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Crepúsculo en las torres: Clive Barker


Crepúsculo en las torres (Twilight at the towers) es un relato de hombres lobo del escritor norteamericano Clive Barker, publicado en 1985.

Crepúsculo en las torres es, posiblemente, uno de los relatos de licántropos más curiosos de la segunda mitad del siglo XX. Aquí, los hombres lobo están involucrados en una trama gubernamental durante la guerra fría, marco sorprendente para esta clase de historias fantásticas.



Crepúsculo en las torres.

Twilight at the towers
, Clive Barker (1958- )


Las fotografías de Mironenko que le habían enseñado a Ballard dis taban mucho de ser instructivas. Sólo en una o dos de ellas aparecía el rostro del hombre de la KGB, plenamente; las restantes eran en su ma yoría confusas y poco claras: delataban sus orígenes furtivos. Eso no preocupó demasiado a Ballard. Una larga experiencia, en ocasiones amarga, le había enseñado que el ojo estaba siempre demasiado dis puesto al engaño, pero existían otras facultades..., los restos de unos sentidos que la vida moderna había vuelto obsoletos... y que él había aprendido a poner en juego, para oler los síntomas más leves de trai ción. De esta capacidad se valdría cuando se encontrara con Mironen ko. Con ellos le arrancaría la verdad a aquel hombre.

¿La verdad? Ahí residía la cuestión más intrincada, porque, en este contexto, ¿acaso no era la sinceridad una fiesta móvil? Sergei Zakharovich Mironenko había sido Jefe de Sección de la Directiva S de la KGB durante once años, y había tenido acceso a la información más confiden cial sobre la dispersión de ilegales soviéticos en Occidente. Sin embar go, en las últimas semanas se había desencantado de sus amos actuales y había manifestado su consiguiente deseo de desertar al Servicio de Se guridad Británico. A cambio de los complicados esfuerzos que se ten drían que realizar por su culpa, se había ofrecido a actuar como agente dentro de la KGB durante un período de tres meses, concluido el cual lo conducirían al seno de la democracia y lo ocultarían donde sus vengati vos jefes supremos no lograran encontrarlo jamás. Le había tocado a Ballard encontrarse cara a cara con el ruso, en la esperanza de estable cer si la deslealtad de Mironenko para con su ideología era real o fingi da. La respuesta no vendría de labios de Mironenko, y Ballard lo sabía. sino de algún matiz de su comportamiento que sólo el instinto lograría comprender.

En otra época, Ballard habría encontrado fascinante el acertijo, cada uno de sus pensamientos vigilantes habrían dado vueltas al problema por descifrar. Pero tal compromiso había pertenecido a un hombre convencido de que sus actos ejercían un efecto significativo sobre el mundo. Ahora había ganado en experiencia. Los agentes del Este y del Oeste se dedicaban a sus trabajos secretos sin interrupción. Conspiraban, confabulaban, de vez en cuando (aunque raramente) derramaban sangre. Se producían derrotas, pactos especiales y victorias tácticas me nores. Pero al final las cosas seguían más o menos como siempre.

Esta ciudad, por ejemplo. Ballard había ido por primera vez a Berlín en abril de 1969. Entonces tenía veintinueve años; acababa de terminar el adiestramiento intensivo y estaba listo para vivir un poco. Aunque allí no se había sentido cómodo. La ciudad le resultó carente de encanto, a menudo desierta. Odell, su colega durante los dos primeros años, había tenido que probarle que Berlín era merecedora de sus afectos, y cuando Ballard cayó, quedó perdido para el resto de su vida. Se sentía más en casa en esta ciudad dividida que en Londres. Su desasosiego, su idealis mo fallido y —quizá lo más agudo de todo— su terrible aislamiento, se parecían mucho a él. La ciudad y él mantenían una presencia en un erial de ambiciones muertas.

Encontró a Mironenko en la Germalde Galerie, y sí, las fotografías habían mentido. El ruso parecía tener más de cuarenta y seis años, y se le veía más enfermo que en aquellos retratos robados. Ninguno de los dos hombres dio muestras de reconocerse. Recorrieron la colección de la galería durante una buena media hora; Mironenko demostró un inte rés marcado, aparentemente genuino, hacia las obras expuestas. Sólo cuando ambos estuvieron seguros de que no los observaban, el ruso abandonó el edificio y condujo a Ballard hasta el amable suburbio de Dahlem, a una casa segura, mutuamente acordada. Allí, en la cocina pequeña y sin calefacción se sentaron y hablaron.

El dominio del inglés de Mironenko era inseguro, o al menos eso pa recía, aunque Ballard tuvo la impresión de que sus esfuerzos por encon trar el sentido eran tanto tácticos como gramaticales. De haber estado él en la situación del ruso, muy bien podría haber presentado la misma fa chada; rara vez resultaba dañino parecer menos competente de lo que uno era. A pesar de las dificultades que tenía para expresarse, las decla raciones de Mironenko eran inequívocas.

—Ya no soy comunista —dijo humildemente — . No he sido miem bro del partido, al menos no aquí. —Se llevó el puño al pecho y agre gó— : Desde hace muchos años.

Sacó del bolsillo de la chaqueta un pañuelo blancuzco, se quitó un guante, y de entre los pliegues del pañuelo extrajo un frasco de tabletas. —Perdóneme —dijo, y con unos golpecitos sacó las tabletas de la bo tella—. Tengo dolores. En la cabeza y en las manos.

Ballard esperó hasta que se hubo tragado la medicación antes de preguntarle:
—¿Por qué empezó a dudar?
El ruso se guardó el frasco y el pañuelo en el bolsillo; su rostro esta ba falto de toda expresión.
— ¿Cómo llega un hombre a perder la... la fe? —preguntó a su vez—. ¿Acaso será porque he visto demasiado, o tal vez demasiado poco?

Observó el rostro de Ballard para comprobar si sus palabras titubeantes tenían algún sentido. Al no encontrar allí comprensión alguna, volvió a intentarlo.

—Creo que el hombre que no cree que está perdido, lo está.

La paradoja fue expresada de forma elegante; la sospecha de Ballard en cuanto al verdadero dominio de Mironenko del inglés se confirmó.

—¿Está usted perdido en estos momentos? —inquirió Ballard.

Mironenko no respondió. Se quitó el otro guante y se miró las ma nos. Las píldoras que se había tragado no parecían ejercer ningún efecto sobre el dolor del que se había quejado. Abrió y cerró los puños, como un artrítico que comprobara el avance de su enfermedad. Sin levantar la vista, dijo:

—Me enseñaron que el Partido tenía soluciones para todo. Eso me liberó del temor.
—¿Y ahora?
—¿Ahora? —repitió—. Ahora tengo unos extraños pensamientos. Me llegan de ninguna parte...
—Siga —lo animó Ballard.
—Tiene que conocerme por dentro y por fuera, ¿verdad? —Miro nenko ensayó una sonrisa forzada—. ¿Hasta lo que sueño?
—Sí —respondió Ballard.
—Nosotros haríamos lo mismo —replicó, asintiendo con la cabeza. Después de una pausa, agregó—: A veces he pensado que me partiría. ¿Entiende lo que digo? Que me rompería, porque dentro de mí llevo una rabia tan grande... Y eso hace que tenga miedo, Ballard. Creo que verán cuánto los odio. —Miró a su interrogador—. Tienen que darse prisa, o me descubrirán. Procuro no pensar en lo que harían. —Volvió a hacer una pausa. Se le había borrado del rostro todo vestigio de sonrisa, por más carente de humor que fuera—. La Directiva cuenta con Depar tamentos de los que ni siquiera yo estoy enterado. Hospitales especiales donde nadie puede entrar. Saben cómo despedazarle el alma a un hom bre.

Ballard, el pragmático de siempre, se preguntó si el vocabulario de Mironenko no era un tanto ampuloso. De haber estado él en manos de la KGB dudaba mucho que estuviera pensando en la satisfacción de su propia alma. Al fin y al cabo, era en el cuerpo donde se alojaban las ter minaciones nerviosas. Hablaron durante una hora o más; la conversación giró en torno de la política y los recuerdos personales, las trivialidades y la confesión—Acabada la entrevista, a Ballard no le cabía ninguna duda sobre la anti patía que Mironenko profesaba a sus amos. Era, como él mismo lo ha bía dicho, un hombre sin fe. Al día siguiente, Ballard se encontró con Cripps en el restaurante del Hotel Schweizerhof, y le presentó un informe oral sobre Miro nenko.

—Está dispuesto y espera. Pero insiste en que nos demos prisa en decidirnos.
— Era de suponer —comentó Cripps.

Ese día, el ojo de vidrio le molestaba; el aire frío, explicó, lo volvía lerdo. Se movía a una velocidad levemente inferior que su ojo verdade ro, y en ocasiones se veía obligado a darle un ligero toque con el dedo para ponerlo en movimiento.

—No permitiremos que nos metan prisas para tomar una decisión —dijo Cripps.
—¿Dónde está el problema? No tengo ninguna duda sobre su com promiso, ni sobre su desesperación.
—Ya te he oído —repuso Cripps—. ¿Quieres algo de postre?
—¿Es que dudas de mis evaluaciones? ¿Es eso?
—Toma algo dulce para terminar, así no me sentiré un perfecto réprobo.
—Crees que me equivoco con respecto a él, ¿verdad? —insistió Ba llard. Al ver que Cripps no contestaba, se inclinó sobre la mesa y volvió a insistir—: Es así, ¿verdad?
—Simplemente digo que tenemos motivos para ir con cuidado —re puso Cripps — . Si finalmente decidimos aceptarlo a bordo, los rusos se sentirán muy disgustados. Hemos de estar seguros de que el trato vale la pena como para soportar el mal tiempo que se nos avecina. En estos momentos, las cosas se presentan muy arriesgadas.
—¿Y cuándo no? —replicó Ballard—. Dime una sola ocasión en que no haya habido una crisis en perspectiva.

Se reclinó en la silla e intentó leer en el rostro de Cripps. El ojo de vi drio era, si acaso, más cándido que el verdadero.

—Estoy harto de este maldito juego —murmuró Ballard. —¿Por el ruso? —inquirió Cripps; su ojo de vidrio dio vueltas.
—Puede ser.
—Créeme —le dijo Cripps—, tengo buenos motivos para ir con cui dado con este hombre. —Dime uno.
—No hay nada comprobado.
—¿Qué tienes contra él? —insistió Ballard.
—Ya te lo he dicho, son rumores —repuso Cripps.
—¿Por qué no se me informó?
Cripps sacudió ligeramente la cabeza y repuso:
—En este momento es algo puramente académico. Me has propor cionado un buen informe. Sólo quiero que entiendas que si las cosas no salen como crees que deberían, no es porque no hayamos confiado en tus evaluaciones.
—Ya veo.
—No, no ves nada —dijo Cripps—. Te sientes torturado, y no te culpo del todo.
—¿Y ahora, qué? ¿Se supone que tengo que olvidar que conocí a ese hombre?
—No vendría nada mal —repuso Cripps—. Ojos que no ven, cora zón que no siente.

Estaba claro que Cripps no se fiaba de Ballard como para aceptar sus consejos. Aunque en la semana siguiente Ballard realizó discretamente diversas averiguaciones sobre el caso Mironenko, estaba cantado que alguien había advertido a su círculo habitual de contactos para que man tuvieran la boca cerrada. Tal como estaban las cosas, las siguientes noticias sobre el caso le lle garon a Ballard a través de las páginas de los diarios de la mañana, en un artículo sobre un cadáver hallado en una casa, cerca de la estación, en Kaiser Damm. En el momento de leer la noticia, no tenía forma de sa ber cómo podía estar ligada con Mironenko, pero la nota contenía deta lles suficientes como para despertar su interés. Por una parte, sospecha ba que la casa indicada en el artículo había sido utilizada en algunas oca siones por el Servicio; por otra, el artículo explicaba que dos hombres no identificados habían estado a punto de ser sorprendidos en el acto de sacar el cadáver de allí, con lo que se veía que aquél no era un crimen pasional.

Alrededor del mediodía fue a ver a Cripps a sus oficinas, con la espe ranza de obligarlo a darle alguna explicación, pero Cripps no estaba dis ponible, ni lo estaría, según le explicó la secretaria, hasta nuevo aviso; habían surgido ciertos asuntos en Munich que lo habían obligado a re gresar allí. Ballard le dejó dicho que quería hablar con él en cuanto re gresara. Cuando volvió a salir al aire frío, notó que se había ganado un admi rador: un individuo de cara delgada, cuyos cabellos se le habían retirado de la frente, dejándole una ridícula melena en la parte más alta de la ca beza. Ballard lo reconoció; lo había visto en el entorno de Cripps, pero no lograba ponerle nombre a la cara. Se lo proporcionaron rápidamente.

—Suckling —dijo el hombre.
—Ah, claro, hola —dijo Ballard.
—Creo que será mejor que hablemos, si tiene un momento —le ex plicó el hombre.

Su voz estaba tan contraída como sus facciones; Ballard no quería saber nada de sus chismorreos. Estaba apunto de rechazar la oferta, cuando Suckling le dijo:

—Supongo que se habrá enterado de lo que le pasó a Cripps.
Ballard negó con la cabeza. Encantado de poseer aquella piedra preciosa, Suckling agregó:
—Tenemos que hablar.

Caminaron por la Kantstrasse hacia el zoológico. La calle bullía de peatones que iban a comer, pero Ballard apenas reparó en ellos. La his toria que Suckling le desveló mientras caminaban exigía su absoluta atención. Se la refirió con sencillez. Al parecer, Cripps había arreglado un en cuentro con Mironenko para realizar su propia evaluación de la integri dad del ruso. La casa de Schöneberg, escogida para la reunión, había sido utilizada en varias ocasiones anteriores, y durante mucho tiempo se la había considerado como uno de los lugares más seguros de la ciudad. Sin embargo, la noche anterior quedó probado que no era así. Los hom bres de la KGB habían seguido a Mironenko hasta la casa y luego inten taron aguarles la fiesta. No había testigos que pudieran decir lo que ocu rrió después: los dos hombres que habían acompañado a Cripps, uno de los cuales era Odell, el antiguo colega de Ballard, habían muerto, y Cripps estaba en coma.

— ¿Y Mironenko? —inquirió Ballard.
—Se lo llevaron a la madre patria, al menos eso se presume —repuso Suckling encogiéndose de hombros.
Ballard olfateó un soplo de engaño en el hombre.
—Me conmueve que me mantenga usted al día —le comentó a Suc kling— . Pero ¿por qué?
—Odell y usted eran amigos, ¿no? —fue la respuesta—. Ahora que Cripps está fuera de circulación, ya no le quedan muchos.
—¿De veras?
—No es mi intención ofenderlo —se apresuró a aclarar Suckling—. Pero tiene usted reputación de disidente.
—Vaya al grano —le ordenó Ballard.
—No hay ningún grano —protestó Suckling—. Simplemente creí que tenía que enterarse de lo ocurrido. Con esto me estoy jugando el pescuezo.
—Buen intento el suyo —dijo Ballard.
Se detuvo. Suckling dio un paso o dos antes de volverse para encon trarse con un Ballard sonriente.
—¿Quién le ha enviado?
—Nadie —repuso Suckling.
—Muy astuto esto de ponerme al tanto sobre el chismorreo de la corte. Estuve a punto de creérmelo. Es usted muy verosímil.
El rostro de Suckling no era lo suficientemente rechoncho como para ocultar un tic en la mejilla.
—¿Por qué motivo sospechan de mí? ¿Creen que conspiro con Miro nenko? ¿Es eso? No, no creo que sean tan estúpidos.
Suckling sacudió la cabeza, como un médico en presencia de una en fermedad incurable, y dijo:
—Le gusta hacerse enemigos, ¿eh?
—Es un riesgo del oficio. No se me ocurriría dejar de dormir por eso. En realidad no lo hago.
—Hay cambios en el aire —dijo Suckling—. En su lugar, me asegu raría de tener las respuestas preparadas.
—A la mierda las respuestas —repuso Ballard cortésmente —. Creo que ya es hora de que prepare las preguntas adecuadas.

El que enviaran a Suckling para sondearlo olía a desesperación Querían información desde dentro, pero, ¿sobre qué? ¿Acaso creían de verdad que estaba relacionado con Mironenko o, lo que era peor, con la KGB misma? Dejó que se aplacara su resentimiento, porque levantaba demasiado barro y necesitaba aguas claras si quería encontrar el modo de salir de aquella confusión. De alguna manera, Suckling estaba per fectamente en lo cierto: tenía enemigos, y con Cripps de baja, era vulne rable. En tales circunstancias existían dos tipos de medidas. Podía re gresar a Londres y ocultarse, o quedarse en Berlín a esperar la siguiente maniobra por parte de ellos. Se decidió por esto último. El encanto del juego del escondite se fue difuminando rápidamente.

Al desviarse hacia el norte, en dirección a Leibnizstrasse, por el rabi llo del ojo vio el reflejo de un hombre de chaqueta gris en un escaparate. Fue un leve atisbo, pero tuvo la sensación de que conocía la cara de ese hombre. Se preguntó si le habrían asignado un perro guardián. Se dio la vuelta y sus ojos se encontraron con los de aquel hombre; sostuvo su mi rada. El sospechoso pareció incómodo y apartó la vista. Una actuación, quizá; aunque quizá no. Poco importaba, pensó Ballard. Que lo vigila ran todo lo que quisieran. Estaba libre de culpa. Siempre y cuando más acá de la locura existiera tal estado. Una extraña felicidad embargó a Sergei Mironenko; felicidad que había llegado sin ton ni son y que llenaba su corazón a rebosar. Hasta el día anterior, las circunstancias le habían parecido insopor tables. El dolor en las manos, la cabeza y la columna había empeorado lentamente, y ahora lo acompañaba una comezón tan conminatoria que había tenido que cortarse las uñas al ras para no producirse serios da ños. Había llegado a la conclusión de que su cuerpo se rebelaba en con tra de él. Ése era el pensamiento que había intentado explicarle a Ba llard: que se encontraba dividido, y que temía que pronto iba a quedar partido en dos. Pero hoy había desaparecido el temor.

Pero no los dolores. Eran peores que el día anterior. Los músculos y los ligamentos le dolían como si los hubieran trabajado más allá de los lí mites de su propio diseño; en todas las articulaciones tenía moretones donde la sangre había roto sus cauces, debajo de la piel. Pero la sensa ción de rebelión inminente había desaparecido para ser reemplazada por una lánguida tranquilidad. Y en su centro, una felicidad total. Cuando intentó reflexionar acerca de los últimos acontecimientos, descifrar qué había desatado esta transformación, su memoria le jugó sucio. Lo habían citado para encontrarse con el superior de Ballard, de eso se acordaba. Pero ya no recordaba si había acudido a la cita. La no che había quedado en blanco. Ballard sabría cómo estaban las cosas, reflexionó. Desde el principio le había caído bien y había confiado en el inglés; presintió que, a pesar de las muchas diferencias existentes entre ambos, se parecían más de lo esperado. Y se dejó guiar por ese instinto; encontraría a Ballard, de eso estaba seguro. El inglés se sorprendería de verlo, al principio se enfada ría incluso. Pero cuando le contara a Ballard la felicidad que acababa de encontrar, ¿acaso no le perdonaría sus pecados?

Ballard cenó tarde, y bebió hasta más tarde aún en El Cuadrilátero, un pequeño bar de travestidos al que había ido por primera vez con Odell, hacía ya casi veinte años. Sin duda, su guía había tenido la inten ción de probar su sofisticación mostrándole al colega bisoño la decaden cia de Berlín, pero Ballard, aunque nunca había experimentado ningún frisson sexual en compañía de la clientela del Cuadrilátero, se había sen tido inmediatemente como en casa. Respetaban su neutralidad; nadie intentaba abordarlo. Dejaban simplemente que bebiera y observara el desfile de géneros. Al ir allí, aquella noche, había despertado el fantasma de Odell, cuyo nombre sería borrado de las conversaciones por su relación con el asunto Mironenko. Ballard había asistido a ese proceso en otras ocasio nes. La historia no perdonaba los errores, a menos que fueran tan pro fundos que alcanzaran una especie de grandeza. Para los Odells del mundo, hombres ambiciosos que se habían encontrado, muy a pesar de ellos, en un callejón sin salida que no daba lugar a retirada alguna; para tales hombres no se pronunciarían bonitas palabras, ni se les concede rían medallas. Sólo existiría para ellos el olvido.

Aquellas reflexiones le produjeron melancolía, y bebió mucho para mantener sus ebrios pensamientos, pero cuando a eso de las dos de la madrugada salió a la calle, su depresión se encontraba obnubilada sólo a medias. Los buenos burgueses de Berlín hacía rato que estaban en la cama; al día siguiente había que ir a trabajar. El sonido del tráfico de la Kurfürstendamm era la única señal cercana de vida. Se dirigió hacia allí; sus pensamientos eran muy ligeros. Detrás de él, risas. Un muchacho, encantadoramente vestido de es trella de cine, pasó tambaleante por la acera, del brazo de su serio acompañante. Ballard reconoció al travestido, que era parroquiano del bar; el cliente, a juzgar por su traje sobrio, provenía de fuera de la ciu dad y deseaba saciar su sed de muchachos vestidos de chicas a espaldas de su esposa. Ballard siguió caminando. La risa del muchacho, de una musicalidad abiertamente forzada, le produjo dentera. Oyó a alguien correr cerca de allí; por el rabillo del ojo vio moverse una sombra. Seguramente sería su perro guardián. Aunque el alcohol le había obnubilado los instintos, sintió que despuntaba una cierta ansie dad, cuyas raíces no logró precisar. Siguió caminando. Unos temblores ligeros como plumas le recorrieron el cráneo.

Un poco más adelante, notó que la risa proveniente de la calle que había dejado atrás había cesado. Miró por encima del hombro, como es perando ver abrazados al muchacho y a su cliente. Pero habían desaparecido; se habían escabullido por uno de los callejones, sin duda, a con cluir su trato en la oscuridad. Cerca de allí, en alguna parte, un perro se había puesto a ladrar furiosamente. Ballard se dio la vuelta para obser var el camino por el que había venido, retando a la calle desierta a que le mostrara sus secretos. Fuera lo que fuese lo que le producía el zumbido en la cabeza y la comezón en las palmas de las manos, no era una ansie dad cualquiera. En la calle había algo extraño; a pesar de su aspecto ino cente, ocultaba ciertos terrores. Las luces brillantes de Kurfürstendamm se encontraban a unos mi nutos de distancia, pero no quería volverle la espalda a este misterio para refugiarse en ellas. Siguió caminando por donde había venido, len tamente. El perro ya no experimentaba alarma alguna, y había callado; por toda compañía tenía el sonido de sus pasos.

Llegó a la esquina del primer callejón y escudriñó en su interior. No había luces en las ventanas ni en los portales. No presintió ninguna pre sencia humana en la oscuridad. Cruzó el callejón y caminó hasta el si guiente. Un olor sensual flotó de repente en el aire, y se hizo más profu so cuando se acercó a la esquina. Mientras lo aspiraba, el zumbido de la cabeza se hizo más agudo, hasta alcanzar la amenaza del trueno. En la garganta del callejón titiló una luz solitaria, un magro relumbre proveniente de una ventana superior. Gracias a ella, vio el cuerpo del cliente del travestido, despatarrado en el suelo. Lo habían mutilado de una forma tan traumática que daba la impresión de que habían intenta do volverlo del revés. De las vísceras desparramadas, manaba un olor pleno en toda su complejidad. Ballard había visto muertes violentas en otras ocasiones, y se creyó indiferente al espectáculo. Pero algo en aquel callejón le había desaliña do la calma. Empezaron a temblarle las piernas. Entonces, más allá del haz luminoso, el muchacho habló. —En nombre de Dios... —dijo.

Su voz había perdido toda pretensión de femineidad, era un murmu llo de genuino terror. Ballard avanzó un paso por el callejón. Ni el muchacho ni el motivo de su susurrante plegaria fueron visibles hasta que hubo avanzado unos diez metros. El muchacho se encontraba medio sepultado entre las ba suras, junto a una pared. Le habían arrancado las lentejuelas y los tafe tanes; su cuerpo era pálido y asexuado. No pareció notar la presencia de Ballard: sus ojos estaban fijos en las más profundas sombras. A Ballard le temblaron aún más las piernas cuando siguió la mirada del muchacho; era lo máximo que podía hacer para impedir que los dientes le castañetearan. No obstante, continuó avanzando, no por el bien del muchacho (le habían enseñado que el heroísmo tenía poco mé rito), sino porque sentía curiosidad; más que curiosidad, estaba ansioso por ver qué clase de hombre era capaz de semejante violación fortuita. Ver cara a cara semejante ferocidad le pareció en ese momento lo más importante del mundo. El muchacho lo vio y murmuró una penosa súplica, pero Ballard apenas la oyó. Presintió que otros ojos lo miraban, y al posarse sobre él, fue como si lo hubieran golpeado. El ruido de la cabeza adquirió un rit mo enloquecedor, como el sonido de los rotores de un helicóptero. En segundos, se convirtió en un rugido enceguecedor.

Ballard se tapó los ojos con las manos y se tambaleó hacia atrás, con tra la pared, apenas consciente de que el asesino salía de su escondite (alguien removió la basura) y se aprestaba a huir. Sintió que algo lo ro zaba y abrió los ojos justo a tiempo para ver al hombre alejarse por el pasadizo. Parecía deformado; tenía como una joroba y la cabeza dema siado grande. Ballard le gritó, pero el enloquecido siguió corriendo; sólo se detuvo un momento para mirar el cadáver antes de continuar a toda velocidad hacia la calle. Ballard se apartó de la pared y se irguió. El ruido de la cabeza dismi nuyó un poco, el mareo se le pasaba. Detrás de él, el muchacho había comenzado a gemir.

— ¿Lo ha visto? ¿Lo ha visto?
— ¿Quién era? ¿Alguien a quien conocía usted?
El muchacho se quedó mirando a Ballard con sus enormes ojos pin tados, como un ciervo asustado.
— ¿Alguien...? —dijo.

Ballard se disponía a repetir la pregunta cuando oyó el chirrido de unos frenos, seguido del sonido de un impacto. El muchacho se cubrió con el roto trousseau, y Ballard volvió a la calle. Cerca de allí se oían vo ces; se dirigió hacia ellas a toda prisa. Atravesado en la calzada se en contraba un coche grande, con las luces encendidas. Alguien ayudaba al conductor a salir de su asiento, mientras sus pasajeros —venían de una fiesta a juzgar por los trajes y los rostros enrojecidos por la bebida— dis cutían furiosamente cómo había ocurrido el accidente. Una de las muje res hablaba de un animal que había visto en el camino, pero otro de los pasajeros la corrigió. El cuerpo que yacía en la cuneta, donde había sido arrojado por el impacto, no era el de un animal.

Ballard apenas había logrado ver al asesino en el callejón, pero supo instintivamente que era éste. No había rastro de las deformaciones que había creído distinguir; era sólo un hombre vestido con un traje que ha bía visto mejores épocas. Yacía boca abajo, en un charco de sangre. La policía había llegado ya, y un oficial le gritó que se apartara del cuerpo; Ballard pasó por alto la orden y se acercó para ver el rostro del muerto. En él no había muestras de la ferocidad que tanto había ansiado ver. Sin embargo, reconocía en él muchas cosas. Era Odell. Dijo a los oficiales que no había visto el accidente, lo que en esencia era cierto, y huyó de allí antes de que se descubrieran los hechos acaeci dos en el callejón adyacente. Al regresar a sus habitaciones, cada rincón le formulaba una nueva pregunta. La principal de todas: ¿por qué le habían mentido sobre la muerte de Odell? ¿Qué psicosis había hecho presa de él para que ma tara de la forma que Ballard había visto? Sabía que no obtendría la res puesta a estas pregunta de quienes en otras épocas fueran sus colegas. La única persona a la que hubiera podido arrancarle alguna respuesta era Cripps. Recordó la discusión que tuvieron sobre Mironenko. y «los motivos para tener cuidado» mencionados por Cripps en relación con el ruso. El ojo de vidrio había sabido entonces que había algo en el aire, aunque ni siquiera él mismo había logrado imaginar el grado del verdadero desastre. Dos agentes muy valiosos habían sido asesinados; Mironenko había desaparecido, supuestamente estaría muerto: él mis mo — si había de creer a Suckling— estaba al borde de la muerte. Todo aquello había comenzado con Sergei Zakharovick Mironenko. el hom bre perdido de Berlín. Al parecer su tragedia era contagiosa.

Ballard decidió que al día siguiente encontraría a Suckling y lo obli garía a darle alguna respuesta. Mientras tanto, le dolían la cabeza y las manos, y quería dormir. La fatiga le impedía razonar adecuadamente, y si en algún momento necesitó de esa facultad, era ahora. A pesar del agotamiento, el sueño tardó una hora o más en llegar, y cuando por fin lo hizo, no le sirvió de alivio. Soñó con unos susurros y, por encima de ellos, elevándose como para ahogarlos, el rugido de los helicópteros. En dos ocasiones despertó del sueño con la cabeza a punto de estallarle: y en las dos ocasiones, un ansia por comprender lo que decían los susurros lo devolvieron a la almohada. Cuando despertó por tercera vez. el ruido de las sienes se había vuelto acuciante: era como un asalto que arrasaba con todo pensamiento, y le hizo temer por su cordura. Casi incapaz de ver la habitación de tanto dolor, salió de la cama a rastras.

—Por favor... —murmuró, como si hubiera alguien que pudiera ayudarlo a superar su miseria.
De la oscuridad surgió una voz tranquila que le contestó:
— ¿Qué quieres?
No interrogó al interrogador, se limitó a decir:
— Que me quiten el dolor.
— Puedes hacerlo tú mismo —le informó la voz.
Se apoyó contra la pared, sosteniéndose la cabeza con las manos y llorando agónicas lágrimas. —No sé cómo.
— Los sueños son los que te causan dolor —repuso la voz—, has de olvidarlos. ¿Entiendes? Olvídalos, y el dolor cesará.

Entendió las instrucciones, pero no sabía cómo llevarlas a cabo. En el sueño no tenía ningún poder. Era él el objeto de esos murmullos, y no al revés. Pero la voz insistió.

— El sueño te hace daño, Ballard. Has de sepultarlo. Sepúltalo bien hondo.
—¿Sepultarlo?
—Haz con él una imagen, Ballard. Imagínatelo detalladamente.

Hizo lo que le ordenaban. Se imaginó un cortejo fúnebre, y un ataúd; dentro del ataúd, el sueño. Hizo que los enterradores cavaran bien hondo, tal como la voz le sugiriera, para que no pudiera nadie de senterrar jamás aquella dolorosa cosa. Pero cuando imaginó que baja ban el ataúd a la fosa, oyó que la tapa crujía. El sueño no se estaba quieto. Rechazaba el confinamiento. La tapa del ataúd comenzó a romperse.

—¡De prisa! —le urgió la voz.
El ruido de los rotores era ensordecedor. Empezó a manarle sangre de la nariz; sintió un sabor salado en la garganta.
—¡Acaba con él! —aulló la voz por encima del tumulto—. ¡Tápalo!
Ballard miró dentro de la fosa. El ataúd se sacudía.
—¡Tápalo, maldita sea!

Intentó obligar al cortejo fúnebre a que obedeciera; les exigió que empuñaran las palas y sepultaran aquella ofensiva cosa viviente, pero no le hicieron caso. En cambio, miraron fijamente hacia el interior de la tumba, igual que él. y observaron cómo el contenido del ataúd luchaba por alcanzar la luz.

—¡No! —exigió la voz, con creciente cólera—. ¡No debes mirar!
El ataúd bailó en la fosa. La tapa se astilló. Brevemente, Ballard lo gró ver algo brillante entre las maderas.
—¡Te matará! —gritó la voz.

Como para probar su aserción, el volumen del sonido se elevó hasta volverse insoportable, llevándose al cortejo fúnebre, el ataúd y todo lo demás en una llamarada de dolor. De repente, dio la impresión de que lo que la voz había dicho era verdad, que estaba al borde de la muerte. Pero no era el sueño el que conspiraba para matarlo, sino el centinela que habían apostado entre él y el sueño: aquella cacofonía que le destro zaba los sesos. Hasta ese momento no había notado que había caído al suelo, pos trado bajo aquel asalto. Tendió las manos ciegamente y encontró la pa red, se arrastró hasta ella; las máquinas seguían rugiendo detrás de sus ojos, la sangre se le agolpó en la cara. Se incorporó como pudo y comenzó a avanzar hacia el lavabo. A su espalda, la voz había logrado controlar su rabieta e iniciaba la exhorta ción desde el principio. Su sonido era tan íntimo que se volvió del todo con la esperanza de ver a su interlocutor; no se sintió defraudado. Por unos fugaces instantes le dio la impresión de encontrarse en una peque ña habitación sin ventanas, de blancas paredes. La luz era brillante y en el centro del cuarto estaba la cara de la que provenía la voz. Sonreía.

— Los sueños te dan dolor —dijo. Otra vez el primer mandamien to— . Entiérralos, Ballard, y el dolor habrá cesado.
Ballard lloraba como un niño; aquella mirada escrutadora le pro vocaba vergüenza. Apartó la mirada de su tutor, para ocultar las lá grimas.
— Confía en nosotros —le dijo otra voz, muy cercana—. Somos tus amigos.
No se fiaba de sus bonitas palabras. El dolor del que decían querer salvarlo era obra de ellos; era como una vara con la que le pegaban si los sueños volvían a surgir.
—Queremos ayudarte —dijo otra voz, o quizá la misma.
—No... —murmuró Ballard—. No, maldita sea... No..., no os... creo...

La habitación desapareció y volvió a encontrarse en el dormitorio, aferrado a la pared como un alpinista a la cara de un risco. Antes de que regresaran con más palabras, y más dolor, a tientas, llegó a la puerta del lavabo y ciegamente se abalanzó hacia la ducha. Por un momento, el pá nico se apoderó de él mientras buscaba los grifos; después, el agua salió a borbotones. Estaba terriblemente fría, pero puso la cabeza debajo del chorro, mientras la violencia embestida de los rotores intentaba destro zarle el cráneo. El agua helada le cayó por la espalda; dejó que la lluvia lo mojara como un torrente y, poco a poco, los helicópteros se fueron alejando. Aunque temblaba de frío, no se movió hasta que el último se hubo marchado; entonces, se sentó en el borde de la bañera, secándose el agua que le caía por el cuello, la cara y el cuerpo, y poco después, cuando sintió que sus piernas recuperaban las fuerzas, volvió al dormi torio. Se acostó sobre las mismas sábanas arrugadas, en la misma posición en que había yacido antes; sin embargo, nada era igual. No sabía qué había cambiado en él, ni cómo, pero así permaneció, sin que el sueño molestara su serenidad durante el resto de la noche. Intentó descifrar aquel enigma; poco antes del amanecer recordó las palabras que había balbuceado al encontrarse cara a cara con el engaño. Palabras simples, pero ¡cuánto poder encerraban!

—No os creo... —dijo; y los mandamientos temblaron.

Faltaba media hora para el mediodía cuando llegó a la pequeña em presa exportadora de libros que servía de tapadera a Suckling. Se sentía ingenioso, a pesar de la mala noche que había pasado; rápidamente lo gró engatusar a la recepcionista para que lo dejase pasar, y entró en el despacho de Suckling sin hacerse anunciar. Cuando Suckling vio al visi tante, saltó de su asiento como si le hubieran disparado.

—Buenos días —le dijo Ballard — . Creo que ya es hora de que ha blemos.
Los ojos de Suckling se posaron velozmente en la puerta del despa cho, que Ballard había dejado entreabierta.
—Lo siento, ¿hay corriente? —inquirió Ballard cerrando la puerta con suavidad—. Quiero vera Cripps.
Suckling paseó la vista por el mar de libros y manuscritos que ame nazaban con tragarse su escritorio y le preguntó:
—¿Cómo se le ocurre venir aquí? ¿Se ha vuelto loco? —Dígales que soy amigo, de la familia —sugirió Ballard. —No puedo creer que sea usted tan estúpido.
— Dígame cómo llegar hasta Cripps y me iré.
Suckling no le prestó atención y prosiguió con su andanada: —He tardado dos años en crearme esta tapadera. Ballard se echó a reír.
— ¡Informaré de esto, maldita sea!
—Debería hacerlo —repuso Ballard, levantando la voz—. Mientras tanto, ¿dónde está Cripps?
Aparentemente convencido de que estaba ante un loco, Suckling controló su ataque de ira y le dijo:
—Está bien, haré que alguien vaya a visitarlo y lo conduzca hasta él.
—No me parece bien —repuso Ballard.

En dos zancadas se acercó a Suckling y lo sujetó por la solapa. En diez años había pasado a lo sumo unas tres horas en compañía de Suckling, pero en su presencia no había habido un solo instante en el que no hubiera sentido unas ganas tremendas de hacer lo que se disponía a hacer en ese momento. Le apartó las manos de golpe y lo empujó contra la pared ta pizada de libros. Una pila de libros cayó al tocarla Suckling con el pie.

—Se lo repito, quiero ver al viejo.
—Quíteme sus sucias manos de encima —le ordenó Suckling, con redoblada furia porque lo habían tocado.
—Insisto, quiero ver a Cripps.
—Haré que le llamen la atención por esto. ¡Haré que lo echen!
Ballard se inclinó hacia la cara enrojecida y sonrió.
—De todas maneras yo estoy fuera. Han muerto varios, ¿lo recuer da? Londres necesita un chivo expiatorio, y creo que seré yo. —Suc kling se quedó de una pieza—. De modo que no tengo nada que perder, ¿verdad? —No hubo respuesta. Ballard se acercó más a Suckling y lo aferró con mayor fuerza—. ¿Verdad?
—Cripps ha muerto —le informó Suckling, perdiendo el valor.
—Lo mismo dijo de Odell —repuso Ballard sin soltarlo. Al oír aquel nombre, los ojos de Suckling se abrieron desmesuradamente — . Y lo vi anoche, en la ciudad.
—¿Vio a Odell?
—Claro que sí.

Al mencionar al hombre muerto, Ballard recordó la escena del calle jón. El olor del cuerpo, los sollozos del muchacho. Existían otras creen cias, pensó Ballard, más allá de la que una vez había compartido con la criatura que tenía debajo de él. Creencias cuyas devociones se cons truían con sangre y sudor, cuyos dogmas eran sueños. ¿Acaso no era la oración perfecta para bautizarse en esa nueva creencia con la sangre del enemigo? En algún rincón de su mente logró oír los helicópteros, pero no los dejó levantar vuelo. Se sentía fuerte; las manos, la cabeza, tenían fuerza. Cuando acercó las uñas hacia los ojos de Suckling, la sangre manó fácilmente. Debajo de la carne tuvo una visión momentánea de la cara, de los rasgos de Suckling desnudos hasta la esencia misma.

— ¿Señor?
Ballard miró por encima del hombro. La recepcionista estaba de pie. en el umbral de la puerta.
— Lo siento —se disculpó la muchacha, dispuesta a retirarse.
A juzgar por el sonrojo de la chica, era como si hubiese interrumpido una cita de amantes.
—Quédese —le ordenó Suckling—. El señor Ballard... ya se iba.
Ballard soltó a su presa. Surgirían otras oportunidades de cobrarse la vida de Suckling.
— Ya volveremos a vernos —le dijo.
Suckling sacó un pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta y se lo apretó contra la cara.
—Cuente con ello —repuso.

Ahora irían por él, no le cabía ninguna duda. Era un elemento mo lesto, y lucharían por acallarlo lo antes posible. La idea no le disgustaba. Lo que habían intentado hacerle olvidar con el lavado de cerebro era más ambicioso de lo que había previsto; aunque le habían enseñado a enterrarlo muy hondo, estaba cavando para surgir a la superficie. Toda vía no lograba verlo, pero sabía que estaba cerca. En más de una oca sión, cuando iba camino de regreso a sus habitaciones, imaginó que. de trás de él, alguien lo observaba. Quizá lo seguían todavía, pero su instin to le indicaba lo contrario. La presencia que sentía cerca —tan cerca que a veces se encontraba justo a sus espaldas— era quizá otra parte de él. Se sintió protegido por aquella presencia, como si fuera un dios menor. En cierto modo había esperado encontrarse con un comité de recep ción en sus habitaciones, pero no había nadie. Estaba claro que Suck ling había tenido que demorar su llamada de alarma, o bien que la jerar quía superior continuaba discutiendo las tácticas. Se metió en los bolsi llos las escasas pertenencias que deseaba ocultar de los ojos calculadores del enemigo y abandonó otra vez el edificio sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

Era una gran sensación estar vivo, a pesar del frío, que hacía que las calles mortecinas fueran más mortecinas aún. Sin motivo aparente, de cidió ir al zoológico; aunque durante veinte años había visitado la ciu dad en muchas ocasiones jamás había visto el zoológico. Mientras cami naba, se le ocurrió que nunca había sido tan libre como en ese momento en que se había despojado del poder como de una chaqueta vieja. Con razón le tenían miedo. Tenían motivos. La Kantstrasse estaba atestada, pero se abrió paso entre los tran seúntes con facilidad, como si presintieran una extraña certeza en él que los obligaba a apartarse. Al acercarse a la entrada del zoo, sin embargo, alguien tropezó con él. Se volvió para recriminar al muchacho, pero sólo alcanzó a verle la nuca cuando se confundía con la multitud que iba hacia Herdenbergstrasse. Sospechó que habían intentado robarle, y se registró los bolsillos. Encontró un trozo de papel en uno de ellos. No fue tan tonto como para examinarlo en el acto, sino que echó un vistazo a su alrededor para comprobar si reconocía al correo. El hombre ya había desaparecido.

Demoró la visita al zoo y se dirigió al Tiergarten; allí —en la espesu ra del gran parque— buscó un lugar donde leer el mensaje. Era de Mironenko, y le pedía una cita para hablar de un asunto de considerable ur gencia; le indicaba una casa en Marienfelde como lugar de encuentro. Ballard memorizó los detalles y destruyó la nota. Era perfectamente posible que la nota fuera una trampa, tendida por los de su bando o por los del opuesto. Quizá era una forma de poner a prueba su lealtad, o de manipularlo para hacerlo caer en una situación en la que pudieran despacharlo fácilmente. Sin embargo, a pesar de sus dudas, no le quedaba más remedio que acudir, en la esperanza de que quien lo citaba fuera en realidad Mironenko. Fueran cuales fuesen los peligros de aquel encuentro, no le resultaban del todo nuevos. En reali dad, y teniendo en cuenta las dudas que había abrigado durante tanto tiempo acerca de la eficacia de la visita, ¿no habían sido todas las citas concertadas por él unas citas a ciegas? Hacia el anochecer, el aire húmedo se espesó hasta formar una nie bla; cuando bajó del autobús en Hildburghauserstrasse ya se había apo derado de la ciudad, otorgándole al frío nuevos poderes para producir incomodidades.

Ballard avanzó rápidamente por las calles silenciosas. Apenas cono cía el barrio, pero su proximidad al Muro le había arrancado el escaso encanto que alguna vez pudo haber tenido. Muchas de las casas estaban deshabitadas, y las pocas que no lo estaban se encontraban cerradas a cal y canto para impedir el paso de la noche, el frío y las luces que brilla ban desde las torres de vigilancia. Sólo con la ayuda del mapa logró en contrar la callecita que indicaba la nota de Mironenko. En la casa no había luces. Ballard llamó con fuerza, pero en el ves tíbulo no oyó la respuesta de unos pasos. Había pensado ya en varias posibilidades, pero el que en la casa no le contestaran no había sido una de ellas. Volvió a llamar una y otra vez. Sólo entonces oyó ruidos en el interior; finalmente, le abrieron la puerta. El pasillo estaba pin tado de gris y marrón, e iluminado por una bombilla desnuda. El hombre cuya silueta quedó recortada contra el monótono interior no era Mironenko.

—¿Sí? ¿Qué quiere? —le preguntó.
Hablaba alemán con un claro acento moscovita.
—Busco a un amigo mío —respondió Ballard.
El hombre, que era casi tan ancho como el umbral de la puerta, negó con la cabeza.
—Aquí no hay nadie. Sólo estoy yo.
— Me dijeron...
—Se habrá equivocado de casa.

En cuanto el portero hubo hecho el comentario, desde el fondo del triste pasillo le llegaron unos ruidos. Alguien derribaba unos muebles y empezaba a gritar. El ruso miró por encima del hombro y se disponía a cerrarle la puer ta en la cara a Ballard, pero éste puso el pie entre la puerta y el marco y se lo impidió. Aprovechando la distracción del hombre, Ballard apoyó el hombro contra la puerta y empujó. Se encontró en el pasillo —en rea lidad ya lo había recorrido hasta la mitad— antes de que el ruso fuera en su persecución. Los ruidos habían aumentado, ahogados ahora por los chillidos de un hombre. Ballard siguió aquellos sonidos hasta dejar atrás los dominios de la solitaria bombilla y adentrarse en la oscuridad del fondo de la casa. En aquel punto habría muy bien podido perderse, pero justo en ese instante una puerta se abrió violentamente delante de él. La habitación tenía el suelo de madera roja; brillaba como si lo aca baran de pintar. Y apareció el decorador en persona. Le habían abierto el torso desde el cuello hasta el ombligo. Se apretaba con las manos el canal abierto, pero poco pudo hacer para detener el torrente; la sangre le brotaba a chorros, y junto con ella saltaron las vísceras. La mirada del hombre encontró la de Ballard; sus ojos estaban llenos de muerte a re bosar, pero su cuerpo aún no había recibido la instrucción de echarse y morir; avanzó a tientas, en un deplorable intento de huir de la escena de la ejecución.

Ballard se quedó petrificado ante el espectáculo que contemplaba, y el ruso logró darle alcance; lo sujetó y lo arrastró de vuelta al pasillo. gritándole a la cara. Ballard no entendió palabra de la asustada perorata en ruso, pero no hizo falta que le tradujeran lo que le decían aquellas manos que se cerraron alrededor de su garganta. El ruso no era tan há bil como él, y aunque en las manos tenía la fuerza de un experto estrangulador, Ballard no hubo de hacer ningún esfuerzo para sentirse supe rior a su contrincante. Apartó las manos que le apretaban el cuello y lo golpeó en la cara. Fue un golpe fortuito. El ruso cayó contra la escalera y dejó de gritar. Ballard se volvió a mirar la habitación roja. El muerto había desapa recido, aunque en el umbral de la puerta quedaban trozos de su carne. Desde el interior le llegó una carcajada. Ballard se volvió hacia el ruso y preguntó:

—En nombre de Dios, ¿qué es lo que ocurre?
El otro se limitó a mirar fijamente hacia la puerta abierta. Al hablar Ballard, las risas cesaron. Una sombra se movió sobre la pared manchada de sangre del interior, y una voz dijo:
—¿Ballard?
La voz era ronca, como si el hablante hubiera gritado un día y una noche enteros, pero era la voz de Mironenko.
—No se quede ahí fuera, hace frío —le dijo—; entre. Y traiga a Solomonov.
El ruso hizo un esfuerzo por llegar hasta la puerta principal, pero Ballard logró asirlo antes de que hubiera logrado dar un par de pasos.
—No hay nada que temer, camarada —le dijo Mironenko—, el pe rro se ha marchado.

A pesar de la frase tranquilizadora, Solomonov comenzó a sollozar cuando Ballard lo empujó hacia la puerta abierta. Mironenko tenía razón; adentro hacía más calor. Y no había señales del perro. Sin embargo, había sangre en abundancia. El hombre que Ballard había visto tambalearse en el umbral de la puerta había sido arrastrado de vuelta a aquel matadero mientras el inglés luchaba con Solomonov. El cuerpo había sido tratado con una atrocidad sorpren dente. Le habían abierto la cabeza a golpes; y por el suelo estaban des parramadas sus vísceras. Acuclillado en un oscuro rincón de aquel horrible cuarto se encon traba Mironenko. A juzgar por la hinchazón de la cara y del torso, lo ha bían golpeado sin piedad, pero en la cara sin afeitar se dibujó una sonri sa para su salvador.

—Sabía que vendría —le dijo. Posó la mirada en Solomonov—. Me siguieron. Supongo que tenían intención de matarme. ¿Era eso lo que pretendíais, camarada?

Solomonov negó con la cabeza, lleno de miedo. Sus ojos pasaron rá pidamente de la magullada cara redonda de Mironenko a los trozos de vísceras desperdigados por todas partes, sin encontrar refugio alguno.

— ¿Qué los detuvo? —inquirió Ballard.
Mironenko se puso de pie. Incluso aquel lento movimiento hizo es tremecerse a Solomonov.
—Díselo al señor Ballard —le ordenó Mironenko—. Dile lo que ocurrió. —Solomonov estaba demasiado aterrado para contestar—. Es de la KGB —le explicó Mironenko—. Los dos son de confianza. Pero se ve que no les tenían tanta confianza como para avisarles. Pobres idiotas. Los enviaron a asesinarme armados de un revólver y una plegaria. —Se echó a reír ante aquel pensamiento—. En estas circunstancias, ninguna de las dos cosas les sirvió de mucho.
—Déjame ir... —murmuró Solomonov — , te lo suplico. No diré nada.
—Dirás lo que ellos quieran que digas, camarada, tal como hacemos todos —repuso Mironenko—. ¿No es así, Ballard? ¿No somos esclavos de nuestra fe?
Ballard observó atentamente la cara de Mironenko; reflejaba una plenitud no del todo atribuible a las magulladuras. Un hormigueo pare cía recorrerle la piel.
—Nos han vuelto desmemoriados —dijo Mironenko.
—¿De qué nos olvidamos? —preguntó Ballard. —De nosotros mismos —fue la respuesta.

Al contestar, Mironenko salió de su mugriento rincón y se plantó en la luz. ¿Qué le habían hecho Solomonov y su compañero muerto? La carne de Mironenko era una masa de pequeñas contusiones, y en el cuello y las sienes tenía unos bultos ensangrentados que Ballard habría confun dido con moretones, de no haberlos visto palpitar, como si algo anidara debajo de la piel. Sin embargo, Mironenko no dio señales de incomodi dad cuando tendió la mano hacia Solomonov. Al tocar al frustrado ase sino, éste perdió el control de la vejiga, pero las intenciones de Miro nenko no eran asesinas. Con una pavorosa ternura le quitó una lágrima que se deslizaba por la mejilla de Solomonov.

—Vuelve con ellos —aconsejó al tembloroso hombre —. Cuéntales lo que has visto.
Solomonov apenas podía creer lo que oía, o bien sospechó —igual que Ballard— que aquel perdón era una trampa, y que cualquier intento por alejarse de allí provocaría unas consecuencias fatales. Pero Mironenko insistió.
—Vete. Déjanos, por favor. ¿O preferirías quedarte y comer?
Solomonov dio un solo paso vacilante hacia la puerta. Al comprobar que no le había caído ningún golpe, dio otro paso, y un tercero, y luego salió por la puerta y se marchó.
— ¡Cuéntales! —les gritó Mironenko. Se oyó un portazo.
—¿Contarles qué? —preguntó Ballard.
—Que he recordado —repuso Mironenko—. Que he encontrado la piel que me habían robado.
Por primera vez desde que entrara en la casa, Ballard comenzó a sentir náuseas. No eran ni por la sangre ni por los huesos que yacían a sus pies, sino por la mirada de Mironenko. En una ocasión había visto unos ojos igual de brillantes. Pero ¿dónde?
—Usted... —dijo en voz baja—, usted lo ha hecho.
— Por supuesto —repuso Mironenko.
—¿Cómo? —preguntó Ballard. En la cabeza comenzó a retumbarle un estruendo familiar. Intentó no prestarle atención y quiso obligar al ruso a darle una explicación —. ¿Cómo, maldita sea?
—Somos iguales —repuso Mironenko—. Lo huelo en usted.
—No —negó Ballard.
El clamor aumentaba.
— Las doctrinas no son más que palabras. Lo que importa no es lo que nos enseñan, sino lo que sabemos, en lo más hondo, en el alma.

En otra ocasión había hablado del alma, de los lugares que sus amos habían construido para destrozar a los hombres. Entonces, Ballard lo había tomado como una extravagancia, pero ya no estaba tan seguro. ¿Qué otra finalidad tenía el cortejo fúnebre sino la de subyugar una par te secreta de él? La parte más honda, el alma. Antes de que Ballard lograra encontrar las palabras para expre sarse, Mironenko quedó inmóvil; sus ojos relucían con mayor brillo que nunca.

—Están afuera —le dijo.
— ¿Quiénes?
—¿De veras importa? —inquirió el ruso encogiéndose de hom bros—. Los suyos, los míos. Da igual, cualquiera de los dos bandos nos acallará, si puede.
Era verdad.
—Hemos de darnos prisa —dijo, y se dirigió al pasillo.

La puerta principal estaba entreabierta. Mironenko se plantó ante ella en unos segundos. Ballard lo siguió. Juntos se escabulleron hacia la calle. La niebla había espesado. Remoloneaba alrededor de las farolas, ensuciando su luz, convirtiendo cada portal en un escondite. Ballard no esperó para tentar a los perseguidores a que salieran, sino que siguió a Mironenko, que ya le llevaba bastante ventaja; se movía con rapidez, a pesar de su corpulencia. Ballard tuvo que acelerar el paso para no per der de vista al hombre. Lo distinguía un momento, y al momento si guiente se perdía, envuelto en la niebla. La zona residencial que atravesaron dio paso a unos edificios anóni mos, depósitos tal vez, cuyas paredes sin ventanas se elevaban en la den sa oscuridad. Ballard le gritó para que aminorara su baldada marcha. El ruso se detuvo y se volvió hacia Ballard; su perfil osciló en la luz asedia da. ¿Sería una jugarreta de la niebla, o acaso el estado de Mironenko se había deteriorado desde que abandonaran la casa? Daba la impresión de que su cara se caía a pedazos; los bultos del cuello se habían hinchado todavía más.

—No tenemos que correr —le dijo Ballard—. No nos siguen.
—Siempre nos siguen —respondió Mironenko.
Para confirmar la observación, Ballard oyó en una calle cercana unos pasos amortiguados por la niebla.
—No hay tiempo para discutir —murmuró Mironenko, se volvió en redondo y echó a correr.

En unos segundos, la niebla volvió a encerrarlo en su secreto. Ballard titubeó un momento más. Aunque sabía que era una impru dencia, quiso ver a sus perseguidores para reconocerlos en un futuro. Pero mientras las suaves pisadas de Mironenko se fueron acallando con la distancia, notó que los otros pasos también habían cesado. ¿Sabrían que los estaba esperando? Contuvo el aliento, pero no recibió señales de ellos. La niebla criminal siguió remoloneando. Al parecer, se encon traba solo, envuelto en ella. A regañadientes, desistió de su propósito y fue tras el ruso a toda carrera. Unos metros más adelante, el camino se bifurcaba. En ninguna de las dos direcciones vio señales de Mironenko. Maldiciendo la estupidez que lo obligó a demorarse, Ballard se internó por el camino en el que la mortaja de la niebla era más densa. La calle era breve y terminaba en un muro tapizado de púas; detrás del muro había una especie de parque. La niebla se aferraba a este espacio de tierra húmeda con más tenacidad que en la calle, y Ballard no lograba ver más que un par de metros de la parte del jardín en el que se hallaba. Su intuición le decía que había es cogido el camino correcto, que Mironenko había escalado el muro y que lo esperaba en alguna parte, muy cerca. A sus espaldas, la niebla guar daba silencio. Sus perseguidores habían perdido su pista o bien habían equivocado el camino o las dos cosas. Subió al muro evitando a duras penas las púas, y se dejó caer del lado opuesto.

La calle le había parecido tan silenciosa que hubiera podido oír el ruido de un alfiler al caer, pero en realidad no era así, porque en el inte rior del parque había un silencio aún mayor. Allí, la niebla era más fría, y se cernía sobre él con más insistencia a medida que avanzaba por el césped humedecido. El muro que había dejado atrás —su único punto de referencia en aquel erial— se convirtió en un fantasma y acabó por desaparecer. Condenado ya, avanzó unos cuantos pasos, sin tener la certeza de seguir un camino recto. De repente, la cortina de niebla se abrió y vio una figura que lo esperaba a unos metros de distancia. Las magulladuras le desfiguraban de tal manera la cara que Ballard no ha bría reconocido a Mironenko a no ser por los ojos que seguían ardiendo, brillantes. El hombre no esperó a Ballard, sino que se volvió y salió a medio galope hacia la insolidez, dejando al inglés detrás, que lo siguió maldicien do la persecución y la presa. En ese momento sintió un movimiento muy cerca. Sus sentidos de nada le sirvieron en el cerrado abrazo de la niebla y la noche, pero vio con esos otros ojos, oyó con esos otros oídos y supo que no estaba solo. ¿Acaso Mironenko había abandonado la carrera y había vuelto para escoltarlo? Pronunció su nombre, consciente de que al hacerlo revelaría su situación a cualquiera y a todos, pero igualmente seguro de que quienquiera que lo acechase ya sabía exactamente dónde estaba.

—Hable —le dijo.

De la niebla no surgió respuesta alguna. Entonces, otro movimiento. La niebla se enroscó sobre sí misma y Ballard divisó entre sus divididos velos una silueta. ¡Mironenko! Volvió a gritar su nombre, y dio unos cuantos pasos en la lobreguez; de repente, alguien avanzó hacia él. Vio al fantasma sólo por un mo mento, el suficiente como para ver unos ojos incandescentes y unos dientes tan enormes que deformaban la boca, convertida en una mueca permanente. De esos dos hechos —dientes y ojos— tuvo una certeza plena. De las demás rarezas —el vello erizado, los monstruo sos miembros— no estuvo tan seguro. Tal vez su mente, exhausta por el ruido y el dolor, había terminado por perder todo asidero con el mundo real, e inventaba terrores para asustarlo y hacerlo volver a la ig norancia.

—¡Maldición! —exclamó, desafiando al trueno que volvía para en ceguecerlo otra vez y a los fantasmas que no lograría ver.

Como para poner a prueba su desafío, la niebla rieló y se abrió, y algo que hubiera podido ser humano, pero que yacía con el vientre en el suelo, se mostró furtivamente y desapareció. A su derecha oyó unos gruñidos; a su izquierda apareció otra silueta indeterminada y se desva neció. Al parecer, estaba rodeado de locos y perros salvajes. ¿Y Mironenko, dónde estaría? ¿Formaría parte de aquel grupo, o sería presa de él? Al oír a su espalda una palabra pronunciada a medias, se volvió en redondo y vio una figura que, claramente, era la del ruso, pero volvió a ocultarse en la niebla. Esta vez la persiguió a la carrera, y su velocidad se vio recompensada. La figura reapareció ante él; Ballard tendió la mano para aferrar la chaqueta del hombre. Sus dedos encon traron un asidero y, de golpe, Mironenko se olvidó; un gruñido escapó de su garganta, y Ballard se quedó mirando fijamente una cara que casi le arrancó un grito. Su boca era una herida fresca, los dientes enormes, los ojos unas rajas de oro fundido; los bultos del cuello se habían hincha do y extendido, y la cabeza del ruso ya no surgía del cuerpo sino que for maba parte de una energía indivisa, se convertía en torso sin que entre ambos hubiera interrupción alguna.

—Ballard — dijo la bestia con una sonrisa.
La voz se aferraba a la coherencia con gran dificultad, pero Ballard logró captar en ella algún vestigio de la de Mironenko. Cuanto más ex ploraba la carne ardiente, más crecía su asombro.
—No tenga miedo —le dijo Mironenko.
—¿Qué enfermedad es ésta?
—La única enfermedad que padecía era la del olvido, y ya estoy cu rado. ..

Al hablar hizo unas muecas, como si cada palabra se formara contra riando los instintos de su garganta. Ballard se llevó la mano a la cabeza. A pesar de la aversión que le producía el dolor, el ruido aumentaba cada vez más. —También usted lo recuerda, ¿verdad? Es igual que yo.
—No —balbució Ballard.
Mironenko tendió hacia él una mano erizada de pelos para tocarlo y le dijo:
—No tema, no está solo. Somos muchos. Hermanos todos.
—No soy su hermano —protestó Ballard.
El ruido era tremendo, pero era peor la cara de Mironenko. Asquea do, le volvió la espalda, pero el ruso se limitó a seguirlo.
—¿Acaso no saborea la libertad, Ballard? Y la vida. Está al alcance de la mano.
Ballard continuó caminando; comenzó a sangrarle la nariz. No hizo nada por impedirlo.
—Sólo duele durante unos momentos —le explicó Mironenko— Después, el dolor desaparece...
Ballard mantuvo la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo. Al ver que sus palabras no surtían efecto. Mironenko se quedó atrás.
— ¡No permitirán que vuelva! —le gritó—. Ha visto usted dema siado.
El rugido de los helicópteros no logró acallar aquellas palabras. Ba llard sabía que encerraban la verdad. Vaciló, y a través del ruido oyó que Mironenko murmuraba:
—Mire...
La niebla se había vuelto menos densa, y a través de los jirones de bruma logró ver la pared del parque. Detrás de él, la voz de Mironenko se había convertido en un gruñido.
—Mire lo que es.

Los rotores rugían; Ballard sintió como si las piernas fueran a do blársele. Pero siguió avanzando hacia el muro. Cuando estuvo a unos metros de él, Mironenko volvió a llamarlo, pero ya no con palabras. Sólo oyó un rugido muy quedo. Ballard no logró resistir la tentación de mirar, aunque sólo fuera una vez. Y miró por encima del hombro. La niebla volvió a confundirlo, pero no del todo. Durante unos mo mentos que fueron a la vez eternos y excesivamente breves, Ballard vio en toda su gloria la cosa que había sido Mironenko; al verlo, el sonido de los rotores aumentó a un nivel ensordecedor. Se tapó la cara con las manos. En ese momento sonó un disparo, luego otro, y luego una ráfa ga. Cayó al suelo abatido por la debilidad, así como para defenderse; se descubrió la cara y en la niebla vio moverse a varias siluetas humanas. Aunque se había olvidado de sus perseguidores, ellos no se habían olvi dado de él. Lo habían seguido hasta el parque, se habían internado en el corazón de aquella locura, y ahora se encontraban perdidos en la niebla los hombres, los medio hombres y unas cosas que ya no lo eran, y por to das partes reinaba la confusión. Vio a un tirador disparando a una som bra, y acto seguido apareció ante él un aliado con un tiro en el estóma go; vio aparecer una cosa a cuatro patas y la vio desaparecer erguida en dos; vio a otra correr riendo a través del hocico y llevando una cabeza humana agarrada por el pelo. Él también quedó envuelto en la confu sión. Temiendo por su vida, se incorporó y, tambaleándose, regresó al muro. Prosiguió la sucesión de gritos, disparos y gruñidos; a cada paso esperaba toparse con una bala o una bestia. Logró llegar al muro con vida e intentó escalarlo, pero le fallaba la coordinación. No le quedo más remedio que seguir el muro en toda su extensión hasta llegar al portal.

Detrás de él proseguían las escenas de desenmascaramiento, trans formación e identidad errada. Sus debilitados pensamientos volvieron brevemente a Mironenko. ¿Acaso él, o cualquiera de su tribu, sobrevi virían a esta masacre?

—Ballard —dijo una voz en la niebla.

Al principio no logró recordar su nombre. Su mente vagaba como un niño extraviado, aunque su interrogador le exigía una y otra vez que prestara atención, habiéndole como si fueran viejos amigos. Y en ver dad su ojo errante tenía un no sé qué de familiar, pues seguía su camino con más lentitud que su compañero. Por fin se acordó del nombre.

—Tú eres Cripps —le dijo.
—Claro que soy Cripps —repuso el hombre—. ¿Es que la memoria te está jugando una mala pasada? No te preocupes. Te he administrado unos supresores, para impedir que perdieras el equilibrio. Aunque no lo creo probable. Has luchado con el bando correcto, Ballard, a pesar de las considerables provocaciones. Cuando pienso en la forma en que mu rió Odell... — Suspiró—. ¿ Recuerdas algo de lo de anoche?
Al principio, su mente estaba en blanco. Pero luego, los recuerdos comenzaron a llegar. Unas formas vagas moviéndose en la niebla.
—El parque —dijo, por fin.
—Llegué a tiempo para sacarte. Sólo Dios sabe cuántos han muerto.
— ¿El otro..., el ruso...?
—¿Mironenko? —sugirió Cripps—. No lo sé. Ya no estoy al cargo, simplemente intervine para salvar lo que pude. Tarde o temprano, Lon dres volverá a necesitarnos. En especial ahora que saben que los rusos cuentan con un cuerpo especial como el nuestro. Ya nos habían llegado rumores, y cuando te entrevistaste con él, comenzamos a sospechar de Mironenko. Por eso organicé la cita. Y cuando lo vi cara a cara, lo supe. Tenía algo en los ojos, algo hambriento.
—Lo vi cambiar...
—Sí, todo un espectáculo, ¿no? Hay que ver la fuerza que desata. Por eso desarrollamos el programa, para aprovechar esa fuerza y usarla a nuestro favor. Pero es difícil de controlar. Llevó años de terapia supresiva, hubo que enterrar lentamente el deseo de transformación, para quedarnos con un hombre con las facultades de la bestia. Un lobo con piel de cordero. Creímos que habíamos resuelto el problema: si los sis temas de creencias no mantenían dominado al sujeto, lo haría la respuesta dolorosa. Pero nos equivocamos. —Se puso de pie y se dirigió a la ventana—. Ahora tenemos que empezar de nuevo.
—Suckling dijo que te habían herido.
—No. Simplemente me degradaron. Me ordenaron que volviera a Londres.
—Pero no volverás.

No logró ver a su interlocutor, aunque reconoció su voz. La había o en sus delirios, y le había mentido. Sintió un pinchazo en el cuello. El hombre se le había acercado por detrás y le había metido la aguja. —Duerma —le dijo la voz. Y con aquella palabra llegó el olvido.

—No, ahora que te he encontrado, no. —Miró a Ballard de arriba a abajo—. Eres mi vindicación, Ballard. Eres una prueba viviente de que mis técnicas son viables. Tienes pleno conocimiento de tu estado, pero la terapia te mantiene dominado.

Se volvió hacia la ventana. La lluvia golpeaba el cristal. Ballard la sentía casi en la cabeza, en la espalda. Lluvia dulce, fresca. Por un di choso momento, le pareció correr bajo la lluvia, cerca del suelo, y el aire se llenaba de los aromas que el chubasco arrancaba al asfalto.

—Mironenkodijo...
—Olvídate de Mironenko —le aconsejó Cripps—. Está muerto. Tú eres el último del antiguo orden, Ballard. Y el primero del nuevo.
Abajo sonó el timbre. Cripps se asomó a la ventana y miró hacia la calle.
—Vaya, vaya —dijo—. Una delegación que viene a rogarnos que volvamos. Espero que te sientas halagado. —Se dirigió a la puerta—. Quédate aquí. No hace falta que te exhibamos esta noche. Estás cansa do. Que esperen, ¿no? Que suden.

Abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Ballard oyó sus pasos en la escalera. Llamaron otra vez al timbre. Se levantó y fue hasta la ventana. La lasitud de la luz del atardecer concordaba con su propia lasitud; la ciudad y él compartían la misma armonía, a pesar de la maldición que pesaba sobre él. Abajo, un hombre salió del asiento tra sero de un coche y se acercó a la puerta principal. Incluso desde ese án gulo agudo, Ballard reconoció a Suckling. Se oyeron voces en el pasillo; al aparecer Suckling, la discusión se tornó más acalorada. Ballard fue hasta la puerta y escuchó, pero no lo gró entender demasiado, porque las drogas le obnubilaban la mente. Rogaba porque Cripps mantuviera su palabra y no les permitiera verlo. No quería ser una bestia como Mironenko. Aquello no era la libertad. Ser tan horrible no era la libertad: simplemente era una clase distinta de tiranía. Tampoco quería convertirse en el primero de la nueva y heroica orden de Cripps. Comprendió que no pertenecía a nadie, ni siquiera a sí mismo. Se encontraba irremediablemente perdido. Sin embargo, ¿acaso no había dicho Mironenko, durante aquella primera cita, que el hombre que no se creía perdido, estaba perdido? Quizá mejor así —mejor existir en el crepúsculo, entre un estado y el otro, prosperar lo mejor que podía con la duda y la ambigüedad— que sufrir las certezas de la torre.

La discusión cobró mayor impulso. Ballard abrió la puerta para oír mejor. Le llegó la voz de Suckling. Su tono era colérico, pero no por eso menos amenazante.

—Se acabó —le decía a Cripps—. ¿Es que no entiende el inglés? —Cripps intentó protestar, pero Suckling lo interrumpió—. O nos acompaña de un modo pacífico, o Gideon y Sheppard lo sacarán a la fuerza. ¿Qué elige?
—¿Qué es esto? —inquirió Cripps—. Usted no es quién, Suckling— Es usted un segundón cualquiera.
—Eso era ayer —repuso el hombre—. Se han producido ciertos cam bios. A todos nos llega el turno, ¿no es así? Usted debería saberlo mejor que nadie. En su lugar, me llevaría un impermeable. Está lloviendo.
Se produjo un breve silencio, luego Cripps dijo:
—Está bien, les acompañaré.
—Así se hace —dijo Suckling con suavidad—. Gideon, sube a echar un vistazo.
—Estoy solo —dijo Cripps.
—Le creo —comentó Suckling. Y dirigiéndose a Gideon, agregó—: De todos modos, sube.

Ballard oyó a alguien cruzar el pasillo, y luego una serie repentina de movimientos. Cripps intentaba huir o atacar a Suckling, o ambas cosas. Suckling gritó; se produjo un forcejeo. En medio de la confusión, sonó un solo disparo. Cripps lanzó un grito, y luego se oyó el ruido que hizo al caer. Acto seguido, la voz de Suckling gritó enfurecida:

—Estúpido, estúpido.
Cripps masculló algo que Ballard no logró captar. ¿Acaso le habría pedido que lo remataran? Suckling le contestó:
—No, volverá a Londres. Sheppard, córtale la hemorragia. Gideon, sube.

Ballard se apartó del descansillo de la escalera cuando Gideon inició el ascenso. Se sentía lento e inepto. No había forma de salir de aquella trampa. Lo arrinconarían y acabarían con él. Era una bestia; un perro enfurecido y ofuscado. Ojalá hubiera matado a Suckling cuando tenía fuerzas para hacerlo. Pero ¿de qué habría servido? El mundo estaba lle no de hombres como Suckling, hombres que esperaban que les llegara la hora para mostrar su verdadera naturaleza; hombres viles, blandos, secretos. De repente, la bestia comenzó a moverse dentro de Ballard, y pensó en el parque y la niebla, y en la sonrisa que había visto en la cara de Mironenko; sintió que lo embargaba la pena por algo que nunca ha bía tenido: la vida de un monstruo. Gideon se encontraba casi en lo alto de la escalera. Aunque eso sólo demoraría lo inevitable por unos momentos, Ballard se deslizó por el re llano y abrió la primera puerta que encontró. Era el cuarto de baño. En la puerta había un pestillo y lo corrió.

El cuarto se llenó del sonido del agua corriente. Se había roto un tro zo del tubo de desagüe y por él caía un torrente de agua de lluvia sobre el alféizar de la ventana. Aquel sonido y el frío del cuarto de baño le re cordaron la noche de los delirios. Recordó el dolor y la sangre, recordó la ducha —el agua golpeándole el cráneo, aliviándole el dolor amansa dor—. Al pensarlo, cuatro palabras surgieron de sus labios, incontro ladas.

—No me lo creo.
Gideon le oyó.
—Hay alguien aquí arriba —gritó Gideon.
El hombre se acercó a la puerta y la aporreó.
—¡Abra!
Ballard lo oyó con toda claridad, pero no contestó. Le quemaba la garganta, y el rugido de los rotores volvía a aumentar. Desesperado, se recostó contra la puerta. Suckling tardó unos segundos en subir la escalera y plantarse delante de la puerta.

—¿Quién está ahí dentro? —exigió saber— ¡Conteste! ¿Quién es?
Al no obtener respuesta, ordenó que subieran a Cripps. Se produjo un mayor alboroto cuando la orden fue obedecida.
—Por última vez... —amenazó Suckling.

En la cabeza de Ballard, la presión fue en aumento. Esta vez daba la impresión de que el ruido tenía intenciones letales; le dolían los ojos, como si estuvieran a punto de saltárseles de las órbitas. En el es pejo que había encima del lavabo logró vislumbrar algo, una cosa con ojos relucientes, y otra vez surgieron las palabras, «No me lo creo», pero esta vez su garganta, ocupada en otros menesteres, apenas logró pronunciarlas.

—Ballard —dijo Suckling. El nombre sonó a triunfo—. Dios mío, también tenemos a Ballard. Es nuestro día de suerte.

No, pensó el hombre reflejado en el espejo. Ahí dentro no había na die con ese nombre. En realidad, carecía de nombre, porque ¿no eran acaso los nombres el primer acto de fe, la primera tabla del ataúd en el que se enterraba la libertad? La cosa en la que se estaba convirtiendo era innombrable, no podía ser encerrada en un ataúd, ni sepultada. Nunca jamás. Por un momento dejó de ver el cuarto de baño, y se encontró revolo teando sobre la tumba que le habían obligado a cavar, y en las profundi dades bailaba el ataúd mientras su contenido pugnaba por impedir su prematuro enterramiento. Logró oír cómo se astillaba la madera, ¿o se ría el ruido producido por la puerta al ser derribada? La tapa del féretro se hizo pedazos. Una lluvia de clavos cayó sobre las cabezas de los miembros del cortejo fúnebre. El ruido, como si su piera que sus tormentos habían sido infructuosos, desapareció de repen te, y con él los delirios. Se encontró otra vez en el cuarto de baño, frente a la puerta abierta. Los hombres que lo miraban tenían cara de tontos. Estupefactos por la sorpresa de contemplar el cambio producido. De contemplar el hocico, los pelos, los ojos dorados y los dientes amarillos. Sintió alborozo al ver el horror de aquellos hombres.

— ¡Mátalo! —dijo Suckling, y empujó a Gideon hacia el umbral.

El hombre ya había sacado el revólver del bolsillo y se disponía a apuntar, pero fue demasiado lento. La bestia le aferró la mano y le des hizo la carne contra el acero. Gideon aulló y bajó la escalera tambalean te, sin prestar atención a los gritos de Suckling. Cuando la bestia levantó la mano para oler la sangre que bañaba su palma, se produjo un fogonazo y sintió un golpe en el hombro. Sheppard no tuvo ocasión de disparar por segunda vez antes de que su presa salie ra por la puerta y se abalanzara sobre él. Dejó caer el arma e intentó fú tilmente correr hacia la escalera, pero la mano de la bestia le abrió la nuca de un solo golpe. El asesino cayó de bruces y el estrecho rellano se llenó de su olor. Olvidándose de sus otros enemigos, la bestia se abalan zó sobre las vísceras y comió. Alguien dijo:

—Ballard.
La bestia se tragó los ojos del muerto de un solo bocado, como si fue ran ostras de calidad.
Y otra vez, aquella palabra:
—Ballard.

Habría continuado con el festín, pero el ruido de unos sollozos le hizo aguzar los oídos. Estaba muerto para sí mismo, pero no para la pena. Dejó caer la carne y se volvió a mirar hacia el rellano. El hombre que lloraba lo hacía con un solo ojo; el otro miraba fija mente y, por raro que pareciera, seguía intacto. Pero el dolor del ojo vivo era verdaderamente profundo. Era desesperación, la bestia lo sa bía; aquel sufrimiento se encontraba demasiado cercano a él como para que la dulzura de la transformación lo hubiera borrado por completo. Otro hombre sujetaba al que sollozaba, y había colocado el revólver en la sien del prisionero.

—Si da un paso más —dijo el capturador—, le volaré la cabeza. ¿Me entiende?
La bestia se limpió la boca.
— ¡Dígaselo, Cripps! Es obra suya. Haga que lo entienda.
El hombre de un solo ojo intentó hablar, pero le fallaron las pa labras. Por entre sus dedos, manaba sangre de la herida del abdo men.
—Ninguno de los dos tiene por qué morir —dijo el capturador. A la bestia no le gustó la música de su voz; era aguda y engañosa—. Londres preferiría conservarlo con vida. ¿Por qué no se lo dice, Cripps? Dígale que no quiero hacerle daño.
El hombre sollozante asintió.
—Ballard... —murmuró.
Su voz era más suave que la del otro. La bestia escuchó.
—Dígame, Ballard... ¿qué se siente?
La bestia no logró entender bien la pregunta.
—Por favor, dígamelo. Sólo por curiosidad se lo pregunto...
—Maldita sea... —dijo Suckling, presionando el arma contra la car ne de Cripps—. Esto no es una tertulia.
—¿Bien? —preguntó Cripps, sin prestar atención al hombre ni al re vólver.
—¡Cállese!
—Contésteme, Ballard. ¿Qué se siente?
Mientras miraba fijamente en los desesperados ojos de Cripps, el significado de los sonidos proferidos adquirió sentido, las palabras fue ron ocupando su sitio, como las piezas de un mosaico.
—¿Es bueno? —preguntó el hombre.
Ballard oyó que su garganta lanzaba una carcajada y allí encontró las silabas para contestar.
—Sí —le contestó al hombre sollozante — . Sí, es bueno.

No había concluido la respuesta y la mano de Cripps aferró la de Suckling. Nunca se sabría si intentó suicidarse o escapar. Salió el dispa ro; una bala atravesó la cabeza de Cripps y desparramó su desespera ción por el techo. Suckling se desembarazó del cuerpo y se dispuso a apuntar de nuevo, pero la bestia ya se le había echado encima. Si hubiera tenido más de hombre, a Ballard se le habría ocurrido ha cer sufrir a Suckling, pero no abrigaba tan perversa ambición. Sólo pen saba en eliminar al enemigo lo más eficazmente posible. Dos zarpazos letales lo hicieron. Una vez despachado el hombre, Ballard fue hasta donde yacía Cripps. Su ojo de vidrio había escapado de la destrucción. Continuaba mirando fijamente; el holocausto que los rodeaba no había hecho mella en él. Lo sacó de la cabeza mutilada y se lo metió en el bolsillo; luego salió a la calle, bajo la lluvia.

Oscurecía. No sabía a qué distrito de Berlín lo habían conducido, pero sus impulsos, libres ya de la razón, lo condujeron por las callejuelas más ocultas y entre las sombras, hasta un erial de las afueras de la ciu dad, en medio del cual se elevaba una ruina solitaria. Cualquiera sabía qué había sido aquel edificio (¿un matadero? ¿un teatro de ópera?), pero por algún capricho del destino había escapado a la demolición, por más que todos los demás edificios, en varias manzanas a la redonda, hu bieran sido derribados. Mientras avanzaba por las ruinas cubiertas de hierbajos, el viento cambió de dirección y le trajo el olor de su tribu. Eran muchos, y se refugiaban en las ruinas. Algunos se recostaban con tra las paredes y compartían un cigarrillo; otros, completamente conver tidos en lobos, vagaban en la oscuridad como fantasmas de ojos dora dos; otros habrían pasado por humanos, salvo por sus huellas.

Aunque temía que los nombres estuvieran prohibidos en aquel clan, le preguntó a un macho que cubría a una hembra al abrigo de la pared si conocía a un hombre llamado Mironenko. La hembra tenía el lomo sua ve y sin pelos y del vientre le colgaba una docena de tetas henchidas.

—Escucha —le dijo.

Ballard escuchó y oyó a alguien hablar en un rincón de las ruinas. La voz iba y venía. Siguió el sonido por el interior sin techo, hasta donde se encontraba un lobo, con un libro abierto entre las patas delanteras, ro deado de una atenta audiencia. Al aproximarse Ballard, uno o dos del grupo volvieron sus ojos luminosos hacia él. El lector se detuvo.

— ¡ Chist! — le chistó uno—, el camarada nos está leyendo.
Era Mironenko quien había hablado. Ballard entró a formar parte del corro y se colocó junto a él, y el lector comenzó la historia desde el principio.
—«Y Dios los bendijo y les dijo: "Creced y multiplicaos, y llenad la tierra..."»
Ballard había oído ya aquellas palabras, pero esa noche le parecie ron nuevas.
—«... y conquistadla: y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo...»
Echó un vistazo a su alrededor, a medida que las palabras describían
su curso familiar.
—«...y a todas las cosas vivientes que se mueven sobre la tierra.» En alguna parte, muy cerca, lloraba una bestia.

Clive Barker (1958- )


Más relatos de licántropos. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El resumen del cuento de hombres lobo de Clive Barker: Crepúsculo en las torres (Twilight at the towers) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Miguel Ángel Ortiz Fernández dijo...

Hola. Maravilloso blog. Gracias por compartir estas historias oscuras en un mundo de simple crueldad como el que vivimos. Clive Barker no es norteamericano como dices en la introducción, es inglés, de Liverpool.