«Las mujeres que los hombres no ven»: James Tiptree (Alice Sheldon), relato y análisis


«Las mujeres que los hombres no ven»: James Tiptree (Alice Sheldon), relato y análisis.




Las mujeres que los hombres no ven (The Women Men Don't See) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Alice Bradley Sheldon (1915-1987), firmado con el seudónimo James Tiptree, Jr. y publicado originalmente en la edición de diciembre de 1973 de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y luego reeditado en la antología de 1975: Mundos cálidos y de los otros (Warm Worlds and Otherwise).

Las mujeres que los hombres no ven, sin dudas uno de los grandes cuentos de James Triptree, combina el Feminismo y la ciencia ficción de un modo tan brillante que incluso causó cierta confusión, y hasta alarma, entre los grandes maestros del género.

El relato cuenta la historia de Don Fenton, un agente del gobierno, y Ruth Parsons, una mujer a quien conoce en México. Ocurre un accidente aéreo y los sobrevivientes descubren que son perseguidos por extraterrestres. Esto, naturalmente, es lo menos importante. Lo verdaderamente interesante es Ruth Parsons, y el hecho de sentirse alienada por ser mujer. En ningún momento entra en pánico, ni actúa de la manera que se espera de una mujer, lo cual provoca un gran desconcierto entre los hombres.

La propia Ruth Parsons sostiene: Lo que hacen las mujeres es sobrevivir. Vivimos en las grietas de la maquinaria de tu mundo.

Esa es la clave, y no lo que afirma el narrador, una voz masculina que malinterpreta constantemente las motivaciones de las mujeres. En definitiva, Don Fenton solo puede ver a las mujeres como objetos de deseo; fuera de esa orbita, son totalmente invisibles para él; y ni siquiera en medio de circunstancias extraordinarias, como lo es la supervivencia, puede quitarse de encima esa forma de ver a las mujeres, o mejor dicho, de no verlas en absoluto.

Lo más interesante de Las mujeres que los hombres no ven es cómo el cuento desnuda lo absurdo del punto de vista masculino sobre el tema, por no decir directamente machista, a través de una autora que escribía con el seudónimo de un hombre, quizás para evitar que el relato fuera valorado, o criticado, como parte de una postura filosófica y política, como el Feminismo, y en cambio ser recibido como una obra de ficción.

Sin embargo, Las mujeres que los hombres no ven no es simplemente una obra de ficción. Es algo más. Es la historia de una mujer que nos dice cómo siempre ha sido invisible para los hombres, o, en otras palabras, cómo los hombres solo consideran visibles aquellos aspectos de la mujer que pueden satisfacer sus intereses, mientras que otras regiones de la feminidad, es decir, todo aquello que no entra dentro de los parámetros del Patriarcado, son tan invisibles para el hombre como sombras en medio de la noche.




Las mujeres que los hombres no ven.
The Women Men Don't See, James Tiptree, Jr. —Alice Bradley Sheldon— (1915-1987)

La veo por primera vez mientras el Mexicana 727 está bajando hacia la isla Cozumél. Salgo de mi asiento y me tambaleo hacia el suyo, diciendo: «Lo siento», a una doble imagen femenina. La imagen más cercana me saluda con un ligero movimiento de cabeza. La más joven, en el asiento de la ventanilla, sigue mirando hacia el exterior. Sigo hacia la isla, sin que se produzca encuentro alguno. Nada. Nunca les habría vuelto a mirar o hubiese pensado en ellas.

El aeropuerto de Cozumel es la mezcla habitual de asustadizos yanquis vestidos de ricachones y de tranquilos mejicanos vestidos para ir a tomar el almuerzo en casa del Presidente. Yo soy un agotado yanqui vestido para una pesca importante; saco mis cañas de pescar y mi talego del tumulto y me echo a andar a través del campo al encuentro de mi piloto para el vuelo charter. Un tal Capitán Esteban se ha contratado para llevarme a la pesca del lenguado en Belice, a trescientos kilómetros costa abajo.

El Capitán Esteban resultó un sujeto de 1.60 m. de pura caoba maya. Viste, también, un sombrío traje maya. Me índica dónde me espera mi Cessna, ya que su Bonanza ha sido alquilado para llevar un grupo a Chetumal. Bien, Chetumal está al sur; ¿puede llevarme con ellos e ir a Belice después de que les haya dejado? Con un tono abatido acepta la posibilidad si el resto del grupo lo permite, y si no hay demasiado equipaje.

El grupo de Chetumal se aproxima. Es la mujer y su joven acompañante, ¿su hija?, acercándose con elegancia a través de la pista de grava y yuca. Sus dos maletas son menudas, como ellas, sencillas y de color indeterminado. No hay ningún problema. Cuando el capitán pregunta si puede llevarme, la madre dice con suavidad: «Naturalmente», sin mirarme siquiera.

Creo que éste es el momento en que mi detector interno de situaciones me envía la primera señal débil. ¿Al parecer esta mujer ya me ha mirado con la suficiente atención como para aceptarme en su avión? Lo dudo. Durante años la paranoia no me ha sido de utilidad en mis asuntos, pero es un hábito difícil de romper. Al trepar dentro del Bonanza me doy cuenta de que la chica tiene lo que podría ser un cuerpo atractivo si tuviese viveza. No la tiene. El Capitán Esteban dobla un sarape para sentarse encima, de manera que pueda ver por encima de la cubierta y efectúa una meticulosa inspección. Y después nos elevamos y volamos con gran ruido sobre el turquesa del Caribe con un fuerte viento del sur.

La costa, situada a nuestra derecha, es el territorio de Quintana Roo. Si usted no ha visto el Yucatán, imagínese la alfombra más grande y lisa de color verde-grisáceo que pueda pensar. Una tierra de aspecto desolado. Pasamos por las blancas ruinas de Talum y por la hendidura de la carretera hacia Chichen Itza, media docena de plantaciones de cocoteros, y después nada, excepto una selva de arrecifes y de maleza cubriendo todo el horizonte, tal como lo vieron los conquistadores hace cuatro siglos.

Largas cadenas de cúmulos corren hacia nosotros, ensombreciendo la costa. Saco la conclusión de que parte del aspecto triste de nuestro piloto se debe al tiempo. Un frente frío se mueve sobre los campos de Mérida hacia el oeste, y el viento del sur ha acumulado una cadena de tormentas sobre la costa que ellos llaman lloviznas. Esteban da vueltas metódicamente sobre un par de cabezas de tormenta. El Bonanza se anima y yo me vuelvo con la vaga intención de alentar a las dos mujeres. Están tranquilas, observando con atención lo que puede verse del Yucatán. Bueno, les ofrecieron la vista del co-piloto, pero no la aceptaron. ¿Demasiado tímidas?

Otra llovizna sopla de nuevo. Esteban hace remontar el Bonanza, incorporándose en su asiento para otear su rumbo. Por primera vez, en mucho rato, me relajo en mi asiento saboreando la distancia entre mí y mi mesa de trabajo, con una semana de pesca por delante. El clásico perfil de maya de nuestro capitán atrae mi mirada: la frente inclinada hacia atrás a partir de su nariz de animal rapaz, los labios y la mandíbula en retroceso por debajo de la misma. Si sus ojos rasgados hubiesen tenido mayor inclinación, no le habrían dado el título de piloto. Lo crean o no, es una hermosa combinación. En sus pequeñas mejillas mayas, en los rápidos movimientos de sus tornasolados ojos de gallo, hay también algo altamente erótico. Completamente distinto de los muñecos orientales; esta gente posee huesos de piedra. La abuela del Capitán Esteban probablemente podía remolcar al Bonanza.

El golpe de mi oído contra la cabina me despertó de repente. Esteban da alaridos en su micrófono de cabeza, más fuertes que el estrepitoso tamborileo del granizo; las ventanillas son de un gris oscuro. Falta un ruido importante —el motor. Me doy cuenta de que Esteban está luchando con un avión muerto. Tres mil seiscientos; ¡hemos perdido dos mil pies! Da un manotazo a las clavijas de los tanques, mientras la tormenta nos traquetea; oigo algo acerca de la gasolina, en un gruñido que muestra sus enormes dientes.

El Bonanza se viene abajo. En el momento en el que el capitán se mueve para alcanzar una palanca situada sobre su cabeza, veo que los indicadores de la gasolina están altos. Puede ser un atasco en los conductos debido a la gravedad; he oído hablar de obstrucciones debidas a la suciedad. Abandona el aparato de radio. De todos modos, hay solamente una probabilidad entre un millón de que alguien nos pueda detectar en medio de semejante tormenta. Dos mil quinientos —bajando.

Parece que la bomba eléctrica de alimentación se ha desconectado: el motor explosiona —se para, explosiona y se para de nuevo— para siempre. De repente nos hallamos fuera del borde inferior de las nubes. Debajo de nosotros hay una larga hilera blanca casi escondida por la lluvia, el arrecife. Pero detrás de él no hay ninguna playa, sólo una gran bahía formando meandros con unos cuantos llanos de mangles —y vienen hacia nosotros con gran rapidez.

Vamos a tener un mal final, me digo a mí mismo, con patente falta de originalidad. Las mujeres, detrás de mí, no han proferido sonido alguno. Vuelvo la vista y veo que se han preparado para recibir la sacudida con sus chaquetas a modo de cojín bajo la cabeza. Con una velocidad de choque de alrededor de 80, todo esto no va a ser de mucha utilidad, Pero me acurruco en mi asiento. Esteban da unos cuantos gritos más a su aparato de radio, mientras trata de conducir el avión que cae. Pero logra salvarnos —en el momento en que el agua se precipita hacia nosotros se zambulle con un giro espeluznante y nos lanza al aire, sobre los límites de un banco de arena que aparece frente a nuestras narices.

Cómo lo encontró, no lo sabré nunca jamás. El Bonanza se viene abajo y se da un panzazo con un estruendo desgarrador— rebota —golpea de nuevo— y todo se tambalea cuando nos paramos en los mangles al final del banco de arena. ¡Bing! ¡Bong! El avión queda envuelto en un haz de higueras estrangulantes, con un ala levantada. Del aterrizaje forzoso salimos sanos y salvos. Y no se incendió. Fantástico.

El Capitán Esteban curiosea a través de la puerta abierta, que ahora se encuentra en el techo. Detrás de mí una mujer repite tranquilamente: «Madre, Madre». Me levanto del suelo y encuentro a la chica tratando de desasirse del brazo de su madre. Los ojos de la mujer están cerrados. Un momento después los abre y se pone en marcha, fresca como una rosa. Esteban las saca de un tirón. Agarro el botiquín del Bonanza y me lanzo fuera tras ellas, en un ambiente soleado, en el que sopla un ligero viento. La tormenta que nos azotó se desvanece por la costa.

—Un gran aterrizaje, capitán.

—¡Oh, sí! Fue hermoso.

Las mujeres están inquietas, pero no histéricas. Esteban contempla el escenario con la misma expresión que sus antepasados dirigían a los españoles. Si se ha encontrado en una de estas situaciones, conoce la calma que sigue a continuación. Primero euforia. Descendemos de la higuera y nos encontramos en la arena con un viento caliente y ululante, y nos damos cuenta, sin alarmarnos, de que no hay nada más que millas y millas de agua cristalina por todas partes. Tiene una profundidad aproximada de un pie y el fondo es de color aceituna producido por los sedimentos. La playa, a nuestro alrededor, es un pantano lleno de mangles totalmente inhabitable.

—La Bahía del Espíritu Santo —Esteban confirma mi suposición de que estamos en una enorme selva acuática. Siempre había deseado pescar allí.

—¿Qué es todo aquel humo? —La chica señala a los penachos que bambolean en el horizonte.

—Cazadores de cocodrilos —contesta Esteban.

Los cazadores furtivos mayas han dejado cenizas aún encendidas en los pantanos. Se me ocurre pensar que cualquier señal de fuego que hagamos no servirá de gran cosa. Y ahora me doy cuenta de que nuestro avión está completamente enterrado dentro de las higueras. Difícil de ver desde lo alto. En el mismo momento en que la pregunta de cómo diablos vamos a salir de aquí se formaba en mi mente, la mujer de más edad pregunta tranquilamente.

—¿Si no le oyeron, capitán, cuando empezarán a buscarnos? ¿Mañana?

—Exacto —afirma Esteban sin titubear—. Les recuerdo que aquí el rescate aéreo es bastante informal. Como si dijese, mire si viene Mario, su madre dice que hace una semana que falta de casa.

Se me ocurre que puede que estemos aquí durante bastante tiempo. Además, el ruido como de un camión diesel a nuestra izquierda es el Caribe replegándose en la boca de la bahía. El viento lo empuja hacia nosotros, y las peladas bases de los mangles nos señalan que nuestro arenal queda cubierto cuando la marea es alta. Recuerdo haber visto esta madrugada luna llena en —créanme— St. Louis, lo que significa que tendremos las mareas más altas. Bien, podemos subirnos al avión. Pero, ¿y el agua potable?

Oigo un leve chapoteo, detrás de mí. La mujer mayor se ha caído en la bahía. Sacude su cabeza con una sonrisa que más bien parece un lamento. Es la primera expresión verdadera producida por una de ellas; la tomo como una señal para iniciar las presentaciones. Cuando digo que soy Don Fenton de St. Louis, ella me contesta que el apellido de ambas es Parsons, de Bethesda, Maryland. Lo dice con tanta suavidad, que en el primer momento no me doy cuenta de que no nos da los nombres de pila. Todos felicitamos de nuevo al Capitán Esteban. Su ojo izquierdo está hinchado hasta aparecer cerrado, lo que le hace perder parte de su aspecto de maya. La Sra. Parsons señala cómo apoya su codo contra las costillas.

—Usted está herido, Capitán.

—Rota. Creo que está rota —se siente molesto de tener que admitir su dolor. Le hacemos que se quite la camisa, revelando una fuerte magulladura en su soberbio torso moreno.

—¿Hay esparadrapo en este botiquín, Sr. Fenton? Tengo un cierto entreno en primeros auxilios.

Empieza a manejar el esparadrapo de forma competente e impersonal. La Srta. Parsons y yo paseamos hasta el final de la playa y sostenemos una conversación que después habré de recordar con todo detalle.

—Espátulas rosadas —le digo al observar a tres pájaros rosas que salen volando.

—Son hermosos —dice ella con su voz poco voluminosa. Ambas tienen voces poco exuberantes—. ¿Es un indio maya, verdad? El piloto, quiero decir.

—Así es. Es un auténtico indio maya sacado de los murales de Bonampalk. ¿Ha visto Chichén y Uxmal?

—Sí. Estuvimos en Mérida. Vamos a Tikal, en Guatemala... quiero decir, íbamos.

—Llegarán allí —se me ocurre que la chica necesita que la animen—. ¿Le han contado que las madres mayas solían atar una tabla a la frente de los niños para conseguir esta inclinación? También colgaban una bola de sebo en su nariz para conseguir que sus ojos se volviesen oblicuos. Se consideraba aristocrático.

Sonríe y echa otra mirada a Esteban.

—La gente parece distinta en el Yucatán —dice pensativamente—. No son como los indios de la Ciudad de Méjico. No sé, más independientes.

—Es porque no han sido nunca conquistados. Los mayas sufrieron matanzas atroces y persecuciones, pero nadie llegó jamás a aplastarles. Le apuesto algo a que no sabía que la última guerra entre mejicanos y mayas acabó con una tregua pactada en mil novecientos treinta y cinco.

—No —dice con seriedad—. Me gusta esto.

—A mí también.

—El agua sube muy de prisa —dice la Sra. Parsons suavemente desde nuestra espalda.

Así es, y va a haber otra llovizna. Subimos de nuevo al Bonanza. Preparo mi anorak para aguantar la lluvia que cae con fuerza a medida que la tormenta se hace más violenta y furiosa. Las Parsons toman un trago de whisky cada una. Esteban y yo una cantidad mucho más considerable. El Bonanza empieza a crujir sobre el lodo. El rostro de Esteban parece el de un antiguo maya con un solo ojo, mientras el agua se filtra dentro de su cabina y se pone a dormir. Todos tenemos sueño.

Cuando el agua desciende, la euforia se va con ella y estamos muy, muy sedientos. Para colmo de males, la noche se nos echa encima. Me pongo a trabajar con una caña de cebo y un tridente y me las apaño para engarfiar cuatro salmonetes pequeños. Esteban y las mujeres atan el pequeño bote salvavidas del Bonanza a unos mangles para recoger la lluvia. El viento caliente lo reseca todo. No pasa ningún avión. Finalmente se produce otro chaparrón que nos proporciona seis onzas de agua para cada uno. Cuando la puesta de sol envuelve el mundo con su hálito dorado, nos sentamos en cuclillas sobre la playa para comer salmonetes crudos y húmedos y migajas de Desayuno Instantáneo. Las mujeres llevan «shorts»; están elegantes, pero no sexy.

—Nunca me había dado cuenta de lo refrescante que es el pescado crudo —dice la Sra. Parsons en tono amable.

Su hija también ríe abiertamente. Está al lado de mamá, alejada de Esteban y de mí. Ahora ya me he hecho una imagen de la Sra. Parsons: la Madre Clueca que protege a su única pollita de los depredadores machos. No me importa en absoluto. Vine aquí a pescar. Pero hay algo que me irrita. Las malditas mujeres no se han quejado ni una sola vez, ¿comprenden? Ninguna queja, ninguna manifestación personal, ni pío. Son algo así como salido de un manual.

—Parece que se encuentre en la selva como en su casa, Sra. Parsons. ¿Hace usted mucho camping?

—¡Oh no!, por Dios —ríe tímidamente—. No desde que mi chica era una daina. Oh, mire; ¿son pájaros acorazados?

Contestar una pregunta con otra pregunta. Espero hasta que los pájaros fragata surcan noblemente sobre la puesta de sol.

—Bethesda. ¿Me equivoco al conjeturar que trabaja para el tío Sam?

—Bien, sí. Usted debe estar familiarizado con Washington, Sr. Fenton. ¿Le lleva allí su trabajo a menudo?

En ninguna parte que no hubiese sido el arenal en el que nos encontrábamos hubiese funcionado este pequeño truco. Mi gen de cazador se pone en marcha.

—¿Para qué agencia trabaja?

Se rinde graciosamente.

—Oh, para informes G.S.A. Soy bibliotecaria. —Naturalmente, la reconozco ahora, todas las Sras. Parsons están en las divisiones de informes, en las secciones de contabilidad, en las ramas de investigación y en las oficinas de personal y de administración. Diga a la Sra. Parsons que necesitamos un resumen de los contratos para los servicios externos correspondiente al año económico de 1973. ¿Así, el Yucatán está en el recorrido de inspección? Lo siento... le ofrezco un chiste gastado como salida.

—Usted sabe dónde se encuentra el cuerpo del delito.

Sonríe con una mueca de desaprobación y se levanta.

—¿Está oscureciendo rápidamente, verdad?

Ya es hora de volver al avión. Una bandada de ibis vuela en círculo sobre nosotros, acostumbrados evidentemente a descansar en las ramas de nuestra higuera. Esteban saca un machete y una hamaca de cerda maya. Se pone a atarla entre el árbol y el avión, rehusando cualquier ayuda. El golpe de su machete es seguro. Las Parsons están dando un vistazo a la aleta de cola. Oigo cómo una de ellas resbala y lanza un leve quejido. Cuando vuelven de dar la vuelta al casco, la Sra. Parsons pregunta:

—¿Podemos dormir en la hamaca, Capitán?

Esteban hace una mueca negativa. Protesto, alegando que llueve y hay mosquitos.

—Oh, tenemos insecticidas y nos gusta el aire fresco. —El aire sopla a cuarenta y cinco millas y se vuelve más frío por momentos—. Tenemos impermeables —añaden las chicas alegremente.

Bien, señoras. Nosotros los machos peligrosos nos retiramos al interior de la húmeda cabina. A través del viento oigo de vez en cuando la risa ligera de las mujeres, que aparentemente se sienten cómodas en el frío habitáculo de los ibis. Estarán haciendo cábalas graciosas, pienso. Me reconozco como el hombre menos amenazador de todos; durante años mi falta de carisma ha representado siempre una partida de activo para conseguir empleos. ¿Están soñando con Esteban? O quizás están tan locas como el viento fresco... Me duermo, soñando motores diesel rugiendo en los arrecifes próximos.

Nos despertamos con la boca seca, en un amanecer ventoso de color salmón. Una arista diminuta de sol riela sobre el mar y pronto se sumerge en una nube. Me pongo a trabajar con la caña y un poco de cebo de salmonete; mientras, dos nubarrones dan vueltas a nuestro derredor. El desayuno se compone de una lonja de barracuda cruda para cada uno. Las Parsons continúan mostrándose estoicas y bien dispuestas. Bajo la dirección de Esteban montan un capuchón metálico para encender gasolina en caso de que oigamos un avión, pero nada pasa por encima de nosotros, a no ser un avión a reacción que no vemos, pero que oímos zumbando hacia Panamá. El viento ulula, caliente, seco y lleno de polvo de coral. Así estamos.

—Primero miran en el mar —señala Esteban. Su frente aristocrática está bañada de sudor; la Sra. Parsons le contempla con admiración. Observo la sábana de nubes que se rasga en lo alto, volviéndose cada vez más alta, más seca y más densa. Mientras esto dure nadie va a encontrarnos, y la cuestión del agua no tiene ni pizca de gracia.

Finalmente, pido prestado el machete a Esteban y me construyo un bastón largo y ligero.

—Hay una corriente hacia aquella dirección, la vi desde el avión. No puede estar a más de dos o tres millas.

—Me temo que la balsa está rasgada —la Sra. Parsons me muestra unas rajas en el plástico de color naranja y dice con un tono irritado que es de la marca Delaware.

—Está bien —anuncio en voz alta—. La marea baja. Si cortamos la parte inferior de este tubo de aire puedo utilizarlo para traer agua. He atravesado llanuras en otras ocasiones.

Incluso a mí me suena como una locura.

—Quédese cerca del avión —dice Esteban.

Naturalmente, tiene razón. Además tiene muestras evidentes de fiebre. Miro al cielo encapotado y como algo de sémola y barracuda. Al diablo con el manual. Cuando empiezo a cortar la balsa, Esteban me dice que le lleve el sarape.

—Quédese esta noche.

También en esto tiene razón; tendré que esperar a que baje la marea.

—Iré con usted —dice la Sra. Parsons con calma.

Me quedo mirándola. ¿Qué nueva locura ha pasado por la cabeza de la Madre Clueca? ¿Se imagina que Esteban esta demasiado apaleado como para estar en forma? Mientras sigo asombrado, mis ojos se dan cuenta de que la Sra. Parsons tiene unas rodillas sonrosadas, con su pelo suelto y con un color moreno que principia en su nariz. Una cuarentona, bien conservada y elegante.

—Mire, esta porquería es horrible. El barro le llegará hasta las orejas y el agua hasta por encima de la cabeza.

—Me siento bien y nado bien. Procuraré seguirle. Dos será mucho más seguro, Sr. Fenton, y podemos traer más agua.

Lo dice en serio. Bien, me siento tan en forma como una malva en esta época de invierno, y no puedo ocultar que no me desagrada la idea de tener compañía. Así que la acepto.

—Permítame, Sra. Parsons, que le muestre cómo manejar esta caña.

De cerca, la Sra. Parsons es aún más sonrosada y aparece, aún, más tostada por el sol, y no es torpe con el aparejo. Una buena chica, la Sra. Parsons, a su modo. Cortamos otro bastón y tomamos algunos utensilios. En el último minuto Esteban da señales de lo enfermo que se siente: me ofrece su machete. Le doy las gracias, pero no se lo acepto; estoy acostumbrado a mi cuchillo Wirkkala. Recogemos aire en el tubo de plástico para que flote en caso necesario y partimos por el camino de arena que parece más firme. Esteban levanta la palma oscura.

—Buen viaje.

La Srta. Parsons ha abrazado a su madre y ha ido a protegerse en los mangles. Dice adiós con la mano. Nosotros también. Una hora más tarde aún podemos decirles adiós con la mano. El camino es horrible. La arena se convierte en lodo sobre el que no se puede ni andar ni nadar, y el fondo está claveteado de lanzas de mangles muertos. Vamos tropezando de hoyo en hoyo, asustando a las rayas y a las tortugas y pidiendo a Dios que no pongamos el pie sobre una morena. Cuando no estamos empapados, estamos resecos y olemos a viejos cretáceos. La Sra. Parsons sigue tenazmente. Sólo tengo que sacarla una vez. Al hacerlo, me doy cuenta de que la playa está lejos de nuestra vida. Finalmente alcanzamos el claro en la hilera de mangles en la que pensé que estaba el riachuelo. Resultó que conducía a otro brazo de bahía, con más mangles. Y la marea empieza a subir.

—He tenido la idea más estúpida del mundo.

La Sra. Parsons dice con suavidad:

—Es tan distinto lo que se ve desde el avión...

Reviso mi opinión sobre las «scouts» y seguimos arando más allá de los mangles hacia una niebla humeante que debía ser la playa. El sol se pone sobre nuestro cuerpo, lo cual dificulta nuestra visión. Los ibis y las garzas vuelan a nuestro alrededor y un gran pez hace su aparición mostrando una aleta parecida a la cola de un gallo. Caemos dentro de más agujeros. Las linternas se mojan. Tengo sueños de mangles en los que se me presentan como obstáculos universales; se me hace difícil recordar que jamás hubiese andado por la calle sin tambalearme o irme de cabeza contra las raíces de un mangle. Y el sol se va poniendo lentamente.

De repente nos damos contra unas piedras y caemos sobre una corriente fría. ¡La corriente! ¡Agua potable! Bebemos hasta la saciedad y remojamos nuestras cabezas; es la mejor bebida que recuerdo. La Sra. Parsons ríe con ganas.

—Aquel lugar oscuro, a la derecha, tiene el aspecto de ser tierra firme.

Andamos vacilantes a través de la corriente y seguimos por la arena dura, que va a parar a un banco de arena sólido que se eleva por encima de nuestras cabezas. Un poco más allá hay una grieta al lado de un bosquecillo de arbustos espinosos. Trepamos y nos dejamos caer al llegar a la cima, chorreando y oliendo mal. Siguiendo un simple reflejo mi brazo se coloca alrededor del hombro de mi compañera; pero la Sra. Parsons no está allí; se encuentra de pie mirando la planicie quemada que nos rodea.

—¡Es tan hermoso ver tierra sobre la que se puede andar! —El tono es demasiado inocente. Noli me tangere.

—No lo pruebe. —Estoy exasperado; esta mujercita tonta, ¿en qué piensa?— Aquella tierra que se ve allí es una capa de ceniza sobre la basura, y está llena de rastrojos. Puede hundirse hasta las rodillas.

—Aquí parece firme.

—Estamos en un nido de cocodrilos. Ésta era la falla por la que subimos. No se pregunte por aquella anciana que no dudaba de verse convertida en monederos.

—Qué pena.

—Vale más que deje una caña en la corriente mientras aún puedo ver.

Me deslizo corriente abajo para preparar una sarta de anzuelos que podrían proporcionarnos desayuno. Cuando regreso, la Sra. Parsons está limpiando el sarape.

—Le agradezco que me avisase, Sr. Fenton. Es engañador.

—Sí. —Se me ha pasado el enfado; Dios sabe que no quiero tangere a la Sra. Parsons, incluso si no estuviese bañado en porquería—. Sin aparentarlo, el Yucatán es un lugar difícil para andar por él. Puede ver cómo los mayas construyeron las carreteras. ¡Hablando de ellas, mire!

La mortecina puesta de sol siluetea una pequeña forma cuadrada a dos kilómetros hacia el interior: una ruina maya de la que sale una higuera.

—Hay muchas de ellas por los alrededores. La gente piensa que eran torres de vigilancia.

—Qué tierra más desértica y poco hospitalaria.

—Esperemos que esté desierta de mosquitos.

Hundimos nuestros pies en el nido de cocodrilos y compartimos la última cerveza, mientras contemplamos las estrellas que aparecen y desaparecen en las nubes, movidas por el viento. Los insectos no son excesivamente dañinos y a lo mejor el incendio pudo con ellos. Y ya no hace calor; en realidad, ni siquiera hace un tiempo templado, mojados como estamos. La Sra. Parsons continúa interesándose tranquilamente por el Yucatán y desinteresándose completamente del hecho de que estemos juntos. En el momento en el que empiezo a formular pensamientos agresivos sobre la manera como vamos a pasar la noche si espera que le de el sarape, se levanta, separa unas piedras y dice:

—Espero que éste sea un lugar tan bueno como cualquier otro, ¿verdad, Sr. Fenton?

En el mismo momento extiende la bolsa de la balsa a manera de almohada y se tumba de lado sobre la suciedad, cubriéndose con la mitad del sarape y dejando la otra parte claramente abierta. Su breve espalda se muestra vuelta hacia mí. La demostración es tan convincente que me encuentro dentro de mi parte de sarape antes de que lo absurdo de la situación me lo impida.

—A propósito. Me llamo Don.

—Ah sí, naturalmente —su voz cobra toda su gracia—. Me llamo Ruth.

Logro no tocarla y estamos acostados como dos pescados en un plato, bajo las estrellas, oliendo el humo que lleva el viento y sintiendo la incomodidad de las piedras bajo nuestros cuerpos. Es el momento íntimo más embarazoso que jamás haya vivido. Esta mujer no significa nada para mí, su inoportuna retracción, el desafío de su trasero a veinte centímetros de mi alcance —por dos pesos le hubiera bajado los shorts y me la hubiese tirado. Si tuviese veinte años menos. Si no estuviese tan cansado... Pero los veinte años y el agotamiento están ahí, y se me ocurre pensar con malicia que la Sra. Ruth Parsons ha juzgado las cosas con escrupulosidad. Si yo tuviese así como una regala flota alrededor de una barracuda dormida, para desaparecer en el momento en que cambia la intención, la Sra. Parsons sabe que sus breves shorts están a salvo. Estos pequeños shorts tan apretados, tan ajustados.

Un nervio caliente se tensa en mi ingle —y en el momento en que esto ocurre me doy cuenta de un vacío silencioso a mi lado. Imperceptiblemente la Sra. Parsons se aparta de mí ¿Cambió mi respiración? Sea lo que fuere, estoy perfectamente seguro de que si mi mano se alargase, ella estaría en cualquier otra parte —anunciando probablemente su intención de pegarse un remojón. Los veinte años se agolpan y me relajo.

—Buenas noches, Ruth.

—Buenas noches, Don.

Y créanlo o no, dormimos, mientras las armadas del viento rugían sobre nuestras cabezas.

Una luz me despierta; un resplandor frío y blanco. Mi primer pensamiento es que se trata de cazadores de cocodrilos. Es mejor que nos presentemos como turistas, tan pronto como nos sea posible. Me levanto, al notar que Ruth se ha escondido bajo el grupo de arbustos. ¿Quién está? ¡Socorro! ¡Socorro, señores! No recibo contestación alguna, excepto que la luz se va, dejándome ciego. Grito algunas frases más en un par de idiomas. Sigue la oscuridad. De alguna parte sale un sonido silbante. En menos de un minuto improviso un discurso explicando que nuestro avión se ha venido abajo y que necesitamos ayuda. Un estrecho rayo de luz se proyecta sobre nosotros y se apaga.

—Eh-ep —dice una voz confusa, y algo metálico tintinea.

De seguro que son nativos. Pasan por mi cabeza ideas desagradables.

—¡Sí, socorro!

Algo cruje y zumba y por fin el sonido se desvanece.

—¡Qué diablos! —Voy tambaleándome hacia el lugar donde se encontraban.

—Mire —susurra Ruth detrás de mí—. Allá, cerca de las ruinas.

Miro y veo un pájaro carpintero que nos sobrevuela en un abrir y cerrar de ojos. ¿Un campamento? Y doy dos zancadas más a ciegas; mis piernas se hunden en la capa de lodo y un aguijón se me clava como si se hubiese introducido un cuchillo para separar la membrana de un tambor. A decir por el dolor que siento en el hígado me doy cuenta de que es la rótula lo que ha resultado afectado. Entonces descubres que tu rodilla ya no se dobla, entonces pruebas de ponerle un peso encima y una bayoneta sube por tu espina dorsal y desencaja las mandíbulas. Pequeños granos aparecen en la superficie sensible de los cartílagos. La rodilla trata de doblarse con esfuerzo y no puede, y piadosamente te vienes abajo. Ruth me ayuda a volver al sarape.

—Qué tonto, qué gran imbécil soy.

—En absoluto, Don. Fue perfectamente normal. —Encendemos cerillas; sus dedos apartan los míos, explorando—. Creo que está en su lugar, pero se hincha rápidamente. Le pondré un pañuelo mojado encima. Tendremos que esperar a la mañana para comprobar el corte. ¿Cree que eran cazadores furtivos?

—Probablemente —digo, mintiendo. Lo que creo es que son contrabandistas.

Vuelve con un pañuelo de hierbas mojado y envuelve mi rodilla con él.

—Debemos haberles asustado. Aquella luz era tan brillante.

—Alguna partida de caza. La gente hace locuras por estos parajes.

—Quizá vuelvan por la mañana.

—Puede ser.

Ruth estira el sarape mojado y nos volvemos a dar las buenas noches. Ninguno de nosotros hace mención de cómo vamos a volver al avión sin ayuda. Me acuesto, mirando hacia el punto donde Alfa Centauro centellea y me maldigo por el lío que he organizado. Mi primera idea cede lugar a otra aún menos agradable.

Contrabandeando por aquí hay un par de sujetos en un fuera-borda que llevan un bote de pesca de camarones cerca de los arrecifes. No iluminan el cielo ni tienen ninguna clase de vehículo para recorrer los pantanos. Además hay un campamento... equipado de forma para-militar. He visto un informe sobre los infiltrados guevaristas que operan en la frontera de Honduras Británica, que está a cien kilómetros —sesenta millas— al sur del punto donde nos encontramos. Justo detrás de aquellas nubes. Si esto es lo que nos observó esta noche, estaré mucho más contento si no vuelven...

Me despierto, solo, en medio de una fuerte lluvia. Mi primer movimiento me confirma que mí pierna es —como esperaba— un bulto gigante que abulta mis pantalones. Me levanto con dolor y veo a Ruth que se levanta de entre los arbustos, mirando hacia la bahía. Un nimbo sólido y húmedo se vierte por el sur.

—No hay aviones hoy.

—Oh, buenos días, Don. ¿Miramos el corte, ahora?

—Es mínimo.

De hecho la piel apenas ha sido rasgada y no hay ningún pinchazo profundo. Algo completamente desproporcionado respecto a la destrucción interior.

—Bien, tienen agua para beber —dice Ruth tranquilamente—. Puede que aquellos cazadores vuelvan de nuevo. Voy a ver si encuentro algún pez; es decir, ¿puedo ayudarle de alguna manera, Don?

Ha tenido mucho tacto. Emito una negativa poco afable y ella se va a sus asuntos privados.

Verdaderamente son privados, ya que cuando me recobro de mis propios esfuerzos sanitarios, está todavía fuera. Finalmente, la oigo chapotear.

—¡Es un pez grande!

Más chapoteos. Después sube al banco de arena con una castañeta de tres libras, y algo más. Hasta después de que el sucio trabajo de cortar el pescado en filetes haya acabado, no empiezo a darme cuenta de lo que es. Toma un puñado de broza y de ramitas para ahumar los filetes: sus manos menudas se mueven con rapidez, hay tensión en el labio superior de la mujer. La lluvia ha cesado por el momento; estamos empapados por el agua, pero no sentimos frío. Ruth me trae mi pescado ensartado en una vara de mangle y se sienta hacia atrás sobre sus talones dando un amplio suspiro.

—¿No come conmigo?

—Oh, naturalmente. —Toma un filete de pescado y dice con rapidez—. O tenemos demasiada sal o demasiado poca, ¿verdad? Voy a buscar un poco de salmuera.

Sus ojos se mueven de forma errática.

—Es una buena idea. —Oigo otro suspiro y decido que la «scout» necesita ayuda—. Su hija mencionó que vienen ustedes de Mérida. ¿Han visto mucho de Méjico?

—Realmente no. El año pasado fuimos a Mazatlan y a Cuernavaca...

Deja el pescado y frunce el ceño.

—Y ¿van a ver el Tikál y también a Bonampak?

—No. —De repente salta y se quita el agua de la cara—. Le traeré un poco de agua, Don.

Se desliza por la pendiente y pasado un rato vuelve con un tallo lleno de agua.

—Gracias.

Está de pie por encima de mí, mirando incesantemente hacia el horizonte.

—Ruth, siento decirlo, pero estos tipos no vuelven y probablemente es mejor que sea así. Sea lo que sea lo que pretendían les parecimos un estorbo. Lo más que harán es contar a alguien que estamos aquí. Tardarán dos días en llegar aquí y probablemente por aquel entonces ya estaremos de nuevo en el avión.

—Estoy segura de que tiene razón, Don. —Se pasea junto al fuego de la parrilla.

—Y deje de impacientarse por su hija. Ya es una chica mayor.

—Oh, estoy segura de que Altea está bien... Tienen mucha agua ahora.

Sus dedos tamborilean sobre su muslo. Vuelve a llover.

—Venga Ruth. Siéntese. Cuénteme cosas acerca de Altea. ¿Está cursando aún sus estudios?

Se ríe, con su característica risa mezclada con un suspiro y se sienta.

—Altea se graduó el año pasado. Es programadora de informática.

—Bravo por ella. Y usted, ¿qué trabajo hace para la SSA?

—Estoy en los Archivos de Solicitudes Extranjeras —sonríe mecánicamente, pero su respiración es poco profunda—. Es muy interesante.

—Conozco a un tal Sr. Witting, en contratos, ¿quizá usted le conozca?

Suena completamente absurdo, allí sobre el nido de los cocodrilos.

—Oh sí, conocí al Sr. Witting. Estoy segura de que no me recordaría.

—¿Por qué no?

—No se me recuerda con facilidad.

Su voz suena simplemente fáctica. Naturalmente, tiene toda la razón. ¿Quién era aquella mujer, la Sra. Jannings, Janny, que trabajaba conmigo día a día, durante años? Competente, agradable e impersonal. Tenía un padre enfermo o algo. Pero, maldita sea, Ruth es mucho más joven y más guapa. Hablando comparativamente.

—Puede que la Sra. Parsons no desea que se la recuerde.

Hace un sonido vago, y de repente me doy cuenta de que Ruth no me escucha en absoluto. Sus manos se agarran a sus rodillas y su mirada se dirige tierra adentro hacia las ruinas.

—Ruth, le digo que en estos momentos los amigos de la luz están en el próximo condado. Olvídeles, no les necesitamos.

Sus ojos se vuelven hacia mí como si hubiese olvidado que estaba allí, y lentamente hace una seña afirmativa con la cabeza. Parece como si tuviese que hacer demasiado esfuerzo para hablar. De repente yergue la cabeza y vuelve a ponerse de pie.

—Voy a dar un vistazo a la caña, Don. Creo que oí algo. —Se ha ido con la rapidez de un conejo asustado.

Mientras está fuera trato de levantarme sobre mi pierna buena y el bastón. El dolor es muy intenso; las piernas parece que tengan una especie de línea caliente que va hacia el estómago. Doy un par de zancadas para probar si el Demerol que llevo en el cinturón me hace andar. En el momento en que voy a probarlo, Ruth se aproxima hacia el banco de arena con un pez dando aletazos en sus manos.

—¡Oh no, Don! ¡No! —abraza la palpitante castañeta contra su pecho.

—El agua me quitará parte de mi peso. Quería hacer una prueba.

—¡No debe hacerlo! —dijo Ruth con violencia y, enseguida, controla su voz—. Mire hacia la bahía, Don. No se ve nada.

Me balanceo, tragando bilis y mirando hacia las confusas cortinas de sol y lluvia que se mueven a través del agua. Tiene razón, por Dios. Incluso con dos piernas sanas podríamos vernos con problemas allí.

—Supongo que una noche más no nos matará.

Dejo que me tienda de nuevo sobre el plástico arenoso y da vueltas, sin parar, a mi alrededor, me busca algo duro para recostarme, extiende el sarape sobre los dos bastones para protegerme de la lluvia, me trae otra bebida y va en busca de yesca fresca.

—Encenderé una fogata tan pronto como aclare, Don. Verán el humo y sabrán que estamos bien. Sólo tenemos que esperar. —Una sonrisa alentadora—. ¿Hay algo que podamos hacer para que esté más cómodo?

Por todos los santos: jugando a papas y mamas en un lodazal. Durante un momento fugaz me pregunto si la Sra. Parsons no tiene ciertos propósitos acerca de mi persona. Después deja escapar otro suspiro y se sienta de nuevo sobre los talones, con la mirada atenta. Inconscientemente su trasero se menea un poco. Mi oído recoge la palabra clave: espere. Ruth Parsons está esperando. En realidad actúa por encima de cualquier otra cosa, como si estuviese esperando algo. ¿Por qué? ¿Está esperando a alguien que nos saque de aquí? ¿Qué más?... Pero, ¿por qué estaba tan horrorizada cuando me levanté para probar de andar? ¿Qué razón había para tanta tensión?

Mi paranoia se pone en marcha. Empiezo a recordar minuciosamente. Hasta el momento en que alguien apareció ayer noche, quienquiera que fuese, me imagino que la Sra. Parsons estaba normal. De todas maneras estaba tranquila y actuaba con sensatez. Ahora está zumbando como un cable de alta tensión. Y parece que desea permanecer aquí y esperar. ¿Como si se tratase de un pasatiempo intelectual? ¿Por qué?

¿Había venido aquí a propósito? De ninguna manera. Donde ella tenía planeado ir era a Chetumal, que está en la otra frontera. Déjeme pensar, Chetumal está al otro lado de Tikal. Pongamos que la escena es que ella tenía que encontrar a alguien en Chetumal. Alguien que forma parte de una organización. De forma que en estos momentos su contacto en Chetumal sabe que se ha retrasado. Y cuando aquellos tipos aparecieron la noche pasada, algo le sugirió que eran parte de la misma organización. ¿Y ella espera que aten cabos y vuelvan a por ella?

—¿Puede dejarme el cuchillo, Don? Limpiare el pescado.

Con lentitud le paso el cuchillo, en pugna con mi subconsciente. Una mujercita tan decente, una buena «scout». Mi problema es que me he topado con demasiados profesionales ágiles con aspecto vulgar y estereotipado. No se me recuerda mucho. ¿Qué hay en los Archivos de Asuntos Extranjeros? Witting maneja contratos clasificados. Grandes cantidades de dinero; negociaciones en moneda extranjera, listas de precios de productos, tecnología industrial varia. O —sólo como hipótesis— podía ser algo tan simple como un fajo de billetes con el modesto color beige de Ventura para cambiarlos por un paquete de Costa Rica, pongamos por caso. Si ella era un mensajero, querrían que llegase el avión. ¿Y entonces qué ocurrirá conmigo y quizá con Esteban? Nada bueno, seguro.

La observo mientras corta el pescado, su frente está fruncida por el esfuerzo, sus dientes muerden los labios. La Sra. Ruth Parsons de Bethesda, esa monótona y reservada mujer. ¿Qué locuras se me ocurren? Verán nuestro humo...

—Aquí tiene su cuchillo, Don. Lo he lavado. ¿Le duele mucho la pierna?

Borro las fantasías de mi mente y veo a una mujercita asustada en un pantano de mangles.

—Siéntese, descanse. Está agotada.

Obedece y se sienta, como una chica en un sillón de dentista.

—Teme por Altea. Y, probablemente, ella está preocupada por usted. Estaremos de regreso mañana por nuestro propio pie, Ruth.

—Honradamente, no estoy preocupada en absoluto, Don. —Su sonrisa se desvanece; se mordisquea el labio y mira con el ceño fruncido hacia la bahía.

—¿Sabe, Ruth?, me sorprendió cuando se ofreció para venir conmigo. No es que no lo apreciase. Pero más bien pensé que le inquietaría tener que dejar a Altea. sola con el bueno de nuestro piloto, quiero decir. ¿O fue solamente por mí?

Por fin, esta frase le llama la atención.

—Creo que el Capitán Esteban es un gran tipo.

Estas palabras me sorprenden un poco. ¿No es más corriente contestar «Confío en Altea», o incluso en un tono más airado, «Altea es una buena chica?»

—Es un hombre. Daba la impresión de que a Altea le parecía interesante.

Sigue mirando la bahía. Y en aquel momento veo cómo su lengua se dispara como un látigo y humedece el prensil labio superior. Al propio tiempo un rubor repentino se hace aparente en sus orejas y en su garganta y una de sus manos frota suavemente uno de sus muslos. ¿Qué es lo que ve en la llanura? ¡Aja! Los brazos de caoba del Capitán Esteban estrechando el cuerpo de perla de la Srta. Altea Parsons. Las arcaicas fosas nasales del Capitán Esteban resollando en el tierno cuello de la Srta. Parsons. Las cobrizas nalgas del Capitán Esteban bombeando en el cremoso trasero vuelto hacia arriba de Altea. La hamaca rebota muy bien. Los mayas lo saben.

Bien, bien. Así es que la Madre Clueca tiene sus pequeñas artimañas. Me siento como tonto de remate y fuertemente irritado. Ahora me doy cuenta de que incluso la lujuria vicaria tiene mucho que hacer aquí, entre el barco y la lluvia. Me calmo, recordando cómo la Srta. Altea, la programadora de informática, nos había despedido diciéndonos adiós con la mano, de forma tranquila. ¿Enviaba a su madre a andar conmigo a trompicones a través de la bahía para que pudieran programarla en maya? Me vienen a la memoria los troncos de caoba hondureños penetrando y saliendo de la arena opalescente. En el momento en que me dispongo a sugerir a la Sra. Parsons que a lo mejor prefiere compartir mi cobertizo, observa serenamente:

—Parece que los mayas son unos tipos magníficos. Supongo que Ud. se lo dijo así.

Un sentimiento de complicidad se me viene encima, junto con la lluvia. Tipo, como en la cría de ganado, línea sanguínea, semental. ¿Se supone que yo había certificado que Esteban no solamente era un semental, sino un transmisor pura sangre?

—Ruth, ¿me está diciendo que está preparada para aceptar a un nieto medio indio?

—¿Por qué no, Don?, es una decisión de Altea, ¿sabe?

Mirando a la madre, me imagino que así es. ¡Un brindis por las gónadas de caoba! Ruth se ha vuelto a escuchar el viento, pero no voy a permitir que deje el asunto tan fácilmente. No, después de todo ese vivo noli me tangere.

—¿Qué pensará el padre de Altea?

Su rostro se vuelve con rapidez hacia mí, con verdadera sorpresa.

—¿El padre de Altea? —Dibuja una media sonrisa complicada—. No le importará.

—¿Él también lo aceptará, no? —Veo cómo mueve la cabeza como si una mosca le estuviese molestando y añado con toda la malicia de un lisiado—: Su esposo debe ser un gran tipo.

Ruth me mira, echa hacia atrás su pelo mojado, con un movimiento brusco. Tengo la impresión de que la silenciosa Sra. Parsons está rugiendo fuera de control, pero su voz es tranquila.

—No hay ningún Sr. Parsons, Don. Nunca lo hubo. El padre de Altea era un estudiante de medicina danés... Creo que se ha hecho muy famoso.

—Oh. —Algo me advierte de que no debo decir lo siento—. ¿Quiere decir que no conoce la existencia de Altea?

—No —sonríe, sus ojos brillan y se mueven con vivacidad.

—Parece que para ella debe resultar duro.

—Crecí muy feliz en las mismas circunstancias.

¡Pump!, me quedo medio muerto. Bien, bien, bien. Una imagen chusca aparece en mi mente: generaciones de mujeres Parsons solitarias seleccionando sementales, haciendo viajes de fecundación. Bien, he oído que el mundo toma esta orientación.

—Será mejor que eche un vistazo a la caña de pescar.

Se va. El resplandor desaparece. No. No hay contacto. Adiós, Capitán Esteban. La pierna me molesta mucho. Al diablo con los programados orgasmos a larga distancia de la señora Parsons. Después de esto no hablamos mucho, lo que al parecer le va bien. El maldito día se arrastra lentamente. Chubasco tras chubasco cae sobre nosotros. Ruth ahúma algunos filetes más, pero la lluvia ahoga el fuego; parece que cae con más fuerza en el mismo momento en que el sol está a punto de reaparecer. Finalmente se viene a sentar bajo mi sarape, pero no hay calor allí. Me adormezco, consciente de que de vez en cuando se levanta para mirar a su alrededor. Mi subconsciente nota que aún está crispada. Le digo a mi subconsciente que lo olvide.

De repente me despierto y le veo garabateando con el lápiz sobre las páginas mojadas de una libretita de notas.

—¿Qué es eso, la lista de la compra para los cocodrilos?

Sonríe de forma automática y educada.

—Oh, se trata simplemente de una dirección. En caso de que nosotros... Soy tonta, Don.

—Bien. —Me incorporo con viveza—. Ruth, deje de preocuparse. Créame. Pronto estaremos libres de esto. Tendrá una gran historia que contar.

No levantó la vista.

—Sí... creo que sí.

—Venga, mujer, lo estamos pasando bien. No hay ningún peligro real aquí, ¿sabe? A menos que sea alérgica al pescado.

Otra risa infantil, pero hay en ella un leve temblor.

—A veces pienso que me gustaría... irme realmente lejos.

Para hacer que siga hablando le digo lo primero que me pasa por la cabeza:

—Dígame, Ruth. Siento curiosidad sobre el porqué se ha enclaustrado en esta clase de vida solitaria, en Washington. Quiero decir que una mujer como usted...

—¿Debería casarme? —suspira, al tiempo que vuelve a poner la libretita en su bolsillo mojado.

—¿Por qué no? Es la forma normal de tener compañía. No me diga que trata de ser una especie de profesional del odio masculino.

—¿Lesbiana, quiere decir? —su risa suena mejor—. No, no lo soy.

—Bien, pues cualquiera que fuera el trauma que pasó, estas cosas no duran toda la vida. No pueden odiar a todos los hombres.

Vuelve la sonrisa.

—Oh, no hubo ningún trauma, Don, y no odio a los hombres. Sería tan tonto como odiar al tiempo. —Echa una mirada de reojo a la lluvia.

—Creo que les tiene inquina. Incluso se comporta conmigo como si fuera un fantasma.

En un tono dulce, como el de una gata, me dice:

—Hábleme de su familia, Don.

Tocado. Le doy la versión oficial del porqué no tengo familia, y me dice que lo siente de verdad. Y charlamos acerca de la buena vida que puede disfrutar una persona sola, y de cómo ella y sus amigos disfrutan de las obras de teatro, de los conciertos y de los viajes, y uno de ellos es cajero jefe de Ringling Brothers, ¿qué hay sobre él? Pero se repite y se repite, como un disco rayado y, en las pausas, su mirada se vuelve hacia el horizonte y presta atención a algo que no es mi voz. ¿Qué le ocurre? Bien, ¿qué hay de malo en que cualquier mujer de mediana edad con una cama vacía que se comporte repentinamente de modo poco convencional? Y sin riesgo. Un viejo hábito mental me señala despiadadamente que la Sra. Parsons representa lo que se conoce como el clásico blanco de penetración.

—Hay muchas más oportunidades ahora. —Su voz se va perdiendo poco a poco.

—Un hurra por la libertad de la mujer.

—La libertad. —Se adelanta con impaciencia y estira el sarape—. Oh, estamos predestinadas.

La palabra apocalíptica llama mi atención.

—¿Qué quiere decir con la palabra predestinadas?

Me mira como si no estuviera en mis cabales y dice vagamente:

—Oh...

—¿Venga, por qué predestinadas? ¿No tienen las mujeres los mismos derechos?

Hay un largo momento de vacilación. Cuando vuelve su voz es distinta.

—Las mujeres no tienen derecho, Don, excepto los que los hombres nos otorgan. Los hombres son más agresivos y poderosos y ellos rigen el mundo. Cuando se encuentren ante la próxima gran crisis nuestros llamados derechos se desvanecerán como... como el humo. Volveremos a ser como siempre: una propiedad. Y todo lo que haya ido mal se cargará a cuenta de nuestra libertad, como ocurrió con la caída de Roma. Verá.

Todo esto lo dice en un tono grave, con total convencimiento. La última vez que oí este tono, el que lo emitía explicaba que tenía que guardar en los cajones de su archivo palomas muertas.

—Eso no es más que fantasía. —Su voz se mantiene aún tranquila—. Las mujeres no actuamos de esta manera. Somos un mundo sin colmillos. —Mira a su alrededor como si desease dejar de hablar—. Lo que hacen las mujeres es sobrevivir. Vivimos una o dos a la vez en su máquina de mover el mundo.

—Suena como una guerrilla.

No estoy bromeando; estamos en la madriguera de cocodrilos. Me pregunto si no perdí demasiado tiempo pensando en los troncos de caoba.

—Las guerrillas tienen alguna esperanza. —De repente consigue una sonrisa franca—. Piense en las zarigüeyas, Don. ¿Sabía que hay zarigüeyas que viven en todas partes? Incluso en Nueva York.

Devuelvo la sonrisa y siento en mi cuello como si tuviese un aguijón. Pensaba que era yo el que estaba paranoico.

—Los nombres y las mujeres no son especies distintas, Ruth. Las mujeres hacen todo lo que hacen los hombres.

—¿De veras?

Nuestras miradas se encuentran, pero parece como si estuviese viendo fantasmas en la lluvia entre nosotros. Murmura algo, que podría ser «Dios mío» y aparta la mirada.

—Todas las guerras interminables... Su voz es un susurro—. Todas las enormes organizaciones autoritarias para hacer cosas irreales. Los hombres viven para luchar unos contra otros; nosotras somos parte del campo de batalla. No cambiará jamás, a menos que ustedes cambien todo el mundo. A veces sueño escapar. —De repente se contiene y cambia de tono— Perdóneme, Don, es tan estúpido decir esto...

—Los hombres también odian las guerras, Ruth —digo con tanta suavidad como puedo.

—Lo sé. —Se encoge de hombros y se pone en pie—. Pero ése es un problema suyo, ¿verdad?

Final de la comunicación. La Sra. Parsons ni siquiera vive en el mismo mundo que yo. Observo cómo se mueve incesantemente, con la cabeza vuelta hacia las ruinas. Una locura como aquélla podría tener que añadirse al asunto de las palomas muertas, lo cual representaría un problema para la GSA. Podría llevar a creer en algún bromista que había prometido cambiar todo el mundo. Lo cual podría convertirse en mi problema si uno de ellos estuvo la noche pasada en el campamento, hacia el que sigue mirando. Las guerrillas tienen alguna esperanza...

Tonterías. Cambio de postura y veo que el cielo parece aclararse a medida que se pone el sol. Por fin el viento también se está aquietando. Es insensato pensar que esta mujercita está elaborando una fantasía en este pantano. Pero el grupo de ayer por la noche no era una fantasía; si aquellos muchachos tenían alguna relación con ella, yo estaré en medio. No se podía encontrar un lugar más apropiado para cargarse a alguien. ¿Quizás algún guevarista fuese un gran tipo? Absurdo. Seguro. Lo único más absurdo sería haber sobrevivido a dos guerras y encontrar mi final en manos del amigo de una bibliotecaria loca, en un viaje de pesca.

Un pez aletea en la corriente a nuestros pies, Ruth se mueve con tanta rapidez que tira el sarape.

—Vale más que encienda el fuego —dice, con la mirada dirigida al llano y la cabeza erguida, en actitud de alerta.

Bien, probemos.

—¿Esperando compañía?

La pregunta la deja petrificada. Se queda helada, y sus ojos giran hacia mí como en un primer plano de una película de terror. Veo que se decide a sonreír.

—¡Oh, nunca se sabe! —ríe de forma complicada, sus ojos permanecen inalterados—. Voy a buscar maleza para encender el fuego. —Se escurre entre los matorrales.

Nadie, tanto si es paranoide como si no lo es, puede llamar normal a aquella reacción. Ruth Parsons o es psicótica o está esperando que algo ocurra —y no tiene nada que ver conmigo; yo la asusto. Bien, puede que esté loca. Y puede que yo esté equivocado, pero hay algunos errores que sólo se cometen una vez. De mala gana desabrocho mi cinturón, diciéndome que si pienso lo que pienso, mi única salida es poner en marcha mi pierna como sea y alejarme tanto como pueda de la Sra. Ruth Parsons antes de que llegue quien sea que espere.

En mi cinturón hay también una pistola del calibre treinta y dos que Ruth no conoce, y ya a seguir allí. Mi programa de vida deja los disparos para la TV y señala la necesidad de estar en otra parte cuando se caiga el techo. Puedo pasar una noche segura y al propio tiempo horrible en uno de aquellos mangles..., ¿estoy loco? En aquel momento Ruth se levanta y mira descaradamente tierra adentro, con la mano a modo de pantalla sobre sus ojos. Después esconde algo en el bolsillo y me siento a la espera, mientras Ruth trastea con el fuego, mirando a hurtadillas cuando cree que no la veo.

El mundo llano de nuestro alrededor se ve envuelto por una luz sobrenatural ámbar y violeta, al tiempo que el primer desentumecimiento pasa por mi pierna. Ruth se arrastra por debajo de los arbustos para recoger más ramas secas; puedo ver sus pies. Bien, tomo mi bastón. De repente, el pie resbala y Ruth lanza un grito —o más bien su garganta emite un Uh-uh-hhh que significa puro horror. El pie desaparece entre el ruido de los tallos. Me pongo en pie sobre la muleta y veo en la otra orilla una escena que me deja helado. Ruth se agacha en el arrecife, apretando su estómago. Están una yarda más abajo, en una embarcación que se desliza por el río. Mientras estaba formulando estúpidas conjeturas, sus amigos se habían deslizado debajo de mis narices. Son tres.

Son altos y blancos. Trato de verlos, son como hombres vestidos con una especie de pijama blanco. El que está más cerca de la orilla alarga un brazo largo y blanco hacia Ruth. Ella salta y se aparta. El brazo se alarga y la sigue. Pequeños objetos negros culebrean en su extremo. Miro en el punto donde deberían estar sus rostros y veo unos discos huecos y negros con bandas verticales. Las bandas se mueven con lentitud. No hay ninguna posibilidad de que sean humanos o pertenecientes a ninguna especie conocida por mí. ¿A quiénes ha conjurado Ruth? La escena es totalmente silenciosa. Parpadeo una y otra vez; esto no puede ser real. Los dos que están en el fondo del bote están retorciendo sus brazos alrededor de un aparato colocado en un trípode. ¿Un arma? De repente oigo la misma voz confusa que oí la noche pasada.

—De... me —gime—. De... me...

Dios mío, sea lo que sea es real. Estoy aterrado. Mi mente trata de no formular juicio alguno. Y Ruth, cielos, Ruth también está aterrada; está en el margen del río, lejos de ellos, con la boca abierta ante los monstruos del bote, quienes sin duda no son amigos de nadie. Ella abraza algo contra su cuerpo. ¿Por qué no se vuelve y viene hacia mí?

—De... e... me. —Este gruñido viene del trípode—. Por fa... a... vor démelo.

La embarcación se mueve corriente arriba, hacia la posición de Ruth. El brazo se ondula hacia ella, sus dedos negros se cierran. Ruth trepa hacia lo alto de la orilla.

—¡Ruth! —Mi voz se quiebra—. ¡Ruth, baje y colóquese detrás de mí!

Ella no me mira, sigue deslizándose cada vez más lejos. Mi terror se convierte en enfado.

—¡Vuelva aquí! —Con mi mano libre saco la pistola del 32 del cinturón.

El sol se ha puesto. No se vuelve, se endereza con cautela, abrazando aún el objeto. Veo cómo sus labios empiezan a moverse. ¿Trata de hablarles?

—Por favor... —dice con lentitud—. Por favor, háblenme Necesito su ayuda.

—¡RUTH!

En ese momento el monstruo blanco más cercano traza con rapidez una gran curva en S y se dirige hacia ella, ocho pies de horrible nieve ondulante. Y yo disparo contra Ruth. Tardo un minuto en saberlo. He tirado de la pistola con tal fuerza que mi bastón ha resbalado, me ha hecho perder el equilibrio y ha cambiado la dirección de mi disparo. Me tambaleo, mientras oigo a Ruth gritando:

—¡No! ¡No! ¡No!

La criatura se vuelve a su embarcación y Ruth está aún lejos, apretando algo contra sí. La sangre le baja por el codo.

—¡Deténgase, Don! ¡No están atacando!

—¡Por Dios Santo! ¡No sea loca, no puedo ayudarla si no se aparta de ellos!

No responde. Nadie se mueve. No se oye nada excepto el zumbido de un reactor que pasa por encima nuestro. En la corriente oscura, bajo mis pies, las tres figuras blancas se mueven incesantemente; tengo la sensación de que son discos de radar que me enfocan. La palabra se forma en mi mente: Extraterrestres. ¿Qué hago, llamo al Presidente? ¿Los capturaré con una sola mano y mi pistola?... Estoy solo en el confín de una tierra de nadie, con una sola pierna y mi cerebro atiborrado de clorhidrato de meperidina.

—Por fa... a... vor —su máquina balbucea de nuevo—. Qué... e... pas...

—Nuestro avión cayó —dice Ruth, con voz clara, pero misteriosa. Señala al reactor, a lo lejos hacia la bahía—. Mi hija está allí. Por favor, llévennos allí en su embarcación.

Dios mío. Mientras gesticula, miro el objeto que abraza con su brazo herido. Es metálico, como una gran cabeza centelleante de un distribuidor. ¿Qué...? Esperen un momento. Esta mañana; cuando esta mañana estuvo fuera tanto tiempo, puede que encontrase aquel objeto. Algo que dejaron abandonado. O lo dejaron caer. Y lo escondió sin decírmelo. Por eso se iba hacia aquel grupo de arbustos y le echaba miradas furtivas. Esperando. Y los propietarios volvieron y la sorprendieron. Ellos lo quieren. Ella esta tratando de pactar, Dios mío.

—Agua —Ruth señala de nuevo—. Llévennos. A mí y a él.

Las caras negras se vuelven hacia mí, ciegas y horribles. Más tarde puede que me sienta agradecido por este «nosotros». Ahora no.

—Tire su pistola, Don. Nos ayudarán.

Su voz es débil.

—Por todos los diablos. ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?

—¡Por Dios!, ¿qué importa? Tiene miedo —les grita—. ¿Pueden comprender?

En la luz del crepúsculo Ruth resulta tan extraña como ellos. Los seres de la embarcación parlotean entre sí. Su caja empieza a gimotear.

—Es... s... tu... dian... te —entiendo—. Estudiando... no hacemos daño... nos... —Se desvanece en un murmullo y dice—: De... e... nos... nos... marchamos... —Estudiantes amantes de la paz en viaje de intercambio cultural a nivel interestelar. ¡Oh, no!

—¡Traiga este objeto aquí, Ruth; en seguida!

Pero ella desciende y se dirige a ellos, diciendo:

—Llévenme.

—¡Espere! Necesita un torniquete en ese brazo.

—Lo sé. Deje la pistola, Don.

En ese momento se encuentra delante de la embarcación, cerca de ellos; No se mueven.

—Dios mío.

Lentamente, de mala gana, dejo caer la pistola. Cuando inicio la bajada del desnivel me encuentro con que estoy flotando; la adrenalina y el Demerol son una mala mezcla La embarcación se desliza hacia mí; Ruth, encorvada, tiene agarrado el objeto y sostiene su brazo. Los extraterrestres están en la popa, detrás de su trípode, lejos de mí. Me doy cuenta de que la embarcación está camuflada con pintura marrón y verde. El mundo a nuestro alrededor es de un tono azul intenso.

—Don, traiga la bolsa de agua.

Mientras arrastro la bolsa de plástico se me ocurre pensar que realmente Ruth está chiflada, el agua no es necesaria ahora. Pero mi propio cerebro parece que también sufre una sobrecarga. Todo lo que puedo vislumbrar es un brazo de goma blanca con dedos negros como gusanos agarrando el extremo del tubo anaranjado y ayudándome a llenarlo.

—¿Puede subir, Don?

Al levantar mis piernas entumecidas, dos largos tubos blancos vienen hacia mí. No, vosotros, no. Doy un brinco y voy a caer al lado de Ruth. Ella se aparta. Se empieza a oír un zumbido chirriante. Proviene de una cuña en el centro de la embarcación. Y nos movemos, deslizándonos hacia las hileras de mangles oscuros. Miro distraídamente a la cuña. ¿Secretos tecnológicos de los extraterrestres? No puedo ver ninguno, el foco de energía está debajo de aquella cubierta triangular de dos pies de longitud. Los dispositivos del trípode son igualmente crípticos, excepto uno, que tiene una lente grande. ¿Es su luz?

Cuando nos encontramos en la bahía abierta el zumbido se hace más fuerte y navegamos cada vez con mayor rapidez. ¿A treinta nudos? Es difícil de calcular en la oscuridad. Su casco tiene el aspecto de un triedro modificado, muy parecido al nuestro, pero de base más plana. Pongamos que tiene veintidós pies. Por mi cabeza bullen planes para hacerme con él. Necesitaré a Esteban. De repente, un gran torrente de luz blanca que proviene del trípode nos barre, borrándonos a los extraterrestres que se hallan en la popa. Veo a Ruth tirando de un cinturón alrededor de su brazo, abrazando aún aquel cacharro.

—Yo se lo ataré.

—Está bien.

El dispositivo de los extraterrestres brilla ligeramente. Me inclino para mirarlo y susurro:

—Démelo; se lo pasaré a Esteban.

—¡No! —Se aparta repentinamente, casi se va al otro lado de la embarcación—. ¡Es suyo, lo necesitan!

—¿Qué? ¿Está loca? —Estoy tan sorprendido por esta idiotez que tartamudeo—: Tenemos que..., tenemos...

—No nos han hecho ningún daño. Estoy segura que podrían hacérnoslo.

Sus ojos me contemplan con una intensidad feroz; a la luz su rostro tiene una expresión lunática. Entumecido como estoy, me doy cuenta de que la maldita mujer está dispuesta a tirarse por la borda de nuevo. Con el objeto extraterrestre.

—Creo que son amistosos —murmura.

—¡Por todos los santos, Ruth, son extraterrestres!

—Estoy acostumbrada —dice en tono distraído—. ¡Hemos llegado a la isla! ¡Paren! ¡Paren aquí!

La embarcación reduce la velocidad y gira. Una masa en el follaje tiene aspecto de hojalata, tiene el brillo del metal; es el avión.

—¡Altea! ¡Altea! ¿Estás bien?

Gritos y movimiento en el avión. El agua está alta, flotamos por encima del nivel. Los extraterrestres nos mantienen en primera línea y se esconden detrás de la luz. Veo una figura que chapotea hacia nosotros y otra oscura detrás, que viene más despacio. Esteban debe sentirse sorprendido por aquella luz.

—El Sr. Fenton está herido, Altea. Estas gentes nos trajeron, con el agua. ¿Están bien?

—Estupendo. —Altea avanza torpemente, mirando fijamente, con excitación—. ¿Estás bien? ¡Qué luz!

Automáticamente, inicio el gesto para darle la estúpida bolsa de agua.

—Déjela para el Capitán —dice Ruth con voz firme—. ¿Altea, puedes subir al bote? Rápido, es importante.

—¡Subir!

—¡No no! —protesto yo, pero la embarcación cabecea cuando Altea trepa y cae dentro.

Los extraterrestres se inquietan y su caja de habla empieza a gemir.

—De... e... nos... ahora... denos...

—¿Qué pasa? —La cara de Esteban aparece a mi lado, mirando de soslayo y con fiereza a la luz.

—Agárrelo... lo que ella tiene —pero la voz de Ruth domina a la mía:

—Capitán, saque al Sr. Fenton de la embarcación. Se ha herido en la pierna. Dése prisa, por favor.

—¡Por Dios, espere! —grito, pero un brazo me agarra por la cintura. Cuando un maya le agarra a uno, le levanta. Oigo a Altea que dice: «¡Madre, tu brazo!», y caigo entonces sobre Esteban.

Nos tambaleamos en el agua que llega hasta mi cintura; no siento mis pies en absoluto. Cuando me pongo en pie, el bote está a varias yardas de distancia, las dos mujeres, con las cabezas una junto a la otra, se dicen algo al oído.
—¡Atrápelas! —Me suelto de un tirón de Esteban y camino vacilando hacia delante. Ruth está de pie en el bote, de cara a los extraterrestres invisibles.

—Llévennos con ustedes. Por favor. Queremos ir con ustedes, lejos de aquí. —Los extraterrestres gorjean furiosamente detrás de la luz—. Por favor, llévennos. No nos importa saber cómo es su planeta; aprenderemos; haremos cualquier cosa. No les causaremos ningún problema. Por favor. Oh, por favor.

La embarcación está cada vez más lejos.

—¡Ruth! ¡Altea! Están locas, esperen. —Pero solamente puedo arrastrar los pies en el cieno, como en una pesadilla, mientras oigo la maldita voz de la caja jadeando: «No vendremos... más... no vendremos...»

El rostro de Altea se vuelve hacia la voz, con la boca abierta.

—Sí, comprendemos —grita Ruth—. No queremos volver. Por favor, ¡llévennos con ustedes!

Grito, y Esteban pasa por mi lado chapoteando y gritando también algo sobre la radio.

—Sííí —gime la voz.

Ruth se incorpora repentinamente, agarrando a Altea. En aquel momento, Esteban se coge al borde de la embarcación.

—¡Deténgales, Esteban! No deje que ella se vaya.

Me mira de soslayo por encima del hombro, y me doy cuenta de su total desinterés. He echado una larga mirada a la pintura del camuflaje de la embarcación y a la ausencia del aparejo de pesca. Hago un esfuerzo desesperado y resbalo de nuevo. Cuando me incorporo, Ruth dice:

—Nos vamos con esta gente, Capitán. Por favor, tome su dinero de mi bolso, está en el avión. Y dé esto al Sr, Fenton.

Le entrega algo pequeño; la libretita de notas. La toma con cuidado.

—¡Esteban! ¡No...!

Ha soltado la embarcación.

—Muchas gracias —dice Ruth, cuando empieza a navegar.

Su voz tiembla; la eleva:

—No habrá ningún problema, Don. Por favor, envíe el cable. Es para una amiga mía, ella cuidará de todo. —Añade la nota cómica de la noche—. Es una gran persona; es la directora de la escuela de puericultura de N.I.H.

Cuando la embarcación es arrastrada por la corriente oigo a Altea que añade algo que suena como «Conforme». Dios mío... Al minuto siguiente empieza el zumbido; la luz se desvanece rápidamente. Lo último que veo de la señora Ruth Parsons y de la señorita Altea Parsons son dos sombras pequeñas contra la luz, como dos zarigüeyas. La luz desaparece, el zumbido se hace cada vez más tenue; se van alejando, hasta perderse en la lejanía.

En el agua negra, a mi lado, Esteban les manda a todos al diablo.

—Amigos, o lo que sean —le digo—, parece que ella quería irse con ellos.

Mantiene absoluto silencio, mientras me lleva de nuevo al avión. Él sabe lo que puede haber pasado aquí mejor que yo y los mayas tienen su propio programa de longevidad. Su aspecto parece haber mejorado. Al entrar veo que la hamaca ha vuelto a ser colocada en su lugar.

Por la noche —de la que tengo escaso recuerdo— el viento cambia y a las siete y media de la mañana siguiente el Cessna hace crujir la arena, bajo un cielo despejado. De noche estamos de regreso en Cozumel. El Capitán Esteban acepta sus honorarios y se marcha expeditivamente a tratar sobre las cuestiones del seguro. Dejo las maletas de las señoras Parsons a un agente del Caribe, a quien le importa muy poco. Envío el cable a la señora Priscilla Hayes Smith, también de Bethesda. Me voy a un médico y a las tres de la tarde estoy sentado en la terraza del Hotel Cabañas con una pierna abultada y un whisky doble, tratando de comprender todo el asunto.

El cable decía: Altea y yo aprovechamos la extraordinaria oportunidad de viajar. Nos vamos durante varios años. Por favor, cuida de nuestros asuntos. Un abrazo, Ruth. Lo había escrito por la tarde, ¿saben? Pido otro doble, deseando que ojalá hubiese echado una buena mirada a aquel objeto. ¿Tenía una etiqueta que decía fabricado por los Betergensios? No importa lo fantástico que fuera, ¿cómo puede una persona ser tan sumamente loca como para imaginar? No solamente esto, sino esperar, planear... Me gustaría irme lejos... Esto es lo que estuvo haciendo durante todo el día. Aguardando, esperando, pensando en cómo recoger a Altea. Para irse a un mundo extraño.

Con mi tercer whisky inicio un chiste sobre las mujeres locas, pero mi corazón no lo siente. Y estoy seguro de que no habrá ningún problema. Dos mujeres humanas, una de ellas posiblemente preñada, se han marchado, me imagino que hacia las estrellas; y la sociedad ni se habrá dado cuenta. Me pregunto si todos los amigos de la señora Parsons están siempre a punto de cualquier eventualidad, incluida la de dejar la Tierra. ¿Y se las arreglará la señora Parsons de alguna manera para enviar a buscar a la señora Priscilla Hayes Smith, esa gran persona?

Pido otro largo, mientras pienso en Altea. ¿Qué soles mirará? Verá el vástago de ojos endrinos de Esteban, si es que lo hay. «Sube Altea, partimos para Orion.» «Sí, mamá.» ¿Es éste un sistema de educación? Vivimos una o dos a la vez en su máquina de mover el mundo. Estoy acostumbrada a los extraterrestres. Tenía medido el significado de sus palabras. Demencial. ¿Cómo podía una mujer escoger el vivir entre monstruos desconocidos, decir adiós a su casa, a su mundo?

A medida que los whiskíes hacen su efecto, todo el escenario dantesco se disipa hasta convertirse en dos pequeñas formas sentadas una al lado de la otra, bajo una extraña y declinante luz.

Faltan dos de nuestras zarigüeyas.

James Tiptree, Jr. (Alice Bradley Sheldon) (1915-1987)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de James Tiptree, Jr.: Las mujeres que los hombres no ven (The Women Men Don't See), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

readingdeworld dijo...

Veo bastantes suposiciones, como que la hija puede haberse quedado embarazada del piloto, y la madre puede haber concertado una cita con los extraterrestres…, con lo cual, se convierte en un relato ambiguo. Y a la vez, no deja de ser interesante. Y original.
Como comentáis en vuestro análisis, lo importante es la comparación de la mujer con los extraterrestres.
La madre tiene que haber sufrido demasiado, al punto de preferir escapar de lo conocido a lo desconocido: preferir al extraterrestre antes que al hombre. Aunque el hombre no sólo analiza a la mujer en este relato…
Al fin parece que a esos hombres no les importa demasiado que las mujeres hayan partido…



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Libro y análisis.
Relato de H.P. Lovecraft.
Relato de Clark Ashton Smith.

Artículo.
Sobre la masticación de los muertos en sus tumbas.
Novelas de Willa Cather.