, te lo confieso, Leila, aunque parezca una tontería, no puedo pensar en aquella horrible noche sin temblar. Mira, si ahora mismo me parece que siento otra vez ese estremecimiento de frío indescriptible.

Estaba temblando y, es extraordinario, mientras ella hablaba su temblor se me había contagiado. Una vez más, y puedo jurarlo, volví a sentir aquella ráfaga de frío indecible, extraterreno.

Me puse de pie. Estábamos sentadas en un banco arrimado a la pared, un banco que pertenecía a la habitación de juegos y que no quisimos quitar porque resultaba cómodo tener allí algunos asientos. Miss Larpent vio la expresión de mi cara. La suya, que estaba pálida, se fue descomponiendo. Me tomó del brazo.

—¡Cariño —exclamó—, te has puesto azul y te castañetean los dientes! Ojalá note hubiese hablado del miedo que pasamos. No creía que fueras tan nerviosa.

—Tampoco yo —repliqué—. A menudo pienso en el fantasma de Finster con calma, incluso en mitad de la noche. Pero hace un instante, ¿sabe, Miss Larpent?, sentí de veras aquel frío horrendo.

—También yo, o más bien mi imaginación —respondió, procurando hablar del tema de un modo objetivo. Se había puesto de pie mientras hablaba y se acercó a laventana—. No todo puede ser imaginación —agregó—. Mira, Leila, qué día tan oscuro y tempestuoso: no parece que estemos en agosto. Hace frío de verdad.

—Y este salón de juegos parece casi tan lleno de corrientes como la galería de Finster —dije—. Salgamos de aquí, venga conmigo al salón y toquemos unos dúos. Quisiera olvidarme de Finster.

—Dormy lo ha hecho, espero —dijo Miss Larpent.

Esa mañana fría fue el comienzo de un verdadero empeoramiento del tiempo. A nosotras las mujeres no nos hubiese importado mucho aquello, porque siempre podemos encontrar muchas tareas que se realizan de puertas adentro. Y mis dos hermanos mayores estaban fuera de casa Raxtrew no ofrecía ningún atractivo especial para ellos, y Phil quería ver a algunas de sus muchas relaciones antes de volver a India. De modo que él y Nugent habían iniciado una ronda de visitas. Pero, infortunadamente, al mismo tiempo comenzaron las vacaciones en los colegios y el pobrecito Nat —un adolescente de quince años— acababa de reunirse con nosotros. El cambio fue una decepción para él en más de un sentido. Le había hecho mucha ilusión la idea de ver Finster, impresionado por la descripción entusiasta del lugar que le hicimos tras nuestra primera visita, y ahora sus expectativas se habían reducido auna aldea aburrida, poco interesante y con amplias probabilidades, para ser razonables, de un período de lluvias, de un tiempo poco veraniego.

Sin embargo, Nat era un chico de buena disposición y jovial, aunque no tan listo ni impresionable como Dormy, si bien poseía el mismo sentido común. O sea que con sensatez decidió pasárselo lo mejor posible y nosotros sentíamos mucho su situación, de modo que no le salieron demasiado mal las cosas. Su diversión principal fue patinar en el cuarto de juegos. Dormy no se plegó a esa actividad con igual entusiasmo: la mayor parte de su tiempo transcurría junto a los conejos y los conejillos de Indias, sitio donde Nat, cuando ya había patinado lo bastante, estaba seguro de encontrarle.

Supongo que por ser la hermana mayor ha sido mi destino el de recibir las confidencias del resto de la familia. En esos días, más o menos una quincena después de su llegada, comencé a advertir que, por su aspecto, Nat parecía tener algo en lacabeza. La confidencia se produjo. Una tarde Nat me siguió hasta la biblioteca, donde me disponía a escribir algunas cartas, y me dijo que quería hablar conmigo. Dejé a un lado el papel y esperé.

—Leila —comenzó a decir—, tienes que prometerme que no te reirás.

Eso no me lo esperaba.

—¿Reírme de ti? ¡Claro que no! —respondí—. Sobre todo si tienes algún problema. Me parece que estás preocupado, Nat.

—Pues sí —dijo—, no sé si me va a pasar algo, me encuentro muy bien, pero, dime, Leila, ¿tú crees en fantasmas?

Me sobresalté.

—¿Alguien te ha dicho algo? —empecé a preguntar con aspereza, pero mi hermano me interrumpió.

—No, no —dijo con tono firme—. Nadie me ha metido nada de eso en la cabeza, nadie. Yo mismo he visto, o sentido, o qué sé yo, debo de estar volviéndome loco, Leila, pero creo que hay un fantasma aquí, en el cuarto de juegos.

Permanecí sentada, en silencio, mientras un miedo horrible se me metía dentro y, a medida que él hablaba, crecía y crecía. ¿Acaso esa cosa, la sombra de Finster, habíaentrado a formar parte de nosotros —yo había leído sobre casos similares—, acaso había viajado con nosotros hasta aquella casa pacífica y sana? El recuerdo del estremecimiento que habíamos experimentado Miss Larpent y yo volvió a mí como un relámpago. Y Nat prosiguió.

Sí, el frío fue lo primero que le sorprendió, seguido, tal como en la galería de nuestro antiguo castillo, por la conciencia de la terrible presencia, como la de una sombra, que adquiría forma a la luz de la luna. Porque había habido luna llena la noche anterior y tal vez en la previa, y Nat, en su afán por el patinaje, se había quedado solo en el cuarto de juegos, divirtiéndose, después que Dormy se marchase ala cama.

—Anteanoche fue la peor —dijo—. Dejó de llover, ¿recuerdas, Leila? Y la luna brillaba mucho, vi cómo se reflejaba en las hojas mojadas, allí fuera. La luz de la luna hizo que viera la sombra. No se me habría ocurrido patinar por la noche si no hubiese sido por la luz, porque nunca hemos traído una lámpara aquí. Se deslizó por las paredes, Leila, y después fue como si se detuviera para tocarlo todo en un rincón, ése, donde está el banco, ¿sabes?

Sí que lo sabía. Allí habíamos estado sentadas nuestra institutriz y yo.

—Me llevé un susto tan terrible —dijo Nat con sinceridad—, que salí a la carrera. Después, ayer, me avergoncé de mí mismo, y volví por la noche, con una vela. Pero no vi nada: no hubo luna. Sin embargo, sentí otra vez ese frío. Creo que estaba allí, aunque no pude verla. Leila, ¿qué puede ser? ¡Si pudiese explicártelo bien! Es mucho peor de lo que parece al contarlo.

Le dije lo que pude para tranquilizarlo. Le hablé de sombras caprichosas proyectadas por los árboles que fuera se movían por el viento, porque el tiempo aún estaba tormentoso. Le repetí la gastada explicación de las ilusiones ópticas, y por fin se apaciguó un poco. Podía haber sido producto de su fantasía. Y me prometió con toda solemnidad que no diría una palabra —ni una sola— del miedo que había tenido a Sophy, a Dormy o a cualquier otro.

Yo debía hablar con mi padre. Me resultaba muy desagradable tener que hacerlo, pero no parecía que hubiese otra alternativa. Al principio, por supuesto, rechazó todo diciendo que Dormy tenía que haber hablado con Nat acerca del asunto de Finster, y si no había sido Dormy, alguien tenía que haberlo hecho. ¡Si hasta podía haber sido Miss Larpent! Pero cuando todas esas explicaciones fueron desechadas por completo, debo decir que mi pobre padre se puso bastante pálido. Sentí pena por él, y por mí misma: la idea de ser seguidos por esa presencia horrible era demasiado deprimente.

Mi padre se refugió por fin en cierta teoría sobre ondas mentales, por la que habríamos causado impresiones involuntarias en Nat todos nosotros, ya que nuestras mentes todavía se hallaban impregnadas de la extraña experiencia. Dijo, y sin duda trataba de pensar que así era, que estaba seguro de que esa teoría lo explicaba todo. Me alegró que encontrara algo satisfactorio en todo eso, e hice lo que pude para creérmelo yo también. Pero fue inútil. Sentía que la experiencia de Nat había sido objetiva, como la definió Miss Larpent, o, como dijera Dormy la primera vez en Finster: No, hermana, allí hay algo, no tiene nada que ver conmigo.

Y deseé con ansiedad que llegara el momento de nuestro regreso a la casa familiar. Pero al cabo de una semana o dos ese sentimiento volvió a desaparecer. Y con mucha contrariedad, nuestro padre descubrió que los muebles que no usábamos y nuestro equipaje pesado no tendrían que haber sido guardados en el granero: se estaban llenando de polvo y telarañas. De modo que todo eso volvió al cuarto de juegos y quedó apilado como al principio, con lo que nos resultó imposible patinar o pasar el tiempo allí de cualquier otra forma, lo que dio lugar a que Sophy refunfuñara. Pero Nat no hizo otro tanto. Mi padre se mostraba afectuoso con Nat. Le llevó consigo a pasear tantas veces como pudo, para quitarle de la cabeza la idea de aquella cosa horrible.

Y así todo resultó bastante bien tanto para Nat como para el resto de nosotros, porque tomamos las mayores precauciones posibles a fin de que no llegara a él ni un susurro sobre la verdad horrenda y misteriosa, acerca de que el fantasma nos había seguido desde Finster. Mi padre no habló del tema con Miles ni con Jenny. Ellos se habían preocupado mucho, pobrecillos, por los problemas de Finster, y les hubiera caído muy mal el pensar que la extraña influencia nos estaba afectando en la segunda casa que habíamos alquilado por recomendación suya.

—Ya veréis —decía mi padre con una sonrisa bastante apesadumbrada— que, sino tenemos cuidado, cuando alguien pregunte por nosotros le hablarán de una familia que tiene sus fantasmas. Nuestras vidas hubieran estado en peligro en aquellos viejos tiempos de la brujería.

—Es una verdadera fortuna que ninguno de los sirvientes se haya enterado de lahistoria —dijo Miss Larpent, que era parte de nuestro consejo de tres—. Sólo hemos de tener la esperanza de que ningún otro incordio caiga sobre nosotros hasta que volvamos a estar seguros otra vez en casa.

Sus esperanzas se cumplieron. Nada más ocurrió mientras permanecimos en la rectoría; al parecer, en realidad la sombra desgraciada tenía una limitación espacial, en cierto sentido, porque ni siquiera en Finster se la había visto o percibido fuera de un único cuarto. La intensidad de la impresión experimentada por el pobrecito Nat ya casi había muerto cuando llegó la hora de partir. En esos momentos yo pensaba que me divertiría bastante contándolo todo a Phil y a Nugernt y oyendo lo que ellos adujesen a modo de explicación.

Nos marchamos de Raxtrew a comienzos de octubre. Nuestros dos hermanos mayores nos aguardaban en casa, a la que habían llegado pocos días antes que nosotros. Nugent debía marchar a Oxford muy pronto. Fue muy agradable estar otra vez en nuestro propio hogar, después de una ausencia de varios meses, y resultó de gran interés ver cómo se había llevado a cabo la remodelación, incluida una buena cantidad de empapelado y pintura nuevos. Y tan pronto como llegó el equipaje pesado, celebramos importantes consultas sobre cómo se distribuirían en las distintas habitaciones los preciosos muebles que habíamos comprado en la tienda de Hunter.

Nuestras habitaciones son amplias y muy bien concebidas, al menos la mayoría de ellas. No fue difícil arreglar un simpático rincón aquí y allá con una o dos originales sillas antiguas y una mesilla de patas elegantes, y cuando lo hubimos acomodado todo —Phil, Nugent y yo éramos los porteadores—, pedimos a mamá y a Miss Larpent que nos dieran su opinión. Dieron su aprobación con entusiasmo y mamá dijo incluso que le hubiera gustado disponer de algunos otros adornos.

—Podríamos pedir a Janet Miles —dijo— que nos dijese si ve algo muy tentador. ¿Esto es todo lo que hay? Parecía haber más cosas en los embalajes.

Esa misma idea se me había ocurrido a mí. Eché una mirada alrededor.

—Sí —dije—, esto es todo, excepto, oh, sí, faltan las portières, lo mejor del lote. Me temo que no las podremos poner en el salón. Es demasiado moderno. ¿Dónde podríamos colgarlas?

—¿Te has olvidado, Leila —dijo mi madre—, de que habíamos hablado de ponerlas en el recibidor? Quedarán muy bonitas colgadas delante de las dos puertas laterales, que se usan poco. Además, cuando hace frío, en el recibidor hay corrientes de aire, aunque no tantas como en la galería de Finster.

¿Por qué decía eso? Me hizo estremecer, pero, claro, ella no sabía.

Nuestro recibidor es muy agradable. Solemos sentarnos allí. Las puertas laterales de las que había hablado mamá dan al comedor y a la biblioteca y son poco necesarias, como no sea en caso de que demos una fiesta con muchos invitados, un baile o algo así. Y las portières parecían, por cierto, lo indicado, porque allí destacaría el añejo colorido de la tela. Los chicos —me refiero a Phil y a Nugent— de inmediato pusieron manos a la obra y en una o dos horas las colgaduras estuvieron en su sitio.

—Claro que si hay que abrir las puertas —dijo Phil—, tendremos que quitar estas bonitas cortinas, o hacerlas a un lado muy cuidadosamente. La tela está muy gastada en algunos puntos y a pesar de que la urdimbre es recia, hay que tratarlas con cariño. Me temo que se han estropeado, tanto tiempo enrolladas en la rectoría. ¡Tendríamos que haberlas colgado antes!

Sin embargo tenían buen aspecto y cuando mi padre, que estaba en una reunión de magistrados, volvió a casa esa tarde, le mostré, orgullosa, los arreglos que habíamos hecho. Le parecieron estupendos.

—Muy bonito, bonito de veras —dijo, aunque no había luz bastante para que juzgara a fondo el efecto de los tapices—. Pero, vaya, hija, en este cuarto hace mucho frío. Necesitamos más fuego. ¡Ya en octubre! ¡Qué invierno vamos a tener!

Se estremeció mientras hablaba. Estaba de pie cerca de una de las portières, acariciando la tela con una mano, en un gesto mecánico. Le miré preocupada.

— Espero que no hayas pillado un resfrío, papá —dije.

Pero lo vi reponerse al llegar a la biblioteca, donde nos aguardaba el té: un té muy tardío por su causa. Al día siguiente Nugent se marchó a Oxford. Nat ya había vuelto al colegio. O sea que los habitantes de la casa quedamos reducidos a mi padre y mi madre, Miss Larpent, Phil y yo, y los niños. Estábamos muy contentos de que Phil se quedara en casa durante un tiempo. Nadie temía que se le ocurriera irse, porque en esos días se habían iniciado algunas escaramuzas. Algunos de nuestros huéspedes habituales en esa época del año estaban por llegar; hacía un tiempo perfecto de otoño; habíamos desechado todos los recuerdos de la gripe y de otras influencias depresivas, y nos sentíamos alegres y animados cuando, otra vez…, ¡ah, sí, todavía hoy me invade una sensación medrosa, enfermiza, al recordar el horror de aquella tercera visita!

Pero debo narrarla con sencillez, sin entregarme a memorias dolidas. Exactamente en la víspera del día en que esperábamos a nuestros primeros visitantes cayó el rayo, el terror pánico se hizo sentir. Y, como antes, hubo una víctima nueva, la persona a la que, por las razones ya aludidas, habíamos guardado de cualquier susurro sobre ese terror horripilante: la pobrecita Sophy. Lo que hacía sola esa tarde en el recibidor, no puedo recordarlo, o sí, creo recordar que dijo que bajaría, cuando ya se iba a la cama, a recoger un libro que había dejado allí por la tarde. No llevaba luz y la lámpara del recibidor —nunca nos sentábamos allí después de cenar— ardía. Había una luna llena radiante.

Yo estaba sentada al piano tocando casi adormilada, cuando alguien me puso una mano en el hombro; sobresaltada, alcé los ojos y vi a mi hermana, de pie a mi lado, pálida y temblorosa.

—Leila —susurró—, ven conmigo, rápido, no quiero que mamá se entere.

El salón es muy amplio y tiene dos o tres puertas. No había nadie cerca de nosotras. Era fácil salir sin ser notadas. Sophy me sujetó la mano y me obligó a correr escaleras arriba, sin hablar hasta que llegamos a mi cuarto, donde ardía un fuego acogedor, cordial. Entonces Sophy comenzó.

—Leila —dijo—, me he llevado un susto terrible. No quería hablar antes de estaraquí, a salvo.

—¿Qué ocurre?

Sophy jadeó y se puso a temblar. La abracé.

—No parece tan grave —dijo—, pero, Leila, ¿qué puede ser? Fue en el recibidor. Estaba de pie junto a la puerta que da a la biblioteca y que nunca usamos y de pronto una especie de oscuridad atravesó la pared y me pareció que buscaba la puerta, donde está ese tapiz antiguo, ya sabes. Pensé que era una sombra que llegaba desde fuera, porque había luna llena, y los postigos no estaban cerrados. Pero al cabo de un instante comprendí que no podía ser eso, que no había nada que pudiese arrojaresa sombra. Parecía agitarse, como una araña monstruosa o una especie de ser humano deforme. Y de inmediato, Leila, me quedé sin respiración y caí al suelo. De verdad. Estaba muerta de frío. Creo que me desmayé, pero no estoy segura. A continuación, lo que recuerdo es que estaba cruzando a la carrera el recibidor y después el corredor de la parte sur, hacia el salón, y que me sentí muy contenta de verte allí, junto al piano.

—Cariño, has hecho muy bien —le dije— en controlarte para no sobresaltar a mamá.

Eso le resultó halagador, pero su miedo era todavía pánico.

—Leila —me dijo con voz lastimera—, ¿puedes explicármelo? Me figuré que seguro que tú puedes.

—Yo, alguien tendrá que ir al recibidor y echar una buena mirada para ver qué fue lo que proyectó esa sombra —dije vagamente y, creo, sin darme cuenta me moví un poco, porque Sophy se sobresaltó y me abrazó con más fuerza aún.

—Oh, Leila, no vayas —imploró—, ¿no pensarás ir ahora?

Nada estaba más lejos de mis intenciones, pero me cuidé de decírselo.

—No te dejaré sola si no quieres —le dije—, y, ¿sabes una cosa, Sophy?, si quieres, puedes dormir conmigo esta noche. Llamaré a Freake para que baje tus cosas y te ayude a desvestirte, pero con una condición. Que no dirás ni una palabra de esto.

—Desde luego —dijo Sophy, pero había una pizca de vacilación ensu tono—. Tú harás algo, ¿verdad, Leila? —prosiguió—. Si no lo haces, nunca podré olvidarme de eso.

—Sí —le dije—, mañana hablaré del asunto con padre y con Phil. Si alguien quiere asustarnos con bromitas —agregué sin pensarlo—, tendrá que ser descubierto.

Esa noche, acostada y sin dormir, el relámpago de una idea me sacudió: ¿no era posible que eso —fuera lo que fuese— estuviese relacionado con las colgaduras de tapicería? Cuanto más lo pensaba y volvía a pensar, más notorias veía las coincidencias de Finster. La sombra parecía apostarse junto a una de las puertas selladas, tal como aquí, en nuestra casa. ¡En ambos casos, una portière colgaba delante de esa puerta! ¿Y en la rectoría? Allí los tapices estuvieron enrollados. ¿No era posible que nunca los hubiesen llevado al granero? ¿Qué podía ser más probable que que hubiesen quedado olvidados, bajo el banco, allí donde Miss Larpent y yo habíamos sentido por segunda vez aquel frío horroroso?

Y, un momento, algo más me volvía ala mente con respecto a aquel banco. Sí, ahora lo recordaba, Nat había dicho: Fue como si se detuviera para palparlo todo en un rincón, ése, donde está el banco, ¿sabes?.

Y entonces, con indecible desahogo, por fin me quedé dormida. Se lo conté a Phil a la mañana siguiente. No hubo necesidad de reclamar su atención. Creo que se sintió tan horrorizado como yo misma ante la idea de que nuestro hasta entonces tan acogedor y jovial hogar fuese atormentado por esa cosa horrible, influjo o presencia, llámese como se la llame. Y las ideas que le expuse también produjeron en él un sentimiento de alivio. Permaneció sentado y en silencio durante un rato, después de pedirme que repitiera con toda la precisión posible cada uno de los detalles del relato de Sophy.

—¿Estás segura de que se trataba de la puerta que da a la biblioteca? —dijo al fin.

—Muy segura —respondí—, y ahora recuerdo que papá tuvo una sensación de frío allí mismo la otra tarde.

—¿Sabes cuál de las portières estaba colgada delante de la puerta de Finster? —preguntó Philip.Negué con la cabeza.

—Dormy sí que lo sabrá —dije—, él solía examinar las escenas del tapiz con gran interés. Yo no diferenciaría una pieza de otra. En cada una se ve un castillo antiguo en la lejanía y muchos árboles, y algo parecido a un lago. Pero ahora fue Philip quien sacudió la cabeza.

—No —dijo—, no hablaré con Dormy de este asunto si puedo evitarlo. Déjame amí, Leila, procura con todas tus fuerzas quitarte el tema de la cabeza, y no te sorprendas por nada de lo que adviertas en los próximos días. Antes que a nadie tediré a ti lo que haya que decir.

Eso fue todo lo que le pude sacar. De modo que seguí su consejo. Por fortuna, como después se vería, Mr. Miles, el único extraño, por así decir (con excepción del infortunado guarda), que había presenciado aquel drama fantasmagórico, era uno de los integrantes de la partida de caza que iba a realizarse ese día. Y muy pronto Philip decidió consultarle acerca de esta nueva y completamente inesperada manifestación. Mi hermano no me contó esto. En realidad, sólo una semana más tarde yo supe del asunto, y fue a través de una carta, una carta muy larga de mi hermano que, creo, narrará los resultados de nuestra extraña historia de fantasmas mejor que cualquier relato de segunda mano, como lo sería el que yo pudiese hacer.

Mr. Miles sólo permaneció dos noches en casa. Al día siguiente de su llegada anunció que, a su pesar, se veía obligado —de forma inesperada— a regresar a Raxtrew para un asunto importante.

—Y me temo —continuó— que todos ustedes no me verán con buenos ojos cuando les diga que me propongo llevar a Philip conmigo.

Mi padre se mostró muy desconcertado.

—¡Phil! —exclamó—. ¿Qué pasa con nuestra partida de caza?

—No te costará nada reemplazarnos —respondió mi hermano—, ya he pensado en eso —y dijo algo en voz baja a nuestro padre. Él, Phil, abandonaba el salón en ese momento.

Yo pensé que sus palabras se habían referido al verdadero motivo por el cual acompañaría a Mr. Miles, pero me equivocaba. Sin embargo, mi padre no se opuso a aquel plan y a la mañana siguiente ambos partieron.

Ocurrió que nos hallábamos de pie en la puerta del recibidor varios de nosotros —porque en esos días éramos muchos en casa—, cuando Phil y su amigo partieron. Al entrar, sentí que alguien me tocaba el hombro. Era Sophy. Estaba a punto de salir para dar un paseo con Miss Larpent, pero se había detenido un momento para hablar conmigo.

—Leila —me dijo en un susurro—, ¿por qué han descolgado el tapiz?

Me miró con una expresión peculiar. Yo no me había dado cuenta de aquello. En ese instante, al echar una mirada, advertí que las dos puertas cerradas eran visibles con todo el brillo de su antigua caoba, como antes: ya no estaban ocultas por las antiguas portières. Me sobresalté.

—No —susurré a mi vez—, no lo sé. No te preocupes, Sophy. Me figuro que existe algún motivo, que conoceremos cuando llegue el momento.

Sentía la fuerte tentación —ya que aún había luna llena— de ir al recibidor esa noche, con la esperanza de no ver ni sentir nada. Pero a medida que se acercaba la hora, mi valor desfallecía; además, había hecho a Philip la promesa tácita de pensar lo menos posible en ese asunto, y una vigilancia de esa clase implicaría no actuar de acuerdo con el espíritu de su consejo. Creo que ahora debo copiar, en toda su extensión, la carta de Philip, que recibí al cabo de una semana, más o menos.


Mi querida Leila:

Tengo que contarte una historia muy larga y extraordinaria. Me parece adecuado ponerla por escrito, de modo que dedicaré toda la velada a ello, en especial porque estaré fuera de casa durante unos diez días. Seguramente habrás sospechado que hice saber todo a Miles tan pronto como él llegó. Si es así, no te has equivocado. Era la persona más indicada para esa confidencia por varias razones. Se mostró, debo decirlo, bastante desconcertado, cuando le expliqué que el fantasma había reaparecido no sólo en la rectoría, sino también en nuestra propia casa y, en ambas ocasiones, a personas —Nat, Sophy— que no habían oído ni una palabra de la historia.

Pero cuando proseguí exponiéndole tu teoría, Miles se animó. Me figuro que se había sentido un poco responsable cuando le dijimos que en Finster había fantasmas, y era evidente que le satisfacía dar otra explicación. Hablamos del tema a fondo y decidimos comprobar todo una vez más. Tengo que reconocer que exigía bastante valor hacerlo. Nos sentamos a esperar aquella noche —afortunadamente de luna llena — y, pues bien, no es necesario repetirlo todo. Sophy tenía razón. Apareció otra vez aquella horrible sombra reptante, pobre cosa infeliz, ahora me produce pena. Se detuvo junto a la puerta cerrada de la biblioteca y la palpó y después empezó de nuevo. La observamos con cuidado, pero nos mantuvimos en medio del cuarto, para que el frío no nos hiciese tanto daño.

Ambos advertimos que había un punto especial del tapiz en el que sus manos parecían detenerse y pensamos en quedarnos para verlo otra vez, pero cuando llegó el momento nos acobardamos y nos fuimos adormir. A la mañana siguiente, con el pretexto de examinar la fecha del tapiz, lo descolgamos —todos habíais salido—, y encontramos algo. En el lugar que palpaban las manos, había habido un corte —en realidad, tres—, como si fuesen tres lados de un cuadrado, que formaban una especie de puerta en la tela, en donde el cuarto lado había servido, sin duda, como charnela, porque se veía la marca de un doblez. Y precisamente donde, si pensaras que aquello era una puerta, podrías buscar un tirador para abrirla, encontramos una marca muy visible en el tapiz, como si alguna vez hubiese habido allí un pomo o algo así.

Nos miramos. Ambos tuvimos la misma idea. El tapiz se había usado para ocultar una pequeña puerta en una pared, tal vez la puerta de un armario secreto. Los dedos del fantasma en vano habían buscado el resorte que, cuando era de carne y hueso, tuviera por costumbre accionar.

—Lo primero que hemos de hacer —dijo Miles— es visitar a Hunter y lograr que nos diga de dónde proviene este tapiz. Después veremos.

—¿Nos llevaremos la portière? —pregunté.

—No, gracias —dijo—, no pienso viajar con esa cosa funesta.

—Pero no podemos volver a colgarla —le dije—, después de esta última experiencia.

Por fin quitamos las dos portières, para no llamar la atención descolgando sólo una, y porque yo pensé que era posible que el fantasma cometiese un error y no quería que hubiese más problemas mientras me hallaba ausente, así que las enrollamos juntas, tras medir con exactitud el corte y determinar su posición en la cortina, y después las escondimos en uno de los desvanes en los que nadie entra jamás, que es donde están ahora mismo y donde, quizá, el fantasma se haya estado entreteniendo, de acuerdo con lo que he sabido, aunque me figuro que esta vez lo ha abandonado ya, por los motivos que te contaré.

A continuación, como sabes, Miles y yo partimos hacia Raxtrew. Aplaqué anuestro padre recordándole lo atentos que habían sido con nosotros y asegurándole que los Miles me necesitaban de verdad. Fuimos directamente a la tienda de Hunter. Se mostró indeciso e inquieto: aunque no había hecho la promesa concreta de callar el nombre del sitio de origen de los tapices, sabía que el caballero al que se los había comprado no quería que se supiese su procedencia.

—¿Por qué? —dijo Miles—. ¿Se trata de una familia que ha perdido su posición social y se ve obligada a vender sus bienes para tener algo de dinero en metálico?

—¡Oh, no! —respondió Hunter—. No se trata de eso. Sólo que, creo que debo decir su nombre, el capitán Devereux no quería que hubiese cotilleo al respecto.

—¡Devereux! —repitió Miles—. ¿No se referirá usted a la gente de Hallinger?

—Los mismos —dijo Hunter—. Si usted los conoce, señor, ¿tendrá la gentileza de hacerle saber al capitán que he hecho todo lo posible para cumplir lo prometido?

—Por cierto que le disculparé —dijo Miles.

Y entonces Hunter nos contó que Devereux, que había obtenido la propiedad de Hallinger apenas unos años antes, se había visto muy incomodado por murmuraciones de que en la mansión había fantasmas y eso había conducido al desmantelamiento de un ala y —pensaba Hunter, pero no estaba muy seguro al respecto— hasta se habían demolido algunas salas. Pero Devereux era muy susceptible ante ese tema: no quería que nadie se riese de él.

—¿Y los tapices eran de él, está usted seguro? —repitió Miles.

—No hay dudas, señor. Los descolgué con mis propias manos. Estaban colocados en dos paneles en lo que se llama el salón circular de Hallinger. Había, vaya, me atrevería a decir que una docena de ellos, con sus tapices colgados, pero yo sólo compré esos dos; los otros fueron vendidos a un comerciante londinense.

—El salón circular —dije yo.

Leila, aquella expresión me hizo gran efecto. Resultó que Miles conocía a Devereux bastante bien. Hallinger está a unas diez millas de Raxtrew. Fuimos allí, pero nos encontramos con que el capitán estaba en Londres. De modo que nuestro siguiente paso fue seguirle hasta aquí. Acudimos dos veces a su club y por fin Miles concertó un encuentro, aduciendo que quería verle por asuntos privados. Nos recibió cortésmente, por supuesto. Es un hombre bastante joven, capitán de la Guardia. Pero cuando Miles comenzó a explicarle el motivo de nuestra visita, sepuso tenso.

—¿Ustedes son de la Psychical Society? —preguntó—. Sólo puedo repetirles que no tengo nada que decir y que detesto ese tema.

—Un momento —dijo Miles y a medida que siguió hablando, observé que la actitud de Devereux cambiaba. Su cara dejaba ver un interés creciente y una especie de ansiedad, hasta que por fin se puso de pie.

—Por la salvación de mi alma —dijo—, que creo que usted le ha descubierto por mí. Me refiero al fantasma, y si es así tendrá mi gratitud eterna. Iré a Hallingercon usted de inmediato. Esta misma tarde, si quiere, para investigar.

Su excitación era tal que hablaba casi de forma incoherente, pero al cabo deunos momentos se tranquilizó y nos contó, dijo, lo que tenía que decir —que era bastante—, cosas que hubiesen parecido bobadas a la Psychical Society. Lo que Hunter había contado no era más que una pequeña parte del total. Al parecer, al heredar Hallinger, a la muerte de un tío suyo, el joven Devereux había realizado cambios importantes en la mansión. Entre otras cosas, había abierto una pequeña ala —una especie de torre circular—, que había sido completamente desmantelada y tapiada, creo, hacía más de cien años. Sobre aquella torre corrían rumores.

Un antepasado del capitán —un hombre que había sido un jugador empedernido— había usado el salón principal de esa ala para sus fiestas. Allí habían acontecido cosas muy extrañas, que terminaron con que una noche el viejo Devereux fuera hallado muerto en ese lugar por los servidores, que a su vez habían sido alertados por el hombre con el que el amo había estado jugando y con el que había sostenido una pelea terrible. Ese hombre, de baja condición, quizá un tahúr profesional, juró que le había sido robada una joya que su huésped había apostado, y se dijo que había desaparecido una sortija de gran valor. Pero se echó tierra al asunto —Devereux, en realidad, había muerto de un ataque—, y poco después, por razones que sólo podían sospecharse, la torre circular fue tapiada, hasta que el propietario actual la abrió de nuevo, temerariamente.

Casi de inmediato, nos dijo, comenzaron las incomodidades. Primero uno, después otro de los integrantes de la servidumbre de la mansión fueron aterrorizados hasta perder sus cabales, tal como nos sucedió a nosotros, Leila. Devereux mismo había visto aquello dos o tres veces. Ese aquello, por supuesto, era su miserable antepasado. Un hombre menudo, con una gran peluca, y de dedos largos y flacos, como garras. Todo encajaba. Mrs. Devereux es joven y nerviosa. No pudo soportarlo. De modo que, por fin, la torre circular fue cerrada otra vez, todo el mobiliario y los tapices fueron vendidos y, desde un punto de vista geográfico, el fantasma conjurado. Eso era todo lo que sabía Devereux.

Partimos, los tres juntos, esa misma tarde, tan excitados como un grupo de escolares. Miles y yo seguimos haciendo preguntas a Devereux, pero él no sabía más. Jamás había pensado en examinar las paredes del salón encantado —estaban revestidas de madera, dijo— y podía haber allí muchos armarios secretos, en su opinión. Pero no podía dejar de pensar en el hecho extraordinario de que el fantasma estuviese unido a los tapices, y por cierto que eso reduce el valor que se le haya adjudicado a la inteligencia de los fantasmas.

Entramos de inmediato, por fortuna la torre no había sido tapiada otra vez, así que penetramos en ella sin dificultad a la mañana siguiente, después que Devereux esgrimió alguna excusa ante los sirvientes. Fue un asunto cansado. Había muchos paneles en el salón, tal como Hunter había dicho, y era imposible decir en cuál estaba colgado el tapiz. Pero nosotros teníamos nuestras medidas y marcamos con cuidado una línea lo más exacta posible para señalar, desde el suelo, la altura a la que habría estado el corte de la portière. A continuación golpeamos con nudillos y puños y tratamos de accionar resortes imaginarios hasta que estuvimos hartos de hacerlo: no teníamos nada que nos sirviese de guía. El revestimiento era oscuro, estaba estropeado, marcado por el tiempo, la madera tenía muchas juntas y cualquiera de ellas podría ser la de una puerta.

Fue Devereux mismo quien la halló, por fin. Oímos una exclamación que venía de donde estaba él, solo, al otro lado del salón. Estaba muy pálido y temblaba.

—Miren esto —nos dijo y nosotros miramos.

Sí, había un pequeño escondrijo profundo, una especie de armario cavado en el espesor de la pared, muy bien oculto. Devereux había tocado el resorte por azar y la puerta, que coincidía con el corte del tapiz, se había abierto. Dentro había lo que al principio tomamos por un paquete de cartas y yo deseé que no contuviesen nada que suscitara problemas para el pobre Devereux. Sin embargo, no eran cartas, sino uno o dos mazos incompletos de naipes —grises y cubiertos por el polvo— y cuando Miles los puso unos junto a otros, ciertas marcas que en ellos había contaron su propia historia. A Devereux no le gustó, naturalmente, que el presunto dueño hubiese sido un miembro de su familia.

—El fantasma lo recuerda bien —dijo, tratando de reír—. ¿No hay nada más?

Sí, una pequeña bolsa de cuero, negra y sucia, aunque en sus orígenes, me figuro, era de piel de rebeco. Estaba atada con un cordel. Devereux la abrió y metiólos dedos dentro.

—¡Por Jorge! —exclamó. Y extrajo la sortija de diamantes más magnífica que yo haya visto jamás: relucía como si acabase de salir de manos del pulidor—. Ésta debe ser la sortija —dijo.

Todos nos quedamos mirando, demasiado atónitos para hablar. Devereux cerró el armario, después de examinarlo con cuidado, para asegurarse de que no quedara nada dentro. También marcó el punto exacto en que había que apretar para accionar el resorte, a fin de poder encontrarlo en cualquier momento. De inmediato abandonamos el salón circular, cerrando muy bien la puerta a nuestras espaldas.

Miles y yo pasamos esa noche en Hallinger. Estuvimos en pie hasta tarde, hablando del asunto. Hay algunas cosas poco consistentes que quizá nunca se lleguen a explicar. Primero y principal: ¿por qué el fantasma está apegado al tapiz en lugar de mantenerse en el lugar concreto que, al parecer, quería revelar? Segundo: ¿qué relación había entre sus visitas y la luna llena? ¿O será que sólo con la luna llena la sombra se vuelve perceptible a los sentidos humanos? ¿Quién podría exlicarlo?

En cuanto a la historia en sí, ¿cuál era el motivo del antepasado de Devereux para ocultar su propia sortija? ¿Las cartas marcadas eran suyas o de su contrincante? Si eran del otro, ¿se habría apoderado de ellas y las habría retenido como prueba contra ese hombre? Me inclino, junto con Miles, por esta última teoría y cuando se la sugerimos a Devereux, pude ver el gran alivio que experimentó. ¡Después de todo, siempre es agradable pensar que nuestros antepasados hayan sido unos caballeros!

—¿Pero de qué se ha preocupado durante un siglo o más? —dijo el capitán—. Si quería que la sortija fuese devuelta a su verdadero dueño, suponiendo que aquel hombre la hubiese ganado, podría entenderlo, aunque eso sería imposible. Nadie sabe quién era ese individuo, la conseja nunca mencionó su nombre.

—A pesar de todo tal vez quiera que la sortija sea devuelta a su verdadero dueño —dijo Miles—. Usted es el dueño ahora, como cabeza de la familia, y ha sido por culpa de su antepasado por lo que estuvo oculta todos estos años. Además, no podemos arrogarnos la capacidad de explicar los motivos de este caso. Tal vez, ¿quién sabe?, la pobre sombra no pueda evitarlo: quizá sus peregrinaciones constituyen un castigo.

—Espero que cesen ahora —dijo Devereux—, por su bien y el de todos. Me gustaría pensar que quería que la sortija volviese a nuestro poder, pero además de eso, me gustaría hacer algo, algo bueno, ya saben ustedes, que le aliviara, pobre hombre. Tendré que consultar a Lilias —Lilias es la mujer de Devereux.

Esto es todo lo que puedo contarte de momento, Leila. Cuando vuelva a casa, colgaremos las portières otra vez y veremos qué ocurre. Quiero que leas todo esto a padre, y si él no tiene objeciones —y tampoco mamá, por supuesto—, me gustaría invitar al capitán Devereux y a su mujer para que pasen unos días con nosotros y también con Miles, en cuanto yo regrese.


El deseo de Philip fue bien recibido. Esperamos su regreso con no poca ansiedad e interés. Los tapices fueron colocados otra vez en su sitio y en la primera noche de luna llena mi padre, Philip, el capitán Devereux y Mr. Miles montaron guardia.¿Qué ocurrió? Nada, los pacíficos rayos iluminaron el paisaje primoroso de los tapices, que no fue perturbado por dedos vacilantes, y ningún frío horrible y extraterreno, peor que la muerte misma, invadió a los vigilantes nocturnos: ¡por fin aquel espíritu agobiado, pero ojalá no necesitado de arrepentimiento, estaba en paz! Y desde entonces nadie se ha visto perseguido por la sombra a la luz de la luna.

—Tengo la esperanza de que lo que Michael ha hecho —decía Mrs. Devereux al hablar del tema— haya contribuido a calmar al desdichado fantasma.

Y nos contó de qué se trataba. El capitán Devereux es rico, aunque no inmensamente. Hizo tasar la sortija: representa una suma muy elevada, pero Philip dice que es mejor no dar cifras. Después, se compró, por decir así, la sortija a sí mismo. Y con ese dinero él, no, Phil también dice que no debo entrar en detalles, como no sea para decir que ha hecho algo muy bueno y muy útil, que desde hace mucho tiempo era un proyecto acariciado por su mujer.

Sophy ha crecido y ahora conoce toda la historia. También nuestra madre. Y Dormy la ha oído completa. El horror se ha disipado hace mucho. Nos sentimos muy orgullosos de haber sido verdaderos testigos de un drama fantasmagórico.

Mary Louisa Molesworth (1839-1921)




Relatos góticos. I Relatos de mujeres.


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El análisis y resumen del cuento de Mary Louisa Molesworth: La sombra a la luz de la luna (The Shadow in the Moonlight), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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