La marca de nacimiento: Nathaniel Hawthorne


La Marca de Nacimiento (The birth mark) es un relato del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne. Fue publicado en 1843, pero adquirió una justa celebridad cuando Hawthorne lo incluyó en una de sus antologías narrativas más notables: Musgos en la vieja rectoría (Mosses from the old manse) .

La Marca de Nacimiento es la cronología de una obsesión; sin embargo, lejos de resumirse a este tópico, el relato plantea otras problemáticas, como el impacto psicológico del amor sobre la naturaleza humana.

Los razonamientos de Nathaniel Hawthorne sobre los sueños y la psicología del amor, vistos en retrospectiva, son admirables; tanto por la claridad de sus conceptos como por su desarrollo narrativo (recordemos que es sólo un cuento). El tema de la perfección humana es abordado mediante con una sutileza retórica que pocos autores son capaces de lograr. Tal es así; que varios críticos afirman que la esencia del relato sugiere que la perfección de la vida sólo se alcanza durante la muerte, y que todos los periplos del protagonista son el preludio de una pesadilla.

La trama visible de La marca de nacimiento narra el creciente horror de un marido ante la marca en la mejilla de su esposa, presumiblemente un lunar pequeño con forma de mano. Curiosamente, él nunca había reparado en este detalle, que a medida que transcurre el cuento va convirtiéndose en una obsesión sin freno.


La Marca de Nacimiento.
The Birth Mark
; Nathaniel Hawthorne (1804-1864)


A fines del siglo pasado vivió un hombre de ciencia, eminente en todas las ramas de la filosofía, quien no mucho antes de que se inicie nuestra historia había experimentado una afinidad espiritual más atractiva que cualquier otra química. Había dejado el laboratorio al cuidado de un ayudante, limpiado su semblante del humo del horno, lavado de sus dedos las manchas de ácidos y persuadido a una hermosa mujer para que se convirtiera en su esposa. En aquellos días, cuando el descubrimiento reciente de la electricidad y otros misterios parecía abrir caminos hacia el milagro, no era inusual que el amor a la ciencia rivalizara con el amor a la mujer. El intelecto, la imaginación, el espíritu, e incluso el corazón pueden encontrar su alimento en ocupaciones que, tal como creen algunos partidarios, irán ascendiendo de un paso de la inteligencia poderosa a otro, hasta que el filósofo pueda poner su mano sobre el secreto de la fuerza creativa y crear quizás mundos nuevos para sí mismo.

No sabemos si Aylmer poseía ese grado de fe en el dominio del hombre sobre la Naturaleza. Sin embargo, se había dedicado sin reservas a los estudios científicos como para no apartarse de ellos por una segunda pasión. El amor hacia su joven esposa demostraría ser el más fuerte de los dos: pero sólo podía existir entremezclándose con su amor a la ciencia, y uniendo la fuerza de este último al primero.

Esa unión se produjo, y tuvo unas consecuencias notables que causaron una impresión profunda. Un día, muy poco después de la boda, Aylmer estaba sentado mirando a su esposa con una turbación que fue creciendo hasta que habló.

-Georgiana. -dijo él- ¿No se te ha ocurrido nunca que podría eliminarse la marca que tienes en la mejilla?
-La verdad, no -contestó ella sonriendo; pero al darse cuenta de la seriedad de la actitud de Aylmer se sonrojó-. Tantas veces me han dicho que resultaba atractivo que en mi simpleza imaginé que lo era.
-Ah, quizás lo fuera en otro rostro -respondió el marido-, pero nunca en el tuyo. No, mi queridísima Georgiana, saliste tan perfecta de la la Naturaleza que este ligerísimo defecto, que dudamos si llamar defecto o belleza, me sorprende, por ser la señal visible de la imperfección terrena.
-¿Te sorprende, esposo mío? -añadió Georgiana levantando la voz y sintiéndose herida; al principio enrojeció por la cólera momentánea, pero luego estalló en llantos-. ¿Por qué me apartaste entonces del lado de mi madre? ¡No puedes amar lo que te sorprende!

Para explicar esta conversación debe mencionarse que en el centro de la mejilla izquierda de Georgiana había una marca singular profundamente entrelazada, por así decirlo, con la textura y sustancia de su rostro. En el estado habitual de su tez (una lozanía saludable aunque delicada) la marca tenía un tono carmesí profundo. Cuando se sonrojaba perdía gradualmente definición hasta que desaparecía en el torrente triunfante de sangre que bañaba con brillo la mejilla entera. Pero si alguna emoción cambiante la hacía palidecer, allí estaba de nuevo la marca, una mancha carmesí sobre la nieve, con una claridad que a Aylmer le parecía a veces casi temible. Su forma guardaba no poca similaridad con una mano humana, aunque del tamaño más diminuto. Los enamorados de Georgiana acostumbraban a decir que en el momento de su nacimiento algún hada había puesto su mano diminuta sobre la mejilla de la recién nacida, dejando allí esa huella en señal de los dones mágicos que le daban ese dominio sobre todos los corazones.

Muchos pretendientes desesperados habrían puesto en riesgo su vida por el privilegio de presionar con sus labios la mano misteriosa. No debe ocultarse, sin embargo, que la impresión producida por ese signo de las hadas variaba mucho de acuerdo con la diferencia de temperamento de quien la contemplaba. Algunas personas fastidiosas (exclusivamente de su propio sexo) afirmaban que la mano sangrienta, tal como la llamaban, destruía totalmente el efecto de la belleza de Georgiana y volvía su semblante incluso horrible. Pero eso sería tan poco razonable como decir que una de las pequeñas manchas azuladas que se encuentran a veces en las estatuas de mármol más puro convertirían en un monstruo la Eva de Hiram Powers.

Los observadores masculinos, cuando la marca de nacimiento no servía para aumentar su admiración, se contentaban con desear que no estuviera para que el mundo pudiera poseer un ejemplar vivo del ideal amoroso sin fallo alguno. Tras su matrimonio (pues antes había pensando poco o nada en el asunto), Aylmer descubrió que eso era lo que le sucedía a él.

Si hubiera sido menos hermosa, él podría haber sentido que su afecto aumentaba por lo hermoso de aquella mano que a veces se rebelaba vagamente, otras veces se perdía, y otras volvía a aparecer brillando con cada pulso de la emoción que latía en el corazón de Georgiana. Pero al verla tan perfecta en lo demás, descubrió que ese único defecto se le iba haciendo más y más intolerable a cada momento que pasaba en sus vidas unidas. Era la imperfección de la humanidad que la Naturaleza, en una u otra forma, estampa imborrablemente en todas sus creaciones, bien para dar a entender que son temporales y finitas, o para que su perfección se logre mediante el esfuerzo y el dolor.

La mano carmesí expresaba el abrazo ineludible con que la mortalidad aferra los moldes terrenales más elevados hasta hacerlos semejantes a los más bajos, incluso los más brutales, como cuando sus cuerpos visibles regresan al polvo. Por ello, al elegir la marca como el símbolo de la capacidad de su esposa de pecar, penar, corromperse y morir, la imaginación sombría de Aylmer convirtió en poco tiempo la marca de nacimiento en un objeto terrible que le producía más turbación y horror que el placer que le había dado nunca, al alma o los sentidos, la belleza de Georgiana.

En todas aquellas estaciones que deberían haber sido las más felices, invariablemente, y sin pretenderlo, o mejor dicho a pesar de pretender lo contrario, volvía a ese tema desastroso. Por insignificante que pudiera parecer al principio, estaba tan relacionado con innumerables modos del pensamiento y el sentimiento que se convirtió en el punto central de todo. Con la luz del amanecer Aylmer abría sus ojos sobre el rostro de la esposa y reconocía el símbolo de la imperfección; y cuando por la noche se encontraban sentados juntos frente al hogar, sus ojos se posaban en las mejillas de ella, y contemplaban, brillando apagadamente con las llamas del fuego de leña, la mano espectral que escribía la mortalidad allí donde de buena gana habría preferido encontrar veneración. Georgiana aprendió pronto a estremecerse ante su mirada. Sólo hacía falta que él la contemplara con la expresión peculiar que adoptaba a menudo su rostro para transformar las rosas de sus mejillas en una palidez mortal en medio de la cual la mano carmesí resaltaba como un bajorrelieve de rubí sobre el mármol más blanco.

Una noche, a última hora, cuando la luz estaba desapareciendo, por lo que era difícil que traicionara la mancha en la mejilla de la pobre esposa, ella misma sacó el tema voluntariamente por primera vez.

-¿Te acuerdas, mi querido Aylmer -preguntó con un débil intento de sonrisa-, tienes algún recuerdo de un sueño de la última noche acerca de esta mano odiosa?
-¡Ninguno! ¡Ninguno en absoluto! -contestó Aylmer sorprendido; pero luego, con uno tono frío y seco, tratando de ocultar la profundidad real de su emoción, añadió- Podría haber soñado con ella, pero antes de quedarme dormido sujeté con firmeza mi fantasía.
-¿Y soñaste con ella? -añadió Georgiana, pues temía que un torrente de lágrimas interrumpiera lo que iba a decir-. ¡Un sueño terrible! Me sorprende que hayas podido olvidarlo. ¿Es posible olvidar esa expresión? ¡Ahora está en su corazón; ¡tenemos que extirparlo! Reflexiona, esposo mío; pues sea como sea deberías recordarlo.

La mente se encuentra en un triste estado cuando el sueño no puede confinar sus espectros dentro de la oscura región de sus dominios, produciendo miedo en la vida real con secretos que quizás pertenezcan a otra vida más profunda. Aylmer recordó entonces su sueño. Había soñado que él y su criado Aminadab intentaban una operación para eliminar la marca de nacimiento; pero cuanto más profundizaba el cuchillo, más se hundía la mano, hasta que finalmente la mano diminuta parecía sujetarse en el corazón de Georgiana; pero su marido estaba inexorablemente decidido a cortarla o arrancarlo.

Cuando el sueño tomó perfectamente forma en su recuerdo, Aylmer, sentado en presencia de su esposa, se sintió culpable. A menudo la verdad se abre camino hasta la mente bien envuelta en los ropajes del sueño, y habla entonces con una claridad sin compromiso de asuntos respecto a los cuales nos engañamos cuando estamos despiertos. Hasta entonces no había tomado conciencia de la influencia tiránica que había adquirido una idea en su mente, y de hasta qué punto estaría dispuesto a ir con tal de pacificarse.

-Aylmer -volvió a hablar Georgiana con solemnidad-. No sé cuánto nos podrá costara ambos liberarme de esa marca fatal. Quizás su eliminación provoque una deformidad incurable, o quizás la mancha sea tan profunda como la propia vida. ¿Pero sabemos si existe una posibilidad, cueste lo que cueste, de liberarme del firme apretón de esta pequeña mano que se posó sobre mí antes de que yo viniera al mundo?
-Mi queridísima Georgiana -interrumpió Aylmer-, he pensado mucho en ese tema. Estoy convencido de que es absolutamente posible su eliminación.
-Si existe la más remota posibilidad de ello, debemos intentarlo a cualquier precio -respondió Georgiana-. El peligro nada significa para mí; pues la vida, cuando esta odiosa marca me convierte en blanco de tu horror y desagrado... la vida es una carga de la que me desprendería con alegría. ¡Elimina esa mano horrible o quítame la vida! Tu ciencia es profunda. El mundo es testigo de ello. Has hecho cosas grandes y maravillosas. ¿No vas a ser capaz de eliminar esa pequeñísima marca que no es más grande que las yemas de los dos dedos meñiques? ¿Está eso más allá de tu poder, por tu propia paz, y para salvar a tu pobre esposa de la locura?

-Mi noble, querida y tierna esposa -respondió Aylmer-, no dudes de mi poder. Ya he meditado profundamente este asunto; con pensamientos que casi podrían haberme ilustrado para crear un ser menos perfecto que tú. Georgiana, tú me has llevado a una gran profundidad en el corazón de la ciencia. Me siento absolutamente competente para volver esta querida mejilla tan perfecta como su hermana; y entonces, queridísima mía, ¡qué triunfo cuando haya corregido lo que la Naturaleza dejó imperfecto en su obra más hermosa! Ni siquiera Pigmalión, cuando su mujer esculpida asumió la vida, sintió un éxtasis mayor del que yo mismo sentiré.
-Entonces está decidido -contesto Georgiana sonriendo débilmente-. Y Aylmer, no abandones ni aunque la marca de nacimiento se refugie finalmente en mi corazón.

El esposo la besó tiernamente en la mejilla, en la mejilla derecha, no en la que tenía impresa la mano carmesí.

Al día siguiente Aylmer puso en conocimiento de su esposa un plan que había preparado y que le daría la oportunidad de mantener los intensos pensamientos y la vigilancia constante que exigiría la operación; y asimismo, Georgiana disfrutaría del reposo absoluto que era esencial para el éxito. Iban a encerrarse en los amplios apartamentos que ocupaban el laboratorio de Aylmer, y en los que durante su juventud había hecho descubrimientos acerca de los poderes elementales de la Naturaleza que habían provocado la admiración de todas las sociedades ilustradas de Europa. Tranquilamente sentado en ese laboratorio, el pálido filósofo había investigado los secretos de las más elevadas regiones nubosas y de las minas más profundas; había conocido las causas que encendían y mantenían vivos los fuegos del volcán; y había explicado el misterio de las fuentes, y cómo es que algunas brotan tan vivas y puras, y hay otras que tienen virtudes medicinales, desde el oscuro fondo de la tierra.

También allí había estudiado las maravillas de la estructura humana y había intentado sondear los procesos mismos por los cuales la Naturaleza asimila todas sus influencias preciosas de la tierra y el aire, y del mundo espiritual, para crear al hombre, su obra maestra. Sin embargo hacía mucho tiempo que Aylmer había dejado a un lado ese último intento al reconocer a desgana la verdad de que nuestra gran madre creadora, aunque nos distrae trabajando a la luz del día, sin embargo cuida severamente sus secretos, y, a pesar de que pretende ser abierta, sólo nos enseña sus resultados. Nos permite, ciertamente, estropear sus obras, pero raras veces enmendarlas, y bajo ninguna circunstancia, como un celoso concesionario de una patente, nos permite crearlas. Sin embargo Aylmer había reanudado ahora esas investigaciones medio olvidadas; desde luego no con las esperanzas o deseos con las que las había iniciado, pero sí porque significaban una gran verdad fisiológica y eran necesarias para el plan que se había propuesto para el tratamiento de Georgiana.

Cuando la permitió traspasar el umbral del laboratorio Georgiana se quedó fría y trémula. Aylmer la miró alegremente, con la intención de tranquilizarla, pero se quedó tan sorprendido por el brillo intenso de la marca de nacimiento sobre la blancura de su mejilla que no pudo evitar un potente y convulsivo estremecimiento. La esposa se desvaneció.

-¡Aminadab! ¡Aminadab! -gritó Aylmer al tiempo que pateaba violentamente el suelo.

De una habitación interior salió enseguida un hombre de baja pero voluminosa estructura. Ese personaje había sido el trabajador de Aylmer, por poca paga, durante toda su carrera científica, y resultaba admirablemente adecuado para ese oficio por su gran disposición mecánica y por la habilidad con que, aun siendo incapaz de entender un solo principio, realizaba todos los detalles de los experimentos de su amo. Con su enorme fuerza, el pelo lanudo, el aspecto ahumado y la terrosidad indescriptible que llevaba incrustada, parecía una representación de la naturaleza física del hombre; mientras que la figura esbelta de Aylmer, y su rostro pálido e intelectual, eran una representación no menos adecuada del elemento espiritual.

-Aminadab, abre la puerta del tocador y quema una pastilla. -dijo Aylmer.
-Sí, amo -respondió Aminadab mirando con intensidad la forma inerte de Georgiana; y después murmuró para sí mismo- si fuera ella mi esposa, jamás le quitaría esa marca de nacimiento.

Cuando Georgiana recuperó la conciencia respiraba una atmósfera de penetrante fragancia, cuya potencia suave le recordaba su desvanecimiento casi mortal. También el escenario que la rodeaba le parecía encantador. Aylmer había convertido esas habitaciones sombrías, oscuras y cubiertas de humo, en las que había pasado sus años más brillantes dedicado a buscar lo escondido, en una serie de hermosos apartamentos convenientes para que viviera retirada una mujer encantadora. De las paredes colgaban magníficas cortinas que producían esa combinación de grandeza y gracia que ningún otro adorno puede producir; y al caer desde el techo hasta el suelo, sus pliegues ricos y pesados, que ocultaban todos los ángulos y líneas rectas, parecían separar ese escenario del espacio infinito. Pues, por lo que Geor giana sabía, podía tratarse de un pabellón entre las nubes. Y Aylmer, al cerrar el paso a la luz del sol, que habría interferido en sus procesos químicos, había puesto en el lugar lámparas perfumadas que emitían llamas de tonos diversos, pero todas soltaban una radiación suave y morada. Se arrodilló Aylmer entonces al lado de su esposa y la contempló seriamente pero sin alarma; pues confiaba en su ciencia y sabía que podría trazar a su alrededor un círculo mágico que ningún mal podría penetrar.

-¿Dónde estoy? Ah, ya recuerdo -dijo Georgiana débilmente, al tiempo que se llevaba una mano a la mejilla para ocultar de los ojos de su marido la terrible marca.
-¡Nada temas, querida mía! -exclamó él- ¡No te apartes de mí! Créeme, Georgiana, que incluso me regocijo de que tengas esa única imperfección, por el embeleso que me producirá eliminarla.
-¡Ay, perdóname! -replicó tristemente la esposa-. Te ruego que no vuelvas a mirarla. Nunca podré olvidar aquel estremecimiento convulso.

Para tranquilizar a Georgiana, y para liberar su mente, por así decirlo, de la carga de las cosas reales, Aylmer puso en práctica algunos de los secretos ligeros y lúdicos que la ciencia le había enseñado entre conocimientos más profundos. Figuras aéreas, ideas absolutamente incorpóreas y formas de belleza insustancial aparecieron y bailaron ante ella, imprimiendo sus huellas momentáneas en los haces de luz. Aunque ella tenía alguna vaga idea del método de esos fenómenos ópticos, la ilusión era casi tan perfecta como para hacerle creer que su marido tenía dominio e influencia sobre el mundo espiritual. Y entonces, cuando sintió el deseo de mirar hacia afuera desde su encierro, inmediatamente, como en respuesta a sus pensamientos, pasó por una pantalla la procesión de la existencia exterior. El escenario y las figuras de la vida real estaban perfectamente representados, pero con esa diferencia encantadora, aunque indescriptible, que hace siempre que un cuadro, una imagen o una sombra sean mucho más atractivos que el original. Cuando se cansó de aquello, Aylmer le ordenó que fijara la vista en un recipiente que contenía cierta cantidad de tierra. Así lo hizo ella, con poco interés al principio, pero se sorprendió enseguida al ver que el germen de una planta brotaba desde el suelo. Apareció luego el delgado tallo, se desplegaron gradualmente las hojas y en medio de ellas apareció una flor perfecta y encantadora.

-¡Es mágica! -gritó Georgiana-. No me atrevo a tocarla.
-Mejor todavía, arráncala -respondió Aylmer-. Arráncala e inhala mientras puedas su breve perfume. La flor se marchitará en unos momentos y no dejará más que las vainas oscuras de las semillas; así podrá perpetuarse una raza tan efímera como ésa.

Apenas había tocado Georgiana la flor cuando la planta entera se destruyó y sus hojas se volvieron negras como el carbón, como si se hubieran quemado.

-El estímulo fue demasiado potente -comentó pensativo Aylmer.

Para compensar ese experimento le propuso hacer su retrato mediante un proceso científico de su invención. Lo haría dejando caer los rayos de luz sobre una placa de metal pulido. Georgiana aceptó, mas al mirar el resultado se asustó al ver que los rasgos del retrato eran borrosos e indefinibles; pero la figura diminuta de una mano aparecía donde debía estar la mejilla. Aylmer cogió la placa metálica y la introdujo en un recipiente de ácido corrosivo.

Olvidó pronto, sin embargo, esos fracasos mortificantes. En los descansos del estudio y la experimentación química acudía junto a ella agotado y enrojecido, pero la presencia de Georgiana parecía darle vigor, y entonces hablaba con brillante lenguaje de los recursos de su arte. Le hizo una historia de la larga dinastía de alquimistas que pasaron muchos años buscando el disolvente universal mediante el cual podría extraerse el principio dorado de todas las cosas viles y bajas. Aylmer parecía creer que mediante la lógica científica más sencilla, estaba totalmente dentro de los límites de lo posible descubrir ese medio que durante tanto tiempo se había buscado.

-Pero un filósofo que profundizara lo suficiente para adquirir ese poder, alcanzaría también una sabiduría tan elevada que le impulsaría a no ejercerlo. -añadió.

No menos singulares eran sus opiniones respecto al elixir de la vida. Dio a entender con bastante seguridad que estaba en su mano conseguir un líquido que prolongaría la vida durante años, quizás interminablemente; pero que ello produciría en la Naturaleza una discordancia que todo el mundo, pero especialmente aquél que bebiera la panacea de la inmortalidad, tendría motivos para condenar.

-Aylmer, ¿lo dices en serio? -preguntó Georgiana mirándole con asombro y miedo-. Es terrible poseer ese poder, incluso soñar con poseerlo.
-Oh, no tiembles, amor mío -contestó el esposo-. Ni a ti ni a mí nos haría daño produciendo efectos tan poco armoniosos en nuestras vidas; pero querría que consideraras lo insignificante que es, en comparación, la habilidad necesaria para eliminar esa pequeña mano.

Como de costumbre, a la mención de la marca de nacimiento Georgiana retrocedió como si un hierro al rojo hubiera tocado su mejilla. Aylmer regresó a su trabajo. Ella podía escuchar su voz en la distante habitación del horno dando órdenes a Aminadab, escuchando como respuesta los tonos duros y deformes de aquél, más semejantes al gruñido de un animal que al lenguaje humano.

Tras horas de ausencia, Aylmer reapareció y propuso que examinara ella ahora su gabinete de productos químicos y de tesoros naturales de la tierra. De entre los primeros le enseñó un pequeño vial en el que comentó se contenía una fragancia suave, pero de lo más potente, capaz de impregnar todas las brisas que cruzaran un reino. Los contenidos del pequeño vial tenían un valor inestimable; y mientras se lo decía, arrojó un poco del perfume al aire llenando la habitación de una fragancia penetrante y vigorizante.

-¿Y qué es eso? -preguntó Georgiana señalando una pequeña esfera de cristal que contenía un líquido de color dorado-. Es tan hermoso a la vista que podría pensar que es el elixir de la vida.
-Y lo es en un sentido -contestó Aylmer-. O más bien el elixir de la inmortalidad. Es el veneno más precioso que se ha confeccionado nunca en este mundo.

Con su ayuda podría acortar la vida de cualquier mortal a quien tú señalaras con el dedo. La potencia de la dosis determinaría si éste iba a vivir años o caer muerto en mitad de una respiración. Ningún rey, en su defendido trono, podría mantener la vida si yo, en mis aposentos privados, considerara que el bienestar de millones de personas justificaba el que yo le quitara la vida.

-¿Y por qué guardas una droga tan terrible? -preguntó Georgiana horrorizada.
-No debes desconfiar de mí, querida mía -contestó el esposo sonriendo- Su potencia virtuosa es todavía mayor que la nociva. ¡Pero fíjate! Aquí tienes un potente cosmético. Añadiendo unas gotas a un jarro de agua pueden eliminarse las pecas con la misma facilidad con la que nos lavamos las manos. Una infusión más fuerte sacaría la sangre de las mejillas y dejaría a la belleza más sonrosada como si fuera un fantasma pálido.
-¿Con ésta loción intentas bañar mi mejilla? -preguntó Georgiana con ansiedad.
-Oh, no -replicó inmediatamente el esposo-. Esta es simplemente superficial. Tu caso exige un remedio que profundice más.

En sus conversaciones con Georgiana, generalmente Aylmer la interrogaba minuciosamente acerca de sus sensaciones y sobre si el confinamiento en sus habitaciones y la temperatura de la atmósfera le agradaban. Esas preguntas tenían una intención tan particular que Georgiana empezó a pensar que estaba siendo ya sometida a determinadas influencias físicas, que bien respiraba con el aire fragante o ingería con la comida. También se figuraba, aunque podía ser algo totalmente imaginario, que había una agitación en su sistema: una sensación extraña e indefinida que se deslizaba por sus venas y le cosquilleaba, mitad dolorosamente y mitad placenteramente en el corazón. Pero siempre que se atrevía a mirarse en el espejo se contemplaba pálida como una rosa blanca y con la marca de nacimiento carmesí impresa en su mejilla. Ahora ni siquiera Aylmer la odiaba tanto como ella.

Para disipar el tedio de las horas que su esposo consideraba necesario dedicar a los procesos de combinación y análisis, Georgiana revolvía entre los volúmenes de su biblioteca científica. En muchos tomos oscuros y antiguos encontró capítulos llenos de romanticismo y poesía. Eran las obras de los filósofos de la Edad Media, como Alberto Magno, Cornelio Agripa, Paracelso y el famoso fraile que creó el profético Brazen Head.

Todos esos antiguos naturalistas estaban avanzados con respecto a su siglo, pero se hallaban imbuidos de la credulidad de aquellos tiempos y se creía, quizás ellos mismos lo imaginaban, que habían adquirido en su investigación de la Naturaleza un poder sobre ésta, y del estudio de la física una influencia sobre el mundo espiritual. Menos curiosos e imaginativos eran los primeros volúmenes de las Actas de la Royal Society, en las que los miembros, conociendo poco los límites de la posibilidad natural, registraban continua mente maravillas o proponían métodos por los que podrían conseguirse dichas maravillas.

Pero para Georgiana el volumen más absorbente era un gran infolio escrito de la mano de su marido en el que éste había registrado todos los experimentos de su trayectoria científica, su objetivo original, los métodos adoptados para su desarrollo y el fracaso o éxito últimos, con las circunstancias a los que atribuía cada uno. En verdad el libro era al mismo tiempo la historia y el emblema de su ardiente, ambiciosa, imaginativa y sin embargo práctica vida de trabajo. Manejaba los detalles físicos como si no existiera nada más allá de ellos; y sin embargo los espiritualizaba todos y se redimía a sí mismo del materialismo por su poderosa y ansiosa aspiración hacia el infinito. Ante él, el más humilde terrón asumía un alma. Mientras leía, Georgiana reverenciaba a Aylmer y le amaba más profundamente que nunca, pero con una dependencia de su juicio menos total que hasta entonces. Por mucho que él hubiera conseguido, ella no podía dejar de comprender que sus éxitos más espléndidos eran casi invariablemente fracasos si se comparaban con el ideal al que él apuntaba. Sus diamantes más brillantes eran simples guijarros, y así los percibía él mismo, en comparación con las gemas inestimables que yacían ocultas y fuera de su alcance. El volumen, enriquecido por los logros que habían dado fama a su autor, al mismo tiempo era el registro más melancólico que hubiera escrito nunca una mano mortal. Era la confesión triste y la ejemplificación continua de las deficiencias del hombre compuesto, con el espíritu cargado de arcilla y trabajando en la materia, y de la desesperanza que asalta a la naturaleza superior al descubrirse tan miserablemente reducida por su parte terrena. Quizás todo hombre de genio en cualquier esfera pueda reconocer la imagen de su propia experiencia en el diario de Aylmer.

Tan profundamente afectaron a Georgiana estas reflexiones que encontró su esposo.

-Es peligroso leer los libros de un brujo -le dijo éste sonriendo, aunque su semblante revelaba inquietud y desagrado-. Georgiana, en ese volumen hay páginas que yo apenas soy capaz de ver y mantener el sentido. Ten cuidado no te vaya a resultar dañino.
-Me ha hecho venerarte más que nunca. -contestó ella.
-Ah, pues aguarda a este único éxito, y entonces podrás venerarme -replicó él-. Con él difícilmente podré considerarme indigno. Pero ven, te he buscado por el placer de tu voz. Canta para mí, querida.

Ella vertió entonces la música líquida de su voz para apagar la sed del espíritu de su esposo. Después él se despidió con exuberante alegría juvenil asegurándole que su reclusión sólo duraría un poco más, y que el resultado era ya seguro. Apenas se había marchado él cuando Georgiana se sintió irresistiblemente impulsada a seguirle. Se había olvidado de informar a Aylmer acerca de un síntoma que en las dos o tres últimas horas había empezado a llamar su atención. Era una sensación en la marca de nacimiento fatal, nada dolorosa, pero que inducía una inquietud en todo su sistema.

Corriendo tras su esposo, entró por primera vez en el laboratorio.
Lo primero que sorprendió su mirada fue el horno, ese instrumento de trabajo ardiente y enfebrecido, con el brillo intenso del fuego, que por la cantidad de hollín que se había amontonado encima parecía llevar ardiendo varios siglos. Había un aparato de destilación en pleno funcionamiento. Por la habitación había retortas, tubos, cilindros, crisoles y otros aparatos para la investigación química. Una máquina eléctrica estaba dispuesta a ser utilizada inmediatamente. La atmósfera resultaba oprimente y estaba teñida por olores gaseosos que habían sido atormentados con los procesos de la ciencia.

La simplicidad severa y sencilla de la estancia, con las paredes y el pavimento de ladrillo desnudos, resultaba extraña porque Georgiana se había habituado a la elegancia fantástica de su salón. Pero lo que atrajo principalmente su atención, casi exclusivamente, fue la apariencia del propio Aylmer.

Estaba pálido como la muerte, ansioso y absorbido, agachado sobre el horno, como si de su vigilancia máxima dependiera que el líquido que estaba destilando fuera la bebida de la desgracia o la felicidad inmortal. ¡Qué distinto del aire optimista y gozoso que había asumido para estimular a Georgiana!

-Con cuidado ahora, Aminadab; con cuidado, máquina humana... ¡con cuidado, hombre de arcilla! -murmuró Aylmer, aunque más para sí mismo que para su ayudante-. Si ahora nos pasamos o nos quedamos cortos un poco, todo está perdido.

-¡Ja, ja! -murmuró Aminadab-. ¡Mire ahora, amo! ¡Mire!

Aylmer levantó rápidamente los ojos y enrojeciendo al principio, para quedar luego más pálido que nunca, contempló a Georgiana. Corrió hacia ella y la sujetó del brazo con una fuerza que hizo que sus dedos dejaran una marca en él.

-¿Por qué has venido hasta aquí? ¿Es que no confías en tu esposo? -gritó él impetuosamente-. ¿Es que no dejas a mi esfuerzo el infortunio de esa marca fatal? Eso no está bien. ¡Vete, mujer entrometida, vete!
-No, Aylmer, no eres tú quien tiene derecho aquejarse -exclamó Georgiana con una firmeza para la que estaba muy dotada-. Tú desconfías de tu esposa; tú has ocultado la ansiedad con la que observas el desarrollo de este experimento. No me consideres tan indigna, esposo mío. Dime todo el riesgo que corremos y no temas que vaya a echarme atrás; pues mi parte en ello no es menor que la tuya.
-¡No, no, Georgiana! -exclamó Aylmer con impaciencia-. No debe ser así.
-Me someto -contestó ella con tranquilidad-. Y me beberé cualquier cosa que me ofrezcas; pero lo haré por lo mismo que me induciría a aceptar una dosis de veneno si tu mano me la ofreciera.
-Mi noble esposa -añadió Aylmer profundamente conmovido-. Hasta ahora no había conocido la altura y profundidad de tu naturaleza. Nada te ocultaré. Has de saber, entonces, que esa mano carmesí, aunque parece superficial, se ha aferrado en tu ser con una fuerza de la que anteriormente yo no tenía idea. Ya te he administrado agentes lo bastante poderosos como para hacerlo todo salvo cambiar tu sistema físico entero. Sólo una cosa cabe por intentar. Si falla, hemos fracasado.
-¿Y por qué vacilas en decírmelo? -preguntó ella.
-Porque es peligroso, Georgiana -contestó Aylmer en voz baja.
-¿Peligroso? Sólo hay un peligro: ¡que este horrible estigma permanezca en mi mejilla! ¡Quítalo, quítalo sea cual sea el precio, o ambos enloqueceremos!
-El cielo sabe que tus palabras son ciertas -exclamó Aylmer con tristeza-. Y ahora, querida mía, vuelve a tu salón. Dentro de muy poco haremos la prueba.

La acompañó y se despidió de ella con ternura solemne que indicaba mucho más que sus palabras todo lo que estaba en juego. Tras la despedida, Georgiana se sumió en sus pensamientos. Consideró el carácter de Aylmer haciéndole más justicia que nunca antes. Su corazón se alegraba, aunque temblando, por lo honorable del amor de su esposo: tan puro y elevado que no aceptaría nada que no fuera la perfección, ni se contentaría miserablemente con una naturaleza más terrenal que la que él había soñado.

Comprendió que ese sentimiento era mucho más precioso que aquel otro, más mediocre, que habría sido indulgente con la imperfección a cambio de su seguridad, y habría resultado culpable de traición al amor sagrado si hubiera degradado su idea de perfección al nivel de lo real. Y entonces ella rezó con todo su espíritu para que por un solo momento pudiera satisfacer la concepción más elevada y profunda de esposo.

Sabía que no podría lograrlo más que por un momento, pues el espíritu de Aylmer estaba siempre en movimiento, siempre ascendiendo, y cada instante exigía algo que estaba más allá del alcance del instante anterior.

El sonido de los pasos de su esposo la sobresaltó. Llevaba una esfera de cristal que contenía un licor tan incoloro como el agua, pero tan brillante que podría ser la bebida de la inmortalidad. Aylmer estaba pálido, pero más que por miedo o duda parecía la consecuencia de la tensión del espíritu y de un estado mental muy agitado.

-La elaboración de la bebida ha sido perfecta -dijo él como respuesta a la mirada de Georgiana-. A menos que toda mi ciencia me haya engañado, no podrá fallar.
-De no ser por ti, mi queridísimo Aylmer, desearía eliminar esta marca de la mortalidad abandonando la propia mortalidad -observó ella-. La vida es una triste posesión para quienes han alcanzado el grado de progreso moral en el que yo me encuentro. Si yo fuera más débil y ciega, podría ser feliz. Si fuera más fuerte, podría soportarlo con esperanza. Pero siendo lo que he descubierto ser, me parece que de todos los mortales yo soy la más apta para morir.
-¡Eres apta para el cielo sin probar la muerte! -contestó el esposo-. Pero ¿por qué hablamos de morir? El licor no puede fallar. Contempla su efecto en esta planta.

En la repisa de la ventana había un geranio enfermo con manchas amarillas que se habían extendido por todas sus hojas. Aylmer derramó una pequeña cantidad de líquido sobre la tierra en la que crecía. Poco después, cuando las raíces de la planta hubieron absorbido la humedad, las manchas repugnantes empezaron a desaparecer en medio de un verdor vivo.

-No era necesaria prueba alguna -dijo Georgiana calmadamente-. Dame la copa. Gozosamente lo apuesto todo a tu palabra.
-¡Bebe entonces, elevada criatura! -exclamó Aylmer con admiración-. No hay mancha alguna de imperfección en tu espíritu. Y también tu sensible estructura pronto será perfecta.

Ella bebió el líquido y le devolvió la copa.

-Es agradable -dijo con sonrisa plácida-. Me parece que es como agua de una fuente celestial; pues contiene no sé qué deliciosa y discreta fragancia. Me ha apagado la sed enfebrecida que desde hacía varios días me resecaba. Pero ahora, querido, déjame dormir. Mis sentidos terrenales se están cerrando sobre mi espíritu como las hojas alrededor del corazón de una rosa al anochecer.

Pronunció estas últimas palabras con suave desgana, como si necesitara más energía de la que podía reunir para pronunciar lenta y débilmente las sílabas. Apenas habían salido de sus labios cuando se perdió en el sueño. Aylmer se sentó a su lado, observando su aspecto con las emociones adecuadas para un hombre que se jugaba toda la existencia en el proceso que ahora iba a comprobar. Sin embargo, combinado con ese estado de ánimo se daba la característica de la investigación filosófica del hombre de ciencia. Ni el más diminuto síntoma se le escapó. Un aumento del rubor de la mejilla, una ligera irregularidad de la respiración, un estremecimiento del párpado, un temblor apenas perceptible de la estructura: ésos fueron los detalles que conforme fueron transcurriendo los momentos escribió en su volumen de infolio. Intensos pensamientos habían impreso su huella en todas las páginas anteriores del volumen, pero los pensamientos de todos los años se concentraron en la última página.

Mientras lo hacía no dejó de contemplar a menudo la mano fatal, siempre con un estremecimiento. Y en una ocasión, por un impulso extraño e inexplicable, la rozó con sus labios. Sin embargo su espíritu retrocedió en ese mismo acto; y Georgiana, saliendo a medias de su sueño profundo, se movió con inquietud y murmuró una protesta.

Aylmer reanudó su vigilancia. No careció de resultados: mano carmesí que al principio se veía poderosamente en la palidez marmórea la mejilla de Georgiana, empezó a perfilarse con mayor debilidad. Ella permanecí tan pálida como siempre; pero la marca de nacimiento perdía algo de su claridad anterior con cada respiración. Horrible había sido su presencia; pero más horrible todavía resultaba su desaparición. Para saber cómo desaparecía ese símbolo misterioso tendrá que observar cómo lo hace el arco iris en el cielo.

-¡Cielos! ¡Casi ha desaparecido! -dijo Aylmer para sí mismo en éxtasis-. Apenas sí puedo verla ahora. ¡Éxito! ¡Éxito! Ahora tiene el color rosado más débil que pueda existir. Él más ligero arrebolamiento de la sangre en sus mejillas la ocultaría. ¡Pero qué pálida está ella!

Descorrió la cortina de la ventana permitiendo que la luz natural del día entrara en la habitación y cayera en su mejilla. En ese mismo instante escuchó una risa brutal y ronca que reconocía desde hace tiempo como la expresión de placer de su criado Aminadab.

-¡Ah, pedazo de tierra! ¡Ah, masa terrosa! -gritó Aylmer riéndose con una especie de frenesí-. ¡Bien me has servido! ¡Materia y espíritu, tierra y cielo, han hecho ambos su parte en esto! ¡Ríe, objeto de los sentidos! Te has ganado el derecho a reír.

Ésas exclamaciones despertaron a Georgiana de su sueño. Lentamente abrió los ojos y miró en el espejo que su esposo le había dispuesto para ello. Una débil sonrisa aleteó en sus labios cuando reconoció que ahora apenas era perceptible esa mano carmesí que en otro tiempo brillaba tan desastrosamente como para alejar toda su felicidad. Pero enseguida sus ojos buscaron el rostro de Aylmer con una inquietud y ansiedad que él no pudo menos que percibir.

-¡Mi pobre Aylmer! -murmuró ella.
-¿Pobre? ¡No, el más rico, feliz y favorecido! -exclamó él- ¡Mi novia sin igual, hemos tenido éxito! ¡Eres perfecta!
-Mi pobre Aylmer -repitió ella con una ternura más que humana-. Has apuntado a lo alto y lo has hecho noblemente. No te arrepientas de que con tan elevado y puro sentimiento hayas rechazado lo mejor que la tierra podía ofrecer. ¡Aylmer, mi queridísimo Aylmer, me muero!

¡Ay, era cierto! La mano fatal había luchado con el misterio de la vida y era el eslabón por el que un espíritu angélico se mantenía unido a un cuerpo mortal. Cuando el último tono carmesí de la marca de nacimiento -la única prueba de la imperfección humana- desapareció de su mejilla, el aliento de la mujer ahora' perfecta se trasladó a la atmósfera, y su alma, deteniéndose un momento cerca del esposo, emprendió su vuelo hacia el cielo. ¡Entonces volvió a escucharse la risa ronca! Así se complace siempre la fatalidad grosera de la tierra en su triunfo invariable sobre la esencia inmortal que, en esta oscura esfera del desarrollo a medias, exige completarse en un estado superior. Si Aylmer hubiera logrado una sabiduría más profunda no habría tenido que desprenderse de la felicidad que habría entretejido su vida de textura mortal con lo celestial. Pero la circunstancia del momento fue demasiado potente para él; no miró más allá del alcance sombrío del tiempo, y viviendo de una vez por siempre en la eternidad, no logró encontrar en el presente el futuro perfecto.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

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