«El voto»: E.T.A. Hoffmann; relato y análisis


«El voto»: E.T.A. Hoffmann; relato y análisis.




El voto (Das Gelübde) es un relato de terror del escritor alemán E.T.A. Hoffmann (1776-1822), publicado en la antología de 1817: Piezas nocturnas (Nachtstücke).

El voto, probablemente uno de los cuentos de E.T.A. Hoffmann menos conocidos, relata la historia de una misteriosa mujer que llega hasta un remoto castillo de Polonia, embarazada, con el rostro cubierto por un velo, y vestida con los hábitos de una monja.

A partir de ahí, E.T.A. Hoffmann desarrolla un relato magnífico, donde además del horror típico de sus historias plantea otras cuestiones sumamente interesantes, como la sociedad patriarcal, el abuso de poder, la locura, y el destino ingrato que aguardaba a las mujeres que transgredían las normas.




El voto.
Das Gelübde, E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

El día de San Miguel, justo cuando en las carmelitas llamaban a vísperas, un elegante carruaje con un tiro de cuatro caballos de posta cruzaba atronando y rechinando las callejas de la pequeña ciudad fronteriza polaca de L., deteniéndose finalmente ante el portal del anciano alcalde alemán. Los niños asomaron curiosos la cabeza por la ventana, pero la señora de la casa se levantó de su asiento y, mientras arrojaba malhumoradamente sobre la mesa la labor, gritó al alcalde, que presuroso entraba desde la habitación contigua:

—Otra vez huéspedes que toman nuestra casa por una posada. Y todo viene por el emblema. ¿Por qué has hecho dorar la paloma de piedra de la puerta?

El anciano, sin responder, sonrió astuta y significativamente. En un momento se había quitado el camisón y puesto el traje de gala que desde la vuelta de la iglesia permanecía bien cepillado sobre el respaldo del sofá. Antes de que su asombrada esposa pudiera abrir la boca para preguntar, estaba ya, con su gorro de terciopelo bajo el brazo, de forma que su plateada cabeza brillaba en la penumbra, ante el portalón de carruajes que, entretanto, un criado había abierto. Una mujer ya entrada en años cubierta por un abrigo de viaje bajó del coche, seguida de una alta y joven figura cuyo rostro estaba cubierto por un grueso velo. Ésta, apoyada en el brazo del alcalde, vaciló más que anduvo hacia la casa y nada más entrar en la sala cayó medio desfallecida en el sofá que la dueña de la casa, a una seña del anciano, había arrastrado hacia ella con rapidez. La mujer de edad dijo muy apenada y en voz baja al alcalde:

—¡La pobre niña! Debo quedarme aún unos momentos con ella.

Mientras decía estas palabras hizo ademán de quitarse el abrigo, a lo que le ayudó la hija mayor del alcalde. Se hizo así visible su hábito de monja, además de una cruz de plata que brillaba sobre su pecho, lo cual la caracterizaba como abadesa de un convento cisterciense. La dama cubierta por el velo, entretanto, sólo con un silencioso, casi imperceptible, suspiro, había dado muestras de vida. Finalmente solicitó a la señora de la casa un vaso de agua. Ésta, sin embargo, trajo todo tipo de fuertes esencias y gotas medicinales, ponderando su milagrosa eficacia mientras rogaba a la dama que retirara los gruesos y pesados velos que dificultaban su respiración. Evitando con la mano toda aproximación de la esposa del alcalde y echando hacia atrás la cabeza, dando muestras de repugnancia, la enferma rechazó la propuesta e incluso, cuando por fin consintió en tomar vapores de una fuerte esencia y probó el agua en la que la inquieta señora había echado unas gotas de un probado elixir, todo lo hizo bajo el velo, sin siquiera alzarlo mínimamente.

—¿Habéis preparado, querido señor —se dirigió la abadesa al alcalde—, habéis preparado todo como se deseaba?

—Sí —replicó el anciano—; espero que el Serenísimo Príncipe quede satisfecho conmigo, así como la dama, por quien estoy dispuesto a hacer todo lo que mis fuerzas me permitan.

—Ahora —continuó la abadesa— dejadme unos instantes sola con mi pequeña niña.

La familia hubo de abandonar la habitación. Se oyó a la abadesa dirigirse ferviente y patéticamente a la dama, y cómo ésta por fm también comenzó a hablar en un tono que llegaba a lo más hondo del corazón. Aun sin pararse específicamente a escuchar, la señora de la casa permaneció junto a la puerta de la habitación; hablaban en italiano, lo cual hizo que toda la escena le pareciera más misteriosa, y aumentó la ansiedad que había mantenido cerrada su boca. El anciano hizo retirarse tanto a su esposa como a su hija para que se ocuparan del vino y de los refrescos; él volvió a la habitación. La dama del velo, que parecía reconfortada y serena, estaba con las manos cruzadas y la cabeza inclinada ante la abadesa. Ésta no dejó de aceptar uno de los refrescos que la dueña de la casa le ofrecía; luego exclamó:

—¡Ha llegado la hora!

La dama del velo se arrodilló; la abadesa le puso la mano sobre la cabeza y murmuró unas oraciones. Cuando terminó, abrazó a la dama mientras corrían las lágrimas por su rostro, como en un exceso de dolor; dio después, serena y llena de dignidad, su bendición a la familia y se apresuró, guiada por el anciano, hacia el carruaje ante el que relinchaban los caballos de refresco. Cuando la esposa del alcalde se dio cuenta de que la dama del velo, para quien habían sido bajadas dos maletas del carruaje, se quedaba e incluso parecía haberse trasladado para un largo lapso de tiempo, no pudo resistir la curiosidad y la preocupación. Se dirigió al corredor de la casa, saliendo al paso al anciano, quien se dirigía ya a su alcoba.

—Por el amor de Dios —susurró angustiada—, ¿qué huésped me traes a casa? Ya lo sabías todo y me lo has ocultado.

—Todo lo que yo sepa debes conocerlo tú también —respondió el anciano con gran calma.

—¡Ya, ya! —continuó su esposa aún más inquieta—. Pero tal vez tú no lo sepas todo. Si hubieras estado ahora en la habitación... Nada más irse la abadesa, la dama casi se ahoga bajo sus gruesos velos. Se ha levantado el amplio y negro crespón, que le llega casi hasta las rodillas y he visto entonces...

—Bien, ¿qué es lo que has visto? —interrumpió el anciano a su esposa, que miraba temblorosa en derredor como si viera fantasmas.

—No, no he podido reconocer los rasgos del rostro bajo el fino velo que los cubría, pero esa palidez mortal, ¡ay!, ese tono lívido... Pero escucha, escucha con atención; es del todo patente, claro como el cielo en un día de sol, que la dama está en estado de buena esperanza. Dará a luz en pocas semanas.

—Ya lo sabía, querida esposa —dijo el anciano de mal humor—, y para que no te pierda la curiosidad y la inquietud te explicaré todo en dos palabras. Debes saber que el príncipe Z., nuestro serenísimo protector, me escribió hace unas semanas diciéndome que la abadesa del convento cisterciense de O. traería consigo a una dama que debería recibir en mi casa del modo más discreto posible y evitando cuidadosamente llamar la atención. La dama, que sólo quiere ser conocida por Celestina, aguardará en casa su próximo alumbramiento. En cuanto nazca el niño vendrán a recogerlos. Debo añadir tan sólo que el príncipe me ha encomendado con las palabras más enérgicas tener las máximas atenciones hacia la dama, y para los primeros gastos y molestias me ha dado una bolsa llena de ducados, que puedes ver encima de mi cómoda; espero que acaben así todos tus escrúpulos.

—Entonces —dijo su esposa— debemos amparar graves pecados, por lo que anuncian los prolegómenos.

Antes de que el anciano pudiera responder, su hija salió de la habitación y le llamó, pues la dama anhelaba un poco de calma y deseaba ser conducida a la alcoba que le habían preparado. El anciano había dispuesto que las dos habitaciones del piso superior fueran acondicionadas lo mejor posible, y quedó algo confuso cuando Celestina preguntó si además de esas dos estancias no había otra cuyas ventanas dieran a la parte posterior. Contestó que no y añadió, para ser todo lo preciso posible, que aunque había una única pieza con una ventana hacia el jardín no podía considerársela una habitación, sino sólo un estrecho cuarto, semejante a una mísera celda conventual, casi sin espacio para contener una cama en él, una mesa y una silla.

Celestina pidió al momento ver ese cuarto, y nada más entrar en él afirmó que precisamente esa estancia se adecuaba a la perfección a sus deseos y necesidades. Por lo tanto, viviría en ella y sólo cuando su estado precisara de un mayor espacio y de una enfermera se cambiaría a uno más grande. Si el anciano había comparado el cuarto con una celda, en ello se había transformado al día siguiente. Celestina había clavado una imagen de María en la pared y sobre la vieja mesa de madera, bajo la imagen, había colocado un crucifijo. La cama estaba hecha de un jergón de paja y una colcha de lana, y excepto un taburete de madera y otra mesa pequeña, Celestina no introdujo otro mueble.

La dueña de la casa, reconciliada con la extraña a causa del profundo y extenuante dolor del que daba muestras, creyó necesario charlar con ella para animarla del modo habitual, pero la extraña le rogó, sin embargo, con las palabras más conmovedoras no turbar una soledad en la que encontraba el mayor consuelo, concentrando su pensamiento en la Virgen y en los santos.

Todas las mañanas, nada más apuntar el día, Celestina se dirigía a las carmelitas para oír la primera misa. El resto del día parecía dedicarlo sin interrupción a los ejercicios de devoción, pues siempre que era necesario buscarla en la habitación se la encontraba orando o leyendo libros piadosos. Rechazaba toda comida que no constara tan sólo de verduras, toda bebida que no fuera agua y sólo las más imperiosas advertencias del alcalde respecto a las exigencias de su estado, del ser que en ella vivía, podían finalmente convencerla de probar de vez en cuando un poco de caldo de carne y algo de vino. En la casa todos consideraban esta dura vida monacal como expiación de algún pecado, pero al mismo tiempo se despertó en ellos un íntimo sentimiento de compasión y un profundo respeto, a lo que contribuía no poco la nobleza de su figura y el encanto de cada uno de sus movimientos.

Pero lo que entretejía en estos sentimientos hacia la forastera un tono sombrío era la circunstancia de que nunca se retirara el velo, por lo que nadie pudo ver su semblante. Nadie se aproximaba a ella, excepto el anciano y las mujeres de su familia, y para éstas, que no habían salido jamás de la pequeña ciudad, era imposible hallar el rastro que les condujera al esclarecimiento del misterio, pues no podían reconocer un semblante que nunca habían visto. ¿Para qué entonces el velo?

La activa fantasía femenina elaboró pronto una historia adecuada. Una terrible señal (así rezaba la fábula), la huella de una garra demoníaca había desfigurado horriblemente el rostro de la extraña y a ello se debía el espeso velo. El anciano tuvo que esforzarse por contener e impedir las habladurías y que al menos ante la puerta de su casa no se cotilleara sobre la huésped, cuya estancia en casa del alcalde ya era conocida en la ciudad. Sus visitas al convento de carmelitas tampoco pasaron desapercibidas y pronto fue conocida como la dama negra del alcalde, lo que de por sí se asociaba a la idea de una aparición fantasmal.

El azar quiso que un día en que la hija subía la comida a la habitación de la extraña una corriente de aire levantara el velo. Con la rapidez del rayo la extraña se volvió ocultándose así al momento a la mirada de la muchacha. Ésta, sin embargo, bajó pálida y temblorosa. No había ninguna deformación pero, como su madre, vio un semblante blanco como el mármol, en cuyos ojos, de profundas cuencas, había un brillo singular. El anciano, con razón, atribuyó gran parte a la imaginación de la muchacha, pero también a él, en el fondo, le preocupaba el asunto tanto como a los demás. Deseaba que aquella persona trastornada, a pesar de la piedad que mostraba, abandonara su casa.

Poco después el anciano despertó una noche a su esposa diciéndole que hacía ya unos minutos que oía unos silenciosos gemidos y quejidos, unos golpes que parecían provenir de la habitación de Celestina. La esposa, sospechando la causa, se apresuró a subir. Encontró a Celestina, vestida y envuelta en el velo, casi desvanecida en la cama y se convenció de que estaba próximo el alumbramiento. De inmediato trajeron todo lo necesario, ya preparado hacía mucho, y en poco tiempo nació un sano y hermoso niño. Este acontecimiento, aunque no fuera inesperado, tuvo lugar como si lo fuera y sus consecuencias destruyeron la incómoda relación con la forastera, que había sido una carga para la familia. El niño, como un medio de expiación, pareció acercar a Celestina de nuevo a la humanidad.

Su situación no permitía ningún ejercicio ascético, y como su desamparo la obligaba a aceptar a los hombres que con tanto mimo la cuidaban, fue acostumbrándose más y más a su trato. La dueña de la casa, que sólo podía atender a la enferma, cocinarle una suculenta sopa y llevársela, olvidó con estas preocupaciones domésticas todo lo malo que sobre la misteriosa huésped le había venido antes a las mientes. No volvió a pensar que su honrado hogar podía servir de refugio del pecado. El anciano, completamente rejuvenecido y lleno de alegría, mimaba al niño como si fuera su nieto, y tanto él como los demás se acostumbraron a que Celestina cubriera siempre su rostro, incluso durante el parto. La comadrona tuvo que prometerle que, aun si perdía el conocimiento, nadie levantaría los velos excepto la propia comadrona, y sólo en caso de que hubiera peligro de muerte. Todos estaban seguros de que la vieja había visto a Celestina sin velo, pero ella sólo dijo al respecto:

—¡Ay! La pobre dama ha de cubrirse con el velo.

A los pocos días apareció el monje carmelita que había bautizado al niño. Su entrevista con Celestina, en la que nadie pudo estar presente, duró más de dos horas. Se le oyó hablar y rezar con fervor. Cuando se hubo ido, encontraron a Celestina sentada en el sofá con el niño en el regazo. Éste tenía en sus pequeñas espaldas un escapulario y sobre el pecho un agnusdéi. Pasaron semanas y meses sin que nadie fuera a recoger a la dama y al niño, como el alcalde creía y el propio príncipe Z. le había dicho. Ella podía haber entrado por completo en el pacífico círculo de la familia si no hubieran existido esos fatales velos que refrenaban el último gesto de acercamiento. El anciano se permitió expresárselo así a la extraña, mas cuando ésta replicó con voz sorda y solemne:

—Sólo con la muerte caerán estos velos —él permaneció callado y deseó de nuevo que apareciera el carruaje de la abadesa.

La primavera ya había llegado, cuando la familia del alcalde volvía a casa de un largo paseo con ramos de flores en las manos, destinados los más hermosos a Celestina. Justo cuando iban a entrar en la casa salió un jinete preguntando por el alcalde. El anciano dijo que él mismo era el alcalde y que se encontraban ante su casa. El jinete, entonces, descabalgó de un salto, sujetó al animal a un pilar y se abalanzó dentro de la casa subiendo las escaleras mientras gritaba:

—¡Ella está aquí! ¡Ella está aquí!

Se oyó golpear una puerta y un grito de terror de Celestina. El anciano, dominado por la angustia, se apresuró a subir. El jinete, que por lo que podía verse era un oficial de los cazadores franceses, varias veces condecorado, había cogido al niño de la cuna y lo rodeaba con su brazo izquierdo, envuelto en la manta. Al derecho se había aferrado Celestina, recurriendo a todas sus fuerzas, para retener al ladrón del niño. En la lucha, el jinete arrancó el velo... Un rostro blanco como el mármol y mortalmente rígido, sombreado en derredor por rizos negros, le miró, arrojando rayos brillantes de las profundas cuencas de los ojos, mientras unos penetrantes y agudos gemidos brotaban de los labios medio abiertos e inmóviles. El anciano se dio cuenta de que Celestina llevaba una máscara blanca y muy ceñida a la piel.

—¡Oh, mujer nefasta! ¿Quieres que tu delirio me alcance también a mí? —gritó el oficial, al tiempo que se soltaba con violencia, de forma que Celestina cayó al suelo.

Pero ella abrazó sus rodillas mientras, expresando el dolor más inefable y en un tono que traspasaba el corazón, imploraba:

—¡Déjame al niño! ¡Oh, déjame al niño! ¡Por la salvación eterna, no puedes quitármelo! ¡Por Cristo, por la Virgen Santa! ¡Déjame al niño, déjame al niño!

Y al susurrar estos lamentos no movía un solo músculo, no se movían siquiera los labios de aquel rostro cadavérico, y al anciano, a su esposa..., a todos los que les habían seguido, se les heló la sangre en las venas.

—¡No! —gritó el oficial como en plena desesperación—. ¡No! ¡Mujer inhumana e implacable, puedes arrancar el corazón de este pecho, pero no corromperás en tu funesta locura el ser que se reclina buscando consuelo en la sangrante herida!

Aún con más fuerza apretó al niño contra sí, hasta el punto de que éste comenzó a llorar.

—¡Venganza! ¡Caiga la venganza del Cielo sobre ti, asesino!

—¡Apártate, vete al diablo! —chilló el oficial, apuntando a Celestina con un movimiento convulsivo del pie.

Quiso llegar hasta la puerta. El anciano le salió al paso. Pero el oficial sacó rápidamente una tercerola y exclamó, dirigiéndose al alcalde:

—Una bala en la cabeza para el que piense en arrancar el niño a su padre.

Corrió escaleras abajo, saltó encima del caballo sin soltar al niño y huyó de allí a todo galope. La dueña de la casa, angustiada por la situación y el porvenir de Celestina, se sobrepuso al pavor que la horrible máscara le producía y se apresuró a acudir a ayudarla. Cuál no sería su asombro cuando vio a Celestina, semejante a una estatua, en el centro de la habitación con los brazos inermes. Le habló, pero no hubo respuesta. Incapaz de soportar la visión de la máscara, le colocó los velos que yacían en el suelo. Ni un solo movimiento. Celestina parecía hundida en un estado semejante al de los autómatas, que llenó de nuevo a la señora de la casa de miedo y pena, de forma que en lo más íntimo de su ser rogó a Dios que la librara al menos de aquella inquietante extraña. Su ruego fue escuchado de inmediato, pues en ese mismo momento paró frente a la puerta el mismo carruaje que había traído a Celestina. La abadesa, acompañada por el príncipe Z., el alto protector del viejo alcalde, entró en la casa. Cuando supo lo que acababa de ocurrir, dijo con, voz suave:

—Entonces hemos llegado demasiado tarde; debemos abandonarnos a la Providencia divina.

Trajeron abajo a Celestina, quien se dejaba conducir rígida y muda, sin un solo signo de voluntad o deseo propio. La introdujeron en el carruaje, que partió al momento. El alcalde y toda su familia tuvieron la sensación de que acababan de despertar de una pesadilla fantasmagórica que les había aterrorizado. Poco después de que todo esto ocurriera en casa del alcalde de L., enterraban con desacostumbrada solemnidad a una francmasona en el convento de monjas cistercienses de O. Corrió el rumor de que se trataba de la condesa Hermenegilda de C., de la que se creía que había viajado a Italia con la hermana de su padre, la princesa de Z. Por la misma época había aparecido el conde Nepomuceno de C., padre de Hermenegilda, en Varsovia, para ceder sus diversas, cuantiosas e importantes posesiones, excepto una pequeña propiedad en Ucrania que conservó para sí, a sus sobrinos, los hijos del príncipe Z, en virtud de un acta judicial incondicional. Preguntado por la dote de su hija, levantó su adusta y sombría mirada al cielo y dijo con voz áspera:

—Ya tiene su dote.

No sólo no vaciló en confirmar el rumor sobre la muerte de Hermenegilda en el convento de O., sino en hacer pública la extraordinaria fatalidad que había obrado sobre Hermenegilda llevándola, sufrida mártir, antes de tiempo a la tumba. Algunos patriotas, inclinados pero no quebrados por la caída de la patria, pensaron en establecer de nuevo con el conde relaciones secretas que se proponían la instauración del estado polaco, pero ya no encontraron al hombre ferviente, inspirado por la libertad y la patria, que antes ofrecía su mano con ánimo inalterable a toda tentativa audaz, sino a un viejo desfallecido y desgarrado por un dolor brutal, distanciado de todos los negocios del mundo y a punto de encerrarse en una profunda soledad. Antes, en la época en que se preparaba la insurrección tras el primer reparto de Polonia, el solar de la estirpe del conde Nepomuceno de C. había sido el lugar de reunión secreto de los patriotas.

Allí se encendieron los ánimos, en solemnes banquetes, para la lucha por la patria destruida. Allí, como la imagen de un ángel enviada por el cielo para dar su sagrada bendición, aparecía Hermenegilda en el círculo de los jóvenes héroes. Como es característico en las mujeres de su nación, tomaba parte en todos los debates, incluso en los políticos, y atendiendo y ponderando con precisión la situación de las cosas, a la edad de diecisiete años, y a veces incluso frente a todos, expresaba una opinión que mostraba la más extraordinaria agudeza y perspicacia, y en muchas ocasiones era quien tomaba la decisión. Además de ella, nadie más poseía el talento de compendiar en una sola ojeada, de concebir y mostrar la situación de las cosas, excepto el conde Estanislao de R., un fogoso y muy dotado joven de veinte años.

Sucedía con frecuencia que Hermenegilda y Estanislao mantenían a solas vivas discusiones sobre los diversos motivos que hubieran sido planteados y examinaban, aprobaban o rechazaban las propuestas o sugerían otras; los resultados del diálogo entre la muchacha y el joven eran muchas veces reconocidos por los viejos e inteligentes hombres de Estado que se sentaban al consejo como, los más astutos y mejores. Lo más natural era pensar en la unión de ambos, en cuyos magníficos talentos parecía germinar la salvación de la patria. Además, el vínculo entre ambas familias era políticamente importante, ya que se les creía animados por distintos intereses, como había sido el caso en otras familias de Polonia. Hermenegilda, completamente convencida por estos puntos de vista, consideró al marido que le estaba predestinado como un regalo de la patria y así, con su solemne promesa de matrimonio, concluyeron las reuniones patrióticas en la posesión de su padre.

Es sabido que los polacos fueron derrotados, que con la caída de Kósciuszko fracasó la tentativa excesivamente basada en la autoconfianza y en una errónea lealtad caballeresca. El conde Estanislao, cuya temprana carrera militar, cuya juventud y vigor parecían destinarle a un puesto en el ejército, había combatido con el arrojo de un león. Regresó habiendo escapado con dificultad de una denigrante prisión y casi herido de muerte. Sólo Hermenegilda le mantenía unido a la vida, y en sus brazos creía encontrar de nuevo el consuelo y la esperanza perdidas. En cuanto sanó de sus heridas corrió a la quinta del conde Nepomuceno para ser de nuevo herido de la forma más dolorosa posible. Hermenegilda le recibió con una atención casi burlona.

—¿Estoy viendo al héroe que deseaba ir hacia la muerte por su patria? -exclamó cuando estuvo frente a él.

Parecía como si, en un rapto de locura, tomara a su prometido por uno de aquellos paladines de la fabulosa caballería cuya espada podía derrotar a ejércitos enteros. ¿Para qué servían todas las afirmaciones de que ninguna fuerza humana podía enfrentarse al impetuoso torrente que había inundado y asolado la patri-na, para qué servían todas las súplicas del amor si Hermenegilda, como si su helado corazón sólo pudiera encenderse en la brutal actividad del mundanal ruido, había tomado la determinación de otorgar su mano al conde Estanislao sólo cuando los extranjeros fueran expulsados de la patria?

El conde comprendió demasiado tarde que Hermenegilda no le amaba, teniendo que convencerse además de que la condición que Hermenegilda había establecido tal vez nunca, o al menos no durante largo tiempo, podría verse cumplida. Jurándole fidelidad hasta la muerte, abandonó a su amada y se alistó en el ejército francés, que lo llevó a las guerras de Italia. Se dice de las mujeres polacas que un ser veleidoso las distingue. Un sentimiento profundo, una despreocupación apasionada, una frialdad mortal se entremezclan en su ánimo, mostrando en el movimiento de la superficie, en su juego, el reflejo del constante cambio de las murmurantes olas del' arroyo que corre en las más insondables profundidades.

Hermenegilda vio partir a su prometido con indiferencia, pero apenas habían pasado unos pocos días cuando se vio embargada por un anhelo inexpresable que sólo nace del amor más encendido. La tormenta de la guerra se había disipado, se proclamó la amnistía y se liberó a los oficiales polacos prisioneros. Sucedió entonces que muchos de los compañeros de armas de Estanislao se reencontraron en la quinta del conde. Con hondo dolor, pero también con el entusiasmo que proporciona el valor, recordaron aquellos infelices días en los que todos habían combatido, aunque ninguno con mayor denuedo que Estanislao. Había conducido a la línea de fuego a los batallones cuando todo parecía perdido, y logró romper las filas enemigas con su caballería. La suerte del día pendía de un hilo cuando fue herido por una bala y con el grito: «¡Patria! ¡Hermenegilda!» cayó del caballo, bañado en sangre. Cada palabra de este relato fue como una daga que se clavaba profundamente en el corazón de Hermenegilda.

—¡No! ¡No sabía que le amaba desde el primer instante en que le vi! ¡Qué artificio diabólico pudo engañarme, infeliz de mí, que pensaba en vivir sin él, sin él, que es mi vida entera! ¡Yo le he enviado hacia la muerte, no volverá! —gritó Hermenegilda entre agitados gemidos que a todos conmovieron.

Desvelada, atormentada por una permanente inquietud, vagaba de noche por el parque y, como si el viento pudiera transportar sus palabras hasta el lejano amante, gritaba:

—¡Estanislao! ¡Estanislao! ¡Vuelve! ¡Soy yo, Hermenegilda, quien te llama! ¿No me oyes? ¡Vuelve! ¡Si no, moriré de añoranza y desesperación!

Parecía que el estado de sobreexcitación de Hermenegilda terminaría por tansformarse en una auténtica locura que le haría cometer mil insensateces. El conde Nepomuceno, lleno de preocupación y angustia por la muchacha, pensaba que tal vez fuera necesario recurrir a una ayuda médica, y de hecho consiguió un doctor que con gusto permanecería unos días en la quinta para tomar a su cargo a la enferma. Cuanto más adecuado parecía ser el método de curación, más bien psíquico que físico, cuanto menos podía negarse también su efectividad, tanto más dudoso era el poder hablar de un auténtico restablecimiento, pues tras largos períodos de calma de nuevo aparecían esos extraños paroxismos. Un singular incidente dio otro sesgo al asunto.

Hermenegilda acababa de arrojar indignada al fuego al pequeño soldado ulano, al muñeco que apretaba contra su pecho dándole los apelativos más dulces, como si fuera su amado, porque el muñeco de ningún modo quería cantar: Podrosz twoia nam niemita, milsza przyaszn w kraiwbta. A punto de volver a su alcoba tras esa expedición de castigo, se encontraba en el vestíbulo cuando oyó a alguien andar detrás de ella con un repiqueteo métalico. Miró a su alrededor, vio a un oficial con el uniforme de los cazadores franceses con el brazo izquierdo en cabestrillo y, gritando: ¡Estanislao, mi Estanislao!, cayó desvanecida en sus brazos.

El oficial, paralizado por la sorpresa y el asombro, tuvo que hacer no pocos esfuerzos para mantener en pie con un solo brazo a Hermenegilda que, alta y de carnes exuberantes, no era una carga pequeña. Él la abrazaba cada vez con mayor fuerza y, al sentir en su pecho los latidos del corazón de Hermenegilda, tuvo que reconocer que ésta era de las más excitantes aventuras que había vivido. Pasaron los segundos. El oficial, inflamado por el fuego del amor que brotaba como mil chispas eléctricas de la encantadora figura que sostenía en sus brazos, besaba con pasión sus dulces labios. Así los encontró el conde Nepomuceno cuando salía de su habitación. También él gritó, lleno de júbilo:

—¡Conde Estanislao!

Hermenegilda despertó en ese mismo instante, estrechando al oficial contra su pecho y exclamando fuera de sí:

—¡Estanislao! ¡Mi amado, mi esposo!

El oficial se sonrojó temblando... Perdió la presencia de ánimo y dio un paso atrás mientras se libraba suavemente del crispado abrazo de Hermenegilda.

—Es el momento más dulce de mi vida, pero no quiero abandonarme a la felicidad que sólo una equivocación me ha deparado. Yo no soy Estanislao.

Así habló el oficial, tartamudeando; Hermenegilda retrocedió asustada y cuando, al observar con mayor atención al oficial, se convenció de que el extraordinario parecido de éste con su amado le había confundido, huyó gimiendo y lamentándose. El conde Nepomuceno, dado que el joven dijo ser el primo más joven de Estanislao, el conde Javier de R., no pudo creer casi que en tan poco tiempo un niño se desarrollara y transformara en un joven vigoroso. Sin duda, las fatigas de la guerra contribuyeron a dar un mayor carácter de adulto al rostro, a la actitud entera.

El conde Javier había abandonado su patria al mismo tiempo que su primo Estanislao y, como él, se había enrolado en el ejército francés y combatido en Italia. Aunque por entonces tenía apenas dieciocho años, pronto se mostró como un héroe prudente y valeroso, de forma que el general le nombró su ayudante y ahora, a los veinte años, había ascendido ya a coronel. Habiendo sido herido, necesitaba descansar algún tiempo. Retornó a la patria y, para transmitir a la amada de Estanislao los encargos de éste, se dirigió a las posesiones del conde Nepomuceno, donde fue recibido como si fuera el prometido mismo. El conde Nepomuceno y el médico hicieron todos los esfuerzos imaginables por calmar a Hermenegilda quien, anonadada por la vergüenza y la amargura, no quería salir de su habitación mientras Javier permaneciera en la casa, pero fue en vano. Javier estaba fuera de sí, ya no podía volver a ver a Hermenegilda.

Le escribió diciéndole que expiaba una semejanza nefasta de la que no era culpable. Pero no sólo para él; también al amado Estanislao afectaba el infortunio producido en un funesto momento, pues a él, al portador de una dulce embajada amorosa, le había sido arrebatada toda posibilidad de entregar en propia mano, como debía, la carta de Estanislao que llevaba consigo y transmitir de palabra lo que Estanislao, por la premura del momento, no había podido poner por escrito. La doncella de Hermenegilda, que Javier había ganado para sus intereses, aceptó de buena gana el encargo, y lo que el padre y el médico no habían conseguido lo logró Javier con su nota. Manteniendo un absoluto silencio y con la mirada baja recibió Hermenegilda a Javier en su alcoba. Javier se aproximó con paso vacilante y silencioso y se situó frente al sofá en el que ella se hallaba, pero al inclinarse en su asiento más bien parecía que se arrodillara ante Hermenegilda.

Así, con las expresiones más conmovedoras y en un tono con el que parecía acusarse a sí mismo del crimen más imperdonable, le suplicaba no cargara sobre su cabeza la culpa de la equivocación, que sentía más por la felicidad de su querido amigo. No había sido él sino el propio Estanislao quien la había abrazado en el gozo del reencuentro. Entregó la carta y comenzó a hablar de Estanislao, de cómo, con auténtica fidelidad de caballero, pensaba en su dama en plena batalla, de cómo su corazón ardía por la libertad y la patria, etc. Javier se expresaba con vivo ardor, entusiasmando a Hermenegilda, quien, superando pronto todo temor, dirigía hacia él la mágica mirada de sus ojos celestiales de forma que Javier, un nuevo Kalaf alcanzado por la mirada de Turandot, temblaba de dulce dicha, y sólo con esfuerzo podía continuar su relato.

Sin saberlo él mismo, acosado por la lucha interior contra la pasión que brotaba en llamas luminosas, se extendió en la descripción de ciertos combates. Habló de ataques de caballería, masas dispersadas, baterías conquistadas. Impaciente, Hermenegilda le interrumpió exclamando:

—¡Oh, fuera esas sangrientas escenas de un espectáculo infernal! ¡Dime tan sólo que me ama, que Estanislao me ama!

Javier, conmovido, tomó su mano y la oprimió con fuerza con su propio pecho:

—¡Escúchale, escucha a tu Estanislao! —dijo, y las manifestaciones más fervientes del amor, como sólo corresponden a la locura de la pasión más devoradora, manaron de sus labios.

Había caído a los pies de Hermenegilda y ella le envolvía en sus brazos, mas cuando, alzándose de improviso, quiso estrecharla contra su pecho, se sintió violentamente apartado. Hermenegilda le observaba con una mirada fija y extraña y dijo con voz sorda:

—¡Presumido fantoche! ¡Aunque mi pecho también te dé calor, tú no eres Estanislao y nunca lo serás!

En ese momento abandonó la habitación con paso calmo y silencioso. Javier se dio cuenta demasiado tarde de su imprudencia. Sentía con claridad que amaba con locura a Hermenegilda, a la prometida del amigo y primo carnal, pero también que a cada paso que estaba dispuesto a dar al compás de su pasión habría de acusarse de una desleal ruptura de la amistad.. Tomó la heroica determinación de partir de inmediato y no volver a ver a Hermenegilda, y ordenó que hicieran su equipaje y engancharan los caballos. El conde Nepomuceno se sorprendió sobremanera cuando Javier fue a despedirse de él; le rogó que dejara todo en sus manos, pero Javier, con suma firmeza provocada más por una compulsión que por una auténtica fuerza espiritual, afirmó, terne que terne, que por causas extraordinarias tenía que irse. Ceñida la espada y la gorra en la mano, permanecía en el centro de la estancia; su criado estaba ya en el vestíbulo con el abrigo, y frente a la puerta piafaban los caballos. Se abrió entonces la puerta y entró Hermenegilda. Con un donaire indescriptible se dirigió hacia el conde y dijo sonriendo:

—¿Quiere irse, querido Javier? ¡Y yo que esperaba oír todavía muchas más cosas de mi amado Estanislao! ¿Sabe usted que sus relatos me producen un gran consuelo?

Javier, sonrojado, bajó la vista. Tomaron todos asientos; el conde Nepomuceno aseguró una y otra vez que desde hacía muchos meses no veía a Hermenegilda con un ánimo tan sereno y alegre. A una seña suya, dado que era hora de cenar, prepararon la mesa en aquella misma estancia. El más noble vino de Hungría brillaba en las copas, y Hermenegilda, con ardor en las mejillas y celebrando el recuerdo del amado, de la libertad y la patria, bebía de las copas colmadas.

—Saldré de noche —pensaba Javier en su interior, y de hecho, y cuando ya habían recogido la mesa, preguntó a los criados si aún esperaba el carruaje; éste, como había ordenado el conde Nepomuceno, hacía tiempo había sido retirado y desenganchado y estaba en las cocheras, los caballos comían el pienso en las cuadras y Woyzec roncaba abajo, sobre el jergón de paja. Javier se dio por satisfecho con ello.

La inesperada aparición de Hermenegilda convenció al conde de que no sólo era posible sino aconsejable y adecuado permanecer, y este convencimiento le llevó al siguiente: sólo tenía que vencerse a sí mismo, es decir, defenderse de los arrebatos de la pasión interna que, excitando el enfermizo estado de Hermenegilda, sólo a él, en cualquier caso, podían dañar. Fuera cual fuere el rumbo que luego tomara el asunto, Javier tomó la determinación, aun cuando Hermenegilda despertara de sus sueños, de anteponer el alegre presente al sombrío futuro, pues todo dependía de la configuración de circunstancias concurrentes y no había que pensar en deslealtad ni en rupturas de amistad.

Cuando al día siguiente Javier volvió a ver a Hermenegilda, logró de hecho, evitando cuidadosamente la menor nimiedad que pudiera alterar su sangre ardiente, dominar su pasión. Permaneciendo en los límites de la más estricta cortesía, observando incluso un frío ceremonial, dio a su conversación sólo la vibración de esa galantería que suministra a las mujeres un veneno nocivo junto a dulce azúcar. Javier, un joven de veinte años inexperto en las lides del amor, desarrollaba, al compás de la maldad interior, el arte de un maestro. Sólo hablaba de Estanislao, de su inexpresable amor por su dulce prometida, pero en el fuego que encendía supo esbozar hábilmente su propia imagen, de forma que Hermenegilda, perpleja, no lograba distinguir ambas figuras, la del ausente Estanislao y la de Javier. La compañía de éste se convirtió pronto en una necesidad para la desasosegada Hermenegilda, y así sucedió que se les veía incesantemente juntos y con frecuencia como si mantuvieran una íntima conversación amorosa.

La costumbre hizo que Hermenegilda fuera olvidando cada vez más sus temores y, en el mismo grado, Javier sobrepasó esos límites del frío ceremonial en los que al principio, prudentemente, se había confinado. Hermenegilda y Javier paseaban del brazo por el parque y ella, descuidadamente, abandonaba su mano en las de él cuando en la habitación escuchaba hablar del afortunado Estanislao. Como no se trataba de asuntos de Estado ni de la patria, el conde Nepomuceno era incapaz de ver más allá y se conformaba con lo que podía observar en la superficie. Su espíritu, insensible para todo lo demás, sólo podía reflejar en el mismo momento las fugitivas imágenes de la vida, que desaparecían sin dejar huella.

Sin sospechar siquiera el íntimo carácter de Hermenegilda, daba por bueno el que ésta finalmente hubiera sustituido los muñecos que en sus momentos de delirio habían representado al amado por un joven, y creía suponer con gran perspicacia que Javier, quien como yerno también le profesaba cariño, pronto ocuparía por entero el sitio de Estanislao. Ya no pensaba en éste. Javier era de la misma opinión, ya que, tras un par de meses, Hermenegilda, aún cuando parecía que todo su espíritu estaba lleno del recuerdo de Estanislao, permitía que Javier se hiciera más y más visible con sus propias pretensiones.

Cierta mañana Hermenegilda se encerró en su alcoba con su doncella y no quiso ver a nadie. El conde Nepomuceno pensó que se trataba de un nuevo ataque que pronto remitiría. Rogó al conde Javier que utilizara ahora el poder que sobre Hermenegilda había adquirido para su curación. Pero cuál no sería su asombro cuando Javier no sólo rehusó acercarse de cualquier forma a Hermenegilda, sino que mostraba haber cambiado por completo de actitud. En vez de presentarse con arrogancia, como antes, parecía intimidado, como si hubiera visto fantasmas; el tono de su voz vacilaba y la expresión era lánguida e inconexa.

Habló de que tenía que partir para Varsovia, de que no volvería a ver a Hermenegilda. Renunciaba a toda la dicha del amor, sentía en la fidelidad de Hermenegilda, lindante con la locura, la deslealtad en que incurría, para su vergüenza, con su amigo... Una huida sin demora era su único medio de salvación. El conde Nepomuceno no entendió nada; le pareció tan sólo que la alocada exaltación de Hermenegilda había contagiado al muchacho. Intentó demostrárselo, pero fue en vano. Javier se opuso con tanta mayor intensidad cuanto más mostraba Nepomuceno la necesidad de que sanara a Hermenegilda de todas sus rarezas y, por lo tanto, la obligación que tenía de volver a verla. La discusión terminó con rapidez pues Javier, como impulsado por un poder invisible e irresistible, salió, se arrojó dentro del carruaje y huyó.

El conde Nepomuceno, lleno de horror e ira por la conducta de Hermenegilda, dejó de ocuparse de ella y así sucedió que pasaron muchos días en los que ella permaneció encerrada y sin ser molestada en su habitación, acompañada tan sólo de su doncella. Cierto día estaba Nepomuceno en su habitación, sumido en profundas meditaciones, llenas de las heroicas acciones de ese hombre al que por entonces los polacos adoraban como a un falso ídolo, cuando se abrió la puerta y entró Hermenegilda de luto riguroso y con un largo velo de viuda sobre el rostro. Con paso lento y solemne se aproximó al conde, se dejó caer sobre sus rodillas y dijo con voz temblorosa:

—¡Oh, padre mío! El conde Estanislao, mi amado esposo, ha muerto. Cayó como un héroe en el campo de batalla. ¡Ante ti se halla su inconsolable viuda!

El conde Nepomuceno lo consideró una nueva perturbación en el estado de ánimo de Hermenegilda, tanto más cuanto que pocos días antes había recibido noticias según las cuales el conde Estanislao se hallaba perfectamente. Alzó con suavidad a Hermenegilda mientras decía:

—Tranquilízate, querida hija, Estanislao está bien; pronto correrá a tus brazos.

Hermenegilda hizo una profunda inspiración, semejante a un suspiro agonizante, y se hundió, desgarrada por un hondo dolor, entre los almohadones del sofá. Pero a los pocos segundos, recobrándose, dijo con pasmosa tranquilidad y presencia de ánimo:

—Dejadme, querido padre, explicaros cómo ha ocurrido todo, pues debéis saberlo para así reconocerme como la viuda del conde Estanislao de R. Hace seis días me encontraba a la hora del ocaso en el pabellón del sur de nuestro parque. Todos mis pensamientos, todo mi ser se dirigían a mi amado. Sentí que mis ojos se cerraban involuntariamente; no me adormecí, no, sino que caí en un singular estado que sólo puedo llamar soñar despierta. Pronto me sentí rodeada por terribles zumbidos y estallidos. Oí un gran estruendo. Muy cerca de mí sonaban disparos. Me levanté precipitadamente y me asombré no poco al encontrarme en un cobertizo. Ante mi estaba él arrodillado, mi Estanislao. Le rodeé con mis brazos, le estreché contra mi pecho.

»¡Dios sea alabado! —exclamó—. ¡Eres mía! Me dijo que justo tras la bendición nupcial me desvanecí y yo, tonta de mí, no recordé hasta entonces que el padre Cipriano, al que en ese momento vi salir del cobertizo, nos había unido en la capilla aneja bajo los truenos de la artillería, bajo el estrépito de la cercana batalla. La alianza de oro brillaba en mi dedo. La felicidad con la que abracé a mi esposo es indescriptible; un éxtasis inefable y nunca antes sentido, el éxtasis de la mujer dichosa, inundó mi alma. Perdí el sentido. Un soplo helado me rozó. Abrí los ojos ¡Horror! En medio de la confusión de la feroz batalla ardía ante mí el cobertizo, del que al parecer me habían rescatado. Estanislao, acosado por jinetes enemigos. Sus camaradas se abalanzaron para salvarle.

Demasiado tarde; por la espalda, un jinete le derribó del caballo. De nuevo desfalleció Hermenegilda por el terrible dolor. Nepomuceno corrió a buscar algún medicamento que le devolviera las fuerzas, pero no hizo falta, pues Hermenegilda se recuperó de un modo prodigioso.

—Se ha cumplido la voluntad del Cielo —dijo con voz sorda y solemne—; no debo lamentarme pero, fiel a mi esposo hasta la muerte, ninguna atadura terrenal me separará de él.

Con toda razón el conde Nepomuceno hubo de creer que la locura incubada en el alma de Hermenegilda se desahogaba a través de esa visión, y ya que el plácido duelo de Hermenegilda por su esposo no producía actitudes alarmantes o indecentes, al conde le pareció bien esta situación que terminaría con la llegada del conde Estanislao. Cuando Nepomuceno dejaba caer alguna palabra sobre ensoñaciones o visiones, Hermenegilda sonreía dolorosamente, apretaba la alianza, que siempre llevaba en el dedo, contra sus labios y la regaba de tibias lágrimas. El conde Nepomuceno se dio cuenta con asombro de que el anillo le era realmente desconocido y que nunca se lo había visto a su hija, pero como había mil circunstancias en las que podía haberlo recogido, no hizo el esfuerzo de investigarlas.

Para él era más importante la nefasta noticia de que el conde Estanislao había caído prisionero. Hermenegilda comenzó a debilitarse de un modo extraordinario, se quejaba con frecuencia de una extraña sensación que no podía llamar enfermedad, pero que agitaba todo su ser. Por aquella época llegó el príncipe Z. con su esposa. La princesa, como la madre de Hermenegilda había muerto a temprana edad, había ocupado su puesto y por ello fue recibida con la abnegación de una hija. Hermenegilda abrió su corazón por entero a la noble dama y con la más amarga tristeza se lamentaba de que se la calificara de loca visionaria a pesar de tener la prueba más convincente, teniendo en cuenta las circunstancias, de la certeza de su unión con Estanislao, realmente consumada.

La princesa, que conocía ya el asunto y estaba convencida del perturbado estado de Hermenegilda, se cuidó muy mucho de contradecirla, contentándose con asegurarle que el tiempo todo lo aclararía y que lo más adecuado era abandonarse a la voluntad del cielo. La princesa puso más atención cuando Hermenegilda le habló de su estado físico, describiendo los extraordinarios ataques que parecían perturbar su interior. Pudo verse cómo la princesa velaba a Hermenegilda con la mayor preocupación y cómo aumentó su aflicción cuando Hermenegilda parecía sentirse recuperada. Las pálidas mejillas y labios recobraron el color, sus ojos perdieron ese fuego inquietante y sombrío, la mirada se hizo dulce y tranquila, las demacradas formas se hicieron más llenas y redondas; en una palabra, Hermenegilda florecía en toda su juventud y belleza. Y sin embargo parecía que la princesa la consideraba más enferma que nunca.

—¿Cómo te encuentras? ¿Qué tienes, mi niña? ¿Qué es lo que sientes? —preguntaba, con grave alarma en el semblante en cuanto Hermenegilda tan sólo suspiraba o palidecía lo más mínimo.

El conde Nepomuceno, el príncipe y la princesa consultaron entre sí qué hacer con Hermenegilda y su idea fija de ser la viuda de Estanislao.

—Lamento creer —dijo el príncipe— que su locura es incurable, pues físicamente está sana y alimenta con todas sus fuerzas el turbado estado de su alma. Sí —continuó mientras la princesa miraba dolorosamente al frente—, está sana, a pesar de que para su perjuicio, es cuidada y mimada como una enferma.

La princesa, a la que estas palabras afectaron sobremanera, miró fijamente al conde Nepomuceno y dijo con decisión:

—¡No! Hermenegilda no está enferma; pero, si no perteneciera al reino de lo imposible el que ella hubiera pecado, estaría convencida de que se halla en estado de buena esperanza.

Se levantó de inmediato y abandono la habitación. Como alcanzados por un rayo, el conde y el príncipe se miraron fijamente. Este último, tomando el primero la palabra, opinó que su esposa también se veía a veces visitada por las visiones más extraordinarias. Pero el conde Nepomuceno dijo con gravedad:

—La princesa tiene razón en que un suceso de ese tipo por parte de Hermenegilda pertenece sin duda al reino de lo imposible, pero si te digo que cuando vi ayer a Hermenegilda andando frente a mí cruzó mi mente un loco pensamiento: Mirad, la joven viuda está encinta, y que este pensamiento sólo puede ser producido por la observación de su figura, si te digo todo esto, comprenderás que las palabras de la princesa me han llenado de una sombría preocupación, de una penosa angustia.

—Entonces —replicó el príncipe— es el médico o la comadrona quien debe determinarlo, anulando el juicio tal vez precipitado de la princesa o corroborando nuestra deshonra.

Durante varios días ambos dudaron sobre qué resolución tomar. Para ambos, las formas de Hermenegilda se hicieron sospechosas y la princesa debía tomar una decisión sobre lo que hacer ahora. Rechazó la intromisión de un médico, quizá demasiado locuaz, y opinó que en cinco meses no necesitarían de otro tipo de ayuda.

—¿Qué ayuda? —exclamó asustado el conde Nepomuceno.

—Sí —continuó la princesa alzando la voz—, ya no cabe ninguna duda: o Hermenegilda es la más perversa hipócrita que nunca haya nacido o hay un misterio inescrutable. ¡Es suficiente, está encinta!

El conde Nepomuceno, petrificado de horror, no dijo una palabra. Finalmente, sacando fuerzas de flaqueza, imploró a la princesa que, costara lo que costase, averiguase por la propia Hermenegilda quién era la aciaga persona que había traído la eterna deshonra a su casa.

—Hermenegilda —dijo la princesa— aún no sospecha que conozco su estado. A partir del momento en que hable con ella de lo que le sucede, espero poder saberlo todo. Sorprendida, dejará caer la máscara de hipocresía o bien se hará patente de algún modo su inocencia, aunque no puedo siquiera imaginar cómo puede tal cosa ocurrir.

Esa misma noche estaba la princesa a solas en su habitación con Hermenegilda, cuyo respeto filial parecía aumentar a cada momento. La princesa tomó a la pobre muchacha del brazo, la miró a los ojos y dijo en tono cortante:¡Querida tú estás encinta! Hermenegilda alzó la mirada, transfigurada de gozo celestial, y exclamó en el mayor éxtasis:

—¡Oh madre mía! Ya lo sé. Hace tiempo siento que, aunque mi fiel esposo yace bajo los mortales golpes de sus enemigos, debo sentirme indeciblemente feliz. ¡Sí! Aquel momento de máxima felicidad terrenal vive en mí, volveré a tener a mi amado esposo en la fiel prueba de la dulce unión.

La princesa tuvo la sensación de que todo daba vueltas a su alrededor y casi perdió el sentido. La sinceridad de la expresión de Hermenegilda, su entusiasmo, el aura de veracidad que la envolvía no permitía pensar en un fraude y, sin embargo, en sus afirmaciones había algo de extravagante locura. Dominada por esta última idea, la princesa apartó a Hermenegilda de sí al tiempo que exclamaba:

—¡Insensata! ¡Un sueño te ha puesto en un estado que nos trae a todos la ignominia y la deshonra! ¿Crees que vas a poder engañarme con esas necedades? ¡Reflexiona! Recuerda todos los sucesos de los días pasados. Tal vez una confesión arrepentida nos reconcilie.

Hermenegilda, bañada en lágrimas y deshecha por un amargo dolor, cayó a los pies de la princesa y gimió:

—¡Madre! ¿También tú me tomas por una soñadora, tampoco tú crees que la iglesia nos ha unido a Estanislao y a mí, que yo soy su esposa? Pero mira el anillo en mi dedo. ¡Qué digo! Tú, tú conoces mi estado. ¿No es eso suficiente para convencerte de que no miento?

La princesa se dio cuenta con asombro de que en Hermenegilda no cabía la idea de un desliz y no había comprendido en absoluto la alusión. Apretando sus manos contra el pecho de la princesa, Hermenegilda continuó su súplica: ahora, dado que su estado estaba fuera de toda duda, ya podía pensar en su esposo. La dama, sorprendida y seria, ya no sabía de hecho qué decir a la pobre, qué camino debía seguir para desvelar el secreto que explicara todo este asunto. Hasta varios días después la princesa no explicó a su esposo y al conde Nepomuceno que era imposible averiguar algo más a través de Hermenegilda, por completo convencida de estar embarazada de su esposo. Los hombres, llenos de ira, calificaron de hipócrita a Hermenegilda, y el conde Nepomuceno en particular juró que si la indulgencia no conseguía librarla de la idea de que un cuento insípido podía convencerle, él lo intentaría con medidas más duras. Por el contrario, la princesa opinaba que la dureza sería una crueldad inútil. Estaba convencida, como ya se ha dicho, de que Hermenegilda no fingía, sino que creía con toda su alma en lo que decía.

—Hay —continuó— algunos secretos en el mundo que no somos capaces de comprender. ¿Qué ocurriría si la vívida influencia del pensamiento tuviera también un efecto físico y si la reunión espiritual de Estanislao y Hermenegilda la ha situado en ese estado para nosotros inexplicable?

A pesar de su ira y de todas las dificultades del momento, el príncipe y el conde Nepomuceno no pudieron reprimir una sonora carcajada cuando la princesa exteriorizó estas ideas, que los varones denominaron las más sublimes y etéreas que nunca habían oído. La princesa, sonrojada por entero, opinó que a los toscos hombres les faltaba sentido para tales cosas, que encontraba todo el asunto en el que había caído su pobre niña, en cuya inocencia creía incondicionalmente, escandaloso y repugnante, y que un viaje, en el que pensaba acompañarla, sería el mejor y único medio de apartarla de la malicia y la burla de la vecindad.

El conde Nepomuceno se mostró muy satisfecho con este proyecto, pues, ya que Hermenegilda no hacía de su estado ningún secreto, debía ser alejada del círculo de sus conocidos para resguardar su fama. Tomada esta determinación, todos se sintieron más tranquilos. El conde Nepomuceno casi no volvió a pensar en el alarmante secreto, ya que había visto la posibilidad de ocultarlo al mundo, cuya burla era lo más amargo para él, y el príncipe juzgó con toda la razón que, dado el no fingido estado anímico de Hermenegilda, no se podía hacer otra cosa que dejar al paso del tiempo la solución del enigma. Precisamente cuando daban por acabada la discusión y cada uno se iba por su lado, la repentina aparición del conde Javier de R. trajo nuevas preocupaciones. Acalorado por la larga cabalgada, cubierto de polvo y con la precipitación de quien es arrastrado por una pasión, entró en la estancia y, sin saludar ni respetar las normas de cortesía, gritó con voz fuerte:

—¡El conde Estanislao ha muerto! No cayó prisionero, no, cayó abatido por sus enemigos. ¡Aquí están las pruebas! —y diciendo esto, puso varias cartas en manos del conde Nepomuceno, quien comenzó a leerlas completamente desconcertado.

La princesa echó una ojeada a las cartas y nada más leer unas pocas líneas levantó los ojos al cielo, juntó las manos y exclamó llena de dolor:

—¡Hermenegilda! ¡Pobre niña! ¡Qué misterio inescrutable!

Había leído que el día en que murió Estanislao coincidía con el que Hermenegilda había dicho y que todo había ocurrido como ella lo vislumbrara en ese funesto instante.

—El ha muerto —dijo Javier, impulsiva y fogosamente—. Hermenegilda ha quedado libre y no hay ningún obstáculo para que yo, que la amo como a mi vida, solicite su mano.

El conde Nepomuceno no pudo responder; tomó el príncipe la palabra y explicó que ciertas circunstancias hacían imposible considerar su petición, que en ese momento no podía ver a Hermenegilda y lo mejor era que se alejara rápidamente de allí, tal como había venido. Javier replicó que conocía bien el perturbado estado de ánimo de Hermenegilda, a lo que probablemente se referían, pero que no consideraba esto un obstáculo, tanto menos cuanto que su unión con ella terminaría con él. La princesa le aseguró que Hermenegilda había jurado fidelidad hasta la muerte a Estanislao y, por tanto, desecharía cualquier otra unïón. Por otro lado, no se encontraba ya en el palacio. El conde Javier soltó una carcajada y dijo que sólo necesitaba el consentimiento paterno.

El conmover el corazón de Hermenegilda dependía por entero de él. Muy enojado por la violenta impertinencia del joven, el conde Nepomuceno explicó que esperaba en vano su consentimiento y que podía abandonar el palacio de inmediato. El conde Javier le miró de hito en hito, abrió la puerta que daba al vestíbulo y ordenó a Woycec que trajera la manta de viaje, desenganchara los caballos y los condujera al establo. Volvió entonces a la habitación, se arrojó sobre el sillón que se encontraba junto a la ventana y explicó calmosa y gravemente que, sin ver ni hablar con Hermenegilda, sólo mediante la violencia sería expulsado del palacio. El conde Nepomuceno replicó que en ese caso podía contar con una larga estancia, aunque debía entonces perdonar el que fuera él mismo quien abandonara el palacio. En ese momento todos, el conde Nepomuceno, el príncipe y su esposa, salieron de la habitación para lograr llevarse a Hermenegilda lo antes posible.

El azar quiso que precisamente en esos momentos, contra su costumbre, se encontrara en el parque Javier, quien miraba por la ventana, la vio pasear en la lejanía. Corrió hacia el parque y alcanzó finalmente a Hermenegilda cuando ésta entraba en ese nefasto pabellón del sur del parque. Su estado era ya perceptible casi para cualquiera.

—¡Oh, Dios del Cielo! —exclamó Javier al encontrarse frente a ella.

Se arrojó entonces a sus pies y le juró con las expresiones más fervientes de devoto amor tomarla por esposa. Hermenegilda, fuera de sí a causa del susto y el horror, le dijo que un mal hado le había enviado allí para perturbar su tranquilidad. Nunca, nunca seria la esposa de otro que no fuera su amado Estanislao, a quien se había unido hasta la muerte. Mas cuando Javier no cesó en sus ruegos y promesas, cuando finalmente, con una loca pasión, le aseguró que se confundía, que ya le había ofrecido a él los más dulces momentos del amor y, alzándose del suelo, quiso abrazarla, ella le apartó con repugnancia, desprecio y un gesto mortal mientras exclamaba:

—¡Mísero egoísta! ¡Del mismo modo que no podrás destruir la dulce prueba de mi unión con Estanislao, tampoco podrás seducirme para que rompa criminalmente mi fidelidad! ¡Fuera de mi vista!

Extendió entonces Javier el puño cerrado frente a ella y, tras una carcajada burlona, gritó:

—¡Loca! ¿No rompiste tú misma ese necio juramento? El niño que llevas en tu seno es mío, fue a mí a quien abrazaste en este mismo lugar. Fuiste mi amante y mi amante serás si yo no te convierto en mi esposa.

Hermenegilda le miró con un fulgor infernal en los ojos; entonces gritó:

—¡Monstruo! —y se derrumbó como muerta en el suelo.

Javier, como si todas las furias le persiguieran, corrió hacia el palacio. Se topó con la princesa, quien le agarró sin miramientos del brazo y le condujo a la sala.

—¡Me ha apartado horrorizada de su lado! ¡A mí, el padre de su hijo!

—¡Por todos los Cielos! ¿Tú? ¡Javier! ¡Dios mío! Di, ¿cómo fue posible? —exclamó, aterrada la princesa.

—Maldígame quienquiera que sea —continuó Javier, con calma—, pero si en sus venas hierve la sangre como en las mías, habría pecado como yo en esos momentos. Encontré a Hermenegilda en el pabellón en un extraño estado que no soy capaz de describir. Yacía sobre el canapé, como si estuviera profundamente dormida y soñara. Acababa yo de entrar cuando se levantó, se dirigió hacia mí, me tomó de la mano y comenzó a andar con paso solemne por el pabellón. Luego se arrodilló, yo hice lo mismo e inició una oración. Pronto comprendí que imaginaba estar ante un. sacerdote. Sacó un anillo de su dedo, que ofreció al sacerdote, yo le tomé y le puse otro anillo de oro que quité de mi dedo.

Hermenegilda cayó entonces en mis brazos, llena de íntimo amor. Cuando huí yacía desvanecida.

—¡Hombre horrible! ¡Qué ultraje! —gritó la princesa fuera de sí.

El conde Nepomuceno y el príncipe entraron en la sala. En pocas palabras conocieron la confesión de Javier. La princesa se sintió herida cuando los hombres consideraron que el crimen de Javier era perfectamente excusable y quedaba expiado mediante su unión con Hermenegilda.

—¡No! —dijo la princesa—. Nunca dará Hermenegilda su mano a aquel que, como un maligno espíritu infernal, se atrevió a emponzoñar el momento más sublime de su vida con el crimen más infame.

—Ella —dijo el conde Javier con un orgullo frío e irónico—, ella tendrá que darme su mano para salvar su honor. Permaneceré aquí y todo sucederá por sí mismo.

En ese momento se oyó un ruido sordo. Trajeron al palacio a Hermenegilda, a quien el jardinero había encontrado inerte en el pabellón. La colocaron en el sofá y, antes de que la princesa pudiera evitarlo, llegó Javier y la tomó de la mano. Hermenegilda se levantó sobresaltada, lanzó un grito inhumano, semejante al penetrante aullido de un animal salvaje, y miró horrorizada al conde con ojos centelleantes. Este, como alcanzado por una mirada letal, retrocedió tambaleante y balbuceó casi inaudiblemente:

—¡Los caballos!

A una señal de la princesa le llevaron abajo.

—¡Vino! ¡Vino! —gritó; bebió unos vasos y, reanimado, montó a caballo y desapareció.

El estado de Hermenegilda, que parecía transformarse de una sorda enajenación en un salvaje delirio, modificó también los sentimientos del conde Nepomuceno y del príncipe, que comprendieron el horror, lo irreparable del acto de Javier. Quisieron llamar al médico, pero la princesa rechazó toda ayuda, dado que sólo el consuelo espiritual podía resultar efectivo. Por tanto, en lugar del médico llegó Cipriano, el monje carmelita confesor de la familia. De un modo sorprendente logró despertar a Hermenegilda de la pérdida de conciencia en la que la había sumido su enajenación. ¡Aún más! Pronto estaba tranquila y serena; habló con toda coherencia con la princesa, a quien manifestó su deseo de vivir tras el parto en el convento cisterciense de O., como permanente acto de contrición y duelo. A su luto había añadido unos velos que ocultaban por completo su rostro y que nunca alzaba.

El padre Cipriano abandonó el palacio, pero volvió a los pocos días. Entretanto el príncipe Z. había escrito al alcalde de L., en cuya casa debía esperar Hermenegilda el parto. Sería conducida allí por la abadesa del convento cisterciense, pariente de la familia, mientras la princesa viajaba hacia Italia, supuestamente acompañada por Hermenegilda. Era medianoche. El carruaje que debía llevar a Hermenegilda al convento esperaba ante la puerta. Inclinado por el dolor, el conde Nepomuceno aguardaba al príncipe, a la princesa y a la infeliz muchacha para despedirse. Entró entonces Hermenegilda, cubierta por el velo de la mano del monje en la habitación iluminada por candelabros. Cipriano dijo con voz solemne:

—La hermana lega Celestina ha pecado gravemente mientras aún se hallaba en el mundo, pues el crimen del diablo ha mancillado su alma pura. Mas un voto indisoluble le sirve de consuelo. ¡Paz y felicidad eterna! Nunca verá de nuevo el mundo el rostro cuya belleza sedujo al diablo. ¡Mirad! Así comienza y consuma Celestina su expiación. Y el monje alzó el velo de Hermenegilda. Un agudo dolor dominó a todos cuando vieron la pálida máscara mortuoria tras la que se ocultaba para siempre la angelical hermosura de Hermenegilda. Esta se despidió, incapaz de pronunciar una sola palabra, de su padre, quien, deshecho de ardiente dolor, creía no poder seguir viviendo. El príncipe, en otras ocasiones un hombre de sangre fría, quedó bañado en lágrimas. Sólo la princesa, luchando con todas sus fuerzas contra el horror de ese voto, logró mantener una actitud serena.

Es indescifrable cómo supo el conde Javier la estancia de Hermenegilda y la circunstancia de que el recién nacido iba a ser consagrado a la Iglesia. De poco le sirvió el rapto del niño, pues cuando llegó a P., y quiso dejarlo al cuidado de una mujer de confianza, se dio cuenta de que no estaba desmayado a causa del frío, como él había creído, sino muerto. Después de ello, el conde Javier desapareció sin dejar rastro y se creyó que se había dado muerte. Habían pasado muchos años cuando el joven príncipe Boleslav de Z llegó a las cercanías del Posílipo en su viaje hacia Nápoles. Allí, en ese ameno lugar, se halla un convento camaldulense al que ascendió el príncipe para gozar de una perspectiva que le habían descrito como la más atractiva de todo Nápoles.

A punto de llegar a unos peñascos del jardín que le habían dicho era el lugar más hermoso, descubrió ante él a un monje que había tomado asiento en una gran roca y que, con un devocionario abierto en el regazo, tenía la mirada puesta en el horizonte. Su rostro, de rasgos todavía jóvenes, estaba deformado por un hondo pesar. Cuanto más se acercaba el príncipe al monje más se le venía a las mientes un oscuro recuerdo. Se deslizó junto a él y vio que el devocionario estaba escrito en lengua polaca. Habló entonces en polaco al monje, quien, sobresaltado, se volvió. Pero nada más ver al príncipe ocultó su rostro y con rapidez, como arrastrado por un espíritu malvado, huyó entre los matorrales. El príncipe Boleslav aseguró al conde Nepomuceno, cuando le relató esta aventura, que tal monje no era otro que el conde Javier de R.

E.T.A. Hoffmann (1776-1822)




Relatos góticos. I Relatos de E.T.A. Hoffmann.


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