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Fulcanelli: libros esotéricos


Fulcanelli: libros esotéricos.




Fulcanelli es el seudónimo de un misterioso hombre vinculado al ocultismo y el esoterismo, autor de dos libros fundamentales de la alquimia. En este contexto, los libros de Fulcanelli siguen siendo, aún hoy, verdaderos referentes de las ciencias herméticas.

En este segmento iremos repasando todos los libros de Fulcanelli.




Libros de Fulcanelli.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


El artículo: Fulcanelli: libros esotéricos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Liber Duodecem Portarum»: el libro de la Piedra Filosofal


«Liber Duodecem Portarum»: el libro de la Piedra Filosofal.




Si existió alguna vez un hombre capaz de haber descifrado el secreto de la Piedra Filosofal, ése fue George Ripley (1415-1490), probablemente el alquimista más influyente de todos los tiempos.

En 1477 escribió su obra cumbre: El compendio del alquimista (The Compound of Alchymy), también conocido como Liber Duodecem Portarum (El libro de las doce puertas), en referencia a las doce etapas en la fabricación de la Piedra Filosofal.

Antes de proseguir con este notable libro prohibido, resulta oportuno decir algo acerca de la Piedra Filosofal.

El Lapis Philosophorum, o Piedra Filosofal, es básicamente una sustancia legendaria, capaz de lograr toda clase de trasmutaciones; entre ellas, convertir cualquier metal en oro —lo cual se conoce como chrysopoeia—, pero también de obtener para su creador nada menos que la vida eterna.

Podemos pensar que la posibilidad de crear oro a partir de otros metales siempre fue un asunto secundario para los alquimistas, casi una excusa, de cara a la nobleza y la aristocracia, para justificar sus inversiones. La verdadera búsqueda de la Piedra Filosofal tiene que ver con la obtención de la inmortalidad.

En los Rollos de Ripley se explica, paso a paso, cómo fabricar la Piedra Filosofal, es decir, el método preciso para obtener el elixir de la vida eterna. En este contexto, la Piedra Filosofal es, a la vez, un símbolo de la perfección espiritual e intelectual a las que aspira la alquimia, pero también una meta objetiva: el Magum Opus, o Gran Obra.

De las escasas copias completas que George Ripley hizo circular en su tiempo —una de ellas dedicada al rey Eduardo IV— solo sobreviven alrededor de veinte, todas incompletas, y con ilustraciones falaces insertadas por artistas maliciosos con el propósito de desalentar a los curiosos.

Uno de estos espíritus inquietos fue nada menos que Paracelso. Si bien no consiguió descifrar del todo las recetas de George Ripley, se aproximó lo suficiente a la Piedra Filosofal como para esbozar una especie de manual para crear un homúnculo.

Otro famoso ocultista, John Dee, utilizó la receta de la Piedra Filosofal de George Ripley para traducir el Enoquiano: el lenguaje de los ángeles descrito en El libro de Enoc. De hecho, el verdadero «Necronomicón» de John Dee abunda en oscuras referencias a la Piedra Filosofal.

Esta es otra de las maravillosas propiedades de la Piedra Filosofal: la posibilidad de comprender todos los idiomas, todas las lenguas, mortales e inmortales, como el lenguaje de las hadas; la Lengua Adánica, es decir, aquella que se hablaba en el Paraíso; el lenguaje de los vampiros, la Lingua Diaboli, balbuceada en el infierno, e incluso el confuso lenguaje de las flores.

Salvo aquellos que sí han logrado fabricar la Piedra Filosofal, nadie sabe exactamente cómo luce esa sustancia misteriosa. De acuerdo a los libros de George Ripley, existen dos tipos diferentes de Piedras Filosofales, y ambas se fabrican siguiendo más o menos el mismo procedimiento.

La Piedra Filosofal Blanca —también llamada Calculus Albus, literalmente, «piedra blanca»— es capaz de transformar cualquier metal en plata. Se trata de una versión, digamos, inmadura, de la Piedra Filosofal completamente terminada. No permite conseguir la vida eterna, pero sí es capaz de brindar una mayor longevidad y un aspecto joven durante mucho más tiempo.

La Piedra Filosofal Roja —o Lapis Rubeus— es, en esencia, la forma más acabada y perfecta que puede conseguirse. Esta versión sí puede convertir cualquier metal en oro, aunque esto finalmente resulte despreciable si lo comparamos con las otras propiedades que puede facilitar a su creador, entre ellas, la vida eterna.

Para añadir mayor confusión al asunto, George Ripley aclara que tanto la Piedra Blanca como la Piedra Roja no se caracterizan por evidenciar esos colores. La primera, en todo caso, tiene un aspecto más bien anaranjado, mientras que la segunda se encuentra entre el color rojo y el púrpura, aunque también puede presentarse de manera transparente, dependiendo del temple del alquimista, o directamente negra, si su creador es un nigromante.

En cualquier caso, el ingrediente que le da vida a la Piedra Filosofal es un misterioso elemento primordial llamado Carmot, del cual se desprenden los cuatro elementos conocidos por la alquimia: fuego, tierra, aire y agua, siendo estos apenas formas degradadas del original. El Carmot es descrito de forma simbólica en las ilustraciones de las Doce Puertas de George Ripley.

Hasta el día de hoy nadie ha logrado traducir por completo este inquietante libro; por otro lado, también es justo razonar que aquellos que sí lo han conseguido no tienen razones para decirlo abiertamente. Se sabe que los inmortales tienden a evitar a la opinión pública.

Menos aún sabemos acerca de la vida de George Ripley, excepto que se hizo inmensamente rico y que luego donó su fortuna a los caballeros de la isla de Malta; sitio en el que viviría como un humilde ermitaño hasta el fin de sus días.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


Más literatura gótica:
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«Enciclopedia de magia y alquimia»: Rosemary Ellen Guiley.


«Enciclopedia de magia y alquimia»: Rosemary Ellen Guiley.




Enciclopedia de magia y alquimia (The Encyclopedia of Magic and Alchemy) es un libro de ocultismo de la investigadora Rosemary Ellen Guiley, publicado en 2006.

Enciclopedia de magia y alquimia de Rosemary Ellen Guiley examina los hechos científicos y literarios detrás de estas prácticas ancestrales, no siempre relacionadas al esoterismo, desde los magos puramente narrativos, como Harry Potter, Gandalf y Dumbledore, a otros provenientes de la mitología, como Merlín, pasando por la tradición alquímica de la Edad Media, los nigromantes, Aleister Crowley, por ejemplo, y magos wiccanos contemporáneos; su filosofía, leyendas, procedimientos, materiales, rituales y hechizos.





Enciclopedia de magia y alquimia.
The Encyclopedia of Magic and Alchemy, Rosemary Ellen Guiley.

Material relacionado:




Hechizoteca. I Libros de Rosemary Ellen Guiley.


El análisis y resumen del libro de Rosemary Ellen Guiley: Enciclopedia de magia y alquimia (The Encyclopedia of Magic and Alchemy) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de magos que inspiraron a Harry Potter


Relatos de magos que inspiraron a Harry Potter.




Los magos jóvenes (The Young Magicians) es una antología de relatos fantásticos editados por Lin Carter —autor del ciclo Thongor de Lemuria y Conan el bárbaro (Conan the Barbarian)—, publicada en 1969.

Todos los cuentos fantásticos que integran la antología están protagonizados por magos, hechiceros, brujos, nigromantes y alquimistas; entre los que se encuentran aquellos que inspiraron a Harry Potter.




Relatos de magos que inspiraron a Harry Potter.
The Young Magicians.




El resumen y análisis del libro: Los magos jóvenes (The Young Magicians) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La Tabla de Esmeralda»: Hermes Trismegisto.


«La Tabla de Esmeralda»: Hermes Trismegisto.




La Tabla de Esmeralda es un libro esotérico atribuído al mítico Hermes Trismegisto, cuyo propósito principal es develar el secreto de la Sustancia Primordial. Se trata de una obra críptica, cerrada, muy poco accesible a una lectura superficial.

La Tabla de Esperalda se construye sobre fuentes muy antiguas y otras pertenecientes a la Edad Media, como el Secretum Secretorum, de 1140 d.C; o los antíquisimos textos árabes Kitab Sirr al-Khaliqa wa Sanat al-Tabia, del 650 d.C., y el Kitab Ustuqus al-Uss al-Thani, compuesto alrededor del siglo XII.

Para dar una idea general del libro hay que decir que La Tabla de Esmeralda intenta agrupar todo el conocimiento sobre la alquimia, y, desde luego, su objetivo principal: la Gran Obra. ¿Qué es la Gran Obra? El grado de perfección absoluta al que puede aspirar el alquimista; cuyo objetivo principal no es trasmutar metales, sino trasmutarse a si mismo en el camino. La Tabla de Esmeralda anuncia que contiene el secreto de la alquimia, y las herramientas indicadas para completar la Gran Obra.

Desde luego que el lenguaje de La Tabla de Esmeralda es un lenguaje simbólico, ya que este es [según sus acólitos] el único vehículo de la Verdad. Su simple lectura no revela más que sincronías morfológicas, acaso como cualquier otro libro que podamos imaginar. No obstante, La Tabla de Esmeralda se desarrolla sobre la búsqueda ontológica por excelencia: el Ser y su finalidad. Aquí se nos informa que sólo a través de la aceptación de nuestra naturaleza efímera seremos capaces de acceder a lo eterno, a lo trascendente.

Toda la Tabla de Esmeralda se erige sobre los 13 preceptos de Hermes Trimegisto:
  • I. Lo que digo no es ficticio, sino digno de crédito y cierto.
  • II. Lo que está más abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno.
  • III. Como todas las cosas fueron creadas por la Palabra del Ser, así todas las cosas fueron creadas a imagen del Uno.
  • IV. Su padre es el Sol y su madre la Luna. El Viento lo lleva en su vientre. Su nodriza es la Tierra.
  • V. Es el padre de la Perfección en el mundo entero.
  • VI. Su poder es fuerte si se transforma en Tierra.
  • VII. Separa la Tierra del Fuego, lo sutil de lo burdo, pero sé prudente y circunspecto cuando lo hagas.
  • VIII. Usa tu mente por completo y sube de la Tierra al Cielo, y, luego, nuevamente desciende a la Tierra y combina los poderes de lo que está arriba y lo que está abajo. Así ganarás gloria en el mundo entero, y la oscuridad saldrá de ti de una vez.
  • IX Esto tiene más virtud que la Virtud misma, porque controla todas las cosas sutiles y penetra en todas las cosas sólidas.
  • X. Éste es el modo en que el mundo fue creado.
  • XI. Éste es el origen de los prodigios que se hallan aquí.
  • XII. Esto es por lo que soy llamado Hermes Trismegisto, porque poseo las tres partes de la filosofía cósmica.
  • XIII. Lo que tuve que decir sobre el funcionamiento del Sol ha concluido.


A continuación les dejamos una cuestionable versión en español de la Tabla de Esmeralda.




Tabla de Esmeralda.
Hermes Trimegisto.

Copia y pega el enlace en tu navegador para leer o descargar en PDF la Tabla de Esmeralda de Hermes Trimegisto:
  • https://www.academia.edu/41157448/La_Tabla_de_Esmeralda_Hortulano_Fulcanelli_Hermes_Trismegistos




Libros prohibidos. I Libros de ocultismo.


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Relatos de magia


Relatos de magia.








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Relatos de alquimia y alquimistas


Relatos de alquimia y alquimistas.








Relatos de alquimia y alquimistas.

La alquimia siempre ha estado presente en el relato de terror, aunque de un modo más bien fugitivo, secundario, al márgen del núcleo narrativo pero presente en las características macabras de sus villanos. A continuación daremos cuenta de los mejores relatos de alquimia y alquimistas.


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«Las moradas filosofales»: Fulcanelli; libro y análisis


«Las moradas filosofales»: Fulcanelli; libro y análisis.




Las moradas filosofales (Les Demeures Philosophales) es un libro prohibido del escritor francés Fulcanelli, publicado en París, en el año 1930.

Las moradas filosofales, quizás uno de los libros de Fulcanelli más reconocidos, es una obra críptica, enigmática, minada de alusiones simbólicas, términos en griego y latín, y llena de matices sumamente interesantes para el iniciado en el ocultismo, el esoterismo y, principalmente, la alquimia.

Fulcanelli, hay que decirlo, escribía para unos pocos. Quiénes éran esos pocos, y por qué debía utilizarse un lenguaje encriptado para dirigirse a ellos, es una cuestión que aún se debate. Pero lo cierto es que Las moradas filosofales es un libro que apunta directamente a los iniciados en la alquimia.

Tanto Las moradas filosofales como El misterio de las catedrales (Le Mystère des Cathédrales) fueron editados a un precio de venta exorbitante, y en tiradas que no superaban los doscientos ejemplares. Este detalle revela que Fulcanelli se dirgía a un grupo especial de lectores.

En resumen: Las moradas filosofales de Fulcanelli es un libro de alquimia cuya lectura demanda ciertos conocimientos en la materia. Nunca fue un libro pensado para el gran público, aunque, de todos modos, el ojo profano también puede indagar y maravillarse con esos misterios apenas vislumbrados.

Parte de la oscuridad y la distancia que toma Fulcanelli en Las moradas filosofales se deben a la prudencia respecto de los conocimientos alquímicos que se propone revelar. En este contexto, la alquimia posee una terminología propia, un argot, si se quiere, repleto de símbolos y metáforas que resuenan en las sensaciones y emociones del practicante, cuestiones sobre las cuales Fulcanelli vuelve una y otra vez a lo largo del libro.

Vale la pena recordar que Las moradas filosofales es la segunda parte de una trilogía inconclusa, que comenzó con El misterio de las catedrales, y finaliza con Finis Gloriae Mundi; el cual nunca se terminó de escribir.




Las moradas filosofales.
Les Demeures Philosophales, Fulcanelli.

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  • http://libroesoterico.com/biblioteca/autores/Fulcanelli/Fulcanelli%20-%20Las%20moradas%20filosofales.pdf




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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«El misterio de las catedrales»: Fulcanelli; libro y análisis


«El misterio de las catedrales»: Fulcanelli; libro y análisis.




El misterio de las catedrales (Le Mystère des Cathédrales) es un libro esotérico del alquimista francés Fulcanelli —cuyo verdadero nombre se desconoce—, escrito en 1922 y publicado en 1926.

El misterio de las catedrales, probablemente el libro de Fulcanelli más conocido, es un misterio en sí mismo. Incluso la identidad de su autor permanece, aún hoy, en el más absoluto secreto. Se cree que pudo haber sido el seudónimo de varios alquimistas, magos y ocultistas franceses trabajando en conjunto, aunque esto es simplemente una hipótesis.

En este sentido, El misterio de las catedrales se propone revelar el significado oculto de las catedrales, es decir, los signos, mensajes secretos y claves matemáticas incrustadas en la arquitectura de las viejas catedrales medievales, en los cuales se esconde el ancestral saber de la alquimia; por ejemplo, en la inquietante figura de las Gárgolas.

El libro de Fulcanelli, es casi tan misterioso y hermético como su autor; por lo tanto, su estudio de las catedrales góticas de Francia no es fácil de leer, y mucho menos de interpretar sin algunos conocimientos rudimentarios de alquimia.

El misterio de las catedrales apunta a una doble interpretación esotérica del arte de las catedrales. Por un lado tenemos las imágenes, esculturas y proporciones, cuya lectura literal servían al pueblo, normalmente poco ilustrado, para captar algo del mensaje cristiano; por el otro, un auténtico manuscrito hecho de roca y mosaicos, de ángulos, oropeles, vitrales y chapiteles, que resumen de un modo indeleble la sabiduría de la alquimia y el esoterismo.

Una mirada práctica sobre esta posibilidad arroja una conclusión bastante lógica: no es descabellado pensar que un libro puede ser prohibido, perseguido, y finalmente eliminado de cualquier catálogo, pero el saber incrustado en una catedral quizás tenga mejores probabilidades de perpetuarse en el tiempo. La simple idea de que el conocimiento, en este caso, alquímico, pueda preservarse en el arte de un edificio, resulta sumamente poética.

Volviendo al análisis del libro propiamente dicho, hay que decir que El misterio de las catedrales es una obra impenetrable, un libro pensado y escrito para iniciados. Fulcanelli no brinda ninguna clase de concesión al profano. Su lectura superficial sólo ofrece algunas menciones de interés, en especial aquellas que tienen que ver con la arquitectura y arte. El resto permanece en sombras.

Resulta curioso que un libro que se propone revelar el misterio de las catedrales haga tanto para que ese enigma continúe vigente. Su intención, no obstante, es noble: traducir al lenguaje aquello que duerme el sueño de la roca y los vitrales, llevándolo nuevamente al laboratorio del alquimista.

Por cierto, la idea de Fulcanelli no es nueva. Victor Hugo, entre otros, ya había estudiado el conocimiento hermético de las catedrales, pero ninguno vio en ellas la magnífica ironía captada por Fulcanelli. En un resumen brutal de su concepto podríamos decir que las catedrales son como una botella arrojada al mar: una secuencia de conocimentos encriptados y codificados en el arte, y ubicados debajo de las mismas narices de quienes perseguían y condenaban tales prácticas.

Las catedrales más importantes mencionadas por Fulcanelli son la catedral de Amiens y la catedral de Notre Dame; ambas imponentes y majestuosas. Incluso despojadas de todo atisbo esotérico resultan inquietantes.

Para cerrar este breve análisis de El misterio de las catedrales, vale mencionar que Jacques Bergier, uno de los autores de El retorno de los brujos (Le Matin des Magiciens), asegura haber conocido a Fulcanelli, muchos años después de su supuesta muerte, encuentro en el cual le habría aclarado sus verdaderas intenciones, y profetizó, además, la llegada de un libro con la llave a todas las puertas de la alquimia: el Finis Gloriae Mundi.




El misterio de las catedrales.
Le Mystère des Cathédrales, Fulcanelli.

Copia y pega el enlace en tu navegador para leer online o descargar en PDF: El misterio de las catedrales, de Fulcanelli:
  • http://www.templemexico.org.mx/Fulcanelli_-_El_Misterio_de_las_Catedrales.pdf




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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«Von Kempelen y su descubrimiento»: Edgar Allan Poe; relato y análisis


«Von Kempelen y su descubrimiento»: Edgar Allan Poe; relato y análisis.




Von Kempelen y su descubrimiento (Von Kempelen and his Discovery) es un relato fantástico del escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), publicado en la edición del 14 de abril de 1849 del periódico Flag of Our Union.

Von Kempelen y su descubrimiento, uno de los grandes relatos de Edgar Allan Poe, narra la historia del barón Von Kempelen, un químico alemán que la logrado un descubrimiento brillante, el mismo que los alquimistas medievales buscaron hasta perder la cordura: convertir cualquier metal en oro.

En este sentido, Von Kempelen y su descubrimiento es uno de los relatos de alquimistas más importantes que se han escrito.




Von Kempelen y su descubrimiento.
Von Kempelen and his Discovery, Edgar Allan Poe (1809-1849)

Después del muy meticuloso y elaborado ensayo de Arago, por no hablar del artículo en Silliman’s Journal, con la detallada declaración recién publicada por Lientenant Mury, no se supondrá, desde luego, que al ofrecer unos pocos rápidos comentarios en referencia al descubrimiento de Von Kempelen, tenga yo alguna intención de abordar el tema desde un punto de vista científico. Mi objetivo es simplemente, en primer lugar, decir unas pocas palabras sobre el mismo Von Kempelen (a quien, algunos años atrás, tuve el breve honor de conocer personalmente), ya que todo lo concerniente a él necesariamente debe, en este momento, ser de interés; y, en segundo lugar, revisar de un modo general, y especulativamente, los resultados del descubrimiento.

Puede estar bien, de alguna forma, comenzar las rápidas observaciones que tengo para ofrecer, denegando, muy decididamente, lo que parece ser una impresión general (tomada, como es usual en un caso como éste, de los periódicos), a saber: que éste descubrimiento, sorprendente como incuestionablemente es, sea inesperado.

Por referencia al Diario de Sir Humphrey Davy (Cottle y Munroe, Londres, pag. 150), se verá en las pags. 53 y 82, que este ilustre químico no sólo ha concebido la idea ahora en cuestión, sino que realmente ha hecho progresos nada despreciables, experimentalmente, en el mismo exacto análisis hecho ahora realidad tan triunfalmente por Von Kempelen, quien aunque no hace la menor alusión a esto, es, sin duda (lo digo con certeza, y puedo probarlo, si es necesario), deudor del Diario al menos en el primer indicio de su propia empresa.

El párrafo del Courier and Enquirer, que está recorriendo ahora los círculos de la prensa, y que se propone reclamar la invención para un tal Sr. Kissam, de Brunswick, Maine, me parece, lo confieso, un poco apócrifo, por varias razones; aunque no hay nada imposible ni muy improbable en la afirmación que se ha hecho. No necesito entrar en detalles. Mi opinión sobre el párrafo se funda principalmente en su forma. No parece verdad. Las personas que cuentan verdades, raramente son tan específicos como el Sr. Kissam parece ser, sobre día y hora y lugar preciso. Además, si el Sr. Kissam realmente hizo el descubrimiento que dice que hizo, en la época designada —cerca de ocho años atrás—, ¿cómo es que no tomó las medidas, al instante, para sacar provecho de los inmensos beneficios que hasta el más tonto hubiera sabido que podrían haberle tocado a él, sino al mundo entero, por el descubrimiento?

Me parece bastante increíble que cualquier hombre de inteligencia común pueda haber descubierto lo que el Sr. Kissam afirma haber descubierto, y más aún que posteriormente haya actuado como un bebé —como una lechuza— como el Sr. Kissam admite haber hecho. A propósito, ¿quién es el Sr. Kissam? ¿Y no es acaso el párrafo entero del Courier and Enquirer una farsa hecha para dar charla?

Debe confesarse que tiene un increíble aire a bromita pesada. Muy poca credibilidad debe dársele, en mi humilde opinión; y si yo no estuviera bien informado, por experiencia, de cuán fácilmente los hombres de ciencia son mistificados, en cuestiones fuera de sus rangos usuales de investigación, estaría profundamente sorprendido de encontrar a un químico tan eminente como al Profesor Draper, discutiendo las demandas del Sr. Kissam (¿o es el Sr. Quizzem?) por el descubrimiento, en un tono tan serio.

Pero retornando al Diario del Señor Humphrey Davy. Este folleto no fue diseñado para el ojo público, aún sobre la muerte del escritor, como cualquier persona bien entendida en la autoría puede verificar inmediatamente con la más leve inspección del estilo. En la página 13, por ejemplo, cerca de la mitad, leemos, en referencia a sus investigaciones sobre el protóxido de ázoe: En menos de medio minuto siendo la respiración continua, disminuyeron gradualmente y fueron seguidos por análoga a suave presión en todos los músculos.

Cientos de instancias similares van a mostrar que el manuscrito tan inconsiderablemente publicado, era sólo un rústico libro de notas, intencionado sólo para el propio ojo del escritor, pero una inspección del folleto convencerá a casi cualquier persona pensante de la verdad de mi sugerencia. El asunto es, Sir Humphrey Davy era casi el último hombre en el mundo en enconmendarse a asuntos científicos. No sólo tenía un desagrado más que común hacia la charlatanería, sino que era mórbidamente temeroso de parecer empírico; así que, no importa cuán convencido pudiera haber estado de estar en el camino correcto sobre la materia ahora en cuestión, nunca hubiera hablado, hasta haber tenido cada cosa lista para la más práctica de las demostraciones. Realmente creo que sus últimos momentos se hubieran vuelto miserables, si pudiera haber sospechado que sus deseos de quemar éste Diario (lleno de crudas especulaciones) hubieran sido desatendidos; como, parece, fueron.

Digo sus deseos, ya que él quería incluir este cuaderno de notas entre los varios papeles destinados a ser quemados, creo que de esto no caben dudas. Si escapó a las llamas para buena o para mala suerte, aún queda por verse. Que el pasaje citado arriba, con los otros similares antes referidos, le dio a Von Kempelen el asunto, no lo cuestiono en el menor grado; pero repito, aún queda por verse si este descubrimiento trascendental (trascendental bajo cualesquiera circunstancias) será a la larga para utilidad o perjuicio de la humanidad. Que Von Kempelen y sus amigos inmediatos obtendrán una rica cosecha, sería tonto dudarlo un momento. Difícilmente serán tan débiles como para no realizarse, a tiempo, mediante grandes compras de casas y tierras, con otras propiedades de intrínseco valor.

En la breve historia de Von Kempelen que apareció en el Home Journal, y ha sido desde entonces extensivamente copiada, varias malinterpretaciones del Alemán original parecen haber sido cometidas por el traductor, quien dice haber tomado el pasaje de un tardío número del Presburg Schnellpost. Viele ha sido evidentemente malentendido (como lo es a menudo), y lo que el traductor da por ‘aflicciones,’ es probablemente lieden, que, en su verdadera versión, sufrimientos, le daría una contextura completamente diferente a toda la historia; pero, por supuesto, gran parte de esto es mera conjetura, de mi parte.

Von Kempelen, sin embargo, no es en modo alguno un misántropo, en apariencia, al menos, más allá de lo que pueda ser en realidad. Mi encuentro con él fue por entero casual; y apenas si puedo presumir de haberlo conocido; pero el haber visto y conversado con un hombre de notoriedad tan prodigiosa como la que él a obtenido, u obtendrá en unos pocos días, no es un asunto menor, por éstos tiempos.

The Literary World habla de él, con seguridad, como de un nativo de Presburg (confundido, quizás, por la historia en The Home Journal) pero me complace ser capaz de sentenciar positivamente, por haberlo obtenido de sus propios labios, que él ha nacido en Utica, en el Estado de Nueva York, aunque sus padres, creo, son descendientes de Presburg. La familia está conectada, en cierta forma, con Maelzel, recordado por el Jugador de Ajedrez autómata.

En persona, él es bajo y corpulento, con grandes, gordos, ojos azules, pelo y bigote arenoso, una boca amplia pero agradable, buenos dientes, y creo que una nariz Romana. Hay algún defecto en uno de sus pies. Su discurso es franco, y su comportamiento notable por su cordialidad. Sin embargo, él mira, habla, y actúa tan poco ‘misantrópicamente’ como cualquier hombre que haya visto. Fuimos compañeros de residencia por una semana hará unos seis años atrás, en Earl’s Hotel, en Providence, Rhode Island; y supongo que conversé con él, en varios momentos, por unas tres o cuatro horas en total. Sus temas principales eran aquellos del día, y nada de lo que me llegó de él me llevó a sospechar sus logros científicos.

Dejó el hotel antes que yo, con intenciones de ir a Nueva York, y de ahí a Bremen; fue en la última ciudad que su gran descubrimiento fue hecho público por primera vez; o, mejor, fue allí que por primera vez sospechó haberlo logrado. Así principalmente es que sé personalmente sobre el ahora inmortal Von Kempelen; pero pensé que aún estos pocos detalles tendrían interés para el público.

Von Kempelen nunca había llegado a ser siquiera tolerablemente adinerado durante su residencia en Bremen; y a menudo, era bien sabido, se había tenido que recurrir a salidas extremas para acumular sumas triviales. Cuando ocurrió la gran conmoción por la falsificación en la casa de Gutsmuth and Co., la sospecha fue dirigida hacia Von Kempelen, debido a la compra de una propiedad considerable en Gasperitch Lane, y a su rechazo, al ser cuestionado, a explicar como consiguió el dinero para la compra. A la larga fue arrestado, pero nada decisivo apareció contra él, al final fue puesto en libertad.

La policía, sin embargo, mantuvo una estricta vigilancia sobre sus movimientos, y así descubrió que dejaba su casa frecuentemente, haciendo siempre el mismo camino, y dándole invariablemente a sus vigilantes una vuelta por el vecindario de ese laberinto de pasajes angostos y retorcidos conocido por el apodo de Dondergat. Finalmente, gracias a una gran perseverancia, lo rastrearon hasta un altillo de una vieja casa de siete historias, en un callejón llamado Flatzplatz, y, cayéndole sorpresivamente, lo encontraron, como imaginaron, en medio de sus maniobras de falsificación. Su agitación es representada como tan excesiva que los oficiales no tuvieron la menor duda de su culpabilidad. Después de esposarlo, revisaron su habitación, o mejor habitaciones, porque parece que ocupaba toda la mansarda.

Abriéndose en el desván donde lo atraparon, había un armario, diez pulgadas por ocho, acondicionado con algunos aparatos químicos, de los cuales aún no se ha determinado el objeto. En un esquina del armario había un incinerador muy pequeño, con un fuego encendido, y en el fuego una especie de crisol duplicado, dos crisoles conectados por un tubo. Uno de estos crisoles estaba casi lleno de plomo en estado de fusión, aunque sin alcanzar la apertura del tubo, que estaba cerca del borde.

El otro crisol contenía algún líquido, que, cuando los oficiales entraron, parecía estar furiosamente disipándose en vapor. Ellos contaron que, al encontrarse atrapado, Kempelen tomó los crisoles con ambas manos (que estaban enfundadas en guantes que posteriormente resultaron ser de amianto), y tiró los contenidos en el piso embaldosado.

Fue entonces que lo esposaron; y antes de proceder a registrar los límites buscaron en su persona, pero nada inusual fue encontrado en él, exceptuando una porción de papel, en el bolsillo de su saco, conteniendo lo que posteriormente fue determinado que era una mezcla de antimonio y alguna sustancia desconocida, en casi, pero no exactamente, igual proporción. Todos los intentos por analizar la sustancia desconocida han, hasta el momento, fallado, pero de que será analizada hasta el final, no caben dudas.

Saliendo del armario con su prisionero, los oficiales pasaron a través de una especie de antecámara, en la cual ningún material fue encontrado, hasta el dormitorio del químico. Aquí registraron algunas cajas y cajones, pero sólo descubrieron unos pocos papeles, de ninguna importancia, y alguna buena moneda, plata y oro. A la larga, buscando bajo la cama, vieron un gran baúl, común, sin bisagras, pasador, o cerradura, y con la parte superior yaciendo descuidadamente sobre el fondo. En el momento de sacar el baúl de debajo de la cama, encontraron que, con sus fuerzas unidas (había tres de ellos, todos hombres fuertes), no podían moverlo una pulgada. Muy sorprendido por ello, uno de ellos se metió debajo de la cama, y mirando dentro del baúl, dijo:

—¡No es sorprendente que no podamos moverlo, es que está lleno de bordes de viejos pedazos de bronce!

Poniendo sus pies, ahora, contra la pared para así tener un buen apoyo, y empujando con toda su fuerza, mientras sus compañeros tiraban con las suyas, el baúl, con mucha dificultad, fue sacado de debajo de la cama, y su contenido examinado. El supuesto bronce con el cual estaba lleno estaba en pequeños, finos pedazos, variando del tamaño de una arveja al de un dólar; pero los pedazos eran de forma irregular, aunque de apariencia más o menos plana, en general, muy como luce el plomo cuando es arrojado derretido sobre la tierra, y allí sufre para enfriarse.

Entonces, ni uno de esos oficiales sospechó por un momento que este metal fuera otra cosa que bronce. La idea de que eso fuera oro nunca pasó por sus cabezas, por supuesto; ¿Cómo podría haber pasado, semejante fantasía descabellada? Y su sorpresa puede ser bien concebida, cuando al día siguiente se vino a saber, en todo Bremen, que el montón de bronce que ellos habían acarreado tan despectivamente a la oficina de policía, sin tomarse la molestia de guardarse la menor cantidad, no sólo era oro —oro real— sino oro mucho más fino que cualquiera empleado en acuñación, de hecho, absolutamente puro, virgen, sin la más mínima mixtura apreciable.

No necesito repasar los detalles de la confesión y liberación de Von Kempelen (tan lejos como fue), ya que éstos son conocidos por el público. Que él finalmente ha realizado, en espíritu y en efecto, aunque no al pie de la letra, la vieja quimera de la piedra filosofal, ninguna persona sana tiene la libertad de dudarlo. Las opiniones de Arago merecen, por supuesto, la mayor consideración; pero de ninguna manera él es infalible; y lo que dice del bismuto, en su reporte a la Academia, debe ser tomado cum grano salis. La simple verdad es, que hasta este momento todo análisis ha fallado; y hasta Von Kempelen elige dejarnos tener la llave de su propio enigma publicado, es más que probable que el asunto quede, por años, en statu quo.

Todo lo que hasta ahora se puede decir que se conozca medianamente es, que el oro puro puede ser hecho a voluntad, y muy fácilmente mediante plomo en contacto con otras ciertas sustancias, de tipos y en proporciones, desconocidas.

La especulación, por supuesto, está ocupada en lo referente a los resultados inmediatos y últimos de este descubrimiento —un descubrimiento que pocas personas pensantes vacilarán en vincular al crecido interés por el asunto del oro en general, debido a los tardíos desarrollos en California; y esta reflexión nos lleva inevitablemente a otra— la excesiva falta de oportunismo del análisis de Von Kempelen.

Si muchos se previnieron de aventurarse a California, por la mera noción de que el oro disminuiría tan materialmente su valor, a cuenta de su abundancia en las minas de allí, como para aportar la especulación de que un dubitativo vaya tan lejos en su búsqueda, ¿que impresión será forjada ahora, en las mentes de quienes están a punto de emigrar, y especialmente en las mentes de quienes de hecho están en la región mineral, por el anuncio de este asombroso descubrimiento de Von Kempelen?

Un descubrimiento que declara, en tantas palabras, que más allá de su utilidad intrínseca para propósitos de manufactura (lo que sea que se entienda por utilidad), el oro ahora no tiene, o al menos pronto no tendrá (porque no puede suponerse que Von Kempelen pueda retener mucho tiempo su secreto), mucho más valor que el plomo, y un valor mucho menor que la plata. Es, por cierto, excesivamente difícil especular sobre las consecuencias futuras del descubrimiento, pero una cosa puede ser sostenida positivamente, que el anuncio del descubrimiento seis meses atrás hubiera tenido una influencia material sobre la colonización de California.

En Europa, hasta ahora, los resultados más llamativos han sido una alza del doscientos por ciento en el valor del plomo, y aproximadamente veinticinco por ciento en el de la plata.

Edgar Allan Poe (1809-1849)




Relatos góticos. I Relatos de Edgar Allan Poe.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Edgar Allan Poe: Von Kempelen y su descubrimiento (Von Kempelen and his Discovery), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El mortal inmortal»: Mary Shelley; relato y análisis


«El mortal inmortal»: Mary Shelley; relato y análisis.




El mortal inmortal (The Mortal Immortal) es un relato de terror de la escritora inglesa Mary Shelley (1797-1851), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1833 de la revista literaria The Keepsake, y luego reeditado en la antología de 1891: Cuentos e historias (Tales and Stories).

El mortal inmortal, uno de los mejores relatos de Mary Shelley, regresa sobre uno de los temas esenciales en su obra: la inmortalidad, y en especial el dilema ético y moral que supone prolongar la vida humana por fuera de los límites naturales; algo que claramente sostiene el argumento de Frankenstein (Frankenstein).

El argumento de El mortal inmortal relata la historia de un hombre llamado Winzy, quien bebe un misterioso brebaje preparado por su mentor, Cornelio Agrippa. Se trata de un elixir de la inmortalidad, la fuente de la vida eterna, fabricada a partir de la alquimia.

Al principio, la idea de la inmortalidad seduce a Winzy, de hecho, se le revela como la promesa de una eterna sabiduría y paz. Sin embargo, esa promesa rápidamente se convierte en una maldición. Winzy está condenado a una eterna tortura psicológica, la cual consiste en ver morir a todos lo que ama, entre otros, a su amada Bertha.

El mortal inmortal está narrado por el propio Winzy, casi trescientos veintitrés años desde que bebió aquel elixir de la vida eterna.




El mortal inmortal.
The Mortal Immortal; Mary Shelley (1797-1851)

Día 16 de julio de 1833. Un aniversario memorable para mí. ¡Hoy cumplo trescientos veintitrés años! ¿El Judío Errante? No. Dieciocho siglos han pasado sobre su cabeza. En comparación, soy un inmortal muy joven. ¿Soy, entonces, inmortal? Ésa es un pregunta que me he formulado, día y noche, desde hace trescientos tres años, y aún no conozco la respuesta. He detectado una cana entre mi pelo castaño, hoy precisamente; eso significa deterioro. Pero puede haber permanecido escondida.

Contaré mi historia, y que el lector juzgue. Así pasaré algunas horas de una larga eternidad que se me hace tan tediosa. ¡Eternamente! ¿Es eso posible? ¡Vivir eternamente! He oído de encantamientos en los cuales las víctimas son sumidas en un profundo sueño, para despertar, tras un centenar de años, tan frescas como siempre; he oído hablar de los Siete Durmientes; de modo que ser inmortal no debería ser tan opresivo; pero, ¡ay!, el peso del interminable tiempo, ¡el tedioso pasar de la procesión de las horas! ¡Qué feliz fue el legendario Nourjahad! Mas en cuanto a mí...

Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan inmortal como su arte me ha hecho a mí. Todos han oído hablar de su discípulo, que, descuidadamente, dejó en libertad al espíritu maligno durante la ausencia de su maestro y fue destruido por él. La noticia, verdadera o falsa, de este accidente le ocasionó muchos problemas al renombrado filósofo. Todos sus discípulos le abandonaron, sus sirvientes desaparecieron. Se encontró sin nadie que fuera añadiendo carbón a sus permanentes fuegos mientras él dormía, o vigilara los cambios de color de sus medicinas mientras él estudiaba. Experimento tras experimento fracasaron, porque un par de manos eran insuficientes para completarlos; los espíritus tenebrosos se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su servicio.

Yo era muy joven entonces —y pobre—, y estaba enamorado. Había sido durante un año pupilo de Cornelius, aunque estaba ausente cuando aquel accidente tuvo lugar. A mi regreso, mis amigos me imploraron que no regresara a la morada del alquimista. Temblé cuando escuché el terrible relato que me hicieron; y no necesité una segunda advertencia. Cuando Cornelius vino y me ofreció oro si me quedaba, sentí como si el propio Satán me estuviera tentando. Mis dientes castañetearon, todo mi pelo se erizó, y eché a correr tan rápido como mis rodillas me lo permitieron.

Mis pies se dirigieron hacia el lugar al que durante dos años se habían sentido atraídos cada atardecer, un arroyo espumeante de cristalina agua, junto al cual paseaba una muchacha de pelo oscuro, sus radiantes ojos estaban fijos en el camino que yo acostumbraba a recorrer cada noche. No puedo recordar un momento en que no haya estado enamorado de Bertha; habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde la infancia. Sus padres, al igual que los míos, eran humildes pero respetables, y nuestra mutua atracción había sido una fuente de placer para ellos.

En una aciaga hora, sin embargo, una fiebre maligna se llevó a su padre y madre, y Bertha quedó huérfana. Hubiera hallado un hogar bajo el techo de mis padres pero, desgraciadamente, la vieja dama del castillo cercano, rica, sin hijos y solitaria, declaró su intención de adoptarla. A partir de entonces Bertha se vio ataviada con sedas y viviendo en un palacio de mármol. No obstante, pese a su nueva situación y relaciones, Bertha permaneció fiel al amigo de sus días humildes. A menudo visitaba la casa de mi padre, y aun cuando tenía prohibido ir más allá, con frecuencia se dirigía paseando hacia el bosquecillo cercano y se encontraba conmigo junto a aquella umbría fuente. Solía decir que no sentía ninguna obligación hacia su nueva protectora que pudiera igualar a la devoción que la unía a nosotros.

Sin embargo, yo era demasiado pobre para casarme, y ella empezó a sentirse incomodada por el tormento que sentía en relación a mí. Tenía un espíritu noble pero impaciente, y cada vez se mostraba más irritada por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos reuníamos tras una ausencia por mi parte, y ella se había sentido sumamente acosada mientras yo estaba lejos. Se quejó amargamente, y casi me reprochó el ser pobre. Yo repliqué rápidamente:

—¡Soy pobre pero honrado! Si no lo fuera, muy pronto podría ser rico.

Esta exclamación acarreó un millar de preguntas. Temí impresionarla demasiado revelándole la verdad, pero ella supo sacármela; y luego, lanzándome una mirada de desdén, dijo:

—¡Pretendes amarme, y temes enfrentarte al demonio por mí!

Protesté que había temido ofenderla, mientras que ella no hacía más que hablar de la magnitud de la recompensa que yo iba a recibir. Así animado —y avergonzado—, empujado por mi amor y por la esperanza y riéndome de mis anteriores miedos, regresé con el corazón ligero a aceptar la oferta del alquimista. Transcurrió un año. Me vi poseedor de una suma de dinero que no era insignificante. El hábito había desvanecido mis temores. Pese a toda mi atenta vigilancia, jamás había detectado la huella de un pie hendido; ni el estudioso silencio ni nuestra morada fueron perturbados jamás por aullidos demoníacos.

Seguí manteniendo encuentros clandestinos con Bertha, y la esperanza nació en mí. La esperanza, pero no la alegría perfecta, porque Bertha creía que amor y seguridad eran enemigos, y se complacía en dividirlos en mi pecho. Aunque de buen corazón, era en cierto modo de costumbres coquetas; y yo me sentía celoso. Me despreciaba de mil maneras, sin querer aceptar nunca que estaba equivocada. Me volvía loco de irritación, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces me reprochaba que yo no era suficientemente sumiso, y luego me contaba alguna historia de un rival, que gozaba de los favores de su protectora. Estaba rodeada constantemente por jóvenes vestidos de seda, ricos y alegres. ¿Qué posibilidades tenía el pobremente vestido ayudante de Cornelius comparado con ellos?

En una ocasión, el filósofo exigió tanto de mi tiempo que no pude verla. Estaba dedicado a algún trabajo importante, y me vi obligado a quedarme, día y noche, alimentando sus hornos y vigilando sus preparaciones químicas. Mi amada me aguardó en vano junto a la fuente. Su espíritu altivo llameó ante este abandono; y cuando finalmente pude salir, robándole unos pocos minutos al tiempo que se me había concedido para dormir, y confié en ser consolado por ella, me recibió con desdén, me despidió despectivamente y afirmó que ningún hombre que no pudiera estar por ella en dos lugares a la vez poseería jamás su mano. ¡Se desquitaría de aquello! Y realmente lo hizo.

En mi sucio retiro oí que había estado cazando, escoltada por Albert Hoffer. Albert Hoffer era uno de los favoritos de su protectora, y los tres pasaron cabalgando junto a mi ventana. Creo que mencionaron mi nombre; seguido por una carcajada, mientras los oscuros ojos de ella miraban desdeñosos hacia mi morada. Los celos, con todo su veneno y toda su miseria, penetraron en mi pecho. Derramé lágrimas, pensando que nunca podría tenerla; y luego maldecí su inconstancia. Pero mientras tanto, seguí avivando los fuegos del alquimista, seguí vigilando los cambios de sus incomprensibles medicinas.

Cornelius había estado vigilando también durante tres días y tres noches, sin cerrar los ojos. Los progresos de sus alambiques eran más lentos de lo que esperaba; pese a su ansiedad, el sueño pesaba sobre sus ojos. Una y otra vez arrojaba la somnolencia lejos de sí, con una energía más que humana; una y otra vez obligaba a sus sentidos a permanecer alertas. Contemplaba sus crisoles anhelosamente.

—Aún no están a punto —murmuraba—. ¿Deberá pasar otra noche antes de que el trabajo esté realizado? Winzy, tú sabes estar atento, eres constante. Además, la noche pasada dormiste. Observa esa redoma de cristal. El líquido que contiene es de un color rosa suave; en el momento en que empiece a cambiar de aspecto, despiértame. Hasta entonces podré cerrar un momento los ojos. Primero debe volverse blanco, y luego emitir destellos dorados; pero no aguardes hasta entonces; cuando el color rosa empiece a palidecer, despiértame.

Apenas oí las últimas palabras, murmuradas casi en medio del sueño. Sin embargo, dijo aún:

—Y Winzy, muchacho, no toques la redoma. No te la lleves a los labios; es un filtro, un hechizo para curar el amor. No querrás dejar de amar a tu Bertha. ¡Cuidado, no bebas!

Y se durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho, y apenas oí su respiración. Durante unos minutos observé las redomas; la apariencia rosada del líquido permanecía inamovible. Luego mis pensamientos empezaron a divagar. Visitaron la fuente, y se recrearon en agradables escenas que ya nunca volverían. ¡Nunca! Serpientes anidaron en mi cabeza mientras la palabra ¡Nunca! se formaba en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y cruel! Nunca me sonreiría a mí como aquella tarde le había sonreído a Albert. ¡Mujer despreciable y ruin! No me quedaría sin venganza. Haría que viera a Albert expirar a sus pies; ella no era digna de morir a mis manos. Había sonreído desdeñosa y triunfante. Conocía mi miseria y su poder. Pero ¿qué poder tenía? El poder de excitar mi odio, mi desprecio, mi... ¡Todo menos mi indiferencia! Si pudiera lograr eso, si pudiera mirarla con ojos indiferentes, transferir mi rechazado amor a otro más real y merecido ¡Eso sería una auténtica victoria!

Un resplandor llameó ante mis ojos. Había olvidado la medicina. La contemplé: destellos de admirable belleza, más brillantes que los que emite el diamante cuando los rayos del sol penetran en él, resplandecían en la superficie del líquido; un olor de entre los más fragantes y agradables inundó mis sentidos. La redoma parecía un globo viviente, precioso, invitando a ser probado. El primer pensamiento, inspirado instintivamente por mis más bajos sentidos, fue: lo haré, debo beber.

Alcé la redoma hacia mis labios. Eso me curará del amor, ¡de la tortura! Llevaba bebida ya la mitad del más delicioso licor que jamás hubiera probado, paladar de hombre alguno cuando el filósofo se agitó. Me sobresalté y dejé caer la redoma. El fluido se extendió por el suelo, mientras sentía que Cornelius aferraba mi garganta y chillaba:

—¡Infeliz! ¡Has destruido la labor de mi vida!

Cornelius no se había dado cuenta de que yo había bebido una parte de su droga. Tenía la impresión, y yo me apresuré a confirmarla, de que yo había alzado la redoma por curiosidad y que, asustado por su brillo y el llamear de su intensa luz, la había dejado caer. Nunca le dejé entrever lo contrario. El fuego de la medicina se apagó, la fragancia murió y él se calmó, como debe hacer un filósofo ante las más duras pruebas, y me envió a descansar. No intentaré describir los sueños de gloria y felicidad que bañaron mi alma durante las restantes horas de aquella memorable noche. Las palabras serían pálidas y triviales para describir mi alegría, o la exaltación que me poseía cuando me desperté. Flotaba en el aire, mis pensamientos estaban en los cielos. La tierra parecía ser el cielo, y mi herencia era una completa felicidad.

—Eso representa el sentirme curado del amor —pensé—. Veré a Bertha hoy, y ella descubrirá a su amante frío y despreocupado; demasiado feliz para mostrarse desdeñoso, ¡pero cuan absolutamente indiferente hacia ella!

Pasaron las horas. El filósofo, seguro de que lo conseguiría de nuevo, empezó a preparar la misma medicina. Se encerró con sus libros y yo tuve el día libre. Me vestí; me miré en un escudo viejo pero pulido, que me sirvió de espejo; me pareció que mi aspecto había mejorado. Me precipité más allá de los límites de la ciudad, la alegría en el alma, las bellezas del cielo y de la tierra rodeándome. Dirigí mis pasos hacia el castillo. Podía mirar sus torres con el corazón ligero, porque estaba curado del amor. Mi Bertha me vio desde lejos, mientras subía por la avenida. No sé qué súbito impulso animó su pecho, pero al verme saltó como un corzo bajando las escalinatas de mármol y echó a correr hacia mí. Pero yo había sido visto también por otra persona. La bruja de alta cuna, que se llamaba a sí misma su protectora y que en realidad era su tirana, también me había divisado. Renqueó, jadeante, hacia la terraza. Un paje, tan feo como ella, echó a correr tras su ama, abanicándola mientras la arpía se apresuraba y detenía a mi hermosa muchacha con un:

—¿Dónde va mi imprudente señorita? ¿Dónde tan aprisa? ¡Vuelve a tu jaula, delante hay halcones!

Bertha se apretó las manos, los ojos clavados aún en mi figura que se aproximaba. Vi su lucha consigo misma. Cómo odié a la vieja bruja que refrenaba los impulsos del corazón de mi Bertha. Hasta entonces, el respeto a su rango había hecho que evitara a la dama del castillo; ahora desdeñé una tan trivial consideración. Estaba curado del amor, y elevado más allá de todos los temores humanos; me apresuré, pronto alcancé la terraza. ¡Qué encantadora estaba Bertha! Sus ojos llameaban; sus mejillas resplandecían con impaciencia y rabia; estaba un millar de veces más graciosa y atractiva que nunca. Ya no la amaba, ¡oh, no! La adoraba, la reverenciaba, ¡la idolatraba!

Aquella mañana había sido perseguida, con más vehemencia de lo habitual, para que consintiera en un matrimonio inmediato con mi rival. Se le reprocharon las esperanzas que había dado, se la amenazó con ser arrojada en desgracia. Su orgulloso espíritu se alzó en armas ante la amenaza; pero cuando recordó el desprecio que había exhibido ante mí, y cómo, quizás, había perdido con ello al que consideraba como a su único amigo, lloró de remordimiento y rabia. Y en aquel momento aparecí.

—¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a casa de tu madre; hazme abandonar rápidamente los detestables lujos y la ruindad de esta noble morada; devuélveme a la pobreza y a la felicidad.

La abracé, transportado. La vieja dama estaba sin habla por la furia, y sólo prorrumpió en gritos cuando ya nos hallábamos lejos, camino de mi casa. Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, escapada de una jaula dorada a la naturaleza y a la libertad, con ternura y alegría; mi padre, que la amaba, la recibió de todo corazón. Fue un día de regocijo, que no necesitó de la adición de la poción celestial del alquimista para llenarme de dicha. Poco después de aquel día me convertí en su esposo. Dejé de ser el ayudante de Cornelius, pero continué siendo su amigo. Siempre me sentí agradecido hacia él por haberme procurado, inconscientemente, aquel delicioso trago de un elixir divino que, en vez de curarme del amor (¡triste cura!, solitario remedio carente de alegría para maldiciones que parecen bendiciones al recuerdo), me había inspirado valor y resolución, trayéndome el premio de un tesoro inestimable en la persona de mi Bertha.

A menudo he recordado con maravilla ese período de trance parecido a la embriaguez. La pócima de Cornelius no había cumplido con la tarea para la cual afirmaba él que había sido preparada, pero sus efectos habían sido más poderosos y felices de lo que las palabras pueden expresar. Se fueron desvaneciendo gradualmente, pero permanecieron largo tiempo y colorearon mi vida con matices de esplendor. A menudo Bertha se maravillaba de mi corazón y de mi constante alegría porque, antes, yo había sido de carácter más bien serio, incluso triste. Me amaba aún más por mi temperamento jovial, y nuestros días estaban teñidos de alegría. Cinco años más tarde fui llamado inesperadamente a la cabecera del agonizante Cornelius. Había enviado a por mí, conjurándome a que acudiera al instante. Lo encontré tendido, mortalmente débil. Toda la vida que le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban fijos en una redoma de cristal, llena de un líquido rosado.

—¡He aquí la vanidad de los anhelos humanos! —dijo, con una voz rota que parecía surgir de sus entrañas—. Mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas por segunda vez, y por segunda vez se ven destruidas. Mira esa pócima. Recuerda que hace cinco años la preparé también, con idéntico éxito. Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban saborear el elixir inmortal. ¡Tú me lo arrebataste! Y ahora ya es demasiado tarde.

Hablaba con dificultad, y se dejó caer sobre la almohada. No pude evitar el decir:

—¿Cómo, reverenciado maestro, puede una cura para el amor restaurar vuestra vida?

Una débil sonrisa revoloteó en su rostro, mientras yo escuchaba intensamente su apenas inteligible respuesta.

—Una cura para el amor y para todas las cosas. El elixir de la inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beberlo, viviría eternamente!

Mientras hablaba, un relampagueo dorado brotó del fluido y una fragancia que yo recordaba muy bien se extendió por los aires. Cornelius se alzó, débil como estaba; las fuerzas parecieron volver a él. Tendió su mano hacia delante. Entonces, una fuerte explosión me sobresaltó, un rayo de fuego brotó del elixir ¡y la redoma de cristal que lo contenía quedó reducida a átomos! Volví mis ojos hacia el filósofo. Se había derrumbado hacia atrás. Sus ojos eran vidriosos, sus rasgos estaban rígidos. ¡Había muerto!

¡Pero yo vivía, e iba a vivir eternamente! Así había dicho el infortunado alquimista, y durante unos días creí en sus palabras. Recordé la gloriosa intoxicación. Reflexioné sobre el cambio que había sentido en mi cuerpo, en mi alma. La ligera elasticidad del primero, el luminoso vigor de la segunda. Me observé en un espejo, y no pude percibir ningún cambio en mis rasgos tras los cinco años transcurridos. Recordé el radiante color y el agradable aroma de aquel delicioso brebaje, el valioso don que era capaz de conferir. Entonces, ¡era inmortal!

Pocos días más tarde me reía de mi credulidad. El viejo proverbio de que nadie es profeta en su tierra era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Lo apreciaba como hombre, lo respetaba como sabio, pero me burlaba de la idea de que pudiera mandar sobre los poderes de las tinieblas, y me reía de los supersticiosos temores con los que era mirado por el vulgo. Era un filósofo juicioso, pero no tenía tratos con ningún espíritu excepto aquellos revestidos de carne y huesos. Su ciencia era simplemente humana; y la ciencia humana, me persuadí muy pronto, nunca podrá conquistar las leyes de la naturaleza hasta tal punto que logre aprisionar eternamente el alma dentro de un habitáculo carnal. Cornelius había obtenido una bebida que refrescaba y aligeraba el alma; algo más embriagador que el vino, mucho más dulce y fragante que cualquier fruta. Probablemente poseía fuertes poderes medicinales, impartiendo ligereza al corazón y vigor a los miembros; pero sus efectos terminaban desapareciendo; ya no debían de existir siquiera en mi organismo. Era un hombre afortunado que había bebido un sorbo de salud y de alegría, y quizá también de larga vida, de manos de mi maestro; pero mi buena suerte terminaba ahí: la longevidad era algo muy distinto de la inmortalidad.

Continué con esta creencia durante años. A veces un pensamiento cruzaba furtivamente por mi cabeza. ¿Estaba realmente equivocado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que seguiría la suerte de todos los hijos de Adán a su debido tiempo. Un poco más tarde quizá, pero siempre a una edad natural. No obstante, era innegable que mantenía un sorprendente aspecto juvenil. Me reía de mi propia vanidad consultando muy a menudo el espejo. Pero lo consultaba en vano; mi frente estaba libre de arrugas, mis mejillas, mis ojos, toda mi persona continuaba tan lozana como en mi vigésimo cumpleaños. Me sentía turbado. Miraba la marchita belleza de Bertha. Yo parecía su hijo.

Poco a poco, nuestros vecinos comenzaron a hacer similares observaciones, y al final descubrí que empezaban a llamarme el discípulo embrujado. La propia Berta empezó a mostrarse inquieta. Se volvió celosa e irritable, y al poco tiempo empezó a hacerme preguntas. No teníamos hijos; éramos totalmente el uno para el otro. Y pese a que, al ir haciéndose más vieja, su espíritu vivaz se volvió un poco propenso al mal genio y su belleza disminuyó un tanto, yo la seguía amando con todo mi corazón como a la muchachita a la que había idolatrado, la esposa que siempre había anhelado y que había conseguido con un tan perfecto amor.

Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable: Bertha tenía cincuenta años, yo veinte. Yo había adoptado en cierta medida, y no sin algo de vergüenza, las costumbres de una edad más avanzada. Ya no me mezclaba en el baile entre los jóvenes, pero mi corazón saltaba con ellos mientras contenía mis pies. Y empecé a tener mala fama entre los viejos. Las cosas fueron deteriorándose. Éramos evitados por todos. Se dijo de nosotros —de mí al menos— que habíamos hecho un trato inicuo con alguno de los supuestos amigos de mi anterior maestro. La pobre Bertha era objeto de piedad, pero evitada. Yo era mirado con horror y aborrecimiento.

¿Qué podíamos hacer? Permanecer sentados junto al fuego. La pobreza se había instalado con nosotros, ya que nadie quería los productos de mi granja; y a menudo me veía obligado a viajar veinte millas, hasta algún lugar donde no fuera conocido, para vender mis cosechas. Sí, es cierto, habíamos ahorrado algo para los malos días, y esos días habían llegado. Permanecíamos sentados solos junto al fuego, el joven de viejo corazón y su envejecida esposa. De nuevo Bertha insistió en conocer la verdad; recapituló todo lo que había oído, y añadió sus propias observaciones. Me conjuró a que le revelara el hechizo; describió cómo me quedarían mejor unas sienes plateadas que el color castaño de mi pelo; disertó acerca de la reverencia y el respeto que proporcionaba la edad y lo preferible que eran a las distraídas miradas que se les dirigía a los niños. ¿Acaso imaginaba que los despreciables dones de la juventud y buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desprecio? No, al final sería quemado como traficante en artes negras, mientras que ella, a quien ni siquiera me había dignado comunicarle la menor porción de mi buena fortuna, sería lapidada como mi cómplice. Finalmente, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los beneficios de los que yo gozaba, o se vería obligada a denunciarme, y entonces estalló en llanto.

Así acorralado, me pareció que lo mejor era decirle la verdad. Se la revelé tan tiernamente como pude, y hablé tan sólo de una muy larga vida, no de inmortalidad, concepto que, de hecho, coincidía mejor con mis propias ideas. Cuando terminé, me levanté y dije:

—Y ahora, mi querida Bertha, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tengas que sufrir a causa de mi aciaga suerte y de las detestables artes de Cornelius. Me marcharé. Tienes buena salud, y amigos con los que ir en mi ausencia. Sí, me iré: joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el pan entre desconocidos, sin que nadie sepa ni sospeche nada de mí. Te amé en tu juventud. Dios es testigo de que no te abandonaré en tu vejez, pero tu seguridad y tu felicidad requieren que ahora haga esto.

Tomé mi gorra y me dirigí hacia la puerta; en un momento los brazos de Bertha rodeaban mi cuello, y sus labios se apretaban contra los míos.

—No, esposo mío —dijo—. No te irás solo. Llévame contigo; nos marcharemos y, como dices, entre desconocidos estaremos seguros. No soy tan vieja todavía como para avergonzarte, mi Winzy; y me atrevería a decir que el encantamiento desaparecerá pronto y, con la bendición de Dios, empezarás a parecer más viejo, como corresponde. No debes abandonarme.

Le devolví de todo corazón su generoso abrazo.

—No lo haré, Bertha mía; pero por tu bien no debería pensar así. Seré tu fiel y dedicado esposo mientras estés conmigo, y cumpliré con mi deber contigo hasta el final.

Al día siguiente nos preparamos para nuestra emigración. Nos vimos obligados a hacer grandes sacrificios pecuniarios. De todos modos, conseguimos reunir una suma suficiente como para mantenernos mientras Bertha viviera. Y sin decirle adiós a nadie, abandonamos nuestra región natal para buscar refugio en un remoto lugar del oeste de Francia.

Resultó cruel arrancar a la pobre Bertha de su pueblo, de los amigos, para llevarla a un nuevo país, un nuevo lenguaje, nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que yo ni siquiera me diera cuenta de ese cambio; pero la compadecí profundamente, y me alegró darme cuenta de que ella hallaba alguna compensación a su infortunio en una serie de pequeñas y ridículas circunstancias. Lejos de toda murmuración, buscó disminuir disparidad de nuestras edades a través de un millar de artes femeninas: rojo de labios, trajes juveniles y la adopción de una serie de actitudes desacordes con su edad. No podía irritarme por eso. ¿No llevaba yo mismo una máscara? ¿Para qué pelearme con ella, sólo porque tenía menos éxito que yo? Me apené profundamente cuando recordé que esa remilgada y celosa vieja de sonrisa tonta era mi Bertha, aquella muchachita de pelo y ojos oscuros, con una sonrisa de encantadora picardía y un andar de corzo, a la que tan tiernamente había amado y a la que había conseguido con un tal arrebato. Hubiera debido reverenciar sus grises cabellos y sus arrugadas mejillas. Hubiera debido hacerlo; pero no lo hice, y ahora deploro esa debilidad humana.

Sus celos estaban siempre presentes. Su principal ocupación era intentar descubrir que, pese a las apariencias externas, yo también estaba envejeciendo. Creo verdaderamente que aquella pobre alma me amaba de corazón, pero nunca hubo mujer tan atormentada. Hubiera querido discernir arrugas en mi rostro y decrepitud en mi andar, mientras que yo desplegaba un vigor cada vez mayor, con una juventud por debajo de los veinte años. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, creyendo que la belleza del pueblo me miraba con buenos ojos, me compró una peluca gris. Su constante conversación entre sus amistades era que yo, aunque parecía joven, estaba hecho una ruina; y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y yo debía estar preparado en cualquier momento, si no para una repentina y horrible muerte, sí al menos para despertarme cualquier mañana con la cabeza completamente blanca y encorvado, con todas las señales de la senectud. Yo la dejaba hablar y a menudo me unía a ella en sus conjeturas. Sus advertencias hacían coro con mis interminables especulaciones relativas a mi estado, y me tomaba un enorme y doloroso interés en escuchar todo aquello que su rápido ingenio y excitada imaginación podían decir al respecto.

¿Para qué extenderse en todos estos detalles? Vivimos así durante largos años. Bertha quedó postrada, paralítica; la cuidé como una madre cuidaría a un hijo. Se volvió cada vez más irritable, y aún seguía insistiendo en lo mismo, en cuánto tiempo la sobreviviría. Seguí cumpliendo con mis deberes hacia ella, lo cual fue una fuente de consuelo para mí. Había sido mía en su juventud, era mía en su vejez; y al final, cuando arrojé la primera paletada de tierra sobre su cadáver, me eché a llorar, sintiendo que había perdido todo lo que realmente me ataba a la humanidad.

Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y pesares, cuan pocas y vacías mis alegrías! Detengo aquí mi historia, no la proseguiré más. Un marinero sin timón ni compás, lanzado a un mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo interminable, sin indicador ni mojón que lo guíe a ninguna parte, eso he sido; más perdido, más desesperanzado que nadie. Una nave acercándose, un destello de un faro lejano, podrían salvarme; pero no tengo más guía que la esperanza de la muerte. ¡La muerte! ¡Misteriosa, hosca amiga de la frágil humanidad!

¿Por qué, único entre todos los mortales, me has arrojado fuera de tu manto? ¡Oh, la paz de la tumba! ¡El profundo silencio del sepulcro revestido de hierro! ¡Los pensamientos dejarían por fin de martillear en mi cerebro, y mi corazón ya no latiría más con emociones que sólo saben adoptar nuevas formas de tristeza!

¿Soy inmortal? Vuelvo a mi pregunta. En primer lugar, ¿no es más probable que el brebaje del alquimista estuviera cargado con longevidad más que con vida eterna? Tal es mi esperanza. Y además, debo recordar que sólo bebí la mitad de la poción preparada. ¿Acaso no era necesaria la totalidad? Haber bebido la mitad del licor de la inmortalidad es convertirse en semiinmortal; mi eternidad está pues truncada. Pero, de nuevo, ¿cuál es el número de años de media eternidad? A menudo intento imaginar si lo que rige el infinito puede ser dividido. A veces creo descubrir la vejez avanzando. He descubierto una cana. ¡Estúpido! ¿Debo lamentarme? Sí, el miedo a la vejez y a la muerte repta a menudo fríamente hasta mi corazón, y cuanto más vivo más temo a la muerte, aunque aborrezca la vida. Ése es el enigma del hombre, nacido para perecer, cuando lucha, como hago yo, contra las leyes establecidas de su naturaleza.

Pero seguramente moriré a causa de esta anomalía de los sentimientos; la medicina del alquimista no debe de proteger contra el fuego, la espada y las asfixiantes aguas. He contemplado las azules profundidades de muchos lagos apacibles, y el tumultuoso discurrir de numerosos ríos caudalosos, y me he dicho: la paz habita en estas aguas. Sin embargo, he guiado mis pasos lejos de ellos, para vivir otro día más. Me he preguntado a mí mismo si el suicidio es un crimen en alguien para quien constituye la única posibilidad de abrir la puerta al otro mundo. Lo he hecho todo, excepto presentarme voluntario como soldado o duelista, pues no deseo destruir a mis semejantes. Pero no, ellos no son mis semejantes. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo y su efímera existencia nos alejan tanto como lo están los dos polos de la Tierra. No podría alzar una mano contra el más débil ni el más poderoso de entre ellos.

Así he seguido viviendo año tras año. Solo, y cansado de mí mismo. Deseoso de morir, pero no muriendo nunca. Un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente, y el ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un igual con quien compartirlo. La vida sólo está aquí para atormentarme.

Hoy he concebido una forma por la que quizá todo pueda terminar sin matarme a mí mismo, sin convertir a otro hombre en un Caín. Una expedición en la que ningún ser mortal pueda nunca sobrevivir, aun revestido con la juventud y la fortaleza que anidan en mí. Así podré poner mi inmortalidad a prueba y descansar para siempre, o regresar, como la maravilla y el benefactor de la especie humana. Antes de marchar, una miserable vanidad ha hecho que escriba estas páginas. No quiero morir sin dejar un nombre detrás. Han pasado tres siglos desde que bebí el brebaje; no transcurrirá otro año antes de que, enfrentándome a gigantescos peligros, luchando con los poderes del hielo en su propio campo, acosado por el hambre, la fatiga y las tormentas, rinda este cuerpo, una prisión demasiado tenaz para un alma que suspira por la libertad, a los elementos destructivos del aire y el agua. O, si sobrevivo, mi nombre será recordado como uno de los más famosos entre los hijos de los hombres. Y una vez terminada mi tarea, deberé adoptar medios más drásticos. Esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi ser, dejaré en libertad la vida que hay aprisionada en él, tan cruelmente impedida de remontarse por encima de esta sombría tierra, a una esfera más compatible con su esencia inmortal.

Mary Shelley (1797-1851)




Relatos góticos. I Relatos de Mary Shelley.


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El análisis y resumen del cuento de Mary Shelley: El mortal inmortal (The Mortal Immortal), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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